lunes, 5 de septiembre de 2039
San Lorenzo Justiniano, Obispo y Confesor
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Lorenzo Justiniano, cuya memoria celebra hoy la santa Iglesia, fue de la ilustre casa de Justiniani, tan conocida en Venecia, en Génova, en el reino de Nápoles, en la isla de Córcega y en la de Quío. Nació en Venecia el día primero de julio del año 1381, siendo sus padres Bernardo Justiniani, y Quima, señora mucho más respetada por su virtud, que por lo ilustre de su sangre. Salió Lorenzo al mundo con tan bello natural, con inclinaciones tan nobles y tan cristianas, que el gran cuidado de sus padres en darle la mejor educación solo sirvió para que se descubriese más de cerca lo elevado de su ingenio y las excelentes prendas de su gran corazón. Quedó viuda su madre siendo aún muy joven, y dedicó toda su aplicación á criar bien á Lorenzo. Considerando un día la modestia, la circunspección, el extraordinario juicio que el tierno niño mostraba en todo, acompañado además de cierta grandeza de alma, poco correspondiente á su edad, temió que esto no fuese efecto de alguna soberbia oculta, secreto orgullo y propia satisfacción. Declaró á Lorenzo estos temores, y el santo niño le respondió sonriéndose: No temáis, madre y señora, no tengo otra ambición que la de ser cada día mayor siervo de Dios, y más devoto que todos mis hermanos.
Presto verificó su proceder esta especie de profecía, pues no hubo niño que menos lo fuese, ni menos lo pareciese. Fue su primera juventud como un prodigio de inocencia y de virtudes. En medio de una multitud de jóvenes viciosos, divertidos y disolutos; en un siglo en que la corrupción de las costumbres parecía haber inundado toda la tierra, este caballerito joven, rico, bien dispuesto, lleno de agudeza y de fuego, á la edad de diez y ocho á veinte años fué perfecto modelo de todas las virtudes, y la admiración de toda Venecia.
Alma tan privilegiada no estaba destinada para el mundo, habiéndole formado el Señor para ornamento del estado regular y para gloria del eclesiástico. Aunque vivía en el mundo como el más perfecto religioso, suspiraba sin cesar por el retiro del claustro, haciéndosele intolerables las más inocentes conversaciones por el amor que tenía á la oración, á la soledad y al recogimiento. Acompañaba siempre al fervor del espíritu la mortificación de la carne, y aplicaba todas sus buenas obras, ejercicios y penitencias para que el Señor le diese á conocer el estado en que era su voluntad le sirviese; pues no reconocía otra regla para gobernar todas sus operaciones. Tardó poco en resolverse; porque, hallándose un día en oración á los pies de un crucifijo, y en presencia de una imágen de la santísima Virgen, sintió su corazón todo encendido en un género de desacostumbrado fervor; y renunciando desde entonces generosamente todas las tentadoras esperanzas con que el mundo le lisonjeaba, y todas las conveniencias de su ilustre casa, resolvió vivir en adelante para solo Dios, sin reconocer jamás otro amo, ni otro dueño. Acabada su oración, se fué derecho al convento de los canónigos regulares de san Jorge de Alga, isla que forma el golfo como á media legua de la ciudad: pidió con instancia ser recibido en el número de ellos, y como abogaban por él su nobleza, su virtud y todas sus bellas prendas, logró desde luego lo que pretendía.
No solo tuvo que mudar de vida con la mudanza de estado, sino que fué preciso moderar en la religión su fervor, y poner tasa al rigor de sus penitencias. Nombrósele por maestro en el noviciado á su tío materno Martín Quirino, hombre de santa vida; pero este muy desde luego confesó con ingenuidad que su novicio estaba mucho más adelantado en los caminos de Dios que su maestro y director. Contaba á la sazón solos diez y nueve años; y no obstante eran tan extraordinarios sus progresos en la virtud y en la ciencia de los santos, que ya desde entonces era modelo de perfección á todos los religiosos. Desde el primer día de su noviciado se prescribió ciertas devociones, que jamás omitió después en todos los días de su vida. Sus abstinencias y sus ayunos fueron muy rigurosos y continuos, sus vigilias excesivas. Quedábase en la iglesia desde maitines hasta prima, y jamás se arrimaba á la lumbre por violento y por cruel que fuese el frío, aunque era de un temperamento extraordinariamente delicado, débil y sensible. Impúsose una ley de no beber jamás fuera de las comidas, aunque se abrasase de sed y de calor. Intimáronle algunos padres ancianos en nombre de todo el capítulo que moderase sus rigores: Bien está, respondió el santo, yo obedeceré; pero ya cuidará Dios de recompensarme por otra parte de vuestra demasiada indulgencia. Efectivamente, pocos días después se cubrió de lamparones; pusiéronle en cura, aplicáronle el hierro y el fuego muchas veces; atormentáronle horriblemente, dando igual ejercicio á su paciencia, que á la admiración de cuantos eran testigos de su invencible sufrimiento; pues no dió otra señal de sus vivísimos dolores que pronunciar los dulcísimos nombres de Jesús y de María. Y aun en algún modo se avergonzaba y se reprendía de su poco valor, comparando lo que padecía con los tormentos de los santos mártires, que tantas veces sufrieron el de las planchas encendidas.
Era la humildad su favorecida virtud, y así nada deseaba con mayor anhelo que pasar toda la vida en un estado humilde, oscuro y abatido; pero en este particular no condescendieron los superiores con su inclinación, ni dieron oídos á su repugnancia. Obligáronle á recibir los sagrados órdenes, y le elevaron á los primeros empleos de la religión. Concurrían en tropas los fieles á oírle celebrar el santo sacrificio de la misa por la devoción con que se ponía en el altar; y las muchas lágrimas que derramaba compungían á los asistentes, avivando en ellos las luces de la fe. Sin atender á su corta edad ni á los pocos años que tenía de religión, le hicieron superior, obligándole á ocupar los primeros puestos, que desempeñó siempre con dignidad y con acierto. Por los sabios y prudentes estatutos que formó cuando le eligieron general, es reputado por el verdadero fundador de la congregación de san Jorge. Segunda vez le hicieron general de su orden, cuando el papa Eugenio IV, plenamente informado del extraordinario mérito y de la eminente virtud del siervo de Dios, le hizo obispo de Venecia en el año de 1433. Por más que se resistió, le fué forzoso obedecer y consagrarse, velando en la iglesia, y pasando en oración toda la noche que precedió al día de su consagración.
Hallándose ya obispo, no por eso alteró en nada la religiosa vida que había observado entre los canónigos reglares de san Jorge. Sin aflojar un punto en su oración, aumentó las vigilias, por tener más tiempo entre día para dedicarle á los negocios y á las necesidades de su rebaño; y por más que procuraba disimular sus mortificaciones y sus abstinencias, le fué imposible ocultar á la noticia del público una parte de sus más secretas austeridades. Pero donde más resplandeció su modestia y su cristiana simplicidad fué en el arreglo de su familia y en la frugalidad de su mesa. Aunque se veía elevado á una de las mayores sillas episcopales de la Iglesia, no gobernó su tren y su equipaje por otras reglas que por las de su virtud y su humildad. Decía que todo el esplendor de su dignidad se debía derivar de la virtud; quería que los pobres entrasen siempre á la parte de sus rentas, y que, por decirlo así, fuesen contados en el número de sus familiares y de su servidumbre.
La dureza con que en todo tiempo trataba á su inocente cuerpo, nunca disminuyó ni su afabilidad, ni la inalterable dulzura con que recibía á todos, ganando tanto los corazones, que esto mismo le facilitó la reforma de su clero; pues al ver su admirable desinterés, y movido de sus grandes ejemplos, se sujetó á todo lo que quiso, y admitió cuanto le prescribió para restituir á su antiguo vigor la disciplina. Muchas veces se anticipaba á sus edictos la reforma de las costumbres. Amaban y estimaban tanto las ovejas al pastor, que ninguna se atrevía á descarriarse del aprisco, oyendo todas su voz con tanta docilidad y con tanto respeto, que á la primera visita mudó de semblante todo el obispado. Ultrajáronle ciertos hombres disolutos y atrevidos con algunas sátiras mordaces y picantes; pero el santo obispo no se valió de otros medios para convertirlos, que de su paciencia y de su moderación. No hubo impiedad tan orgullosa ni tan fiera que pudiese resistir á su virtud, desarmando su mansedumbre á los más insolentes, cuya conversión se consideró como uno de sus mayores milagros. Muchos obró su extraordinaria caridad con los pobres. Sucedió no pocas veces que, después de consumido y expendido todo el dinero para asistirlos en sus necesidades, se halló socorrido de Dios por caminos imprevistos y no esperados. Pidióle un pariente suyo algún socorro para casar á una hija como correspondía á su calidad, y el santo obispo, sordo siempre á las voces de la carne y sangre, le respondió que, si le daba una corta cantidad, de nada le serviría; y si se la daba grande, cometería un hurto quitando sus bienes á los pobres.
Nunca se comprendió mejor el mucho bien que puede hacer un santo obispo en su diócesis, que en el pontificado de nuestro santo. Sus rentas eran cortas, pero era grande su celo. Sustentaba una multitud de pobres, que al parecer bastaban para empobrecerle á él; siendo muy rara la familia necesitada á quien no socorriese con alguna limosna. No solo aumentó el número de los canónigos de su catedral, fundando algunas prebendas para que se celebrasen los oficios divinos con mayor dignidad, sino que fundó también muchas iglesias colegiales en muchos lugares de su obispado, donde hasta entonces apenas había un sacerdote. Igualmente fundó él solo quince comunidades religiosas, proveyéndolas de todo lo necesario; y reformó así la profanidad de los trajes como la corrupción de las costumbres en todo su obispado.
Hacía muy alto aprecio de su virtud el papa Nicolao V, mirándole con la mayor veneración, y deseaba colocar aquella grande antorcha en puesto más elevado, desde donde pudiese difundirse más en la Iglesia su brillante resplandor, cuando sucedió la muerte de Dominico Micheli, patriarca de Grado, en el año de 1451. Y bien persuadido de que ni el senado ni la ciudad de Venecia consentirían nunca en que se les privase de su santo prelado, resolvió trasladar el patriarcado de Grado á la silla episcopal de Venecia, precisamente en consideración á nuestro santo. Costó mucha dificultad hacerle aceptar esta nueva dignidad, y fue necesaria toda la autoridad del papa para vencer su repugnancia por lo mucho que sobresaltaba á su humildad cualquiera cosa que diese lustre, aparato y esplendor. No se disminuyó su fervor con el peso de los años. Todos los días celebraba el santo sacrificio de la misa con nueva devoción, creciendo cada día su amor á Jesucristo y su ternura á la santísima Virgen, por lo que cada día le colmaba también el Señor de nuevos favores. Cierto santo ermitaño, que hacía más de treinta años vivía en la isla de Corfú con grande opinión de santidad, aseguró á un noble veneciano que Dios estaba extremamente irritado contra la ciudad de Venecia, la que ya hubiera experimentado los terribles efectos de su cólera si no la hubieran desarmado las oraciones del santo patriarca.
Hacía tiempo que se iban debilitando sensiblemente sus fuerzas, sin ser posible reducirle nunca á que moderase algo sus apostólicos trabajos, sus mortificaciones y su abstinencia, cuando, diciendo misa un día de Navidad, se sintió extraordinariamente encendido en un vivísimo deseo de gozar de Dios, y de verle cara á cara. Al salir del altar, le asaltó la calentura, y en pocos días le redujo al último peligro. Siempre había dormido sobre la dura tierra, y no se pudo conseguir de él que mejorase de cama en la última enfermedad. Jesucristo murió en una cruz, decía el santo á los que le apuraban sobre esto, ¿y queréis que un pecador como yo muera en una blanda cama? Dábanle mucha pena los desvelos y la solicitud de los que le asistían por procurarle algún alivio, y no fué posible vencerle á que admitiese el más mínimo, ni aun se le pudo persuadir á que interrumpiese su abstinencia. En fin, habiendo recibido los santos sacramentos, y después de haber consolado á sus familiares, que se deshacían en lágrimas, diciéndoles no debían celebrar con llanto el día más alegre de su vida, entregó tranquilamente su espíritu al Señor el día 8 de enero del año 1455, á los sesenta y tres y medio de su edad, lleno de días y de merecimientos, dotado con el don de profecía y de milagros, que continuaron después de su muerte. Todos convienen en que las obras que dejó al público están más llenas de sólida piedad que de afectada erudición, siendo difícil leerlas sin que el alma se sienta movida de devoción por la que respiran.
Fué preciso dejar expuesto el santo cuerpo por muchos días á la veneración de los pueblos que concurrieron de todas partes luego que se extendió la noticia de su muerte. Suscitóse una disputa sobre el lugar de su sepultura entre el cabildo de la catedral y los canónigos reglares de san Jorge, por cuyo motivo estuvo el cadáver descubierto por espacio de sesenta y siete días en la sacristía de la iglesia patriarcal, sin que al cabo de tan largo tiempo se experimentase ni la más mínima señal de corrupción. Hizo el Señor glorioso su sepulcro con gran número de milagros, por los cuales y por la santidad de su vida se movió á beatificarle el papa Clemente VIII, precediendo las formalidades necesarias; y el papa Alejandro VIII le canonizó solemnemente el año de 1690, fijando su fiesta, por orden de la santa sede, al día 5 de setiembre, que acaso sería el de la traslación de sus reliquias.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.