sábado, 3 de septiembre de 2039
San Pío X, Papa y Confesor
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (1 Thess. 2, 2-8)
Lectio prima Sancti Pauli apóstoli ad Thessalonicénses Fratres: Fidúciam habúimus in Deo nostro, loqui ad vos Evangélium Dei in multa sollicitúdine. Exhortátio enim nostra non de erróre, neque de immundítia, neque in dolo, sed sicut probáti sumus a Deo ut crederétur nobis Evangélium: ita lóquimur non quasi homínibus placéntes, sed Deo, qui probat corda nostra. Neque enim aliquándo fúimus in sermóne adulatiónis, sicut scitis: neque in occasióne avarítiæ: Deus testis est: nec quæréntes ab homínibus glóriam, neque a vobis, neque ab áliis. Cum possémus vobis óneri esse ut Christi apóstoli: sed facti sumus párvuli in médio vestrum, tamquam si nutrix fóveat fílios suos. Ita desiderántes vos, cúpide volebámus trádere vobis non solum Evangélium Dei, sed étiam ánimas nostras: quóniam caríssimi nobis facti estis.
sino que habiendo sido antes maltratados y afrentados, o azotados con varas (como no ignoráis) en Filipos, puesta en nuestro Dios la confianza, pasamos animosamente a predicaros la buena nueva de Dios en medio de muchos obstáculos. Porque no os hemos predicado ninguna doctrina de error, ni de inmundicia, ni con el designio de engañaros; sino que del mismo modo que fuimos aprobados de Dios para que se nos confiase su buena nueva, así hablamos o predicamos, y no como para agradar a los hombres, sino a Dios, que sondea nuestros corazones. Porque nunca usamos del lenguaje de adulación, como sabéis, ni de ningún pretexto de avaricia; Dios es testigo de todo esto; ni buscamos gloria de los hombres, ni de vosotros, ni de otros algunos. Pudiendo como apóstoles de Cristo gravaros, con la carga de nuestra subsistencia, más bien nos hicimos párvulos, o mansos y suaves, en medio de vosotros, como una madre que está criando, llena de ternura para con sus hijos, de tal manera apasionados por vosotros, que deseábamos con ansia comunicaros no sólo la buena nueva de Dios, sino daros también hasta nuestra misma vida; tan queridos llegasteis a ser de nosotros. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Homilía 2 sobre 1 Tesalonicenses — San Juan Crisóstomo
Cap. 2, 1-2. Porque vosotros mismos sabéis, hermanos, cuál fue nuestra entrada a vosotros, que no fue vana; sino que, habiendo antes padecido y sido ultrajados, como sabéis, en Filipos, cobramos confianza en nuestro Dios para anunciaros el Evangelio de Dios en medio de mucha lucha.
Grandes fueron ciertamente también vuestras obras, pero tampoco recurrimos nosotros a palabra humana. Mas lo que dijo antes, eso mismo repite aquí: que por ambas partes se muestra cuál fue la naturaleza de la Predicación, por los milagros, por la firmeza de los predicadores y por el celo y el fervor de los que la recibieron. Porque vosotros mismos, dice, sabéis cuál fue nuestra entrada a vosotros, que no fue vana; esto es, que no fue según los hombres ni de género común. Pues, recién salidos de grandes peligros, de muertes y de azotes, al punto caímos en nuevos peligros. Mas, dice, habiendo antes padecido y sido ultrajados, como sabéis, en Filipos, cobramos confianza en nuestro Dios. ¿Veis cómo de nuevo lo refiere todo a Dios? Para anunciaros, dice, el Evangelio de Dios en medio de mucha lucha. No es posible decir que allí, en verdad, estábamos en peligro, pero aquí no; vosotros también sabéis cuán grande fue el peligro, con cuánta contienda estuvimos entre vosotros. Lo cual también dice en su Epístola a los Corintios: Y estuve entre vosotros con flaqueza, y con trabajo, y con temor, y con mucho temblor.
Vers. 3-4. Porque nuestra exhortación no procede de error, ni de impureza, ni con engaño; sino que, así como fuimos aprobados por Dios para que se nos confiara el Evangelio, así hablamos, no como quien agrada a los hombres, sino a Dios, que prueba nuestros corazones.
¿Veis cómo, según dije, de su perseverancia saca la prueba de que la Predicación es divina? Porque, si no fuera así, si fuera engaño, no habríamos soportado tantos peligros, que ni respirar nos dejaban. Vosotros estabais en tribulación, nosotros estábamos en tribulación. ¿Qué era, pues? Si algo de las cosas futuras no nos hubiera movido, si no hubiéramos estado persuadidos de que hay una buena esperanza, no nos habríamos llenado de mayor prontitud al padecer. Pues ¿quién, por lo que aquí tenemos, habría elegido soportar tantos sufrimientos y vivir una vida de angustia y llena de peligros? ¿A quién persuadirían? Porque ¿no bastan estas mismas cosas para turbar a los discípulos, cuando ven a sus maestros en peligros? Mas no fue así con vosotros.
Porque nuestra exhortación, esto es, nuestra enseñanza, no procede de error. El asunto, dice, no es engaño ni fraude, para que debiéramos abandonarlo. No es por cosas abominables, como los trucos de los malabaristas y de los hechiceros. Ni de impureza, dice, ni con engaño, ni por sedición alguna, como la que hizo Teudas. Sino que, así como fuimos aprobados por Dios para que se nos confiara el Evangelio, así hablamos, no como quien agrada a los hombres, sino a Dios. ¿Veis que no es vanagloria? Sino a Dios, dice, que prueba nuestros corazones. Nada hacemos por agradar a los hombres, dice. Pues ¿por causa de quién habríamos de hacer estas cosas? Luego, habiéndolos alabado, dice: No como quien quiere agradar a los hombres, ni buscando los honores que vienen de los hombres, añade: Sino que, así como fuimos aprobados por Dios para que se nos confiara el Evangelio. Si no hubiera visto que estábamos libres de toda consideración mundana, no nos habría elegido. Así pues, como nos aprobó, tales permanecemos, por haber sido aprobados por Dios. ¿De dónde nos aprobó y nos confió el Evangelio? Aprobados aparecimos ante Dios, y así permanecemos. Es prueba de nuestra virtud el que se nos haya confiado el Evangelio; si hubiera habido algo malo en nosotros, Dios no nos habría aprobado. Pero la expresión de que nos aprobó no implica aquí examen. Sino que lo que nosotros hacemos tras probar, eso lo hace Él sin probar. Es decir, como nos halló probados y confió en nosotros, así hablamos; como es razonable que hablen aquellos que han sido aprobados y a quienes se ha confiado ser dignos del Evangelio, así hablamos, no como quien agrada a los hombres, esto es, no por causa vuestra hacemos todas estas cosas. Y porque antes los había alabado, para no hacer sospechoso su discurso, dice:
Vers. 5-6. Pues en ningún tiempo fuimos hallados usando palabras de adulación, como sabéis, ni con pretexto de codicia, Dios es testigo; ni buscando gloria de los hombres, ni de vosotros ni de otros, pudiendo seros gravosos, como Apóstoles de Cristo.
Pues en ningún tiempo, dice, fuimos hallados usando palabras de adulación; esto es, no adulamos, lo cual es propio de los engañadores, que quieren adueñarse y dominar. Nadie puede decir que adulamos para mandar, ni que a ello recurrimos por causa de riqueza. De esto, que era manifiesto, los llama después por testigos. Si adulamos, dice, vosotros lo sabéis. Mas en cuanto a lo que era incierto, a saber, si fue por codicia, llama a Dios por testigo. Ni buscando gloria de los hombres, ni de vosotros ni de otros, pudiendo seros gravosos, como Apóstoles de Cristo; esto es, tampoco buscando honores, ni jactándonos, ni exigiendo escolta de guardias. Y, sin embargo, aun cuando hubiéramos hecho esto, nada habríamos hecho fuera de lugar. Porque si los enviados por los reyes están, no obstante, en honor, mucho más podríamos estarlo nosotros. Y no dijo que fuéramos deshonrados, ni que no gozáramos de honores, lo cual habría sido reprocharlos, sino que no los buscamos. Nosotros, pues, que, pudiendo buscarlos, no los buscamos, aun cuando la predicación lo requería, ¿cómo habríamos de hacer algo por causa de la gloria? Y, sin embargo, aun cuando los hubiéramos buscado, ni siquiera en ese caso habría habido culpa alguna. Porque conviene que aquellos hombres que son enviados por Dios, como embajadores que ahora vienen del cielo, gocen de gran honor.
Mas por un exceso de mansedumbre nada de esto hacemos, para cerrar la boca a los adversarios. Y no puede decirse que con vosotros obramos así, pero no así con otros. Pues también dijo en su Epístola a los Corintios: Porque soportáis a quien os esclaviza, a quien os devora, a quien os cautiva, a quien se ensalza, a quien os hiere en el rostro. Y de nuevo: Su presencia corporal es débil, y su palabra despreciable. Y otra vez: Perdonadme este agravio. Muestra allí también que era en extremo humilde por haber padecido tantas cosas. Mas aquí habla también acerca del dinero: pudiendo seros gravosos, como Apóstoles de Cristo.
Vers. 7-8. Antes bien, fuimos apacibles en medio de vosotros, como cuando una nodriza acaricia a sus propios hijos; así, teniéndoos tan entrañable afecto, con gusto deseábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino también nuestras propias almas, porque habíais llegado a sernos muy queridos.
Fuimos apacibles, dice; nada mostramos que fuese ofensivo o molesto, nada desagradable ni jactancioso. Y la expresión en medio de vosotros es como si dijera: fuimos como uno de vosotros, sin tomar la parte más alta. Como cuando una nodriza acaricia a sus propios hijos. Así ha de ser el maestro. ¿Acaso la nodriza adula para alcanzar gloria? ¿Acaso pide dinero a sus pequeñuelos? ¿Les es ofensiva o gravosa? ¿No son acaso más indulgentes con ellos que las mismas madres? Aquí muestra su afecto. Así, teniéndoos tan entrañable afecto, dice; de tal modo estamos unidos a vosotros, dice, que no sólo nada tomamos de vosotros, sino que, si fuese necesario entregaros aun nuestras almas, no lo habríamos rehusado. Decidme, pues: ¿es esto de un designio humano? ¿Y quién es tan necio que diga esto? Con gusto deseábamos entregaros, dice, no sólo el Evangelio de Dios, sino también nuestras propias almas. De suerte que esto es mayor que aquello. Y ¿cuál es la ganancia? Porque del Evangelio hay ganancia, pero dar nuestras almas es, por lo que hace a la dificultad, cosa mayor que aquélla. Pues predicar simplemente no es lo mismo que dar el alma. Porque aquello, en verdad, es más precioso, mas esto último es cosa de mayor dificultad. Estábamos dispuestos, dice, si fuera posible, a gastar aun nuestras almas por vosotros. Y esto lo habríamos hecho de buena gana; pues, si no hubiéramos estado dispuestos, no habríamos soportado la necesidad. Así pues, ya que los alabó y los alaba, por esta razón dice que, no buscando dinero, ni adularos, ni desear gloria, hacemos esto. Porque, notad: ellos habían luchado mucho, y por ello debían ser alabados y admirados aun extraordinariamente, para que fuesen más firmes; mas la alabanza era sospechosa. Por esto dice todas estas cosas, a fin de rechazar la sospecha. Y menciona también los peligros. Y de nuevo, para que no se pensara que hablaba de los peligros por esta causa, como trabajando por ellos y pretendiendo ser honrado por ellos, por eso otra vez, al tener que mencionar los peligros, añadió: Porque habíais llegado a sernos muy queridos; de buena gana habríamos dado nuestras almas por vosotros, porque estábamos vehementemente unidos a vosotros. El Evangelio, en verdad, lo anunciamos porque Dios lo mandó; pero tanto os amamos que, si fuera posible, habríamos dado aun nuestras almas.
Homilía 2 sobre 1 Tesalonicenses, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org
Evangelio (Joannes. 21, 15-17)
Sequéntia Sancti evangélii secúndum Joánnem In illo témpore, dicit Jesus Simóni Petro: Simon Joánnis, díligis me plus his? Dicit ei: Etiam Dómine, tu scis quia amo te. Dicit ei: Pasce agnos meos. Dicit ei íterum: Simon Joánnis, díligis me? Ait illi: Etiam Dómine, tu scis quia amo te. Dicit ei: Pasce agnos meos. Dicit ei tértio: Simon Joánnis, amas me? Contristátus est Petrus, quia dixit ei tértio: Amas me? et dixit ei: Dómine, tu ómnia nosti, tu scis quia amo te. Dixit ei: Pasce oves meas.
Acabada la comida, dijo Jesús a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas tú más que éstos? Le dijo: Sí, Señor, tú sabes que te amo. Le dijo: Apacienta mis corderos. Por segunda vez le dijo: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Le respondió: Sí, Señor, tú sabes que te amo. Le dijo: Apacienta mis corderos. Le dijo por tercera vez: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntase si le amaba; y así respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú conoces bien que yo te amo. Le dijo Jesús : Apacienta mis ovejas. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Juan 21, 15-17 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
Teofilacto. Después de la cena, confía a Pedro el gobierno del rebaño universal, no a los otros. Por esto dice: "Cuando hubieron comido, dijo a Simón Pedro, Jesús," etc.
San Agustín, in Ioannem, tract 126. Sabiendo el Señor, pregunta. Sabía el Señor que Pedro no sólo le amaba, sino que le amaba más que todos.
Alcuino. Es llamado Simón de Juan, esto es, hijo de Juan, su padre por la carne. En sentido espiritual Simón quiere decir obediente, y Juan gracia. Y con razón es llamado así obediente a la gracia de Dios, para que se demuestre que el mayor amor de que está poseído, no es, en efecto, de un mérito humano, sino un don de la gracia divina.
San Agustín. In serm. Pass. 149. En la muerte del Señor temió y negó, pero resucitando el Señor, le quita el miedo y le infunde el amor. Porque cuando negó, temió morir, mas resucitando el Señor, ¿qué había de temer, si veía en El muerta la muerte? Y sigue: "Le dijo: Tú, sabes, Señor, que te amo". Entonces confía sus ovejas al que confiesa su amor. Por eso sigue: "Dice a Pedro: Apacienta mis corderos". Como si no pudiera Pedro manifestar su amor a Cristo de otro modo, que siendo pastor fiel sometido al príncipe de todos los pastores.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 87. El principal bien que nos resulta de este amor, es el de procurar la salvación del prójimo. Prescindiendo, pues, el Señor de los demás Apóstoles, dirige a Pedro estas promesas, porque Pedro era el primero de los Apóstoles, y la voz de los discípulos y la cabeza del colegio. Por esto, después que fue borrada su negación, le invistió como prelado de sus hermanos. No le echa en cara su negación, sino que le dice: Si me amas, preside a tus hermanos, y da testimonio ahora del amor que por todas partes demostraste, sacrificando por mis ovejas esa vida que dijiste que darías por mí.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 87. Sigue: "Vuelve a preguntarle: Simón, hijo de Juan, ¿me amas?", etc.
San Agustín, ut supra. Con razón pregunta a Pedro: "¿Me amas?" y responde: "Te amo" y le dice: "Apacienta mis corderos". Con esto se demuestra que la dilección y el amor son un mismo sentimiento, pues el Señor no le pregunta en la última vez: ¿Me estimas?, sino "¿Me amas?" Sigue pues: "Dícele por tercera vez: Simón, hijo de Juan, ¿me amas?" Esta es la tercera vez que el Señor pregunta a Pedro si le ama, haciéndole confesar tres veces lo que negó tres veces, a fin de que la lengua no sirva menos al amor que lo que sirvió al temor, y que habló, más por conjurar la muerte que le amargaba, que por despreciar la vida presente.
Crisóstomo, ut supra. Le pregunta tres veces, y tres veces le encarga lo mismo, dando a entender lo que aprecia el gobierno de sus propias ovejas, y que en confiárselas le da la mayor prueba de su amor.
Teofilacto. De aquí viene la costumbre de la triple confesión que se hace en el bautismo.
Crisóstomo, ut supra. Después de la tercera pregunta, se turba. Por lo que sigue: "Pedro se contristó porque le preguntó por tercera vez: ¿Me amas?" Temiendo que sucediera otra vez como antes que, pareciéndole amar al Señor, no le ame y sea reprendido como lo fue primero cuando se consideraba muy fuerte, se ampara al mismo Cristo. Por eso sigue: "Y le dice: Señor, tú que sabes todas las cosas"; esto es, lo más secreto del corazón, presente y futuro.
San Agustín, De verb Dom. Se entristeció, porque preguntado repetidamente por aquel que sabía lo que preguntaba y le inspiraba la respuesta, contestó con toda veracidad, y de lo íntimo de su corazón profirió aquella palabra de amor: "Tú sabes que te amo".
San Agustín, in Ioannem, tract., 124. No añade, empero, "más que estos", porque él respondió lo que sabía de sí mismo y no podía saber cuánto podría amarle otro, cuyo corazón no podía ver. Sigue: "Dícele: apacienta mis ovejas"; como si dijera: sea el ejercicio del amor el apacentar el rebaño del Señor, así como fue indicio de cobardía el negar al pastor.
Teofilacto. Cualquiera puede señalar la diferencia entre corderos y ovejas; corderos son los que entran, pero ovejas los perfectos.
Alcuino. Apacentar las ovejas es confirmar a los creyentes en Cristo para que no se aparten de la fe, socorrer sus necesidades, resistir a los contrarios y corregir a los súbditos descarriados.
San Agustín. Los que de tal modo apacientan las ovejas de Cristo que más quieren que sean suyas que de Cristo, queda demostrado que no aman a Cristo, sino que están poseídos de la ambición de gloria, de dominio y de riquezas, pero no de la caridad de obedecer, servir y agradar a Dios. Sea a Cristo al que amemos y no a nosotros mismos y en apacentar a sus ovejas busquemos lo que es de Dios, y no lo que es nuestro. Porque el que se ama a sí mismo y no a Dios, no se ama; pues el que no puede vivir de sí mismo, muere suponiendo que se ama. No se ama, pues, quien no se ama para vivir. Pero aquel que es amado por quien vive, no ama más amándose, porque no se ama para amar a aquel de quien se vive.
San Agustín, in serm. Pass. Han existido siervos infieles que dividieron el rebaño de Cristo e hicieron su peculio de lo que hurtaron, y oirás que dicen: Aquellas son mis ovejas. ¿Qué dices, mis ovejas? No te encuentro entre las mías, porque si decimos nosotros mías, y ellos dicen suyas, Cristo perdió sus ovejas.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena