viernes, 24 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

martes, 30 de agosto de 2039

Santa Rosa de Lima, Virgen

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

En Lima, capital del reino del Perú, nació el día 20 de abril del año 1586 la Rosa más preciosa que produjo aquel fértil país, bello ornamento de la tercera orden de penitencia del patriarca santo Domingo, una de las más célebres santas de estos últimos tiempos. En su nacimiento declaró con juramento su madre no haber sentido los dolores del parto, dispensándola el Omnipotente de la ley penal impuesta á todas las mujeres. Bautizáronla en la pascua del Espíritu Santo, queriendo en esto denotar la divina Providencia que derramaba en aquella grande alma el incendio del amor divino que descendió en lenguas de fuego sobre el colegio apostólico. Pusiéronle Isabel por nombre; pero en virtud del extraordinario prodigio que ocurrió estando en la cuna, á los tres meses de haber nacido, de transformarse su cara en una hermosa rosa, se llamó desde entonces con este nombre, en el que fué confirmada por santo Toribio Alfonso Mogrobejo, dignísimo arzobispo entonces de Lima, al que añadió el de Santa María, por disposición de la reina de los ángeles.

Criáronla sus padres con el mayor cuidado según las máximas de la religión cristiana; pero como se hallaba prevenida del cielo con las más dulces bendiciones, tuvieron el consuelo de ver en la niña á poco tiempo un pequeño prodigio de la gracia, que parecía obrar en ella con más actividad que la misma naturaleza. En efecto, su afabilidad, su agrado, su serenidad, su candor, su tranquilidad, y su admirable sufrimiento en varias incisiones que le hicieron con motivo de varias enfermedades, sin que lanzase el más mínimo suspiro, y sobre todo su inclinación connatural á la virtud, hicieron conocer á todos desde luego que el Señor la había elegido para esposa suya.

Continuando Rosa, sostenida de la divina gracia, siendo el objeto de los más altos elogios por su buena conducta, llegó á aquel punto de edad en que la naturaleza manifestó las cualidades apreciables de hermosura, despejo, vivacidad y extraordinarios talentos con que se hallaba dotada; aunque su recato y modestia procuraban ocultarlas, y aun desfigurarlas para no ser grata á los hombres. Como eran públicas y notorias sus personales prendas, mucho más recomendables con el adorno de su eminente virtud, se declararon varios pretendientes de su mano, conceptuándose feliz el que la lograse por esposa. Entre todos prefirieron los padres á un joven rico y poderoso, vinculando su felicidad en tan ventajoso matrimonio. Exigieron de Rosa el consentimiento, la que, consternada con aquel lenguaje desconocido, respondió sencillamente que ya tenía consagrada su virginidad á Jesucristo con voto. No se puede ponderar el sentimiento que concibieron los padres de una resolución tan inesperada; y así, en despique, sobre otras muchas injurias, ultrajes y malos tratamientos, le echaron á cuestas todo el peso de la casa, mandándole que hiciese los oficios más viles y penosos. Sufrió por algún tiempo aquella persecución, que sirvió únicamente para que brillase más su inalterable paciencia y admirable sufrimiento, hasta que, conociendo los padres que Dios era el autor de sus resoluciones, bien calificadas por sus acciones precedentes, no queriendo oponerse á la voluntad divina, la dejaron seguir en sus santas ideas.

Fundaron por aquel tiempo en Lima doña María de Quiñones y santo Toribio Alfonso Mogrobejo el monasterio de santa Clara; y creyendo ambos que, entre las primeras plantas que pudieran recomendar la religiosidad de aquella nueva casa, sería sin duda Rosa, bien conocida por su eminente virtud, le ofrecieron todo lo necesario para que entrase en aquel convento. Pero como la divina Providencia la tenía destinada para que fuese bello ornamento de la tercera orden de penitencia del patriarca santo Domingo, no tuvieron efecto sus deseos. Frustrada aquella proporción, un hermano de la santa, que tenía bien conocido su espíritu, hizo con toda cautela las más vivas diligencias para que entrase en el monasterio de la Encarnación de Lima del orden de san Agustín. Dispuestas todas las cosas, en el mismo día que la esperaban las religiosas, entró de paso á la capilla de Nuestra Señora del Rosario á dar á su Majestad gracias por haberle concedido el favor de consagrarse en el claustro al servicio de su santísimo Hijo; pero apenas hincó las rodillas en tierra cuando quedó inmóvil, sin poder levantarse, ni aun con la ayuda de su hermano. Conoció por aquí, ilustrada superiormente, que su determinación no era del agrado del Esposo eterno, y sí el que siguiese el camino de santa Catalina de Sena, cuyo ejemplo se propuso imitar desde sus más tiernos años; y prometiéndolo así en el mismo acto, quedó expedita para todo movimiento.

Comunicó el suceso circunstanciado á su confesor, y con acuerdo de este, vencidas las muchas dificultades que ocurrieron, vistió el hábito de Tercera Dominica en el año 1606, día de san Lorenzo, abrasada con los mismos ardores de caridad que aquel ilustre mártir de Jesucristo. No es fácil poder explicar el gozo de que se llenó el corazón de Rosa, viéndose vestida con la misma divisa que la heroína á quien deseaba imitar con vivas ansias. Para formar como aquella un retiro proporcionado donde, negada al comercio del mundo, pudiera entregarse totalmente al servicio de su amado, dispuso en lo más apartado de la huerta de su casa una pobre celda, en cuya habitación se dejó ver prodigiosamente que, estando rodeada de una nube de mosquitos y tábanos, ninguno de ellos se atrevió á molestarla. Respondía con mucha gracia á los que la preguntaban sobre aquella extraordinaria maravilla, que tenía hecho pacto con los animalillos de no molestarlos, ni ellos á ella.

No satisfecho su fervor con lo dicho, apenas vistió el hábito de tercera cuando quiso acreditar el carácter de aquel orden con las más asombrosas penitencias. En los principios, se disciplinaba con cordeles retorcidos; pero después con una cadena de hierro hasta que corría la sangre por tierra, redoblando este rigor cuando entendía estar irritada la divina justicia por culpas ajenas, ó amenazaba algún castigo á su patria. Pero habiéndole prohibido su confesor aquella crueldad, se ciñó la cintura tres veces con la misma cadena, cerrando sus extremos con un candado, cuya llave arrojó para que no fuese fácil abrirle. Siguió con este martirio algún tiempo, hasta que, introducida en la carne la cadena, la puso en términos de morir; y viéndose entonces en precisión de descubrir el secreto á su confidenta Mariana, condescendió con ella que la quebrase á fuerza de golpes, bien que el Señor, para impedir una operación tan cruenta, hizo que saltase inopinadamente la chapilla; pero arrancándose con ella varias porciones de carne, sufrió intensísimos dolores de las heridas que le resultaron.

Prohibióle su director el uso de aquel instrumento. Pero en cambio afligía todas las partes de su inocente cuerpo con ásperos cilicios, y una vestidura interior de sayal tosco y grosero, que, sobre no poderse mover con ella, se abrasaba en los rigores del estío. No debe extrañarse este rigor después que eligió el orden de penitencia, cuando desde sus más tiernos años manifestó la propensión á esta virtud, deseosa de ser participante de las penas que padeció Jesucristo. Servía en su casa una india de áspera condición, llamada Mariana, á quien rogaba, cuando niña, que la azotase, ultrajase, escupiese y pusiese los pies en su boca, rogándole, puesta de rodillas, que así lo hiciese por amor de Dios cuando se resistía aquella á ejecutarlo. Viendo, á los doce años no cumplidos, una imagen del Señor en la postura de Ecce Homo, penetrado su corazón del más vivo sentimiento al considerar los dolores que el Señor padeció cuando le pusieron la corona de espinas, ansiosa de imitarle, hizo primeramente un cerco de estaño con tachuelas por la parte interior, ciñéndose con él la cabeza; pero no pareciéndole bastante esta pena, formó otro de plata con treinta y tres puntas, correspondientes á los años que vivió el Redentor, mudándole repetidas veces, para que las nuevas heridas le lastimasen la cabeza, apretándole fuertemente cuando sentía alguna tentación impura.

Habiendo leído en la vida de santa Catalina de Sena su desposorio con Jesucristo, aunque deseaba tener esta dicha, no se atrevía á pedírsela al Señor, considerándose tan indigna en su concepto, que solía prorrumpir no pocas veces que no sabía cómo Dios no la había ya sumergido en el abismo cuando, por sus horribles culpas, le era debido el más profundo lugar del infierno; siendo así que su confesor apenas encontraba materia sobre que absolverla. Cuando luchaba con esta pena, la dejaron sin la palma acostumbrada á dar á las Terceras Dominicas el domingo de Ramos; é interpretando aquella inculpable omisión en otro sentido que el dispuesto por la divina Providencia, pasó llena de amargura á la capilla del Rosario á desahogar su pena con la Reina de los ángeles, que, viéndola anegada en tan profundo sentimiento, intercedió con su santísimo Hijo para que la consolase. Hízolo el Señor, diciéndole: Rosa de mi corazón, yo te quiero por esposa. Hicieron en su corazón tal impresión estas dulces palabras, que cayó desmayada en tierra, luchando entre el amor y el temor, sin atreverse á mirar la soberana Majestad de su dueño, quien, confortándola con nuevas gracias, le entregó un anillo en señal de su desposorio, en el que hizo grabar Rosa el retrato del niño Jesús, con las expresiones dichas. Desde entonces creyó la inseparable unión con su amado, en términos que pudo decir con el Apóstol: Ya no vivo en mí, sino en Jesucristo; acreditando con pruebas prácticas el incendio de amor en que se hallaba abrasado su pecho.

Sin embargo de que el Señor se daba por tan satisfecho de los servicios de Rosa, con todo quiso probarla por medio de enfermedades gravísimas y dolores muy intensos, en los que siempre dio ejemplo de una indecible paciencia y de un admirable sufrimiento. Pero no fueron estas mortificaciones las que más le dieron que padecer. Solicitaba su esposo purificar todavía más aquella grande alma con el fuego de la tribulación, para aumentar por este camino muchos grados á sus merecimientos. Cesaron de repente los continuos favores con que el Señor la regalaba, tan olvidada de ellos, como si nunca los hubiera recibido. Hallóse su espíritu poseído de una desolación, de una aridez y de una sequedad suma, de un disgusto total á todos los ejercicios de devoción, de un tedio insoportable en la oración, acometida de una sublevación general de las pasiones que la combatían con ciertas tentaciones desconocidas de la castísima virgen hasta entonces. Por espacio de quince años, á lo menos una hora al día quedaba anegada en el abismo de tan terribles pruebas, que pasaba el resto del día y de la noche temblando y palpitándole su corazón. Finalmente se vio obligada á consultar su padecer con los teólogos más doctos para su consuelo, cuyos dictámenes solo sirvieron para aumentar su pena; porque unos graduaron aquellos síntomas de delirio, otros, de ilusiones y desvaríos, y los más piadosos, de efectos nacidos de su delicadeza. Desolada, despreciada y abandonada, se puede dudar con razón si era posible martirio más cruel; pero con todo, en nada se desmintió Rosa, luchando, sostenida de la divina gracia, contra todo aquel torbellino de tormentos. Después de su continuo recurso al Señor, todo su consuelo era la protección de la santísima Virgen, viéndola muchas veces, durante aquellos excesos de desolación y desamparo, abrazarse estrechamente con alguna imagen de esta Señora, implorando su clemencia.

Sucedió, en fin, la calma á tan deshecha tempestad, y la alegre luz á tan tristes tinieblas. Apareciósela su santo esposo, acompañando su sensible presencia con tan celestiales consuelos, que en un instante le hicieron olvidar todos los pasados tormentos. Y queriendo remunerar su pacífico sufrimiento con favores singulares, la visitaba con frecuencia, haciendo lo mismo su Madre santísima y santa Catalina de Sena, á quien señaló el Señor por su directora, mediante á que la eligió por modelo de sus operaciones, dejándose ver por su continuo comercio el rostro de Rosa como una copia viva de aquella heroína, por cuya razón la llaman los limeños segunda santa Catalina de Sena.

De esta familiaridad, y la que tenía con los ángeles, especialmente con el de su guarda, con quienes se entretenía con las expresiones más tiernas de afecto, para que las hiciesen presentes á su esposo, resultó abrasarse en las llamas del amor divino. Unas veces se desahogaba con profundos suspiros, y otras, con voces significativas de sus sentimientos. ¿Cómo es posible, decía muchas veces, Dios y Señor mío, que huya quien deje de amarte? ¿Cuándo yo, mi buen Jesús, comenzaré á hacerlo como mereces? ¡Ay de mí! ¡qué lejos estoy de aquel amor perfecto é íntimo que te debo, pues aun no he aprendido á amarte como conviene! No sé cómo no me avergüenzo de mi tibieza. ¿De qué me sirve el corazón que tengo, para qué le quiero, si hasta ahora no se ha deshecho de puro amarte? A estas expresiones eran consiguientes sus deliquios y admirables éxtasis, en los que no pocas veces despedía su cara rayos encendidos de fuego, indicios nada equívocos del volcán que ardía en su pecho. Gustaba Rosa sosegada y tranquilamente de aquellas espirituales dulzuras que son como anticipados destellos de las delicias del cielo, sin dejarse apenas ver más que en el templo y al pie de los altares.

Habiéndole dado á entender el Señor que la caridad podía extenderse á favorecer al prójimo, la ejerció de tal suerte con todo género de pobres y necesitados, que hubiera agotado seguramente los fondos que encontraba en personas devotas para socorrerlas, á no haber suplido Dios con milagros sus asistencias. Al paso que era su caridad inmensa, era también excesivo su zelo por la salvación de las almas, siendo pocos los miserables á quienes no convirtiese, al mismo tiempo que los socorría. Aplicaba, para que el Señor les concediese su gracia, fervorosas oraciones y rigurosas penitencias. Tampoco omitía los sufragios en alivio de las almas del purgatorio.

Debilitada la salud de Rosa al rigor de sus grandes penitencias y prolijas enfermedades, se dignó el Señor revelarle el día de su muerte. Fue tan excesiva la alegría que le causó esta noticia, y tan vehementes los gozosos ímpetus que sintió su corazón, que no pudo disimularlo. Acercándose el tiempo de su disolución, le anunció su Esposo padecería los dolores más intensos, por última prueba de su invicta paciencia. Con este aviso, tres días antes de su última enfermedad, pasó á la capilla del Rosario á pedir á la santísima Virgen la favoreciese con su asistencia para beber aquel cáliz de amargura. Cayó en efecto, en el primer día de agosto, en un abismo de dolores tales, que, á pesar de su grande sufrimiento, prorrumpió á media noche en clamores lastimosos. Acudieron las sirvientas y la hallaron tendida en el suelo, en términos que solo la palpitación del pecho y la respiración apresurada daban testimonio de que permanecía en ella el calor vital. Acudieron los facultativos, y atendiendo á los síntomas de la extraordinaria enfermedad, declararon que la complicación de aquellos accidentes era superior á cuanto podían sufrir las fuerzas humanas. Continuó Rosa con aquellos vivos dolores é inexplicables amarguras, más sensibles que la misma muerte, hasta el día de san Bartolomé, en que profetizó su tránsito, sin que se le oyesen otras expresiones que las de su conformidad con la voluntad divina. Recibió los últimos sacramentos con la devoción y ternura propia de su espíritu; y transportada en dulces éxtasis, consumida aquella bienaventurada víctima á violencia del incendio del amor del Esposo eterno, rindió su espíritu en manos del Criador el día 24 de agosto del año 1617.

La fama de santidad en que murió Rosa y la multitud de milagros que se dignaba el Señor obrar cada día por su intercesión movieron á todo el reino del Perú, á la religión de santo Domingo y al rey católico á suplicar á la santa sede acordase su beatificación y canonización. Dispensó la santidad de Alejandro VII el decreto de Urbano VIII, sobre que no se tratase este asunto de algún siervo de Dios, hasta que pasasen cincuenta años después de su muerte. Despacháronse las correspondientes letras apostólicas para los procesos informativos, y resultaron plenamente justificados por una multitud de testigos el heroísmo de sus virtudes y notorios milagros en vida y después de muerte. La beatificó el papa Clemente IX; por su decreto del año siguiente la declaró patrona de la capital de Lima y de todo el Perú. Pero continuando las instancias para su canonización, la hizo con la solemnidad acostumbrada Clemente X, en el 12 de abril de 1671.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.