viernes, 24 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

sábado, 27 de agosto de 2039

San José de Calasanz, Confesor

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San José Calasanz, uno de los mas brillantes ornamentos del clero español, y uno de los mas célebres patriarcas de las religiones que hermosean el jardín ameno de la Iglesia, nació en el día 11 de setiembre de 1556, en la villa de Peralta de la Sal, sita en el reino de Aragón. Sus padres, don José Calasanz y Doña María Gastón, ilustres por la calificada nobleza, pero mucho mas por sus recomendables virtudes, criaron al niño conforme á las máximas de la religión cristiana; pero su bello natural é inclinación á la virtud facilitaron mas que todo el efecto de su buena educación. Habíale prevenido Dios con todas las disposiciones de naturaleza y gracia para los nobles designios á que le destinaba su sabia Providencia. Su natural afable, dulce y benéfico; su corazón noble, dócil y generoso; el sumo horror que manifestó al pecado y natural propensión á los ejercicios piadosos y devotos, que fueron los únicos entretenimientos de su niñez, hicieron conocer á sus padres el interés que tenia el cielo en aquella grande alma, que acreditó desde luego el mas ardiente zelo por el honor y gloria de Dios. Entre otras muchas pruebas, á los cinco años vieron con admiración que, tomando en sus débiles manos un cuchillo, salió al campo con generosa intrepidez, diciendo que iba á matar al demonio, porque incitaba á los hombres á que ofendiesen á Dios; por cuya anticipada guerra con el enemigo de la salvación, maquinó este no pocas veces contra su vida.

Enviáronle sus padres á estudiar latinidad á Estadilla, pueblo tres leguas distante de Peralta; y en muy breve tiempo se concilió el amor de sus maestros, y la veneración de sus condiscípulos por su buena conducta, arreglada en un todo á las leyes del trato civil y modestia cristiana. Acompañado este porte de un deseo ambicioso de saber, hizo en humanidades, retórica y poesía conocidos adelantamientos, y no menores en la ciencia de los santos. Quisieron aplicarle sus padres á la milicia, para que renovase en la guerra las gloriosas hazañas de sus predecesores; pero como José aspiraba á otros honores mas sólidos, ya resuelto á consagrarse al servicio de Dios enteramente, rogó á su padre le dejase seguir en la carrera de las letras. Pasó á la universidad de Lérida á estudiar filosofía; y conociendo que el tiempo de los estudios es ocasión de resfriar el fervor, tuvo gran cuidado en prevenir este escollo con la oración, con la frecuencia de sacramentos, con rigurosas penitencias y con su aplicación á obras de caridad en las horas que le dejaba el estudio: de suerte que, alternando en este y en aquellos ejercicios, sin dar lugar á las diversiones de la juventud, hizo á un mismo tiempo admirables progresos, tanto en la virtud, como en la filosofía, y derecho civil y canónico, en que recibió el grado de doctor con universal aplauso.

Deseaba José mas altos conocimientos en otras ciencias mayores, donde se consuma el ingenio, y se fecunda el entendimiento con mas elevadas ideas. Con este objeto, pasó á Valencia á estudiar teología; y aunque allí no mudó un ápice de su arreglada conducta, con todo, la ciega pasión de una señora enamorada de su gallarda disposición, de hermoso, grave y modesto semblante, le obligó, por conservar su pureza, no solo á dar la prueba que el antiguo José en Egipto con la mujer de Putifar, sino otra mayor, que fué dejar aquella ciudad, trasladándose á la de Alcalá de Henares á continuar el mismo estudio. En esta universidad dió en muy breve tiempo muestras de su extraordinario talento y de su virtud eminente. Los progresos que hizo bajo el magisterio de los mas sabios maestros de aquella célebre academia, se miraron con particular admiración de los mismos preceptores y demas concolegas. A pocos años dió públicos testimonios de un hombre consumado en filosofía, derecho civil, canónico, y en la sagrada teología, en cuya facultad recibió el grado de doctor con no menor aplauso que aquel en Lérida. Pero lo mas prodigioso de este héroe fué que ni su aplicación á los estudios ni la diversidad de sus tareas pudieron jamás resfriar su fervor, ni disminuir su devoción; reflexionando todos como un milagro visible de la gracia, que una salud tan debilitada como la suya por toda suerte de maceraciones pudiese conciliar tantos ejercicios de piedad con tanto estudio. Lo cierto es que José se veia tan puntual á las escuelas como á los templos; allí haciendo honor á sus maestros, y aquí emulando á los ángeles en el amor y respeto á Dios, sin dejar de hacer muchas conquistas espirituales en la ciudad con su zelo verdaderamente apostólico.

Recibió los órdenes sagrados, y la dignidad del sacerdocio de mano del obispo de Urgel, en el mes de diciembre de 1583, siendo de edad de 28 años; cuyo ministerio desempeñó con aquella pureza y con aquel fervor que caben en un ministro digno del altar, siendo la edificación de la Iglesia y del pueblo.

Informado don Andrés Capilla, obispo de Urgel, de las relevantes prendas de Calasanz, creyéndose con mayor derecho que cualquiera otro prelado para valerse de un ministro tan útil, le obligó á aceptar algunos beneficios eclesiásticos, le nombró vicario y visitador de Tremp y de su territorio, cuyo partido abraza setecientas poblaciones con setenta y dos parroquias. Partió José á desempeñar su empleo, halló mucho que reformar en el clero, y mucho mas que corregir en el pueblo, y haciendo mas los oficios de padre que de juez, fueron las armas de que se valió para la destrucción de los abusos, la dulzura, la afabilidad, la caridad, la oración y el ejemplo, sin usar del rigor sino contra los soberbios y protervos.

Viendo el obispo de Urgel el grande fruto que hacia aquel insigne operario en el partido de Tremp, quiso emplear su infatigable zelo en empresa mas ardua é interesante á su vasta diócesis, que se extiende dentro de los Pirineos. Los pueblos incultos y groseros de aquella jurisdicción, criados entre montes y selvas, vivían como fieras, entregados á toda clase de excesos: los sacerdotes, poseídos de la ignorancia y de la avaricia, desatendían enteramente las obligaciones de su ministerio; los párrocos, constituidos para declamar y corregir los vicios, los autorizaban con su ejemplo. En vano se oponían los obispos al cúmulo de tantos desórdenes con la repetición de sus edictos pastorales, pues despreciando el clero á los legisladores y las leyes, hollaban cualquiera prohibición que se oponía á sus corrompidas costumbres.

La reforma de tanto vicio se encomendó á Calasanz en la clase de visitador, quien, luego que reconoció la dificultad de la empresa, pensó que debía dar principio implorando la divina misericordia sobre aquellas gentes abandonadas. Los gemidos, las oraciones, los ayunos y las mas rigurosas penitencias fueron las víctimas con que procuró hacer propicio al Omnipotente. Revestido de aquel zelo santo que constituye el carácter de los varones apostólicos, se arrojó á tan ardua expedición, sin dejar pueblo ni aldea en la vasta extensión de aquel país casi inaccesible que no visitase personalmente á pesar de los precipicios é inminentes peligros á que expuso su vida no pocas veces. Cuando se presentaba en los pueblos, á unos amonestaba como padre, á otros enseñaba como maestro, y á otros corregía como juez, dejando, cuando se ausentaba, en todas partes, sabios, cristianos y oportunos decretos, para que les sirviesen de regla. No es posible explicar los trabajos y penosas fatigas que le costó la empresa; pero en fin tuvo el consuelo de ver introducidas nuevas costumbres cristianas en aquellos pueblos, y respetadas las órdenes de sus prelados, de los que antes se hacia un total desprecio.

Concluida la visita, dió cuenta de ella al obispo de Urgel, quien rindió á Dios gracias por los copiosos frutos de aquel infatigable operario. Y para que toda su diócesis tuviese parte en sus sabias determinaciones, le eligió por vicario general del obispado, cuando solo contaba 34 años. Aceptó José el nuevo empleo, deseoso de sacrificarse en el servicio de la Iglesia; y portándose siempre igual en su justificada conducta, se aplicó á corregir los abusos, á reparar los desórdenes del clero y del pueblo, y á promover el culto divino; obrando con tanta actividad y con tanta prudencia, que en muy breve tiempo se hizo el obispado de Urgel el objeto de los mas altos elogios por el infatigable zelo de su vicario.

Las alabanzas y los aplausos con que todos celebraban su santidad, su mérito y su acierto, le estimularon á dejar á España por lo mucho que ofendían á su profunda humildad semejantes aclamaciones. Había algunos meses que oía en su corazón una voz que le decía: Ve á Roma, ve á Roma, cuyos ecos sentía con mayor eficacia en medio del fervor de las oraciones, y cuando con mas rigor afligía su cuerpo. Agregóse á esto una visión que tuvo, en que le parecía hallarse en Roma rodeado de muchos niños, á quienes instruía en las letras y en la doctrina cristiana. Consultó el asunto con su director, y aprobada su determinación, renunció su empleo de vicario con los beneficios eclesiásticos, excepto algunas rentas que se retuvo para piadosos destinos. Y habiendo fundado en Urgel casi á sus expensas un monte pío, y otro en Peralta, arregladas todas sus cosas, partió á Italia en traje de peregrino en el año 1592.

Luego que llegó á Roma, fue su primera diligencia visitar con la devoción y ternura propia de su espíritu todos los santos lugares que se veneran en aquella capital, rogando á Dios con muchas lágrimas que se dignase manifestarle su voluntad; puesto que el deseo de cumplirla le había traído á la cabeza del orbe cristiano, haciendo la misma súplica á la santísima Virgen, en quien, después de Dios, tenia puesta toda su confianza. Había prevenido el obispo de Urgel el arribo de José con la mas expresiva recomendación á su agente en Roma, el cual era confidente del cardenal Marco Antonio Colona. Pidió este á aquel que se informase de algún sugeto idóneo para teólogo suyo, y manifestándole las cartas del prelado de Urgel, en que le hacia ver que era Calasanz una persona calificada por su nacimiento, por sus empleos, por su notoria ciencia y eminente virtud, le recibió en clase de teólogo su Eminencia con las demostraciones de la mayor estimación. A poco tiempo de su trato conoció aquel purpurado que era mayor la sabiduría y la santidad de José de lo que se le había informado. Así fió á su cuidado los mas graves negocios de su cargo, la dirección de sus dos sobrinos, hijos del condestable Colona, y la instrucción de su familia; logrando todos por la enseñanza y ejemplo de Calasanz tan conocidas ventajas, que la casa de Colona llegó á ser el objeto de admiración de Roma, donde nuestro héroe español era tenido por uno de los mas hábiles teólogos de su tiempo, y por uno de los mayores santos de su siglo, acreditando ambos conceptos en las comisiones mas arduas que se fiaron á su cuidado.

Habíase formado en Roma después del santo concilio Tridentino la venerable hermandad de la doctrina cristiana, con el objeto de enseñarla á los niños, artesanos y jornaleros en los días de fiesta. Alistóse en ella José, y no satisfecho con practicar esta enseñanza en las festividades en las iglesias destinadas á este efecto, lo hacia en los días de trabajo en las plazas y calles de la ciudad con tan ardiente zelo, que en muy breve tiempo se conoció en los pobres la utilidad de sus infatigables tareas.

Por la experiencia que adquirió el santo en los ejercicios dichos, llegó á conocer la grande necesidad que tenían los niños pobres de instruirse en las letras y en la doctrina cristiana; por cuyo defecto se veían muchos ignorar los principales misterios de la fe, avergonzándose, ó no queriendo, cuando ya adultos, aprender lo necesario para salvarse. Lastimado su piadoso corazón con esta pena, aunque en Roma advertía que no faltaban escuelas asalariadas, notaba que no había personas que se dedicasen graciosamente por mera caridad á la enseñanza de los pobrecitos en los primeros importantes rudimentos. Persuadido que sería muy agradable á los ojos de Dios un instituto que por constitución tuviese tan laudable objeto, empeñó toda su actividad y toda su eficacia con los cuerpos y sugetos mas poderosos de la ciudad, á fin de que contribuyesen á la ejecución de tan noble pensamiento. Mas permitió el Señor que fuesen en vano todas sus diligencias, porque reservaba para su persona tan digna como útilísima empresa. Las mociones continuas que sentía en su interior, y el recuerdo de la visión dicha que tuvo en Urgel, le indicaban ser esta la voluntad de Dios, en la que se confirmó en cierta ocasión en que vió una tropa de niños, que con acciones y palabras descompuestas le hicieron conocer la necesidad de su proyecto, y oyó resonar en su corazón, detenido á reflexionar en aquel lastimoso espectáculo, aquellas palabras del Espíritu Santo: A ti se ha encomendado el pobre, y tú serás la ayuda del huérfano.

Convencido José que era aquel el fin para que Dios le trajo á la capital del orbe cristiano, se dedicó sin pérdida de tiempo á la ejecución de la empresa. Como estaba práctico en los barrios de Roma con motivo del cargo de visitador de la congregación de los santos apóstoles, conociendo que el del Transtiber era el mas numeroso de niños pobres, le consideró mas á propósito para dar principio á su proyecto. Comunicó el pensamiento á don Antonio Brendoni, íntimo amigo suyo, cura de Santa Dorotea, venerable anciano, lleno de caridad, quien no solo lo aprobó, sino que le ofreció el uso de dos piezas, prestándose á ser su compañero en ejercicio de tanto mérito. Lo mismo hicieron dos sacerdotes individuos de la Hermandad de la doctrina cristiana, con cuya ayuda abrió las escuelas pías en Santa Dorotea el año de 1597 con aprobación y elogio del papa Clemente VIII.

No podía mirar con indiferencia el enemigo de la salvación un establecimiento de tanta utilidad en la Iglesia; y para impedir sus progresos, aplicó todos los artificios de su refinada malicia. Desanimó á muchos eclesiásticos que concurrían á la enseñanza, haciéndoles fastidioso el impertinente ministerio. Excitó á los maestros de escuela de los cuarteles de Roma á que formasen agrias quejas contra el santo fundador; pero todas estas diabólicas astucias solo sirvieron para su mayor crédito, pues habiendo cometido el papa el exámen de las falsas delaciones á los cardenales Baronio y Antoniani, con encargo especial de que visitasen las escuelas pías, para que le informasen de sus progresos, fueron tales los elogios que hicieron los dos purpurados del infatigable zelo, de la caridad y de la paciencia de Calasanz, y de la utilidad de sus escuelas, que, despreciando su Santidad las calumnias, las recibió bajo su protección inmediatamente.

Las incesantes fatigas y continuas tareas de tan penosa enseñanza no impedían á José el emplearse en una multitud de piadosos ejercicios, sin omitir sus acostumbradas devociones, ayunos y penitencias. Alistóse en las cofradías de las Llagas, de la Santísima Trinidad y del Refugio, en cuya institución había tenido gran parte, formando sus reglamentos con el cardenal Baronio. Tenían por objeto estos establecimientos la asistencia de los peregrinos y el socorro de toda clase de menesterosos, y á todos atendía la ardiente caridad de Calasanz, practicando los mismos oficios en las cárceles, en los hospitales y en otras muchas urgencias que ocurrieron en Roma en su tiempo. Los que observaban sus pasos individualmente no acertaban á comprender como podía acudir á tantas obras piadosas y á tantos encargos tan diferentes. Esto hizo formar á Monseñor Bonet, promotor fiscal en el proceso de sus virtudes, una fuerte duda sobre la inverosimilitud de tantos ejercicios á un tiempo; pero las pruebas eran tan obvias, que fué cosa gloriosa para nuestro santo la disolución de este reparo con la contraposición de su ardiente caridad é infatigable zelo, que le tenían en un movimiento continuo de día y de noche, sin descansar un solo rato en muchas de ellas.

Sucedió en la cátedra apostólica al papa Clemente VIII en el año de 1606 el cardenal Burguesi, bajo el nombre de Paulo V, tan grande protector de las escuelas pías, que se llamaron paulinistas sus profesores. Intentaron al principio de su pontificado los émulos de Calasanz renovar sus calumnias; pero no tuvieron otro efecto que el nombrar su Santidad un cardenal de autoridad y reputación para que las protegiese, manifestando en su breve de 24 de marzo de 1607 haber sido instituidas, siendo Dios el autor. Y para dar á José un testimonio de su estimación quiso condecorarle con el capelo, bien que sus lágrimas y humildes ruegos pudieron alcanzar de su Beatitud que le exonerase de la dignidad, pues su corazón, revestido de pobreza evangélica, estaba muy distante de apetecer honoríficos empleos, como lo tenía acreditado en las renuncias antecedentes de las prebendas y obispados que le ofreció en España el rey Felipe III.

Quiso el santo fundador que se perfeccionase su establecimiento en congregación perpetua, y proponiendo su pensamiento á Paulo V, logró este indulto por su breve de 6 de marzo de 1617; previniendo en él su Santidad que se llamara congregación paulina de la Madre de Dios de las escuelas pías; que la profesión se hiciese con simples votos de pobreza, castidad y obediencia; que Calasanz fuese prepósito general de ella durante el tiempo de su voluntad, dándole facultad para que hiciese los estatutos y reglamentos oportunos bajo la protección de la santa sede. Vistió en nombre del papa el cardenal Justiniano en su palacio al santo patriarca con el hábito que eligió para su orden; y en aquel acto se desnudó del apellido del siglo, y tomó el sobrenombre de la Madre de Dios. Hizo su profesión en el año siguiente, y dando en ella el último complemento de su renuncia á todos los bienes de la tierra, resignó en eclesiásticos pobres los beneficios que se reservó en España, y distribuyó los bienes paternos entre miserables y encarcelados, contentándose con salir de puerta en puerta á pedir limosna para mantenerse con los de su congregación, y para prestar á los niños los auxilios acostumbrados.

Significóle el cardenal protector que era voluntad del papa formase las constituciones para su congregación; retiróse á este fin á la casa que fundó en Narni de orden del mismo purpurado; dispúsose para ello con cuarenta días de ejercicios espirituales para implorar la asistencia del Espíritu Santo, por cuya inspiración escribió los mas sabios y piadosos reglamentos. Murió á la sazón Paulo V; llegó á Narni el cardenal Ludovici, arzobispo de Bolonia, que pasaba al cónclave, y sabiendo que se hallaba José en aquella ciudad, como ya le conocía anteriormente y tenía formado tan alto concepto de su eminente santidad, quiso hospedarse en su casa para disfrutar de su amable conversación. Profetizóle el santo que sería electo sumo pontífice, y le rogó encarecidamente protegiese su congregación. Cumplióse el vaticinio puntualmente, tomando el cardenal el nombre de Gregorio XV; y deseoso de dar á José una prueba auténtica de su estimación, sobre querer condecorarle con la púrpura para tener á su lado un santo, de cuya dignidad se excusó con humildísimos ruegos, elevó al grado de religión su congregación paulina, con supresión de esta denominación, por su breve apostólico de 1621, concediéndole todos los indultos, gracias y privilegios que gozan las demás religiones. Aprobó por otro de 31 de enero de 1632 con los mas altos elogios las constituciones formadas por José; y por otro de 21 de abril del mismo año le constituyó general por espacio de nueve años, señalándole cuatro asistentes generales para el gobierno del orden.

El nuevo carácter á que se elevaron las escuelas pías, y las grandes utilidades que cada día resultaban de ellas, hizo que en todas partes solicitasen á competencia los sugetos de la mas alta esfera su establecimiento. Aunque al siervo de Dios costaron tantas fatigas y tantos desvelos, quiso el Señor darle el consuelo de verlas extendidas en el estado pontificio, en Sicilia, en el reino de Nápoles, en Venecia, en Lombardía, en Toscana, en Polonia, en el Piamonte, en Hungría, en Bohemia y en toda la Alemania; confesando ingenuamente en una carta que escribió al padre Melchor Alanchi que, si se hallase con diez mil religiosos, los podía repartir á todos en un mes en las partes que se los pedían con grandísimas instancias.

Aunque el corazón de José se hallaba lleno de gozo, dando á Dios repetidísimas gracias por las bendiciones que echaba sobre su caritativo establecimiento, quiso el Señor purificar aquella grande alma con el fuego de la mas terrible tribulación, y aumentar por este camino muchos grados á sus méritos. Sería necesaria una relación dilatadísima para referir individualmente lo ocurrido en esta prueba, de la que solo daremos alguna idea. Un hijo del mismo orden, llamado Mario Sozi, díscolo por naturaleza, uno de aquellos hombres perversos que Dios permite en el mundo para ejercicio de los buenos, desterrado de Roma por su indigno porte, supo engañar con su aparente zelo en asuntos de fe de tal suerte al inquisidor de Florencia, que, volviendo á Roma con la mas expresiva recomendación de aquel ministro, fulminó tales calumnias contra su santo padre ante el asesor del santo oficio, que, de orden de este, fué conducido preso Calasanz á la inquisición por las calles públicas de la ciudad, que se consternó á vista de tan inopinado suceso. Aunque José se purificó en términos, que hizo demostración que ni aun tenía noticia de los delitos imputados; por lo que se le volvió á su casa en carroza por los mismos sitios que fué conducido como reo; con todo, logró el perseguidor con sus artificios, á pretexto de que era necesario tiempo para justificar sus delaciones, que se le suspendiese del empleo, y que se nombrase un visitador general de distinto orden. El primero en que recayó esta comisión fué el padre don Agustín Urbandini, de la congregación somasca, quien, no pudiendo sufrir las iniquidades de Mario, se vió en la precisión de renunciar el empleo. Logró el perseguidor que se nombrase al padre Silvestre Pietrasanta, sugeto adicto á sus perversísimas ideas; con cuyo motivo cargó su ambición con todo el gobierno del orden, como primer asistente. Hablábale José de rodillas con el mayor respeto; pero el pérfido hijo, despreciando la venerable persona de su santo padre, le trataba de hipócrita, de soberbio y de embustero, hasta decirle que le enviaría á morir en una galera. Sentían en el alma sus hijos la tribulación del patriarca; solo él estaba alegre porque padecía por Jesucristo, sin cuidar de su defensa. Mas tomándola Dios por él, cubrió al calumniador de piés á cabeza con una tan horrible lepra, que le privó hasta de la forma humana, exhalando un hedor tan fétido, que no podían tolerarle por un brevísimo tiempo sus mismos confidentes, de cuyo mal murió desgraciadamente.

No sosegó la tempestad con la muerte de aquel infeliz: sucedióle el padre Esteban Querubini en el empleo, secuaz de sus inicuos pensamientos, quien con el visitador Pietrasanta y otros díscolos conspiraron á la destrucción de las escuelas pías; á lo que se inclinó el papa Inocencio X, á fuerza de los falsos informes de los perseguidores. Ya se deja discurrir el sentimiento que causaría en José la degradación de su orden, que le costó tantos trabajos y tan penosas tareas. Sufrió como otro Job aquella desgracia, expresándose con los mismos ecos que el antiguo: Dios lo dió, Dios lo quitó, sea el nombre de Dios bendito. Tuvo algún consuelo al ver que todos los cuerpos políticos y eclesiásticos de Italia, con las personas de la mas alta esfera, interpusieron sus ruegos para con Inocencio, á fin de que revocase su determinación, manifestándole las grandes utilidades que se experimentaban en todas partes con las escuelas pías. No tuvieron por entonces efecto aquellas recomendables súplicas. Con todo, profetizó José á sus hijos, que estaban inconsolables, que dentro de breve tiempo verían reintegrado el establecimiento en los mismos términos honoríficos á que le elevó la santa sede; cuyo vaticinio se cumplió á la letra en los pontificados inmediatos de Alejandro VII y Clemente IX, sucesores de Inocencio; restituyéndola el primero en el año 1656 al grado de Paulo V, y el segundo en el de 1669, al que le sublimó Gregorio XV.

Había ya algún tiempo que acostumbraba á decir á sus hijos el santo patriarca, cuando se condolían de sus trabajos: Esperad al agosto, y lo que Dios permitirá. Como decía estas palabras con cierto aire de alegría, esperaban algún suceso propicio al orden; pero el profeta hablaba de su muerte. Quiso en el día 21 de julio ir con los piés descalzos á la iglesia de San Salvador á conseguir las muchas indulgencias concedidas en ella por los sumos pontífices. Volviendo á casa, tropezó tan fuertemente en una piedra, que, herido gravemente el dedo pulgar del pié derecho, fué echando sangre toda la calle; y en una máquina tan debilitada como la suya se comunicó el dolor fácilmente. Despertósele en principios de agosto la acostumbrada incomodidad del excesivo calor del hígado. No hicieron la primera vez mucho caso los médicos de la novedad, prometiéndose pronta curación. Solo temieron que fuese mortal la enfermedad cuando el dolor llegó á ser tan vehemente, que dió á conocer el paciente lo mucho que toleraba. Instruido con luz superior que estaba su fin próximo, se dispuso á pagar el tributo impuesto á los mortales con las preparaciones propias de un espíritu todo abrasado en el amor de Dios. Recibió los últimos sacramentos con tanta edificación, que movió á tiernas lágrimas á todos los concurrentes. Habiendo sufrido con indecible paciencia el exceso de sus dolores hasta el día 25 de agosto, dando ejemplo de resignación con la voluntad divina, y fijando, ya entrada la media noche de aquel día, los ojos en el cielo, levantó el brazo derecho en ademan de bendecir á sus hijos, y diciendo tres veces Jesús, espiró tranquilamente en el dicho día del año 1648, á los noventa y dos de su edad. Su rostro quedó tan apacible y tan sereno como si estuviese en un dulce sueño, y su venerable cuerpo despidió un olor tan maravilloso, que excedía al de las mas exquisitas esencias.

Cuando llegaron á desnudarle sus hijos, ocurrió con la mano derecha á cubrir la desnudez vergonzosa; y queriendo removerla para proseguir el piadoso oficio, acudió el difunto con la siniestra, enseñándoles que, aun estando muerto, era zeloso de aquel pudor con el que había custodiado toda su vida intacta su virginidad. Pusiéronle en el féretro, y fué tanta la multitud de concurrentes á tributarle veneración, que, no bastando las prevenciones tomadas por los religiosos, fué necesario que el papa enviase unos soldados de su guardia. En todo el ámbito del templo no se oían otras voces que murió santo, ó aclamaciones de algún milagro, siendo muchos los que obró el Señor en confirmación de la gloria de su fidelísimo siervo. Diósele sepultura en la iglesia de San Pantaleon, á puerta cerrada, con las debidas formalidades, á presencia de algunos distinguidos personajes que pudieron ser admitidos al reconocimiento del cuerpo, que se halló con una prodigiosa flexibilidad.

Apenas había pasado un año de su precioso tránsito, cuando, con aprobación del mismo Inocencio, se comenzaron los procesos informativos sobre sus virtudes heroicas y auténticos milagros: los que resultando justificados plenamente, le declaró beato el papa Benedicto XIV, en 7 de agosto de 1748. Y después celebró su canonización con magnificencia en la basílica Vaticana la Santidad de Clemente XIII, en el día 16 de julio de 1767.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.