viernes, 24 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

jueves, 25 de agosto de 2039

San Luis, Rey de Francia, Confesor

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Luis IX, de este nombre, uno de los mayores reyes que ocupó el trono de Francia, y uno de los mayores santos que venera la santa Iglesia, nació en Poissy el día 25 de abril del año 1215. Como el Señor le había escogido para formar un rey a medida de su corazón, le previno con aquellos singulares dones que forman también el corazón de los santos. Ningún príncipe nació al mundo con más noble inclinación a la virtud, con más rico fondo de dulzura y de bondad, con prendas más heroicas ni más reales. Quiso encargarse de su educación su misma madre la reina doña Blanca, princesa más recomendable por su eminente piedad que por sus elevados talentos y por su espíritu verdaderamente superior. Aplicóse a formar aquel tierno corazón de manera que antes aprendiese a obedecer y a servir a Dios, que a mandar a los hombres. Poco tuvo que hacer la escuela en un genio tan feliz. Anticipóse él mismo a las lecciones que le daban, y presto se reconoció no había nada que hacer sino dejar que produjesen por sí mismas las semillas de la virtud que Dios había sembrado en aquella grande alma.

A los ocho años de su edad perdió Luis al rey Felipe Augusto, su abuelo, y tres años después a su padre Luis VIII, que le dejó la corona bajo la tutela de su madre, cuando Luis contaba solos once años. Quiso la reina madre prevenir las turbaciones de una larga menor edad (porque en aquel tiempo hasta los veinte y cinco años no se declaraban mayores los reyes de Francia), y dispuso que su hijo fuese consagrado en Reims, disipando con su prudencia en poco tiempo los sediciosos intentos de los condes de Champaña, de Boloña, de Bretaña, de la Marca, de Dreux, de Flandes, de Tolosa y de Provenza, ligados contra el gobierno, de manera que con su conducta y su valor aseguró la autoridad del rey su hijo, y conservó la calma en el estado durante el tiempo de su acertada regencia.

El mayor cuidado de la virtuosa princesa en aquella dulce tranquilidad fué la santa educación del niño rey. No perdonó medio alguno para que desde aquella tierna edad recogiese todos los frutos de la virtud y del estudio. Encontraba en el hijo toda la docilidad, toda la dulzura, todo el despejo del entendimiento y toda la disposición de corazón que era menester para que fuesen eficaces sus lecciones. Repetíale continuamente que, no obstante la ternura con que le amaba, querría más verle perder la vida que la gracia; lección que se le imprimió tan altamente en el alma, y por toda la vida le infundió tan grande horror al pecado, que, preguntando un día a su confidente Joinville cuál querría más, estar plagado de lepra o cometer un pecado mortal; y respondiendo Joinville con su natural franqueza que antes cometería cien pecados mortales que padecer la lepra; indignado el joven rey, le dijo con alteración: Bien conoce, Joinville, no sabes lo que es estar en desgracia de Dios; sábete que un solo pecado mortal se debe temer más que todos los males de este miserable mundo.

El singular gusto que tomaba a todas las máximas del Evangelio le movía a practicar sus consejos. Comenzó a mortificar sus sentidos, a macerar su cuerpo y a domar sus pasiones casi desde la cuna. Gustaba mucho de la caza, de la pesca, de la cetrería y del juego de ajedrez; esto bastó para prohibirse a sí mismo todas aquellas inocentes diversiones desde la edad de quince años. Desde entonces ocuparon el lugar de estos lícitos desahogos la oración y los ejercicios espirituales. Su modestia en el templo y su devoción reformaron toda la corte. Sintiéronse movidos hasta los más disolutos, y todo se rendía a sus ejemplos.

Mientras desempeñaba con tanta perfección las obligaciones de cristiano, no se descuidaba en llenar todas las funciones de un gran rey. No se vió príncipe más anticipadamente formado a las reales virtudes del trono; tan político en el gabinete, como diestro y valeroso en la campaña, brillaba igualmente en uno y otro teatro. Sabía muy bien la lengua latina, prenda muy rara en aquel tiempo, singularmente entre los príncipes; las horas que no ocupaba en el despacho, las dedicaba a los ejercicios de la religión, a la lectura de los santos padres, sin que la natural blandura que inspiraba la devoción debilitase en su ánimo los espíritus del valor. Resucitó la liga de los príncipes mal contentos con la regencia; púsose Luis a la frente de sus tropas, aunque contaba solos catorce años de edad, y al punto se deshizo la sediciosa confederación. Contra el parecer de sus generales puso sitio a Bellesme, plaza entonces inconquistable, en lo más riguroso del invierno, y la tomó: primer ensayo de sus hazañas, que domó a los mal contentos, obligándolos a pedir la paz, y restituyó al reino la calma.

Volvió el rey a París donde dió nuevas muestras de su piedad. Fundó la célebre abadía de Royaumont; puso la primera piedra en la iglesia de Santa Catalina del Val; erigió el monasterio de los cartujos, dándoles el palacio de Vauvert; edificó varios conventos y hospitales; y habiendo logrado restituir al conde de Tolosa al gremio de la Iglesia romana, tuvo el consuelo de poner fin a la guerra de los albigenses, que su padre Luis VIII había comenzado. Apaciguadas las guerras civiles, y abatidos los enemigos extraños, entró en París tan estimado de los oficiales y de los soldados, como aplaudido y amado de todo el pueblo; viendo todos con el mayor asombro a un rey tan poderoso en una corte tan brillante, y en la edad de diez y ocho a veinte años con tal delicadeza de conciencia, con tal pureza de costumbres, con tanta prudencia y con tanta devoción, que causaría admiración en el más estrecho claustro. No se presentaba ocasión de hacer justicia, de aliviar al vasallo, y de ejercitar alguna obra de caridad, que no la abrazase con el mayor gozo. Siempre fueron los pobres sus principales favorecidos, y desde su menor edad sustentaba en palacio un gran número de ellos, sirviéndolos él mismo a la mesa. Su pasión dominante fué el celo de la religión; firmábase muchas veces Luis de Poissy, en memoria de haber recibido allí la primera gracia del bautismo.

El año de 1234 se casó con Margarita, hija primogénita de Raymundo de Berenguer, conde de Provenza, princesa cabal, cuyas inclinaciones eran muy conformes con las del santo rey; y luego se dedicó a arreglar su casa y la casa de la reina, de manera que ambas casas fueran modelo a las demás familias particulares de virtud, de buen gobierno y del más cristiano método. Luego que el rey llegó a la edad de mayor, hizo aun más abierta profesión de la santidad a que Dios le llamaba. Desterró de su palacio toda profanidad; deshízose de todos los muebles preciosos y de todos sus magníficos vestidos; prohibióse hasta las más inocentes diversiones; aumentó sus penitencias, y maceró su cuerpo con disciplinas y con cilicios; arregló las horas de sus devociones. Rezaba todos los días el oficio divino, andaba las estaciones, visitaba a los pobres en los hospitales; y como el amor a la santísima Virgen era, por decirlo así, su pasión, ningún día dejaba pasar sin dar algunas pruebas de su celo por su honor y por su culto. Pero sus devociones nunca disminuían su aplicación a los negocios del estado.

Jamás se había visto el reino en mayor gloria. Habiéndose coligado con Enrique III, rey de Inglaterra, Hugo de Lusignan, conde de la Marca, príncipe inquieto y sedicioso, tomó las armas contra su legítimo soberano; y orgulloso con los poderosos socorros que le había conducido el mismo inglés en persona, nada menos se prometía que la conquista de todo el reino. Juntó Luis algunas tropas, púsose a su frente, marchó al enemigo, deshizo al conde, pasó el río Charenta, atacó a Enrique, fiero con su numeroso ejército, desbaratóle con solo su valor, llevó el terror y el desorden hasta el mismo cuartel del rey, que con el miedo de ser hecho prisionero corrió sin comer dos días y dos noches hasta ponerse en salvo dentro de la plaza de Blaye. Vinieron el conde y la condesa a echarse a los pies del rey; perdonólos, y aunque le hubiera sido fácil apoderarse de todo lo que poseían los ingleses de esta parte del mar, se contentó el santo rey con haber echado al enemigo; concedióle la paz, y restableció la tranquilidad en el reino. Afligió el hambre a las provincias de Normandía, de Guiena y de Poitou; y no contento san Luis con libertarlas de los impuestos ordinarios, envió a ellas gran cantidad de granos, haciendo cuantiosas limosnas a todos los pobres.

Corrió la voz en el Oriente de que Luis, el mayor enemigo que tuvieron jamás los mahometanos, había tomado la cruz; y un reyezuelo de Fenicia, llamado por sus vasallos Viejo de la Montaña, o el rey de los asesinos, acostumbrado a ser en este punto ciegamente obedecido por ellos, envió dos asesinos a París para que quitasen la vida al santo rey; súpolo con tiempo, fueron presos los asesinos, y los envió libres, cargándolos de presentes. Así se vengó el santo rey de los que vinieron a darle la muerte.

Extendida por todo el mundo la reputación de un rey verdaderamente cristiano, tan célebre por su sabiduría como por su valor y por su eminente santidad, los príncipes más distantes solicitaron su amistad y su protección. Vino a Europa el año de 1239 Balduino II, de la casa de Courtenay, emperador de Constantinopla, a implorar el socorro de los príncipes latinos, y le pareció que ganaría con un solo acto el corazón de san Luis, trayéndole la sagrada corona de espinas de nuestro Salvador. No se engañó; y el rey le socorrió con tropas y dinero. Salió la sagrada corona del poder de los venecianos, en quienes los griegos la tenían empeñada, y fué conducida a Francia. El rey, seguido de toda la corte y de todo el clero, la salió a recibir hasta cinco leguas de Sens, y la acompañó hasta París con tales afectos de devoción y de piedad, que se hicieron muy visibles en todo su exterior. Él mismo llevó la sagrada reliquia con los pies descalzos y descubierta la cabeza, desde la iglesia de San Antonio de los Campos hasta la de Nuestra Señora. Depositóse después en la capilla de San Nicolás, que estaba contigua a palacio; y habiendo recibido, andando el tiempo, un pedazo del lignum crucis, echó a tierra la capilla de San Nicolás, y fabricó la santa capilla, donde colocó las sagradas reliquias, engastadas en oro y piedras preciosas, fundando un cabildo de canónigos. Todos los años en el día de Viernes santo pasaba a ella revestido de sus ornamentos reales, con corona en la cabeza, y él mismo exponía el sagrado leño a la adoración del pueblo. Después con la cabeza descubierta, los pies descalzos, sin ceñidor y sin espada, se postraba profundamente, hacía una breve oración, iba andando de rodillas, parábase, volvía a orar un breve espacio, y acercándose en fin a la santa cruz, deshecho en lágrimas, oraba tercera vez, y postrado la besaba tiernamente con tanta humildad y con tanta compunción, que arrancaba devotas lágrimas a los ojos de todo el concurso.

Gozaba toda la Francia de una dichosa calma, acompañada de cuantas prosperidades se podían desear en el reinado más santo, y con el rey más celebrado en el universo, terror de sus enemigos, admiración de los extraños y delicias de su pueblo, cuando acometió al santo monarca una fiebre maligna que en el breve espacio de cinco días le redujo a la mayor extremidad, y puso a todo el reino en la más dolorosa consternación. Conocióse en aquella ocasión cuánto le amaban sus vasallos. No se veían ni se oían en toda la Francia más que lágrimas, oraciones, procesiones generales, rogativas públicas con el Sacramento patente, ayunos y penitencias. Oyó Dios los fervorosos clamores del reino: recobróse el rey, pero fué haciendo antes voto de pasar personalmente a la Palestina, llevando consigo un poderoso ejército para echar de toda ella a los turcos. En vano pretendió oponerse a este religioso intento toda la familia real, todos los grandes del reino y todos los prelados. Mantúvose el rey inmoble en su resolución, tomó la cruz, y habiéndose abocado en Cluni con el papa Inocencio IV, que le nombró generalísimo de todo el ejército cristiano, habiendo declarado a su madre la reina doña Blanca por regenta del reino, tomó el camino de Aguas Muertas en el Languedoc, para esperar allí a los cruzados, y hacia el fin de mayo del año 1248 partió de aquel puerto con una formidable armada, compuesta de mil ochocientas velas.

Fué muy feliz la navegación; y habiéndose detenido algunos meses en la isla de Chipre donde tenía sus almacenes, se hizo a la vela, y desembarcó en Egipto. Quince o veinte mil sarracenos que intentaron disputarle el desembarco, fueron derrotados, y el ejército francés se apoderó de Damiata, que era la plaza más fuerte, y como la llave de todo Egipto. Acudía el rey a todas partes, haciendo en todas prodigios de valor; pero dando igualmente en todas no menos prodigiosos ejemplos de virtud. Observando en Damiata la misma regla que en París, empleaba en los ejercicios de caridad y de devoción todo el tiempo que no dedicaba a los cuidados de la guerra. Tenía muy en el corazón la conversión de los sarracenos, y el Señor le dió el consuelo de ver todos los días acudir al campo un gran número de infieles a pedir el santo bautismo.

La felicidad de aquel primer suceso dió ocasión al desorden y a la disolución del oficial y del soldado. Parecía que cuanto más se empeñaba el santo rey en merecer la protección del cielo con sus oraciones, con sus penitencias y con sus limosnas, más empeño hacía el ejército en desmerecerla por sus pecados y por sus disoluciones. Y así muy presto experimentó los efectos de la cólera de un Dios tan justamente irritado. Púsose delante de la ciudad de Mansura, y la falta de víveres, las enfermedades y el fuego artificial de los enemigos a breves días le puso en tan miserable estado, que todo el ejército se redujo a un montón de cadáveres y de enfermos. Introdújose en todo él la disentería y el escorbuto, sin perdonar al mismo santo monarca. Fué conducido con gran trabajo a una corta ciudad, llamada Charmasach, donde le metieron en una especie de cabaña, pero no tardó mucho en ser embestida de una espesa nube de sarracenos; y queriendo el santo rey perdonar la sangre de los suyos, les mandó que se rindiesen. Lleváronle a Mansura, donde el soldán hizo conducir en triunfo el oriflama y los demás estandartes franceses.

Hallábase la reina en Damiata, y con el dolor que le causó la noticia de haber sido hecho el rey prisionero, dió a luz antes de tiempo un hijo, a quien por la tristeza de este desgraciado suceso se le dió el nombre de Juan Tristán, y fué el tercero de los varones que tuvo. Nunca se mostró el rey ni más grande ni más santo que en aquella abatida adversidad. Perdida hasta la misma libertad, supo ser prisionero como rey, y como rey cristianísimo. En aquella gran mudanza de estado en nada mudó su género de vida. No interrumpió sus ayunos ni las demás ordinarias penitencias. Tan tranquilo en la prisión como en la corte, prosiguió rezando todos los días el oficio divino a las horas regulares, y tuvo a singular gracia de Dios que, habiéndole despojado los sarracenos de tantas alhajas preciosas, solamente le hubiesen dejado las horas y el breviario. Dueño siempre de sí mismo, milagroso en su paciencia, y firme sin arrogancia, rehusó con invencible tesón todo lo que creyó ser contra su conciencia y contra su honor; y fué todo su consuelo un heroico rendimiento a las disposiciones de la divina Providencia. Asombrados hasta los mismos sarracenos de aquella grandeza de alma, y hechizados de sus extraordinarias prendas, decían públicamente que, si quería ser su rey, no reconocerían otro.

Ajustóse su rescate y el de todo el ejército en la rendición de Damiata, en ochocientos mil bezantes de oro y en una tregua de diez años. Desembarcó el rey en Acre de Palestina, donde se quiso mantener cuatro años para poner en mejor forma o fortificar las principales ciudades de la Tierra Santa. Era su mayor pasión poder derramar su sangre en defensa de la fe. Durante su mansión en Palestina, hizo prodigios de valor, y en muchísimas ocasiones dió tales pruebas de su virtud, que hasta entonces no se habían visto semejantes en algún otro monarca. Precisado a restituirse a Francia por la noticia que tuvo de la muerte de la reina gobernadora, partió de Palestina el día 24 de abril del año 1255, después de haber reedificado y fortificado a Jafa, Cesárea, Sidón y Acre.

Los extraordinarios regocijos que se hicieron en toda Francia a la llegada del santo rey, fueron buenas pruebas del sincero y universal amor que le profesaban los pueblos. Dedicóse enteramente a hacerlos dichosos y felices, reformando abusos, suprimiendo contribuciones, y publicando santas, justas y provechosísimas leyes. Nunca resplandecieron más su fe, su religión, su sólida y real virtud. Bastaron sus ejemplos para reformar la corte y todos los demás estados. Desterró de sus dominios la blasfemia por el severo castigo de los blasfemos. Restituyó el debido respeto y reverencia a los templos, castigando rigurosamente a los que los profanaban. Al paso que era muy indulgente con los que ofendían su persona, era exactísimo en hacer observar la ley de Dios; y se decía comúnmente que no era posible ni mejor siervo de Dios, ni mejor amo de los hombres. Todos los días oía muchas misas. El respeto y la devoción con que asistía a ellas compungían a los asistentes. Las copiosas lágrimas que derramaba a la elevación de la hostia eran efecto de su abrasado amor a Jesucristo, y de su fe.

Después que volvió a Francia, aumentó las penitencias. Además de los ayunos de la Iglesia, que observaba con rigor, ayunaba todo el Adviento, todos los viernes del año, y el día antes de todas las fiestas de la santísima Virgen a pan y agua. En el Adviento y en la Cuaresma no comía ni fruta ni pescado, sino solo pan y legumbres. Nunca se desnudó después el cilicio, ni el religioso más austero era más ingenioso que él en mortificarse. Sus tesoros solo se franqueaban a los pobres. Todos los sábados concurrían a palacio más de doscientos; lavábales los pies, besábaselos, y les daba una limosna. Mantenía siempre dentro de palacio ciento y veinte, y nunca comía el rey sin tener a la mesa alguno de ellos. Era dicho común que el rey no tenía otros favorecidos que los pobres, los religiosos de santo Domingo y san Francisco. Hubo pocas provincias en su reino, ni aun ciudades en sus estados, donde no fundase enfermerías, hospitales, monasterios, capillas e iglesias colegiales. En París fundó el hospital de los Trescientos, donde se mantenían trescientos pobres ciegos, en memoria de los trescientos caballeros de su comitiva, a quienes sacaron los ojos los infieles en la jornada de Oriente.

Tenía una exacta lista de todos los más nobles de cada provincia que padecían necesidad, de todas las viudas y doncellas de distinción que no tenían dote para tomar estado; y lo menos que hacía era socorrerlas para que viviesen con decencia. No alcanzaba su poder adonde llegaba su caridad; no hubo príncipe que con más justa razón mereciese el glorioso título de padre de su pueblo, y en particular el de padre de los pobres. Llamábanle el Salomón de la cristiandad, por la prudencia, por la sabiduría que mostraba en la administración de la justicia; siendo tan grande su penitencia, su rectitud y su equidad, que llegó a ser el árbitro de todas las diferencias. Más de una vez le escogieron para terminar las suyas los reyes, los pueblos y aun los mismos papas. Gregorio IX, el emperador Federico II, Enrique III, rey de Inglaterra, y los barones ingleses no quisieron admitir otro árbitro que a este ángel de paz.

Llegaron a sus compasivos oídos las noticias del lastimoso estado en que se hallaban los cristianos de Levante, y se renovó en su piadoso corazón el celo y el dolor de ver en poder de los infieles los santos lugares de Jerusalén. Resolvió tomar segunda vez la cruz, y hacer todos sus esfuerzos para arrancarles de las manos la posesión de la Tierra Santa. No fueron bastantes a disuadirle de este intento, ni las lágrimas de la reina su esposa, ni los ruegos de los príncipes sus hijos, ni las representaciones y clamores de toda la corte. Persuadióse a que Dios le pedía este sacrificio, y nada bastó para estorbarle aquella expedición. Tomó la cruz de mano del cardenal de Santa Cecilia, legado de la santa sede; y la hizo tomar a sus tres hijos, Felipe, que era el primogénito, Juan Tristán, conde de Nevers, y Pedro, conde de Alenzón, como a casi todos los grandes señores del reino. Hizo después su testamento; nombró por regentes del reino al abad de San Dionisio, y al señor de Nesle; dispúsose con muchos ejercicios de devoción, y se embarcó el día primero de julio del año 1270.

Viéndose obligado a ancorar en el puerto de Caller, se volvió a hacer a la vela, y enderezó la proa a Túnez, cuyo rey había dado muestras de quererse convertir. Hízose el desembarco sin oposición, porque los sarracenos que guardaban el puerto se retiraron apresuradamente al acercarse la escuadra francesa. Perdióse la esperanza de la conversión del rey de Túnez luego que se supo había mandado poner en cadenas a todos los cristianos. Pero los excesivos calores del clima, la falta de buena agua, y la corrupción de los víveres causaron en el ejército una enfermedad tan contagiosa, que todo el campo se llenó de cadáveres. Murieron de los primeros el conde de Nevers, hijo del rey, y el cardenal legado. Sintióse el mismo rey tocado del contagio. Las prontas órdenes que dió para salvar el resto de las tropas dieron bien a entender que no tenía ya presagios, sino noticia cierta de su muerte. Ningún día dejó de rezar el oficio divino y todas las demás devociones con mayor fervor. Conociendo que le iban faltando las fuerzas, mandó llamar a su hijo Felipe, que había de ser su sucesor, y le dió esta admirable instrucción que ya tenía escrita:

«Mi muy caro hijo: El primer consejo que te doy es que ames a Dios con todo tu corazón, y con todas tus fuerzas, porque sin él nada podemos. Has de estar dispuesto a dejarte hacer pedazos antes que ofenderle mortalmente. Si te enviare alguna enfermedad, o cualquiera otro trabajo, le debes dar muchas gracias, persuadiéndote a que mereces muchos mayores castigos, por haberle servido mal, y por haberle ofendido. Cuando recibieres de su mano algún favor, ríndeselas también con humildad, y guárdate mucho de engreírte con él; sería gran mal abusar de sus beneficios para ofenderle. Aconséjote que te confieses a menudo, y que escojas confesores de vida ejemplar, para que te instruyan en tus obligaciones. A esos y a tus amigos los has de tratar de manera que estén persuadidos a que con toda libertad y sin el menor recelo te puedan advertir de tus defectos. Vean tus vasallos que de buena gana asistes en la iglesia a los divinos oficios. Está siempre en ella con modestia y con atención, especialmente mientras se celebra el santo sacrificio de la misa; nunca se te escape en el templo palabra alguna excusada, y sea en él tu respeto un testimonio visible de tu fe. Encárgote que profeses una gran devoción a la santísima Virgen, y que tengas un corazón tierno y liberal con los pobres. Cuando padecieres alguna inquietud, o te afligiere algún cuidado, si fuere comunicable, descárgale en el seno de tu confesor, o en el pecho de alguna otra persona discreta y capaz de darte algún alivio en tu pena. Algunas veces has de tener el gusto de trabar pláticas y conversaciones de cosas santas con personas virtuosas. Nunca sufras que en tu presencia se traten cosas libres, escandalosas, ni de murmuración; y toda palabra injuriosa a Dios y a los santos castígala severamente. Si Dios te hiciere la gracia de que llegues a la corona, muéstrate por tus buenas obras digno de la sagrada unción, que hace a los reyes de Francia los ungidos del Señor; y aplícate sobre todo al ejercicio de aquellas virtudes que son propias de esta elevada dignidad. Reconózcase en ti una entereza y una equidad a toda prueba. Declárate siempre antes en favor del pobre que del rico, y da entera libertad a tus ministros para que hablen contra tus intereses, cuando se trata de hacer justicia. Restituye sin dilación lo que no fuere tuyo, o pudieran haber usurpado tus predecesores; considera que en eso se atraviesa la quietud de tu conciencia y el descanso de sus almas. Impide las violencias que se intenten hacer a los eclesiásticos. Ama a los religiosos, hazles bien, y sigue la máxima del rey Felipe mi abuelo, que algunas veces vale más disimular los excesos de los eclesiásticos, que causar escándalo reprimiéndolos con demasiada violencia. Ama y respeta a la reina tu madre, y oye sus consejos. Estima a tus hermanos, cela sus intereses, pero nunca a expensas de la justicia. Válete de buenos consejos para la distribución de los beneficios; lo más acertado es no dar más a los que ya tienen algunos; siempre te sobrarán vasallos beneméritos, que ninguno hayan recibido, y en estos se deben distribuir los que vacaren. Evita, en cuanto te fuere posible, hacer la guerra a los príncipes o señores cristianos. Antes de empeñarte en ella, prueba todos los medios de paz; y el motivo que debes tener presente para esto, ha de ser evitar los innumerables males y pecados que trae consigo la guerra; pero si te hallares precisado a hacerla, sea de modo que no padezcan por el culpado una infinidad de inocentes. Sitia las plazas del que te niega la justicia, o te hace agravio; pero perdona a sus vasallos en cuanto te sea posible. Emplea toda tu autoridad en impedir la guerra entre tus propios vasallos; no puedes hacer cosa más agradable a los ojos de Dios. Procura siempre tener buenos magistrados para que hagan justicia; en todos has de aborrecer lo malo, pero muy particularmente en aquellos en quienes has depositado tu autoridad, y abusan de ella.

Profesa siempre gran respeto a la Iglesia romana, y al papa, a quien debes venerar como a tu padre espiritual. Estorba en tus estados todos los males que puedas estorbar; sobre todo, los juramentos, las blasfemias, los juegos de envite, la embriaguez y la impureza. Destierra de ellos a los herejes y a los desalmados. Tienes obligación de restituir a Dios con tu celo y con tu reconocimiento todos los bienes que recibiste de su liberalidad, honrándote en todas ocasiones de ser siervo de Dios y padre de tu pueblo. No hagas gastos superfluos, ni cargues al vasallo con injustos impuestos; mira que te encomiendo mucho estos dos puntos. Si muero antes que tú, procura que se digan por mí muchas misas y muchas oraciones en todas las comunidades de Francia, y dame parte en todas las buenas obras que hicieres. Yo te doy mi bendición, mi muy caro hijo, y tal cual la puede dar un padre a su hijo a quien ama tiernamente, y ruego a nuestro Señor Jesucristo que te conserve y te proteja con su gracia, concediéndote la de que jamás hagas cosa contra su voluntad, para que siempre le honres y le sirvas. La misma gracia le pido para mí, a fin de que ambos juntos podamos alabarle, verle y honrarle por toda la eternidad. Amén.»

Estas instrucciones las escribió el santo rey poco antes de salir de París, y en ellas hizo un fiel retrato, y nos dejó un puntual compendio de toda su conducta. Había comulgado muchas veces durante su enfermedad; pero creciendo cada día la calentura, recibió los últimos sacramentos con tales demostraciones de devoción, que ninguno de los circunstantes pudo contener las lágrimas. Después no quiso que le hablasen de otra cosa que de Dios. Nunca mostró semblante más alegre ni más sereno, que cuando se iba acercando a la muerte. Mandó que le tendiesen en camisa y cubierto de cilicio sobre un lecho de ceniza, y teniendo un crucifijo arrimado a los labios, espiró tranquilamente el día 25 de agosto del año 1270, siendo de cincuenta y cinco años y cuatro meses de edad, a los cuarenta y cuatro de su reinado. Así murió con la muerte de los justos uno de los mayores reyes y de los mayores santos que se vieron sobre el trono. Grande por su valor, que le hacía intrépido en los combates; mucho mayor por su cristiana magnanimidad, por la cual se hizo admirar hasta en sus adversidades; siendo ella sola la que puede formar los verdaderos héroes, dignos de la pública veneración hasta el fin de los siglos.

Los huesos del santo rey, después de descarnados, se colocaron juntamente con su corazón en una caja muy rica. La carne la pidió su hermano Carlos de Anjou, rey de Sicilia, y trasladada a Palermo, la mandó enterrar en la abadía de Montreal. El rey Felipe, después de ajustada una tregua con el rey de Túnez por espacio de diez años, volvió a Francia, trayendo consigo la preciosa caja en que estaban los huesos y el corazón de su santo padre. No se puede explicar las demostraciones de veneración y ternura con que fué recibido en Francia este tesoro. Depositóse luego en la iglesia de Nuestra Señora de París, y el día siguiente, que fué 21 de mayo de 1271, fué trasladado a la de San Dionisio con un acompañamiento que más parecía triunfo que pompa funeral. El mismo rey Felipe, acompañado de todos los príncipes de la casa real, de los grandes del reino y de gran número de prelados, quiso llevar el cuerpo del santo sobre sus reales hombros. La multitud de milagros que obró Dios en una y otra sepultura del santo rey, movió tres años después al papa Gregorio X a mandar se recibiesen jurídicas informaciones, las que se hallaron mucho más amplias de lo que era menester; mas por la corta duración de los nueve pontificados siguientes se suspendió por diez y siete años su canonización, que terminó finalmente Bonifacio VIII el año de 1297 con increíble solemnidad y magnificencia.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.