viernes, 24 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

martes, 23 de agosto de 2039

San Felipe Benicio, Confesor

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Felipe Benicio, reputado comúnmente por fundador de la religión de los servitas ó siervos de la Virgen, aunque, hablando con propiedad, como dice el martirologio, solo fué propagador, tuvo por patria á la ciudad de Florencia, y fué de la noble familia Beniti ó Benizi, tan distinguida y respetada en todo el país. Nació por los años de 1224. Su padre Jacobo y su madre Albanda, igualmente recomendables por su piedad que por su nobleza, tuvieron gran cuidado de darle una cristiana educación. Dió el niño muy desde luego presagios ciertos de su futura santidad por lo apacible de su bello natural, por su inclinación á la virtud, y sobre todo por una anticipada devoción á la santísima Virgen. Aun no tenía un año cuando llegaron á pedir limosna en la ciudad de Florencia algunos religiosos servitas; luego que el niño los vió, desató el cielo su lengua, y exclamó milagrosamente: Estos son los siervos de la Virgen; prodigio que aumentó el amor y la atención de sus padres, considerándole desde entonces como quien había de ser con el tiempo la honra de toda la familia.

Después que acabó la gramática y las letras humanas en Florencia, le enviaron á estudiar la medicina en París. Luego se hizo admirar en aquella universidad la viveza y la penetración de su ingenio, la pureza de sus costumbres, y una prudencia extraordinaria, poco regular en los mozos de su edad. Restituyóse á Italia, y pasó á continuar el mismo estudio en la universidad de Padua, donde recibió la borla de doctor. Vuelto á Florencia, lejos de dejarse deslumbrar de las brillantes esperanzas que le lisonjeaban, resolvió aspirar á otra gloria mas sólida.

Andaba deliberando sobre el estado que abrazaría, cuando un jueves de la octava de Pascua entró á oír misa en la capilla de los servitas de Florencia. Era puntualmente la epístola del día la historia de la conversión de aquel eunuco de la reina de Etiopía, y le hicieron grande impresión aquellas palabras del Espíritu Santo al diácono Felipe: Felipe, acércate á este carro, pareciéndole por la conformidad del nombre que se las decían á él. Ocupado enteramente con estos pensamientos, se retiró á su casa, y pidió muy de veras á la santísima Virgen que le diese á conocer la voluntad de Dios, pasando en oración hasta la media noche.

En ella tuvo la visión siguiente. Parecióle que se hallaba en medio de una vasta y desierta campiña, donde no veía mas que precipicios, peñascos, rocas escarpadas, lodazales, serpientes, espinas y lazos tendidos por todas partes. Atemorizado con tan espantosa visión, comenzó á dar gritos con todas sus fuerzas, pero sin volver del rapto. Sosególe presto la santísima Virgen, que se le apareció sobre un resplandeciente carro, rodeada de ángeles y de bienaventurados; y repitiéndole las mismas palabras que había oído en la misa, le dijo: Felipe, acércate, y júntate á este carro, mandándole se entrase en la religión de los servitas, que se acababa de fundar, figurada por aquel carro misterioso.

Contaba solos quince años de fundación aquel religioso orden, tan fecundo en santos, y tan digno de veneración, sobre todo por la especial profesión que hace de servir á la santísima Virgen, y honrarla con culto muy particular, habiendo sido su cuna el Monte Senario, á tres leguas de Florencia, adonde se habían retirado siete mercaderes de la misma ciudad, y servían á Dios de comunidad bajo la protección de la santísima Virgen, tomando el título de siervos de María. Acababan de fundar un hospicio á las mismas puertas de Florencia con una capilla muy reducida, en la cual había oído Felipe la misa el día antecedente.

No dudando ya que Dios le llamaba á aquella religión que se iba formando, luego que amaneció, se fué al hospicio, y arrojándose á los pies del P. Bonfilio, uno de los primeros fundadores á quien los demás voluntariamente se habían sujetado, nombrándole por superior, le suplicó con mucha instancia y con no menor humildad le admitiese en su congregación al número de los hermanos legos. No conocía el P. Bonfilio, ni la calidad, ni los talentos del pretendiente, y así le admitió sin dilación en la humilde clase que él mismo solicitaba, enviándole á Monte Senario para que se ocupase en los oficios mas abatidos de la casa y en las labores del campo.

Ninguna cosa era mas conforme á los deseos de su profunda humildad; y supo disimular con tanta destreza así su sabiduría como su noble nacimiento, que ninguno pudo descubrir en él sino un gran fondo de juicio, de prudencia y de virtud, que se hacía reparar no sin admiración. Su mortificación era extremada; y como si no bastasen para domar su cuerpo los excesivos trabajos de sus ocupaciones, añadía otras penitencias que espantarían á los mas robustos. Las ocupaciones exteriores no interrumpían ni su continua oración, ni su íntima unión con Dios. Repartía el tiempo con tanta economía, que siempre le sobraban muchas horas para pasarlas en oración delante de una imágen de la santísima Virgen, y para retirarse á una gruta poco distante de la iglesia, en la cual acompañaba la meditación de la pasión del Salvador con mortificaciones voluntarias, olvidando las necesidades del cuerpo hasta pasar tres días enteros sin alimento.

Consolábase con la esperanza de pasar así toda su vida trabajando en la propia santificación á favor de una vida desconocida y oscura, cuando los superiores, reconociendo en él una prudencia extraordinaria, acompañada de una eminente virtud, le enviaron á Sena para que tuviese la inspección de una casa de la orden que se estaba fundando en aquella ciudad. Tenía consentido en que siempre se podría mantener en el humilde estado de lego; pero una conversación que tuvo en el camino de Sena con dos padres dominicos hizo traición á su humildísimo espíritu. Descubrieron en él una capacidad tan superior y unos talentos tan raros, que al instante representaron á sus superiores el agravio que se hacían á sí mismos y á toda la Iglesia en tener escondida aquella resplandeciente antorcha debajo del celemín, persuadiéndolos á que tratasen de elevarle al sacerdocio. Fácilmente descubrieron ellos mismos este tesoro escondido luego que le examinaron; y sin dar oídos ni á la resistencia de su humildad, ni á sus ruegos ni á sus lágrimas, consiguieron dispensa de Roma para elevarle á los órdenes sagrados.

Apenas fué visto en el altar cuando su eminente santidad se abrió camino, y rompió todos los velos con que hasta entonces se había procurado cubrir para ocultar su raro mérito. Inmediatamente le fueron ascendiendo sucesivamente por todos los empleos de la orden; hiciéronle definidor, después asistente, y en fin general de toda ella. Ninguno lo mereció mas, y ninguno se tuvo por menos digno de serlo. Puso en ejecución todos cuantos medios supo y pudo para eximirse del cargo, pero no fué oído. Conoció entonces que había otra voluntad superior á la suya, y se rindió á la disposición de la divina Providencia á que ya no podía ni debía resistirse.

Aplicóse principalmente á extender el culto de la santísima Virgen, que era el fin primario de su sagrado instituto. Aunque se habían pasado ya treinta y cinco años desde los primeros principios de la orden, apenas había hecho progresos, reduciéndose toda ella á una casa y á dos ó tres hospicios pequeños; pero luego que nuestro santo fué visto á la frente de su congregación, el mérito del general la hizo célebre y famosa. Concurrían de todas partes en tropas á ponerse bajo su dirección; la mayor parte de las ciudades clamaban por sus hijos, y nuestro santo dió tanto vuelo y tanta reputación á su orden, que, aunque fué el quinto general de ella, todos convienen en considerarle como á su fundador.

No contribuyó poco á esto un milagro que obró haciendo un viaje á Roma. Encontró en el camino á un pobre leproso casi enteramente desnudo; no teniendo oro ni plata que darle, se despojó de su túnica, echósela á cuestas, y en el mismo instante quedó el leproso totalmente limpio y perfectamente sano. Encargóle, rogóle y conjuróle Felipe que no publicase esta maravilla; pero pudo mas el agradecimiento del leproso que la humildad del santo. Mas el lance donde resplandeció con asombro su modestia fué cuando huyó de la primera dignidad de toda la Iglesia por muerte del papa Clemente IV. Estaba la sede apostólica vacante había cerca de tres años; juntos los cardenales en Viterbo, no podían convenir en la elección, cuando de repente conspiraron todos en elegir al general de los servitas, como al sugeto mas digno que entonces se conocía. Luego que el santo llegó á entender este proyecto, secretamente se huyó á las montañas mas ásperas del territorio de Sena, no llevando consigo mas que un religioso confidente suyo, de quien se podía fiar con toda seguridad. Allí estuvo escondido en las concavidades de los riscos hasta que supo haberse ya dado un nuevo pontífice á la Iglesia, que fué el papa Gregorio X.

Fué gratísimo á nuestro santo aquel casual retiro, viéndose en la soledad á que aspiraba siempre su humilde corazón, y que tenía tantos atractivos para él, logrando la tranquilidad de aquel sosiego para entregarse todo el tiempo á la oración. Abandonóse enteramente á los rigores de una penitencia excesiva; su ayuno era austerísimo y continuo; su alimento yerbas silvestres y desabridas; su bebida un poco de agua, y aun esta se le acabó presto, habiéndose secado el manantial por la calidad de aquel árido terreno. Pero se dice que, habiéndole herido tres veces con el báculo, lleno de confianza y de fe, brotó un chorro tan copioso, que formó una especie de lago, al cual desde entonces se le da el nombre de los Baños de san Felipe, conservándose hasta el día de hoy en el monte llamado Montagrate, y se atribuye á los méritos de nuestro santo la virtud de aquellas aguas para curar muchas enfermedades.

En aquel retiro fué donde le dió á entender el Señor ser su voluntad que llevase su nombre á otras provincias, y extendiese en los países extranjeros el culto y la singular devoción que profesa su orden á la santísima Virgen. Con efecto, luego que salió del desierto, nombró un vicario general de Italia en su lugar, y él se fué con dos religiosos á publicar en otras partes las grandezas de la Madre de Dios, predicando al mismo tiempo penitencia. Comenzó por Francia, donde se vió con admiración el prodigioso fruto que hacían sus sermones, especialmente en las ciudades de Aviñón, Tolosa y París, donde fué recibido como un nuevo profeta. Pasó á los Países Bajos, á Frisia, á Sajonia, á la superior Alemania, publicando en todas partes las grandezas de la santísima Virgen, despertando, aumentando y propagando en todas ellas el culto y la tierna devoción á la Madre de Dios.

Empleó dos años en esta apostólica misión; y vuelto á Italia, convocó un capítulo general en Burgo, donde no perdonó diligencia alguna para que le admitiesen la renuncia del generalato. Lejos de admitírsela, todos los vocales á una voz le declararon por general para toda la vida. Viéndose, pues, obligado á mantener el empleo y á perfeccionar su instituto, pasó al concilio general de León para solicitar su aprobación, y la consiguió con todas las gracias y elogios que merecía instituto tan sagrado.

Restituido á Italia, pacificó la ciudad de Pistoya, cruelmente despedazada tiempo había por los sangrientos bandos de güelfos y gibelinos. Con igual felicidad trabajó en pacificar las turbaciones de Florencia, y redujo los habitantes de Forlí á que volviesen á entrar en la obediencia del papa Martino IV. Á la verdad, su ardiente zelo le hizo sufrir muchas humillaciones y trabajos. No pudiendo sufrir los rebeldes la vehemencia de sus sermones, se echaron sobre él, le desnudaron vergonzosamente, le azotaron por las calles públicas y le arrojaron ignominiosamente de la ciudad; pero no fué sin fruto su paciencia. Uno de los que mas le habían maltratado, llamado Peregrino, se movió, se arrepintió y escogió la misma orden de nuestro santo para teatro de su penitencia. La que hicieron algunas mujeres perdidas que se convirtieron precisamente á vista de su modestia, fué un noble testimonio de que en los santos todo es sermón, y todo es eficaz.

Debilitada extraordinariamente su salud al peso de sus trabajos y al rigor de sus penitencias, conoció que se acercaba su fin. Aunque desfallecido y sin fuerzas, pasó de Florencia á Sena, y de Sena á Perusa, donde recibió la bendición del papa Honorio IV; y habiendo obtenido nuevos privilegios para su orden, se encaminó á Todi, cuyos moradores le salieron al encuentro con ramos de oliva en las manos para recibirlo como en triunfo. Entró en la iglesia de su convento, y postrado delante del altar de la santísima Virgen, exclamó: Este será para siempre el lugar de mi reposo.

Asaltóle una calentura el día de la Asunción de Nuestra Señora, y pasó toda la octava en continuos actos de amor de Dios, de afectos á la santísima Virgen y de dolor de sus pecados. El último día de la octava mandó que le administrasen los sacramentos, y después se quedó por tres horas como muerto. Vuelto de aquella especie de desmayo, dijo que el demonio había hecho todos los esfuerzos que pudo para perderle, pero que la protección de la santísima Virgen le había librado de aquel peligro. Pidió después su libro, que así llamaba al crucifijo, y aplicándole al pecho estrechamente, entregó el alma al Criador el día 22 de agosto de 1284, aunque su fiesta se fijó al día 23 por concurrir el 22 la octava de la Asunción. Tres días enteros estuvo el santo cuerpo sin ser posible darle sepultura por el innumerable concurso de la gente; y el año de 1670 le canonizó el papa Clemente X con las solemnidades acostumbradas.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.