domingo, 21 de agosto de 2039
Santa Juana Francisca Frémiot de Chantal, Viuda
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Santa Juana Francisca, ornamento del orden de la Visitación, una de las mas célebres heroínas del cristianismo, ilustrísima por su nacimiento, pero mucho mas por sus heroicas virtudes, nació en Dijon, capital del ducado de Borgoña, en el dia 23 de enero de 1572, gobernando la Iglesia san Pío V, y reinando en Francia Carlos IX. Perdió á su madre, Margarita Berbisy, señora de gran mérito, á los diez y ocho meses; y quiso su padre Benito Fremiot, nobilísimo por su nacimiento, y presidente del parlamento de Dijon, encargarse por sí de la educación de la niña, y formarla en la virtud, no obstante sus graves ocupaciones.
Presto conoció que á los medios exteriores, empleados para su mejor crianza, hacia grandes ventajas otro maestro interior que ilustraba su entendimiento y formaba los rectísimos dictámenes del corazón de Juana. Así ya en sus mas tiernos años se sintió plenamente instruida en los caminos de la perfección. En efecto, salió al mundo con las mas bellas disposiciones para la virtud, destinada por la divina Providencia para verdadero modelo de una señora cristiana. Prevínola el Señor desde la cuna con las mas dulces bendiciones; dotóla de un corazón recto, generoso y compasivo; de un entendimiento sólido, vivo y perspicaz; de un genio muy apacible; de una propensión natural á la piedad, distinguiéndose con particularidad en el grande horror que manifestó desde la cuna á los herejes, ocultándose en el seno del ama que la criaba cuando aquellos le hacían algún cariño. Y si por casualidad la tomaban en los brazos, eran tales sus extremos y tan inconsolable su llanto, que les era preciso dejarla al punto.
Desde luego se dedicó con un nuevo fervor á todos los santos ejercicios de su arraigada costumbre. Su modestia, su cordura, su afabilidad, acompañadas con las prendas naturales, infusas y adquiridas, le granjearon el aplauso universal y general estimación de todos los señores del país, que se declararon pretendientes á su mano, juzgando seria dichosa la persona que la lograse por esposa. Prefirió el padre entre todos al barón Cristóbal de Chantal, muy conocido por su calificada nobleza, por su riqueza, por su valor y sobre todo por la uniformidad de costumbres con su hija. Celebráronse en Dijon las bodas con extraordinarios regocijos; y como los esposos estaban penetrados de unos mismos sentimientos, siendo tan igual el matrimonio, no pudo menos de ser feliz.
Llevóla el barón de Chantal á Bourbilly, lugar de su residencia; y habiéndole dado el dominio de su corazón, quiso también entregarle el de su casa. No tardó mucho tiempo Juana Francisca en acreditar con su prudencia, con el acierto de su manejo y con su discreta economía el alto concepto que había formado su esposo de su grande talento. Admirado de la prosperidad con que cada dia florecía su casa, y del esmero con que en el país se distinguía su familia en cumplir con las obligaciones religiosas, debido todo á la sabia, santa y arreglada dirección de Juana, por no privarse de su amable compañía, dejó de seguir la corte, donde podia aspirar á los mas altos empleos en razón del grande aprecio que de él hacia Enrique IV de Francia, á quien había manifestado su constante fidelidad cuando la ambición de diversos pretendientes al trono tenia dividido el reino en poderosos partidos.
Gozosos vivieron algunos años los dos amados esposos, siendo en el país Juana el objeto de los mas altos elogios por el arreglo de su conducta, y por la inmensa caridad con que asistía y socorría toda clase de necesitados; cuyos piadosos oficios le merecieron el renombre de madre de los pobres. Continuaba la santa á largas jornadas en el camino de la virtud cuando el Señor, que hasta entonces la había colmado de extraordinarios favores, y derramado en su alma aquellas dulzuras que hacen gustar con anticipación los destellos de la bienaventuranza, quiso darle parte de su cruz, para que el mundo viese era su virtud superior á todas las desgracias.
Salió un dia el barón de Chantal con un pariente, íntimo amigo suyo, á divertirse en la caza; y herido por este casualmente con un tiro mortal, dieron á Juana aviso del accidente. No es fácil explicar el sentimiento que recibió la santa luego que vió á su amado esposo en tan lamentable estado; pero en lo que mas se hizo admirar la grandeza de su espíritu fué en saber reprimir los naturales impulsos de la carne y sangre, cuidando, antes de informarse de la desgracia, de que se dispusiese para morir como cristiano; haciéndole escribir á su esposo el perdón de tan doloroso hecho en estos términos: Yo no tengo repugnancia en perdonar al que disparó el tiro por pura inadvertencia, considerando que yo por pura malicia herí de muerte á mi Redentor.
Quedó viuda Juana Francisca á los 28 años; y resolviéndose no recibir otro esposo que Jesucristo, se portó en este estado con la misma conducta y admirable ejemplo que en el de virgen y casada. Todas las virtudes que exige el Apóstol en las viudas cristianas brillaron en ella en el mas alto grado. El retiro del mundo, la educación de los hijos que le quedaron, el cuidado de su familia que redujo á pocas personas timoratas, la hospitalidad, el repartimiento de sus vestidos y alhajas entre pobres y templos, y la distribución del tiempo en oración, lectura espiritual y ejercicios piadosos, hicieron conocer á todos que, en la baronesa de Chantal, obraba la gracia de un modo tan especial, que indicaba sin duda disponerla para mas altos fines de los que por entonces podian comprenderse.
Considerando la santa el peligro á que se exponen las almas que aspiran á la cumbre de la perfección cuando carecen de un sabio y prudente director, pidió á Dios con fervorosas oraciones, rígidos ayunos y asombrosas penitencias, se dignase concederle este indispensable norte. Continuando estas peticiones, oyó una voz que le dijo: Yo te le daré; y hallándose después en un sitio ameno, vio á un hombre vestido con sotana, roquete y bonete de la fisonomía de san Francisco de Sales. Puesta en él toda su atención, volvió á oír: Mira al amado de Dios y de los hombres, á cuya dirección debe sujetarse tu conciencia.
Mientras llegaba el tiempo de cumplirse aquel pronóstico, sujetóse á un confesor que, no entendiendo su espíritu, fue causa de que padeciese un martirio continuo. Obligóla á hacer cuatro votos imprudentes: primero, de obedecer á él solo; segundo, de no dejarle jamás; tercero, de guardar con inviolable secreto cuanto le ordenaba; y cuarto, de no hablar con otro alguno de asunto perteneciente á su conciencia. Cargóla además de diferentes rigorosos preceptos, que apenas la dejaban respirar, cuyo insoportable yugo sufrió con indecible paciencia algunos años.
Consiguieron los señores de Dijon en el año 1604 que les predicase la cuaresma san Francisco de Sales. Convidaron á Juana Francisca para que oyese aquel oráculo de sabiduría; aceptó gustosísima el convite; y la primera vez que le vió en el pulpito, conoció por las señas que era el director que le tenia destinado la divina Providencia. Dió al Señor repetidas gracias porque se acercaba el tiempo tan deseado; y las mismas dió el santo luego que reparó en la modestia, en la compostura y en la devoción de aquella oyente, conociendo por luz superior era el medio que Dios tenia destinado para la ejecución de su nobilísimo proyecto.
Apenas bajó del pulpito, cuando preguntó al arzobispo de Bourges quién era aquella señora que le había robado toda la atención. Es, señor, le respondió este prelado, mi hermana, la dama Chantal, que no tendría tan alto concepto de virtud si no hubiera estado en el sermón con la atención que ha observado V. S. I. ¡Cuánta verdad es que los espíritus poseídos de unos mismos sentimientos tienen entre sí cierta analogía! Apenas se vieron ambos héroes, cuando se entendieron sin hablarse, y se amaron en Jesucristo antes de conocerse.
Concibió san Francisco de Sales grandes deseos de tratar á Juana Francisca, y no fueron menores los de esta de beber el agua de la celestial doctrina de aquel hombre verdaderamente eminentísimo. Solo la detenia la delicadeza de su conciencia en virtud del voto prometido á su indiscreto confesor; pero no pudiendo resistirse á los impulsos que sentia en su interior, manifestó su espíritu á aquel célebre prelado, que, admirado de ver un alma tan favorecida de sobrenaturales luces, de tan profunda humildad y de caridad tan sin límites, alentó sus fervores, y la dejó llena de consuelo en la turbación que padecía.
Turbó esta paz, en la ausencia de Sales, su antiguo director, ponderándole el crimen que había cometido en la violación del voto; en cuyo conflicto recurrió la santa al padre Villars, gran maestro de espíritu, quien, conociendo á fondo toda la causa de aquella inquietud, y que, para sosegar la delicadeza de la conciencia de Juana Francisca, no convenían razones, le respondió con generosa resolución: Yo no digo mas á V. S. sino que se despida de su director, y se sujete totalmente al obispo de Génova; y le añado, de parte de Dios, que resiste al Espíritu Santo si no lo hace así.
Hicieron estas palabras tanta impresión en el corazón de la santa, que, recibiéndolas como orden del cielo, se partió al momento á buscar á san Francisco de Sales, con quien hizo una confesión general. Concluida esta, le suplicó Juana Francisca se dignase dirigirla, y el santo le entregó una esquela concebida en estos términos: Yo acepto en nombre de Dios el cuidado de su dirección, para emplearme en ella con toda la atención y fidelidad posible. Y además, le dió por escrito un método que contenía el modo de pasar los dias devotamente.
Fácil es de creer los progresos que haría Juana Francisca bajo la dirección de tan sabio maestro, cuando sin este norte supo aprovecharse de las gracias que con mano liberalísima derramó el cielo sobre su alma. Serian necesarios muchos volúmenes para delinear las acciones heroicas que hizo en el resto de su admirable vida esta mujer verdaderamente fuerte, alentada con fervor por un director todo abrasado en la llama del amor divino. Pero aunque todos sus hechos fueron dignos del mayor elogio, ninguno eternizó mas su memoria, ni pudo ser mas útil á la Iglesia, que la fundación del orden de la Visitación, uno de los mas brillantes ornamentos del cristianismo.
Después que de todos modos probó san Francisco de Sales la magnanimidad de su espíritu, le comunicó su nobilísimo pensamiento de establecer un nuevo orden bajo el nombre de la Visitación. Ofrecióse Juana Francisca á cooperar en un todo á la ejecución de tan ventajoso proyecto; y con efecto, vencidas las muchas y graves dificultades que pudieran embarazarla, se dió principio á la fundación en Anecy. La fama de la eminente virtud de la nueva fundadora atrajo desde luego un gran número de vírgenes, que, entregándose á su gobierno y al de san Francisco de Sales, se obligaron como ella á seguir la misma regla.
Puede hacerse juicio de la vida admirable de esta ilustre colonia de Jesucristo por el prodigioso número de heroínas que ha producido tan célebre instituto. Fué santa Juana Francisca el primer modelo que tuvieron en la tierra, á cuya imitación todas se ocupaban únicamente en el servicio de Dios y en obras de caridad para con el prójimo. Su ordinario ejercicio era la oración, el silencio era perpetuo, el ayuno poco interrumpido; celdas, muebles, vestidos y comida, todo respiraba pobreza evangélica y penitencia. Tal fué el nacimiento de aquella santa congregación, tan dichosamente propagada por el orbe cristiano, adonde se han visto venir en todo tiempo muchas personas ilustres á cubrir con la oscuridad de un velo los mas brillantes esplendores del siglo; prefiriendo á imitación de la santa madre la cruz de Jesucristo á los placeres del mundo.
Luego que recibió Juana Francisca la regla del santo padre, todo su pensamiento, y toda su ocupación fué caminar á la alta perfección á que era llamada. Aunque su vida hasta entonces había sido austera y penitente, redobló sus rigores de suerte que, á fuerza de sus mortificaciones y laboriosas fatigas, cayó en una enfermedad peligrosísima complicada con varios accidentes. Inconsolable san Francisco de Sales á vista del eminente riesgo que amenazaba á su carísima hija en Jesucristo, no omitió medio alguno que pudiera contribuir á su restablecimiento. Valióse hasta de un hugonote, médico de singular habilidad, que, observando con escrupulosa atención los síntomas de la enfermedad, respondió al obispo: Ilustrísimo señor, esta señora está enferma de amor de Dios; y yo no sé curar semejante accidente de manera alguna. Pero, en fin, no sin prodigio se vio restablecida enteramente.
Hasta entonces, no tenia el nuevo instituto otra forma que la de simple congregación sin los votos regulares; pero discurriendo el cardenal arzobispo de León que en estos términos no podia afianzarse su permanencia, interpuso su autoridad para con la Santidad de Paulo V, á fin de que la erigiese en religión, como lo hizo por su bula apostólica de 23 de abril de 1618. Habiendo aprobado la regla que formó san Francisco de Sales, conforme á la de san Agustín, recopilando en las constituciones lo mas perfecto que halló en otros órdenes, concedióle su Santidad todas las gracias, indultos y privilegios que gozan las demás religiones.
El nuevo realce que recibió el orden de la Visitación con la aprobación apostólica, y las conocidas ventajas que hacían cada día sus religiosas en la carrera de la perfección, excitó á muchas personas de la mas alta esfera á que solicitasen con vivas ansias la extensión del nuevo establecimiento en diferentes provincias; á cuyo fin, hicieron las mas fuertes instancias á san Francisco de Sales y á la santa madre. Parece que la delicada salud en que se hallaba Juana Francisca podría acobardarla para tan penosas expediciones; pero como su espíritu era tan magnánimo, y su corazón tan generoso, á pesar de la debilidad que sentía en el cuerpo, emprendió las fundaciones de Grenoble, Bourges, París, Dijon, Tonon, Rumilles, Cremieux, Ponte Amauson en Lorena, y Turín en el Piamonte, sin otras que dirigió en diferentes ciudades por medio de sus hijas, acreditando en todas su grande confianza en la divina Providencia, su infatigable zelo por la gloria de Dios, y su heroica paciencia en la multitud de contradicciones que se le ofrecieron.
No es posible comprender cómo una mujer sola pudo atender á tantos negocios, arduos por su naturaleza, capaces de cansar las fuerzas de muchos hombres robustos. Y siendo como el alma de su tierna religión multiplicada prodigiosamente, atiende, ordena y dispone todos sus concertados movimientos. Pero lo mas asombroso fué que ni los trabajos de tan arduas empresas, ni las peligrosas enfermedades que contrajo á fuerza de las continuas fatigas, le impidieron de suspender los santos ejercicios de costumbre, los ayunos ni el rigor de sus penitencias.
Mientras la santa se ocupaba en las penosas fatigas de tan costosas fundaciones, quiso Dios probarla con la muerte de san Francisco de Sales, en las críticas circunstancias de ser tan necesaria la dirección de aquel sabio maestro, no solo para el sosiego de la conciencia de Juana Francisca entre el tumulto de tantos cuidados, sino para el gobierno de tanto número de hijas como estaban pendientes de aquel oráculo. Recibió la santa madre esta funesta noticia, estando de visita en el monasterio de Belay, después de la conferencia última que tuvo en León con el santo; y fué tan vivo y penetrante el dolor que le causó la noticia, que hubo menester de toda su virtud para no rendirse á la fuerza del sentimiento.
Partió inmediatamente á Anecy á cumplir con los últimos oficios de gratitud á su santo padre. El triste semblante, los suspiros y las lágrimas de toda la ciudad y de sus hijas inconsolables renovaron de nuevo su mitigado dolor con tanta violencia, que, privándola del uso de la lengua, apenas pudo explicar su pena interior. No pudiendo articular palabra, hizo señal para que la acompañasen á la iglesia, donde postrada adoró al Señor Sacramentado, enseñando á todos con su ejemplo en quien deben buscar su consolación las almas afligidas. Concluido este acto, haciéndose no poca fuerza, exhortó á los concurrentes á sacrificar á Dios voluntariamente la pérdida de un padre y de un pastor tan benemérito; dispuso en seguida que se celebrasen las exequias con la solemnidad y pompa correspondientes; y practicó las mas vivas y eficaces diligencias para recoger los escritos de aquel doctor iluminado, con el fin de dar á luz la doctrina útilísima que contenían. Empeñóse con la mayor eficacia para que, sin pérdida de tiempo, se formasen los procesos justificativos de las heroicas virtudes y milagros auténticos del santo padre, á fin de verle colocado sobre los altares.
Logró, en fin, á fuerza de incesantes súplicas, que el obispo de Génova le admitiese la renuncia del empleo de superiora, para que libre del cargo pudiera disponerse á morir; y cuando se hallaba empleada en altas contemplaciones, dispuso la divina Providencia que la nombrasen sus hijas superiora del monasterio de Mouliens. Interpusiéronse las personas del mas alto grado para vencer la resistencia del obispo de Génova y de toda la ciudad; pero fué preciso obedecer á la santa madre. Púsose en camino en la edad mas avanzada; visitó de paso varios monasterios, entre ellos el de París, donde manifestó toda la corte el gozo imponderable que tuvo á su vista; pero habiendo caído en una peligrosa enfermedad á poco tiempo de haber llegado á Mouliens, conociendo que se acercaba el tiempo de pagar el tributo de los mortales, recibió los últimos sacramentos con las disposiciones propias de un espíritu todo abrasado en las llamas del amor divino.
En el mismo dia, escribió á sus hijas una carta llena de los mas sabios y prudentes documentos, para animarlas á la perfección á que eran llamadas; y concluida esta prueba de su zelo ardiente, repitiendo muchas veces los dulces nombres de Jesús y María, entregó su espíritu en manos del Criador á las siete y media de la noche del viernes 13 de diciembre del año 1641, quedando su rostro tan apacible y sereno como si estuviese en un dulce sueño. Luego que espiró, le descubrieron sus hijas el pecho, y en la parte superior del corazón hallaron impreso el nombre de Jesús, y en una bolsa que llevaba al cuello encontraron un papel que contenía la profesión de la fe, la renovación de sus votos, la resignación en todo con la voluntad de Dios, una oración en que encomendaba á Dios todas las almas, con una acción de gracias al Señor por todos los beneficios recibidos, todo firmado con su propia sangre.
Apenas se celebraron las exequias funerales cuando se dispuso la traslación del venerable cuerpo al primer monasterio de la orden en Anecy, donde fué recibido con las demostraciones de honor y respeto que siempre tributaron á la santa madre, cuya gloria manifestó Dios á diferentes personas de virtud conocida, confirmándola con portentos singulares. Promovióse desde luego la causa de su beatificación y canonización; despacháronse, de comisión apostólica, las correspondientes letras para los procesos informativos; y resultando de ellos plenamente justificadas las heroicas virtudes de la santa madre, con los muchos milagros que obró antes y después de su felicísimo tránsito, decretó su beatificación el papa Benedicto XIV en el año 1755, y su canonización la Santidad de Clemente XIV, en el día 16 de julio de 1767, expresando en su bula el tenor de la vida admirable de la santa, y sus estupendos milagros.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.