martes, 16 de agosto de 2039
San Joaquín, Padre de la Bienaventurada Virgen María
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Pudiera al parecer extrañarse que los evangelistas no hayan hablado del gran patriarca san Joaquín, si el Espíritu Santo no nos tuviera ya prevenidos por el Eclesiástico, que á los padres nunca mejor se les conoce que por los hijos, y que el mérito del hijo es la mayor gloria del padre. Por tanto, no parecía muy necesario que la sagrada historia nos hiciese individual relación de las grandes excelencias y de las eminentes virtudes de san Joaquín, cuando bastaba decirnos que había sido padre de la madre de Dios y abuelo del Salvador del mundo. Búsquense títulos más llenos ni más majestuosos; fórmense ideas más elevadas de grandeza; imagínense dictados de nobleza ni cualidades que incluyan elogio más significativo.
Es cierto que san Joaquín fué de sangre real, como lo fué san José, de quien era deudo inmediato. Su familia descendía originariamente de Judea; pero reducida al estado de pobreza por particular providencia del Señor, que no quiso fuesen los parientes del Salvador de otra condición que él, se había como desterrado, y habíase domiciliado en Nazaret desde algún tiempo, y era comúnmente reputada por familia galilea. San José fué carpintero, y san Joaquín trataba en ganados y en lanas.
Parece que había nacido con san Joaquín la piedad. Aun no se había visto en el mundo hombre de vida más ajustada: la rectitud, la modestia y el amor á la religión eran en él característicos, y mereció á todos el concepto de hombre extraordinariamente virtuoso. A impulso de este fondo de piedad y de religión, buscó cuidadosamente para esposa suya la doncella más virtuosa y más cabal de toda la nación: esta esposa que el cielo le destinaba fué santa Ana, que prevenida desde la cuna con aquellas abundantes gracias que la hicieron digna abuela del Salvador, llevó con su mano toda la dicha y toda la felicidad á san Joaquín, y fué el más perfecto modelo de elevada santidad en el estado del matrimonio.
El de los dos santos esposos fué dichosísimo, no pudiendo ser mayor la conformidad de genios, de dictámenes y de inclinaciones. El único objeto de sus ansias era Dios; sus deseos, sus fervorosos suspiros eran por la venida del Mesías; y ocupado su corazón de este anhelo, pasaban en oración y en retiro todo el tiempo que les permitían las indispensables atenciones del estado. Revelósele á santa Brígida, como ella misma lo asegura, que san Joaquín y santa Ana estaban tan inflamados en el fuego del divino amor, que ninguna cosa era capaz de mitigar sus ardores. Fueron, dice, dos astros brillantes, que á pesar de estar encubiertos con la oscura nube de una condición humilde, deslumbraban á los mismos ángeles con su resplandor, y embelesaban á todo el cielo con su piedad y su pureza.
Había muchos años que san Joaquín y santa Ana vivían en la dulce paz, unión y ejercicio continuo de virtud que tanto edificaban al pueblo, cuando quiso el Señor que saliese aquella misteriosa vara del tronco de Jesé, de que habla el profeta Isaías, y que se dejase finalmente ver la aurora tan deseada que había de preceder al nacimiento del sol. Es opinión común que ya Joaquín y Ana iban declinando hácia la vejez, y todavía se hallaban sin sucesión. Esta esterilidad, que era reputada entonces por una especie de maldición del cielo, y por la desgracia más afrentosa que podía caer sobre una familia, pues por ella perdía para siempre la esperanza de emparentar con el Mesías, tenía bastantemente humillados y desatendidos á los dos santos esposos.
Y aun hay quien asegure que, como en cierta ocasión quisiese san Joaquín acercarse al altar para presentar su ofrenda, uno de los sacerdotes le desvió de él con desprecio, como indigno de participar de los privilegios de que gozaban los que eran amados de Dios. Esta mortificación hizo más humilde á nuestro santo; y como la edad, y aun más que ella su género de vida, según dice santa Brígida, tenía á los dos mucho tiempo había desesperanzados de tener hijos, se contentaban con gemir secretamente en presencia del Señor, y rendidos á su voluntad, solamente le pedían lo que fuese de su mayor gloria.
Créese que el cielo consoló á los santos esposos con la revelación de que tendrían una hija que sería bendita entre todas las de su sexo, y de la cual Dios quería servirse para la salvación de Israel. Pero sea lo que fuere, es cierto que tuvieron por fruto de sus oraciones á la santísima Virgen, que librándolos con su nacimiento de la ignominia de estériles, hizo á sus padres las dos personas más felices y las más respetables del mundo.
«Fué David, dice san Epifanio, rama de la raíz de Jesé, como lo fué la Virgen del tronco de David. Su padre san Joaquín y su madre santa Ana, cuidando únicamente de agradar á Dios con la pureza de su vida y con el ejercicio de todas las virtudes, produjeron el precioso fruto de la santa virgen María, que fué templo y madre de Dios. Joachim porro, Anna et Maria, continúa este padre, hi tres Trinitati laudis palam sacrificium offerebant: ¡qué sacrificio tan agradable de alabanzas no ofrecían cada día á la santísima Trinidad estas tres santas personas, Joaquín, Ana y la Virgen! El nombre de Joaquín significa preparación del Señor, como el de Ana significa gracia; y á la verdad, ninguna fué más señalada que la de dar á luz á la madre del Salvador.»
¡Oh afortunados esposos, Joaquín y Ana, exclama san Juan Damasceno, cuánto os debe el género humano por habernos dado á la que algún día nos había de dar el Redentor del mundo! Exulta, Joachim: gózate, Joaquín dichoso, pues te ha nacido una hija que ha de ser madre del prometido Mesías. O beatum par, Joachim et Anna! ac profecto ex ventris vestri fructu immaculati agnoscimini. ¡Oh felicísima pareja, Joaquín y Ana! ningunas maravillas por extraordinarias que fuesen, ningunas acciones por grandes que se celebrasen, ningunos prodigios de virtud que de vosotros se refiriesen, nos harían formar idea más superior de vuestro mérito, como sola la cualidad augusta de padres de la madre del mismo Dios. No hay grandeza, no hay dignidad en la tierra, que no sea inferior á este glorioso título. Por la excelencia del fruto se conoce la del árbol, y por la de la santísima Virgen, vuestra extraordinaria santidad.
Nada se sabe con certeza ni del tiempo ni de la edad en que murió san Joaquín. Cedreno asegura que vivió hasta los ochenta años; pero lo que parece probable, puesto que no se hace mención de él en el Evangelio, es que debió morir antes que la Virgen se desposase con san José. Andrés Cretense, arzobispo de Jerusalén, en el elogio que hace de san Joaquín y santa Ana, dice que luego que nació la santísima Virgen, la llevaron sus bienaventurados padres al templo, y en él la consagraron al servicio de Dios, como fruto de sus oraciones después de tan larga esterilidad; y que habiendo vivido aun algunos años san Joaquín, terminó en fin su inocente vida con una muerte preciosa en los ojos del Señor.
Y como todo el consuelo y todo el tesoro que tenían era el de su querida hija, hallándose esta dedicada á Dios en el templo, se cree que, para estar más cerca de ella, vinieron sus padres á residir en Jerusalén, en cuya ciudad rindió su dichoso espíritu san Joaquín entre los brazos de santa Ana y de la Virgen.
Era grande la devoción que le profesaban los cristianos del Oriente ya desde el cuarto siglo de la Iglesia; y si el Occidente tardó algún tiempo más en manifestarla, no lo cede hoy á la iglesia griega en la veneración de este grande patriarca. Pocos pueblos hay en toda la cristiandad donde no haya erigido aras á Joaquín la confianza de los fieles, y donde los singulares favores que por su intercesión dispensa el cielo cada día no acrediten lo mucho que importa acudir á él en todas las necesidades, y no dejar se pase día alguno sin rendirle algún obsequio. Los que viven en el siglo deben profesarle particular devoción, y los religiosos le deben venerar como perfecto dechado y protector particular de la vida interior y retirada. Muéstrase en Colonia la cabeza de san Joaquín, y en Bolonia de Italia otras reliquias del santo, las que se creen legítimas por una piadosa tradición.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.