miércoles, 3 de agosto de 2039
El Hallazgo de San Esteban Protomártir
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
El culto que tributa la Iglesia á san Esteban, protomártir, es tan antiguo como su martirio. No se contentaron los fieles con llorar su muerte: rindieron pública veneración á su memoria; imploraron su favor; tuvieron grande confianza en lo mucho que podía con Dios su protección; celebraron su fiesta con solemnidad; pero les faltaban sus reliquias, porque se ignoraba el lugar donde estaba sepultado su santo cuerpo. Con efecto, le había retirado secretamente del sitio donde padeció martirio un doctor de la ley, llamado Gamaliel, que era discípulo encubierto de Jesucristo, y llevándole á su heredad de Cafarmágala, distante siete leguas de Jerusalen, le enterró en una de las bóvedas ó grutas destinadas, á lo que se cree, para entierro de su familia.
Mantúvose allí oculto por mucho tiempo. Y así por las calamidades que asolaron á la Judea después de la muerte del Salvador, como por las persecuciones que excitó el infierno por espacio de tres siglos para exterminar á los cristianos, se perdió del todo la memoria de su sepultura. Estaba ella misma enterrada bajo las ruinas de su sepulcro antiguo, sobre las cuales había una iglesia servida por un sacerdote; hasta que en el año de 415, reinando los emperadores Teodosio el menor y Honorio, quiso en fin el Señor descubrir este tesoro escondido y hacerle célebre en todo el universo por el número de milagros; y el caso pasó de esta manera.
Era cura de la iglesia, debajo de la cual se ocultaba la sepultura de san Esteban, Luciano, presbítero de la iglesia de Jerusalen, por los años de 415. Ocupándose continuamente este santo sacerdote en ejercicios de devoción y en las funciones de su ministerio, tuvo una revelación, de que por muchos días no hizo caso, desconfiando cautelosamente de ella, como lo refiere él mismo en la carta que escribió y dirigió á todos los fieles. Dice que, habiéndose quedado dormido un viernes 3 de diciembre, hacia las ocho de la noche, se le apareció Gamaliel en sueños, y le declaró el lugar donde estaba sepultado el cuerpo de san Esteban, protomártir, cerca del cual hallaría el suyo con el de su hijo Abibon y con el de Nicodemus. Encargóle que cuidase de aquellos cuerpos, no dejándolos olvidados por mas tiempo entre el polvo y la oscuridad; antes bien que pasase luego á estar con Juan, obispo de Jerusalen, y le dijese que él mismo acudiese personalmente á descubrir la sepultura.
Despertó el presbítero Luciano; y no dando crédito á aquella aparición precipitadamente, se postró en tierra, y suplicó humildemente al Señor que, si era legítima y verdaderamente suya la revelación, se dignase repetírsela otras dos veces. Dispúsose para merecer esta gracia con un riguroso ayuno á pan y agua, como lo acostumbramos en cuaresma: estas son sus voces. Así pasó hasta el viernes siguiente, 10 de diciembre, en que segunda vez se le apareció Gamaliel, mostrándole en cuatro azafates llenos de diversas flores los diferentes merecimientos de los cuatro santos, cuyos cuerpos estaban en una misma sepultura. El que representaba san Esteban era de oro, y estaba lleno de rosas encarnadas, en significación de su martirio. Otros dos, menos preciosos, lo estaban de rosas blancas; y el cuarto, que era de plata, lo estaba de una especie de aroma que exhalaba exquisito olor.
Prosiguiendo Luciano con su ayuno, y multiplicando sus oraciones, á la misma hora se le apareció Gamaliel tercera vez. Soñaba entonces que estaba hablando con el obispo de Jerusalen, y que este le decía era menester llevar á aquella ciudad el cuerpo de san Esteban, y dejar los otros tres en Cafarmágala. Encargóle Gamaliel que no perdiese tiempo, y que solicitase con diligencia sacar de la oscuridad aquellas santas reliquias, para que los fieles no estuviesen privados por mas tiempo de los grandes beneficios que el Señor les quería hacer por intercesión de sus santos; y dicho esto, desapareció.
Despertó Luciano, y reconociendo ya que no era sueño la visión, partió al punto á Jerusalen, y refirió al obispo Juan todo cuanto le había sucedido, sin tocar la especie de la traslación del cuerpo de san Esteban; pero el patriarca se anticipó á tocársela. Tenía precisión este prelado de hallarse presente al concilio de Dióspolis, donde se había de tratar sobre los errores del heresiarca Pelagio, y no podía por esta razón ir en persona á Cafarmágala: pero como tenía muy conocido aquel sitio, mandó al presbítero Luciano que hiciese cavar junto á un montón de piedras que le señaló, advirtiéndole que, si se encontraba algo, al punto le pasase aviso por medio de su diácono.
La noche del 18 de diciembre se apareció Gamaliel á un santo monje, llamado Migecio, y le señaló precisamente el lugar donde estaban enterrados los santos cuerpos, singularmente el del Grande y Justo; esto es, el de san Esteban, á algunos pasos de la misma aldea, en un campo que se llamaba de la Gabri, esto es, de los hombres fuertes, ó de los hombres de Dios; este nombre le daba el pueblo. Noticioso de esto Luciano, hizo cavar en el sitio señalado; y el mismo día, que fué el 18 de diciembre, se encontró el tesoro que se buscaba. En el primer ataúd que se halló, estaba grabada esta palabra hebrea Cheliel, que significa lo mismo que la palabra griega Stephanos, esto es, corona; y no se dudó ser aquel el sitio donde estaba enterrado el cuerpo de san Esteban.
Inmediatamente se pasó noticia de todo al patriarca, y este prelado partió al punto de Dióspolis á Cafarmágala, acompañado de los obispos de Jericó y de Sebaste. Abrióse á presencia de todos el ataúd, ó el sepulcro de san Esteban, tembló la tierra, y salió tal fragancia del sepulcro, que se llenó todo aquel sitio de un suavísimo olor. Cobraron repentinamente la salud setenta y tres enfermos, y desde aquel mismo día se repetían cada momento los milagros. Halláronse enteros y en su situación natural los huesos del santo; pero la carne estaba consumida. Dejáronse los huesos de los dedos con las cenizas en el mismo lugar, y cerrada la caja se trasladó á Jerusalen con solemne pompa, y se colocó en la iglesia de Sion, la mas antigua de toda la ciudad. Hízose la ceremonia el día 26 de diciembre, y luego que se acabó, se desprendió una copiosa lluvia, por la cual había mas de un año se estaba clamando al Señor, y todos la reconocieron por visible efecto de la poderosa intercesión de san Esteban. Eleváronse de la tierra los cuerpos de los otros santos, y se colocaron en lugar decente dentro de la reducida iglesia de Cafarmágala.
Hizo gran ruido en todo el mundo cristiano esta revelación del cuerpo de san Esteban; y san Agustín, que vivía á la sazón, habla de ella como de un notorio milagro que obró el Señor para convertir, ó á lo menos para confundir á los herejes. La relación del presbítero Luciano, á quien Dios quiso descubrir este tesoro escondido, es uno de los monumentos mas auténticos que tenemos de la antigüedad. Escribióla en griego, y la dirigió á toda la Iglesia, á instancias de un presbítero español, llamado Avito, amigo suyo, que se hallaba en Jerusalen al mismo tiempo, y habiéndola este traducido en latín, la envió al Occidente por el presbítero Orosio, á quien entregó una corta porción de reliquias del santo mártir. Reducíanse á una cantidad de cenizas de su cuerpo, y algunos huesecillos que pudo conseguir de su amigo Luciano, y los enviaba á la iglesia de Braga, de donde Avito era presbítero, esperando que el santo con su intercesión libertaría á España de las incursiones de los bárbaros, así como había libertado á la Palestina de la sequía y de la esterilidad.
Cargado Orosio con aquel precioso tesoro y con la relación de Luciano, aportó á la isla de Menorca, donde tuvo noticia de los estragos que hacían en España los Godos y los Vándalos, saqueándolo y destruyéndolo todo. No se atrevió á pasar adelante, y haciendo alguna mansión en Puerto Mahon, al cabo determinó volver al Asia en busca de san Agustín, y dejó las reliquias de san Esteban en la iglesia de aquella ciudad. Extendióse luego la visible protección del santo mártir en todos los parajes donde había reliquias suyas. Eran judías las principales familias de Puerto Mahon, y en menos de ocho días, después que la ciudad estaba enriquecida con aquel tesoro, convirtieron quinientos y cuarenta judíos á la religión cristiana, como consta de la relación que hizo Severo, obispo á la sazón de la isla.
Con eso, en todas las partes del mundo cristiano se solicitaban con ansia algunas de aquellas milagrosas reliquias. Regalaron con algunas desde Oriente á san Evodio, obispo de Uzal, gran amigo de san Agustín, y el santo las llevó procesionalmente á su iglesia con extraordinaria solemnidad. Colocáronse en un trono elevado en la parte superior del coro, magníficamente adornado con ricas alfombras y tapicerías; concluida la misa, se envolvieron en un pequeño pabellón de tela muy preciosa; y se encerraron en un armario, en que había ventanilla, por la cual se tocaban los lienzos á la ampolla de las santas reliquias, que consistían en algunos fragmentos de huesos del santo protomártir. Testifica san Evodio que durante la procesión cobró repentinamente la vista un ciego, habiendo tocado la caja en que se llevaban; y después de aquel día fué tan grande el número de los milagros, y tuvieron tantos testigos, que al mismo santo le pareció preciso mandar hacer una especie de registro, ó de información auténtica de todos ellos, para conservar la memoria á la posteridad. Formóse un decente volumen, que san Evodio hacía leer públicamente en la iglesia los días festivos; y cuando se acababa de referir algún milagro, si estaba presente el sugeto con quien se había obrado, se le mandaba subir al púlpito del evangelio, para que atestiguase la verdad del hecho con su misma declaración.
Iba creciendo cada día la devoción de san Esteban, y todas las iglesias hacían vivas diligencias para conseguir alguna reliquia suya, ó á lo menos alguna porción de tierra de su sepultura, ó algún lienzo tocado á la caja de sus huesos. Logró la iglesia de Calamo algunas de esta especie, y luego se vieron en ella los mismos prodigios que había obrado Dios en otras partes. Estos fueron tantos, que san Agustín y los demás obispos comarcanos publicaron en sus edictos, mandando que todos aquellos que fuesen milagrosamente curados por intercesión de san Esteban, hiciesen una exacta relación de su milagrosa curación, sin omitir la mas menuda circunstancia: y afirma san Agustín que en poco tiempo se formaron muchos volúmenes abultados de esta colección.
También tocó parte de este tesoro á la iglesia de Hipona, habiéndole recibido san Agustín por los años de 425. Hizo un panegírico del santo mártir, cuando recibió sus reliquias, y las colocó con la mayor solemnidad en la capilla de la iglesia dedicada al mismo san Esteban. En el libro 22 de la Ciudad de Dios, se puede leer el prodigioso número de milagros que obró Dios en la misma Hipona por intercesión del santo; de cuya mayor parte fué testigo el mismo san Agustín, y los hacía leer en su iglesia á presencia de los mismos con quienes se habían obrado; y no pocas veces ellos mismos lo referían, para dar mas peso á su verdad y desterrar del público todo género de duda. No refiere pocos el mismo santo doctor.
Una mujer ciega dió unas flores para que se las tocasen á la caja en que iban las reliquias de san Esteban; aplicólas después á los ojos, y cobró la vista; de manera que, al volver á su casa, iba siguiendo á los que antes la guiaban á ella: Caeca mulier, flores, quos ferebat, dedit; recepit, oculis admovit, protinus vidit: stupentibus qui aderant, praeibat exultans, viam carpens, et vitae ducem ulterius non requirens. Uno de los hombres mas distinguidos de la ciudad, llamado Marcial, era gentil y tan bien hallado con su ceguedad, que no consentía se le hablase de hacerse cristiano. Éranlo su hija y su yerno; y habiendo enfermado Marcial muy de peligro, ambos fueron á hacer oración por su conversión delante de las reliquias de san Esteban. El yerno cogió algunas flores que estaban sobre el altar, y aquella noche, sin que el enfermo lo advirtiese, se las puso á la cabecera: Accedens, aliquid de altari florum tulit, eique, cum jam nox esset, ad caput posuit. Luego que amaneció el día siguiente comenzó Marcial á clamar que creía en Jesucristo, que le administrasen el bautismo, y desde aquel día hasta que espiró, no se le cayeron de la boca estas palabras: Jesucristo, recibe mi espíritu; aunque ignoraba eran las últimas que pronunció san Esteban: Haec quamdiu vixit in ore habebat: Christe, accipe spiritum meum; cum haec verba beatissimi Stephani, quando lapidatus est á judaeis, ultima fuisse nesciret, quae huic quoque ultima fuerunt.
En fin, dice el mismo santo doctor que en menos de dos años corrían ya setenta relaciones de otros tantos milagros hechos en Hipona desde que habían llegado las reliquias del santo, entre las cuales se cuenta la resurrección de tres muertos. Uno resucitó, habiendo sido untado el cadáver con el aceite del santo protomártir. Las palabras de san Agustín son estas: Cumque corpus jaceret exanime, suggessit quidam ut ejusdem martyris oleo corpus perungeretur; factum est, et revixit. El otro no fué menos admirable. Pasó un carro por encima de un niño, molióle los huesos y le dejó muerto en el mismo sitio. La afligida madre del niño tómale en brazos, corre á la iglesia, pónele en el altar del santo, y no solo resucita el niño al instante, sino que quedó sin la mas mínima lesión: Et non solúm revixit; verumtamen illaesus apparuit.
Asegúrase que los huesos de san Esteban que estaban en Jerusalen fueron trasladados á Constantinopla poco tiempo después de su invención, y que desde allí lo fueron á Roma en el pontificado de Pelagio I, colocándose en la iglesia de San Lorenzo. Sucedió esta invención, como se ha dicho, el día 18 de diciembre; pero por ser privilegiados aquellos días, y estar la santa Iglesia ocupada en disponerse para celebrar el nacimiento del Salvador del mundo, se señaló para esta fiesta el día 3 de agosto, porque ya en él se celebraba otra á honor del mismo santo en la ciudad de Ancona, con motivo de una de las piedras con que fué martirizado, que se conserva cuidadosamente en dicha ciudad, adonde la trajo uno de los que se hallaron presentes á su martirio. Por lo menos el cardenal Baronio no da otra razón en sus notas al martirologio.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.