jueves, 28 de julio de 2039
Santos Nazario y Celso, Mártires; Víctor I, Papa y Mártir; e Inocencio I, Papa y Confesor
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Nazario fue romano, de padre gentil, originario de África; su madre era de Roma, había abrazado la fe de Jesucristo antes de dar á luz á Nazario, y la Iglesia la celebra con el nombre de santa Perpetua. Encargóse la misma virtuosa madre de criar á su hijo, y en tan buena escuela recibió Nazario tan santa educación. Fueron eficaces las lecciones que le dió, porque encontraron con una índole dócil y suave, con una inclinación natural á la virtud, con un corazón recto, y con un entendimiento vivo, perspicaz y penetrante. No solo recibió el bautismo siendo todavía joven, sino que toda su juventud la pasó en los ejercicios mas piadosos de la religión, y santa Perpetua antes de morir tuvo el consuelo de ver en su hijo uno de los mas zelosos y mas ejemplares cristianos de la Italia.
Habiéndole instruido radicalmente el papa san Lino en las verdades de la religión, á cuyo estudio se había dedicado con el mayor desvelo; y abrasado en un fervoroso zelo, poco ordinario en los jóvenes de su edad, apenas recibió el bautismo, cuando quiso convertir á la fe de Jesucristo á todo el mundo. Dejó la casa paterna para irse á predicar á los gentiles: y pareciéndole la Italia estrecho campo para sus vastas ideas, resolvió pasar los Alpes, y trasferirse á las Galias. Era la empresa verdaderamente ardua y arriesgada en un tiempo en que el nombre cristiano se oía con execración de la otra parte de los montes; pero ningún estorbo era capaz de detener ni acobardar el espíritu del nuevo apóstol. Tuvo mucho que padecer; mas crecía su amor á Jesucristo al paso que se aumentaban los trabajos. Valíase de toda suerte de industrias, medios, invenciones y artificios para ganar almas á Dios, pronto no solo á servir de criado, sino á hacerse también esclavo para convertir á un solo infiel. Correspondió el fruto á sus apostólicas fatigas; hubo pocas ciudades, pocas villas y aun pocas aldeas donde no quedasen estampadas las huellas de su zelo con alguna conversión, donde á lo menos no dejase impresa una alta idea de la santidad del cristianismo.
La primera ciudad del otro lado de los montes donde comenzó á predicar el nuevo apóstol la fe de Jesucristo, fue Ginebra. No había oído aquel pueblo idólatra ni aun el nombre de Cristo, cuando san Nazario entró en él para anunciar el Evangelio; siguiéronse muchas conversiones á su zelosa predicación, y aquella ciudad, que por espacio de mil y cuatrocientos años conservó siempre pura la fe católica de Jesucristo, reconoció todo aquel tiempo á san Nazario por su primer apóstol.
Entre las muchas conversiones que hizo en Ginebra nuestro santo, la mas ventajosa á la propagación de la fe, y la mas gloriosa á la religión fué la de una noble viuda, muy distinguida en la ciudad por su nacimiento y por sus grandes bienes de fortuna. Tenía esta señora un hijo todavía niño, llamado Celso, que era todo su consuelo, y ella le amaba con la mayor ternura. Instruyóle Nazario en los principios de la fe, y como el niño era de excelente capacidad y de una suavísima índole, en breve tiempo hizo tantos progresos en la ciencia de la salvación, que, habiéndole bautizado nuestro santo, le pidió á su madre para compañero en sus apostólicos viajes. Era sin duda grande el sacrificio, pero no era menor la religión de la virtuosa viuda, y así consintió en él, dando su bendición á su querido hijo para que se separase de ella, y en adelante fuese todo y únicamente de Jesucristo, quedando Celso desde entonces por compañero inseparable de san Nazario.
Corrieron juntos muchas ciudades de las Galias, sembrando en todas el grano de la palabra de Dios, que con el tiempo fructificó una mies tan abundante. La célebre ciudad de Tréveris fué el principal teatro donde mas resplandeció el zelo de nuestros santos, y donde también padecieron por Jesucristo aquellas crueles persecuciones que en todo tiempo acompañan á los hombres apostólicos. Contribuyó mucho á aumentar el número de los cristianos la multitud de milagros que obraron; y en el panegírico que hizo en su honor san Ambrosio, confiesa que aquella ciudad debe sus primeros fieles á las maravillas que hicieron en nombre de Jesucristo, y á los tormentos que padecieron en ella.
Siguióse inmediatamente la corona á sus gloriosos combates. Arrestados los dos y puestos en la cárcel, fueron condenados á ser arrojados en el confluente de los dos ríos Sarra y Mosela; pero apenas tocaron las aguas con sus piés, cuando se endurecieron y tomaron consistencia, de cuyo prodigio quedaron los gentiles tan atónitos, que no se atrevieron á quitarles la vida, contentándose con desterrarlos de su país, por lo cual se vieron obligados á volverse á Italia.
Condújolos á Milán la divina Providencia, y en aquella ciudad fueron segunda vez arrestados por el juez Anolino, que se hallaba con órdenes del emperador para exterminar á todos los cristianos, sin darles tiempo de predicar el Evangelio. Después de algunos días de prisión fueron examinados, y por su constancia en confesar la fe de Jesucristo en medio de los mas crueles tormentos, se pronunció sentencia de que se les cortase la cabeza.
No es fácil explicar la alegría de los santos mártires cuando esta se les intimó. Abrazando estrechamente Nazario á su querido compañero, exclamó: Gran dicha es la nuestra de que el Salvador se digne hacernos la gracia de recibir hoy la corona del martirio. Y el niño Celso, no cabiéndole el gozo en el pecho, prorrumpió en estas voces: Yo os doy gracias, Salvador mío, porque, siendo aun de tan poca edad, os dignáis recibirme en vuestra gloria. Volviéndose á san Nazario, á quien siempre llamaba su amado padre en Jesucristo, añadió: Vamos á derramar nuestra sangre por aquel á quien debemos nuestra salvación y nuestra vida. Fueron conducidos á la plaza mayor, y allí fueron ambos degollados, siendo su sangre como la semilla de aquel gran número de mártires que dio al cielo aquella tierra, como también de tantos santos confesores que han ilustrado aquella santa iglesia.
Los cristianos se aprovecharon de la noche para retirar los cuerpos de los dos santos mártires, y los enterraron secretamente en un huerto fuera de la puerta Romana. Allí estuvieron ocultos mucho tiempo, perdiéndose la memoria de ellos, á causa de las persecuciones con que fué agitada la iglesia de Milán: solo se sabía que los propietarios de aquella posesión tenían gran cuidado de prohibir á sus herederos que en ningún tiempo, ni por ningún motivo la enajenasen, declarando en general que en ella estaba escondido un gran tesoro; hasta que, casi trescientos años después, fué revelado á san Ambrosio el lugar donde estaban aquellas santas reliquias, y pasando á él acompañado de su clero, halló el cuerpo de san Nazario tan entero como si le hubieran enterrado el mismo día, y en el sepulcro la sangre tan fresca y tan roja como si pocas horas antes se hubiera derramado, de suerte que se empaparon en ella muchos lienzos: la cabeza del santo estaba separada del tronco, pero tan entera y tan fresca como si hubiera estado viva. Añade el diácono Paulino, testigo presencial, que el sepulcro exhalaba un olor grato, y mas suave que el de todos los aromas.
Mandó san Ambrosio cavar en otra parte del huerto, donde se encontró el cuerpo de san Celso, que juntamente con el de san Nazario fué trasladado á la iglesia de los apóstoles, que el mismo san Ambrosio había edificado. Repartió el santo obispo estas preciosas reliquias á muchas iglesias, y entre otras envió parte de ellas á san Paulino, obispo de Nola, y á san Gaudencio, obispo de Brescia: también tocó á la iglesia de Ambrun una pequeña porción de ellas, las que conserva con grande veneración.
Con la memoria de estos santos junta la Iglesia la de san Víctor papa. Fue africano, hijo de un tal Félix, y por su eminente virtud y grandes talentos fué elevado á la silla de san Pedro por muerte de san Eleuterio, que sucedió hacia el año de 192. Pedían un papa de esta santidad y de estos talentos las herejías que por aquel tiempo despedazaban á la santa Iglesia, contra las cuales fulminó anatemas Víctor con tanto vigor, que se conoció haberle formado el cielo para exterminar aquellos monstruos.
Teodoro de Bizancio, curtidor de profesión, no pudiendo sufrir las reprensiones que le daban los cristianos de su país, por haber apostatado en la última persecución, discurrió el arbitrio de enseñar que Jesucristo no había sido mas que un puro hombre, pareciéndole que de esta manera justificaba su apostasía. La impiedad no podía ser mas abominable, ni mas despreciable el maestro que la enseñaba: con todo eso corrompió á muchos, y tuvo no pocos sectarios; teniendo atrevimiento el impío heresiarca para ir á Roma y para dogmatizar en el centro mismo de la verdadera religión. Anatematizóle san Víctor, y le persiguió tan vivamente, que después no se oyó hablar mas de él.
No contemporizó mas con los montanistas, aunque ya por aquel tiempo se había declarado Tertuliano por su partido. Bien persuadido el santo papa de que los herejes nunca se hacen mas insolentes, ni mas fieros, que cuando se contemporiza con ellos con el fin de reducirlos, les declaró valerosa y constantemente la guerra, condenando sus errores. Por entonces inventó también Práxeas la herejía de los patripasianos, precursores del sabelianismo, que arruinaban en Dios la distinción de personas. Apenas se descubrió esta zizaña en el campo del Señor, cuando la arrancó la vigilancia y el infatigable zelo del santo pontífice. Reconocido Práxeas, detestó su error, que consistía en atribuir al Padre lo que solo pertenecía al Hijo, y entregó su retractación, con cuya ocasión convocó Víctor un concilio en Roma.
La mayor parte de los obispos de Asia, por no sé qué costumbre tolerada hasta entonces, celebraban la Pascua el día catorce de la luna de marzo, conformándose en esto con el rito de los judíos: lo restante de la cristiandad la celebraba el domingo después del día catorce de aquella luna, por haber resucitado el Salvador en semejante día. Temiendo san Víctor que aquella diferencia de ritos podía ocasionar división entre los fieles, y parar con el tiempo en algún cisma, para ocurrir á este mal, ordenó que todas las iglesias del mundo se conformasen en este particular con la costumbre de la Iglesia romana, y que en ninguna parte se celebrase la Pascua el día catorce del equinoccio vernal, sino el domingo siguiente; y aunque se opusieron á esto Policrates, obispo de Éfeso, y algunos otros obispos de Oriente, la constitución del papa fué recibida de toda la Iglesia, y ciento veinte y nueve años después la renovó el célebre concilio de Nicea.
Otras muchas constituciones publicó san Víctor para bien de la iglesia universal, y entre otras declaró que en caso de necesidad se podía bautizar con cualquiera agua natural, esto es, que no era menester estuviese bendita con las ceremonias que usa la Iglesia cuando bendice las pilas del bautismo. En fin, después de haber gobernado este santo pontífice el rebaño de Jesucristo por espacio de diez años, recibió en premio de sus trabajos la corona del martirio.
En el mismo día hace también conmemoración la santa Iglesia de san Inocencio papa, primero de este nombre. Fué de la ciudad de Albano, cerca de Roma, y así por su virtud como por su sabiduría sucedió al papa san Anastasio, que murió el año de 402. Luego se reconoció que le había destinado Dios para consolar y fortalecer la Iglesia en las aflicciones que padeció en aquel tiempo. Inundaron los godos á Italia, acaudillados por Alarico, y todo lo llenaron de consternación. Consoló el santo papa á su pueblo, tranquilizóle, y con sus oraciones consiguió del Señor que se disipase toda aquella multitud de bárbaros por la derrota de su jefe, al mismo tiempo que se avanzaba hacia Roma para pasarla á sangre y fuego.
Noticioso del furor con que la emperatriz Eudoxia perseguía á san Juan Crisóstomo, patriarca de Constantinopla, se declaró su protector, y anulando todo lo que se había decretado contra el santo en un conciliábulo que se juntó en un arrabal de Calcedonia, mandó que fuese restituido á su silla aquel ilustre prelado, y fulminó excomunión contra todos los que habían tenido parte en su persecución. Tuvo el consuelo de ver extinguido el cisma que hacía tanto tiempo despedazaba á Antioquía; pero llegando á Ravena, se le turbó este gozo con la noticia de que Alarico había sorprendido á Roma, saqueándola y pasando á cuchillo sus habitantes. Afligióse, y lloró el santo pastor la desolación de sus ovejas; pero con su vuelta las consoló, y no perdonó diligencia alguna para que en el modo posible se resarciesen de sus pérdidas.
Fué el primero que expelió de Roma á los novacianos, y su solicitud pastoral se extendía á todas las necesidades de la Iglesia. Pero sobre todo explicó su ardiente zelo contra Pelagio y Celestio, cabezas de la perniciosa herejía pelagiana. Informado de sus principales errores por las cartas que le escribieron los concilios de Mileva y de Cartago, escribió dos admirables epístolas contra ellos, en las cuales explica excelentemente la necesidad de la gracia para merecer, y confirma los decretos que habían dado los dos concilios contra aquellos heresiarcas. Con esta ocasión dijo san Agustín que, habiendo confirmado el papa todo lo que se había decretado contra los enemigos de la gracia de Jesucristo, ya era causa acabada y definida.
Este gran santo, principal defensor de la verdad que combatían aquellos herejes, escribió dos epístolas al papa Inocencio, en que muestra la veneración y el respeto que le profesaba, y el santo pontífice acredita bien en sus respuestas la particular estimación que hacía de aquel ilustre defensor de la gracia; y en las que dio á los prelados que componían los concilios de Cartago y de Mileva alaba singularmente el perfecto rendimiento que mostraban al supremo juicio de la santa sede, declarando al fin de ellas por excomulgados á Pelagio y á Celestio.
También escribió otras epístolas importantes á muchos obispos de las Galias, una á san Victricio, arzobispo de Ruan, y otra á san Exuperio, arzobispo de Tolosa, sobre varios puntos y reglas de disciplina eclesiástica. A san Decencio, obispo de Gubio, le escribió sobre el ayuno del sábado, que dice se debe guardar en reverencia de la sepultura del Señor, condenando á los que le desaprobaban.
En fin, después de haber gobernado la Iglesia por espacio de catorce años con una prudencia y con una virtud digna de un vicario de Jesucristo, consumido de trabajos y colmado de merecimientos, murió con la muerte de los santos el día 28 de julio del año 417, y fué enterrado en el cementerio de Priscila, de donde el año de 845 el papa Sergio II trasladó su cuerpo á la iglesia del título de Equicio.
San Jerónimo, en la célebre epístola que escribió á Demetríades para confirmarla en el santo propósito que había hecho de guardar virginidad, le habla del papa san Inocencio en estos términos: Mantén constantemente la fe de san Inocencio, hijo espiritual y sucesor de Anastasio, de feliz recordación, en la cátedra apostólica; y por mas sabia é iluminada que seas, guárdate bien de seguir otra doctrina.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.