domingo, 24 de julio de 2039
VIII Domingo después de Pentecostés
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (Rom. 8, 12-17)
Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Romános Fratres: Debitóres sumus non carni, ut secúndum carnem vivámus. Si enim secúndum carnem vixéritis, moriémini: si autem spíritu facta carnis mortificavéritis, vivétis. Quicúmque enim spíritu Dei aguntur, ii sunt fílii Dei. Non enim accepístis spíritum servitútis íterum in timóre, sed accepístis spíritum adoptiónis filiórum, in quo clamámus: Abba - Pater. - Ipse enim Spíritus testimónium reddit spirítui nostro, quod sumus fílii Dei. Si autem fílii, et herédes: herédes quidem Dei, coherédes autem Christi.
Así que, hermanos míos, somos deudores no a la carne, para vivir según la carne, sino al espíritu de Dios, porque si viviereis según la carne, moriréis; mas si con el espíritu hacéis morir las obras o pasiones de la carne, viviréis, siendo cierto que los que se rigen por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Porque no habéis recibido ahora el espíritu de servidumbre para obrar todavía solamente por temor como esclavos, sino que habéis recibido el espíritu de adopción de hijos en virtud del cual clamamos con toda confianza: Abba, esto es, ¡oh Padre mío! Y con razón, porque el mismo espíritu de Dios está dando testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y siendo hijos, somos también herederos, herederos de Dios, y coherederos con Cristo , con tal, no obstante, que padezcamos con él a fin de que seamos con él glorificados. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Homilía 14 sobre Romanos — San Juan Crisóstomo
Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para vivir según la carne. Porque si viviereis según la carne, moriréis; mas si por el Espíritu mortificáreis las obras del cuerpo, viviréis.
Después de haber mostrado cuán grande es la recompensa de la vida espiritual, y que ella hace a Cristo habitar en nosotros, y que vivifica nuestros cuerpos mortales, y les da alas para el cielo, y hace más llano el camino de la virtud, introduce a continuación, con toda oportunidad, una exhortación a este propósito. No debemos, pues, vivir según la carne. Mas no es esto lo que dice, sino que lo expresa de un modo mucho más contundente y enérgico, así: somos deudores al Espíritu. Porque al decir «somos deudores, no a la carne», esto es lo que da a entender. Y es éste un punto que en todas partes se afana en probar: que cuanto Dios ha hecho por nosotros no es cosa de deuda, sino de pura gracia; pero que, después de esto, lo que nosotros hacemos ya no es cosa de libre ofrenda, sino de deuda. Porque cuando dice: «Comprados fuisteis por precio, no os hagáis siervos de los hombres» (1 Cor. VII, 23); y cuando escribe: «No sois vuestros» (1 Cor. VI, 19); y también en otro pasaje les trae a la memoria estas mismas cosas, con estas palabras: «Si uno murió por todos, luego todos murieron, para que los que viven no vivan ya para sí mismos» (2 Cor. V, 15). Y para establecer esto dice también aquí: somos deudores. Después, como había dicho que no somos deudores a la carne, para que no toméis de nuevo sus palabras como dichas contra la naturaleza de la carne, no cesa de hablar, sino que prosigue: para vivir según la carne. Porque hay muchas cosas que le debemos, como darle alimento, calor y reposo, medicina cuando enferma, vestido y otras mil atenciones. Así pues, para que no penséis que es este servicio lo que quiere abolir cuando dice «no somos deudores a la carne», lo explica añadiendo: para vivir según la carne. Porque el cuidado que yo quiero abolir, quiere decir, es el que conduce al pecado, así como quisiera que tuviese la carne cuanto le es saludable. Y esto lo muestra más adelante. Porque cuando dice: «No proveáis a la carne», no se detiene ahí, sino que añade: «para cumplir sus concupiscencias» (Rom. XIII, 14). Y esta enseñanza nos da también aquí, queriendo decir: téngase de ella, en verdad, el debido cuidado, pues esto le debemos; mas no vivamos según la carne, esto es, no la hagamos señora de nuestra vida. Porque ella ha de ser la que siga, no la que guíe, y no es ella la que ha de gobernar nuestra vida, sino que ha de recibir las leyes del Espíritu. Definido, pues, este punto, y probado que somos deudores al Espíritu, para mostrar en seguida por qué beneficios lo somos, no habla de los pasados —cosa que sirve de prueba clarísima de su prudencia—, sino de los venideros; aunque aun los primeros bastaran para el intento. Con todo, no los pone aquí, ni menciona siquiera aquellas inefables bendiciones, sino las cosas venideras. Porque un beneficio otorgado de una vez no suele arrastrar tanto a los hombres como el que se espera y ha de venir. Habiendo, pues, añadido esto, se sirve primero de las penas y males que vienen de vivir según la carne para infundirles temor, con estas palabras: «Porque si viviereis según la carne, moriréis», dándonos así a entender aquella muerte sin muerte, el castigo y la venganza del infierno. O, más bien, si uno mirase esto con exactitud, tal hombre, aun en esta presente vida, está muerto. Y esto os lo hemos declarado en el discurso anterior. «Mas si por el Espíritu mortificáreis las obras del cuerpo, viviréis.» Ved que no es de la esencia del cuerpo de lo que hablamos, sino de las obras de la carne. Porque no dice: si por el Espíritu mortificáreis la esencia del cuerpo, sino las obras de él; y no todas las obras, sino las que son malas. Y esto está claro en lo que sigue: porque si esto hiciereis —dice— viviréis. ¿Y cómo estaría en la naturaleza de las cosas que esto fuese así, si su lenguaje se aplicara a todas las obras? Porque ver, y oír, y hablar, y andar son obras del cuerpo; y si mortificáremos éstas, tan lejos estaríamos de vivir, que habríamos de sufrir el castigo de un homicida. ¿Qué obras, pues, quiere que mortifiquemos? Aquellas que tienden a la maldad, aquellas que van tras el vicio, las cuales no hay otro modo de mortificar sino por el Espíritu. Porque a las demás podríais poner fin matándoos a vosotros mismos; mas esto no os es lícito. En cambio, a éstas sólo por el Espíritu. Porque si Éste está presente, se aquietan todas las olas, y las pasiones se acobardan bajo Él, y nada puede alzarse contra nosotros. Ved, pues, cómo, según dije antes, funda en las cosas venideras sus exhortaciones, y muestra que somos deudores no sólo por lo ya hecho. Porque el provecho del Espíritu no es sólo éste, que nos haya librado de nuestros pecados anteriores, sino que nos hace inexpugnables contra los futuros, y nos juzga dignos de la vida inmortal. Después, para exponer también otra recompensa, prosigue:
Vers. 14. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.
Ahora bien, éste es de nuevo un honor mucho mayor que el primero. Y por eso no dice simplemente: cuantos viven por el Espíritu de Dios, sino: cuantos son guiados por el Espíritu de Dios, para mostrar que quiere que Éste ejerza sobre nuestra vida tal poder como el piloto sobre la nave, o el auriga sobre un par de caballos. Y no es sólo el cuerpo, sino también la misma alma, lo que quiere poner bajo tales riendas. Porque no la querría ni aun a ella independiente, sino que pone también su autoridad bajo el poder del Espíritu. Pues, para que no sucediese que, confiados en el don de la fuente, se descuidasen de su conducta después de él, viene a decir que, aunque recibáis el bautismo, si no estáis dispuestos a ser guiados por el Espíritu en adelante, perdéis la dignidad que os fue conferida, y la preeminencia de vuestra adopción. Por eso no dice: cuantos han recibido el Espíritu, sino: cuantos son guiados por el Espíritu, esto es, cuantos viven conforme a Él durante toda su vida, éstos son hijos de Dios. Después, como esta dignidad había sido dada también a los judíos —pues dice: «Yo dije: dioses sois, e hijos todos del Altísimo» (Sal. LXXXI, 6); y de nuevo: «Hijos crié y engrandecí» (Is. I, 2); y así: «Israel es mi primogénito» (Éx. IV, 22); y también Pablo dice: «De quienes es la adopción» (Rom. IX, 4)—, muestra a continuación la gran diferencia entre el honor de los segundos y el de los primeros. Porque, aunque los nombres son los mismos —quiere decir—, no lo son las cosas. Y de estos puntos da clara demostración, introduciendo una comparación tomada así de las personas a quienes fue dado, como de lo que les fue dado, y de lo que había de venir. Y primeramente muestra qué les fue dado a los antiguos. ¿Qué fue, pues, esto? Un espíritu de servidumbre; y así prosigue:
Vers. 15. Porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre para estar otra vez en temor.
Después, sin detenerse a mencionar lo que se contrapone a la servidumbre, esto es, el espíritu de libertad, ha nombrado algo mucho mayor, el de la adopción, por el cual introduce a la vez el otro, diciendo: «Mas habéis recibido el Espíritu de adopción de hijos.»
Mas esto está claro. Pero qué pueda ser el espíritu de servidumbre no lo está tanto, y hay necesidad de aclararlo más. Ahora bien, lo que dice está tan lejos de ser claro, que en verdad es muy embarazoso. Porque el pueblo de los judíos no recibió el Espíritu. ¿Qué significa, pues, aquí? Da este nombre a la letra, porque espiritual era; y así llamó también espiritual a la Ley, y al agua de la Roca, y al maná. Porque «comieron —dice— del mismo manjar espiritual, y todos bebieron de la misma bebida espiritual» (1 Cor. X, 3-4). Y a la Roca da este nombre cuando dice: «Porque bebían de aquella Roca espiritual que los seguía.» Y es porque todos los ritos que entonces se obraban estaban por encima de la naturaleza, por lo que los llama espirituales, y no porque quienes entonces participaban de ellos recibiesen el Espíritu. ¿Y en qué sentido eran aquellas letras, letras de servidumbre? Poneos delante toda la dispensación, y tendréis también de esto clara visión. Porque entre ellos las recompensas estaban a la mano, y el premio seguía al punto, siendo a la vez proporcionado, y como una ración cotidiana dada a los siervos domésticos; y terrores en abundancia se alzaban ante sus ojos, y sus purificaciones concernían a los cuerpos, y su continencia se extendía sólo a las obras. Mas con nosotros no es así, puesto que aun la imaginación y la conciencia quedan purgadas. Porque no dice sólo: «No matarás», sino aun: «No te aíres»; así también, no es: «No cometerás adulterio», sino: «No mirarás con deshonestidad». De suerte que no ha de ser por temor del castigo presente, sino por deseo de Él mismo, como han de nacer así el ser habitualmente virtuosos como todas nuestras buenas obras particulares. Ni promete una tierra que mana leche y miel, sino que nos hace coherederos del Unigénito, apartándonos por todos los medios de las cosas presentes, y prometiendo darnos especialmente aquellas cosas que son dignas de ser aceptadas por hombres hechos hijos de Dios: nada, esto es, de índole sensible o corporal, sino todo espiritual. Y así ellos, aunque tuvieran el nombre de hijos, no eran sino como esclavos; mas nosotros, hechos libres, hemos recibido la adopción, y aguardamos el cielo. Y con ellos habló por medio de otros, con nosotros por Sí mismo. Y todo cuanto ellos hacían era por impulso del temor, mas la obra espiritual, por un anhelo y un vehemente deseo. Y esto lo muestran por el hecho de traspasar los mandamientos. Ellos, como jornaleros y como hombres obstinados, así nunca cesaban de murmurar; mas éstos todo lo hacen por agradar al Padre. Así también ellos blasfemaban cuando se les hacían beneficios; mas nosotros damos gracias aun cuando somos puestos en peligro. Y si hay necesidad de castigarnos a unos y a otros cuando pecamos, aun en este caso la diferencia es grande. Porque no es siendo apedreados, y marcados, y mutilados por los sacerdotes, como ellos, como nosotros somos vueltos al buen camino; sino que basta para nosotros ser echados de la mesa de nuestro Padre, y quedar apartados de su vista por ciertos días. Y entre los judíos el honor de la adopción era sólo de nombre; mas aquí siguió también la realidad: la purificación del bautismo, la donación del Espíritu, la provisión de las demás bendiciones. Y hay otros muchos puntos además, que muestran nuestra alta cuna y la baja condición de ellos. Habiendo, pues, insinuado todas estas cosas al hablar del Espíritu, y del temor, y de la adopción, da de nuevo una prueba de tener el Espíritu de adopción. ¿Cuál es ésta? Que clamamos: «Abba, Padre.» Y cuán grande es esto lo saben los iniciados, a quienes con razón se manda usar esta palabra la primera en la Oración de los iniciados. ¿Qué, pues —se dirá—, no llamaban también ellos Padre a Dios? ¿No oís a Moisés cuando dice: «Abandonaste al Dios que te engendró» (Deut. XXXII, 15)? ¿No oís a Malaquías reprochándoles y diciendo que «un solo Dios os formó, y hay un solo Padre de todos vosotros» (Mal. II, 10)? Con todo, aunque se usen estas palabras y otras además, no los hallamos en parte alguna llamar a Dios por este nombre, ni orar en este lenguaje. Mas nosotros todos, sacerdotes y legos, gobernantes y gobernados, tenemos mandado orar así. Y éste es el primer lenguaje que proferimos, después de aquellos maravillosos dolores, y de aquel extraño e inusitado modo de parto. Si en algún otro caso así le llamaron, fue sólo de su propia mente; mas los que están en estado de gracia lo hacen movidos por la operación interior del Espíritu. Porque, así como hay un Espíritu de sabiduría, por el cual los que eran ignorantes se hicieron sabios, y esto se descubre en su enseñanza; y hay un Espíritu de poder, por el cual los débiles resucitaron a los muertos y echaron a los demonios; y un Espíritu del don de curaciones, y un Espíritu de profecía, y un Espíritu de lenguas, así también hay un Espíritu de adopción. Y así como conocemos el Espíritu de profecía en que quien lo tiene predice las cosas venideras, no hablando de su propia mente, sino movido por la gracia, así también es el Espíritu de adopción, por el cual aquel que está dotado de él llama a Dios «Padre», movido por el Espíritu. Queriendo expresar esto como una filiación verdaderísima, usó también la lengua hebrea, pues no dice sólo «Padre», sino «Abba, Padre», nombre que es señal propia de los hijos legítimos para con sus padres. Habiendo, pues, mencionado la diversidad que resulta de su conducta, la que resulta de la gracia que había sido dada, y la que resulta de su libertad, aduce otra demostración de la superioridad que acompaña a esta adopción. ¿De qué género es ésta?
Vers. 16. El mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.
Porque no es sólo por el lenguaje —dice— por lo que hago mi afirmación, sino por la causa de la cual el lenguaje tiene su nacimiento; puesto que es por sugerirlo el Espíritu por lo que así hablamos. Y esto en otro pasaje lo ha puesto en palabras más claras, así: «Envió Dios el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones, clamando: Abba, Padre» (Gál. IV, 6). ¿Y qué es aquello: el Espíritu da testimonio con nuestro espíritu? El Consolador —quiere decir— con aquel Don que nos ha sido dado. Porque no es sólo del Don la voz, sino también del Consolador que dio el Don, habiéndonos Él mismo enseñado por medio del Don a hablar así. Mas cuando el Espíritu da testimonio, ¿qué lugar queda ya para la duda? Porque si fuera un hombre, o un ángel, o un arcángel, o cualquier otra potestad semejante quien esto prometiese, entonces habría razón para que algunos dudasen. Mas cuando es la Suprema Esencia quien otorga este Don, y da testimonio por las mismas palabras que nos mandó usar en la oración, ¿quién dudará ya de nuestra dignidad? Porque ni aun cuando el Emperador elige a alguno, y proclama a oídos de todos los hombres el honor que le hace, se atreve nadie a contradecirlo.
Vers. 17. Y si hijos, también herederos.
Observad cómo realza el Don poco a poco. Porque, como es cosa posible ser hijos y sin embargo no llegar a ser herederos (pues no todos los hijos son de ningún modo herederos), añade además esto: que somos herederos. Mas los judíos, además de no tener la misma adopción que nosotros, fueron también echados de la herencia. Porque «hará perecer miserablemente a aquellos malvados, y arrendará la viña a otros labradores» (Mat. XXI, 41); y antes de esto había dicho que «muchos vendrán del Oriente y del Occidente, y se sentarán con Abrahán, mas los hijos del reino serán echados fuera» (Mat. VIII, 11-12). Pero aun aquí no se detiene, sino que pone algo todavía mayor que esto. ¿Cuál será, pues? Que somos herederos de Dios; y así añade: «herederos de Dios». Y lo que es aún más: que no somos simplemente herederos, sino también coherederos de Cristo. Observad cuán ambicioso es de acercarnos al Señor. Porque, como no todos los hijos son herederos, muestra que somos a la vez hijos y herederos; luego, como no todos los herederos lo son de cosa muy grande, muestra que también esto tenemos de nuestra parte, pues somos herederos de Dios. De nuevo, como era posible ser heredero de Dios, mas en modo alguno coheredero del Unigénito, muestra que también esto tenemos. Y considerad su sabiduría. Porque, después de recoger en breve espacio la parte enojosa, cuando decía qué había de ser de los que viven según la carne —a saber, que morirán—, cuando llega a la parte más suave, conduce su discurso a espacioso lugar, y así lo dilata sobre la recompensa de los premios, y muestra que también los dones son múltiples y grandes. Porque si aun el ser hijo era una gracia inefable, pensad cuán grande cosa es ser heredero; y si esto es grande, mucho más lo es ser coheredero. Luego, para mostrar que el Don no es sólo de gracia, y para dar a la vez credibilidad a lo que dice, prosigue: «Con tal que padezcamos con Él, para que también seamos con Él glorificados.» Si —viene a decir— somos partícipes con Él en lo que es penoso, mucho más lo seremos en lo que es bueno. Porque Aquel que otorgó tales bendiciones a los que ningún bien habían obrado, cuando los ve trabajar y padecer tanto, ¿cómo hará otra cosa sino darles mayor retribución? Habiendo, pues, mostrado que la cosa era materia de recompensa, para hacer que los hombres den crédito a lo dicho e impedir que ninguno dude, muestra además que tiene la virtud de un don. Lo uno lo mostró para que lo dicho ganase crédito aun entre los que dudaban, y para que quienes lo reciben no se avergonzasen como si perpetuamente recibiesen la salvación de balde; y lo otro, para que vieseis que Dios sobrepuja los trabajos con sus recompensas. Y lo uno lo ha mostrado en las palabras: «Con tal que padezcamos con Él, para que también seamos con Él glorificados.»
Homilía 14 sobre Romanos, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org
Evangelio (Luc. 16, 1-9)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis parábolam hanc: Homo quidam erat dives, qui habébat víllicum: et hic diffamátus est apud illum, quasi dissipásset bona ipsíus. Et vocávit illum et ait illi: Quid hoc audio de te? redde ratiónem villicatiónis tuæ: jam enim non póteris villicáre. Ait autem víllicus intra se: Quid fáciam, quia dóminus meus aufert a me villicatiónem? fódere non váleo, mendicáre erubésco. Scio, quid fáciam, ut, cum amótus fúero a villicatióne, recípiant me in domos suas. Convocátis itaque síngulis debitóribus dómini sui, dicébat primo: Quantum debes dómino meo? At ille dixit: Centum cados ólei. Dixítque illi: Accipe cautiónem tuam: et sede cito, scribe quinquagínta. Deínde álii dixit: Tu vero quantum debes? Qui ait: Centum coros trítici. Ait illi: Accipe lítteras tuas, et scribe octogínta. Et laudávit dóminus víllicum iniquitátis, quia prudénter fecísset: quia fílii hujus sǽculi prudentióres fíliis lucis in generatióne sua sunt. Et ego vobis dico: fácite vobis amicos de mammóna iniquitátis: ut, cum defecéritis, recípiant vos in ætérna tabernácula.
Decía también Jesús a sus discípulos: Había un hombre rico, que tenía un mayordomo, del cual por la voz común vino a entender que le había disipado sus bienes. Le llamó, pues, y le dijo: ¿Qué es esto que oígo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque no quiero que en adelante cuides de mi hacienda. Entonces el mayordomo dijo entre sí: ¿Qué haré, pues mi amo me quita la administración de sus bienes? Yo no soy bueno para cavar, y para mendigar no tengo cara. Pero ya sé lo que he de hacer, para que, cuando sea removido de mi mayordomía, halle yo personas que me reciban en su casa. Llamando, pues, a los deudores de su amo a cada uno de por sí, dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi amo? Respondió: Cien barriles de aceite. Le dijo: Toma tu obligación, siéntate y haz al instante otra de cincuenta. Dijo después a otro: ¿Y tú cuánto debes? Respondió: Cien coros, o cargas de trigo. Le dijo: Toma tu obligación, escribe otra de ochenta. El amo, alabó a este mayordomo infiel, de que hubiese sabido portarse sagazmente, porque los hijos de este siglo, son en sus negocios más sagaces que los hijos de la luz. Así os digo yo a vosotros: Granjeaos amigos con las riquezas de iniquidad, para que, cuando falleciereis, seáis recibidos en las moradas eternas. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Lucas 16, 1-9 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
Beda. Después que el Salvador reprendió en tres parábolas a los que murmuraban porque daba buena acogida a los penitentes, ahora añade la cuarta y después la quinta para aconsejar la limosna y la moderación en los gastos, porque la buena doctrina enseña que la limosna debe de seguir a la penitencia. Por esto continúa: "Decía a sus discípulos: Había un hombre rico", etc.
Crisóstomo. Una opinión errónea, agravada en los hombres, que aumenta sus pecados y disminuye sus buenas obras, consiste en creer que todo lo que tenemos para las atenciones de la vida debemos poseerlo como señores y, por consiguiente, nos lo procuramos como el bien principal. Pero es todo lo contrario, porque no hemos sido colocados en la vida presente como señores en su propia casa, sino que somos huéspedes y forasteros llevados a donde no queremos ir y cuando no pensamos. El que ahora es rico, en breve será mendigo. Así que, seas quien fueres, has de saber que eres sólo dispensador de bienes ajenos y se te ha dado de ellos uso transitorio y derecho muy breve. Lejos, pues, de nosotros el orgullo de la dominación y abracemos la humildad y la modestia del arrendatario o casero.
Beda. El arrendatario es el que gobierna la granja o caserío, por lo que toma el nombre de ella. El ecónomo es el administrador, tanto del dinero como de los frutos y de todo lo que tiene el Señor.
San Ambrosio. En esto conocemos que no somos los dueños, sino más bien arrendatarios de bienes ajenos.
Teofilacto. Ahora bien, cuando en vez de administrar a satisfacción del Señor los bienes que nos han sido confiados, abusamos de ellos para satisfacer nuestros gustos, nos convertimos en arrendatarios culpables. Y prosigue: "Y éste fue acusado delante de él", etc.
Crisóstomo. Entonces se le quita la administración, conforme a lo que sigue: "Y le llamó y le dijo: ¿Qué es esto que oigo decir de ti? Da cuenta de tu administración, porque ya no podrás ser mi mayordomo". Todos los días nos dice lo mismo el Señor, poniéndonos como ejemplo al que gozando de salud a mediodía muere antes de la noche y al que expira en un festín. Así es como dejamos la administración de varios modos. Pero el buen administrador, que tiene confianza debida a su administración, desea ser separado de este mundo y estar con Cristo, como San Pablo ( Flp 3,20), mientras que el que se fija en los bienes de la tierra, se encuentra lleno de angustia a la hora de su salida de este mundo. Por tanto, se dice de este mayordomo: "Entonces el mayordomo dijo entre sí: ¿Qué haré yo, porque mi señor me quita la administración? Cavar no puedo, de mendigar tengo vergüenza". Cuando falta fuerza para trabajar es porque se lleva una vida perezosa. Nada hubiera temido en esta ocasión si se hubiese acostumbrado al trabajo. Si tomamos esta parábola en sentido alegórico, comprendemos que después que hayamos salido de esta vida, no será ya tiempo de trabajar. La vida presente es para el cumplimiento de los mandamientos y la venidera para el consuelo. Si aquí no hacemos nada, en vano esperamos merecer en la otra vida, porque ni el mendigar nos servirá. Prueba de esto son las vírgenes imprevisoras que en su necedad pidieron a las que eran prudentes, pero nada alcanzaron ( Mt 25). Cada uno, pues, se reviste de sus obras como de una túnica y no puede quitársela, ni cambiarla por otra. Pero el mayordomo infiel perdona a los deudores, sus compañeros, lo que deben, para tener en ellos el remedio de sus males. Sigue, pues: "Yo sé lo que he de hacer para que cuando fuere removido de la mayordomía me reciban en sus casas"; porque todo el que, previendo su fin, alivia el peso de sus pecados con buenas obras (perdonando al que debe o dando a los pobres buenas limosnas) y da generosamente los bienes del señor, se granjea muchos amigos, que habrán de dar buen testimonio de él delante de su juez, no con palabras sino manifestando sus buenas obras. Y habrán de prepararle además con su testimonio, la mansión del consuelo. Nada hay que sea nuestro, pues todo es del dominio de Dios. Prosigue: "Llamó, pues, a cada uno de los deudores de su señor y dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi señor? Y él le respondió: Cien barriles de aceite".
Beda. Un barril es entre los griegos el ánfora que contenía dos cántaros 1. Prosigue: Y le dijo: "Toma tu escritura y siéntate luego y escribe cincuenta", perdonándole así la mitad. Prosigue: "Después dijo a otro: ¿Y tú, cuánto debes? Y él respondió: Cien coros de trigo". Un coro tiene treinta modios o celemines. "El le dijo: Toma tu vale y escribe ochenta", perdonándole la quinta parte. Este pasaje da a entender que al que alivia la miseria del pobre en la mitad o en la quinta parte, se le recompensará por su misericordia.
San Agustín, De quaest. Evang. 2,34. Respecto a lo que dice que de cien barriles de aceite hizo que el deudor escribiese sólo cincuenta y que al que debía cien coros de trigo le hizo escribir sólo ochenta, creo que debe entenderse en el sentido de que lo que cada judío daba a los sacerdotes y a los levitas debe aumentarse en la Iglesia de Cristo. Es decir, que si aquéllos daban la décima parte, éstos den la mitad, como hizo de sus bienes Zaqueo ( Lc 19), quien daba dos décimas partes (o una quinta) para superar a los judíos.
San Agustín, ut sup. El señor alabó al mayordomo a quien despedía de su administración, porque había mirado al porvenir. Prosigue: "Alabó el señor al mayordomo infiel, porque lo hizo prudentemente". No debemos, sin embargo, imitarlo en todo, porque no debemos defraudar a nuestro señor para dar limosnas de lo que le quitemos.
Orígenes. Pero como los gentiles dicen que la prudencia es una virtud y la definen como el conocimiento de lo bueno, de lo malo y de lo indiferente, o el conocimiento de lo que se debe hacer o dejar de hacer, es preciso considerar si esta definición significa muchas cosas o una sola. Se dice, pues, que Dios dispuso los cielos con prudencia. Entonces es cierto que es buena la prudencia, porque con ella dispuso el Señor los cielos. Se dice también en el libro del Génesis ( Gén 3,1) según los Setenta, que la serpiente era prudentísima, y no se llama virtud a esta prudencia, sino astucia que se inclina a obrar mal. En este sentido, pues, se dice que el amo alabó al mayordomo porque obró con prudencia, esto es, con astucia y ligereza. Y acaso se usó por error la palabra alabó y no en su verdadera significación; como cuando decimos que alguno se deja llevar por cosas mediocres e indiferentes y que deben admirarse las disputas y agudezas en que brilla el vigor del ingenio.
San Agustín, ut sup. Estas parábolas se llaman contradictorias para que comprendamos que si pudo ser alabado por su amo aquél que defraudó sus bienes, deben agradar a Dios mucho más los que hacen aquellas obras según sus preceptos.
Orígenes. Los hijos de este siglo se dice que no son más sabios, pero sí más prudentes que los hijos de la luz esto no en sentido absoluto ni sencillamente, sino en su generación. Sigue pues: "Porque los hijos de este siglo son más prudentes en su generación".
Beda. Se llaman hijos de la luz e hijos de este siglo, como hijos del reino e hijos de la perdición, porque cada uno se llama hijo de aquél cuyas obras hace.
Teofilacto. Llama hijos de este siglo a los que piensan en adquirir las comodidades de la tierra, e hijos de la luz a los que obran espiritualmente, mirando sólo al amor divino. Sucede, pues, que en la administración de las cosas humanas disponemos con prudencia de nuestros bienes y andamos solícitos en alto grado para tener un refugio en nuestra vida si llega a faltarnos la administración, pero cuando debemos tratar las cosas divinas, no meditamos lo que para la vida futura nos conviene.
San Gregorio, Moralium 18,11 super Iob 27,19. Para que los hombres encuentren algo en su mano después de la muerte, deben poner antes de ella sus riquezas en manos de los pobres. Prosigue: "Y yo os digo que os ganéis amigos de la mammona de la iniquidad", etc.
San Agustín, De verb. Dom. serm. 35. Llaman mammona los hebreos, a lo que los latinos llaman riquezas. Como si dijese: "Haceos amigos de las riquezas de la iniquidad". Interpretando mal estas palabras, roban algunos roban lo ajeno y de ello dan algo a los pobres y creen que con esto obran según está mandado. Esta interpretación debe corregirse. Dad limosna de lo que ganáis con vuestro propio trabajo. No podréis engañar al juez, que es Jesucristo. Si de lo que has robado al indigente das algo al juez para que sentencie a tu favor, es tanta la fuerza de la justicia, que, si lo hace así el juez, te desagradará a ti mismo. No quieras figurarte a Dios así, porque es fuente de justicia. Por tanto, no des limosna del logro y de la usura. Me dirijo a los fieles, a quienes distribuimos el cuerpo de Jesucristo. Pero si tales riquezas tenéis, lo que tenéis es malo. No queráis obrar más de este modo. Zaqueo dijo ( Lc 19,8): "Yo doy la mitad de mis bienes a los pobres". He aquí cómo obra el que se propone hacerse amigos con la riqueza de la iniquidad y para no ser considerado como reo, dice: "Si he quitado algo a otro, le daré el cuádruple". También puede entenderse así: Riquezas de la iniquidad son todas las de este mundo, procedan de donde quiera. Por esto, si quieres la verdadera riqueza, busca aquella en que Job abundaba cuando, a la vez que estaba desnudo, tenía su corazón lleno de Dios. Se llaman riquezas de iniquidad las de este mundo porque no son verdaderas, estando llenas de pobreza y siempre expuestas a perderse, pues si fuesen verdaderas te ofrecerían seguridad.
San Agustín, De quaest. Evang. 2,34. También se llaman riquezas de iniquidad, porque no son más que de los inicuos y de los que ponen en ellas la esperanza y toda su felicidad. Mas cuando son poseídas por los justos, son ciertamente las mismas, pero para ellos no son riquezas más que las celestiales y espirituales.
San Ambrosio. Llama inicuas las riquezas, porque sus atractivos tientan nuestros afectos por la avaricia, para que nos hagamos esclavos suyos.
San Basilio. Si heredases un patrimonio, recibirás lo acumulado por los injustos, porque entre tus antepasados necesariamente debe encontrarse alguno que las haya adquirido por usurpación. Supongamos que ni aun vuestro padre lo haya robado, ¿de dónde tienes el dinero? Si dices de mí, desconoces a Dios no teniendo noticia del Creador. Si dices que de Dios, dinos la razón por qué las has recibido. Por ventura ¿no es de Dios la tierra y cuanto en ella se contiene? ( Sal 23,1). Luego si lo que nosotros tenemos pertenece al Señor de todos, todo ello pertenecerá también a nuestros prójimos.
Teofilacto. Se llaman riquezas de la iniquidad, todas las que el Señor nos ha concedido para satisfacer las necesidades de nuestros hermanos y semejantes pero que reservamos para nosotros. Debíamos, por tanto, entregarlas a los pobres desde el principio. Pero, como en verdad fuimos administradores de iniquidad, reteniendo inicuamente todo aquello que se nos ha concedido para la necesidad de los demás, no debemos continuar de ningún modo en esta crueldad, sino dar a los pobres para que seamos recibidos de ellos en los tabernáculos celestiales. Prosigue, pues: "Para que cuando falleciereis os reciban en las eternas moradas".
San Gregorio, Moralium 21,24. Si adquirimos las eternas moradas por nuestra amistad con los pobres, debemos pensar, cuando les damos nuestras limosnas, que más bien las ponemos en manos de nuestros defensores que en las de los necesitados.
San Agustín, De verb. Dom. serm. 35. ¿Y quiénes son los que serán recibidos por ellos en las mansiones eternas, sino aquellos que los socorren en su necesidad y les suministran con alegría lo que les es necesario? Estos son los menores de Cristo, que todo lo han dejado por seguirlo y todo lo que han tenido lo han distribuido entre los pobres, para poder servir a Dios desembarazados de los cuidados de la tierra y, libres del peso de los negocios mundanos, levantarse como en alas hacia el cielo.
San Agustín, De quaest. Evang. 2,34. No debemos entender que aquellos por quienes queremos ser recibidos en los eternos tabernáculos, son deudores de Dios, puesto que son los santos y los justos a quienes se alude en este lugar y que serán los que introduzcan a aquellos de quienes recibieron en la tierra remedio para sus necesidades.
San Ambrosio. Haceos amigos de la riqueza de la iniquidad, con el fin de que, dando a los pobres, podamos conseguir la gracia de los ángeles y de los demás santos.
Crisóstomo, hom. 33 ad pop. Antioch. Obsérvese que no dijo: para que os reciban en sus mansiones, porque no son ellos mismos los que admiten. Por esto cuando dice: "haceos amigos", añade "con las riquezas de la iniquidad", para manifestar que no nos bastará su amistad si las buenas obras no nos acompañan y si no damos en justicia salida a las riquezas amontonadas injustamente. El arte de las artes es, pues, la limosna bien ejercida. No fabrica para nosotros casas de tierra, sino que nos procura una vida eterna. Todas las artes necesitan unas de otras, pero cuando conviene hacer obras de misericordia, no es necesario otro auxilio que la sola obra de la voluntad.
San Cirilo. Así, enseñaba Jesucristo a los ricos que estimasen sobre todo la amistad de los pobres, y que atesorasen en el cielo. Conocía también la pereza de la humanidad, que es causa de que los que ambicionan riquezas no hagan ninguna obra de caridad con los pobres. Manifiesta, por tanto, con ejemplos claros, que éstos no obtendrán ningún fruto de los dones espirituales, añadiendo: "El que es fiel en lo menor, también lo es en lo mayor; y el que es injusto en lo poco, también lo es en lo mucho". En seguida nos abre el Señor los ojos del corazón aclarando lo que había dicho antes, diciendo: "Pues si en las riquezas injustas no fuisteis fieles, ¿quién os confiará lo que es verdadero?". Lo menor son, pues, las riquezas de iniquidad, esto es, las riquezas de la tierra, que nada son para los que se fijan en las del cielo. Creo, por tanto, que es fiel alguno en lo poco cuando hace partícipes de su riqueza a los oprimidos por la miseria. Además, si en lo pequeño no somos fieles, ¿por qué medio alcanzaremos lo verdadero, esto es, la abundancia de las mercedes divinas, que imprime en el alma humana una semejanza con la divinidad? Que sea éste el sentido de las palabras del Señor, se conoce claramente por lo que sigue: "Y si no fuisteis fieles en lo ajeno, lo que es vuestro, ¿quién os lo dará?", etc.
San Ambrosio. Son para nosotros ajenas las riquezas, porque están fuera de nuestra naturaleza y no nacen y mueren con nosotros. Jesucristo es nuestro porque es la vida de los hombres y vino a lo que es suyo.
Teofilacto. Así, pues, nos enseñó hasta aquí con cuánta caridad debemos distribuir las riquezas. Pero como la distribución de ellas no puede verificarse, según Dios, más que por la impasibilidad del alma, desprendida de ellas, añade: "Ningún siervo puede servir a dos señores".
San Ambrosio. No porque haya dos señores, siendo uno el Señor, pues aun cuando hay quien se esclaviza por las riquezas, sin embargo no da a éstas derecho ninguno de dominio, siendo él mismo el que se impone el yugo de la esclavitud. El Señor es uno sólo, porque sólo hay un Dios en lo que se manifiesta que el Padre y el Hijo tienen el mismo poder. Y explica la razón de ello cuando añade: "Porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o al uno se llegará y al otro despreciará".
San Agustín, De quaest. Evang. 2,36. No habla así casualmente o sin reflexión, porque a nadie a quien se le pregunte si ama al demonio contestará que lo ama, sino más bien que le aborrece, mientras que casi todos dicen que aman a Dios. Así, pues, o aborrecerá al uno (esto es, al diablo) y amará al otro (esto es, a Dios), o se unirá con uno (esto es, con el diablo, buscando sus recompensas temporales) y despreciará al otro, esto es, a Dios, como acostumbran a hacerlo aquellos que, lisonjeándose con que su bondad los deje impunes, no hacen consideración de sus amenazas por satisfacer sus pasiones.
San Cirilo. Da fin a este discurso con lo que sigue: "No podéis servir a Dios y a las riquezas". Renunciemos, pues, a las riquezas y consagrémonos a Dios con todo celo.
Beda. Oiga esto el avaro y vea que no puede servir a la vez a Jesucristo y a las riquezas. Sin embargo, no dijo: quien tiene riquezas, sino el que sirve a las riquezas, porque el que está esclavizado por ellas las guarda como su siervo, y el que sacude el yugo de esta esclavitud, las distribuye como señor. Pero el que sirve a las riquezas sirve también a aquel que por su perversidad es llamado con razón dueño de las cosas terrenas y el príncipe de este siglo ( Jn 12; 2Cor 4).
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena