viernes, 24 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

martes, 12 de julio de 2039

San Juan Gualberto, Abad

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Juan Gualberto, fundador del Orden de Valle-Umbrosa. Nació en Florencia, ciudad de Italia, de familia ilustre por su antigua y calificada nobleza. Criáronle sus padres en la religión cristiana; pero no con el mayor cuidado de que fuesen muy cristianas sus costumbres. Embebido enteramente su padre en el espíritu del mundo, se llenó de complacencia cuando descubrió en su hijo inclinaciones marciales y mundanas, y puso su mayor atención en fomentárselas. Las continuas lecciones que le daba se reducían á que no sufriese jamás que le perdiesen el respeto, ni mucho menos que le ultrajasen; y que si tenía honra, debía prontamente lavar la injuria en la sangre de sus enemigos. La doctrina no podía ser más contraria á la de Jesucristo; pero se acomodaba mucho al genio de Gualberto, naturalmente feroz y soberbio, con que se le imprimió altamente en el corazón. Hízose muy delicado en lo que se llama pundonor, siendo la venganza su pasión dominante.

Irritóla más una querella que ocurrió en la familia. Cierto pariente suyo fué muerto por un caballero del país; juró la muerte del asesino el padre de Gualberto, y como tenía tan conocido el genio fogoso de su hijo, inclinado naturalmente á la venganza, le incitó á perseguir al enemigo hasta vengar la muerte de su primo con la sangre de aquel caballero. Hallóle tan dócil al bárbaro consejo, que ningún hijo fué más obediente. Como el precepto se acomodaba tanto á su pasión, ansiaba porque fuese ejecutiva la obediencia, ardiendo en vivos deseos de satisfacer cuanto antes á su padre y á su venganza.

Tardó poco en presentársele la ocasión; porque volviendo un día del campo, permitió Dios que improvisamente se encontrase con su enemigo en un paraje tan estrecho, que no era posible ni á uno ni á otro retirarse. Arrebatado Juan de cólera, echó prontamente mano á la espada, y diciendo al enemigo que allí mismo había de expiar con su traidora sangre la muerte de su pariente, iba ya á pasarle de parte á parte cuando el caballero, que se hallaba desarmado, saltó ligeramente en tierra, hincóse de rodillas á los pies de Juan, y con las manos cruzadas le habló de esta manera: Pídote que me perdones, y que me dejes la vida por amor de nuestro Señor Jesucristo, que murió por ti y por mí en una cruz un viernes como hoy.

La postura del suplicante, la circunstancia del día y el nombre de Jesucristo helaron la cólera de Juan; paróse un poco, y ofreciéndosele vivamente á la consideración que el Salvador del mundo estando en la cruz perdonó á sus enemigos, é intercedió por ellos á su Eterno Padre, volvió la espada á la vaina, alargó la mano al caballero, levantóle y le dijo: Nada puedo negar al nombre de mi Señor Jesucristo. Concédote la vida y mi amistad; ruega al mismo Señor que me perdone; y abrazándose estrechamente los dos, se separaron.

A una acción tan cristiana como generosa se siguió inmediatamente cierto movimiento de devoción en el alma; y encontrando á pocos pasos el monasterio de San Miniato, entró en la iglesia; arrodillóse delante de un devoto crucifijo, y cuando pedía á Dios, deshecho en lágrimas, que tuviese misericordia de él, vió que el crucifijo le inclinaba la cabeza, para significarle con aquella sensible demostración lo grata que le había sido la acción que acababa de ejecutar. Quedó atónito nuestro Juan en vista de tan señalado favor, cuya memoria se conserva hasta el día de hoy en el mismo crucifijo, que venera tiernamente la devoción en la iglesia de San Miniato; y acabando la gracia de perfeccionar su conquista, le inspiró un deseo tan ardiente de amar á su Dios, que resolvió no servir en adelante á otro dueño.

Acabó su oración, montó á caballo, y tomó el camino de Florencia; pero, solicitado poderosamente por la gracia, mandó á los criados que se fuesen directamente á casa, y él se volvió al monasterio; buscó al abad, y arrojándose á sus pies, le pidió el hábito de monje. Sorprendió al abad tan inesperada vocación; y como le conocía muy bien, no quería recibirle; pero Juan rogó é instó tanto, que, después de haberle representado el abad la vida tan austera y penitente de la religión, le permitió que se quedase dentro del monasterio.

Aun no bien había entrado, cuando llegó también su padre, informado ya de su intento: pide con ferocidad que le entreguen luego á su hijo; y arrojando centellas por los ojos, y espuma por la boca, jura que si no se le entregan al punto pondrá fuego al convento. Atemorizaron sus amenazas á todos los monjes, pero no á nuestro santo, el cual, viendo que ninguno se atrevía á darle el hábito, arrebata uno que encuentra de un monje, baja al coro, pónele sobre el altar, él mismo se corta el cabello, y en presencia de todos los religiosos se echa á cuestas la cogulla. Admiraron con lágrimas todos los concurrentes tan generosa resolución, y hasta la obstinación de su padre se dió por vencida en vista de una vocación tan señalada. Deshaciéndose en llanto, le echó los brazos al cuello, exhortándole á la perseverancia, y á sostener con su fervor el empeño de un paso tan generoso.

No se desmintió nuestro novicio; correspondió perfectamente su fervor á su resolución, y en poco tiempo pudieron satisfacer los rigores de su penitencia por los desórdenes de su juventud. Era la vida de los monjes de San Miniato copia fiel de los primitivos monjes de San Benito; florecía la santa regla en todo su vigor, y en breves días fué nuestro Juan un acabado modelo de ella. Luego que vistió la cogulla se mostró el más humilde, el más obediente, el más puntual y el más devoto de todos. No se contentaba con reputarse por el último de los monjes; quería que todos le reputasen y le tratasen como á tal. Su penitencia espantaba á los más mortificados; pero su caridad, su dulzura y su igualdad de ánimo hacían amable su penitencia. En fin, se adelantó tanto en el camino de la perfección, que desde los primeros años de su profesión fué la admiración de los más perfectos.

Así vivía nuestro Gualberto en su amada soledad, cuando la muerte del abad interrumpió su quietud. Nada hubo que deliberar en la elección; por más que se excusó, por más que se opuso, por más que protestó, fué nombrado por unánime consentimiento. Como era tan de corazón su resistencia, no por eso cedió, antes perseveró constantemente en renunciar el empleo, considerándose indigno de ejercerle. Esto dió ocasión á que se apoderase de él otro monje, que no era tan escrupuloso ni tan delicado de conciencia; pero fueron tantas las inquietudes y las turbulencias que excitó en la casa, que al fin se halló precisado Gualberto á mudar de monasterio.

Acompañado de algunos monjes más fervorosos se retiró al principio á la Camáldula, lugar á la sazón muy famoso por la multitud de los santos anacoretas que vivían en él bajo la regla de San Romualdo. Allí hubiera fijado su destino, y todos deseaban mucho que lo hiciese; pero se sentía más movido á la vida cenobítica, que á la solitaria; y así se encaminó á otro retiro, llamado Valle-Umbrosa, por ser un valle muy sombrío, todo cubierto de álamos, á media jornada de Florencia, donde encontró dos solitarios, á los cuales se juntó con sus compañeros.

Extendióse en poco tiempo su reputación por aquellos contornos; concurrían de todas partes á ver al siervo de Dios, y en pocos días se vió maestro de muchos discípulos, á los cuales hacía observar con todo rigor la regla de San Benito, yendo él delante con el ejemplo. Logró de la abadesa de San Hilario que les hiciese donación del sitio que ocupaban, y edificó en él un monasterio de tierra y de madera, cuya iglesia ó capilla fué á consagrar el obispo de Paderborn, que había seguido al emperador Enrique III en su viaje á Italia. Tal fué el origen de aquella ilustre congregación, que aprobó el papa Alejandro II el año de 1070; y extendida por toda Italia, en muy poco tiempo ilustró á la Iglesia de Dios con el esplendor de sus raras virtudes, y la edifica el día de hoy con sus grandes ejemplos.

Crecía entre tanto la nueva comunidad, aumentándose cada día el número de sus individuos, y era menester nombrar cabeza que la gobernase. Conspiraron todos los votos en favor de San Gualberto, que no solo se negó con tesón, sino que por algún tiempo estuvo dudoso si se retiraría; pero temiendo que se deshiciese aquella congregación que él mismo había fundado, y que consideraba como obra del Señor, se sujetó al sacrificio, y aceptando el empleo, al cabo de pocos días el monasterio de Valle-Umbrosa fué un verdadero retrato del monasterio de Monte Casino. Desde luego floreció en él con todo rigor el primitivo espíritu de la religión de San Benito; retiro, silencio, desasimiento de todo lo terreno, oración casi continua, vigilias, ayunos, abstinencias, penitencias corporales, todo predicaba y todo edificaba en aquellos nuevos monjes, y era el abad como el alma de aquellos grandes ejemplos. Nada mandaba á los demás que no lo hubiese ejecutado él primero; y se solía decir que para distinguir al abad entre los otros monjes no era menester más que observar quién era el más mortificado y el más humilde entre todos ellos. A esta única distinción y preeminencia aspiraba Gualberto.

El prodigioso número de discípulos que se le agregaron le obligó á pensar en la fundación de nuevos monasterios, á la cual solicitaban contribuir con piadosa competencia los potentados de Italia. Fundó el de San Salvi, el de Mosceta, el de Bazzuelo y el de Monte-Scalario; reformó algunos de los antiguos, introduciendo en ellos la observancia de Valle-Umbrosa, y antes de morir tuvo el consuelo de ver resucitado el primitivo espíritu de los monasterios de San Benito en diez ó doce de sus casas. Era austerísimo consigo mismo, pero dulcísimo y suavísimo con los demás: y esta misma suavidad y dulzura obligaba á los monjes á ser más mortificados.

Fuera de los religiosos de misa que guardaban estrecha clausura, recibía otros para legos, ó para hermanos conversos, esto es, para la clase de aquellos que convertidos á Dios servían diferentes oficios de la casa sin recibir nunca los sagrados órdenes. Los tales se ocupaban en los ministerios exteriores y temporales, por lo que estaban dispensados de la clausura y del silencio; su hábito se distinguía en algo del de los otros monjes, y no se les obligaba á tanta austeridad; siendo este el primer ejemplar que se encuentra en la historia eclesiástica de religiosos legos diferentes de los destinados al coro.

Velaba continuamente sobre todo lo que podía fomentar ó disminuir el espíritu de la observancia. Fué á visitar el monasterio de Mosceta, y halló que el nuevo abad Rodolfo había hecho un edificio, cuya magnificencia desdecía de la simplicidad y modestia religiosa; desazonóse tanto, que dió al abad una severa reprensión, diciéndole que las sumas de dinero que había gastado en levantar aquel monumento de su vanidad estarían mejor empleadas en sustentar á muchos pobres. Suplicó fervorosamente á Dios que no permitiese se conservase en pié aquel edificio tan poco ajustado al espíritu de la regla; y apenas salió de él cuando un arroyuelo que corría cerca del monasterio creció tanto, que le inundó y le echó enteramente á tierra.

El amor y la caridad con los pobres igualaba al amor que profesaba él mismo á la santa pobreza. No quería que se negase la limosna á nadie; y al mismo tiempo que no admitía más de lo precisamente necesario para sus monasterios, repartía entre los pobres lo que estaba destinado para la comunidad. Más de una vez dejó vacías las paneras, y mandó matar los rebaños para socorrer las necesidades en tiempo de carestía.

Acompañaban á estas virtudes los más milagrosos dones sobrenaturales. Penetraba el interior de los corazones; temblaban los demonios al oír el nombre de Gualberto; solo con hacer oración el siervo de Dios, sanaban los enfermos más desahuciados. Un caballero amigo suyo le despachó un propio con la noticia de que se hallaba gravemente enfermo: Anda, hermano mío, dijo el santo al criado, vuélvete á casa, y encontrarás sano y bueno al que dejaste moribundo. Así sucedió.

Por su grande santidad se hizo venerar hasta de los sumos pontífices. León IX hizo expresamente un viaje á Pasignano solo por verle, y quiso que comiese con él. Esteban IX le envió á llamar, no obstante de hallarse el santo enfermo á la sazón. Alejandro II le profesó singular veneración, y decía públicamente que la Iglesia debía á Gualberto la casi total extinción de la simonía en todo aquel país. Efectivamente hizo el santo abad continua y vigorosa guerra á este vicio; persiguióle su zelo sin darle cuartel ni treguas, y más de una vez le autorizó el cielo con estupendas maravillas. Valióse Pedro de Pavía de cuantas violencias pudo contra el santo y contra sus monjes para intimidarlos y para perderlos; pero fué en vano: Gualberto le convenció de simonía y de herejía, ofreciéndose uno de sus monjes á la prueba del fuego para justificar la acusación. Admitiósele, y se paseó muy despacio sin recibir lesión alguna por una dilatada hoguera á la vista de toda la ciudad de Florencia.

No sobrevivió el siervo de Dios mucho tiempo á este milagroso suceso. Consumido al rigor de las penitencias y de sus apostólicas fatigas, cayó enfermo en Pasignano. Conociendo que se acercaba su fin, mandó llamar á todos los abades y superiores de la orden, y los exhortó á la caridad, á la exactitud, al fervor y á la puntual observancia de la regla. Recibió después los sacramentos de la Iglesia con tanta devoción y ternura, que arrancó lágrimas á todos los asistentes; y hecha en su presencia la profesión de la fe, rindió tranquilamente el espíritu en manos de su Criador el día 12 de julio del año 1073, á los 74 de su edad, y á los 22 después de haber establecido su reforma. Desde luego se hizo glorioso su sepulcro por los muchos milagros que obró Dios por su intercesión; lo que movió al papa Celestino II, precediendo las informaciones jurídicas de sus virtudes y milagros, á ponerle en el catálogo de los santos el año 1193.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.