miércoles, 29 de junio de 2039
Santos Pedro y Pablo, Apóstoles
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Pedro, príncipe de los apóstoles, cabeza visible de la Iglesia de Jesucristo, columna inmoble de la fe, como habla el concilio Efesino, piedra y basa de la religión, como se explica el Calcedonense, vicario de Jesucristo en la tierra, cimiento, dice san Agustín, sobre que se fundó, y sobre que subsiste la santa Iglesia, se llamaba Simón antes de su vocación al apostolado. Fué de Bethsaida, pueblo pequeño de Galilea en la orilla del lago de Genesareth, hijo de Jonás ó Juan, de condición muy oscura, pescador de profesión, pero hombre de mucha bondad. No se sabe de cierto el año de su nacimiento; solo es muy verisímil que era de más edad que el Salvador. Habiéndose casado en Cafarnaum, puerto entonces el más célebre de aquel gran lago, llamado en todo el país el mar de Tiberiades, hacía en él su residencia en compañía de su hermano Andrés. Era este discípulo del Bautista, y habiendo visto á Jesús, de quien había oído decir á su maestro que era el verdadero Mesías, dió esta noticia á su hermano Simón, diciéndole: Vi al Mesías, y le hablé. Simón, que era de natural vivo y ardiente, y que lleno de religión suspiraba por la venida del Mesías, no dejó sosegar á su hermano hasta que le llevó á ver al Salvador.
El día siguiente fueron juntos á buscarle, y apenas descubrió á nuestro santo el Hijo de Dios, cuando le dijo con una particular bondad, que manifestaba bien no sé qué especial amor: Simón, hijo de Jonás, así te has llamado hasta ahora; pero en adelante quiero que te llames Cephas, que quiere decir Pedro. Quedáronse los dos hermanos con el Salvador todo aquel día, y desde el mismo se declaró Pedro por uno de sus más fervorosos discípulos. Vuelto á su casa, ganó para Jesucristo á toda su familia, y aunque proseguía en su ordinario ejercicio de pescar, se pasaban pocos días sin que viese al Salvador, y se tiene por cierto que se halló presente en las bodas de Caná, cuando el Señor hizo el primer milagro.
Pero aún no había dejado ni su oficio ni su casa, hasta que, volviendo Cristo de Jerusalén, le encontró con su hermano Andrés á la orilla del lago levantando sus redes. Entró el Señor en el barco y dijo á Pedro que le llevase mar adentro á cierto sitio más profundo, que allí echarían un buen lance. Maestro, le respondió el santo, toda la noche hemos afanado inútilmente, sin haber cogido una escama; pero, pues vos lo mandáis, voy á echar la red en vuestro nombre. Fué extraordinaria la pesca; y atónito san Pedro, se arrojó á los piés del Salvador, diciéndole: Señor, soy un gran pecador, y no soy digno de parecer en vuestra presencia. Levantóle el Señor y le dijo: Ten confianza, y sígueme: quiero que, sin dejar el oficio, le mejores; de aquí adelante serás pescador de hombres. Hizo tanto efecto en el espíritu y en el corazón de nuestro santo la gracia de la vocación embebida en aquellas palabras, que en el mismo punto lo dejó todo; y dándole permiso su mujer, que ya era una gran sierva de Jesucristo, mereciendo en adelante la corona del martirio, jamás se apartó ya Pedro del Salvador.
En todas ocasiones se hizo distinguir el amor y la ternura que le profesaba. Atravesaba una noche el lago en compañía de los demás discípulos, y viendo que Cristo venía caminando á ellos sobre las aguas, impaciente Pedro por arrojarse cuanto antes á sus piés, le dijo: Señor, mandadme que yo vaya también á vos sobre las olas, antes que entréis en el barco. Ven, le respondió el Salvador. Obedeció Pedro, salió al mar con intrepidez; refrescóse un poco el viento; y como vió que se iba hundiendo, tuvo miedo y exclamó: Señor, salvadme. Cogióle el Salvador por la mano y le reprendió blandamente, diciéndole: Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste? Pero en medio de eso iba creciendo su fe al paso de su amor.
Explicó el Salvador en Cafarnaum á sus discípulos el misterio de la Eucaristía; hízoseles duro á muchos de ellos, entraron en desconfianza de su doctrina, y se retiraron. Vuelto entonces el Señor á los doce que había escogido para apóstoles suyos, les dijo con entereza: Y vosotros ¿queréis también marchar? Tomó Pedro la voz, y respondió á nombre de todos: Señor, ¿adónde ni á quién iremos? Solas vuestras palabras nos enseñan el camino de la vida eterna, y estamos bien persuadidos á que sois el verdadero Mesías.
No fué esta la única pública confesión que hizo Pedro de su fe. Preguntó Jesús á sus discípulos qué se decía de él en Judea, y en qué reputación le tenía aquella gente. Respondiéronle que unos le tenían por Juan Bautista resucitado, otros por Elías, otros por Jeremías, ó, en fin, por alguno de los profetas. Y bien, les replicó el Salvador, ¿á vosotros quién os parece que soy? Volvió Pedro á tomar la voz de todos, y con su genial viveza y acostumbrado fervor respondió: Tú, Señor, eres Cristo, hijo de Dios vivo. Y tú, Simón, hijo de Jonás, replicó el Salvador, eres bienaventurado, porque esa importante verdad no te la reveló la carne ni la sangre: tan sublime conocimiento ni es ni puede ser efecto de la razón natural. Mi Padre celestial te iluminó para que supieses quién era yo; y ahora voy yo á enseñarte á ti lo que eres tú desde este punto. Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia; á mi sombra serás su cimiento y su basa, no menos que su defensa. En vano se armará todo el infierno contra ella: podrá combatirla con herejías, perseguirla con tiranos y aun oprimirla en algunas de sus partes; pero el todo del edificio, cuya basa te constituyo desde ahora, jamás bamboleará. Todas las sectas que se levantarán en la serie de los siglos se fundarán sobre arena, porque no tendrán por fundamento á esta piedra. Entregaréte las llaves del reino de los cielos; á aquellos á quienes tú abrieres las puertas, se les franquearán, y se cerrarán á los que tú se las cerrares; porque la justicia del cielo confirmará las sentencias que tú pronunciares en la tierra. Serás en ella mi vicario, y cuanto dispusieres en mi nombre será ratificado por mí.
Convienen todos los padres en que desde este punto quedó Pedro constituido príncipe de los apóstoles, piedra fundamental de la religión y cabeza visible de la Iglesia. Crecía con la fe el amor que profesaba á Jesucristo. Cierto día en que el Hijo de Dios declaró á los apóstoles cómo le era indispensable pasar á Jerusalén, y padecer en aquella ciudad las mayores ignominias, y sufrir muerte afrentosa, horrorizado nuestro santo al oír esto, exclamó sin libertad: ¿Qué decís, Señor? No quiera Dios que tal suceda, ni que nosotros lo permitamos; prontos estamos á defenderos, aunque sea á costa de nuestras vidas. Reprendióle el Salvador con severidad, diciéndole: Apártate de mí, y no te pongas en mi presencia si has de hablar de esa suerte; haces el oficio de Satanás, sin entenderlo, pues pretendes estorbar la obra de la redención.
Bien sabía Jesucristo el amoroso principio de donde nacía este indiscreto zelo, y así cinco días después le escogió para testigo de su gloriosa transfiguración en el Tabor, donde, deslumbrado el apóstol con el resplandor de la gloria que arrojaba el semblante del Salvador, exclamó entre extático y gozoso: ¡Bello sitio es este! Aquí sí que debíamos estar. En todas ocasiones distinguía Cristo á nuestro santo con algún especial favor. Dispuso que fuese él quien hallase dentro de un pez una pieza de cuatro dracmas para pagar al César el tributo en nombre de los dos; y cuando se acercaba el tiempo de su pasión, despachó á Pedro y á Juan para que previniesen el cenáculo donde había de celebrar la Pascua.
Concluida la cena, queriendo el divino Salvador lavar los pies á sus apóstoles, comenzó por san Pedro; pero lleno de confusión cuando vió á sus pies á su soberano Maestro, los retiró prontamente, protestando que jamás lo consentiría; pero amenazándole el Salvador con que no le reconocería por suyo si no se dejaba lavar, atemorizado Pedro con tan terrible amenaza, exclamó fervoroso: ¿Qué decís, Señor? No solo los pies; las manos y la cabeza me dejaré lavar de vos antes que desagradaros. Contento el celestial Maestro con esta disposición, le dijo que el demonio haría todos sus esfuerzos para derribarle; pero que él había hecho oración á su Eterno Padre, á fin de que jamás desfalleciese su fe, la cual, aunque alguna vez llegase á titubear con la tentación, presto volvería á fortalecerse más que nunca, y le sobrarían fuerzas para alentar y para fortificar á sus hermanos.
Ningún discípulo profesó jamás amor más encendido á su Maestro. Este abrasado amor le hizo prorrumpir en aquella arrogante expresión, de que por lo menos él nunca abandonaría á su Maestro, aunque le abandonasen todos los demás, no obstante la profecía contraria que acababa de oír. Tardó poco en dar pruebas de su zelo cuando, al ver que en el huerto de las Olivas los soldados echaban mano de su Maestro, él la echó de su espada, descargó un golpe á Malco, y le derribó al suelo una oreja; bien que el Salvador le reprendió la acción, y curó milagrosamente al herido.
Preso el Pastor, se esparcieron las ovejas. Solo Pedro, en compañía de Juan, tuvo valor para seguir á Cristo hasta la casa de Caifás; pero reconocido y sindicado por uno de sus discípulos, cayó en la flaqueza de negar por tres veces que conociese á tal hombre. Acordóle su miseria el canto del gallo, como se lo había pronosticado el mismo Salvador. Fué inexplicable su arrepentimiento y su dolor; retiróse deshecho en lágrimas, y pasó tres días continuos en amargo llanto, sin atreverse á parecer delante de nadie.
Reparó su caída con dolorosa contrición; por lo que ni el discípulo perdió nada del ardiente amor que profesaba á su amado Maestro, ni el Maestro disminuyó un punto la ternura con que miraba á su querido discípulo; y así apenas resucitó cuando se apareció en particular á san Pedro. Esta particular ternura nunca más la manifestó que en las tres preguntas que le hizo junto al mar de Tiberiades, pocos días antes de su gloriosa Ascensión á los cielos, preguntándole por tres veces á vista de los demás apóstoles si le amaba más que todos. Escarmentado Pedro con las caídas antecedentes, respondió sencillamente que, pues el mismo Señor conocía bien todas las cosas, ya sabía la pasión con que le amaba. Apacienta mis corderos, le replicó el Salvador, apacienta mis ovejas; con cuyas palabras, dice san Agustín, confirmó á Pedro la primacía que le había conferido, encargándole el cuidado de todo su rebaño.
El primer uso de su dignidad que hizo san Pedro fué proponer á los apóstoles la elección que se debía hacer de algún sujeto para llenar el hueco de Judas. Luego que el Espíritu Santo bajó sobre los apóstoles el día de Pentecostés, Pedro, como cabeza de la Iglesia, predicó un sermón tan enérgico, tan elocuente y tan eficaz á la muchedumbre que concurrió á las puertas del cenáculo, que tres mil personas recibieron el bautismo. Entró después en el templo acompañado de san Juan, y encontrando á la puerta un pobre de cuarenta años, tullido desde su nacimiento, le mandó en nombre de Jesucristo que se levantase; hízolo al punto el tullido, y fué saltando de gozo por toda la ciudad, publicando á gritos la maravilla. A la fama de ella concurrió todo el pueblo á rodear á los apóstoles, y aprovechando Pedro tan bella ocasión, habló de Jesucristo con tanta elocuencia, con tanto espíritu y con tanta moción, que en el mismo día convirtió otras cinco mil personas.
Como estos prodigios hacían tanto ruido, no era fácil que durase mucho la paz de la recién nacida Iglesia. Fueron presos los dos apóstoles; y preguntados en nombre de quién habían hecho el milagro del tullido, respondió intrépidamente san Pedro que en nombre del mismo Jesucristo, á quien ellos habían crucificado. Prohibióseles que no hablasen más del tal Cristo, ni de su doctrina; á lo que respondió Pedro con una resolución que los dejó atónitos: Considerad, señores, si será justo obedeceros á vosotros antes que á Dios, el cual nos manda publicar la resurrección del Salvador, de que nosotros mismos fuimos testigos.
Crecía cada día el número de los fieles, y cada día se mostraba Pedro más poderoso en obras y en palabras. El que dos días ha era un pobre pescador idiota, rústico y grosero, hablaba ya como un gran doctor de la ley. Todas sus palabras eran oráculos; multiplicábanse en sus manos las maravillas; ponían los enfermos en las calles y en las plazas públicas, para que, al pasar Pedro, les alcanzase á lo menos su sombra, y al punto sanaban todos. Tantos prodigios necesariamente habían de poner en cuidado á los magistrados: mandáronle prender, azotáronle cruelmente, y Pedro no cabía de gozo viéndose digno de padecer estas afrentas por amor de Jesucristo.
Con ocasión de la horrible persecución que se siguió á la muerte del protomártir san Esteban, salieron los discípulos de san Pedro á predicar el Evangelio fuera de los términos de Judea. Convertidos ya los de Samaria, pasó el apóstol á aquella provincia juntamente con san Juan, para comunicar á los fieles el Espíritu Santo, administrándoles el sacramento de la confirmación. Al volver de Samaria, entró en la ciudad de Lida, y viendo á un paralítico, llamado Eneas, tendido en su cama, donde había ocho años que estaba postrado, le dijo: Eneas, el Señor Jesucristo te salva; levántate, y lleva á cuestas tu cama. Levantóse al punto Eneas, publicó el milagro juntamente con su autor, y recibió el bautismo toda la ciudad.
Repetíanse á cada paso los prodigios, y á cada paso se añadían nuevas conquistas á Jesucristo. Murió en Joppé una virtuosa viuda, llamada Tabithes; llegó san Pedro á esta ciudad dos días después de su muerte; hace oración junto al cadáver á vista de casi todo el pueblo; manda á Tabithes que se levante en nombre de Jesucristo; abre los ojos Tabithes, levántase del ataúd, y pide el bautismo toda la ciudad de Joppé.
En esta ciudad tuvo Pedro aquella misteriosa visión en que Dios le manifestó que, habiendo muerto su Hijo generalmente para todos los hombres, ningún pueblo ni nación era excluida del beneficio de la redención. Estaba un día en oración hacia la hora del mediodía, y arrebatado de repente en éxtasis, vió rasgarse el cielo, y que bajaba de él una cosa en figura de un gran lienzo, suspendido en el aire por las cuatro puntas. Observó que todo el lienzo estaba cubierto de toda especie de animales y sabandijas, cuadrúpedos, reptiles y volátiles, y al mismo tiempo oyó la voz, que le dijo: Pedro, levántate; mata, y come. No permita Dios, replicó Pedro, que yo coma cosa profana ni inmunda; pero la misma voz le replicó: No llames inmundo ni profano lo que ya purificó el mismo Dios.
Volvió el apóstol del rapto, y aún no comprendía bien lo que significaba la visión, cuando entraron en su casa los criados de un oficial, llamado Cornelio, romano de nación, que mandaba un cuerpo de infantería de la legión Itálica, acuartelada en Cesárea; y por la comisión que traían conoció claramente el significado de la visión; conviene á saber, que también debía predicar la fe á los Gentiles, pues no se había hecho solo para los habitadores de Judea. Partió luego á Cesárea; encuentra á Cornelio, que le esperaba rodeado de gente; predícales á todos, instrúyelos, y aún no había acabado de hablar, cuando bajó sobre todos el Espíritu Santo visiblemente, en forma de un brillante resplandor. Siguióse el bautismo á la venida del Espíritu Santo, y vuelto Pedro á Jerusalén, contó á toda la Iglesia las misericordias del Señor, las que oídas por los fieles, todos glorificaron á Dios por haberse dignado de hacer participantes á los Gentiles, como á los Judíos, del don de la penitencia para la salvación.
A la vocación de los Gentiles se siguió muy de cerca el repartimiento que hizo el Espíritu Santo de los apóstoles, para que fuesen á anunciar el Evangelio á todas las partes del universo. Tocóle á Pedro en aquella división anunciarle en la capital del mundo; y siendo Antioquía la capital del Oriente, dió principio por ella, fundando aquella iglesia, donde los discípulos se comenzaron á llamar cristianos hacia el año 43 de la Encarnación; pero san Pedro mantuvo pocos años su silla en aquella ciudad: triste presagio, que pudo ser, de que algún día faltaría en ella la fe, la que jamás había de faltar en Roma, donde el apóstol dió fin á su vida.
Después de haber corrido una gran parte del Asia, anunciando á Jesucristo á los Judíos esparcidos por el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bithinia, dió la vuelta á Jerusalén, donde se detuvo algún tiempo, y allí le buscó san Pablo, poco antes convertido, para instruirse, por decirlo así, en la religión, y aprovecharse de sus luces.
Renovóse con mayor furor en Jerusalén la persecución contra los fieles. Queriendo Herodes Agripa congraciarse con los Judíos, quitó la vida al apóstol Santiago; y persuadido á que daría el mayor gusto á toda la nación en hacer lo mismo con san Pedro, que era la cabeza de los demás, le mandó prender; pero como era el tiempo de la Pascua, en que á ningún delincuente se podía castigar, dió orden de que se le guardase estrechamente en la cárcel, nombrando á este fin diez y seis soldados que de cuatro en cuatro se fuesen remudando, sin perderle nunca de vista. Era su intento quitarle la vida en pasando la Pascua, y regalar al pueblo con un espectáculo tan de su gusto; pero oyó Dios las oraciones de toda la Iglesia, y confundió al tirano; porque la noche antes del día señalado á la ejecución, el ángel del Señor se apareció en la cárcel, despertó á Pedro, cayéronsele las dos cadenas de que estaba cargado, abriéronsele las puertas de par en par, condújole el ángel hasta el fin de la calle, y desapareció.
Fuese derecho san Pedro á casa de María, madre de Juan Marcos, donde se habían juntado muchos fieles y estaban en oración: llamó á la puerta, salió silenciosamente una doncellita, por nombre Rhoda, á saber quién llamaba; conoció al apóstol por la voz, y fué tanta su alegría, que, en lugar de abrirle, corrió apresurada á dar esta noticia á los de adentro: dijéronla que estaba loca; replicó ella: Vuelvo á decir que es él, y que por la voz le conocí. Mientras tanto proseguía Pedro llamando, abriéronle en fin, y ya se deja discurrir qué admiración, qué gozo sería el de todos cuando le vieron, y más cuando les contó por menor todo lo que había pasado, y el milagroso modo con que estaba fuera de la cárcel y se veía libre de sus cadenas.
Después de este suceso corrió segunda vez el apóstol casi toda la Judea y una parte del Asia para animar á los fieles con un santo fervor; y habiendo hecho todavía alguna mansión en Antioquía, pasó á Roma hacia el año 43, y fijó en ella su cátedra pontifical. Dispúsolo así la divina Providencia, dice san León, para que aquella ciudad, que era cabeza del mundo, fuese también como el centro de la religión y escuela de la verdad, después de haberlo sido del error, quedando constituida por maestra de todas las demás iglesias de la tierra.
Luego que llegó, triunfó de todo el infierno junto por la célebre victoria de Simón mago. Era este famoso impostor un grande estorbo á los progresos del Evangelio en la ciudad de Roma con sus embustes y prestigios. Prometió al pueblo que en cierto día se había de elevar hasta el cielo á vista de todos, en prueba de que era él mismo la virtud del Altísimo; hallóse Pedro presente al espectáculo, y con efecto comenzó Simón á elevarse por el aire, llevado y sostenido invisiblemente por los demonios, representándose á los ojos del inmenso concurso como si fuese arrebatado en una carroza de fuego, cuando Pedro se hincó de rodillas, y no bien dio principio á su oración, cuando los demonios, que representaban aquella comedia, abandonaron la carroza, y cayendo Simón en tierra desde bastante elevación, se rompió las piernas; y conducido á una casa inmediata, no pudiendo sobrevivir á su afrenta, se precipitó desde lo más alto y espiró en el mismo punto.
Desde Roma escribió san Pedro su primera epístola á los fieles de Oriente por los años de 49, y la data es de Babilonia, porque así llamaba á aquella capital, que todavía era pagana; no obstante hacía en ella la fe maravillosos progresos por los desvelos del apóstol y de sus discípulos. En la misma ciudad escribió san Marcos su evangelio, que aprobó san Pedro para satisfacer la devoción de los fieles que había en ella.
A los tres ó cuatro años de su residencia en Roma se publicó el decreto del emperador Claudio para que saliesen de la ciudad todos los Judíos. Partió Pedro á Jerusalén, donde presidió al concilio, en que se definió que la ley del Evangelio había abolido la de la circuncisión, cuyas decisiones llevaron á Antioquía san Pablo y san Bernabé. Concurrió también san Pedro en aquella ciudad, y no tuvo reparo en mezclarse con los Gentiles convertidos á la fe, comiendo con ellos, sin hacer diferencia de viandas; pero informado de que esto escandalizaba á los Judíos, se abstuvo de hacerlo por mera complacencia. No le pareció bien á san Pablo esta demasiada docilidad, y con santa libertad le representó que aquella condescendencia podía dar motivo á creer que todavía subsistía la obligación de observar la antigua ley. Rindióse san Pedro á la advertencia de san Pablo, y el que era príncipe de los apóstoles y cabeza de la Iglesia, dice san Agustín, no se prevaleció de su dignidad; cedió su autoridad á su modestia. No consideró, añade san Gregorio, que Pablo era inferior á él, y admitió sin desdén su reprensión: Ecce a minore suo reprehenditur, et reprehendi non dedignatur.
Restituido á Roma nuestro apóstol, se dedicó á cultivar la viña del Señor que había plantado, y que era ya el modelo de todas las iglesias, costándole este cultivo inmensos trabajos y fatigas. Pero no se encerraba dentro de los muros de Roma su pastoral solicitud, antes se dilataba á toda la universal Iglesia, á la cual escribió su segunda epístola, dirigida á todos los fieles en general. Afirman algunos santos padres que corrió todas las partes del mundo, despreciando los peligros y las persecuciones que le suscitaron los Judíos y los Gentiles. Dícese que desde Roma llevó el mismo Evangelio á varias provincias de Europa; y cuando no en persona, se tiene á lo menos por cierto que lo hizo por medio de sus discípulos en varios reinos del Occidente. Muchas iglesias de Italia, Francia, España, Inglaterra, África, Sicilia, y de las islas adyacentes, conservan los nombres de sus primeros obispos, persuadidas á que fueron discípulos de san Pedro.
Mientras Pedro trabajaba en Roma tan gloriosamente, llegó á ella san Pablo con recíproco gozo de los dos; disponiéndolo así la divina Providencia, para que las dos mayores lumbreras del mundo cristiano terminasen su carrera en la capital del universo, y la ilustrasen con su glorioso martirio. Los milagros que hacían en Roma uno y otro apóstol encendieron la más horrible de todas las persecuciones en el imperio de Nerón. Huyendo de la tempestad, salía un día el apóstol para retirarse de Roma, cuando á la puerta de la ciudad encontró al Salvador como que iba á entrar por ella. No le hizo novedad la visión, por estar acostumbrado á muchas semejantes; y así le preguntó sin extrañeza: Señor, ¿adónde vais? Voy á Roma, le respondió Jesucristo, á ser crucificado de nuevo. Comprendió muy bien el apóstol lo que le quería decir, y ocurriéndole entonces á la memoria lo que el Señor le había pronosticado antes y después de su resurrección, se volvió á entrar en la ciudad, y se dispuso para el martirio.
El mismo día fué arrestado y conducido á la cárcel de Mamertino al pié del Capitolio, donde estuvo nueve meses, juntamente con san Pablo, aumentando cada día nuevas conquistas á Jesucristo, porque fueron convertidos y bautizados por san Pedro dos de sus guardas, Proceso y Martiniano, con otras cuarenta y siete personas que estaban en la misma prisión.
En fin, después que nuestro apóstol empleó toda su vida en dar á conocer y en hacer amar á Jesucristo, después de haber contribuido con tan inmensos trabajos á fundar y establecer la iglesia en todo el universo, pero muy particularmente en la capital del mundo, vió finalmente acercarse el tiempo, tanto antes pronosticado por Jesucristo, en que otro le había de ceñir, y le había de conducir adonde naturalmente no querría. Sacáronle de la cárcel en compañía de san Pablo; y ambos, después de haber sido cruelmente azotados, fueron condenados á muerte, como cabezas de la religión cristiana. A san Pedro le llevaron de la otra parte del Tíber al barrio de los Judíos, en lo alto del Vaticano, llamado hoy Montorio ó Monte de oro. Queríanle crucificar en el modo regular; pero consiguió de los verdugos que lo hiciesen fijándole en la cruz cabeza abajo, porque dijo no merecía ser tratado como su divino Maestro.
Consumó su sacrificio el día 29 de junio hacia el año 68 de Jesucristo, habiendo gobernado la iglesia de Roma 24 años, cinco meses y once días. Fué sepultado en el Vaticano, y desde entonces fué su sepulcro, después del de Jesucristo, el más respetable, y el más respetado de todo el mundo cristiano; comenzando el culto de estos dos grandes apóstoles en la tierra casi al mismo tiempo que dió principio su eterna felicidad en el cielo.
Luego que el emperador Constantino dió la paz á la Iglesia, se vieron levantar suntuosísimos templos en todas partes á honra de los dos santos. El día 18 de noviembre celebra la Iglesia la dedicación de las dos famosas basílicas, fundadas en Roma en honor de los apóstoles san Pedro y san Pablo, cuya construcción se atribuye al gran Constantino, y la dedicación al papa san Silvestre. La de san Pedro, que es la del Vaticano, se reputa con razón por la mayor maravilla del arte que se registra en todo el mundo.
El célebre Pedro Canisio, de la Compañía de Jesús, llamado en estos últimos tiempos, no sin mucha razón, apóstol de Alemania, refiere ser tradición confirmada en los anales de las iglesias de Colonia y de Tréveris, que san Materno, enviado á Alemania por san Pedro para anunciar en ella el Evangelio de Jesucristo, luego que convirtió á la fe un gran número de pueblos, erigió una iglesia entre Molsheim y Strasburgo en honor del santo apóstol, que hasta el día de hoy se llama la casa de san Pedro. El mismo autor refiere que el evangelista san Marcos erigió en Alejandría una iglesia ó capilla en honor de san Pedro, de la que hace mención el papa san Anacleto. Añade más, citando á san Clemente, que un tal Teodosio, hombre rico y muy piadoso, cedió su propia casa para que se convirtiese en iglesia á honra de san Pedro viviendo aún el santo apóstol, y que colocó en ella su cátedra pontifical.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.