martes, 28 de junio de 2039
Vigilia de San Pedro y San Pablo
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (2 Tim. 3, 14-17; 4, 1-5)
Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Timótheum Caríssime: Pérmane in iis, quæ didicísti et crédita sunt tibi: sciens, a quo didíceris; et quia ab infántia sacras; lítteras nosti, quæ te possunt instrúere ad salútem, per fidem, quæ est in Christo Jesu. Omnis Scriptúra divínitus inspiráta útilis est ad docéndum, ad arguéndum, ad corripiéndum, ad erudiéndum in justítia: ut perféctus sit homo Dei, ad omne opus bonum instrúctus. Testíficor coram Deo, et Jesu Christo, qui judicatúrus est vivos et mórtuos, per advéntum ipsíus et regnum ejus: prǽdica verbum, insta opportúne, importúne: árgue, óbsecra, íncrepa in omni patiéntia et doctrína. Erit enim tempus, cum sanam doctrínam non sustinébunt, sed ad sua desidéria coacervábunt sibi magístros, pruriéntes áuribus, et a veritáte quidem audítum avértent, ad fábulas autem converténtur. Tu vero vígila, in ómnibus labóra, opus fac Evangelístæ, ministérium tuum imple.
Tú, amado hijo, manténte firme en lo que has aprendido y se te ha encomendado, considerando quién te lo enseñó, y también que desde la niñez aprendiste las sagradas letras, que te pueden instruir para la salvación, mediante la fe que cree en Jesucristo. Toda escritura inspirada de Dios es propia para enseñar, para convencer, para corregir a los pecadores, para dirigir a los buenos en la justicia o virtud, en fin, para que el hombre de Dios o el cristiano sea perfecto, y esté apercibido para toda obra buena. Te conjuro, pues, delante de Dios y de Jesucristo, que ha de juzgar vivos y muertos, al tiempo de su venida y de su reino, predica la palabra de Dios con toda fuerza y valentía, insiste con ocasión y sin ella, reprende, ruega, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo en que los hombres no podrán sufrir la sana doctrina, sino que, teniendo una comezón extremada de oír doctrinas que lisonjeen sus pasiones, recurrirán a un montón de doctores propios para satisfacer sus desordenados deseos, y cerrarán sus oídos a la verdad, y los aplicarán a las fábulas. Tú entretanto vigila en todas las cosas de tu ministerio, soporta las aflicciones, desempeña el oficio de evangelista, cumple todos los cargos de tu ministerio. Vive con templanza. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Homilía 8 + Homilía 9 sobre 2 Timoteo — San Juan Crisóstomo
Mas tú persevera en lo que has aprendido y se te ha confiado, sabiendo de quién lo has aprendido; y que desde la niñez conoces las Sagradas Letras, que pueden instruirte para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús.
¿Qué significa esto? Así como el profeta David exhortaba diciendo: «No tengas envidia de los que obran iniquidad», así Pablo exhorta: «Persevera en lo que has aprendido»; y no simplemente aprendido, sino de lo que se te ha dado certeza, esto es, lo que has creído. ¿Y qué he creído? Que esto es la Vida. Y si ves suceder cosas contrarias a tu fe, no te turbes. Lo mismo le aconteció a Abraham, y no por ello se conmovió. Había oído: «En Isaac será llamada tu descendencia», y se le mandó sacrificar a Isaac; mas no se turbó ni se desalentó. Que nadie se escandalice a causa de los malos: esto lo enseñó la Escritura desde el principio.
«Sabiendo que desde niño conoces las Sagradas Letras». Llama Sagradas Letras a las Santas Escrituras. En ellas fuiste criado, de suerte que por ellas tu fe ha de ser firme e inconmovible; porque la raíz fue puesta hondamente y nutrida por el largo tiempo, y nada podrá arrancarla.
Y hablando de las Santas Escrituras, ha añadido: «que pueden hacerte sabio»; esto es, no consentirán que abrigues ningún sentir necio, como lo tienen los más de los hombres. Pues quien conoce las Escrituras como es debido no se escandaliza de nada de cuanto acontece; todo lo soporta varonilmente, remitiéndolo en parte a la fe y a la naturaleza incomprensible de la divina economía, y en parte conociendo las razones de ello y hallando ejemplos en las Escrituras. Porque grande señal de sabiduría es no ser curioso de todo ni querer saberlo todo. Y, si me lo permitís, me explicaré con un ejemplo. Supongamos un río, o mejor, ríos: no todos son de la misma profundidad. Unos tienen lecho somero, otros bastante hondo para ahogar a quien no lo conoce. En una parte hay remolinos, en otra no. Bueno es, pues, abstenerse de probarlos todos, y no pequeña prueba de prudencia es no querer sondear todas las honduras; mientras que quien se atreviera con toda parte del río es en realidad el que más ignora la índole propia de los ríos, y a menudo correrá peligro de perecer, por meterse en lo más hondo con la misma osadía con que atravesó lo somero. Así sucede en las cosas de Dios. Quien quiere saberlo todo y se atreve a entrometerse en todo, ese es el que más ignora qué sea Dios. Y de los ríos, la mayor parte es segura y pocos son los hondones y remolinos; pero en las cosas de Dios la mayor parte está oculta, y no es posible rastrear sus obras. ¿Por qué, pues, te empeñas en ahogarte en aquellas honduras?
Toda Escritura, divinamente inspirada, es útil para enseñar, para argüir, para corregir, para instruir en la justicia; a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, dispuesto para toda obra buena.
Habiendo ofrecido mucha exhortación y consuelo por otros medios, añade lo que es más perfecto, tomado de las Escrituras; y con razón se extiende en consolar, porque tiene que decir una cosa grande y triste. Pues si Eliseo, que estuvo junto a su maestro hasta el último aliento, al verle partir como en la muerte rasgó sus vestiduras de dolor, ¿qué crees que habrá de padecer este discípulo, tan amante y tan amado, al oír que su maestro estaba por morir, y que no podría gozar de su compañía cuando estaba cerca de la muerte, lo cual sobre todas las cosas suele afligir? Porque menos agradecidos somos del tiempo pasado cuando nos hemos visto privados del trato más reciente de los que partieron. Por esta razón, después de haber ofrecido antes mucho consuelo, discurre entonces acerca de su propia muerte; y esto no de modo ordinario, sino con palabras aptas para confortarle y llenarle de gozo, de suerte que se la tenga por sacrificio antes que por muerte: una emigración, como en verdad lo era, y un traslado a un estado mejor. Pues «ya estoy a punto de ser inmolado», dice. Por esto escribe: «Toda Escritura, divinamente inspirada, es útil para enseñar, para argüir, para corregir, para instruir en la justicia». ¿Toda cuál Escritura? Toda aquella sagrada letra, quiere decir, de la que hablaba; esto se dice de aquello de que trataba, sobre lo cual había dicho: «Desde niño conoces las Santas Escrituras». Toda ella, pues, es divinamente inspirada; por tanto, quiere decir, no dudes; y es útil para enseñar, para argüir, para corregir, para instruir en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, dispuesto para toda obra buena.
«Para enseñar». Pues de ahí sabremos si debemos aprender o ignorar algo. Y de ahí podremos refutar lo falso; de ahí podremos ser corregidos y devueltos a la recta razón, ser consolados y confortados; y si algo nos falta, de ahí podremos recibir lo que se añada.
«A fin de que el hombre de Dios sea perfecto». Pues para esto se dio la exhortación de la Escritura: para que por ella el hombre de Dios quede hecho perfecto; sin ella, por tanto, no puede ser perfecto. «Tienes las Escrituras», dice, «en mi lugar. Si quieres aprender algo, de ellas puedes aprenderlo». Y si así escribía a Timoteo, que estaba lleno del Espíritu, ¡cuánto más a nosotros! «Dispuesto para toda obra buena»: no simplemente que tome parte en ellas, quiere decir, sino plenamente pertrechado.
«Te conjuro, pues, delante de Dios y de Jesucristo Señor, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos». O entiende por ello a los malos y a los justos, o a los difuntos y a los que aún viven; porque muchos quedarán con vida. En la primera Epístola movía su temor diciendo: «Te ordeno delante de Dios, que da vida a todas las cosas»; mas aquí le pone delante algo más temible: «que ha de juzgar a los vivos y a los muertos», esto es, que les pedirá cuenta en su aparición y en su reino. ¿Cuándo juzgará? En su aparición con gloria y en su reino. O dice esto para mostrar que no vendrá del modo en que ahora ha venido, o bien: pongo por testigo su venida y su reino. Le pone por testigo, dando a entender que le había recordado aquella aparición. Y enseñándole luego cómo ha de predicar la palabra, añade:
«Predica la palabra; insiste a tiempo y a destiempo; reprende, ruega, exhorta con toda paciencia y doctrina». ¿Qué quiere decir a tiempo y a destiempo? Esto es: no tengas tiempo tasado; sea siempre tu tiempo, no sólo en la paz y la seguridad y cuando estás sentado en la Iglesia. Ya te halles en peligro, en la cárcel, en cadenas o camino de la muerte, en ese mismo momento reprende. No retengas la reprensión, porque la reprensión es entonces más oportuna, cuando tu reprensión ha de tener más éxito, cuando queda probada la realidad. «Exhorta», dice. A la manera de los médicos: mostrada la herida, hace la incisión y aplica el emplasto. Pues si omites cualquiera de estas cosas, la otra se vuelve inútil. Si reprendes sin convencer, parecerás temerario y nadie lo tolerará; mas después de probado el asunto, se someterá a la reprensión; antes, será terco. Y si convences y reprendes, pero con vehemencia, y no aplicas la exhortación, todo tu trabajo se perderá; porque la reprensión es de suyo intolerable si no se le mezcla el consuelo. Como la incisión, aunque de suyo saludable, si no lleva abundantes lenitivos para aplacar el dolor, el enfermo no puede sufrir el cortar y el sajar, así sucede en este asunto. «Con toda paciencia y doctrina». Porque el que reprende ha de ser paciente, para no creer con precipitación, y la reprensión necesita consuelo para que sea recibida como conviene. ¿Y por qué a la paciencia añade la doctrina? No como en cólera, no como en odio, no como insultándole, no como quien ha atrapado a un enemigo. Lejos estén de ti tales cosas. ¿Sino cómo? Como amándole, como compadeciéndote de él, como más afligido que él mismo por su pena, como enternecido por sus padecimientos. «Con toda paciencia y doctrina»: no se sobreentiende una enseñanza cualquiera.
«Porque vendrá tiempo en que no sufrirán la sana doctrina». Antes de que se pongan tercos, anticípate a todos. Por esto dice: a tiempo y a destiempo; hazlo todo, para tener discípulos dispuestos. «Sino que, conforme a sus propias concupiscencias», dice, «se amontonarán maestros». Nada más expresivo que estas palabras; porque al decir «se amontonarán», muestra la muchedumbre indiscriminada de los maestros, y también que son elegidos por sus discípulos. «Se amontonarán maestros», dice, «teniendo comezón de oír», buscando a los que hablen para halagar y deleitar a sus oyentes. «Y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a las fábulas». Esto lo predice, no queriendo arrojarle a la desesperación, sino disponerle a sobrellevarlo con firmeza cuando suceda. Como también hizo Cristo al decir: «Os entregarán y os azotarán, y os llevarán ante las sinagogas por causa de mi nombre». Y este bienaventurado varón dice en otro lugar: «Porque yo sé esto: que después de mi partida entrarán entre vosotros lobos crueles que no perdonarán al rebaño». Mas esto lo dijo para que velasen y aprovechasen debidamente la ocasión presente.
«Mas tú vela en todo, soporta los trabajos». Para esto, pues, predijo estas cosas; como también Cristo, hacia el fin, predijo que habría falsos cristos y falsos profetas; así también él, cuando estaba por partir, habló de estas cosas. «Mas tú vela en todo, soporta los trabajos»: esto es, afánate, anticípate a sus almas antes de que esta peste las asalte; asegura la salvación de las ovejas antes de que entren los lobos; soporta en todas partes la fatiga. «Haz obra de evangelista, cumple tu ministerio». Así, obra de evangelista era el que soportase fatigas, tanto en sí mismo como de parte de los de fuera; «cumple», esto es, lleva a plenitud tu ministerio.
Homilía 8 + Homilía 9 sobre 2 Timoteo, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org
Evangelio (Matt. 10, 28-33)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Nolíte timére eos, qui occídunt corpus, ánimam autem non possunt occídere; sed pótius timéte eum, qui potest et ánimam et corpus pérdere in gehénnam. Nonne duo pásseres asse véneunt: et unus ex illis non cadet super terram sine Patre vestro? Vestri autem capílli cápitis omnes numeráti sunt. Nolíte ergo timére: multis passéribus melióres estis vos. Omnis ergo, qui confitébitur me coram homínibus, confitébor et ego eum coram Patre meo, qui in cœlis est. Qui autem negáverit me coram homínibus, negábo et ego eum coram Patre meo, qui in cœlis est.
Nada temáis a los que matan el cuerpo y no pueden matar el alma. Temed antes al que puede arrojar alma y cuerpo en el infierno. ¿No es así que dos pájaros se venden por un cuarto, y, no obstante, ni uno de ellos caerá en tierra sin que lo disponga vuestro Padre? Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No tenéis, pues, que temer; valéis vosotros más que muchos pájaros. En suma, a todo aquel que me reconociere y confesare por Mesías delante de los hombres, yo también le reconoceré y declararé por él delante de mi Padre que está en los cielos. Mas a quien me negare delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Mateo 10, 28-33 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
Remigio. Luego de la anterior consolación, añade otra no menor, diciendo: "No les temáis"; es decir, a los perseguidores. Y les da la razón de por qué no les deben temer, a saber: "Porque nada hay oculto que no sea revelado".
San Jerónimo. ¿Cómo es posible que en el tiempo presente no se sepan las maldades de muchos? Aquí habla, pues, del tiempo futuro, cuando Dios juzgará los misterios de los hombres, iluminará los escondrijos de las tinieblas y pondrá de manifiesto las intenciones de los corazones ( 1Cor 4,5): el sentido es éste: "No temáis la crueldad de los perseguidores y la rabia de los blasfemos, porque llegará el día del juicio y en él se verán bien a las claras vuestra virtud y su malicia".
San Hilario, in Matthaeum, 10. Les aconseja, pues, que no tengan miedo ni a las amenazas, ni a las afrentas, ni a las revoluciones, ni al poder de los perseguidores; porque ya verán en el día del juicio de cuán poco les valieron todas estas cosas.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,1. Parece, a primera vista, que tiene un sentido general lo que acaba de decir; sin embargo, no lo dijo de todos, sino solamente de aquellos de que habló antes. Es como si dijera: Si vosotros sufrís oyendo los ultrajes, tened presente que bien pronto quedaréis libres de toda sospecha: Os llamarán adivinos y magos y seductores; pero esperad un poco y veréis como, cuando la misma realidad de las cosas os declare bienhechores y atiendan ellos a la verdad de las cosas y no a las habladurías de los hombres, os proclaman ellos mismos salvadores de todo el género humano.
Remigio. Opinan algunos que prometió el Señor a sus discípulos por estas palabras que revelarían ellos todos los misterios ocultos por el velo de la letra de la Ley. Por eso dice el Apóstol: "Cuando se hubieren convertido al Señor, entonces se quitará el velo" ( 2Cor 3,16), cuyo sentido es: ¿por qué debéis temer a vuestros perseguidores, vosotros que habéis sido elevados tal dignidad, que por vosotros hayan sido puestos de manifiesto los misterios de la Ley y de los Profetas?
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,2. Después que les quitó el miedo y les hizo superiores a los oprobios, les habla en tiempo oportuno de la libertad de la predicación, diciéndoles: "Lo que os digo en las tinieblas".
San Hilario, in Matthaeum, 10. No hemos oído que el Señor acostumbrase a predicar o a enseñar por la noche, sino que dice esto porque para los hombres carnales sus palabras eran tinieblas y para los infieles noche. Y así dijo que debía El ser anunciado con la libertad de la fe y de la predicación.
Remigio. El sentido, pues, es el siguiente: "Lo que os digo en las tinieblas", esto es, entre los judíos incrédulos, "decidlo vosotros a la luz", esto es, predicadlo a los fieles: "Y lo que habéis escuchado al oído", esto es, lo que os he dicho en secreto, "predicadlo sobre los techos", esto es, públicamente y delante de todos; solemos decir muchas veces: Le habla al oído, esto es: en secreto.
Rábano. Sin duda cuando dijo: "Predicad sobre los techos", habla según la costumbre de la provincia de Palestina, donde se habitan los techos, porque no están terminados en punta, sino en una superficie plana. Será, pues, predicado en los techos lo que deba decirse delante de todos los oyentes.
Glosa. O de otra manera: "Lo que os digo en las tinieblas", esto es, cuando aun estáis en el temor carnal, "decidlo en la luz", esto es, en la confianza de la verdad cuando fuereis iluminados por el Espíritu Santo. "Y lo que oísteis al oído", esto es, percibisteis con sólo el oído, "predicadlo" completándolo con vuestras obras, estando sobre los techos, esto es, en vuestros cuerpos, que son el domicilio de las almas.
San Jerónimo. O también: "Lo que os digo en las tinieblas decidlo a la luz", esto es, lo que oísteis en el misterio, predicadlo con más claridad: "Y lo que oísteis al oído predicadlo sobre los techos", esto es, lo que Yo os enseñé en una pequeña aldea de Judea, decidlo sin temor en todas las ciudades del mundo entero.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,2. Así como cuando decía: "El que cree en Mí hará las obras que Yo hago y las hará mayores que éstas" ( Jn 14,12), también aquí muestra de que manera todo es obrado a través de ellos más que por sí mismos, como dice: "Yo di el principio; pero más aun, quiero culminarlo a través de vosotros"; pues esto no sólo concierne al que manda, sino también a los que enseñen y prediquen porque triunfarán sobre todo.
San Hilario, in Matthaeum, 10. Debemos sembrar constantemente el conocimiento de Dios y revelar con la luz de la predicación el secreto profundo de la doctrina del Evangelio, sin temor de aquellos que sólo tienen poder sobre los cuerpos, mas nada pueden sobre el espíritu; por eso se dice: "Y no temáis a aquellos que matan el cuerpo y al alma no pueden matar".
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,2. Mirad el modo de que se valió para hacerlos superiores a todos: aconsejándoles a despreciar por temor a Dios, no solamente las preocupaciones y las calumnias y los peligros, sino lo que es aun más terrible que todo esto, hasta a la misma muerte; por eso añade: "Sino temed más bien a aquel que puede arrojar al infierno vuestro cuerpo y vuestra alma".
San Jerónimo. No se encuentra en los libros antiguos la palabra gehenna y el Salvador es el primero que la emplea: indaguemos ahora a qué da motivo esta nueva palabra. Muchas veces hemos leído que el ídolo Baal estuvo cerca de Jerusalén, en la base del monte Moria, de donde brota la fuente Siloé. Este valle y pequeña planicie, regada y cubierta de árboles, era sumamente deliciosa y contenía un bosque consagrado al ídolo. El pueblo de Israel llegó a tal grado de locura, que abandonó los templos inmediatos para ofrecer en él los sacrificios, olvidar las ideas severas de la religión y quemar a sus hijos delante del demonio. Llamábase el bosque Gehennón, esto es, valle del hijo de Ennón. Este nombre está sumamente repetido en los libros de los Reyes, en las Crónicas y en Jeremías y Dios los amenaza con llenar ese lugar de cadáveres, para que no volviera a llamarse Tophet y Baal, sino Polyandrium, esto es, tumba de los muertos. Con este nombre son designados los futuros suplicios y las penas eternas de los pecadores.
San Agustín, de civitate Dei, 13,2. No se verificará esto antes que el alma esté unida al cuerpo con una unión de que jamás se separará y sin embargo, aun entonces se llama propiamente muerte del alma, porque no vive de Dios y muerte del cuerpo, porque aunque no deja de sentir el hombre en su última condenación, sin embargo, como este sentimiento no le proporciona ninguna dulzura ni tranquilidad alguna, sino el dolor de la pena, merece con muchísima razón que se le dé el nombre de muerte.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,2. Observad además que no les promete librarlos de la muerte, sino que les aconseja el despreciarla, que es mucho más que el librarlos de la muerte y que les insinúa el dogma de la inmortalidad.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,2. Después de haberles quitado el miedo a la muerte, a fin de que no creyeran los Apóstoles, si morían, que Dios les había abandonado, insiste de nuevo en su sermón sobre la providencia de Dios, diciendo: "¿Por ventura no son vendidos dos pájaros en un cuarto y ninguno de ellos cae sin el consentimiento de vuestro Padre?"
San Jerónimo. El sentido es éste: si los pequeños animales no perecen sin el consentimiento de su Autor, que es Dios y la Providencia se extiende a todos y si lo que es en sí perecedero no perece sin la voluntad de Dios, vosotros, que sois eternos, no debéis temer que Dios abandone vuestra vida.
San Hilario, in Matthaeum, 10. En sentido místico lo que se vende es el alma y el cuerpo y a quien se vende es al pecado. Los dos pájaros que se venden por un cuarto son aquellos que, nacidos para volar y remontarse al cielo en las alas de la gracia, se venden ellos mismos por un miserable pecado. Presos ellos por el placer de las cosas presentes y vendidos a la vanidad del siglo, quedan prostituidos con semejante proceder. Es voluntad de Dios que el uno vuele más que el otro; pero la ley que Dios ha dado al otro le hace caer en tierra. Si los dos volaran igualmente, los dos serían uno solo y los dos formarían un solo cuerpo espiritual; pero vendidos el uno y el otro al pecado, el alma se hace terrenal al contacto del mal y entonces es cuando uno de ellos es arrojado en tierra.
San Jerónimo. Las palabras: "Y vuestros cabellos están contados", nos manifiestan la inmensa providencia de Dios para con el hombre y nos marcan el inefable amor para con él, puesto que tan perfectamente sabe todas nuestras cosas.
San Hilario, in Matthaeum, 10. Pues es diligente el considerar en algo el número.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,2. Dijo esto, no porque El hubiese contado los cabellos, sino para expresar su exquisito conocimiento y su mucha providencia sobre todas las cosas.
San Jerónimo. Los que niegan la resurrección se burlan de la interpretación que da la Iglesia a este pasaje, como si nosotros dijéramos que todos los cabellos están contados y que todos los que hubieren sido cortados por la tijera tenían que resucitar, siendo así que no dijo el Salvador: "Todos vuestros cabellos serán salvados", sino "están contados". El número da a entender solamente que Dios conoce el número de nuestros cabellos, mas no que El los conservará todos.
San Agustín, ult., de civitate Dei, 22,19. Aunque se pueda preguntar si efectivamente los cabellos que se cortan vuelven otra vez al mismo sujeto; si esto fuera así, ¿quién no se espantaría de semejante monstruosidad? Entiendo que nada del cuerpo ha de perderse hasta el punto de quedar en él algo deforme. Se comprende también que lo que había de añadirse a su volumen, ocasionando enorme deformidad, no se añadirá en aquellos lugares en que con ellos se afeara la belleza de los miembros. Como si se hiciera un vaso de barro y reducido de nuevo al mismo barro, se hiciera de nuevo otro igual; no sería necesario que la parte del polvo que había estado en el asa tornara al asa y la que había formado el fodo tornara a formar el fondo, con tal de que todo volviera al todo, es decir, que todo aquel barro, sin pérdida de parte alguna, tornara a todo el vaso. Por eso los cabellos, tantas veces cortados, no volverán a sus lugares respectivos si hubieran de volver produciendo alguna deformidad; aunque no se perderán para nadie en la resurrección, porque serán cambiados con la mutabilidad de la materia en la misma carne. Tendrán en ella el lugar del cuerpo, conservando siempre la conveniencia de las partes. Y esto contando con lo que dice el Señor: "No perecerá un cabello de vuestra cabeza" ( Lc 21,18), puede entenderse con más propiedad de la longitud que del número de los cabellos. Así también se dice: "Hasta los pelos de vuestra cabeza están contados".
San Hilario, in Matthaeum, 10. No parece digno de Dios el contar lo que ha de perecer; pero para que supiéramos que nada en nosotros ha de perecer, nos dice que nuestros mismos cabellos cortados están contados. No debemos tener miedo a las desgracias de nuestros cuerpos, según aquellas palabras: "No temáis, pues sois vosotros mejores que muchos pájaros".
San Jerónimo. El sentido de lo que precede está más manifiesto en estas palabras: "No debéis temer a los que matan al cuerpo", porque ¿si hasta los animales más pequeños no mueren sin la previsión de Dios, cuánto más el hombre que haya sido revestido de la dignidad apostólica?
San Hilario. Cuando dice que El los prefiere a muchos pájaros, da a entender que prefiere a los elegidos a la multitud de infieles, porque éstos han caído sobre la tierra y aquellos volarán al cielo.
Remigio. En sentido místico Cristo es la cabeza y los Apóstoles los cabellos y por eso se dice con razón que están contados, porque están escritos sus nombres en el cielo.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,3. Después de disipar el Señor el temor que tanto angustiaba el alma de sus discípulos, vuelve de nuevo a darles fuerzas con las cosas que han de conseguir; no solamente les desvanece todo temor, sino que los eleva, con la seguridad de mayores recompensas, en la libertad de predicar la verdad, diciendo: "A todo el que me confesare delante de los hombres, confesaré Yo también delante de mi Padre, que está en los cielos".
San Hilario, in Matthaeum, 10. Esta es la conclusión de lo que precede: el que estuviere firme en esta doctrina debe tener la constancia de confesar libremente a Dios.
Remigio. Esta confesión es aquella de que habla el Apóstol: "Se cree con el corazón para la justicia y se confiesa con la boca para la salvación" ( Rom 10,10). A fin, pues, de que nadie tenga la idea de que sin la confesión de boca puede uno salvarse, no solamente dice: "El que me confesare", sino que añade: "Delante de los hombres" y vuelve a insistir: "Y al que me negare delante de los hombres, también negaré Yo delante de mi Padre, que está en los cielos".
San Hilario, in Matthaeum, 10. En estas palabras nos declara que de la manera que nosotros fuéremos testigos de su nombre delante de los hombres, de esa misma manera nos servirá su testimonio delante de Dios Padre.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,3. Debe considerarse aquí que la pena sobreabunda en el castigo y el bien en la recompensa, que es como si dijera: "¿Sobreabundasteis primero confesándome o negándome aquí?" También Yo sobreabundo infaliblemente dándoos mayores bienes, porque Yo os confesaré o negaré allí. Por esta razón no os debéis preocupar si hiciéreis algún bien y no recibiéreis la recompensa, porque esta recompensa os espera con creces en el tiempo venidero y no despreciéis el castigo si hiciéreis alguna cosa mala y no fuéreis castigados aquí, porque os espera allí el castigo, a no ser que mudéis de conducta y os hagáis mejores.
Rábano. Es preciso saber que hasta los mismos paganos no pueden negar la existencia de Dios; pero pueden los infieles negar que Dios sea Padre e Hijo. Luego el Hijo confesará a alguno delante del Padre, porque por el mismo Hijo tendrá entrada al Padre y porque el Hijo dice: "Venid los bendecidos de mi Padre" ( Mt 25,34).
Remigio. Y negará al que le niegue a El, porque no tendrá por El mismo entrada para con el Padre y será rechazado de la presencia de su divinidad y de la del Padre.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,3. Y no solamente exige la confesión mental, sino también la oral, a fin de que nos anime a una intrépida predicación y a un amor más grande, haciéndonos superiores a nosotros mismos. Y no solamente se dirigen estas palabras a los Apóstoles, sino a todos los hombres en general, porque, no sólo a los Apóstoles, sino también a sus discípulos les da la fortaleza. Y el que observa esto ahora, no sólo tendrá la gracia de hablar en público, sino que tendrá también la de convencer con facilidad a un gran número, porque por la obediencia a su palabra ha hecho de muchos hombres apóstoles.
Rábano. O bien: confiesa a Jesús con aquella fe que viene del amor, todo el que observa sus mandamientos y la niega el que no obedece sus preceptos.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena