domingo, 12 de junio de 2039
San Juan de Sahagún, Confesor
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Uno de los varones que mas han ilustrado nuestra España con sus virtudes y milagros ha sido san Juan de Sahagún, gloria de su siglo y uno de los mayores ornamentos de la religión agustiniana. Nació este santo en una villa del obispado de León, llamada Sahagún, de donde tomó su nombre. Fueron sus padres Juan González y Sancha Martínez, gente noble, aunque de moderada fortuna; pero de ilustre piedad, con la cual alcanzaron del cielo un hijo, entre otros varios, que les quitó el oprobio de la esterilidad que padecían después de muchos años de casados y los hizo famosos con la santidad de sus costumbres. Su puericia no solo fue inocente, sino que estuvo adornada de todas aquellas felices señales que son pronósticos de una santidad heroica. Aborrecía las pueriles diversiones de los demás niños, teniendo únicamente sus delicias en las cosas de la Iglesia, y principalmente en el ejercicio de la divina palabra. Oía con sumo gusto los sermones; repetíalos con mucha gracia y energía á los demás niños, anunciando en esto mismo el alto ministerio á que le destinaba la Providencia. Siendo de edad competente para los estudios mayores, hicieron sus padres que estudiase gramática en el convento de san Benito de su propia villa y después las artes y sagrada teología. En todas estas ciencias aprovechó el santo maravillosamente, no llenando su corazón de aquellos conocimientos que hinchan y ensoberbecen, sino de aquellos que edifican y sirven para la propia santificación y para negociar la salud de sus prójimos. Con la aplicación continua, con la tenacidad de su memoria, con la viveza de su ingenio y mucho mas con los santos ejercicios que mezclaba á sus lecciones, salió en breve tan aprovechado, que juzgó su padre oportuno procurarle un beneficio eclesiástico, con cuya renta pudiese comprar libros y extender sus luces y conocimientos. Confiriósele de hecho el tal beneficio; pero como el santo no estaba ordenado y conocía que las rentas de la iglesia no deben disfrutarlas sino aquellos que las sirven, fueron tan grandes los escrúpulos que por este motivo agitaron su conciencia, que sin ser poderosas las persuasiones de su padre y de un tío suyo á contenerle, hizo formal renuncia, quedándose con menos renta, pero con mas paz en su alma. Esta acción certificó á su tío del carácter que á su sobrino distinguía; y considerando que un mancebo de tan delicada conciencia sería grato al obispo de Burgos, que lo era á la sazón don Alonso de Cartagena, y uno de los mas sabios y virtuosos prelados que tenía España en aquel tiempo, aconsejó á su padre que le procurase acomodar con el referido obispo. No tuvo dificultad en acceder á la propuesta; porque desde luego conoció que las costumbres de su hijo se conciliarían en breve la estimación de aquel virtuoso prelado y que procuraría premiarlas con una de las mayores dignidades de aquella iglesia. Con este pensamiento se fué al obispo en compañía de su hijo, de quien le hizo una modesta y verdadera información, de la cual resultó que se quedó el santo mancebo en su compañía. Lo primero en que le ocupó fué en ayudarle en el rezo divino, dándole después el oficio de camarero suyo.
En estos ejercicios manifestó el santo tanta sublimidad de virtudes, que se concilió toda la estimación de aquel prelado, que admiraba en el santo una celestial sabiduría, junta con una inocencia angélica. Veía el zelo y caridad con que se interesaba por los pobres desvalidos, procurando con santos artificios avivar la largueza de su Señor, para que fuesen las limosnas mas cuantiosas y continuas. Deseaba el prelado premiar el grande mérito que advertía en Juan, y habiendo vacado algunas prebendas, cuya colación le pertenecía, le ordenó de sacerdote y le confirió una canongía y un beneficio simple. Imitó este ejemplo el abad de Sahagún, dándole también otro beneficio simple y dos capellanías; disponiendo Dios de este modo premiar con multiplicados beneficios y mucha renta el santo desinterés con que por su amor había renunciado el primero. Aceptó Juan de Sahagún todas estas prebendas eclesiásticas, no por amor que tuviese á su exaltación é intereses, sino porque sabía que era parte de gratitud el recibir con gusto los beneficios; pero su corazón quedó con estas honras é intereses sumamente turbado. Hallaba gran dificultad en la distribución justa de todas aquellas rentas; y aunque sabía que el seno de los pobres era el debido lugar en que había de depositarlas, con todo eso como esta operación exigía en la delicadeza de su conciencia muchas atenciones, así se veía privado de la paz y del sosiego que apetecía su alma. Tenía colocado en Dios todo su tesoro, y así le era enojosa cualquiera ocupación que perjudicase á la contemplación de los divinos misterios y á la tranquilidad necesaria para meditarlos. Resolvióse, pues, á renunciarlo todo por Jesucristo, aun la compañía del santo prelado, la cual no podía disfrutar sin que los honores tentasen su humildad y las riquezas turbasen el amor que tenía á la santa pobreza. Un día que estaba solo con el santo obispo, le habló de este modo: «Los beneficios que he recibido de V. S. son superiores á todos mis méritos; pero en su casa veo que mi alma está turbada con continuos cuidados: estos se han aumentado notablemente con las prebendas con que me ha honrado su dignación bondadosa. Yo, Señor, prefiero á todo la tranquilidad de mi alma; y así le suplico me conceda su licencia para renunciar los beneficios y buscarla en un retiro.» Quedó suspenso el obispo, imaginando si aquella determinación podría proceder de alguna queja que tuviese Juan de no haber premiado dignamente sus servicios. Rogóle que se estuviese quieto en su casa, haciéndole promesas muy ventajosas para lo futuro. Respondióle el santo con palabras tan humildes, tan llenas de gratitud y tan significativas del espíritu despreciador del mundo que le movía, que no tuvo valor el santo obispo para contradecir una determinación tan llena de heroísmo. Dio gracias al cielo, y con lágrimas en los ojos se despidió del santo varón y verdadero sacerdote de Jesucristo, permitiendo que saliese de su casa para irse adonde su alma viviese tranquila.
Gozosísimo quedó nuestro santo viendo cuán bien le había salido aquel primer paso de su determinación, y aligerado de los estorbos que le impedían caminar con toda la ligereza de su agigantado espíritu á la alta cumbre de la perfección, comenzó á poner por obra su gran proyecto. Este constaba de dos partes, que eran la completa satisfacción de su alma y la edificación é instrucción de las de sus prójimos. Estaba persuadido á que la divina palabra, por donde había de lograr esto último, no tiene fuerza cuando sale de un pecho tibio en la caridad para excitarla en los oyentes, que logra poco ó ningún fruto el predicador que declama contra los vicios, que propone el desprecio del mundo y que intima penitencia y mortificación, si primero no enseña esto mismo con sus obras; porque los oyentes se vencen con dificultad á dar crédito á las palabras, negando lo que ven sus ojos en las operaciones. Con este pensamiento había dejado por Jesucristo todas las honras é intereses que el mundo ofreció á su doctrina y á su virtud: con el mismo comenzó á emplearse con mas fervor en ayunos, penitencias, oraciones y todo género de ejercicios espirituales; resultando de todo que sus sermones eran recibidos con grande aceptación, pero con mucho mayor fruto. Mientras el santo se empleaba en estos ejercicios loables, vivía en una casa particular, sirviendo una capellanía en la iglesia de Santa Águeda, con cuya renta no solamente sustentaba su vida, sino que le quedaba lugar para despreciar algunos regalos que le hacían y socorrer á los pobres con algunas limosnas. Llegaron en este tiempo á sus oídos las tristes nuevas de la guerra civil en que se ardía la ciudad de Salamanca. Había ya mas de medio siglo que se habían levantado unos bandos, procedidos de la enemistad de dos familias, Monroyes y Manzanos, los cuales trayendo á su partido una porción de la ciudad, tenían todo alborotado y entregado el pueblo á la ira y á la venganza. Ningún vecino vivía seguro en su hogar y mucho menos cuando salía por las calles y plazas; alcanzando esta infelicidad y desorden aun á las mismas iglesias. Por todas partes corrían frecuentemente arroyos de sangre, provenidos de repentinos encuentros entre las familias abanderizadas. No había mas ley que la fuerza, ni mas justicia que la pasión, ni mas recurso que el vencer, ó pagar con la vida á la venganza del enemigo. Compadecido san Juan de Sahagún de tamaña desventura en una ciudad que era el emporio de las letras, determinó emplear en su remedio el talento de la predicación que Dios le había comunicado, ofreciéndose gustosamente á todas las incomodidades y trabajos por la salud de sus prójimos.
Marchó, pues, á Salamanca; y en el primer sermón que se le ofreció predicar, que fué el de san Sebastián, declamó con tal ardor contra los bandos que la dividían, contra el odio, la enemistad y la venganza, que hizo gran sensación en todos los oyentes. Particularmente se le aficionaron el rector y colegiales del colegio de San Bartolomé, que conocieron en el santo un varón sabio y apostólico, enviado por Dios para remedio de aquella ciudad. Desearon por esto enriquecer su colegio con un hombre tan digno: ofreciéronle la beca, y aunque el santo titubeó al principio en la admisión de un honor tan singular, recelando que la abundancia y las honras que había en el colegio pudiesen perjudicar á sus santos propósitos, resolvió finalmente hacerse colegial, contemplando que la equidad de los estatutos, el buen orden y la sabiduría podrían servir de barrera á cualquiera exceso.
Hecho colegial, siguió constantemente en sus piadosos ejercicios; decía misa todos los días con fervorosa devoción y abundantes lágrimas; predicaba de continuo con admirable fruto; y sin embargo de esto, se empleaba en los estudios con tal aprovechamiento, que llegó en aquella universidad á ser catedrático de sagrada Escritura. Era sumamente importunado de todas las iglesias para que fuese á predicar en ellas; y el santo condescendiendo á sus solicitaciones, predicaba incesantemente sin faltar á las obligaciones de colegial, ni al empleo de catedrático. Sus sermones eran vivos y eficaces, reprendiendo con libertad evangélica á cuantos fomentaban las revoluciones sanguinarias; sin que fuesen parte para entibiar su zelo apostólico, ni la calidad de las nobles personas contra quienes se dirigían sus discursos, ni el peligro en que por esta causa estuvo muchas veces su vida. Llegó su valor á tan subido punto, que si por acaso tenía noticia de que algunos caballeros tenían intentos de alborotar el pueblo en ejecución de alguna venganza, hacía colocar un púlpito enfrente de sus casas mismas, y desde allí les proponía la fealdad de sus delitos, amenazándoles con la venganza de la divina justicia con tanta fuerza y resolución, que sucedió no pocas veces abandonar los caballeros sus proyectos sanguinarios y retirarse de la ciudad. Esta había ya mudado de semblante con la predicación de san Juan de Sahagún; sus calles y plazas eran frecuentadas de los vecinos con mayor seguridad; la enemistad y el odio se habían alejado de sus corazones y los bandos habían perdido aquel antiguo vigor á que los condujo el total desenfreno de las pasiones. La continuación no interrumpida de los sermones del santo eran el único antídoto que podía desterrar completamente la calamidad de aquel desgraciado pueblo: pero esta continuación encontraba estorbos casi insuperables en el colegio, ya por la falta de compañero que muchas veces ocurría, y ya por las ocupaciones privadas que interceptaban al santo los esfuerzos de su caridad. Acordó por esta causa salirse del colegio, yéndose á casa del canónigo Pedro Sánchez, hombre virtuoso y sabio y cortado á medida del corazón del santo, en cuya compañía permaneció diez años, ocurriendo la ciudad á su sustento con el salario de tres mil maravedís que le daba por estipendio de sus sermones.
En todo este tiempo continuó Sahagún el fervor de sus ejercicios, aumentándose de día en día los ardores de su caridad. Predicaba, estudiaba, oraba con increíble tesón; y entre los ejercicios de las virtudes daba el primer lugar á la caridad que ejercitaba en las cárceles y hospitales, y en dar limosna á los pobres con los ahorros de su modestia, de su templanza y sus ayunos. Pidióle un día limosna un pobre estudiante que tenía el vestido muy deteriorado y andrajoso: queriendo el santo remediar aquella necesidad, se puso á considerar cuál de dos vestidos que tenía daría al pobre, é ilustrado por su fragantísima caridad, acordó darle el mas nuevo. Tanta virtud solo necesitaba acrisolarse en los trabajos, que, aunque los de su continua predicación eran grandes y duros, como se empleaba en ellos siguiendo las santas disposiciones de su corazón, no servían para ejercicio de su paciencia. De resultas de sus penosas fatigas, ya en los estudios, ya en el ministerio de la palabra, contrajo una enfermedad que le aquejaba con vehementísimos dolores, y tan peligrosa, que determinaron los físicos la operación de abrirle para poder salvar con alguna probabilidad la vida. Una operación arriesgadísima y de tanto peligro no dejó de conmover el espíritu del santo; pero fijando su vista en los tormentos que había padecido su Redentor, y considerando que, si su salud era de provecho para sus prójimos, Dios se la conservaría, determinó entregarse á la cruel operación. Preparóse con lágrimas de compunción, y con el sagrado Viático; é hizo voto á Dios de que, si salía con felicidad, le serviría el resto de su vida en alguna de las religiones. Hecho esto, se puso en manos de los facultativos, á quienes dió el cielo tanto acierto, que le sacaron felizmente la piedra, y en breve se halló restablecido y perfectamente sano. Alegre con el feliz suceso, y conociendo que la prontitud con que se pagan á Dios los votos es la parte no menos apreciable del sacrificio, se fué al monasterio de San Pedro de la orden de san Agustín, mansión en todos tiempos de las letras y la virtud, y pidió el hábito de religioso. Fuéle este concedido con gran gusto de aquellos religiosos, que conocían el sublime mérito de aquel apostólico varón y el tesoro con que el cielo los enriquecía; y así le vistieron el hábito de religioso el día 18 de junio de 1463.
Entrado en el noviciado, comenzó á ejercitarse en los oficios mas humildes del convento, sin dejar por eso de afligir su cuerpo con ásperas penitencias y de recrear su espíritu con las celestiales dulzuras de la contemplación. Parecía un religioso provecto y consumado en todo género de virtudes, y los religiosos hallaban mas un santo á quien imitar, que un novicio á quien dirigir. Dícese que en este tiempo, habiéndole encargado sus superiores el humilde oficio de refitolero, multiplicó Dios milagrosamente por su intercesión los alimentos necesarios á la comunidad, que la pobreza de aquel convento hacía que fuesen escasos y algunas veces ningunos. Ya en atención á su señalada virtud y ya por ser un hombre de tanto mérito, que había despreciado una canongía de Burgos, diferentes beneficios y prebendas, la colegiatura de San Bartolomé y la cátedra de Escritura de tan insigne universidad, procuraban los prelados mirarle con algún respeto, eximiéndole de las leyes penosas á que sujetan á los jóvenes en el noviciado la edad bulliciosa y la ignorancia. Agradecía Sahagún la buena voluntad de sus superiores; pero como no tenía otra delicia que humillarse y mortificarse por Jesucristo, suplicaba con lágrimas que templasen su bondad y le relevasen de aquellas excepciones. Así se ocupó en la humildad, en la mortificación, en la obediencia y en todos los ejercicios, hasta que llegó el día de su profesión, que fué el de san Agustín, con que se hizo mas solemne esta festividad. Muchos de Salamanca habían llevado á mal que el santo se hiciese religioso, temiendo que, según la costumbre de las religiones, le trasladarían á otro convento, privando á Salamanca del apóstol que Dios le había enviado para remedio de su ruina. Avivaba esta pena la experiencia dolorosa de haber visto renacer los bandos en el tiempo que fue novicio y que no había esgrimido contra ellos la ardiente espada de la divina palabra. Pero todos estos temores fueron vanos; porque sus prelados no quisieron privar á la ciudad del don que Dios la había concedido, ni el santo dejó por ser religioso de emplearse con nueva fuerza y vigor en sus antiguos sermones. Comenzó á combatir de nuevo el odio, la enemistad y los sangrientos delitos y horrorosos sacrilegios en que aquellos vicios precipitaban á los ciudadanos. Como el santo había cobrado nuevas fuerzas y vigor con el estado religioso, se explicaba con mas vehemencia contra la fealdad de sus vicios y contra la libertad y tiranía de los revoltosos. Esto le concilió gravísimas pesadumbres, que pusieron en peligro su vida, pero que no pudieron contrastar su fortaleza y su constancia.
Predicó un día con toda la fuerza de libertad apostólica contra los que fomentaban los bandos, siendo cabezas de facción. Hallábase presente al sermón un caballero, á quien su misma conciencia le acusaba reo de todos aquellos delitos, é indignado de que el santo á su parecer le hubiese reprendido á él particularmente en el sermón, dió orden á dos criados suyos de que le aguardasen á la puerta de la iglesia y le cosiesen á puñaladas. Obedecieron los malos criados á su inicuo señor; pero al ir á ejecutar sus atroces intentos, quedaron los brazos yertos, levantados en el aire y con los puñales en la mano. Conocieron el visible castigo que el cielo daba á su delito, y la protección con que conservaba aquella inocente vida; y arrojándose á los pies del santo, confesaron su culpa, le pidieron perdón y publicaron por toda la ciudad aquella maravilla. Iguales pesadumbres padeció otras muchas veces por su zelo apostólico; con el cual predicando en una aldea contra los vicios y desórdenes vergonzosos de ciertos caballeros que en ella había, estos se indignaron de modo que le trataron con la mayor ignominia. Dijéronle muchas afrentas y baldones, y con empellones y otros malos tratamientos le hicieron echar del lugar. Sufriólo todo nuestro santo con invicta paciencia, sin que sus labios se explicasen con la menor palabra de queja ó amargura. Solo tuvo el consuelo de sacudir al salir de la aldea el polvo de los zapatos cumpliendo con el consejo del Evangelio, que dice: Si os persiguieren en una ciudad, huid á otra, y sacudid el polvo de los zapatos al salir del pueblo que no quiere recibir la doctrina del Evangelio.
Pero entre todos los casos que dieron en que ejercitar la paciencia de este siervo de Dios y manifestaron los portentos con que el cielo auxiliaba su predicación, librándole milagrosamente de los atentados y persecuciones, merece un lugar muy distinguido el que le sucedió con don García de Toledo, duque de Alba. Fué el santo á predicar á esta villa, y hablando en el discurso del sermón de la conducta de los grandes, afeó en gran manera la tiranía con que oprimían á sus vasallos, cargándolos con insoportables tributos y gabelas. Afeóles además de esto el tesón con que fomentaban y sostenían los bandos, declarándose protectores de los partidos. Entendió el duque que lo había dicho por él, y en presencia de varios caballeros dijo al santo cuando fué á despedirse: Padre, bien habéis soltado hoy vuestra lengua; y pues habéis hablado descortés y atrevidamente, no sería mucho que se os diese por esos caminos el pago de vuestro loco decir. Respondió el santo lleno de mansedumbre: Señor, el oficio de predicador no es de decir lisonjas, sino la verdad de Jesucristo: todos los males que me pueden venir son mucho menores que el detrimento de mi alma. Yo no he intentado ofender á persona alguna, sino cumplir con mi ministerio apostólico, declamando contra los vicios. Dios, que está en el cielo, ve la inocencia de mi corazón, y en él confío que sabrá defenderla. Dicho esto, se despidió del duque y demás caballeros y tomó el camino de Salamanca. Unas palabras que habían de producir la compunción y arrepentimiento, irritaron mas el enojo del duque; quien mandó á los criados que tomasen caballos y armas y saliesen al camino á matar á aquel fraile. Pusieron en ejecución la orden de su amo; y alcanzando al santo en un sitio despoblado, conoció su compañero sus perversas intenciones y las dió á entender al santo con temor. Este, lleno de confianza en la bondad divina, le respondió sin alterarse: No tengáis cuidado, hermano, ni os asustéis al ver tan cerca de vos los caballos y las lanzas, que si Dios está con nosotros, ninguna fuerza hay en este mundo que pueda dañarnos ni en un cabello de la cabeza. Verificóse así, porque apenas los desalmados escuderos, enristradas las lanzas, quisieron poner por obra sus sacrílegos intentos, cuando tanto los caballos como los caballeros se quedaron parados por divina virtud y agitados de una convulsión tan violenta, que los puso en términos de perder la vida. Conocieron inmediatamente que aquel era castigo con que el cielo vengaba la atrocidad de su delito. Dieron voces al santo, pidiéndole perdón y que les socorriese en aquella miseria, á las cuales acudió san Juan de Sahagún, y echándoles su bendición, concedió la sanidad y la vida á los que venían en ánimo de quitársela. A la misma hora que esto sucedía en el campo, padecía el duque en su pueblo una fatiga y convulsión, que le llevaba por puntos al último extremo. Llegaron los escuderos; refirieron lo que les había pasado: una luz sobrenatural le manifestó al duque todo el horror de su delito; y enviando mensajeros al prior de San Agustín, le pidió encarecidamente que le enviase el santo fraile Juan, bien cierto de que, si tardaba, no le hallaría con vida. Condescendió el prior con esta súplica: entró el santo donde estaba el duque, el cual, luego que le vio, se arrojó de la cama, se puso á sus pies de rodillas, confesando su culpa con lágrimas y pidiéndole que alcanzase de Dios misericordia. El santo le consoló; le dió saludables consejos para lo futuro; y haciendo oración por él, quedó repentinamente sano. Dió el duque muchas gracias á Dios por tan grande beneficio, y al convento de San Agustín de Salamanca muchas limosnas, entre las cuales un zamarro y unos corporales, que se conservan todavía en el sagrario del convento, como prendas de tan grandes maravillas.
A la virtud de la predicación, de la oración, de la caridad y la penitencia, juntaba el santo otras muchas que le constituían en un grado sublime de santidad. Sin embargo, era tan bajo el concepto que tenía de sí mismo y tan grande el temor de que su alma tuviese la menor mancha, que frecuentaba el sacramento de la penitencia como si fuera muy defectuoso. Cuantas veces salía fuera del convento, otras tantas se confesaba: lo mismo hacía al tiempo de volver y otras diferentes veces en el discurso del día. Este esmero singular en conservar la pureza de conciencia se le remuneró Dios con un favor soberano, que excede la capacidad del humano entendimiento. Al tiempo de consumir la sagrada hostia se dejaba ver Jesucristo con su cuerpo glorioso, despidiendo de todo él, y principalmente de las llagas, tan grandes resplandores, que hubieran deslumbrado la vista, si el mismo Dios no la fortaleciese con su omnipotencia. Al mismo tiempo entendía el santo cosas divinas y maravillosas de los sacrosantos misterios. Por esta causa sentía en su alma tan excelentes dulzuras, que se enajenaba de sí y se detenía notablemente en la celebración de la misa. Faltábales paciencia á los ministros que le ayudaban: quejáronse al prelado: reconvínole este, y estrechado por la obediencia, hubo de manifestar á pesar de su humildad los soberanos favores que del cielo recibía. Acompañó esta confesión con tantas demostraciones de sumisión profunda, con tantos suspiros y lágrimas, que no pudo menos el prelado de conocer la verdad y admirar las misericordias que ejecutaba Dios con su siervo, mandando á los ministros de la iglesia que de allí adelante tuviesen paciencia por mas que el santo tardase en la celebración de la misa.
A tan sublimes virtudes y tan excelentes favores quiso el cielo juntar el don de profecía, con que pronosticaba las cosas futuras y descubría los ocultos secretos del corazón; y una superioridad sobre los elementos, que le hicieron célebre con repetidos milagros. Predicaba en cierta ocasión en la iglesia de san Lázaro de Salamanca, y conmoviéndose algunas personas que estaban entre sí enemistadas, les mandó el santo que se aquietasen, porque el primero que incomodase turbando el auditorio, quedaría repentinamente muerto; lo cual se verificó. Experimentó igualmente esta virtud de penetrar los corazones una mujer, que había propuesto matar á una hija, porque del trato con cierto hombre había quedado deshonrada. Llegóse esta mujer, entre otras varias, á besar la mano á san Juan de Sahagún, cierto día que pasaba por la calle: negósela, diciéndola al oído: No te la quiero dar, porque estás endemoniada. Turbóse la infeliz oyendo esto: fuese al convento, y postrándose á los pies del santo, le suplicó la dijese la causa de lo que había dicho. Entonces san Juan de Sahagún le reveló todo el secreto, diciendo el estado de preñez en que se hallaba su hija; el proyecto que tenía de matarla: persuadióla á que no lo hiciese, asegurando que aquel hombre se casaría con ella y vivirían pacíficamente en el santo matrimonio. Quedó la mujer admirada, viendo la verdad de cuanto decía tocante á su persona, y lo demás lo certificó la experiencia.
A proporción de estas maravillas fueron las que ejecutó el santo por el dominio que tenía sobre las aguas. Una de ellas fue, que, habiendo caído un niño en un pozo á la sazón que el santo pasaba por aquella calle, movido de las lágrimas de su madre, echó la bendición á las aguas del pozo, y estas crecieron inmediatamente hasta el brocal, trayendo sobre sí al niño sin padecer lesión alguna. Alargóle el santo la correa, y asiéndola la criatura, se le entregó salvo á su madre, en quien eran iguales los extremos de alegría á los votos y gracias que ofrecía al cielo. En otra ocasión venía de predicar de Alba; y como su atención la llevaba por lo común en las cosas de Dios, cayó impensadamente en el río Tormes; y cuando todos los que le vieron caer tenían su muerte por cierta, pues la corriente le había arrebatado y hecho pasar por tres paradas de aceñas, que á la sazón molían, vieron con admiración que salió sano y enjuto como si no hubiera estado en el río. Esta maravilla la repitió el cielo muchas veces con nuestro santo, según consta del proceso de su canonización. Sin embargo de que su virtud y santidad estaban testificadas con tan singulares prodigios, era tal la delicadeza de su conciencia, que en todo temía desagradar á aquel Dios que tan misericordiosamente le favorecía. Fué á su pueblo con licencia del prelado á ciertos negocios, y como para concluirlos no bastase el tiempo que había llevado, fue tanta su aflicción, que, angustiado su espíritu, no hallaba consuelo en las cosas de la tierra. Envió un mensajero á solicitar la prórroga de la licencia, y mientras este venía se encerró en un cuarto en donde se tuvo encarcelado á sí mismo, hasta que el mensajero le trajo la licencia y en ella el consuelo de su alma.
Una vida tan santa, llena de todos los ejercicios de las virtudes, una fe viva que el hijo de Dios premiaba con la vista corporal de su gloria en el Sacramento, una esperanza colocada en el Señor, por la cual cedía de su derecho toda la naturaleza cuando el santo lo mandaba, una caridad ardiente que se dirigía al beneficio del alma y del cuerpo, predicando, confesando, padeciendo injurias y pidiendo limosna para socorrer á los pobres: la destrucción de unos bandos que no pudieron apaciguar tres reyes: todo este conjunto prodigioso no podía menos de mover los corazones sensibles á admirar y venerar tanta virtud junta. En efecto, san Juan de Sahagún era aclamado públicamente por santo. Su temerosa conciencia lo resistía, y procuró con artificios ridiculizarse para minorar su estimación, haciendo que le tuviesen por loco; pero según la palabra de la divina Sabiduría esta misma humillación le produjo nuevos ensalzamientos, ya de parte del cielo, ya de parte de los hombres. El cielo dándole virtud para deshacer las enfermedades, restituir á los mancos, cojos y tullidos el uso de sus miembros y hacer que la muerte no tuviese dominio en su presencia, como sucedió con una sobrina suya, á quien levantó del féretro viva después de muchas horas de muerta. Quiso el cielo premiar sus virtudes y trabajos, llevándole á gozar de la gloria que estos merecían. Pero en esto mismo manifestó la predilección con que miraba á este gran siervo de Dios, permitiendo que muriese por predicar contra la deshonestidad como el Bautista. Se tiene por cierto que una mujer poderosa, de cuyos lazos torpes había el santo librado á un caballero, le dió veneno con que se fue poco á poco secando. Antes de morir llamó á los religiosos, pidióles perdón con muchas lágrimas de sus defectos; y habiendo recibido los santos sacramentos, murió con la muerte de los justos, diciendo aquellas palabras del Salmo: En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu. Sucedió este dichoso tránsito el día 11 de junio del año de 1479. Su cuerpo quedó tratable y hermoso; y antes de enterrarle manifestó Dios su santidad con el milagro de una repentina lluvia, después de siete meses de sequedad. Cincuenta y cuatro años después fué descubierto su cuerpo para colocarle en sitio mas decente, y fué hallado entero, exhalando una fragancia tan admirable, que probaba claramente ser del todo milagrosa. Enviáronse algunas reliquias á príncipes y ciudades que las deseaban; por medio de las cuales hizo Dios tantas maravillas en honra de su siervo, que, examinadas con la formalidad que la Iglesia acostumbra, juzgó Alejandro VIII que debía colocarle en el número de los santos: lo que ejecutó con solemnísima pompa el día 16 de octubre del año del Señor de 1690.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.