viernes, 24 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

domingo, 29 de mayo de 2039

Domingo de Pentecostés

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (Acts. 2, 1-11)

Léctio Actuum Apostolórum Cum compleréntur dies Pentecóstes, erant omnes discípuli pariter in eódem loco: et factus est repénte de cœlo sonus, tamquam adveniéntis spíritus veheméntis: et replévit totam domum, ubi erant sedentes. Et apparuérunt illis dispertítæ linguæ tamquam ignis, sedítque supra síngulos eórum: et repléti sunt omnes Spíritu Sancto, et cœpérunt loqui váriis linguis, prout Spíritus Sanctus dabat éloqui illis. Erant autem in Jerúsalem habitántes Judǽi, viri religiósi ex omni natióne, quæ sub cœlo est. Facta autem hac voce, convénit multitúdo, et mente confúsa est, quóniam audiébat unusquísque lingua sua illos loquéntes. Stupébant autem omnes et mirabántur, dicéntes: Nonne ecce omnes isti, qui loquúntur, Galilǽi sunt? Et quómodo nos audívimus unusquísque linguam nostram, in qua nati sumus? Parthi et Medi et Ælamítæ et qui hábitant Mesopotámiam, Judǽam et Cappadóciam, Pontum et Asiam, Phrýgiam et Pamphýliam, Ægýptum et partes Líbyæ, quæ est circa Cyrénen, et ádvenæ Románi, Judǽi quoque et Prosélyti, Cretes et Arabes: audívimus eos loquéntes nostris linguis magnália Dei.

Al cumplirse, pues, los días de Pentecostés, estaban todos juntos en un mismo lugar, cuando de repente sobrevino del cielo un ruido, como de viento impetuoso que soplaba, y llenó toda la casa donde estaban. Al mismo tiempo vieron aparecer unas como lenguas de fuego, que se repartieron y se asentaron sobre cada uno de ellos. Entonces fueron llenados todos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en diversas lenguas las palabras que el Espíritu Santo ponía en su boca. Había a la sazón en Jerusalén , judíos piadosos, y temerosos de Dios, de todas las naciones del mundo. Divulgado, pues, este suceso, acudió una gran multitud de ellos, y quedaron atónitos, al ver que cada uno oía hablar a los apóstoles en su propia lengua. Así pasmados todos, y maravillados se decían unos a otros: ¿Por ventura estos que hablan, no son todos galileos, rudos e ignorantes? Pues ¿cómo es que los oímos cada uno de nosotros hablar nuestra lengua nativa? Partos, medos y elamitas, los moradores de Mesopotamia, de Judea, y de Capadocia, del Ponto y del Asia, los de Frigia, de Panfilia y de Egipto, los de la Libia confinante con Cirene, los que han venido de Roma, tanto judíos, como prosélitos, los cretenses, y los árabes, los oímos hablar en nuestras propias lenguas las maravillas de Dios. [Torres Amat]

Comentario patrístico · Homilía 4 sobre los Hechos de los Apóstoles — San Juan Crisóstomo

Hechos 2, 1-11

¿Percibís la figura? ¿Qué es este Pentecostés? El tiempo en que había de meterse la hoz en la mies y hacerse la recolección. Contemplad ahora la realidad, cuando había llegado el tiempo de meter la hoz de la palabra: pues aquí, como hoz de agudo filo, descendió el Espíritu. Oíd, en efecto, las palabras de Cristo: «Levantad los ojos —dijo— y mirad los campos, que ya blanquean para la siega». Y de nuevo: «La mies es mucha, mas los obreros pocos». Mas como primicias de esta mies, tomó Él mismo [nuestra naturaleza] y la elevó a lo alto. Él fue el primero en meter la hoz. Por eso también llama Simiente a la Palabra. «Cuando —dice— se cumplió el día de Pentecostés»: esto es, cuando por Pentecostés, mientras se acercaba, en suma. Pues era necesario que también los presentes sucesos tuvieran lugar durante la fiesta, para que quienes habían presenciado la crucifixión de Cristo contemplasen igualmente estas cosas. «Y de repente vino un estruendo del cielo». ¿Por qué no se realizó esto sin señales sensibles? Por esta razón: si aun siendo tal el hecho, dijeron los hombres: «Están llenos de mosto», ¿qué no habrían dicho de haber sido de otro modo? Y no se dice solamente que «vino un estruendo», sino «del cielo». Y también lo súbito los sobrecogió y los reunió a todos en aquel lugar. «Como de un viento impetuoso que soplaba»: esto significa la vehemencia sobreabundante del Espíritu. «Y llenó toda la casa»: de suerte que los presentes creyeron y de este modo se mostraron dignos. Y no es esto todo, sino algo aún más admirable: «Y se les aparecieron —dice— lenguas divididas como de fuego». Observad cómo siempre dice «como»; y con razón: para que no os forméis del Espíritu nociones groseras y sensibles. Asimismo, «como de un soplo»: por tanto no era viento. «Como de fuego». Pues cuando el Espíritu había de manifestarse a Juan, vino entonces sobre la cabeza de Cristo en forma de paloma; mas ahora, cuando había de convertirse una muchedumbre entera, es «como de fuego». «Y se posó sobre cada uno de ellos». Esto significa que permaneció y reposó sobre ellos, porque el posarse denota firmeza y permanencia.

¿Vino acaso sobre los doce? No, sino sobre los ciento veinte. Pues no en vano habría aducido Pedro el testimonio del profeta, diciendo: «Y sucederá en los últimos días, dice el Señor Dios, que derramaré de mi Espíritu sobre toda carne; y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas, y vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños». «Y quedaron todos llenos del Espíritu Santo». Pues, para que el efecto no fuera solamente de espanto, por eso es a la vez con el Espíritu Santo y con fuego. «Y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen». No reciben otra señal sino esta primera, pues era nueva para ellos, y no había necesidad de ninguna otra señal. «Y se posó sobre cada uno de ellos», dice el escritor. Observad ahora cómo ya no hay motivo alguno de aflicción para aquel que no fue elegido como lo fue Matías. «Y quedaron todos llenos», dice; no que recibieran meramente la gracia del Espíritu, sino que quedaron llenos. «Y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen». No se habría dicho «todos», estando allí presentes también los Apóstoles, si los demás no hubieran sido igualmente partícipes. Pues de no ser así, habiendo antes hecho mención de los Apóstoles distintamente y por su nombre, no los habría ahora reunido a todos en uno con los demás. Porque si allí donde sólo había de mencionarse que estaban presentes hace mención aparte de los Apóstoles, mucho más lo habría hecho en el caso supuesto. Observad cómo, cuando uno persevera en la oración, cuando uno está en caridad, entonces es cuando el Espíritu se acerca. Les trajo también a la memoria otra visión, pues como fuego se apareció Él también en la zarza. «Según el Espíritu les daba que hablasen»: pues las cosas por ellos dichas eran sentencias profundas. «Y había —dice— en Jerusalén judíos, varones piadosos». El hecho de morar allí era señal de piedad: que, siendo de tantas naciones, hubieran dejado patria, hogar y parientes, y allí residieran. Pues dice: «Había en Jerusalén judíos, varones piadosos, de toda nación que hay bajo el cielo». «Y al divulgarse esto, acudió la muchedumbre y quedó atónita». Como el suceso había tenido lugar en una casa, es claro que acudieron de fuera. La muchedumbre quedó confundida, toda en conmoción. Se maravillaban, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. «Y quedaban pasmados —dice— y se maravillaban, diciéndose unos a otros: He aquí, ¿no son galileos todos estos que hablan?». Al punto volvieron los ojos hacia los Apóstoles. «¿Y cómo —prosigue— los oímos cada uno en nuestra propia lengua en que nacimos? Partos, medos y elamitas, y los que habitan en Mesopotamia, Judea y Capadocia, en el Ponto y Asia, Frigia y Panfilia, en Egipto y en las regiones de Libia que están junto a Cirene —reparad cómo recorren de oriente a occidente—, y los forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, los oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios». «Y todos estaban atónitos y perplejos, diciéndose unos a otros: ¿Qué significa esto? Mas otros, burlándose, decían: Están llenos de mosto». ¡Oh, desmedida necedad! ¡Oh, desmedida malignidad! Pues ni siquiera era la ocasión para ello, ya que era Pentecostés. Y esto era lo que lo agravaba: que confesando aquellos —hombres que eran judíos, que eran romanos, que eran prosélitos, y tal vez que le habían crucificado—, estos otros, tras señales tan grandes, dijeran: «¡Están llenos de mosto!».

Mas repasemos lo que se ha dicho desde el principio. (Recapitulación.) «Y cuando llegó el día de Pentecostés», etc. «Llenó —dice— la casa». Aquel viento era como una fuente de agua. Esto denotaba la abundancia, como el fuego la vehemencia. Nada de esto sucedió en el caso de los Profetas: pues a las almas no embriagadas tales visitaciones no van acompañadas de mucha conmoción; mas cuando han bebido bien, entonces ciertamente es como aquí; con los Profetas, empero, es de otro modo. Se le da el rollo de un libro, y Ezequiel comió lo que había de proferir, y se le hizo en la boca —se dice— dulce como la miel. (Y de nuevo la mano de Dios toca la lengua de otro Profeta; mas aquí es el Espíritu Santo mismo: tan igual es en honor al Padre y al Hijo.) Y por otra parte, en cambio, Ezequiel lo llama «lamentaciones, gemidos y ayes». Para aquellos bien podía ser en forma de libro, pues aún tenían necesidad de semejanzas. Aquellos habían de tratar con una sola nación y con su propio pueblo; mas estos con el mundo entero, y con hombres a quienes jamás conocieron. También Eliseo recibe la gracia por medio de un manto; otro por el óleo, como David; y Moisés por el fuego, según de él leemos junto a la zarza. Mas en el presente caso no es así, pues el fuego mismo se posó sobre ellos. (¿Y por qué no apareció el fuego de suerte que llenara la casa? Porque se habrían aterrado.) Pero la narración muestra que aquí es lo mismo que allí. Pues no habéis de deteneros en que se les aparecieron lenguas divididas, sino advertid que eran de fuego. Un fuego tal como este es capaz de encender combustible infinito. Y bien se dice «divididas», porque procedían de una sola raíz; para que aprendáis que era una operación enviada por el Consolador.

Homilía 4 sobre los Hechos de los Apóstoles, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org

Evangelio (Joannes. 14, 23-31)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Joánnem In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Si quis díligit me, sermónem meum servábit, et Pater meus díliget eum, et ad eum veniémus et mansiónem apud eum faciémus: qui non díligit me, sermónes meos non servat. Et sermónem quem audístis, non est meus: sed ejus, qui misit me, Patris. Hæc locútus sum vobis, apud vos manens. Paráclitus autem Spíritus Sanctus, quem mittet Pater in nómine meo, ille vos docébit ómnia et súggeret vobis ómnia, quæcúmque díxero vobis. Pacem relínquo vobis, pacem meam do vobis: non quómodo mundus dat, ego do vobis. Non turbétur cor vestrum neque formídet. Audístis, quia ego dixi vobis: Vado et vénio ad vos. Si diligerétis me, gauderétis útique, quia vado ad Patrem: quia Pater major me est. Et nunc dixi vobis, priúsquam fiat: ut, cum factum fúerit, credátis. Jam non multa loquar vobíscum. Venit enim princeps mundi hujus, et in me non habet quidquam. Sed ut cognóscat mundus, quia díligo Patrem, et sicut mandátum dedit mihi Pater, sic fácio.

Jesús le respondió así: Cualquiera que me ama, observará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él. Pero el que no me ama, no practica mi palabra. Y la palabra que habéis oído, no es solamente mía, sino del Padre, que me ha enviado. Estas cosas os he dicho, conversando con vosotros. Mas el Consolador, el Espíritu Santo, que mi Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo, y os recordará cuantas cosas os tengo dichas. La paz os dejo, la paz mía os doy; no os la doy yo, como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón, ni se acobarde. Habéis oído que os he dicho: Me voy, y vuelvo a vosotros. Si me amaseis, os alegraríais sin duda de que voy al Padre; porque el Padre es mayor que yo. Yo os lo digo ahora antes que suceda, a fin de que cuando sucediere, os confirméis en la fe. Ya no hablaré mucho con vosotros, porque viene el príncipe de este mundo, aunque no hay en mí cosa que le pertenezca. Mas para que conozca el mundo que yo amo al Padre, y que cumplo con lo que me ha mandado, levantaos, y vamos de aquí. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Juan 14, 23-31 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

Como el Señor había dicho "Todavía un poco, y el mundo no me verá, pero vosotros me veréis" ( Jn 14,19), le interroga acerca de este punto Judas, no el traidor que se denominaba Iscariotes, sino aquel que dejó una epístola entre las Escrituras canónicas. Por eso dice: "Dícele Judas, no el Iscariotes: Señor, ¿por qué te manifestarás a nosotros y no al mundo?". Le pregunta la causa por qué se ha de manifestar a ellos y no al mundo. Y el Señor le explica la causa por qué se ha de manifestar a ellos y no a los extraños, a saber: porque lo aman, y aquéllos no. Respondió Jesús y les dijo: "Si alguien me ama, guardará mis palabras", etc.

La prueba del amor está en las obras: el amor de Dios nunca es ocioso, porque si es muy intenso obra grandes cosas, y cuando rehuye obrar ya no es amor.

El amor aparta del mundo a los santos. Es el único que hace a los concordes habitar en la mansión en que el Padre y el Hijo moran. Ellos dan este amor, a los que concederán por fin su contemplación. Hay cierta manifestación interior de Dios, que los impíos desconocen por completo, porque para éstos no hay manifestación alguna de Dios Padre y Espíritu Santo. La del Hijo pudo existir, pero en carne, que no es tampoco como aquélla, ni pudo ser por mucho tiempo, sino por breve, y esto no para alegría, sino para condenación; no para premio, sino para castigo. Después continúa: "Y vendremos a él". En efecto, vienen a nosotros, si vamos nosotros a ellos; vienen con su auxilio, nosotros con la obediencia; vienen iluminándonos, nosotros contemplándolos; vienen llenándonos de gracias, nosotros recibiéndolas, para que su visión no sea para nosotros algo exterior, sino interno, y el tiempo de su morada en nosotros no transitorio sino eterno. Por eso continúa: "Y habitaremos en él".

Viene en verdad al corazón de algunos, y no hace morada en ellos, porque si bien se vuelven a Dios por la contrición, después, cuando están en la tentación, se olvidan del arrepentimiento y vuelven a sus pecados, como si no los hubieran deplorado. Pero en el corazón del que ama a Dios verdaderamente, Dios desciende y mora: porque de tal manera está penetrado del amor divino, que ni aun en el tiempo de la tentación lo echa en olvido. Verdaderamente ama a Dios aquel que no se deja dominar un momento en su alma por los malos deleites.

¿Creerá alguien quizá que porque el Padre y el Hijo habitan en sus escogidos, se excluya al Espíritu Santo? ¿Pues no dice más arriba hablando del Espíritu Santo: "Con vosotros habitará y en vosotros estará"? ( Jn 14,17). ¿O es que hay alguien tan inclinado a lo absurdo que crea que con la venida del Padre y del Hijo, se apartará el Espíritu Santo para ceder el puesto a personas mayores? Mas a este pensamiento natural, responde la Sagrada Escritura, cuando dice: "Para que permanezca eternamente con vosotros" ( Jn 14,16). Tendrá, pues, la misma mansión que el Padre y el Hijo por toda la eternidad. Porque ni el Espíritu Santo viene sin Ellos, ni Ellos sin El. Mas para hacer la separación de la Trinidad, se dicen algunas cosas de cada una de las personas separadamente. Sin embargo, no pueden entenderse excluyendo las otras, por la unidad de sustancia.

Tanto más se aleja uno del amor supremo cuanto más se acerca a las cosas inferiores. Por esta razón dice: "Quien no me ama, no guarda mis palabras". En el amor del Creador deben buscarse, pues, la lengua, el entendimiento y la vida.

Pensó acaso Judas que como nosotros vemos los muertos entre sueños, de la misma suerte habrían de verle. Por tanto, pregunta: "¿Cómo es que debes manifestarte a nosotros y no al mundo?". Como diciendo: ¡Ay de nosotros! Que morirás y luego te presentarás como muerto. Para que no incurrieran en este error, dice: "Yo y el Padre vendremos a él". Como diciendo: De la misma manera que el Padre se manifestará, me manifestaré yo. "Y haremos mansión en él", lo cual no es propio de los sueños. "Y la palabra que me habéis oído no es mía, sino de Aquel que me envió", como diciendo: No sólo a mí, sino que tampoco al Padre ama el que no oye mi palabra. Dice esto, porque nada habla fuera del Padre, ni nada que Este desapruebe.

Acaso quiso establecer cierta distinción con la palabra al decir "palabras" en plural: "El que no me ama no guarda mis palabras", para que cuando se refiriese a "la palabra" (esto es, el Verbo) que no es de sí misma sino "del Padre que me envió", esto se entendiese de El mismo. Porque El no es Verbo de sí mismo, sino del Padre; así como tampoco es imagen de sí mismo, sino del Padre; ni Hijo de sí mismo, sino del Padre. Por eso atribuye con mucha razón al Autor de todo cuanto hace igualmente, porque de El le viene el serle igual en todo.

Habiéndoles dicho algunas cosas de las cuales unas eran inteligibles y otras no entendieron, para que no se turbasen, prosigue: "Os he hablado estas cosas mientras vivo con vosotros".

La convivencia que les promete para lo futuro es distinta de aquella que al presente les concede. La primera es espiritual y radica en lo interior; ésta corporal y susceptible de manifestarse a lo exterior por los ojos y los oídos.

Los prepara para que pueda hacérseles más llevadera su ausencia corporal, prometiéndoles que ésta será origen y fuente de grandes bienes para ellos. Porque mientras El no se ausentase y no viniese el Espíritu Santo, nada grande podían saber. Sigue por ende: "El Espíritu Santo Paráclito que el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todas las cosas e inspirará lo que yo os dijere".

La palabra griega paraklhto( 1 quiere decir abogado y consolador. Y se llama abogado, porque se interpone entre nuestras culpas y la justicia del Padre, haciendo que aquellos que de su inspiración se llenan, se conviertan en penitentes. Y se llama consolador el mismo Espíritu, porque libra de la aflicción el alma de aquellos que, habiendo merecido el perdón de sus pecados, los prepara con esa esperanza.

Constantemente le llama Paráclito, porque alivia sus aflicciones.

El Salvador afirma que el Espíritu Santo será enviado por el Padre en su nombre, siendo propiamente el nombre de Salvador el del Hijo. De este modo se significa con esta palabra la unidad de naturaleza, y la propiedad (si es lícito expresarse así) de las personas. El venir en nombre del Padre, es sólo propio del Hijo, salvadas las relaciones entre el Padre y el Hijo, y ninguno otro viene en el nombre del Padre, sino, por ejemplo, en el nombre del Señor, Dios Todopoderoso. Como los siervos que vienen en el nombre del Señor, por lo mismo que están sometidos y sirven, testimonian al Señor (siendo siervos del Señor), así también el Hijo, que viene en el nombre del Padre, lleva su nombre, porque así se prueba como tal Hijo Unigénito. Y como el Espíritu Santo se envía en el nombre del Hijo, se demuestra la unidad en que está con el Hijo: de donde también se dice Espíritu del Hijo por su adopción, haciendo hijos a aquellos que habían querido recibirle. Mas este Espíritu Santo, que viene en el nombre del Hijo enviado por el Padre, enseñará todas las cosas a los que han sido perfeccionados en el nombre de Cristo, en cuanto aquéllas corresponden a lo espiritual y a los sacramentos intelectuales de la verdad y de la sabiduría. Mas enseñará, no como se aprenden ciertas artes y la ciencia con esfuerzo y diligencia, sino como corresponde a aquel arte que es a la vez doctrina y sabiduría, inspirando invisiblemente el Espíritu de la verdad la ciencia de lo divino en el entendimiento.

Ociosa será la enseñanza del doctor si el Espíritu Santo no asiste al corazón del que oye, y así nadie adjudique al maestro lo que oye de sus labios. Porque si en su interior no está el que enseña, la lengua del doctor trabaja en vano para expresarse. Ni aun el mismo Creador habla al hombre para su enseñanza, si no hace preceder al Espíritu Santo por la unción. ¿Acaso es que el Hijo habla y el Espíritu Santo enseña, de tal suerte, que al hablar el Hijo sigamos la doctrina y la entendamos por el auxilio del Espíritu Santo? Luego toda la Trinidad dice y enseña; pero la débil inteligencia humana no puede comprender sus operaciones, sino atribuyéndolas separadamente a las personas.

Debemos inquirir por qué se dice del mismo Espíritu Santo: "Os sugerirá todas las cosas", siendo oficio de inferior el sugerir. Pero como también por sugerir entendemos algunas veces el hecho de suministrar, decimos que el Espíritu invisible sugiere, no porque inspire en nosotros la ciencia de lo profundo, sino la de lo oculto.

Sugerirá (esto es, nos traerá a la memoria) y aun debemos entender que se nos manda no olvidar, que los salubérrimos preceptos que Cristo nos conmemoró, pertenecen a la gracia.

En efecto, el Espíritu Santo, no sólo enseñó, sino que también recordó. Enseñó todo aquello que Cristo no había enseñado por superar a nuestras fuerzas, y recordó todas las cosas que el Señor había dicho, y que ya sea por su oscuridad, ya sea por la torpeza de ellos, no habían podido conservar en la memoria.

Mas como ellos al oír esto se turbaban pensando que después de su ausencia les amenazaban rencores y luchas, los consuela de nuevo diciendo: "La paz os dejo, os doy mi paz".

Nos deja la paz en este mundo, con cuya ayuda vencemos al enemigo, y para que también aquí nos amemos mutuamente. Nos dará su paz en la vida futura, cuando reinaremos sin enemigos, y donde nunca podremos disentir entre nosotros. Y El mismo es nuestra paz, ahora que creemos que es y cuando le veamos tal cual es. Mas ¿por qué, cuando dice "La paz os dejo", no añade mía, y sí, cuando dice: Os doy? ¿Acaso habrá que sobreentender mía donde no se dijo? ¿O es que hay aquí algún sentido oculto? Quiso significar por su paz aquella que El tiene, y porque la paz que nos dejó en este mundo más bien puede llamarse nuestra que de El. Nada hay que esté en lucha con El, porque está completamente exento de pecado, y nosotros, en cambio, tenemos la paz que es compatible con el estado en que tenemos que decir: Perdónanos nuestras deudas ( Mt 6,12). Pero también hay paz entre nosotros, porque sabemos del mutuo amor que nos tenemos. Pero ni aun esta paz es completa, porque no vemos mutuamente los pensamientos de nuestros corazones. Tampoco se me oculta que estas palabras del Señor pueden considerarse como repetición de un mismo pensamiento. Y al proseguir el Señor: "No os la doy yo como la da el mundo", ¿qué otra cosa es esto sino no como la dan los hombres que aman al mundo? Estos se conceden la paz a fin de gozar del mundo sin molestias; y cuando conceden la paz a los justos, de tal manera que dejan de perseguirlos, la paz no puede ser verdadera donde no hay verdadera concordia, porque sus corazones están muy separados.

La paz exterior sirve muchas veces para el mal, y no aprovecha de nada a los que la tienen.

Porque es la paz serenidad en el entendimiento, tranquilidad de ánimo, sencillez de corazón, vínculo de amor y consorcio de caridad, sin que pueda llegar a la heredad del Señor quien no quisiere observar el testamento de la paz, ni puede estar conforme con Cristo el que no lo esté con el cristiano.

Como había dicho: "Os dejo la paz" ( Jn 14,27) (cosa propia del que se ausenta), pudiendo esto turbarlos, dice: "No se turbe vuestro corazón ni se acobarde", porque esto lo sufrían por el amor y aquello por el miedo.

Podía turbarse y temblar el corazón de ellos, porque se ausentaba (aunque había de volver), y acaso entre tanto el lobo invadiría el rebaño por la ausencia del pastor. De aquí sigue: "Habéis oído que os dije: Voy y vengo a vosotros". Iba en tanto que era hombre, más permanecía en cuanto era Dios. ¿Por qué así turbarse y temblar su corazón, cuando si bien se ocultaba a la vista, no abandonaba al corazón? Y para que comprendiesen que al decir que se iba hablaba en cuanto hombre, dijo: "Si me amaseis os alegraríais, porque voy al Padre", etc. Por lo mismo de que el Hijo no era igual al Padre, por eso irá al Padre, desde el cual vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Mas también por lo mismo que es igual al Generador, no se separa del Padre, sino que está con El todo en todas partes, con igual divinidad, la cual no ocupa lugar. El mismo Hijo de Dios, igual al Padre en la forma de Dios (porque se anonadó no dejando la forma de Dios, sino tomando la de siervo), es también mayor a sí mismo, porque la forma de Dios, no perdida, es superior a la de siervo, tomada. Esta, pues, es la forma de siervo, respecto de la que el Hijo de Dios es menor, no sólo al Padre, sino también al Espíritu Santo. También respecto de esta forma de siervo, Cristo era inferior a sus propios padres, cuando siendo niño les estaba sometido según dice el Evangelio. Reconozcamos, pues, la doble naturaleza de Cristo: la una por la cual es igual al Padre, que es la divina, y la humana, que le hace inferior al Padre. Una y otra naturaleza no constituyen dos, sino un solo Cristo, porque Dios no es cuaternidad, sino Trinidad. Dijo asimismo: "Si me amarais, os alegraríais, porque voy al Padre", en atención a que la naturaleza humana merecía albricias por haber sido tomada por el Verbo Unigénito, que la había de hacer inmortal en el cielo, y hasta tal punto se había de sublimar en la tierra, que el polvo incorruptible se sentaría a la derecha del Padre. ¿Quién, que ame a Cristo en tal manera, no había de alegrarse, viendo su naturaleza elevada a grado inmortal, y esperando para sí gloria semejante por Cristo?

Si por la autoridad del donante el Padre es mayor que yo, ¿acaso se aminora el Hijo por la confesión de esta donación? El donante es mayor, en efecto, pero ya no es menor al que se le concede el que sea uno con El.

Aún no conocían los Apóstoles lo que significaba aquella resurrección que había predicho, diciendo "Voy y vengo a vosotros", ni tenían un concepto adecuado de El, sino que juzgaban que el Padre era superior. Quiere, pues, decirles: Aunque tembláis por mi causa, creyendo que yo no me basto para auxiliarme a mí mismo, ni confiáis en que de nuevo os veré después de la cruz, sin embargo, oyendo que voy al Padre, convenía que os alegraseis, porque voy hacia un ser superior, capaz de destruir todo lo que me molesta. Todas estas cosas se dirigían a la debilidad de los discípulos. Por eso añade: "Y os lo he dicho ahora, antes que suceda, para que creáis cuando haya sucedido".

¿Cómo es esto? ¿Pues no debe creer el hombre, antes que suceda, todo aquello que tiene obligación de creer? En verdad que el mérito de la fe está en que no se vea aquello que se cree. Porque si bien se dijo: "Porque viste, creíste" ( Jn 20,29), aquel a quien esto se dijo, no creyó lo mismo que vio: vio al hombre y creyó en Dios. Mas aunque se dice que se creen las cosas que se ven, como suele decir cada cual que ha creído con los ojos, sin embargo, no es ésta la fe que se edifica en nosotros, sino que por las cosas que vemos se opera en nosotros la creencia de aquellas que no se ven. Dice: "Cuando haya sucedido", porque después de la muerte, lo habían de ver vivo y subiendo al Padre. Y visto esto, habrían de creer que El es el Cristo, Hijo de Dios, porque pudo hacer esto y predecirlo antes que sucediese. Y habían de creer esto, no por una fe nueva, sino por la misma fe aumentada. O mejor, con una fe que faltó cuando murió, pero que renació con la resurrección.

Aduce el mérito de la gloria que había de recibir, diciendo: "Ya no hablaré muchas cosas con vosotros".

Hablaba de este modo, porque estaba muy cercano el tiempo en que había de ser preso y llevado a la muerte: "Porque viene el príncipe de este mundo".

¿Quién sino el diablo? Mas el diablo no es príncipe de las criaturas, sino de los pecadores. De aquí, cuando el Apóstol dice: "Contra los rectores del mundo" ( Ef 6,12), expone en seguida lo que entiende por mundo: "De estas tinieblas", esto es, de los hombres impíos. "Y nada tiene en mí"; porque ni Dios había venido con pecado, ni la Virgen había parido su carne de la descendencia del pecado. Y como si alguien le objetase: ¿Entonces cómo vas tú a morir, no teniendo pecado, cuando sólo éste es merecedor de la muerte? Continúa: "Para que el mundo conozca que amo al Padre, y como el Padre me dio el mandamiento, así hago. Levantáos, vamos de aquí", porque recostado hablaba a los discípulos, también recostados 1. "Vamos" (dijo) al lugar en que tiene que ser entregado a la muerte, el que de ninguna manera la merecía. Mas para morir, tenía el mandato del Padre.

Pero que el Hijo sea obediente a la voluntad y precepto del Padre, no prueba, ni aun en los hombres, desigualdad de naturaleza, porque Cristo no sólo es Dios, por cuya naturaleza es igual al Padre, sino también hombre, por cuya naturaleza es menor que el Padre.

O esto que dice "Levantaos, vamos de aquí", es principio de otro pensamiento. Era consiguiente que se llenasen de temor, estando en medio del campo, sumergidos en las sombras de la noche, y, por lo tanto, que lejos de atender a lo que se les decía, volviesen los ojos alrededor y viesen en la imaginación a los perseguidores, máxime cuando oían: "Todavía estoy un poco con vosotros ( Jn 7,33), y "el príncipe de este mundo viene" ( Jn 14,30). Y como oyendo esto y otras cosas semejantes, apenas atendían y se turbaban, los lleva a otro sitio, para que, considerándose en seguridad, no se cuiden de nada más que de oír, porque tenían que escuchar grandes dogmas.

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena