viernes, 24 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

jueves, 26 de mayo de 2039

San Felipe Neri, Confesor

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Felipe Neri, fundador de la congregación del Oratorio en Italia, célebre por el don de virginidad, por el de profecía y por el de milagros, nació en Florencia el día 22 de julio del año 1515. Fue su padre Francisco Neri, y su madre Lucrecia de Soldi, ambos más recomendables por su virtud que por su antigua nobleza. Criaron al niño con el mayor cuidado, aunque costó poco el buen resultado de su educación. Su natural inclinación a la virtud, y las buenas disposiciones de corazón y de entendimiento con que había nacido, le facilitaron los grandes progresos que en breve tiempo hizo, no menos en la ciencia de los santos que en el estudio de las letras humanas. Perdió a su madre siendo aún muy joven; pero su bello natural, su apacibilidad, su rendimiento, y especialmente su sólida virtud, hicieron que encontrase otra no menos tierna y amorosa en las segundas nupcias de su padre. Amóle la madrastra como si hubiera sido su hijo; y por su modestia, por su apacible natural y por su genio oficioso apenas era conocido en Florencia con otro nombre que con el de Felipe el bueno. No se hablaba de otra cosa en toda la ciudad que de la virtud de aquel ejemplar mancebo.

A los ocho o nueve años de su edad experimentó una prueba de la especial protección del cielo, habiendo caído del desván de una casa sin haber recibido daño alguno. Crecían con la edad su juicio y su virtud, y ya comenzaba a mirar con afición la vida santa y penitente de los religiosos, cuyas casas frecuentaba, cuando por razones de familia le envió su padre a la villa de San Germán, situada al pie del monte Casino, para que viviese en compañía de un tío suyo, llamado Rómulo, hombre poderoso y sin sucesión, que le tenía destinado para su heredero. Hizo muy poco caso de esta herencia. Estuvo dos años en compañía de su tío, edificando a todo el pueblo con su modestia y con sus virtuosos ejemplos. Pero aspiraba a mayor fortuna, y cuanto más iba conociendo al mundo, más suspiraba por retirarse de él. Suplicó al tío que le diese licencia para ir a Roma a acabar sus estudios; y aunque a Rómulo le causaba gran dolor el alejar de sí a un sobrino tan amable, al fin, como era timorato, hizo escrúpulo de oponerse a la voluntad de Dios, si resistía a una vocación tan declarada.

Apenas hubo llegado Felipe a Roma, cuando se distinguió en aquella corte, no menos por su ingenio que por su virtud. Hizo en pocos días tan rápidos progresos en las ciencias y en la santidad, que fue tenido en Roma por uno de los más hábiles teólogos de su tiempo, y por uno de los mayores santos de su siglo. Resplandecía la virtud en toda su conducta; brillaba en el semblante y en todo el porte exterior. Su modestia y su virginal pudor le hacían respetar hasta de los más disolutos: con todo eso no faltaron algunos tan malignos y tan descarados que armaron lazos a su inocencia, pero siempre con grande confusión de los mismos que le pretendían derribar. Por largo tiempo permitió Dios que padeciese su virtud semejantes combates, sin duda para darle ocasión a que alcanzase mayores triunfos. Fingíanse enfermas muchas mujeres perdidas, y le llamaban a sus casas con pretexto de convertirse, siendo en la realidad para provocarle; pero con el auxilio del cielo salió más pura su virtud de estas peligrosas ocasiones, sirviéndole para vivir más cuidadoso, más humilde, más recogido y más mortificado.

Era su vida muy austera y penitente. Comía una sola vez al día, reduciéndose la comida a pan y agua; si tal vez añadía algunas hierbas, cuidaba de que fuesen tan mal guisadas, que el regalo se convertía en verdadera penitencia. Su oración era continua, interrumpiéndose solo con un brevísimo sueño. Después de haber visitado todos los días las siete estaciones de Roma, se retiraba por las noches al cementerio de Calixto, donde continuaba sus ejercicios espirituales en las catacumbas de los santos mártires. Aquí fue donde comenzó su corazón a abrasarse tanto en el incendio del divino amor, que con el tiempo llegó a suplicar al Señor que mitigase sus ardores. Estrechándose cada día más y más en unión íntima con Dios, a los veinte y tres años de su edad se prohibió a sí mismo todo comercio con el mundo, resuelto a no pensar en otra cosa que en su propia santificación y en la salvación de las almas.

Los hospitales, las cárceles y las casas de misericordia eran el teatro de su caridad; y como si no hubiesen sido bastantes para su celo, no había día que no se le encontrase en las plazas, en los corrillos, en los sitios públicos, en el banco, en el cambio, y hasta en los mercados, para ganar a todos con sus santas conversaciones y con sus ejemplos. Bendijo Dios de tal suerte una caridad tan industriosa y tan activa, que se notó una mudanza considerable en todos los parajes que Felipe frecuentaba. Desterráronse de los lugares públicos las pendencias, las blasfemias y las obscenidades. Vióse en Roma con admiración una general reforma de costumbres, aun antes que fuese conocido el autor de la reforma. Desde entonces comenzaron todos a reverenciar la virtud y el mérito de tan insigne operario. Juntáronsele algunas personas virtuosas que quisieron tener parte en tan santas obras. No se limitaba su caridad a los niños y a los pobres vergonzantes: extendíase a todos los estados. Estaba en continuo movimiento, solicitando limosnas para los hospitales, para las cárceles y para las comunidades religiosas más necesitadas.

Hacia el año de 1550, a instancias de un virtuoso eclesiástico, su confesor, llamado Persiano Rosa, fundó la cofradía de la Santísima Trinidad en la iglesia de San Salvador del Campo, para socorrer a los pobres extranjeros, a los peregrinos, y a los convalecientes, que no tenían donde retirarse. Era Felipe como el alma de este nuevo cuerpo, y escogía siempre para sí las funciones más penosas de sus miembros. Admirado Persiano Rosa de los grandes frutos que producía en la Iglesia la ardiente caridad de su fervoroso penitente, juzgó que sería de mucho mayor utilidad su ministerio si recibía los sagrados órdenes. Propúsoselo, y se sobresaltó su humildad; pero al fin fue preciso obedecer; y para no darle tiempo a representar nuevas dificultades, solicitó se le dispensasen los intersticios, y en el espacio de dos meses y medio le hicieron recibir la primera tonsura, los órdenes menores, el subdiaconato, el diaconato y el presbiterato. Tenía Felipe a la sazón treinta y seis años, y hasta entonces no había pensado en hacerse sacerdote, considerando su indignidad.

Ninguno se llegó al sacrificio del altar con mejor disposición. Las extraordinarias gracias con que el cielo le favoreció en su primera misa, fueron, por decirlo así, como los preludios de los singulares favores que había de recibir en lo sucesivo. Celebraba cada día, y siempre con nuevo fervor; desde la consagración hasta que consumía parecía un hombre extático, con el semblante arrojando fuego; permanecía inmoble y sin sentido horas enteras; las dulces lágrimas que derramaba mostraban bien el incendio del divino amor que abrasaba su alma; nunca podía arrancarse del altar sin mucha violencia. Viéndose precisado a celebrar el santo sacrificio en una capilla particular, así por sus achaques, como para dar rienda y mayor libertad a su tierna devoción, tenía prevenido al ayudante que un poco antes de la comunión le dejase solo, y volviese una o dos horas después para acabar la misa. Se puede discurrir cuáles serían las íntimas comunicaciones que entonces tendría con su Dios, y de qué delicias espirituales sería inundada aquella purísima alma; a lo menos se puede conjeturar por lo que sucedió después.

Acabando un día de decir misa, y sintiéndose inflamado de un extraordinario deseo de amar más y más a Dios, lo pedía con fervorosísimas instancias al Espíritu Santo, como principio y origen del divino amor, cuando sintió de repente que, no cabiéndole el corazón en el pecho, rompió con estruendo dos costillas que se separaron hacia los dos lados para hacerle más lugar, y para darle mayor dilatación. Vivió cincuenta años después de este insigne favor, y después de su muerte toda Roma fue testigo de tan singular prodigio.

La ternura que profesaba a la santísima Virgen era en todo correspondiente al amor que le abrasaba por su santísimo Hijo. Apenas acertaba a apellidarla con otro nombre que con el de su Madre, sus delicias y su amor. En todas sus exhortaciones, pláticas, discursos y conversaciones familiares había de entrar el dulcísimo nombre de María. «Honrad a María, amad a María, hijos míos», decía continuamente a los padres de su congregación: «ella es la dispensadora de todas las gracias, y ningún favor recibimos del cielo que no venga por sus manos.» Fuera del rosario que rezó indispensablemente todos los días de su vida, una de las devociones que aconsejaba a todos era que repitiesen sesenta y tres veces al día esta jaculatoria: Virgo María, mater Dei, deprecare Jesum pro me, o virgo et mater: Virgen María, madre de Dios, ruega por mí a Jesús, ¡oh virgen y madre! Todas las conversiones y todas las maravillas que obraba Dios por su fiel siervo, las atribuía este a la santísima Virgen, de quien recibía cada día singulares favores.

Hallándose en una ocasión enfermo de gravísimo peligro, y a punto de espirar, se le apareció la santísima Virgen: a su vista recobró las fuerzas, incorporóse con ligereza en la cama, levantó las manos al cielo, y clavando los ojos en el objeto que él solo veía, exclamó con asombro de los circunstantes: Ea, que aquí está mi buena Madre. Desde aquel instante quedó enteramente sano, y pudiendo más su gozo que su humildad, confesó con ingenuidad que su pronta y milagrosa curación la debía a la visita de la Virgen.

Entre tanto, aunque era muy abundante la mies en la cofradía de la Trinidad, no era campo bastante dilatado para su grande celo. Aconsejóle su confesor que entrase en la congregación de los clérigos de San Jerónimo llamada de la Caridad, donde le destinaron al ministerio de oír confesiones. Mirábalo Felipe con un santo temor, y no se atrevió a ejercerlo hasta haberse asegurado bien de ser llamado a él con una verdadera vocación. No se pueden explicar los bienes que hizo en este sagrado ejercicio. Viéronse desde luego grandes conversiones en todo género de personas, estados, clases, edades y condiciones. Confesarse con Felipe y convertirse era una misma cosa. Como estaba todo abrasado en el amor divino, la menor palabra suya penetraba el alma. No había pecador tan obstinado en la costumbre de pecar, no había hombre disoluto, no había mujer perdida, que a sus pies no se deshiciese en lágrimas. No había resistencia a una exhortación de Felipe; una sola palabra suya ablandaba y derretía el corazón más helado. Llenábanle de consuelo tantas maravillosas conversiones, y así no le dolía el trabajo. Después de haber pasado en oración una grande parte de la noche, decía misa al romper el día, daba gracias, y se metía en el confesonario, donde no pocas veces estaba hasta muy entrada la noche, sin otro sustento que el de la salvación de las almas.

No podían menos de alarmar al infierno tantas maravillas. Conjuróse la envidia contra el santo, y le suscitó enemigos aun entre sus mismos hermanos. Armáronse mil lazos contra su prudencia y contra su celo; empleóse la gente más perdida, más disoluta y más obstinada para sorprenderle; echóse mano de la calumnia; fue acusado ante el vicario de Roma de que enseñaba novedades, y de que guiaba a sus penitentes por caminos extraviados y hasta entonces no conocidos. Fue citado, fue amonestado y fue observado; pero al fin, reconocida su santidad y su inocencia, cesó la borrasca y se le confirmó en su apostólico ministerio.

Noticioso de las milagrosas conversiones que obraba el Señor en el Japón por medio de los padres de la Compañía, tuvo el pensamiento de atravesar los mares, y juntarse con tantos celosos misioneros; pero le desviaron de él, representándole que en sola Roma encontraría su celo un buen equivalente de todas las Indias y de todo el nuevo mundo.

Por este tiempo creció tanto el número de sus discípulos, y era tan grande el concurso de los que le buscaban, que embarazaban la iglesia, y no daban lugar a las juntas que acostumbraba celebrar la congregación de la caridad. Por este motivo pidió a la misma congregación un sitio bastantemente espacioso, que estaba al lado derecho de la misma iglesia, y no sirviéndola a ella para nada, podía ser muy útil para los fines que Felipe andaba meditando. Concediéronselo, y luego dispuso que sus discípulos en diferentes horas del día tuviesen en él instrucciones públicas y conferencias espirituales; siendo los primeros que se le agregaron, y los primeros también que empleó en este ministerio, Taurisio, Modi, Fuccio, Baronio, que después fue cardenal, Bordini, que fue arzobispo de Aviñón, y Alejandro Fedeli. El resultado fue tan feliz y el fruto tan notorio, que concurría de tropel el pueblo y la nobleza, singularmente a la conferencia de la tarde; lo que determinó a Felipe a erigir en el mismo lugar una especie de oratorio, para que se acabasen las conferencias con un rato de oración. Echó Dios su bendición a este piadoso pensamiento de tal manera, que ya no se hablaba en Roma de otra cosa sino de ir a visitar el oratorio de Felipe Neri.

Era cada día más abundante la mies; y teniendo Dios cuidado de aumentar el número de los obreros, se dio principio a aquella santa congregación, que hace casi dos siglos está edificando con tanta gloria y con tanto esplendor a toda la santa Iglesia. Tal fue el nacimiento de la ilustre congregación de los padres del oratorio de San Felipe Neri en Roma, tan célebre por los grandes hombres que ha producido y está produciendo cada día, tan estimable por la prudencia y discreción de sus constituciones, y por las virtudes sobresalientes de sus individuos, y tan útil a la Iglesia de Dios por los continuos frutos de su celo, que acaso es la más provechosa de todas las fundaciones que se han hecho hasta ahora en los dominios de Italia.

Pero hablando en rigor, hasta el año de 1564, en que Felipe tomó a su cargo el gobierno de la iglesia que pertenecía a la nación florentina, no dio una forma regular a su congregación. Entonces formó las constituciones que fueron aprobadas por la silla apostólica, y confirmó después la santidad de Gregorio XIII por un breve que expidió en 15 de julio de 1575; y bien informado este gran pontífice de los imponderables bienes que traía al orbe cristiano la nueva congregación, le cedió la nueva iglesia de Vallicela. En muy breve tiempo se hicieron después otras muchas fundaciones, estableciéndose la congregación primeramente en el estado eclesiástico, de donde se propagó al reino de Nápoles, a la Toscana, al Milanés, y con el tiempo se extendió a España y a Portugal. El santo fue elegido a una voz por primer general, a pesar de su extrema repugnancia.

No podían faltar contradicciones a una congregación tan santa y tan provechosa. Desatóse el infierno furiosamente contra los miembros y contra la cabeza; no perdonó a las más groseras calumnias: pero la eminente virtud de nuestro santo fácilmente burló todos los artificios del espíritu maligno. Cada día era más admirada su heroica santidad, que confirmaba el Señor con frecuentes profecías y milagros. Llamó un día a Baronio a la una de la tarde, y le dijo: Tomaos el trabajo de ir a visitar los enfermos del hospital. Representóle Baronio que aquella era una hora incómoda y que solo serviría para molestar a los enfermos que estarían descansando. Id sin dilación, replicó el santo. Obedeció Baronio, entró en una de las salas, y luego vio en ella un enfermo que estaba agonizando. Corrió a él para ayudarle a bien morir, y entendió, no sin admiración, que no se había confesado. Confesóle muy despacio, y habiéndole administrado los demás sacramentos, espiró dichosamente en sus manos.

Profesaba Felipe estrecha amistad a San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús; y pasó este amor a ser como hereditario en sus hijos. Amábanse los dos santos recíprocamente, y después de muerto San Ignacio, nunca emprendía Felipe cosa considerable sin irla a consultar con Dios delante de su sepulcro.

En fin, conociendo Felipe que le iban faltando las fuerzas por su avanzada edad y continuos achaques, consiguió licencia del papa Gregorio XIV para decir misa en su aposento; porque dejarla un solo día hubiera sido abreviarle los de la vida. Celebróla el día 26 de mayo con su acostumbrado fervor y devoción, y concluida, solo pensó en disponerse para ir a gozar de Dios. Noticioso sin duda de la hora de su muerte, se entregó a los más tiernos y más fervorosos actos del divino amor, y en estos felices transportes espiró, el año de 1595, a los 82 de su edad.

Estuvo el santo cuerpo expuesto a la veneración de toda la ciudad por espacio de tres días; al cabo de los cuales, encerrado en una caja de nogal, se depositó en un nicho que se abrió en la pared. Siete años después fue trasladado con mucha pompa a una magnífica capilla que se había erigido en su honor, habiéndose hallado su cuerpo incorrupto y entero sin embargo de no haber sido embalsamado; y fueron tantos los milagros que por su intercesión obró el Señor en su gloriosa sepultura, que desde luego se comenzó a trabajar en los procesos de su canonización, la que celebró solemnemente el papa Gregorio XV, el día 12 de marzo de 1622.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.