viernes, 20 de mayo de 2039
San Bernardino de Siena, Confesor
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Bernardino, uno de los astros más resplandecientes del orden de san Francisco, y uno de los más brillantes ornamentos de su siglo, fue de la ilustre familia de los Albizzeschis de Sena en Toscana. Su padre Tollo, y su madre Nera, más ilustres por su piedad que por su nobleza, pedían á Dios con instancia les diese un hijo, poniendo por intercesora á la santísima Virgen. Oyó el Señor sus oraciones y les concedió el hijo tan deseado, que salió á luz el día de la Natividad de la misma Señora, 8 de setiembre del año de 1380. Nació en Masa, ciudad del estado de Sena, de que era bailío el señor Tollo.
Perdió á su madre siendo de edad de tres años, y á su padre cuando solo contaba seis; por lo que quedó bajo la tutela de una tía suya materna, llamada Diana, señora de gran virtud, que procuró con el mayor cuidado darle una buena educación, y sobre todo inspirarle desde luego el santo temor de Dios y una singular devoción á la santísima Virgen. No la costó ningún trabajo, porque el genio, las inclinaciones é índole del niño Bernardino, naturalmente le llevaban hacia lo bueno. No tenía mayor diversión que estar en la iglesia, hacer altares y oír sermones, los que repetía después con tanta gracia, que todos admiraban desde entonces el bello talento que mostraba para el púlpito.
En la hermosura de su semblante se leía el candor y la pureza de su alma; estaba dotado de un excelente ingenio; su rostro estaba siempre sereno y apacible; brillaba el pudor en su semblante; sus modales gratos y naturalmente cortesanos le hacían no menos amable que admirable á cuantos le conocían.
Siendo de once años, le llevaron á Sena sus tíos paternos Cristóbal y Ángel Albizzeschi, donde le dieron maestros que le instruyesen en las ciencias. Allí aprendió la gramática y letras humanas, siendo su maestro Onufro, y de la filosofía Juan de Espoleto, que no cesaban de elogiarle, enamorados de su hermosura, de su ingenio, de su aplicación, y sobre todo de su virtud. Dejábase conocer en todas sus operaciones la inocencia y la pureza de sus costumbres. Si se descuidaban sus compañeros en alguna palabra menos compuesta, al punto se llenaba de un virginal empacho su semblante. Hacíase respetar por su virtud, aunque tan mozo; su modestia contenía á los más libres, y en su presencia no se oía conversación menos honesta. Bernardino viene, se decían unos á otros los jóvenes, si tal vez se desahogaban en conversaciones algo libres.
Acabado el curso de filosofía, estudió teología y el derecho canónico, haciendo tantos progresos en la primera facultad, que fue uno de los más hábiles teólogos de su siglo. Al paso que se hacía más sabio, se hacía más santo. No ignorando que la inocencia se alimenta y se conserva con la mortificación, desde la edad de quince años se entregó al ejercicio de espantosas penitencias. Ayunaba tres veces á la semana, usaba el cilicio casi todos los días, se acostaba vestido sobre la tierra desnuda, dormía poco para orar mucho; y acechándole algunos compañeros, observaron que despedazaba su inocente cuerpo con crueles azotes, sirviéndose algunas veces de un manojo de ortigas.
Al paso que crecía su fervor, crecía también su tierna devoción á la santísima Virgen. Estando un día con una de sus primas, viuda joven, pero de eminente virtud, se despidió de ella, diciendo que iba á visitar á una señora de un mérito sin igual, de incomparable hermosura, y á quien amaba con pasión. Admirada la virtuosa señora de semejante confianza, le dijo no sin sobresalto: Pues qué, primo, ¡un mozo de tu virtud también se anda visitando señoras! Sin duda, respondió el santo sonriéndose, tanto, que me retiraría á casa con poco gusto, si dejase un día de rendir mis respetos al dulce objeto de mi continuo cortejo. No replicó la prima, y despidióse Bernardino; pero presto se sosegó la virtuosa señora, porque saliéndose tras de él, y observándole de lejos, vió que entraba á hacer oración delante de una imagen de la santísima Virgen, que se veneraba en una capilla extramuros de la ciudad, adonde concurría infaliblemente todas las noches con grande edificación del pueblo.
Disgustado del mundo, aun antes que lo pudiese conocer, á los diez y siete años de su edad se alistó en la congregación de los penitentes de la Virgen, fundada en Sena en el hospital de la Escala, y muy célebre por los grandes personajes que entraban en ella. Eran muy del gusto de nuestro santo los ejercicios de caridad y las obras de misericordia en que se empleaba aquella devota congregación en favor de los pobres enfermos, como también las grandes penitencias que se practicaban en ella. Viéndose por este medio con alguna mayor libertad, soltó la rienda al ímpetu de sus fervores; pero en ninguna cosa acreditó más su heroica virtud que en los grandes ejemplos de caridad con que edificó á todos en aquel santo hospital, durante la peste que por espacio de cuatro meses afligió á la ciudad de Sena. Ni de día ni de noche se apartaba de la cabecera de los enfermos; servíalos, consolábalos, enterrábalos, aunque morían á centenares.
No contrajo la peste; pero habiendo cesado el contagio, rendido á las fatigas de su ardiente caridad, cayó enfermo en casa de una tía suya, muy virtuosa y muy anciana, que años había estaba ciega y paralítica, empleando después la convalecencia en asistir con el mayor amor y desvelos á esta pobre enferma, sin haber querido dejarla hasta que espiró.
Libre ya Bernardino de este cuidado, se retiró á una casa de los arrabales de Sena para vivir distante del bullicio, entregado á la soledad y á la oración. En ella hizo un oratorio, y se prescribió por límites de su clausura las paredes del huerto que él mismo cultivaba con sus manos. Pero considerando que el religioso ligado con sus votos hace grandes ventajas al solitario, que se gobierna en todo por su propia voluntad, resolvió abrazar un estado tan perfecto. Escogió el convento de san Francisco de la estrecha observancia, fundado ya en Sena, por ser de aquella célebre reforma que había resucitado el primitivo espíritu de su santo fundador, y haciendo profesión de seguir la primitiva regla á la letra, había vuelto á encender el primer fervor en aquel ilustre cuerpo, renovando en la posteridad los grandes ejemplos de pobreza evangélica, desasimiento y desnudez, los prodigios de penitencia y de rigor, los maravillosos efectos de zelo y de magnanimidad, en una palabra, aquella elevada idea de perfección y de santidad que había admirado el mundo en los primeros padres.
A esta sagrada religión se retiró Bernardino á la edad de veinte y dos años; no tuvo más que presentarse, y luego fue recibido y enviado al convento de Colombiere para hacer en él su noviciado. Como ya había llegado á tan eminente grado de perfección, desde el primer día fue respetado por modelo, causando admiración que pudiese traer del siglo tanta inocencia acompañada de tan sólida virtud. Concluido el año del noviciado, hizo los votos religiosos el día 8 de setiembre, consagrado á la Natividad de la santísima Virgen, día en que nació, día en que entró en la religión, día en que profesó, y día en que el año siguiente dijo la primera misa.
Lejos de entibiarse el fervor que mostró en su noviciado, cada día se encendía más. Todos estaban continuamente asombrados en vista del rigor con que trataba su inocente cuerpo. No hubo hombre que le excediese en amar los desprecios, los desaires, los insultos y las humillaciones; y Dios permitió que cada día encontrase algunas nuevas, especialmente por parte de sus deudos, que no podían llevar con paciencia el que hubiese abrazado aquel género de vida.
Conociendo los superiores su grande talento, no consintieron que estuviese escondida por más tiempo aquella brillante antorcha. Por más que representó y que suplicó le dejasen estudiar primero á los pies del crucifijo las grandes verdades de la religión, se vió precisado á romper el silencio. Enviáronle á predicar en Milán; y luego que le oyeron en el púlpito, no se hablaba en la ciudad de otra cosa que de la santidad y de la elocuencia del nuevo predicador, pero sobre todo de las portentosas conversiones que hacía. Conoció entonces que el Señor le llamaba al ministerio de la predicación; y como se hallase con la lengua naturalmente gruesa y tarda, pidió á Dios que se la desembarazase, dándole facilidad en hablar. Fue oída su petición, y al punto sintió una milagrosa expedición en la lengua, tanto, que no se ha visto voz más agradable ni más sonora, lengua más expedita ni más clara, elocuencia más eficaz ni más persuasiva.
No era menester menos para predicar con fruto en un tiempo en que estaba extendida por toda Italia la corrupción de las costumbres, y en que, sostenida la licencia por los bandos y por las parcialidades, triunfaba impunemente la disolución. No se veía en todas partes más que engaños, usuras, enemistades, rencores, homicidios, desórdenes; la impureza estaba entronizada, la disolución había penetrado hasta en el lugar santo, y ni aun las casas religiosas estaban exentas de la relajación. Contra estos monstruos tenía que combatir nuestro santo: atacólos, y los desbarató.
Desde el Milanés fue llamado á la Toscana. Predicó algún tiempo en Sena con el mismo fruto, y desde allí fue á hacerle igual en Plasencia, Bérgamo, Brescia, Verona, Vincencia, Venecia, Mantua, Ferrara, Bolonia, Regio y Módena. Desde los apóstoles no se había visto predicador más poderoso en obras y en palabras. No se hablaba en toda Italia sino de los portentosos frutos de su predicación, de conversiones milagrosas, de monasterios reformados, de vocaciones al estado religioso, de abusos suprimidos y de una general mudanza de costumbres. Pocos sermones dejaban de ser interrumpidos con las lágrimas, sollozos y alaridos de todo el auditorio; ninguno en que no se viese alguna insigne reconciliación; ninguno que no hiciese mudar de semblante á toda la ciudad.
Los usurpadores de la hacienda ajena corrían apresurados á sus pies, y arrojaban á ellos el dinero para las restituciones; en la misma iglesia se buscaban unos á otros los más mortales enemigos, se abrazaban tiernamente, y se pedían perdón; los avarientos derramaban en limosnas sus tesoros. Vióse como sufocado el furor de las facciones de Guelfos y Gibelinos que tenían puesta en combustión toda la Italia; destruidas las casas públicas de disolución; fundados muchos hospitales, el lujo reformado, la frecuencia de sacramentos restablecida, y en menos de diez años fue universal en toda Italia la reformación de las costumbres.
Con el fin de que gozasen también otros países de este nuevo apóstol, le nombró su general comisario de la Tierra Santa, adonde pasó, y fue guardián del convento de Belén. En todas partes era milagroso su zelo, y habiendo restituido en Oriente el primitivo fervor, le volvieron á llamar á Italia las necesidades de la Europa. Fuéle forzoso volver á Venecia, recorrer de nuevo toda la Lombardía, la Romanía y la Toscana; y después de haber predicado como apóstol en Florencia, en Luca, en Perusa, en Arezo, en Asís, en Espoleto, y en algunas otras ciudades de la Umbría y de la Marca de Ancona, en todas partes con el mismo fruto, le fue ordenado por sus superiores que pasase á ejercer este ministerio en Roma, siendo aquella capital del mundo el nuevo teatro donde brilló con más esplendor la virtud del siervo de Dios.
El obrador de todas estas maravillas, como lo decía él mismo, era el grande amor que profesaba á Jesús, no siendo fácil que otro alguno le excediese en el fervor y en la ternura con que amaba al Salvador del mundo. Siempre que celebraba el santo sacrificio de la misa, la inflamación del semblante, y las muchas lágrimas que derramaba después de la consagración, eran el mejor testimonio del fuego celestial en que se abrasaba. Tenía el dulce nombre de Jesús profundamente grabado en el corazón; y así no es de admirar que jamás se le cayese de la boca, sabiendo que no hay debajo del cielo otro nombre en cuya virtud los hombres sean salvos, ni tampoco otro Salvador que Jesús. Con este santo nombre estaban sazonados todos sus sermones, todas sus conversaciones familiares y todas sus obras. Llevaba pendiente del cordón una tablita en que estaba pintado el dulcísimo nombre de Jesús, y la mostraba al pueblo para animar su confianza. Eran eficaces sus oraciones, porque todo lo pedía en virtud de este santo nombre.
En vista de las portentosas conversiones, y de las demás maravillas que obró en Roma, se armó todo el infierno contra él. Cargáronle de injurias y de calumnias. No hallando que decir contra sus virtudes, gritaron contra su doctrina. Acusáronle delante del papa de que enseñaba errores, y daba en excesos, con pretexto de extender la devoción al nombre de Jesús. No podía menos de ser criticada una moral tan pura: censurábanle la blandura con que trataba á los pecadores, y delataron como un crimen la facilidad con que los admitía á la penitencia y les daba la absolución. Quiso el papa Martino V que se defendiese; leyó con el mayor gusto su apología, y satisfecho de sus razones y de su proceder, le abrazó tiernamente, exhortándole á continuar la obra del Señor, y á derramar por todas partes el fruto de su zelo.
Pocos días después de su justificación fue nombrado para el obispado de Sena; pero pudo más su profunda humildad, que los deseos de todos los cardenales y del mismo sumo pontífice. Clamaban por él mucho tiempo había las ciudades de Génova, Sabona y Albenga; se fue á ellas, y quedaron convertidos los más inveterados pecadores. Iba á dar principio á otra misión en Milán, cuando vacó el obispado de Ferrara. Parecióle al nuevo pontífice Eugenio IV que no podría encontrar sugeto más á propósito para aquella mitra, y le concedió á los ansiosos deseos del pueblo y del clero; pero jamás fue posible lograr el consentimiento de Bernardino, y el papa cedió en fin á sus lágrimas y ruegos.
Las fatigas apostólicas no moderaban sus penitencias. Predicaba muchas veces al día, y no por eso se dispensaba en sus vigilias y ayunos. Apenas se puede concebir cómo un hombre era capaz de obrar tantas maravillas sin sucumbir á tantos trabajos. Además de sus misiones y apostólicas correrías, nos dejó escritos excelentes tratados y obras de piedad; como los tratados de la religión cristiana, del Evangelio eterno, de la vida de Jesucristo, del combate espiritual, de meditaciones, con el título de sermones, donde se descubre aquella tierna y profunda devoción que era en parte el carácter de su alma.
Cuando pasó á Roma el emperador Sigismundo, quiso que Bernardino le acompañase, y que asistiese á la ceremonia de su coronación. Repitiéronse nuevos esfuerzos para obligarle á ser obispo, queriendo el papa que aceptase el obispado de Urbino; pero se mantuvo inmoble en su primera resolución, siendo este el tercer triunfo que consiguió de los que estaban tan empeñados en elevarle á las dignidades eclesiásticas. Con todo eso no se pudo negar á aceptar el cargo de vicario general de todos los conventos de la observancia: empleo importante, que abrió nueva carrera á su zelo, porque restituyó el primitivo fervor en muchos conventos de religiosos y de religiosas que habían comenzado á aflojar.
Hizo asombroso fruto en el reino de Nápoles, donde su monarca Renato le quería detener, cuando recibió un mandato del papa para que volviese á Toscana, y asistiese al concilio general que se había trasladado de Ferrara á Florencia. Allí tuvo nuestro santo el gran consuelo de ver reunida la iglesia griega con la latina; predicó á los Griegos en su misma lengua, y aunque la ignoraba, habló con tanta elegancia, que los mismos Griegos quedaron asombrados.
No solo tenía Bernardino el don de lenguas; también tenía el de milagros. En Mantua atravesó un gran lago con un compañero, navegando encima del manto; muchos enfermos se hallaron de repente sanos solo con tocar su hábito; pero aunque fue grande el número de sus milagros, el mayor de todos fueron las portentosas conversiones que hizo. Cuando tomó el hábito, no se contaban en toda Italia más que veinte conventos de la observancia, y en ellos á lo más doscientos frailes: cuando murió, pasaban los religiosos de seis mil, y los conventos de trescientos en sola Italia.
No obstante de hallarse ya con la salud muy quebrantada por sus continuas fatigas y excesivas penitencias, fue á predicar en Ferrara, Verona, Vincencia, Padua, Mantua, Lodi y Cremona. Advertido sin duda por el cielo del día de su muerte, se despidió de los de Sena en un sermón muy tierno y muy patético. Partió de esta ciudad el día 29 de abril de 1444 para volver al reino de Nápoles. Eran misiones sus viajes; el día 3 de mayo predicó en la isla del lago de Perusa; ocho días después en Espoleto; el jueves siguiente en Cita-Ducal. Hacía tiempo que se sentía muy malo, pero el zelo suplía la debilidad; al fin se rindió á la cama.
Condujéronle á Aquila, donde cuatro días después, consumido de fatigas y de penitencias, colmado de merecimientos y abrasado en llamas del divino amor, después de recibir todos los sacramentos con sensible y tierna devoción, espiró tranquilamente, pronunciando los dulcísimos nombres de Jesús y de María, el día 20 de mayo del año 1444, víspera de la Ascensión, al mismo tiempo que sus frailes estaban cantando la antífona de las vísperas: Pater, manifestavi nomen tuum hominibus, etc. Padre, di á conocer á los hombres tu santo nombre, y ahora voy á ti. Murió á la edad de 64 años.
La noticia de su muerte hizo concurrir al entierro innumerable multitud de gente, así de la ciudad como de los pueblos de la comarca. Por los muchos milagros que obró en vida, y por los que se continuaron en su sepulcro después de su muerte, se clamó con instancia por su canonización. Comenzáronse las informaciones en tiempo de Eugenio IV, que había sido testigo de sus virtudes; continuáronse en el de Nicolao V, su sucesor, á solicitud de san Juan Capistrano, discípulo de san Bernardino; y en el año de 1449, cinco después de su muerte, celebró solemnemente el papa su canonización el mismo día de Pentecostés con grande aparato. El de 1481 fue colocado el santo cuerpo en una urna de plata que había enviado el rey de Francia Luis XI. Los religiosos observantes de san Francisco veneran con razón á san Bernardino como su segundo fundador.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.