viernes, 24 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

jueves, 19 de mayo de 2039

La Ascensión del Señor

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (Act. 1, 1-11)

Léctio Actuum Apostólorum Primum quidem sermónem feci de ómnibus, o Theóphile, quæ cœpit Jesus facere et docére usque in diem, qua, præcípiens Apóstolis per Spíritum Sanctum, quos elégit, assúmptus est: quibus et prǽbuit seípsum vivum post passiónem suam in multas arguméntis, per dies quadragínta appárens eis et loquens de regno Dei. Et convéscens, præcépit eis, ab Jerosólymis ne discéderent, sed exspectárent promissiónem Patris, quam audístis - inquit - per os meum: quia Joánnes quidem baptizávit aqua, vos autem baptizabímini Spíritu Sancto non post multos hos dies. Igitur qui convénerant, interrogábant eum, dicéntes: Dómine, si in témpore hoc restítues regnum Israël? Dixit autem eis: Non est vestrum nosse témpora vel moménta, quæ Pater pósuit in sua potestáte: sed accipiétis virtútem superveniéntis Spíritus Sancti in vos, et éritis mihi testes in Jerúsalem et in omni Judǽa et Samaría et usque ad últimum terræ. Et cum hæc dixísset, vidéntibus illis, elevátus est, et nubes suscépit eum ab óculis eórum. Cumque intueréntur in cœlum eúntem illum, ecce, duo viri astitérunt juxta illos in véstibus albis, qui et dixérunt: Viri Galilǽi, quid statis aspiciéntes in cœlum? Hic Jesus, qui assúmptus est a vobis in cœlum, sic véniet, quemádmodum vidístis eum eúntem in cœlum.

He hablado en mi primer libro, ¡oh Teófilo!, de todo lo más notable que hizo y enseñó Jesús , desde su principio , hasta el día en que fue recibido en el cielo, después de haber instruido por el Espíritu Santo a los apóstoles, que él había escogido. A los cuales se había manifestado también después de su pasión, dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles en el espacio de cuarenta días, y hablándoles de las cosas tocantes al reino de Dios. Y por último, comiendo con ellos, les mandó que no partiesen de Jerusalén , sino que esperasen el cumplimiento de la promesa del Padre, la cual, dijo, oísteis de mi boca, y es, que Juan bautizó con el agua, mas vosotros habéis de ser bautizados, o bañados, en el Espíritu Santo dentro de pocos días. Entonces los que se hallaban presentes, le hicieron esta pregunta: Señor, ¿si será éste el tiempo en que has de restituir el reino a Israel? A lo cual respondió Jesús : No os corresponde a vosotros el saber los tiempos y momentos que tiene el Padre reservados a su poder soberano; recibiréis, sí, la virtud del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y me serviréis de testigos en Jerusalén , y en toda la Judea, y Samaria, y hasta el cabo del mundo. Dicho esto, se fue elevando a vista de ellos por los aires, hasta que una nube le encubrió a sus ojos. Y estando atentos a mirar cómo iba subiéndose al cielo, he aquí que aparecieron cerca de ellos dos personajes con vestiduras blancas, los cuales les dijeron: Varones de Galilea, ¿por qué estáis ahí parados mirando al cielo? Este Jesús , que separándose de vosotros se ha subido al cielo, vendrá de la misma suerte que le acabáis de ver subir allá. [Torres Amat]

Comentario patrístico · Homilía 1 + Homilía 2 sobre los Hechos de los Apóstoles — San Juan Crisóstomo

El primer tratado lo compuse, oh Teófilo, acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar. ¿Por qué le recuerda el Evangelio? Para dar a entender cuán firmemente se puede uno fiar de él. Pues al comienzo de la obra anterior dice: «Me pareció bien también a mí, después de haberlo investigado todo diligentemente desde el principio, escribírtelo por orden» (Lc 1, 3). Y no se contenta con su propio testimonio, sino que remite todo el asunto a los Apóstoles, diciendo: «Según nos lo transmitieron los que desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra» (Lc 1, 2). Habiendo, pues, acreditado ya su relato en aquella primera ocasión, no tiene necesidad de presentar de nuevo sus credenciales para este tratado, puesto que su discípulo ha quedado satisfecho de una vez para siempre, y con la mención de aquella obra anterior le ha recordado la entera confianza que en él se ha de depositar en punto a la verdad. Porque si alguien se ha mostrado competente y digno de fe para escribir de las cosas que ha oído, y además ha ganado nuestra confianza, mucho más tendrá derecho a nuestra confianza cuando ha compuesto un relato, no de cosas que ha recibido de otros, sino de cosas que él mismo ha visto y oído. Pues recibiste lo que toca a Cristo; mucho más recibirás lo que atañe a los Apóstoles.

Reparad ahora en cuán modesto es. No dice: «El primer Evangelio que prediqué», sino: «El primer tratado compuse», teniendo por demasiado grande para sí el título de Evangelio; aunque es por razón de esto que el Apóstol lo honra: «Cuya alabanza —dice— está en el Evangelio». Pero él dice humildemente: «El primer tratado compuse, oh Teófilo, acerca de todo lo que Jesús comenzó a hacer y a enseñar»; no simplemente «de todo», sino desde el principio hasta el fin: «hasta el día —dice— en que fue recibido arriba». Y sin embargo Juan dice que no era posible escribirlo todo: «Pienso —dice— que ni aun el mundo mismo podría contener los libros que se habrían de escribir» (Jn 21, 25). ¿Cómo, pues, dice aquí el Evangelista «de todo»? No dice «todo», sino «acerca de todo», como diciendo, de manera sumaria y en conjunto, y acerca de todo lo que es principal y de mayor importancia. Luego nos declara en qué sentido dice «todo», cuando añade: «que Jesús comenzó a hacer y a enseñar»; entendiendo sus milagros y su enseñanza; y no sólo esto, sino dando a entender que también su obrar era un enseñar.

«Hasta el día en que fue recibido arriba, después que por el Espíritu Santo hubo dado sus mandamientos a los Apóstoles que había escogido». «Después que por el Espíritu hubo dado sus mandamientos» (Hch 1, 2); esto es, fueron palabras espirituales las que les habló, nada humano; o bien éste es el sentido, o bien que fue por el Espíritu que les dio los mandamientos. ¿Advertís en qué términos tan humildes habla todavía de Cristo, como en efecto el mismo Cristo había hablado de sí? «Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios» (Mt 12, 28); pues en verdad el Espíritu Santo obraba en aquel Templo. Y bien, ¿qué mandó? «Id, pues —dice—, haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado» (Mt 28, 19-20). Alto encomio es éste para los Apóstoles: que se les confiara tal encargo, es decir, la salvación del mundo. ¡Palabras llenas del Espíritu! Y esto lo insinúa el escritor en la expresión «por el Espíritu Santo» (y, «las palabras que os he hablado —dice el Señor— espíritu son», Jn 6, 63); llevando así al oyente al deseo de aprender cuáles eran los mandamientos, y afirmando la autoridad de los Apóstoles, puesto que son palabras del Espíritu las que van a hablar, y los mandamientos de Cristo. «Después que hubo dado sus mandamientos —dice—, fue recibido arriba». No dice «ascendió»; habla todavía como de un hombre. Aparece, pues, que también enseñó a los discípulos después de su resurrección; pero de este espacio de tiempo nadie nos ha referido el todo por menudo. San Juan, ciertamente, como también el presente escritor, se detiene más largamente en esta materia que los demás; pero ninguno ha referido claramente cada cosa (pues se apresuraban a otro asunto); con todo, estas cosas las hemos aprendido por los Apóstoles, porque lo que oyeron, eso dijeron. «A quienes también se mostró vivo». Habiendo hablado primero de la Ascensión, hace referencia a la Resurrección; pues por cuanto se os ha dicho que fue recibido arriba, por eso, para que no penséis que fue recibido arriba por otros, añade: «A quienes se mostró vivo». Porque si se mostró en lo mayor, ciertamente lo hizo en lo menor. ¿Veis cómo al descuido y sin ser notado deja caer por el camino las semillas de estas grandes doctrinas?

«Dejándose ver de ellos durante cuarenta días». No estaba ya continuamente con ellos, como lo estaba antes de la Resurrección. Pues el escritor no dice «cuarenta días», sino «durante cuarenta días». Venía, y de nuevo desaparecía; llevándolos así a más altas concepciones, y no permitiéndoles ya estar dispuestos hacia Él del mismo modo que antes, sino tomando medidas eficaces para asegurar ambos fines: que se creyera el hecho de su Resurrección, y que Él mismo fuera desde entonces tenido por mayor que un hombre. Y a la vez, éstas eran dos cosas opuestas; porque para creer en su Resurrección mucho había que hacer de carácter humano, y para el otro fin, todo lo contrario. Sin embargo, ambos resultados se han obtenido, cada uno cuando llegó el tiempo oportuno.

Mas ¿por qué se apareció no a todos, sino sólo a los Apóstoles? Porque a la muchedumbre les habría parecido una mera aparición, por cuanto no comprendían el secreto del misterio. Pues si los mismos discípulos al principio fueron incrédulos, y se turbaron, y tuvieron necesidad de la prueba del contacto de la mano, y de que Él comiera con ellos, ¿qué habría sucedido con toda probabilidad con la multitud? Por esta razón, pues, mediante los milagros obrados por los Apóstoles hace inequívoca la prueba de su Resurrección, de suerte que no sólo los hombres de aquellos tiempos —esto es lo que resultaría de la prueba ocular—, sino también todos los hombres venideros, quedaran ciertos del hecho de que había resucitado. Sobre este fundamento también argumentamos con los incrédulos. Pues si no resucitó, sino que permanece muerto, ¿cómo obraron los Apóstoles milagros en su nombre? «Pero no obraron milagros», dices. ¿Cómo, entonces, quedó instituida nuestra religión? Porque esto ciertamente no lo disputarán ni impugnarán lo que vemos con nuestros ojos; de suerte que cuando dicen que no sucedieron milagros, se infieren a sí mismos una herida peor. Pues sería éste el mayor de los milagros: que sin milagro alguno el mundo entero acudiera con avidez a dejarse prender en las redes de doce hombres pobres y sin letras. Porque no fue por riqueza de dinero, ni por sabiduría de palabras, ni por ninguna otra cosa de esta clase que prevalecieron los pescadores; de suerte que los que se oponen han de reconocer, aun contra su voluntad, que había en estos hombres un poder divino, pues ninguna fuerza humana podría jamás lograr resultados tan grandes. Por esto permaneció entonces cuarenta días en la tierra, dando en este espacio de tiempo prueba segura de que le veían en su propia y verdadera Persona, para que no imaginaran que lo que veían era un fantasma. Y no contento con esto, añadió también la prueba de comer con ellos a su mesa; para significar lo cual el escritor añade: «Y comiendo con ellos, les mandó» (Hch 1, 4). Y esta circunstancia los Apóstoles mismos la aducen siempre como señal infalible de la Resurrección; como cuando dicen: «Los que comimos y bebimos con Él» (Hch 10, 41).

¿Y qué hacía Él cuando se les aparecía aquellos cuarenta días? Pues conversaba con ellos, dice el escritor, «acerca del reino de Dios» (Hch 1, 3). Porque, como los discípulos habían quedado afligidos y turbados por las cosas que ya habían acontecido, y estaban a punto de salir a encontrar grandes dificultades, los reanimó con sus discursos acerca del porvenir. «Les mandó que no se apartasen de Jerusalén, sino que aguardasen la promesa del Padre» (Hch 1, 4). Primero los condujo a Galilea, temerosos y temblando, a fin de que escucharan sus palabras en seguridad. Después, cuando hubieron oído, y hubieron pasado cuarenta días con Él, les mandó que no se apartasen de Jerusalén. ¿Por qué? Así como cuando los soldados han de embestir a una multitud, nadie piensa en dejarlos salir hasta que se hayan armado, o como no se permite a los caballos arrancar de las barreras hasta que tengan a su auriga; así Cristo no permitió que éstos apareciesen en el campo antes del descenso del Espíritu, para que no estuviesen en condición de ser fácilmente vencidos y cautivados por los muchos. Ni fue ésta la única razón, sino que también había en Jerusalén muchos que habían de creer. Y además, para que no se dijera que, abandonando a sus propios conocidos, se habían ido a hacer ostentación entre extraños, por eso, entre aquellos mismos hombres que habían dado muerte a Cristo exhiben las pruebas de su Resurrección, entre los que le habían crucificado y sepultado, en la misma ciudad en que se había perpetrado la inicua obra; tapando así la boca de todos los que objetaran desde fuera. Pues cuando aun los mismos que le habían crucificado aparecen como creyentes, claramente quedaba probado tanto el hecho de la crucifixión como la iniquidad de la obra, y se ofrecía una poderosa prueba de la Resurrección. Además, para que no dijesen los Apóstoles: «¿Cómo nos será posible vivir entre hombres malvados y sanguinarios, ellos tantos en número, nosotros tan pocos y despreciables?», mirad cómo aparta su temor y su aflicción con estas palabras: «Aguardad la promesa del Padre, que oísteis de mí» (Hch 1, 4). Dirás: ¿cuándo habían oído esto? Cuando dijo: «Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros» (Jn 16, 7). Y de nuevo: «Yo rogaré al Padre, y os enviará otro Consolador, para que permanezca con vosotros» (Jn 14, 16).

Considerad también cuán necesario les hizo permanecer en Jerusalén, prometiéndoles que se les daría el Espíritu. Pues para que no huyesen de nuevo después de su Ascensión, con esta espera, como con un lazo, los retiene en aquel lugar. Mas habiendo dicho: «Aguardad la promesa del Padre, que oísteis de mí», añade luego: «Porque Juan bautizó ciertamente con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días» (Hch 1, 4-5). Porque ahora les da a ver la diferencia que había entre Él y Juan, claramente, y no como antes con oscuras insinuaciones; pues en verdad había hablado muy oscuramente cuando dijo: «Sin embargo, el menor en el reino de los cielos es mayor que él»; mas ahora dice llanamente: «Juan bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo» (Mt 11, 11). Y ya no se sirve del testimonio, sino que meramente hace referencia a la persona de Juan, recordando a los discípulos lo que él había dicho, y mostrándoles que ahora se han hecho mayores que Juan, puesto que también ellos han de bautizar con el Espíritu. Además, no dijo: «Yo os bautizo con el Espíritu Santo», sino: «Seréis bautizados»; enseñándonos la humildad. Pues esto quedaba bastante claro por el testimonio de Juan: que era Cristo mismo quien había de bautizar: «Él os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego» (Lc 3, 16); por lo cual también hizo mención de Juan.

Mas ¿por qué dice Cristo «Seréis bautizados», cuando en realidad no había agua en el cenáculo? Porque la parte más esencial del Bautismo es el Espíritu, por medio del cual, en efecto, obra el agua; del mismo modo que también se dice que nuestro Señor fue ungido, no porque jamás hubiese sido ungido con óleo, sino porque había recibido el Espíritu. Además, de hecho los hallamos recibiendo un bautismo con agua y un bautismo con el Espíritu, y éstos en momentos diferentes. En nuestro caso ambos tienen lugar en un solo acto, pero entonces estaban divididos. Pues al principio fueron bautizados por Juan; ya que, si rameras y publicanos acudían a aquel bautismo, mucho más los que después habían de ser bautizados por el Espíritu Santo. Luego, para que no dijesen los Apóstoles que siempre se les estaba entreteniendo con promesas (pues en verdad Cristo ya les había hablado mucho acerca del Espíritu, para que no imaginasen que era una Energía u Operación impersonal), para que no dijesen esto, añade: «dentro de no muchos días». Y no les explicó cuándo, para que estuviesen siempre vigilantes; pero que pronto había de suceder, se lo dijo, para que no desfallecieran; mas el momento exacto se abstuvo de añadirlo, para que estuviesen siempre atentos. Ni los asegura sólo por esto, quiero decir, por la brevedad del tiempo, sino también diciendo: «La promesa que oísteis de mí». Porque no es ésta, dice, la única vez que os lo he dicho, sino que ya os he prometido lo que ciertamente cumpliré. ¿Qué maravilla, pues, que no señale el día de la consumación final, cuando este día que estaba tan cerca no quiso revelar? Y con razón; a fin de que estén siempre desvelados, y en estado de expectación y diligente atención.

Cuando los discípulos se proponen preguntar algo, se le acercan juntos, para que a fuerza de número le muevan por respeto a condescender. Bien sabían que en lo que antes había dicho: «De aquel día nadie sabe» (Mt 24, 36), simplemente había rehusado decírselo; por eso de nuevo se acercaron, y le hicieron la pregunta. No la habrían hecho de haber quedado verdaderamente satisfechos con aquella respuesta. Porque habiendo oído que estaban a punto de recibir el Espíritu Santo, ellos, como siendo ya dignos de instrucción, deseaban aprender. También estaban del todo prontos para la libertad; pues no tenían ánimo de entregarse al peligro; lo que deseaban era respirar de nuevo con holgura; porque no eran cosas leves las que les habían sucedido, sino que el sumo peligro se había cernido sobre ellos. Y sin decirle nada acerca del Espíritu Santo, le hacen esta pregunta: «Señor, ¿restablecerás en este tiempo el reino a Israel?». No preguntaron «¿cuándo?», sino «si en este tiempo». Tan ávidos estaban de aquel día. En verdad, me parece que no tenían noción clara de la naturaleza de aquel reino; pues el Espíritu no los había instruido todavía. Y no dicen: «¿Cuándo sucederán estas cosas?», sino que se le acercan con mayor honra, diciendo: «¿Restablecerás en este tiempo el reino?», como estando ya caído. Porque allí estaban todavía afectados hacia las cosas sensibles, viendo que aún no se habían hecho mejores que los que fueron antes de ellos; aquí, en cambio, tienen desde ahora altas concepciones acerca de Cristo. Pues como sus mentes están elevadas, también Él les habla en tono más alto. Porque ya no les dice: «De aquel día ni aun el Hijo del Hombre sabe» (Mc 13, 32); sino que dice: «No os toca a vosotros conocer los tiempos ni los momentos que el Padre puso en su propia potestad» (Hch 1, 7). Pedís, quiere decir, cosas mayores que vuestra capacidad. Y sin embargo, aun ahora aprendieron cosas mucho mayores que ésta. Pues aprendieron que hay un Hijo de Dios, y que Dios tiene un Hijo igual a sí mismo en dignidad; aprendieron que habrá una resurrección; que al ascender se sentó a la diestra de Dios; y lo que es aún más estupendo, que la Carne está sentada en el cielo y adorada por los Ángeles, y que ha de venir de nuevo; aprendieron lo que ha de suceder en el juicio; aprendieron que ellos se sentarán entonces y juzgarán a las doce tribus de Israel; aprendieron que los judíos serían echados fuera, y que en su lugar entrarían las gentes. Pues, decidme, ¿qué es mayor: aprender que una persona reinará, o aprender el tiempo en que ha de reinar? Mas, así como poco antes había dicho «dentro de no muchos días», queriendo que estuviesen vigilantes, y no declaró abiertamente el momento preciso, así también aquí. Sin embargo, no es acerca de la Consumación general que ahora le preguntan, sino: «¿Restablecerás en este tiempo —dicen— el reino a Israel?». Y ni aun esto les reveló.

Mas así como, cuando vemos a un niño que llora y quiere obstinadamente obtener de nosotros algo que no le conviene, escondemos la cosa, y le mostramos las manos vacías, y decimos: «Mira, no la tenemos»; lo mismo ha hecho aquí Cristo con los Apóstoles. Pero, como el niño, aun cuando le mostramos las manos vacías, persiste en su llanto, consciente de que se le ha engañado, y entonces le dejamos y nos vamos, diciendo: «Fulano me llama», y le damos otra cosa en lugar de aquélla, para apartarlo de su deseo, diciéndole que es cosa mucho más hermosa que la otra, y luego nos alejamos aprisa; de igual manera obró Cristo. Los discípulos pidieron tener algo, y Él dijo que no lo tenía. Y en la primera ocasión los atemorizó. Después, de nuevo pidieron tenerlo ahora; Él dijo que no lo tenía; y no los atemorizó esta vez, sino que, después de haber mostrado las manos vacías, hizo esto, y les da una razón plausible: «que el Padre —dice— puso en su propia potestad». Y sin embargo dio a entender que la potestad del Padre y la suya son una; como en la sentencia: «Porque así como el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere» (Jn 5, 21). Si donde hay necesidad de obrar, obras con el mismo poder que el Padre, ¿dónde conviene conocer, no conoces con el mismo poder? Ciertamente resucitar a los muertos es mucho mayor que conocer el día. Si lo mayor está en tu potestad, mucho más lo otro. «Mas recibiréis poder, después que haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo». Como en el caso anterior no había respondido a su pregunta (pues es propio del maestro enseñar no lo que el discípulo escoge, sino lo que le conviene aprender), así también en éste les dice de antemano, por esta razón, lo que deben saber, para que no se turben. En verdad, todavía eran débiles. Mas para infundirles confianza, levantó sus almas, y ocultó lo que era penoso. Como estaba a punto de dejarlos muy en breve, por eso en este discurso nada dice de penoso.

Mas ¿cómo? Ensalza como grandes las cosas que serían penosas, casi diciendo «No temáis»: pues «recibiréis poder, después que haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo; y seréis mis testigos en Jerusalén, y en toda Judea, y en Samaria». Porque como había dicho: «No vayáis por camino de gentiles, ni entréis en ciudad de samaritanos» (Mt 10, 5), lo que allí dejó sin decir, aquí lo añade: «y hasta lo último de la tierra»; y habiendo dicho esto, que era más temible que todo lo demás, entonces, para que no volvieran a preguntarle, calló. «Y habiendo dicho esto, viéndolo ellos, fue elevado, y una nube le recibió y le quitó de sus ojos» (Hch 1, 9). ¿Veis que predicaron y cumplieron el Evangelio? Porque grande era el don que les había otorgado. En el mismo lugar, dice, donde teméis, esto es, en Jerusalén, predicad allí primero, y después hasta lo último de la tierra. Luego, para seguridad de lo que había dicho, «viéndolo ellos, fue elevado». No mientras miraban resucitó de entre los muertos, sino mientras miraban fue elevado. Mas por cuanto la vista de sus ojos tampoco aquí bastaba del todo (pues en la Resurrección vieron el fin, mas no el principio, y en la Ascensión vieron el principio, mas no el fin; porque en la primera hubiera sido superfluo ver el principio, estando presente el Señor mismo que hablaba estas cosas, y mostrando claramente el sepulcro que no está allí; pero en la segunda necesitaban ser informados de lo que seguía por palabra de otros); por cuanto, pues, sus ojos no bastan para mostrarles la altura de arriba, ni para informarles si en verdad ha subido al cielo, o sólo en apariencia al cielo, mirad lo que sigue. Que era Jesús mismo, lo sabían por el hecho de que había estado conversando con ellos (pues si sólo lo hubieran visto de lejos, no habrían podido reconocerlo a la vista), pero que es elevado al cielo, los Ángeles mismos se lo declaran. Observad cómo está dispuesto que no todo se haga por el Espíritu, sino que también los ojos hagan su parte. Mas ¿por qué le recibió una nube? También esto fue señal segura de que subía al cielo. No fuego, como en el caso de Elías, ni carro de fuego, sino una nube le recibió; la cual era símbolo del cielo, como dice el Profeta: «El que pone las nubes por carro suyo» (Sal 103, 3); del Padre mismo se dice esto. Por eso dice «en una nube»; en el símbolo, quiere decir, del poder divino, pues ningún otro poder se ve aparecer sobre una nube. Pues oíd de nuevo lo que dice otro Profeta: «El Señor está sentado sobre una nube ligera» (Is 19, 1). Y mientras miraban atentamente, se dice, hacia el cielo, yéndose Él, he aquí que dos varones se pusieron junto a ellos con vestiduras blancas, los cuales dijeron también: «Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido elevado de entre vosotros al cielo, así» —de esta manera, demostrativamente— «vendrá como le habéis visto ir al cielo» (Hch 1, 10-11). También el aspecto exterior es consolador, con vestiduras blancas. Eran Ángeles en forma de varones. Y dicen: «Varones galileos»: se mostraron dignos de ser creídos por los discípulos, diciendo «Varones galileos». Pues éste era el sentido; de otro modo, ¿qué necesidad tenían de que se les nombrara su patria, ellos que la conocían bien de sobra? También por su aspecto atrajeron su atención, y mostraron que eran del cielo.

Además, los Ángeles no dijeron «a quien habéis visto ser recibido arriba», sino «yéndose al cielo»: ascensión es la palabra, no asunción; la expresión «recibido arriba» pertenece a la carne. Por la misma razón dicen: «El que es elevado de entre vosotros, así vendrá»; no «será enviado», sino «vendrá». «El que ascendió, ése es también el que descendió» (Ef 4, 10). Así también la expresión «una nube le recibió»: pues Él mismo montó sobre la nube. De las expresiones, unas están acomodadas a las concepciones de los discípulos, otras son conformes a la Majestad divina. Ahora bien, mientras miran, sus concepciones se elevan: les ha dado no pequeño indicio de la naturaleza de su segunda venida. Porque este «así vendrá» significa: con el cuerpo; lo cual deseaban oír; y que vendrá de nuevo al juicio así, sobre una nube. «Y he aquí que dos varones se pusieron junto a ellos». ¿Por qué se dice «varones»? Porque se habían configurado enteramente como tales, para que los que miraban no quedasen sobrecogidos. «Los cuales dijeron también»: y sus palabras, además, estaban calculadas para el consuelo: «¿Por qué estáis mirando al cielo?». No querían dejarlos aguardarle allí por más tiempo. Aquí de nuevo, éstos dicen lo mayor, y dejan sin decir lo menor. Que así vendrá, dicen, y que debéis esperarle del cielo. Por lo demás, los apartaron de aquel espectáculo hacia su palabra, para que no imaginasen, por no poder verle, que no había ascendido, sino que, aun mientras conversaban, estaría presente antes de que se percatasen. Pues si en otra ocasión dijeron «¿A dónde vas?» (Jn 13, 36), mucho más lo habrían dicho ahora.

Homilía 1 + Homilía 2 sobre los Hechos de los Apóstoles, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org

Evangelio (Marc. 16, 14-20)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Marcum In illo témpore: Recumbéntibus úndecim discípulis, appáruit illis Jesus: et exprobrávit incredulitátem eórum et durítiam cordis: quia iis, qui víderant eum resurrexísse, non credidérunt. Et dixit eis: Eúntes in mundum univérsum, prædicáte Evangélium omni creatúræ. Qui credíderit et baptizátus fúerit, salvus erit: qui vero non credíderit, condemnábitur. Signa autem eos, qui credíderint, hæc sequéntur: In nómine meo dæmónia ejícient: linguis loquentur novis: serpentes tollent: et si mortíferum quid bíberint, non eis nocébit: super ægros manus impónent, et bene habébunt. Et Dóminus quidem Jesus, postquam locútus est eis, assúmptus est in cœlum, et sedet a dextris Dei. Illi autem profécti, prædicavérunt ubíque, Dómino cooperánte et sermónem confirmánte, sequéntibus signis. Sequéntia sancti Evangélii secúndum Marcum.

En fin, apareció a los once cuando estaban a la mesa; y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón; porque no habían creído a los que le habían visto resucitado. Por último, les dijo: Id por todo el mundo; predicad el mensaje de salvación a todas las criaturas; el que creyere y se bautizare se salvará; pero el que no creyere será condenado. A los que creyeren, acompañarán estos milagros: En mi nombre lanzarán los demonios, hablarán nuevas lenguas, manosearán las serpientes; y si algún licor venenoso bebieren, no les hará daño; pondrán las manos sobre los enfermos, y quedarán éstos curados. Así el Señor Jesús , después de haberles hablado varias veces, fue elevado al cielo, y está sentado a la diestra de Dios. Y sus discípulos fueron, y predicaron en todas partes, cooperando el Señor, y confirmando su doctrina con los milagros que la acompañaban. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Marcos 16, 14-20 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

Glosa. Para terminar su narración evangélica, refiere San Marcos la última aparición de Jesús a sus discípulos después de la resurrección, diciendo: "En fin, apareció", etc.

San Gregorio Magno, homilia in Evangelia, 29. Es de notar lo que dice San Lucas en los Hechos de los Apóstoles: "Y por último, comiendo con ellos, les mandó que no partiesen de Jerusalén" ( Hch 1,4), y poco después: "Dicho esto, se fue elevando a la vista de ellos por los aires" ( Hch 1,9). Comió y se elevó, para hacer ver, comiendo, la realidad de su carne, que es por lo que dice el Evangelista que se apareció a los once Apóstoles cuando estaban a la mesa.

Pseudo Jerónimo. Se apareció a los once cuando estaban reunidos, para que todos fuesen testigos, y refiriesen a todo el mundo lo que habían visto y oído.

Pseudo Jerónimo. "Y les dio en rostro su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado".

San Agustín, de consensu evangelistarum, 3,25. ¿Cómo, pues, pasó esto en el último día? El último día fue aquel en que vieron los Apóstoles al Señor por última vez en la tierra, que fue el cuadragésimo después de la resurrección. ¿Cómo, pues, se les tacha de no haber creído a los que vieron su resurrección, siendo así que ellos mismos le habían visto tantas veces después de ella? Debemos entender por tanto que, por abreviar, dijo San Marcos el último día, porque en él, a la entrada de la noche, tuvo lugar el último hecho, después que volvieron los discípulos del campo a Jerusalén, y encontraron, como dice San Lucas, a los once y a los que con ellos estaban hablando de la resurrección del Señor. Pero se encontraban allí también otros que no creían. En medio de los que estaban a la mesa, como dice San Marcos, y de los que hablaban del asunto, según nota San Lucas, se presentó el Señor y les dijo: "La paz sea con vosotros", palabras citadas por San Lucas (24,36) y San Juan (20,19). Y bien: entre las palabras que, según estos Evangelistas, dirigió el Señor a sus discípulos, se interpone el reproche del que habla San Marcos. Pero aquí se presenta otra dificultad, y es que no podrían estar comiendo juntos los once. Dice San Marcos que se apareció, a la entrada de la noche del día del Señor, siendo así que San Juan dice en términos precisos que no estaba con ellos Tomás, el cual debió salir de allí antes que entrara el Señor, y después que se unieron a los once los dos que volvieron del campo, como hallamos en San Lucas. Pero este Evangelista da lugar en su narración a suponer que había salido ya Tomás cuando hablaron del asunto, y que después entró el Señor. Y como San Marcos dice que se apareció a los once Apóstoles cuando estaban a la mesa, nos obliga a pensar que estaba Tomás allí, a menos que se refiriera a todos los Apóstoles, aunque estuviera uno ausente, puesto que con el número once se designaba a todo el colegio apostólico antes de que Matías ocupase el lugar de Judas. Y si esto es inadmisible, convengamos en que, después de haberles dado tantas pruebas de su resurrección, se apareció a los once reunidos en la mesa el día cuadragésimo. Y antes de subir al cielo, quiso reprocharles más en aquel día el que no hubiesen creído a los que habían visto su resurrección antes de verla ellos mismos, tanto más, cuanto que después de la ascensión habían de predicar el Evangelio a gentes que debían creer sin haber visto. Después de citar este reproche, dice San Marcos: "Por último, les dijo: Id por todo el mundo", y más adelante: "Pero el que no creyere será condenado". Y ¿acaso no era preciso que los que habían de predicar el Evangelio fueran reprendidos antes fuertemente porque, no viéndolo, no habían querido creer que se hubiese aparecido a otros el Señor?

San Gregorio Magno, homilia in Evangelia, 29. Increpó también el Señor a sus discípulos cuando iba a dejarlos corporalmente, para que sus palabras quedasen impresas más profundamente en sus corazones.

Pseudo Jerónimo. Reprueba la incredulidad, para que la reemplace la fe; reprueba la dureza del corazón de piedra, para que le reemplace otro de carne lleno de caridad.

San Gregorio Magno, homilia in Evangelia, 29. Increpa, pues, su dureza, para que oigamos nosotros sus avisos. "Por último, les dijo: Id por todo el mundo; predicad el Evangelio a todas las criaturas". Con el nombre de toda criatura señala al hombre, puesto que tiene algo de todas ellas, como el ser con las piedras, el vivir con los árboles, el sentir con los animales, el entender con los ángeles. Así que se predica el Evangelio a toda criatura cuando se predica para el hombre solo. Porque sólo él es enseñado, y para él ha sido creado todo, no siéndole extraño nada por cierta semejanza que tiene con todo. También se puede entender por todas las criaturas a todas las naciones. Antes había sido dicho: "No vayáis ahora a tierra de gentiles " ( Mt 10,5); ahora se dice: "Predicad el Evangelio a todas las criaturas"; para que la predicación apostólica, que antes fue rechazada por los judíos, venga en nuestro auxilio cuando, por haberla rechazado éstos en su soberbia, sea un testimonio de su condenación.

Teofilacto. O bien: a todas las criaturas, esto es, creyentes e incrédulos. "El que creyere, prosigue, y se bautizare", etc. Porque no basta creer; que el que cree y no está bautizado todavía, el catecúmeno, no ha alcanzado aún la salvación, sino imperfectamente.

San Gregorio Magno, homilia in Evangelia, 29. Pero se dirá tal vez cada cual a sí mismo: Yo seré salvo porque he creído. Y así será en efecto, si une las obras a la fe; porque la verdadera fe consiste en que no contradiga la obra lo que dice la palabra.

San Gregorio Magno, homilia in Evangelia, 29. "Pero el que no creyere será condenado".

Beda, in Marcum, 4,45. ¿Y qué podremos decir de los niños que por su edad no pueden todavía creer? Que en cuanto a los mayores no hay nada que decir. Porque en la Iglesia de Jesucristo los niños creen por la fe de los otros, así como por los otros contrajeron los pecados que les son borrados en el bautismo.

Beda, in Marcum, 4,45. "A los que creyeren, continúa, acompañarán estos milagros: en mi nombre lanzarán los demonios".

Teofilacto. Esto es, dispersarán las potencias sensibles e intelectuales, conforme al sentido de estas palabras: "Hollaréis con vuestros pies a las serpientes y los escorpiones" ( Lc 10,19). Puede entenderse también de las serpientes ordinarias, como la víbora que mordió a Pablo sin causarle daño. "Y, si algún licor venenoso bebieren, no les hará daño". Muchos hechos semejantes encontramos en las historias de hombres a quienes, defendidos bajo el estandarte de Cristo, no ha podido causar daño el veneno que habían bebido.

Teofilacto. "Pondrán las manos sobre los enfermos", etc.

San Gregorio Magno, homilia in Evangelia, 29. ¿Pero es que, porque no hacemos estos milagros, creemos menos nosotros? Mas estas cosas fueron necesarias en los principios de la Iglesia. Ha sido preciso, para que creciera la fe de los creyentes, que fuese nutrida por los milagros. Porque cuando plantamos un arbusto lo regamos hasta que crece suficientemente, y suspendemos el riego cuando conocemos que ha arraigado bien. Pero nos es preciso considerar más atentamente otros milagros especiales, que hace todos los días ahora la santa Iglesia, y que hacía entonces corporalmente por medio de los Apóstoles. Cuando los sacerdotes imponen sus manos sobre los creyentes, y se oponen, con la gracia que se les ha dado de exorcizar, a la permanencia del espíritu maligno en el corazón de aquéllos, no hacen otra cosa que lanzar de ellos a los demonios. Y el fiel que abandona el espíritu mundano y canta los santos misterios, hablará nuevas lenguas; dominará las serpientes, si con sus buenas exhortaciones quita la malicia del corazón de su prójimo; beberá licor venenoso y no le hará daño, si oye malos consejos y no se deja llevar al mal por ellos; pondrá, en fin, las manos sobre los enfermos, y quedarán éstos curados, todas las veces que, viendo vacilar a su prójimo en el camino del bien, le fortifica con el ejemplo de sus buenas obras. Y sus milagros, son tanto mayores, cuanto que son espirituales, y cuanto que por ellos despiertan de su sueño, no los cuerpos, sino las almas.

Pseudo Jerónimo. Es Jesucristo, Señor nuestro, quien sube a los cielos, habiendo bajado de ellos para curar de su enfermedad a nuestra naturaleza. "Así el Señor Jesús, después de haberles hablado, fue elevado al cielo", etc.

San Agustín, de consensu evangelistarum, 3,16. Aquí se ve ostensiblemente que ésta fue la última vez que les habló el Señor en la tierra, aunque parezca que no estamos obligados absolutamente a creerlo así, puesto que dice el Evangelista: "Después de haber hablado así". Si fuere necesario, podemos suponer pues que no fue aquélla la última vez que les habló, sino que pueden referirse a todo lo que les dijo en aquellos días las palabras: "Después de haberles hablado fue elevado al cielo". Pero como lo expuesto ya hace ver más claro que aquél fue el último día de Jesús sobre la tierra, es preciso creer que después de las palabras que cita San Marcos, junto con las referidas en los Hechos de los Apóstoles, se realizó la ascensión del Señor al cielo.

San Gregorio Magno, homilia in Evangelia, 29. En el Antiguo Testamento vemos que Elías fue arrebatado al cielo ( 2Re 2). Pero el cielo etéreo no es el cielo aéreo, porque éste se halla próximo a la tierra. Elías, pues, fue elevado al cielo aéreo para ser conducido súbitamente a cierta región desconocida de la tierra, en donde vivirá en un gran reposo de cuerpo y espíritu, hasta que al fin del mundo vuelva a pagar su tributo a la muerte. Es de notar también que Elías fue arrebatado en un carro de fuego, para demostrar abiertamente que, aún siendo puro, necesitaba como hombre de la ayuda de otro. Pero nuestro Redentor se elevó sin necesidad de un carro de fuego ni del auxilio de los ángeles, porque el que todo lo hizo podía elevarse sobre todo por su propia virtud. Es de observar que añade San Marcos: "Y está sentado a la diestra de Dios", mientras que San Esteban dice: "Estoy viendo ahora los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la diestra de Dios" ( Hch 7,55). Pero el estar sentado corresponde al juez, y el estar de pie al combatiente o al que ayuda en el combate. San Esteban ve de pie en el combate a Cristo que le ayuda, y San Marcos dice que está sentado, después de la ascensión, porque después de la gloria de ella se verá al fin como Juez.

San Agustín, de symbolo ad catechumenos, 7. No debemos considerar esta postura como la que toma el cuerpo humano, ni que el Padre estaba sentado a la izquierda ni el Hijo a la derecha. Se debe entender por la derecha la potestad que recibió de Dios aquel hombre para juzgar cuando venga, después de haber venido para ser juzgado. Estar sentado es lo mismo en latín que habitar, y por eso se dice de un hombre que ha pasado tres años en un país: In illa patria sedit per tres annos. De este modo, pues, debemos creer que está Cristo a la derecha de Dios Padre; porque es bienaventurado y habita en la bienaventuranza, que es la derecha del Padre, con quien todo es derecha, porque no hay nada allí que sea miserable.

San Agustín, de symbolo ad catechumenos, 7. "Y sus discípulos, concluye, fueron y predicaron en todas partes", etc.

Beda, in Marcum, 4,45. Observemos que San Marcos extiende su Evangelio hasta un tiempo tan avanzado, cuanto más tardío es aquel anuncio con que le dio principio. Porque lo comenzó desde el principio de la predicación evangélica hecha por San Juan, y le terminó al llegar el tiempo en que los mismos Apóstoles sembraron por todo el orbe la palabra del Evangelio.

San Gregorio Magno, homilia in Evangelia, 29. ¿Qué es de considerar, pues, en esto, sino que la obediencia siguió al precepto, y los milagros a la obediencia? Había mandado el Señor: "Id por todo el mundo; predicad el Evangelio a todas las criaturas", y en los Hechos de los Apóstoles, se lee: "Me serviréis de testigos hasta el cabo del mundo" ( Hch 1,8).

San Agustín, Ad Hesych., epís. 80. ¿Por qué decir que esta predicación ha sido cumplida por los Apóstoles, cuando hay naciones en las que empieza ahora y otras en las que aún no ha empezado? Pero este precepto no fue dado a los Apóstoles, como si fueran los únicos que debieran cumplirle; porque así como las palabras que les dirigió a ellos solos: "Estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos" ( Mt 28,20), son una promesa hecha a la Iglesia, siempre viva en las generaciones que se suceden unas a otras, ¿cómo es posible dejar de entender que alcanza esta promesa hasta la consumación del tiempo?

Teofilacto. Pero debemos tener presente que la palabra se confirma con la obra, como en los Apóstoles, cuyas palabras confirmaban los milagros que las acompañaban. ¡Oh Jesús! Dignaos hacer que las palabras de santidad que pronunciamos, sean confirmadas por nuestras obras y actos, para que, con vuestra cooperación, seamos perfectos en todas nuestras palabras y obras, porque vuestra es la gloria de las palabras y de las obras.

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena