sábado, 7 de mayo de 2039
San Estanislao, Obispo y Mártir
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Nació san Estanislao en Szczepanów, diócesis de Cracovia, el día 26 de julio del año de 1030, y fueron sus padres Wielislao y Boha, ambos de casas ilustrísimas en el reino de Polonia. Siendo tan distinguidos estos señores por la nobleza de su sangre, aun lo eran mucho más por la de sus virtudes; constituyéronse padres de los pobres, hallando en ellos las viudas, los huérfanos y los necesitados socorro, amparo y protección; en fin, no había casa más ejemplar ni más cristiana. Por la particular devoción que profesaban á santa María Magdalena, edificaron á la santa en una de sus posesiones una magnífica iglesia, en la que pasaban la mayor parte del día en oración. Ya habían perdido la esperanza de tener hijos, cuando después de treinta años de matrimonio tuvieron á Estanislao. Su gozo fué el que se deja considerar; y creció sensiblemente cuando observaron en el niño como una inclinación innata á la virtud.
Pusieron todo su cuidado en criarle en el temor santo de Dios; pero poco tuvieron que hacer en la educación de Estanislao. Todo su entretenimiento y todo su gusto era la oración. Pasaba horas enteras de rodillas delante de los altares, y esto en una edad en que para hacer que otros niños estén en la iglesia, es menester divertirlos y engañarlos. Sobre todo, el amor á la santísima Virgen era su devoción predilecta, que casi se echó de ver en él desde la cuna, y fué creciendo toda su vida.
Apenas tenía Estanislao ocho ó nueve años, y ya su virtud era la admiración de todos; su ingenuidad, su docilidad y su modestia eran claros indicios de su inocencia. Descubrió presto su inclinación á la austeridad y al espíritu de penitencia; dejó la cama, y comenzó á dormir en la desnuda tierra; y era tan ingenioso en mortificar los sentidos, que se pasaban pocas horas del día sin que hiciese de ellos algún generoso sacrificio. Era su vida un continuo ayuno; y aunque era de una complexión muy robusta, causaba grande admiración su excesiva abstinencia. Parece que había mamado con la leche la caridad con los pobres; todo se conseguía de él con tal que prometiesen dinero para dar limosna; y ordinariamente repartía entre los pobres el que le daban para jugar y para divertirse.
Alegrísimos los padres de Estanislao al ver tan bien empleados los desvelos con que habían atendido á su educación, le enviaron á estudiar á Gnesnes, y después á París. Hizo admirables progresos, porque estaba dotado de un excelente ingenio. Quisieron hacerle doctor en aquella célebre, y entonces primera universidad del mundo; pero lo resistió su humildad. Después de haber residido siete años en París, se restituyó á Polonia, donde se halló heredero de un rico patrimonio por muerte de sus padres. Deseando no pensar en otra cosa que en su eterna salvación, distribuyó todos sus muchos bienes entre los pobres. Deliberó mucho tiempo si entraría en alguna religión; pero conociendo Lamberto, obispo de Cracovia, de cuánta utilidad sería á todo el clero la virtud de Estanislao, le persuadió á que abrazase el estado eclesiástico; le ordenó de todas órdenes, y proveyó en él una prebenda de aquella iglesia.
Luego que Estanislao se vió dedicado al sagrado ministerio de los altares, solo pensó en hacerse digno de tan alta dignidad por medio de una vida ejemplar. Persuadido que el canónigo tiene obligación de arreglar sus costumbres y toda su conducta conforme á los sagrados cánones, redobló su fervor, su espíritu de mortificación y de penitencia; prohibióse toda comunicación con seglares; el estudio, la oración y las obras de caridad ocuparon todo su tiempo. A todos edificaba su virtud y su modestia; y en pocos días se hizo un perfecto modelo de la vida que deben llevar los canónigos.
Pero esta virtud no era ociosa ó menos activa. Aunque profesaba tanto amor á la soledad y al retiro, siempre estaba pronto á sacrificarse al mayor bien espiritual de los prójimos; predicaba con tanta eficacia, espíritu y moción, que bastaba oírle para convertirse. Así fué visible fruto de sus sermones y de sus ejemplos la reforma de las costumbres en Cracovia y en toda su comarca, y todo el obispado mudó de semblante. No cansándose el obispo Lamberto de dar gracias á Dios por la acertada elección que había hecho de tan insigne operario, comenzó desde luego á mirarle ya como á sucesor suyo en el obispado, y aun le instó para que aceptase la renuncia que pensaba hacer de él en su favor; pero se sobresaltó tanto su humildad, que lo más que pudo conseguir de Estanislao, fué descargar en él el cuidado de la predicación, y también el de la mayor parte de la administración del obispado.
Pero esto no duró mucho tiempo; porque, vacando la silla episcopal por muerte de Lamberto, así el clero como el pueblo pidieron unánimemente por obispo á Estanislao. Ciertamente todo esto fué menester para vencer su humildad. Luego que se vió pastor de los que tanto había edificado, se constituyó padre de todos. Aplicóse de nuevo á la instrucción de su pueblo con tanto empeño, que su zelo, su caridad y solicitud pastoral apenas le dejaban tiempo para tomar algún descanso. No se contentaba con visitar cada año todas las parroquias del obispado; descendía á lo más menudo de las necesidades espirituales y corporales de todas sus ovejas, proveyendo á todas con tanta caridad, que era voz común que las rentas del obispado de Cracovia no eran del obispo, sino de los pobres. Tenía tanto placer en dar limosna, y la daba con tanta liberalidad, que su palacio jamás se evacuaba de afligidos y de necesitados. Pocos días se pasaban sin que fuese personalmente á visitar á algunos pobres enfermos, y ninguno sin que diese pruebas de su gran zelo y de su ardiente caridad.
Pero sobre todo su vigilancia y su atención particular era sobre los clérigos; no le parecía bastante que su vida no fuese escandalosa, quería que fuese ejemplar, y que correspondiese en todo á la santidad del estado. Ganaba á todos con su dulce trato, y su apacibilidad desarmaba á los más obstinados. Lejos de servirse de la sublime dignidad de obispo como de pretexto para templar algo la penitente austeridad de su vida, la estrechó más luego que se vió con la mitra. Sus ayunos eran continuos, sus penitencias excesivas, ciñéndose un áspero cilicio, que no quitó del cuerpo hasta la muerte; de manera que apenas era conocido por otro nombre que por el del santo obispo, y toda la Polonia le miraba con admiración y con respeto.
Reinaba entonces en Polonia Boleslao II, cuya desordenada vida hacía llorar á los buenos, y escandalizaba á todo el reino. No había prelado que se atreviese á representarle el borrón que echaba á la gloria de su nombre, y el peligro á que exponía la salvación de su alma; solo Estanislao tuvo valor para hacerle una representación, llena del mayor respeto, suplicándole que considerase el grande escándalo que daba á los señores de la corte y á todo el pueblo; y arrodillándose á sus pies, le suplicó con muchas lágrimas que aplacase la ira del cielo por medio de una conversión pronta y sincera. Aunque irritado el rey por la libertad con que le habló, se reprimió por entonces en consideración á la eminente virtud del santo obispo, y aun fingió rendirse á sus saludables consejos. Pero apenas le perdió de vista, cuando encendida de nuevo la cólera, se quejó en presencia de sus cortesanos de la libertad atrevida del obispo, y creció su resentimiento al paso que iban creciendo sus desórdenes.
Poco tiempo después arrebató el rey por fuerza de la casa y del poder de su marido á una de las más virtuosas señoras del palatinado de Sirard, llamada Cristina. Este ruidoso atentado irritó á la nobleza, y excitó la indignación de todo el clero; pero ni el arzobispo de Gnesnes, aunque primado, ni los prelados que se hallaban en la corte, osaron hablar palabra al rey, para no experimentar los efectos de su cólera. Solo Estanislao, altamente conmovido de tan pernicioso escándalo, y posponiendo su vida al cumplimiento de su obligación, como otro san Juan Bautista, tuvo espíritu para decir al rey, con todo el respeto y con toda la veneración debida á la majestad, que no le era lícito tener la mujer de otro. Furiosamente irritado Boleslao, le volvió las espaldas con enojo y con desprecio, resolviendo en su corazón vengarse del obispo de Cracovia hasta perderle.
Pero como la ejemplar vida de Estanislao, y su notoria virtud universalmente reconocida, no podían ofrecer motivo justo, ni aun el menor asidero para perseguirle en justicia, se tomó el partido de recurrir á la calumnia. Había comprado Estanislao á un caballero, llamado Pedro, el territorio de Piotravin en el palatinado de Lublin: pagado el precio en presencia de testigos, lo había dado y unido á su iglesia, y el mismo rey había infeudado el contrato, por lo que el santo se hallaba después de tres años en pacífica posesión de aquella tierra. El deseo de molestar al obispo encontró modo en este contrato para suscitarle un pleito. Mandó decir el rey á los herederos de Pedro que si querían recobrar aquella tierra, no tenían más que citar al obispo en justicia, y ponerle la demanda ante el mismo rey.
Los herederos, sobrinos del difunto, con la codicia y con la ansia de recobrar lo que había sido de su tío, citaron al obispo de Cracovia delante del rey, quien le mandó comparecer en el día de la convocación que se llamaba el coloquio. Compareció el santo, y las partes contrarias pidieron que se les reintegrase en la posesión de aquel terreno, alegando haber sido usurpado. Defendióse Estanislao diciendo que la tierra había sido comprada, y bien pagada en vida de su legítimo dueño; negaron el hecho los contrarios; el obispo produjo sus testigos; pero como á estos los habían amenazado con la muerte si decían la verdad, ninguno se atrevió á deponerla, y todos fueron perjuros.
Ya estaba para ser condenado Estanislao, cuando volviéndose á Dios, y lleno de una santa confianza en su protección, dijo al rey en presencia de aquella numerosa junta, que si se le concedía el término de solos tres días, dentro de ellos produciría un testigo á quien todos se verían obligados á creer, porque sería el mismo Pedro, muerto tres años había. Al oír una proposición tan extraordinaria como asombrosa, todos la admitieron; y el rey concedió el término de los tres días, que pasó Estanislao en ayunos y oraciones.
Llegado el día señalado, celebró el santo misa, y vestido de pontifical, seguido de un inmenso pueblo, se dirigió á la sepultura de Pedro; mandóla abrir, y se halló el cuerpo convertido en polvo. Hizo el santo una fervorosa oración á Dios, acompañada de muchas lágrimas, y tocando aquel polvo, le mandó en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que reviviese y resucitase para dar testimonio de la verdad. Al punto el polvo se configuró en cuerpo humano, resucitó el muerto, y salió de la sepultura. En vista de tan gran milagro prorrumpieron todos los circunstantes en grandes gritos de admiración y de alegría.
Tomó el santo de la mano al muerto resucitado, y conduciéndole primero delante del altar mayor para rendir gracias á Dios, le llevó después, acompañado de un increíble gentío, á la presencia del rey en la asamblea general, para destruir la calumnia. Asombróse tanto así el príncipe, como todos los de la junta, al ver aquel espectáculo, que ninguno tuvo aliento para decir ni una sola palabra. Entonces, volviéndose al rey el santo obispo, le dijo: Señor, aquí está el testigo incontestable que ofrecí presentar; de él podrá saber la verdad V. M. si fuere servido. Sí, Señor, respondió el resucitado difunto, es cierto que vendí al obispo Estanislao mi tierra de Piotravin, y que me pagó el precio en que nos concertamos, por lo que mis sobrinos no tienen razón para inquietarle en este punto.
Dijo esto con voz tan clara y tan esforzada, que lo oyó todo el concurso, en el cual se levantó una especie de murmullo, que mostró bien la indignación que todos sentían por la injusticia que se hacía al santo. El rey quedó espantado, y al mismo tiempo irritado dentro de su corazón; pero como la justificación era tan evidente, sin haber arbitrio para contestarla, confirmó al obispo en la posesión de la tierra; y Estanislao, acompañado de los principales miembros de la junta general, volvió á conducir tranquilamente al resucitado Pedro á su sepultura, donde entró, se acomodó, y volvió á morir, habiéndose hecho después muchos sufragios por su alma. El concilio de Basilea produce este famoso milagro contra el artículo cuarto de los husitas, que defendían no debía la Iglesia tener rentas, ni poseer bienes temporales.
En vista de tan gran prodigio se suspendió por algún tiempo la cólera del rey contra el obispo; pero no duró mucho tiempo la bonanza. Gemían todos los estados del reino bajo la tiranía del príncipe más disoluto que se había visto en el trono; y no hallándose siquiera uno que se atreviese á hacerle una humilde representación, se recurrió al generoso Estanislao, quien tercera vez fué á representarle cuánto debía temer la indignación de Dios justamente irritado por sus delitos. Hízolo con tanto respeto y con tantas lágrimas, que Boleslao se mostró algo enternecido; pero como el santo le estrechase á que se convirtiese, no quiso darle oídos, y se entregó más que nunca á sus desórdenes.
Gemía Estanislao día y noche en la presencia de Dios, no cesando de pedir la conversión del rey, y añadiendo nuevas penitencias á sus oraciones y á sus lágrimas. Pero viendo que de nada aprovechaban estos remedios, juzgó que debía echar mano de la severidad de las censuras; y habiéndole separado de la comunión de los fieles, le interdijo la entrada en la iglesia. Enfurecióse Boleslao, y resolvió librarse de una vez del santo obispo. Supo que se había retirado á la capilla de San Miguel, poco distante de la ciudad, y le siguió para poner su intento en ejecución: dijeron al rey que estaba celebrando el santo sacrificio de la misa, y mandó á sus guardias que le matasen en el mismo altar.
No se espantó el santo á la vista de los asesinos, porque hacía mucho tiempo que se consideraba como víctima destinada al sacrificio; pero los asesinos se atemorizaron tanto al ver al santo prelado, que, poseídos de un pavoroso respeto, se salieron de la iglesia; lo que visto por el desdichado rey, lleno de un rabioso furor, entró él mismo en la iglesia con el sable en la mano, y descargó sobre la cabeza de Estanislao tan terrible golpe, que le tendió muerto sobre el mismo altar en que estaba celebrando.
Enfurecido más y más el impío rey con el horrible delito que acababa de cometer, mandó que sacasen de la iglesia el santo cuerpo, y que, haciéndole pedazos, los arrojasen en el campo para que sirviesen de pasto á las aves de rapiña. Pero tomó Dios de su cuenta la defensa de aquellas sagradas reliquias; porque envió una águila, que, haciéndolas centinela día y noche, espantó á todas las bestias carniceras, hasta que juntando los canónigos los esparcidos miembros del santo cuerpo, le enterraron secretamente delante de la iglesia de San Miguel, donde no tardó el Señor en manifestar la gloria del santo obispo.
Llegó á los oídos del papa Gregorio VII la noticia de este sacrílego parricidio, y al punto fulminó excomunión contra el rey Boleslao y contra todos sus cómplices, dando orden al arzobispo de Gnesnes y á todos los obispos de Polonia para que los denunciasen públicamente, y cerrasen todas las iglesias. A los principios mostró el rey hacer poco caso, y aun burlarse de la excomunión y del entredicho; pero no dejó Dios por largo tiempo sin castigo este desprecio. Vióse aquel desventurado príncipe objeto infeliz del odio y de la execración de todos sus pueblos; acometiéronle á un tiempo todas las desgracias; perdió en menos de seis meses cuantas conquistas había alcanzado contra sus enemigos; encendióse la guerra civil, y trastornadas después las estaciones del año, acabaron de arruinar todo el reino.
Pero ninguna de estas desgracias le causaba tanto dolor y tanta rabia, como la noticia de las maravillas que cada día obraba Dios en el sepulcro del santo. Quiso informarse por sí mismo si era verdad que por la noche se iluminaba el sepulcro con una claridad milagrosa; y habiendo subido al castillo de Cracovia, luego que descubrió aquella claridad, quedó tan poseído de terror, que casi perdió el juicio. La inquietud y turbación de su conciencia crecía al paso de las desgracias; y así dejando á Polonia, se refugió en el reino de Hungría bajo la protección del rey Ladislao; pero siguiéndole en todas partes la justicia de Dios, acabó de perder el juicio, abandonó su casa, y anduvo algún tiempo errante por los campos y por los bosques, donde murió miserablemente, siendo las fieras sepultura de su cuerpo.
Duraron las milagrosas luces sobre el sepulcro de nuestro santo por espacio de diez años, esto es, hasta que su cuerpo fué trasladado con grande solemnidad á la catedral de Cracovia, y colocado en un magnífico sepulcro, donde le honró Dios con tanto número de milagros, que hicieron su nombre célebre en todo el universo, y obligaron á la silla apostólica á declararle mártir glorioso.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.