lunes, 28 de marzo de 2039
San Juan de Capistrano, Confesor
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Juan Capistrano, tan célebre en el decimoquinto siglo, y tan benemérito de toda la cristiandad por su eminente virtud y por su gran celo de la religión, nació en Capistrano, poco distante de la ciudad de Aquila en el Abruzo, provincia del reino de Nápoles. Fue su padre un caballero angevino, que se había casado en Italia con ocasión de ir en la comitiva del duque de Anjou, coronado por rey de Nápoles en Aviñón. Estudió la gramática y letras humanas en su país, correspondiendo los progresos que hizo en ellas en poco tiempo a los que después había de hacer en las facultades mayores. Enviáronle a Perusa para que estudiase en aquella ciudad el derecho canónico y civil. Señalóse en ella tanto por sus cristianas costumbres, por su brillante ingenio y por su celebrada elocuencia, que le dieron una judicatura, cuyo empleo desempeñó con tanta integridad y con tan singular prudencia, que, enamorado de sus raros talentos, uno de los más principales ciudadanos le dio por mujer a una hija suya.
En todo le mostraba el mundo muy risueño semblante. Brillaba el joven magistrado no menos por su propio mérito, que por el favor y por el lugar que ocupaba en la más floreciente fortuna; cuando la divina Providencia, que no le había dotado de tan bellas prendas para que aumentase el número de los esclavos del mundo, mezcló aquellos primeros gustos con una saludable amargura; paró el curso a aquellas engañosas prosperidades, y en un momento disipó todas las halagüeñas esperanzas de aquella aparente dicha, atajándola en su cuna.
Habiéndose declarado los perusinos contra Ladislao, rey de Nápoles, tuvieron que sufrir una guerra, cuyos sucesos fueron ventajosos a los mismos ciudadanos. Sospecharon que Juan favorecía el partido de Ladislao, y que tenía inteligencias con el ejército de aquel príncipe. No fue menester más para que desconfiasen de él. Arrestáronle, y en vano intentó justificarse, probando que solo había trabajado en acomodar las partes. Metiéronle en una cárcel, donde esperó inútilmente por mucho tiempo que Ladislao le reclamase, empeñándose en solicitarle la libertad que había perdido por servirle.
El olvido del príncipe abrió los ojos a nuestro santo para que hiciese serias reflexiones sobre lo poco que se puede fiar en la amistad de los grandes, como también sobre la inconstancia y la nada de los bienes de este mundo. Al mismo tiempo, para mayor dicha suya, murió su mujer; y viéndose libre de este lazo, resolvió trabajar en más sólida fortuna. Apoderáronse entonces de su corazón las máximas y los afectos más sagrados de la religión; avergonzóse de que su ambición hubiese errado el objeto; parecióle el mundo lo que es; y sintiendo en sí cierto oculto, pero piadoso despecho de haberle servido por tan largo tiempo en perjuicio de su salvación, determinó abrazar el estado religioso, consagrarse enteramente a Dios, y no reconocer jamás a otro dueño.
Vendió todos sus bienes, compró su libertad pagando su rescate, y pasó de la prisión al convento. Había escogido la orden de San Francisco; y después de satisfechas sus deudas, y repartido entre los pobres todo el caudal que le sobró, se dirigió al convento del Monte de la estrecha observancia. Fue recibido en él; pero temiendo el guardián que su resolución fuese efecto del despique más que de legítima vocación, se la quiso probar ejercitándole en los actos más abatidos y más penosos que se pueden imaginar. Lo primero que le mandó fue que anduviese por todas las calles de Perusa montado en un vil jumento y con un traje ridículo, cubierta la cabeza con una mitra de cartón en que estaban escritos algunos pecados; prueba verdaderamente dura para un mozo de treinta años, que se había presentado siempre en aquella ciudad con tanto esplendor, y que se había granjeado en ella el concepto universal de hombre juicioso, prudente y de gran capacidad; pero la superó aquella grandeza de corazón, y aquella generosidad con Dios, que fueron su carácter en todas las ocasiones. Como no había dejado el mundo a medias, gozoso de que se le ofreciese aquella ocasión de sofocar el resto de su espíritu, ahogó hasta los más mínimos movimientos con tan gloriosa como señalada victoria.
Después de ella, nada le costaron ya las demás humillaciones de noviciado, devorándolas todas su oración y su fervor. Había comenzado tarde, y quiso Dios adelantarle en el camino de la perfección, proporcionándole acciones verdaderamente heroicas. Midió la profundidad de los cimientos por la elevación del edificio, y le ejercitó el Señor en humillaciones correspondientes a los altos designios a que le tenía destinado su divina Providencia. Dos veces fue expelido del convento como inútil y como absolutamente incapaz de servir a la religión. No le acobardó esta vergonzosa expulsión; quedóse a la portería del convento, contentándose con que le diesen las sobras de los pobres. A vista de tan heroica perseverancia se le volvió a admitir; pero con tan duras condiciones, que nunca se creería tuviese valor para aceptarlas. Añadía él mismo muchas penitencias voluntarias a las rigurosas que le imponían, hasta que su paciencia y su humildad cansaron la dureza con que se le trataba, y dejó avergonzada la excesiva severidad de los que pretendían apurar su invencible sufrimiento.
Fue, en fin, admitido a la profesión, disponiéndose para ella con extraordinario fervor, en fuerza del cual pasó tres días enteros en oración sin tomar otro alimento. Desde que profesó, fue toda su vida un continuado ayuno. Una sola vez comía en las veinte y cuatro horas, y por espacio de treinta y seis años no probó cosa de carne. Su cama era el suelo de su celda, y su sueño no pasaba de tres horas. Estaban salpicadas de sangre las paredes de su celda; testimonio de sus excesivos rigores y de la inocente crueldad de sus sangrientas disciplinas. Los siete primeros años anduvo siempre con los pies descalzos, sin choclos ni sandalias. El hábito lleno de remiendos acreditaba su extremada pobreza, que amó continuamente según el primitivo espíritu de la orden.
Por todas estas virtudes se puede fácilmente conocer cuánta era su devoción. Muerto a sí mismo, solo vivía en Cristo y en Cristo crucificado. Abrasado su corazón en el amor de Dios, nunca le perdía de vista. Era su vida una oración continua, sin que la interrumpiesen las ocupaciones de la caridad. Nunca se le veía de rodillas delante de un crucifijo y en presencia del Santísimo Sacramento, que no pareciese arrebatado en éxtasis, manifestando las lágrimas que derramaban sus ojos el amoroso fuego en que se derretía su corazón. Al abrasado amor que profesaba a Jesucristo correspondía su tierna devoción a la santísima Virgen. Decía que la divina Providencia le había dado el nombre de Juan, para darle a entender que debía aspirar a ser el amado del Hijo, y el hijo de la Madre.
Luego que profesó, fue ordenado de sacerdote, y el sacerdocio fue para él un abundante manantial de gracias extraordinarias con que Dios le favoreció. Habiendo reconocido los superiores su eminente disposición para el púlpito, le emplearon en el ministerio de la predicación. Predicó en las ciudades principales con fruto nunca oído; por lo común interrumpían su sermón los suspiros, los sollozos y las lágrimas de todo el auditorio, siguiéndose después grandes y ruidosas conversiones. Por este tiempo, trabó nuestro santo una estrecha amistad con san Bernardino de Sena, unidos con el mismo espíritu aquellos dos grandes corazones, a quienes llamaban los apóstoles de Italia. Había emprendido san Bernardino la reforma de su orden; empeño que le produjo muchas persecuciones, y nuestro santo tomó el de ser su apologista, no contentándose con el de profesarse gran imitador de sus virtudes. Hizo expresamente un viaje a Roma para defenderle en presencia del papa y de los cardenales contra las calumnias y contra los errores de los que impugnaban la devoción del santo nombre de Jesús: con cuya ocasión se dio a conocer en aquella corte, donde adquirió una reputación y un concepto que perjudicó mucho a sus intentos de pasar la vida en el retiro y en la oscuridad.
Habíase levantado hacia el fin del siglo décimotercio en la Marca de Ancona una perniciosa secta de monjes vagamundos, casi todos apóstatas, con el nombre de los fraticelos, cuyas estragadas costumbres y perniciosos errores tenían escandalizada a toda la Iglesia; y habiéndolos condenado el papa Bonifacio VIII, mandó a los inquisidores que procediesen contra ellos como herejes. Juan XXII renovó contra esta secta todas las censuras de sus predecesores; mas ni por él ni por muchos sucesores suyos pudieron ser exterminados aquellos hombres fanáticos, y en tiempo de nuestro santo se reproducía todavía en Italia aquella generación de víboras. Fue nombrado san Juan Capistrano inquisidor contra los bizocos y los frailecillos; siendo tan eficaz y tan dichoso su celo, que logró libertar a Italia de aquella peste.
Prendado el papa Eugenio IV de las abundantes bendiciones que derramaba el cielo en todo lo que ponía la mano nuestro santo, le hizo su nuncio en Sicilia, y le envió al concilio de Florencia para que trabajase en la reunión de los griegos con los latinos. Despachóle a los duques de Bolonia y de Milán para apartarlos de los enemigos de la santa sede y del partido del antipapa Félix V, cuyos protectores se habían declarado aquellos príncipes. Deputóle también al rey de Francia Carlos VII, desempeñando nuestro Juan todas estas comisiones muy a satisfacción del pontífice, y con aquella felicidad que acompaña ordinariamente a las empresas de los santos.
Pero mientras trabajaba tan gloriosamente en el bien universal de toda la Iglesia, no se empleaba con menos fruto en el particular de toda la orden de san Francisco. A su celo se debió en gran parte la renovación del espíritu primitivo por las prudentes constituciones que se hicieron en un capítulo general a que asistió, y por el cuidado con que procuró que refloreciese la observancia regular. Sobre todo, ayudó mucho a san Bernardino de Sena para el suceso de la reforma, y fue nombrado para introducirla o para restablecerla en los conventos que poseía en el Oriente la religión. Extendiéronse mucho más allá los frutos de su celo y de sus trabajos; habiendo sido asociado también a san Lorenzo Justiniano para visitar las casas de los jesuítas, que tenían necesidad de alguna reforma.
Conociendo Nicolao V, sucesor del papa Eugenio, el raro mérito y la poderosa virtud de nuestro santo, le hizo comisario apostólico en Alemania, Bohemia, Polonia y Hungría, experimentándose en todas partes el mismo celo, el mismo fruto y los mismos felices sucesos. Acompañaban a sus apostólicas fatigas todo género de bendiciones. Despoblábanse las ciudades para salir a recibirle, y de ninguna salía sin que todo mudase de semblante. Seglares, comunidades religiosas y clerecía, todos participaban de sus benignas influencias. Convirtió un sinnúmero de herejes, particularmente de husitas; confundió a Roquisana, cabeza de esta secta, y reconcilió con la Iglesia un prodigioso número de cismáticos. Anunciaban su arribo a los pueblos los sermones y las visitas de los hospitales, siendo el fruto las milagrosas conversiones que hacía en todas partes. Estuvo para costarle la vida esta larga y peligrosa expedición, no solo por los inmensos trabajos que padeció, sino también por el veneno que en dos ocasiones le dieron los herejes, de que el cielo le libró con protección particular. Dilatóse también su celo en beneficio de los judíos, cuya terquedad no pudo resistir a la caridad de un apóstol tan poderoso en obras como en palabras.
En fin, si los turcos, aquellos mortales enemigos del nombre de cristiano, cerraron obstinadamente los ojos a las luces de la fe que en todas partes esparcía nuestro santo, se vieron por lo menos precisados a rendirse a la eficacia de sus oraciones. Mahomet II, terror de la Europa y azote divino para castigar las culpas de los cristianos, amenazaba a toda la cristiandad por la superior fuerza de sus armas. Acababa de aniquilar el imperio de los griegos, habiéndose apoderado de Constantinopla el año de 1453. Era ya dueño de doce reinos, y había tomado más de doscientas ciudades cuando vino a poner sitio a Belgrado el año de 1456 con un poderoso ejército, que, orgulloso y altivo con sus continuadas victorias, nada menos se prometía que la conquista de todo el imperio cristiano, y enarbolar el estandarte otomano en el capitolio de Roma.
A un poder tan formidable se creyó no podía oponerse resistencia más vigorosa que la virtud de san Juan Capistrano; y así le nombró el papa por predicador y caudillo de la Cruzada. El primer fruto de sus sermones fue como un seguro presagio de la futura victoria. Unió todas las fuerzas de Ladislao, rey de Hungría, del bravo Huniades, vaivoda de Transilvania, y de Jorge, déspota de Rusia. Mahomet, superior en tropas y en orgullo, temía poco a todos aquellos príncipes coligados; pero no conocía aún la poderosa virtud de san Juan Capistrano, a quien el cielo había puesto al frente del ejército cristiano.
Llegaron a las manos los dos ejércitos; y empuñando Juan en las suyas un crucifijo, fue corriendo con él todas las líneas, y animando a los soldados con la memoria de que iban a combatir por Jesucristo, el gran Dios de los ejércitos. Inspiró la presencia de nuestro santo tanta confianza y tanto ardimiento a los cristianos, que desde el primer ataque fue destruido el ejército otomano, herido el mismo Mahomet, y todas sus tropas derrotadas. Fue completa la victoria al fin como milagrosa; y no solo todos los príncipes, sino toda la cristiandad reconoció haberse debido al celo, a las oraciones y a la virtud de nuestro santo, que, habiendo desempeñado todas las obligaciones de un hombre apostólico, de un siervo verdaderamente fiel, terminadas gloriosamente las funciones de su ministerio, fue muy luego a triunfar en el cielo, y a recibir en él las eternas recompensas debidas a sus trabajos.
Porque, habiéndose retirado al convento de Villech, cerca de Sirmich en Hungría, murió con la muerte de los justos, tres meses después de la batalla, el año de 1456, a los setenta y uno de su edad, colmado de virtudes y de merecimientos. Habiéndose librado su santo cuerpo de la barbaridad de los turcos, no se libertó de la impiedad de los luteranos. Desenterráronle, y le arrojaron en el Danubio; pero dichosamente le volvieron a encontrar los católicos, los cuales le llevaron a Illoc cerca de Viena en Austria, donde se conserva religiosamente el día de hoy, honrado con mucha devoción de los fieles. Hizo el Señor glorioso su sepulcro con tantos milagros, que se han compuesto libros enteros de ellos. Beatificóle el papa León X, y fue solemnemente canonizado por el papa Alejandro VIII el año de 1690.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.