domingo, 13 de febrero de 2039
Domingo de Sexagésima
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (2 Cor. 11, 19-33; 12, 1-9)
Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Corínthios Fratres: Libénter suffértis insipiéntes: cum sitis ipsi sapiéntes. Sustinétis enim, si quis vos in servitútem rédigit, si quis dévorat, si quis áccipit, si quis extóllitur, si quis in fáciem vos cædit. Secúndum ignobilitátem dico, quasi nos infírmi fuérimus in hac parte. In quo quis audet, - in insipiéntia dico - áudeo et ego: Hebræi sunt, et ego: Israëlítæ sunt, et ego: Semen Abrahæ sunt, et ego: Minístri Christi sunt, - ut minus sápiens dico - plus ego: in labóribus plúrimis, in carcéribus abundántius, in plagis supra modum, in mórtibus frequénter. A Judæis quínquies quadragénas, una minus, accépi. Ter virgis cæsus sum, semel lapidátus sum, ter naufrágium feci, nocte et die in profúndo maris fui: in itinéribus sæpe, perículis flúminum, perículis latrónum, perículis ex génere, perículis ex géntibus, perículis in civitáte, perículis in solitúdine, perículis in mari, perículis in falsis frátribus: in labóre et ærúmna, in vigíliis multis, in fame et siti, in jejúniis multis, in frigóre et nuditáte: præter illa, quæ extrínsecus sunt, instántia mea cotidiána, sollicitúdo ómnium Ecclesiárum. Quis infirmátur, et ego non infírmor? quis scandalizátur, et ego non uror? Si gloriári opórtet: quæ infirmitátis meæ sunt, gloriábor. Deus et Pater Dómini nostri Jesu Christi, qui est benedíctus in sǽcula, scit quod non méntior. Damásci præpósitus gentis Arétæ regis, custodiébat civitátem Damascenórum, ut me comprehénderet: et per fenéstram in sporta dimíssus sum per murum, et sic effúgi manus ejus. Si gloriári opórtet - non éxpedit quidem, - véniam autem ad visiónes et revelatiónes Dómini. Scio hóminem in Christo ante annos quatuórdecim, - sive in córpore néscio, sive extra corpus néscio, Deus scit - raptum hujúsmodi usque ad tértium cælum. Et scio hujúsmodi hóminem, - sive in córpore, sive extra corpus néscio, Deus scit:- quóniam raptus est in paradisum: et audivit arcána verba, quæ non licet homini loqui. Pro hujúsmodi gloriábor: pro me autem nihil gloriábor nisi in infirmitátibus meis. Nam, et si volúero gloriári, non ero insípiens: veritátem enim dicam: parco autem, ne quis me exístimet supra id, quod videt in me, aut áliquid audit ex me. Et ne magnitúdo revelatiónem extóllat me, datus est mihi stímulus carnis meæ ángelus sátanæ, qui me colaphízet. Propter quod ter Dóminum rogávi, ut discéderet a me: et dixit mihi: Súfficit tibi grátia mea: nam virtus in infirmitáte perfícitur. Libénter ígitur gloriábor in infirmitátibus meis, ut inhábitet in me virtus Christi.
puesto que siendo como sois prudentes, aguantáis sin pena a los imprudentes. Porque vosotros aguantáis a quien os reduce a esclavitud, a quien os devora, a quien toma vuestros bienes estafándoos, a quien os trata con altanería, a quien os hiere en el rostro, o llena de injurias. Digo esto con confusión mía, pues en este punto pasamos por sobrado débiles, o moderados. Pero en cualquiera otra cosa de que alguno presumiere y se vanagloriare (os parecerá que hablo sin cordura) no menos presumo yo: ¿Son hebreos?, yo también lo soy. ¿Son israelitas?, también yo. ¿Son del linaje de Abrahán?, también lo soy yo: ¿Son ministros de Cristo ? (aunque me expongo a pasar por imprudente), diré que yo lo soy más que ellos, pues me he visto en muchísimos más trabajos, más en las cárceles, en azotes sin medida, en riesgos de muerte frecuentemente; cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno; tres veces fui azotado con varas; una vez apedreado; tres veces naufragué; estuve una noche y un día como hundido en alta mar, a punto de sumergirme. Me he hallado en penosos viajes muchas veces, en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en poblado, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en toda suerte de trabajos y miserias, en muchas vigilias y desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y desnudez. Fuera de estas cosas o males exteriores, cargan sobre mí las ocurrencias de cada día, por la solicitud y cuidado de todas las iglesias. ¿Quién enferma, que no enferme yo con él?; ¿quién es escandalizado, o cae en pecado, que yo no me requeme? Si es preciso gloriarse de alguna cosa, me gloriaré de aquellas que son propias de mi flaqueza. Dios que es el Padre de nuestro Señor Jesucristo, y que es para siempre bendito, sabe que no miento ni exagero. Y aún no he dicho que estando en Damasco, el gobernador de la provincia por el rey Aretas, tenía puestas guardias a la ciudad para prenderme; mas por una ventana fui descolgado del muro abajo en un serón, y así escapé de sus manos. Si es necesario gloriarse (aunque nada se gana en hacerlo) yo haré mención de las visiones y revelaciones del Señor. Yo conozco a un hombre que cree en Cristo , que hace catorce años (si en cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, sábelo Dios) fue arrebatado hasta el tercer cielo; y sé que el mismo hombre (si en cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, Dios lo sabe) fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables, que no es lícito o posible a un hombre proferirlas o explicarlas. Hablando de semejante hombre podré gloriarme; mas en cuanto a mí de nada me gloriaré, sino de mis flaquezas y penas. Verdad es que, si quisiese gloriarme podría hacerlo sin ser imprudente, porque diría verdad; pero me contengo, a fin de que nadie forme de mi persona un concepto superior a aquello que en mí ve, o de mí oye. Y para que la grandeza de las revelaciones no me desvanezca, se me ha dado el estímulo de mi carne, que es como un ángel de Satanás, para que me abofetee. Sobre lo cual por tres veces pedí al Señor que le apartase de mí; y me respondió: Bástate mi gracia, porque el poder mío brilla y consigue su fin por medio de la flaqueza. Así que con gusto me gloriaré de mis flaquezas o enfermedades, para que haga morada en mí el poder de Cristo . [Torres Amat]
Comentario patrístico · Homilía 24 + Homilía 25 + Homilía 26 sobre 2 Corintios — San Juan Crisóstomo
«Pues de buen grado soportáis a los necios.» De suerte que también vosotros sois culpables de esto, y más que ellos. Porque si no los hubierais soportado, y en cuanto de ellos dependía recibido daño, yo no habría dicho una sola palabra; mas lo hago por tierna solicitud de vuestra salvación y por condescendencia. Y ved cómo acompaña aun su reprensión con la alabanza; pues habiendo dicho «soportáis de buen grado a los necios», añadió:
«Como si nosotros hubiéramos sido débiles.» La expresión es oscura; porque, siendo el asunto ingrato, de tal modo la formuló que con la oscuridad hurtase lo ofensivo. Pues lo que quiere decir es esto: «¿Acaso no podemos también nosotros hacer estas cosas? Sí, pero no las hacemos. ¿Por qué, pues, soportáis a estos hombres, como si nosotros no pudiéramos hacerlas? Algo sería, ciertamente, echaros en cara que soportéis a hombres que hacen el necio; pero que lo hagáis aun cuando de tal modo os desprecian, os saquean, se ensalzan, os abofetean, no admite ni excusa ni razón alguna. Porque ésta es una nueva manera de engañar; pues los hombres que engañan dan y adulan; mas éstos engañan, y os despojan, y os ultrajan. De donde no podéis tener ni sombra de disculpa, ya que escupís a los que se humillan por vosotros para que seáis ensalzados, y en cambio admiráis a los que se ensalzan para que seáis humillados. Pues ¿no podríamos también nosotros hacer estas cosas? Sí, pero no queremos, mirando a vuestro provecho. Porque ellos, sacrificando vuestros intereses, buscan los suyos; mas nosotros, sacrificando los nuestros, buscamos los vuestros.» ¿Veis cómo en todo momento, al par que les habla claramente, también los atemoriza con lo que dice? «Porque —dice—, si por esto los honráis, porque os abofetean y os ultrajan, también nosotros podemos hacerlo: esclavizaros, abofetearos, ensalzarnos contra vosotros.»
¿Por qué «menos uno»? Había una antigua ley según la cual quien hubiese recibido más de los cuarenta azotes quedaba tenido por infame entre ellos. Para que, pues, el ímpetu y arrebato del ejecutor, infligiendo más del número, no acarrease a un hombre tal infamia, decretaron que se diesen «menos uno», a fin de que, aun cuando el ejecutor se excediese, no rebasase los cuarenta, sino que, permaneciendo dentro del número prescrito, no trajese deshonra sobre el que era azotado.
¿Veis cómo en ningún lugar se gloría de los milagros, sino de sus persecuciones y de sus tribulaciones? Pues esto es lo que significan las flaquezas. Y muestra que su lucha era de carácter muy variado; porque los judíos le hacían la guerra, y los gentiles se alzaban contra él, y los falsos hermanos peleaban con él, y aun los hermanos le causaban dolor, por su flaqueza y por escandalizarse: por todas partes hallaba fatiga y turbación, de los amigos y de los extraños. Ésta es la señal propia del Apóstol; con estas cosas se teje el Evangelio.
¿Cuál puede ser la razón de que aquí confirme con fuerza y dé seguridad de la verdad de lo que dice, no habiéndolo hecho respecto de ninguna de las cosas anteriores? Porque, acaso, esto era de fecha más antigua y no tan conocido; mientras que de aquellos otros hechos, su solicitud por las iglesias y todo lo demás, ellos mismos eran testigos. Ved, pues, cuán grande fue la guerra contra él, pues por su causa se guardaba la ciudad. Y cuando digo esto de la guerra, lo digo del celo de Pablo; porque, si éste no hubiera ardido con vehemencia, no habría encendido al gobernador en tan gran furor. Propio es esto de un alma apostólica: padecer cosas tan grandes y, sin embargo, en nada volverse atrás, sino soportar noblemente cuanto acaece; y con todo, no salir al encuentro de los peligros ni arrojarse a ellos. Ved aquí, por ejemplo, cómo se contentó con evadir el asedio siendo descolgado por una ventana en una espuerta. Porque, aunque deseaba partir de esta vida, no por eso amaba menos ardientemente la salvación de los hombres; y por ello recurrió muchas veces aun a tales ardides, conservándose para la predicación; y no rehusó valerse aun de humanos recursos cuando la ocasión lo pedía: tan sobrio y vigilante era. Pues en los casos en que los males eran inevitables, sólo necesitaba de la gracia; mas donde la prueba era de medida moderada, ingenia por sí mismo muchas cosas, atribuyéndolo también aquí todo a Dios. Y así como una chispa de fuego inextinguible, si cayese en el mar, quedaría sumergida al pasar sobre ella muchas olas, mas de nuevo subiría resplandeciente a la superficie, así también el bienaventurado Pablo ora quedaba abrumado por los peligros, ora de nuevo, habiendo buceado a través de ellos, salía más radiante, venciendo por el padecer.
¿Qué es esto? El que ha dicho cosas tan grandes, ¿dice: «no me conviene, en verdad, gloriarme», como si nada hubiese dicho? No, no como si nada hubiese dicho, sino porque va a pasar a otro género de gloria, que ciertamente no le está destinado por tan gran galardón, mas que a los muchos (aunque no a los examinadores atentos) parece realzarle con más brillantes colores; por eso dice: «No me conviene, en verdad, gloriarme.» Pues, en verdad, los grandes motivos de gloria eran los que había referido, los de sus pruebas; mas tiene también otras cosas que contar, las que atañen a las revelaciones, a los inefables misterios. Y ¿por qué —dice— «no me conviene»? Quiere decir: «no sea que me levante a soberbia.» ¿Qué dices? Pues, aunque no hables de ellas, ¿no las conoces acaso? Mas el conocerlas nosotros mismos no nos ensalza tanto como el publicarlas a los demás. Porque no es propio de las buenas obras el ensalzar al hombre, sino el ser atestiguadas y conocidas de los muchos. Por esta causa, pues, dice: «No me conviene»; y: «para no implantar de mí una idea demasiado grande en los que me oyen.» Porque aquellos hombres, los falsos apóstoles, decían de sí mismos aun lo que no era verdad; mas éste oculta aun lo verdadero, y esto aunque tan gran necesidad pesa sobre él, y dice: «No me conviene»; enseñando a todos y cada uno a evitar, aun con exceso, cosa semejante. Porque esto no reporta provecho alguno, antes bien daño, si no hay alguna razón necesaria y útil que a ello nos induzca. Habiendo, pues, hablado de sus peligros, pruebas, asechanzas, abatimientos y naufragios, pasa a otro género de gloria, diciendo:
Grande fue, ciertamente, esta revelación. Mas no fue la única: hubo otras muchas además, pero de entre muchas menciona una sola. Que fueron muchas, oídlo de lo que dice: «para que no me ensoberbezca por la sobreabundancia de las revelaciones.» «Y sin embargo —dirá alguno—, si quería ocultarlas, no debía haber dado indicio alguno ni haber dicho nada de tal cosa; mas si quería hablar de ellas, hablar claramente.» ¿Por qué, pues, ni habló claramente ni guardó silencio? Para mostrar también por esto que acude a ello de mala gana. Y por eso también ha señalado el tiempo, «catorce años»; pues no lo menciona sin objeto, sino para mostrar que quien se había abstenido por tan largo tiempo no habría ahora hablado, si la necesidad de hacerlo no hubiera sido grande. Y aún habría callado, si no hubiera visto perecer a los hermanos. Ahora bien, si Pablo desde el mismo comienzo era tal que fue tenido por digno de semejante revelación, cuando aún no había obrado tan grandes bienes, considerad a cuánto habrá crecido en catorce años. Y observad cómo aun en esto mismo muestra su modestia, diciendo unas cosas, pero confesando que de otras no sabe. Porque que fue arrebatado, lo declaró; mas si en el cuerpo o fuera del cuerpo, dice que no lo sabe. Y con todo, harto habría bastado con que hubiese contado que fue arrebatado y hubiese callado lo demás; pero, en su modestia, añade también esto. ¿Qué, pues? ¿Fue la mente la que fue arrebatada, y el alma, mientras el cuerpo quedaba muerto? ¿O fue arrebatado el cuerpo? Imposible es decirlo. Porque si Pablo, que fue arrebatado y a quien acaecieron cosas inefables, tantas y tan grandes, lo ignoraba, mucho más nosotros. Pues que estuvo en el Paraíso lo sabía, y que estuvo en el tercer cielo no lo ignoraba, mas el modo no lo conocía con claridad. Y ved por otra consideración cuán libre está de soberbia: porque en su relato acerca de la ciudad de los damascenos confirma lo que dice, mas aquí no; pues no era su intento establecer con fuerza este hecho, sino sólo mencionarlo e insinuarlo. Por lo cual añade también: «De tal hombre me gloriaré»; no queriendo decir que el que fue arrebatado fuese otra persona, sino que dispone su lenguaje del mejor modo que le es posible, para a la vez mencionar el hecho y evitar hablar de sí mismo abiertamente. Porque ¿qué congruencia habría en traer a otro delante, discurriendo de sí mismo? ¿Por qué, pues, lo expresó así? No era lo mismo decir «fui arrebatado» y «conocí a uno que fue arrebatado», ni «me gloriaré de mí mismo» y «me gloriaré de tal hombre». Y si alguno dijere: «¿Y cómo es posible ser arrebatado sin el cuerpo?», yo le preguntaré: «¿Cómo es posible ser arrebatado con el cuerpo?»; pues esto es aún más inexplicable que aquello, si examinas con razonamientos y no das lugar a la fe.
¿Qué dices? El que en nada tenía el reino, ni tampoco el infierno, por su anhelo de Cristo, ¿había de tener en algo la honra de los muchos, hasta el punto de ensoberbecerse y de necesitar de continuo aquel freno? Pues no dijo «para que me abofetease», sino «que me abofetee». Mas ¿quién habría de decir esto? ¿Cuál es, pues, el sentido de lo dicho? Cuando hayamos explicado qué se entiende por el aguijón, y quién es este ángel de Satanás, entonces declararemos también esto. Hay algunos, pues, que han dicho que se refiere a cierto dolor de cabeza infligido por el diablo; mas ¡lejos de nosotros tal cosa! Porque jamás el cuerpo de Pablo pudo ser entregado a las manos del diablo, siendo así que el mismo diablo se sometía al propio Pablo a su sola orden; y él le puso leyes y límites cuando entregó al fornicario para destrucción de la carne, y no osó traspasarlos. ¿Cuál es, pues, el sentido de lo dicho? Al adversario se le llama en hebreo «Satán»; y en el tercer libro de los Reyes así ha designado la Escritura a los que eran adversarios, pues hablando de Salomón dice: «En sus días no había Satán», esto es, ningún adversario, enemigo u opositor. Lo que dice, pues, es esto: Dios no permitía que la predicación avanzase, para reprimir nuestros altos pensamientos, sino que permitía que los adversarios nos acometieran. Porque esto bastaba, en verdad, para abatir sus altivos pensamientos; no así un dolor de cabeza. Y así, por «el ángel de Satanás» entiende a Alejandro el broncista, al bando de Himeneo y Fileto, a todos los adversarios de la palabra: a los que contendían y peleaban contra él, a los que le echaron en la cárcel, a los que le azotaron, a los que le llevaron a la muerte; porque hacían la obra de Satanás. Así como llama hijos del diablo a aquellos judíos que imitaban sus obras, así también llama ángel de Satanás a todo el que se opone. Dice, pues: «Me fue dado un aguijón que me abofetee»; no como si Dios pusiera armas en manos de tales hombres —¡lejos tal cosa!—, ni que Él castigue o pene, sino que por un tiempo los tolera y permite.
Esto es, muchas veces. También esto es señal de grande humildad de espíritu: el no ocultar que no podía soportar aquellas insidiosas asechanzas, que desfallecía bajo ellas y se veía reducido a orar por su liberación.
«Y me dijo: Te basta mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la flaqueza.»
Es como si dijera: «Te basta que resucites a los muertos, que cures a los ciegos, que limpies a los leprosos, que obres aquellos demás milagros; no busques además la exención del peligro y del temor, ni el predicar sin molestias. Mas ¿te apenas y afliges por temor de que parezca deberse a flaqueza mía el que muchos conspiren contra ti, y te golpeen, y te hostiguen, y te azoten? Pues esto mismo muestra mi poder. Porque mi poder —dice— se perfecciona en la flaqueza, cuando, siendo perseguidos, vencéis a vuestros perseguidores; cuando, siendo hostigados, prevalecéis sobre los que os hostigan; cuando, puestos en cadenas, convertís a los que os encadenan. No busques, pues, más de lo que es menester.» ¿Veis cómo él aduce una razón, y Dios otra? Porque él dice: «Para que no me ensoberbezca, me fue dado un aguijón»; mas afirma que Dios dijo haberlo permitido para mostrar su poder. «Buscas, pues, una cosa que no sólo no es menester, sino que además oscurece la gloria de mi poder.» Porque con las palabras «te basta» quería significar esto: que nada más había que añadir, sino que todo estaba cumplido. De suerte que también por esto es manifiesto que no se refiere a dolores de cabeza; porque, en verdad, no predicaban estando enfermos, pues no podían predicar hallándose dolientes; mas, hostigados y perseguidos, todo lo vencían. «Habiendo, pues, oído esto —dice—:»
«Muy gustosamente, pues, me gloriaré en mis flaquezas.» Para que no desfallezcan, cuando aquellos falsos apóstoles se glorían de su suerte contraria y éstos padecen persecución, muestra que por esto mismo brilla tanto más, y que así resplandece más bien el poder de Dios, y que lo que acaece es justo motivo de gloria. Por lo cual dice: «Muy gustosamente, pues, me gloriaré.» «No, por tanto, como quien se duele hablé de las cosas que enumeré, ni de lo que acabo de decir, «me fue dado un aguijón»; sino como quien de ellas se precia y a sí atrae mayor poder.» Por lo cual añade también:
Homilía 24 + Homilía 25 + Homilía 26 sobre 2 Corintios, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org
Evangelio (Luc. 8, 4-15)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam In illo témpore: Cum turba plúrima convenírent, et de civitátibus properárent ad Jesum, dixit per similitúdinem: Exiit, qui séminat, semináre semen suum: et dum séminat, áliud cécidit secus viam, et conculcátum est, et vólucres cæli comedérunt illud. Et áliud cécidit supra petram: et natum áruit, quia non habébat humórem. Et áliud cécidit inter spinas, et simul exórtæ spinæ suffocavérunt illud. Et áliud cécidit in terram bonam: et ortum fecit fructum céntuplum. Hæc dicens, clamábat: Qui habet aures audiéndi, áudiat. Interrogábant autem eum discípuli ejus, quæ esset hæc parábola. Quibus ipse dixit: Vobis datum est nosse mystérium regni Dei, céteris autem in parábolis: ut vidéntes non vídeant, et audiéntes non intéllegant. Est autem hæc parábola: Semen est verbum Dei. Qui autem secus viam, hi sunt qui áudiunt: déinde venit diábolus, et tollit verbum de corde eórum, ne credéntes salvi fiant. Nam qui supra petram: qui cum audíerint, cum gáudio suscípiunt verbum: et hi radíces non habent: qui ad tempus credunt, et in témpore tentatiónis recédunt. Quod autem in spinas cécidit: hi sunt, qui audiérunt, et a sollicitudínibus et divítiis et voluptátibus vitæ eúntes, suffocántur, et non réferunt fructum. Quod autem in bonam terram: hi sunt, qui in corde bono et óptimo audiéntes verbum rétinent, et fructum áfferunt in patiéntia.
En ocasión de un grandísimo concurso de gentes, que de las ciudades acudían presurosas a él, dijo esta parábola: Salió un sembrador a sembrar su simiente; y al esparcirla, parte cayó a lo largo del camino, donde fue pisoteada, y la comieron las aves del cielo. Parte cayó sobre un pedregal, y luego que nació, se secó por falta de humedad. Parte cayó entre espinas, y creciendo al mismo tiempo las espinas con ella, la sofocaron. Parte finalmente cayó en buena tierra; y habiendo nacido dio fruto a ciento por uno. Dicho esto exclamó en alta voz: El que tenga oídos para escuchar, atienda bien a lo que digo. Le preguntaban sus discípulos cuál era el sentido de esta parábola. A los cuales respondió así: A vosotros se os ha concedido entender el misterio del reino de Dios, mientras a los demás en parábolas, de modo que viendo no echen de ver, y oyendo no entiendan. Ahora bien, el sentido de la parábola es éste: La semilla es la palabra de Dios; los granos sembrados a lo largo del camino, significan aquellos que la escuchan, sí; pero viene luego el diablo, y se las saca del corazón, para que no crean y se salven; los sembrados en un pedregal, son aquellos que, oída la palabra, la reciben, sí, con gozo, pero no echa raíces en ellos; y así creen por una temporada, y al tiempo de la tentación vuelven atrás; la semilla caída entre espinas, son los que la escucharon, pero con los cuidados, y las riquezas y delicias de la vida, al cabo la sofocan, y nunca llega a dar fruto. En fin, la que cae en buena tierra, denota aquellos que con un corazón bueno y muy sano oyen la palabra de Dios, y la conservan con cuidado, y mediante la paciencia dan fruto sazonado. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Lucas 8, 4-15 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
Teofilacto. Lo que David había predicho de la persona de Jesucristo "Abriré mi boca en parábolas" ( Sal 77,2), lo cumple aquí el Señor. Por esto se dice: "Y como hubiese concurrido un crecido número de pueblo, y acudiesen solícitos a El de las ciudades, dijo por semejanza". El Señor hablaba por medio de parábolas primeramente para que le oyesen con más atención, porque acostumbraban los hombres a ejercitarse en las cosas oscuras, menospreciando las más claras. En segundo lugar, para que los indignos no comprendiesen lo que se les decía místicamente.
Orígenes. Por esto se dice terminantemente: "Y como hubiese concurrido un crecido número y acudiesen de las ciudades", etc. No son muchos, sino pocos, los que andan por el camino estrecho y los que encuentran el camino que conduce a la vida. Por esto dice San Mateo ( Mt 13), que fuera de la casa enseñaba por medio de parábolas, pero que explicaba estas mismas a sus discípulos, cuando se encontraban dentro.
Eusebio. El Señor expone muy oportunamente esta primera parábola a la muchedumbre, no sólo a la que estaba presente, sino también a la que después de ella había de venir, invitándolos a escuchar sus palabras, cuando dice: "Salió el que siembra, a sembrar su simiente".
Beda. No podemos entender que este sembrador sea otro que el Hijo de Dios, quien saliendo del seno de su Padre, a donde las criaturas no podían llegar, vino a este mundo, para dar testimonio de la verdad ( Jn 19).
Crisóstomo in Mat. hom. 45. Salió el que está en todas partes y no en un solo lugar, pero se aproximó a nosotros por medio del vestido de la carne. Con razón Jesucristo designa su venida con el nombre de salida, porque estábamos excluidos de Dios y como rebeldes condenados por el Rey. De esta manera el que quiere reconciliarlos, saliendo fuera hacia ellos, les habla hasta que, resultando dignos de la presencia del Rey, los introduce. Así obró Jesucristo.
Teofilacto. Sale ahora no para perder a los labradores, ni a quemar la tierra, sino a sembrar; porque muchas veces el labrador que siembra, sale con otro fin, y no sólo a sembrar.
Eusebio. Salieron también algunos de la patria celestial y bajaron a los hombres, no a sembrar, puesto que no eran sembradores, sino enviados a ejercer el oficio de ministros del Espíritu. Moisés, y los profetas después de él, no sembraron en los hombres los misterios del reino de los cielos; pero retraían a los insensatos del error de la maldad y del culto de los ídolos. Cultivaban, por decirlo así, las almas de los hombres, y las convertían en campos nuevos. Sólo el sembrador de todos, el Verbo de Dios, salió a evangelizar la nueva semilla, esto es, los misterios del reino de los cielos.
Teofilacto. No cesa el Hijo de Dios de sembrar en nuestras almas, porque no solamente cuando enseña, sino también cuando crea, siembra en nuestras almas las buenas semillas.
Tito Bostrense. Salió a sembrar su propia semilla, porque no recibió la palabra como prestada, puesto que El es por naturaleza el Verbo de Dios vivo. La semilla de Pablo ni la de Juan son propias; la tienen porque la han recibido. Jesucristo, por el contrario, tiene su propia semilla, sacando de su naturaleza la doctrina. Por eso los mismos judíos decían: "¿Cómo conoce éste las letras, que no aprendió?" ( Jn 7,15).
Eusebio. Enseña que hay dos grados entre aquellos que reciben la divina semilla. El primero se compone de aquellos que se hicieron dignos de la vocación del cielo, pero que pierden la gracia por negligencia y tibieza. El segundo se compone de aquellos que multiplican la semilla por medio de buenos frutos. Además San Mateo establece tres diferencias en cada uno de estos grados. Porque aquellos que sofocan la semilla no tienen igual modo de perderla y los que fructifican con ella, no reciben la misma abundancia. Por esto da a conocer las ocasiones en que se pierde la semilla. Los unos, sin haber pecado, pierden la semilla saludable que hay en sus almas, sustraída a su atención y a su memoria por los espíritus malignos y por los demonios que vuelan en el aire, o por los hombres engañosos y astutos, que llamó volátiles. Por esto añade: "Y cuando sembraba, una parte cayó junto al camino".
Teofilacto. No dijo que, el que siembra, arrojó la semilla junto al camino, sino que la semilla cayó. El que siembra enseña buena doctrina, pero su palabra cae sobre los oyentes de diversa manera, de suerte que algunos de ellos se consideran como camino: "Y fue hollada, y las aves del cielo la comieron".
San Cirilo. Todo camino es árido e inculto en cierto sentido, porque es pisado por todos y ninguna semilla puede desarrollarse en él. Así, en los que tienen su corazón indócil, no pueden penetrar las divinas enseñanzas ni germinar la alabanza de las virtudes. Estos son el camino frecuentado por los espíritus inmundos. Hay también algunos que reciben la fe de una manera superficial, como si ésta sólo consistiese en palabras. La fe de éstos carece de raíz. Y por esto añade: "Y otra cayó sobre piedras, y cuando fue nacida, se secó, porque no tenía humedad".
Beda. Llama piedra al corazón endurecido e indomable. Por el contrario, la humedad es agua para la raíz de la semilla, que en otra parábola está figurado por el óleo, destinado a alimentar las lámparas de las vírgenes ( Mt 25), y que representa el amor y la perseverancia en la virtud.
Eusebio. Hay también algunos que Cristo llama espinas, por la avaricia, por el apetito sensual y por los cuidados del mundo. Sofocan la semilla que en ellos se sembró. Acerca de lo que dice: "Y otra cayó entre espinas", etc.
Crisóstomo in Mat. hom. 4. Así como las espinas no permiten que nazca la semilla, sino que la sofocan por su espesor, así los cuidados de la vida presente, no permiten que fructifique la semilla espiritual. Reprensible sería el labrador que sembrase sobre espinas punzantes, sobre piedras y en el camino. Porque no es posible que la piedra se haga tierra, ni que el camino deje de ser camino, ni que las espinas dejen de ser espinas. Al contrario, no sucede lo mismo en las cosas espirituales, pues es posible que la piedra se convierta en tierra rica, que el camino no se pise y que las espinas desaparezcan.
San Cirilo. Son tierra rica y fértil las almas humildes y buenas, que en su humildad reciben la semilla de la palabra, la conservan y la hacen fructificar. Y en cuanto a esto se dice: "Y otra cayó en buena tierra, nació y dio fruto de ciento por uno". Cuando se introduce la palabra divina en una inteligencia limpia de los cuidados mundanos, echa raíces profundas, produce espigas y crece oportunamente.
Beda. El fruto centuplicado es el que llama fruto perfecto, pues el número diez expresa siempre la perfección, porque la custodia de la ley (esto es, su observancia) se contiene en diez preceptos. El número diez multiplicado por sí mismo, forma el número cien, y con este número se representa la gran perfección.
San Cirilo. Cuál es el sentido de esta parábola, lo vamos a saber por Aquel que la compuso. Por esto sigue: "Dicho esto, comenzó a hablar en alta voz diciendo: Quién tiene orejas de oír, oiga".
San Basilio. Oír pertenece al entendimiento. Por esto el Señor llama la atención a los que lo oyen, para que comprendan bien lo que va a decir.
Beda. Cuantas veces se hace esta advertencia, ya en el Evangelio ya en el Apocalipsis de San Juan. Anuncia que lo que se dice es misterioso y que debemos meditarlo con más atención. Por eso los discípulos, ignorándolo, preguntaban al Salvador. Sigue, pues: "Sus discípulos le preguntaban qué parábola era ésta". Sin embargo, no se crea que los discípulos le preguntaron al punto que terminó la parábola, sino que, como dice San Marcos: "Le preguntaron estando solo" ( Mc 4,10).
Orígenes. La parábola es el relato de un hecho imaginario que no aconteció como se cuenta, pero que es posible, y que significa otra cosa por la aplicación de lo que se refiera en la parábola. Un enigma es la consecuencia de una relación imaginaria, que ni aconteció ni es posible, pero que tiene un sentido oculto, como aquello que se dice en el libro de los Jueces: "Que los árboles se reunieron para elegir rey" ( Jue 9,8). No aconteció a la letra como lo refiere el evangelista, aunque fue posible que se hiciese.
Eusebio. El Señor les dijo el motivo por qué hablaba a las turbas por medio de parábolas. Por esto añade: "Y les dijo: A vosotros es dado el saber el misterio del reino de Dios".
San Gregorio Nacianceno. Cuando oigas esto no introduzcas diferentes naturalezas, como ciertos herejes, que piensan que la naturaleza de unos es de perderse, y la de otros de salvarse. Sin embargo algunos son de tal modo, que su voluntad los lleva a lo peor o a lo mejor. Pero añade a esto que se dice: "A vosotros es dado". Es dado a los que quieren y a los simplemente dignos.
Teofilacto. A los que son indignos de tan grandes misterios, se les dice de un modo oscuro. De donde sigue: "Mas a los otros en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan". Ellos creen que ven, pero no ven; y oyen ciertamente, pero no entienden. Jesucristo les ha ocultado esto para que no reciban un daño mayor si llegan a despreciar estos misterios divinos después de conocerlos, pues el que primero entiende y después desprecia, merece mayor castigo
Beda. Así oyen sólo en parábolas, cuando cerrados los sentidos de su alma, no se cuidan de conocer la verdad, olvidándose de lo que dijo el Señor: "Quien tiene orejas de oír, oiga".
San Gregorio in Evang. hom. 15. El Señor se dignó explicar lo que había dicho para que sepamos buscar la significación de todas las cosas, aun de aquéllas que no nos quiso explicar. Porque sigue: "Es, pues, ésta la parábola: La simiente es la palabra de Dios".
San Eusebio. Dice que hay tres causas por medio de las que se destruye la semilla que cae sobre nuestras almas. Unos destruyen la semilla escondida en sus almas, dando oídos a todos los que quieren engañarlos. De éstos añade: "Y los que junto al camino, son aquéllos que la oyen; mas luego viene el diablo y quita la palabra del corazón de ellos".
Beda. Estos son los que oyen la palabra divina sin fe, sin deseo de conocerla, sin ninguna intención de sacar provecho de ella aplicándola a sus acciones.
Eusebio. Otros, no habiendo recibido la palabra de Dios en el fondo de su alma, la dejan perecer cuando llega el día de la adversidad, acerca de los que dice el Señor: "Mas los que sobre piedra, son los que reciben con gozo la palabra cuando la oyeron, y éstos no tienen raíces, porque a tiempo creen y en el tiempo de la tentación vuelve atrás".
San Cirilo. Cuando entran en la iglesia oyen la explicación de los divinos misterios con poca voluntad y cuando han salido de la iglesia se olvidan de los sagrados misterios. Y si la fe cristiana está en paz, perseveran. Pero si la persecución la turba, su alma huye, porque su fe no tiene raíces.
San Gregorio, hom. 15, in Evang. Muchos emprenden buenas obras y cuando empiezan a ser molestados por las adversidades o por las tentaciones, abandonan lo empezado. La tierra pedragosa de sus corazones no tuvo humedad suficiente para poder hacer germinar la semilla que recibió y que llegase a dar fruto.
Eusebio. Algunos, en verdad, sofocan también la semilla escondida en sus corazones con las riquezas y con los placeres, como con espinas punzantes. Respecto de los que se añade: "Y la que cayó entre espinas; éstos son los que la oyeron, pero en quienes es sofocada por los afanes, por las riquezas y los deleites de la vida", etc.
San Gregorio ut sup. Es digno de admiración el considerar cómo el Señor llamó a las riquezas espinas, siendo así que éstas punzan y aquéllas deleitan. Y sin embargo, son espinas, porque hieren la inteligencia con las punzadas de sus pensamientos y cuando la conducen hasta el pecado, le infieren cruelmente una terrible herida. Las riquezas llevan consigo dos cosas: los cuidados y las satisfacciones; porque oprimen la inteligencia con el afán de los cuidados y la disipan con su afluencia. Sofocan también la semilla, porque interceptan el camino de la inteligencia con vanos pensamientos, y no permitiendo que entre en el corazón ningún buen deseo, cierran la puerta a la inspiración divina.
Eusebio. Todo esto fue predicho por el Salvador y ha sido demostrado por los hechos. No se ha dado ninguna otra manera de culto divino, sino según alguno de los modos predichos por El.
Crisóstomo in Mat. hom. 45. Y para compendiar esto en pocas palabras, diremos que éstos no quieren oírlo por negligencia, aquéllos por cobardía o debilidad, los otros, en fin, porque se han hecho como esclavos del placer y de las cosas del mundo. Bueno es el orden del camino, de la piedra y de las espinas. Necesarias son, por consiguiente, en primer lugar la memoria y la cautela, después la fortaleza y consiguientemente el menosprecio de las cosas presentes. Habla después de la buena tierra, que hace lo contrario que el camino, la piedra y las espinas, cuando añade: "Mas la que cayó en buena tierra, éstos son los que, oyendo la palabra con corazón bueno y muy sano, la retienen", etc. No la retienen los que están junto al camino, porque el diablo les roba la semilla; los que están sobre la piedra no sostienen con paciencia el empuje de la tentación por su imbecilidad; y los que están sobre espinas, no fructifican, sino que se sofocan.
San Gregorio ut sup. La tierra buena produce el fruto por medio de la paciencia. Porque son inútiles todas nuestras buenas obras si no sufrimos con resignación aun las malas acciones de nuestros prójimos. Así producen frutos de paciencia, porque sufriendo humildemente todas las contrariedades, son admitidos después de las pruebas al gozo y al reposo.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena