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jueves, 10 de febrero de 2039

Santa Escolástica, Virgen

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Santa Escolástica, hermana de san Benito, nació en el territorio de Norcia, en el ducado de Espoleto en Umbría, de una de las casas más nobles de Italia. Así ella como su santo hermano fueron recibidos como una especie de milagroso don con que el cielo regalaba al mundo cristiano; pues que habiendo vivido sus padres muchos años en el matrimonio sin tener hijos, al fin con sus oraciones y limosnas alcanzaron estos dos grandes modelos de la perfección religiosa.

Criaron á Escolástica con todo aquel desvelo que se podía esperar de una madre tan piadosa como la condesa de Norcia. Persuadida esta virtuosísima señora que las primeras impresiones que se dan á los niños influyen mucho en lo restante de su vida, se aplicó principalmente á inspirar desde luego en su tierna hija aquellos grandes dictámenes de religión, aquel gran menosprecio de todas las vanidades, aquella grande estimación de las máximas del Evangelio, en cuyo ejercicio halló únicamente todo su gusto y todas sus delicias. Las santas inclinaciones de Escolástica, su devoción anticipada, su docilidad y su modestia hicieron conocer presto á su madre que el cielo se la había prestado no más que como en depósito, y que ciertamente la tenía el Señor escogida para esposa suya. Con efecto, declarándose desde luego enemiga de aquellos entretenimientos pueriles y de aquellas ligeras diversiones, que casi nacen con los niños, no había para Escolástica otro entretenimiento de más gusto que hacer oración á Dios, y oír con suma docilidad las prudentes y saludables instrucciones de su virtuosa madre.

Era tenida por una de las jóvenes más hermosas de su tiempo. Su calidad, y los ricos bienes que había heredado con el retiro de su hermano y con la muerte de sus padres, la hicieron ser pretendida de los mayores señores de toda Italia; pero mucho antes había renunciado á las más lisonjeras esperanzas del mundo, consagrándose á Dios desde su infancia con voto de perpetua castidad. No obstante de ser de un genio vivo, espiritoso y brillante, de un natural dulce y amigo de complacer, de un aire garboso, despejado, capaz de arrebatarse las admiraciones y los aplausos, toda su inclinación era el retiro. Para ella no tenían las galas particular atractivo, mirábalas con indiferencia, y aun con desprecio. Habíasela impreso fuertemente en el alma la importante lección que muchas veces la repetía su buena madre, conviene á saber, que los adornos postizos, por ricos, por brillantes que fuesen, no eran capaces de dar un grado de mérito; que el mayor y más apreciable elogio de una doncella, era el poderse decir de ella con verdad que era modesta y piadosa.

Nacida con tan bellas disposiciones para la virtud, criada con máximas tan cristianas, y nutrida en los más santos ejercicios de la caridad y de la devoción, hacía Escolástica maravillosos progresos en el camino del cielo, siendo en el mundo el ejemplo y la admiración de las más santas doncellas, cuando se supo en la familia el partido que había abrazado san Benito, y las maravillas que ya se contaban de él en toda la universal iglesia. A nadie edificó más, ni movió tanto la generosa resolución de su hermano como á nuestra piadosísima Escolástica, que después de la muerte de sus padres vivía aun con mayor recogimiento en el retiro de su casa. Considerando que la perfección evangélica que profesaba san Benito igualmente se proponía á todos los cristianos, y que no era ella menos interesada que él en trabajar eficazmente en el negocio importante de su eterna salvación, y en tomar todas las medidas para ser una gran santa; distribuyó sus bienes entre los pobres, y acompañada únicamente de una criada de su confianza, partió en secreto en busca de su hermano.

Había algunos años que san Benito, dejando el desierto de Sublac, después de echar por tierra los ídolos y abolir el paganismo en el monte Casino, había fundado aquel célebre monasterio, que fué como la cuna de la vida monástica en el occidente, y como el seminario de aquel prodigioso número de santos que pueblan el cielo, y hacen tanto honor á la iglesia. Teniendo noticia san Benito que ya estaba cerca su santa hermana, salió de la celda; y temiendo que traspasase los límites que había señalado, fuera de los cuales no había permiso para entrar mujer alguna, de cualquiera condición que fuese, se adelantó á recibirla acompañado de algunos monjes, y la habló fuera de la clausura.

Fácil es de imaginar cuál sería la primera conversación de aquellas dos santas almas, prevenidas desde la cuna con las más dulces bendiciones del cielo, y abrasadas ambas con el fuego del divino amor. San Benito confió á su hermana parte de las gracias y de las maravillas con que Dios le había favorecido; y Escolástica le correspondió á san Benito declarándole los extraordinarios favores con que el Señor la había colmado. Mientras los dos santos hermanos se estaban dulcemente entreteniendo con las misericordias que habían recibido del Señor, es fama que se vieron coronados de una luz resplandeciente, y que se sintieron penetrados de una gracia interior, que obró grandes cosas en sus almas, dándoles á conocer los intentos de la divina Providencia, que destinaba á uno y á otro para que trabajasen sin intermisión en la salvación y en la perfección de las personas que determinaba confiar á su cuidado.

Durante estas celestiales operaciones, declaró santa Escolástica á su hermano el ánimo que tenía de pasar lo restante de su vida en una soledad no distante de la suya, suplicándole quisiese ser su padre espiritual, y prescribirla las reglas que había de observar para el gobierno y aprovechamiento de su alma. Consintió en ello san Benito, porque ya el cielo le había revelado la vocación de su hermana; y habiendo hecho fabricar una celda no lejos del monasterio para ella y para su criada, las dió poco más ó menos las mismas reglas que había dispuesto para sus monjes. La fama de la eminente santidad de esta nueva fundadora atrajo desde luego un gran número de doncellas, que entregándose á su gobierno y al de san Benito, se obligaron como ella á guardar la misma regla.

Puédese hacer juicio de lo que fueron la soledad, el fervor y la austera vida de esta ilustre colonia de esposas de Jesucristo, por el prodigioso número de grandes santas que dió al cielo este admirable instituto, siendo santa Escolástica y sus compañeras los primeros modelos que tuvieron en la tierra. Ocupadas únicamente en el cuidado de agradar á Dios, olvidaron bien presto hasta la memoria de las criaturas. Su ordinario ejercicio de día y de noche era la oración; el silencio era perpetuo, el ayuno poco interrumpido; celda, muebles, comida y vestido todo respiraba pobreza evangélica y penitencia.

Tal fue el nacimiento y el origen de aquella orden tan célebre y dichosamente extendida, que llegó á contar hasta catorce mil monasterios de vírgenes repartidos por todo el occidente, en los cuales se ha visto con admiración tantas ilustres princesas venir á sepultar en la oscuridad de un velo los más brillantes esplendores del mundo, donde se ve cada día tantas ilustres doncellas tan distinguidas por su elevado nacimiento, y por el conjunto de sus singulares prendas, que, á ejemplo de santa Escolástica, prefieren la cruz de Jesucristo al lustre y fausto mundano más halagüeño, y á los gustos más tentadores de la vida.

Habiendo recibido santa Escolástica las reglas de vida que la dió su hermano san Benito, todo su pensamiento y toda su ocupación en adelante fué dar todo el lleno á la alta idea de perfección á que era llamada. Aunque su vida hasta entonces había sido austera y penitente, dobló sus rigores; apenas interrumpía jamás el recogimiento interior, y su oración era continua. La tierna devoción que desde la cuna había profesado siempre á la Reina de las vírgenes creció á lo sumo, hallando nuevo aliento en la dulce confianza con esta amabilísima Madre, encendiéndose con tanta vehemencia el fuego del amor de Dios, que apenas podía contener los divinos ardores que la abrasaban.

Nunca hizo voto de clausura, y con todo eso la guardó siempre con la mayor estrechez. Solo se reservó el derecho de ir una vez al año á visitar á san Benito, así para darle cuenta de su comunidad y de su conducta particular, como para recibir sus órdenes y aprovecharse de sus consejos. No quería permitir san Benito que llegase hasta su monasterio, y así, la salía él mismo á recibir acompañado de algún monje á un sitio perteneciente al mismo monasterio, y no distante de él. Allí concurrían los dos santos como dos ciudadanos del cielo, forasteros de la tierra, entreteniéndose únicamente en las cosas divinas, y ayudándose recíprocamente á perfeccionarse en los caminos del Señor.

Noticiosa nuestra santa, según todas las señas, del día de su muerte, vino á hacer su última visita anual á su santo hermano. Después de haber cantado los salmos, y de haber conversado, como lo acostumbraban, sobre varias materias de piedad, quería despedirse san Benito para restituirse al monasterio; pero la santa le rogó la hiciese el gusto de detenerse hasta el día siguiente, para lograr el consuelo de hablar más despacio sobre la bienaventuranza de la vida eterna. Negóselo Benito resueltamente; y entonces bajando un poco la cabeza nuestra Escolástica, y apoyándola sobre las manos, se recogió interiormente haciendo una breve oración. Apenas la acabó cuando el aire, que estaba claro, sereno y despejado, se turbó de repente. Fraguóse una tempestad de relámpagos y truenos, acompañados de una lluvia tan copiosa, que no fué posible ni á Benito ni á los monjes que le acompañaban salir para volverse al monasterio. Quejóse el santo amorosamente á su hermana; pero ella supo muy bien valerse de lo que hacía el cielo para su justificación. San Gregorio, que refiere este suceso, da una grande idea de la virtud y del mérito de santa Escolástica, diciendo que la victoria en aquella piadosa contestación, se declaró por la que tenía un amor de Dios más perfecto y más fuerte.

Habiéndose restituido nuestra santa al día siguiente por la mañana al lugar de su retiro, murió con la muerte de los justos tres días después. En el instante en que espiró se hallaba solo san Benito, en su acostumbrada contemplación. Levantando los ojos, dice san Gregorio, vió el alma de su santa hermana volar al cielo en figura de una cándida paloma. Entonces inundado de alegría á vista de la dicha que gozaba su amada Escolástica, dió parte á sus discípulos, y todos rindieron al Señor humildes y devotas gracias. Envió después á algunos monjes para que condujesen el santo cuerpo al Monte Casino. Pero fué preciso conceder á sus hijas el justo consuelo de tributar las últimas honras á su buena madre por espacio de tres días, después de los cuales se trasladó aquel precioso tesoro á la iglesia del monasterio, y san Benito le hizo enterrar en la sepultura que tenía destinada para sí. Murió santa Escolástica por los años del Señor de 543, cerca de los sesenta de su edad.

Estuvo el cuerpo de la santa en el Monte Casino hasta la mitad del siglo séptimo, en que, habiendo arruinado los Longobardos aquel famoso monasterio, fueron trasladadas al Mans las preciosas reliquias, donde son honradas con extraordinaria devoción. El año de 1562 se apoderaron los Hugonotes de la ciudad del Mans; mataron inhumanamente á los sacerdotes, pusieron fuego á las iglesias, profanaron los vasos sagrados, se llevaron las arcas, cajas y relicarios preciosos, después de haber arrojado las reliquias, y cuando iban á echar las manos á las de santa Escolástica para quemarlas, se apoderó de ellos un terror pánico que los obligó á huir precipitadamente, sin que nunca se haya podido descubrir el motivo. Esta inesperada fuga se verificó la víspera de la fiesta de la traslación de nuestra santa, y se atribuyó generalmente á su poderosa y singular protección, lo que contribuyó no poco á aumentar la devoción de los pueblos.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.