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viernes, 4 de febrero de 2039

San Andrés Corsino, Obispo y Confesor

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Andrés, de la noble y antigua casa de Corsino de Florencia, nació en la misma ciudad el año de 1302, á los treinta de noviembre, dia en que se celebra la fiesta del glorioso apóstol cuyo nombre se le dió. Sus padres, mas ilustres por su piedad que por el distinguido puesto que ocupaban en la república, recibieron al niño Andrés como fruto de las fervorosas oraciones que por muchos años habían ofrecido al cielo, por intercesión de la santísima Virgen, para que les concediese algún hijo; en cuya atención se le dedicaron á esta Señora desde el mismo instante que nació. El dia antes que le diese á luz su piadosa madre, tuvo una visión que la asustó mucho y la llenó de cuidados. Parecíala que había parido un pequeñito lobo, el cual, entrando en la iglesia de los padres carmelitas, se convirtió de repente en un manso corderino. Esta visión empeñó á la devota señora en atender con especial cuidado á la crianza de su hijo, sin descuidarse en inspirarle desde su mas tierna edad el santo temor de Dios y el horror al pecado, aplicándose con el mayor desvelo á darle una educación cristiana, que tanto conduce para la salvación de los niños.

Estaba dotado Andrés de un natural excelente, pero por otra parte tan vivo y tan inclinado á todo género de pasatiempos, que ni los buenos ejemplos de sus padres, ni los prudentes consejos de los mejores maestros fueron bastantes para impedir que verificase sobradamente el sueño de su madre. Contribuyó mucho á esto la compañía de otros caballeritos de su edad, algunos ligeros, otros disolutos, que en poco tiempo y sin mucha resistencia le condujeron por el espacioso camino del vicio. Entregóse á él Andrés, y no se entregó á medias. El juego, los espectáculos y la disolución ahogaron enteramente en su pecho aquellos piadosos sentimientos que á los principios habían hecho alguna tenue impresión en él. No como quiera comenzó á perderse, sino que hacia gala de ser de los mas perdidos; y como la libertad orgullosa no solo destierra del corazón la urbanidad y la modestia, sino que le embrutece, haciéndole feroz, rústico, intratable, oia Andrés con desabrimiento y con desprecio las saludables advertencias de su piadosa madre.

En el desconsuelo que le causaba la perdición de su hijo, la buena señora no tenia otro recurso que á la protección de la santísima Virgen, por cuya intercesión le habia obtenido de Dios, y á cuyo servicio le habia dedicado desde su nacimiento. Jamás se quedó sin fruto una confianza fiel y constante. Un dia en que Andrés se disponía para salir á cierta diversión poco decente, advirtió que su buena madre se estaba deshaciendo en lágrimas. Parte por ternura y parte por curiosidad, la preguntó el motivo de su llanto. Lloro, hijo mió, le respondió la virtuosa señora, porque con harto dolor de mi corazón veo demasiadamente verificada la primera parte de un sueño que tuve la noche antes del dia en que te parí para tanto desconsuelo mió. Soñé que daba á luz un pequeño lobo; pero no te disimularé que igualmente soñé que este lobo se convertía en un apacible corderillo luego que entraba en la iglesia de los padres carmelitas. Tu padre y yo creimos que consagrándole desde luego á la clementísima Virgen, podíamos eludir el funesto efecto de un pronostico tan triste; pero nuestra precaución solo ha servido para que tu proceder desordenado traspase el alma con mayor tormento. Esas costumbres perdidas acreditan con sobrada verdad que mi visión fue mas que sueño. Dichosa yo si antes de morir pudiera ver todo el pronóstico cumplido, logrando el gusto de ver este lobo convertido en cordero.

Estas palabras acompañadas de copioso llanto y pronunciadas con aquel tono dulce y penetrante que inspiran la piedad y la ternura, tocaron el corazón del generoso mancebo; hízole gran fuerza el sueño, pero mucha mas fuerza le hizo la realidad, y entrando la gracia al socorro, se acabó presto la obra de la conversión. No os moriréis, madre y señora, respondió Andrés bañado en lágrimas, no os moriréis sin ver la dichosa trasformacion que deseáis; pasará este lobo á ser cordero, y solo siento haber malogrado tanto tiempo en el funesto vaticinio, cumpliendo con tanto estrago de mi alma como dolor de la vuestra, todo el significado que simboliza esta fiera; voy, señora, á que se justifique de lleno vuestra misteriosa visión. Vos me consagrasteis á la madre de Dios; no he de destruir vuestro sacrificio, y voy yo á cumplir lo que prometisteis vos. Consolaos, madre mia, que no se han perdido vuestras oraciones, ni se han malogrado vuestras lágrimas; perdonad las pesadumbres que os ha dado mi dureza, olvidad mi rebeldía, no os acordéis de mis ingratitudes, y sirvan de medianeras con Dios vuestras oraciones para que perdone mis pecados.

Dijo, y sin dar lugar á que la piadosa señora volviese en sí del gustoso embeleso en que la suspendió una mudanza tan pronta como no esperada, salió de casa, dirigióse á la iglesia de los carmelitas, postróse ante el altar de la santísima Virgen, y deshecho en lágrimas, se ofreció á Dios y á su purísima madre, como victima que, aunque consagrada á los dos desde su nacimiento, el mundo la había descaminado, teniéndola infelizmente aprisionada en sus cadenas por el dilatado espacio de mas de doce años. Aceptó el cielo el sacrificio, y mudó el Señor enteramente su corazón. Sintió Andrés hechas pedazos las cadenas y animado con un nuevo espíritu, lleno de un nuevo aliento, tomó la generosa resolución de hacerse religioso, y le pareció que no podía hacer elección mas acertada que la del célebre y observante instituto de los padres carmelitas. Pidió el santo hábito con tanta instancia, y dió pruebas tan concluyentes de ser su vocación legítima, que fue recibido en la orden para ser dentro de poco tiempo uno de sus mas brillantes astros.

Su fervor fué el asombro de los mas perfectos, y los mas ancianos miraron con admiración los progresos del novicio. Las pasiones á que se había entregado tan desenfrenadamente en el siglo, se amotinaron con violencia sediciosa viéndose reprimidas en la religión; pero supo sujetarlas con tanta prontitud por medio de rigurosas penitencias y de una continua mortificación de los sentidos, de un severísimo silencio y de una perpetua oración, que antes de acabarse el año de noviciado logró verlas todas postradas y enteramente rendidas. Irritado el demonio á vista de unos progresos tan rápidos en la virtud, se cree comunmente que, tomando la figura de un pariente suyo, intentó persuadirle con artificioso engaño que dejando el hábito religioso se restituyese al siglo. Pero el observante novicio sin hacer caso del tentador, le volvió las espaldas alegando que no tenia licencia para hablar. Cubrióse de confusión el enemigo no pudiendo sufrir una observancia tan ejemplar; y desapareciendo prontamente, dió bastante á entender su malignidad y su artificio.

Hecha la profesión, se impuso una severa ley de no aflojar jamás en los ejercicios ni en el fervor del noviciado. No pudo subir mas de punto ni su humildad, ni su puntualidad, ni su obediencia. Nunca supo entibiarse su fervor, ni su devoción desmentirse. Concedió el Señor á sus palabras aquella gracia, aquella maravillosa fuerza que conservaron toda la vida para convertir á los pecadores. Hallábase un pariente de nuestro santo apoderado de una profunda melancolía, efecto de cierta molesta enfermedad, y para aliviar una y otra, habían convertido su casa en pública tablajería. Animado Andrés de un santo celo, le representó con tanta energía la infamia de aquellos juegos públicos, que la asamblea fué despedida. Premió Dios la docilidad del enfermo, pues que rezando por espacio de siete dias un Padre nuestro y un Ave Maria con una Salve, como el santo se lo había aconsejado, se halló enteramente libre de una enfermedad que hasta allí habia burlado todos los remedios de la medicina.

Ordenado de sacerdote, decía la misa con fervor tan encendido, que al verle en el altar no parecía un sacerdote, parecía un serafín. Celebrando un dia el divino sacrificio entre estos celestiales ardores, se le apareció la santísima Virgen, y le consoló con estas palabras que destilaban ternura: Tú eres mi siervo, y yo me gloriaré en ti. A la verdad no parecía posible ni mas reverente devoción, ni ternura mas filial que la que profesaba nuestro santo á la madre de Dios. Esta era su devoción favorita, esta su distintivo y su carácter; por eso nunca admitía otro título que el de siervo de María; con él se honraba, y con él se regalaba.

Habiéndose graduado en París de doctor en teología, volvió á Florencia, donde le hicieron prior de su convento. Aquí fué donde descubrió los extraordinarios talentos que habia recibido del cielo para el mayor bien de las almas. Mostró, entre otros, el don de profecía, porque teniendo á un niño en los brazos, y mirándole con atención, comenzó á llorar amargamente. Preguntado por el motivo de aquel llanto, que parecia intempestivo: Llora, dijo, porque este niño tendrá desastrado fin, y será la ruina de su casa. El tiempo y el suceso verificaron demasiadamente el profético vaticinio.

Eran las brillantes virtudes de nuestro santo admiración y ejemplo de toda la Toscana, á tiempo que vacó el obispado de Fiésoli, ciudad que solo dista una legua de Florencia. Nombróle todo el pueblo por su obispo; pero noticioso Andrés, huyó á esconderse en la Cartuja; lo que hizo tan á tiempo y con tanto secreto, que burló cuantas diligencias se practicaron para encontrarle. Perdidas ya las esperanzas de dar con él, iba el pueblo á juntarse para proceder á otra elección, cuando un niño de tres años levantó la voz y dijo: Andrés, á quien Dios ha escogido para nuestro obispo, está haciendo oración en la Cartuja. A vista de una señal tan visible, no dudando ya el santo que el cielo le llamaba para aquella tan alta dignidad, solo pensó en desempeñar sus obligaciones, añadiendo nuevos grados de perfección á la santidad de su vida.

La obligación de vivir como obispo no le embarazó vivir como carmelita. Antes persuadido de que un obispo está obligado á vida mas ejemplar y mas santa que un simple religioso, aumentó nuevas penitencias á sus mortificaciones ordinarias. Sobre el cilicio común añadió una cadena de hierro que daba vuelta á toda la cintura, y á la diaria carga del oficio divino aumentó la sobrecarga de los siete salmos penitenciales, que siempre acababa con una sangrienta disciplina. Su cama eran unos sarmientos, la mayor parte de la noche la pasaba en oración, y ayunaba casi todos los dias. Huia cuidadosamente todo trato con mujeres; nunca las hablaba sino con los ojos en el suelo y no permitió jamás que entrase alguna en su cuarto.

Una vida tan ejemplar por precisión habia de merecer mil bendiciones á su pueblo. Un pastor tan vigilante y tan santo, poco habia de tardar en reducir al aprisco todas las ovejas descarriadas. No hubo pecador tan obstinado que no se rindiese á sus avisos; ninguno tan rebelde, que pudiese resistirse á las solicitudes de su celo. Entre otros, era muy visible el milagroso don que poseía para componer discordias, y para desterrar el rencor de los pechos enemistados. Esto obligó al papa Urbano V á echar mano de nuestro Andrés para que pasase á Bolonia en calidad de legado suyo, para pacificar las discordias que despedazaban aquel numeroso pueblo. Apenas entró en él aquel ángel de paz, cuando calmó la sedición, uniéronse los ánimos con reconciliación sincera, y las portentosas conversiones que logró dieron á conocer cuánto puede hacer un obispo santo.

Habiendo llegado á los setenta y un años de su edad, y estando celebrando la misa del gallo la noche de natividad en su iglesia catedral, tuvo un secreto prenuncio de su cercana muerte. Sintióse acometido de una maligna fiebre la mañana siguiente, y comenzó á disponerse con alegría para la última hora, que desde el primer instante de su conversión habia tenido presente en la memoria toda la vida. Fué universal el desconsuelo en toda la ciudad; no se evacuaba su pobre cuarto de los muchos que concurrían á verle, y todos se deshacían en lágrimas. Solo él se conservaba con un semblante risueño, y tan tranquilo, que en su serenidad veian todos verificado aquel oráculo, que para los santos es dulce cosa el morir. Fué su dichoso tránsito á 6 de enero, día de la Epifanía, en el año de 1373. Llevóse su cadáver á la ciudad de Florencia, y fué enterrado en la iglesia de los padres carmelitas, como el santo lo había significado.

Confirmó el cielo la general opinión que se tenia de su santidad con multitud de milagros, y sesenta y siete años después de su muerte, el de 1440, fué solemnemente beatificado por el papa Eugenio IV, hasta que finalmente en el año de 1629, Urbano VIII le canonizó, y fijó su fiesta al dia 4 de febrero, mandando que se rezase de él en toda la Iglesia.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.