viernes, 24 de julio de 2026 · Feria Abstinencia

martes, 1 de febrero de 2039

San Ignacio de Antioquía, Obispo y Mártir

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (Rom. 8, 35-39)

Léctio Epistolæ beáti Pauli Apóstoli ad Romános Fratres: Quis nos separábit a caritáte Christi: tribulátio, an angustia, an fames, an núditas, an perículum, an persecútio, an gládius? sicut scriptum est: Quia propter te mortificámur tota die: æstimáti sumus sicut oves occisiónis. Sed in his ómnibus superámus propter eum, qui diléxit nos. Certus sum enim, quia neque mors, neque vita, neque ángeli, neque principátus, neque virtútes, neque instántia, neque futúra, neque fortitúdo, neque altitúdo, neque profúndum, neque creatúra alia poterit nos separáre a caritáte Dei, quæ est in Christo Jesu, Dómino nostro.

¿Quién, pues, podrá separarnos del amor de Cristo ? ¿Será la tribulación?, ¿o la angustia?, ¿o el hambre?, ¿o la desnudez?, ¿o el riesgo?, ¿o la persecución?, ¿o el cuchillo? (Según está escrito, por ti, ¡oh, Señor!, somos entregados cada día en manos de la muerte, somos tratados como ovejas destinadas al matadero). Pero en medio de todas estas cosas triunfamos por virtud de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las virtudes, ni lo presente, ni lo venidero, ni la fuerza, o violencia, ni todo lo que hay de más alto, ni de más profundo, ni otra ninguna criatura podrá jamás separarnos del amor de Dios, que se funda en Jesucristo nuestro Señor. [Torres Amat]

Comentario patrístico · Homilía 15 sobre Romanos — San Juan Crisóstomo

Vers. 35. ¿Quién nos separará del amor de Cristo?

Y no dice 'del amor de Dios', pues tan indiferente le resulta nombrar a Cristo o a Dios. ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada? Considerad el juicio del bienaventurado Pablo. Porque no menciona aquellas cosas que a diario nos arrebatan —el amor al dinero, el deseo de gloria y la esclavitud de la ira—, sino cosas mucho más avasalladoras que éstas, capaces de forzar a la misma naturaleza y de quebrantar muchas veces la firmeza del propósito aun contra nuestra voluntad: tales son las que aquí enumera, tribulaciones y angustias. Pues aunque las cosas mencionadas son fáciles de enumerar, cada palabra encierra en sí mil géneros de tentación. Porque cuando dice 'tribulación', menciona cárceles y cadenas, calumnias y destierros, y todas las demás penalidades, recorriendo así en una sola palabra un océano de peligros sin medida, y mostrándonos, en efecto con un solo término, todos los males que sobrevienen a los hombres. ¡Y con todo, a todos ellos desafía! Por lo cual los presenta en forma de preguntas, como si fuera incontrovertible que nada puede conmover a quien es tan amado y ha gozado de tanta providencia. Después, para que no pareciera que se olvidaba de sí mismo, aduce también al Profeta, que ya mucho antes había declarado esto, y dice:

Vers. 36. Por tu causa somos entregados a la muerte todo el día; somos tenidos como ovejas para el degüello (Salmo 43, 22).

Es decir, estamos expuestos a ser maltratados por todos. Mas contra tantos y tan grandes peligros, y contra estos recientes horrores, se nos da como consuelo suficiente el fin por el que combatimos; o más bien, no sólo suficiente, sino mucho mayor. Pues no es por los hombres ni por ninguna otra cosa de esta vida por lo que padecemos, sino por el Rey —dice— del universo. Mas no es ésta la única corona, porque los ciñe además con otra, y ésta varia y multiforme. Puesto que, siendo hombres, no podían sufrir muertes sin número, muestra que aun así el premio no es menor. Porque aunque por naturaleza estuviera fijado morir una sola vez, por elección Dios nos ha concedido padecer esto cada día, si así lo queremos. De donde es claro que partiremos con tantas coronas como días hayamos vivido, o más bien con muchas más. Pues es posible morir en un solo día no una ni dos veces, sino muchas. Porque quien está siempre dispuesto a ello, recibe de continuo la recompensa entera. Esto es lo que insinúa el Salmista cuando dice 'todo el día'. Y por esta razón también el Apóstol lo trajo ante ellos, para animarlos aún más. Porque si —quiere decir— aquellos de la antigua alianza, que tenían por recompensa la tierra y las demás cosas que acaban con esta vida, así despreciaban la vida presente y sus tentaciones y peligros, ¿qué perdón hallaríamos nosotros si obráramos con tanta tibieza tras la promesa del Cielo y del Reino de lo alto y sus inefables bienes, hasta no alcanzar siquiera la misma medida que ellos? Y esto en verdad no lo dice, sino que lo deja a la conciencia de sus oyentes, y se contenta con sola la cita. Muestra también que sus cuerpos se hacen sacrificio, y que no debemos turbarnos ni afligirnos porque Dios lo haya dispuesto así. Y los exhorta además de otros modos. Pues para que nadie dijera que meramente filosofa aquí sin haber tenido experiencia de las realidades, añade: 'somos tenidos como ovejas para el degüello', aludiendo a las muertes diarias de los Apóstoles. Ved su valentía y su bondad. Porque así como ellas, dice, al ser degolladas no oponen resistencia, tampoco nosotros. Mas como la flaqueza del ánimo humano, aun después de cosas tan grandes, temía la multitud de tentaciones, mirad cómo de nuevo despierta al oyente y le da un espíritu elevado y exultante, diciendo:

Vers. 37. Antes bien, en todas estas cosas vencemos con creces por Aquel que nos amó.

Porque lo verdaderamente admirable es esto: no sólo que vencemos, sino que vencemos por las mismas cosas dispuestas como asechanzas contra nosotros. Y no vencemos meramente, sino que vencemos con creces, esto es, con facilidad, sin fatiga ni trabajo. Pues sin padecer las cosas mismas, sólo con enderezar nuestro ánimo, levantamos nuestros trofeos contra los enemigos. Y con razón, porque es Dios quien combate juntamente con nosotros. No dudéis, pues, si aun golpeados aventajamos a los que nos golpean, si expulsados vencemos a nuestros perseguidores, si muriendo ponemos en fuga a los vivos. Porque cuando consideráis el poder y también el amor de Dios, nada impide que sucedan estas cosas admirables y extrañas, y que resplandezca sobre nosotros la victoria más provechosa. Pues no vencieron sencillamente, sino de modo admirable, y de suerte que se aprendiese que quienes maquinaban contra ellos guerreaban no contra hombres, sino contra aquel Poder invencible. Ved, pues, a los judíos teniéndolos entre las manos y del todo perplejos, diciendo: '¿Qué haremos con estos hombres?'. Porque es en verdad maravilloso que, teniéndolos ya en su poder y sujetos a sus tribunales, y habiéndolos encarcelado y azotado, estuvieran sin embargo perplejos y sin salida, al verse vencidos por aquellas mismas cosas con que esperaban vencer. Y ni reyes, ni pueblos, ni las legiones de los demonios, ni el diablo mismo tuvieron poder para prevalecer sobre ellos, sino que todos quedaron vencidos con grandísima desventaja, hallando que cuanto tramaban contra ellos se tornaba en favor suyo. Y por eso dice: vencemos con creces. Porque ésta era una nueva ley de victoria para los hombres: prevalecer por medio de sus adversarios y en ningún caso ser vencidos, sino salir a estos combates como si tuvieran en sus propias manos el desenlace.

Vers. 38-39. Porque estoy persuadido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni la altura, ni la profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús nuestro Señor.

Grandes cosas son las que aquí se mencionan. Pero la razón por la que no entramos en ellas es que no tenemos tan gran amor. Con todo, aunque son grandes, como quería mostrar que no eran nada al lado del amor con que él era amado de Dios, después de aquél pone luego el suyo propio, para no parecer que decía grandes cosas de sí mismo. Y lo que dice viene a ser algo de este género. ¿A qué hablar —quiere decir— de las cosas presentes y de los males heredados en esta vida? Porque aunque alguien me hablara de cosas venideras y de potestades —de cosas, como la muerte y la vida; de potestades, como los ángeles y los arcángeles y todos los órdenes superiores de los seres—, aun éstas serían poco para mí comparadas con el amor de Cristo. Porque aunque alguien me amenazara con aquella muerte futura a la que no hay muerte, para separarme de Cristo, ni aunque me prometiera la vida sin fin, consentiría en ello. ¿A qué mencionar a los reyes de aquí abajo y a los cónsules? ¿Y a éste o a aquél? Porque si me habláis de ángeles, o de todas las potestades de lo alto, o de todas las cosas existentes, o de todas las venideras, todas son pequeñas para mí, tanto las de la tierra como las del cielo, las de debajo de la tierra y las de sobre el cielo, comparadas con este amor. Después, como si esto no bastara para poner ante ellos el vehemente deseo que tenía, da existencia a otras cosas más de igual magnitud, y dice: ni ninguna otra criatura. Y lo que quiere decir es poco más o menos esto: aunque hubiera alguna otra creación tan grande como la visible y tan grande como la inteligible, ninguna de ellas podría apartarme de aquel amor. Y esto lo dice no como si los ángeles lo intentaran, o las demás potestades —lejos de ello—, sino queriendo mostrar en grado sumo el amor que tenía hacia Cristo. Porque amaba a Cristo no por las cosas de Cristo, sino por amor de Él las cosas que eran suyas, y sólo a Él miraba, y una sola cosa temía: caer de su amor por Él. Pues esto en sí mismo era más terrible que el infierno, así como permanecer en él era más deseable que el Reino.

Homilía 15 sobre Romanos, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org

Evangelio (Joann. 12, 24-26)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Joánnem In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Amen, amen, dico vobis, nisi granum fruménti cadens in terram, mórtuum fúerit, ipsum solum manet: si autem mórtuum fúerit, multum fructum affert. Qui amat ánimam suam, perdet eam: et qui odit ánimam suam in hoc mundo, in vitam ætérnam custódit eam. Si quis mihi mínistrat, me sequátur: et ubi sum ego, illic et miníster meus erit. Si quis mihi ministráverit, honorificábit eum Pater meus.

En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo, después de echado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto. Así el que ama desordenadamente su alma, la perderá; mas el que aborrece o mortifica su alma en este mundo, la conserva para la vida eterna. El que me sirve, sígame; que donde yo estoy, allí estará también el que me sirve; y a quien me sirviere, le honrará mi Padre. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Juan 12, 24-26 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

El templo del Señor, construido en Jerusalén, era tan celebrado, que en los días de fiesta concurrían a él no solamente los vecinos, sino otras muchas gentes de lejanos países, como se lee en los Hechos de los Apóstoles del eunuco de Candace, reina de los etíopes. En fuerza de tal costumbre, habían venido aquí para adorar los gentiles de que nos ocupamos. "Y había allí algunos gentiles de aquellos que habían subido a adorar en el día de la fiesta".

De los que estaban dispuestos a hacerse luego sus prosélitos. Y así, habiendo oído hablar de Cristo, quieren verlo. "Estos, pues, se llegaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaban diciendo: Señor, queremos ver a Jesús".

He aquí que los judíos quieren matarlo, y los gentiles lo quieren ver. Pero, por otra parte, de entre los judíos eran los que clamaban ( Jn 12,13): "¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!". Los unos se han sujetado a la ley de la circuncisión, los otros son incircuncisos. Son como dos murallas de distinto origen y que vienen a reunirse por un ósculo de paz en la misma fe de Cristo.

"Vino Felipe y le dijo a Andrés".

Felipe le comunica el asunto a Andrés, pues éste le precedía. Pero él había escuchado esas palabras: "No vayáis a camino de gentiles" ( Mt 10,5). Entonces refiere al Maestro lo que habla con el discípulo, de donde se sigue: Andrés y Felipe dijeron a Jesús.

Oigamos la voz de la piedra angular, que es la siguiente: "Y Jesús les respondió diciendo: viene la hora en que sea glorificado el Hijo del hombre". Quizá creerá alguno que El dijo glorificado porque los gentiles querían verlo. Pero no es así, sino que veía que los gentiles en todas las naciones habían de creer en El, después de su pasión y de su resurrección. Con ocasión, pues, de estos gentiles que deseaban verlo, anuncia la futura plenitud de las naciones y promete que ya es llegada la hora de esta glorificación en los cielos, después de la cual las naciones habían de creer, conforme a aquellas palabras del profeta ( Sal 56,6; 107,6): "Seas ensalzado, oh Dios, sobre los cielos, y sobre toda la tierra tu gloria". Pero convino que se manifestara la exaltación de su gloria de tal manera que estuviera precedida de la humildad de su pasión. Y por eso añade: "En verdad, en verdad os digo, que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda él solo; mas si muere, lleva mucho fruto ". El decía de sí que era el grano que debía triturar la infidelidad de los judíos, pero que la fe de las naciones debía multiplicar.

Porque El ha sido sembrado en este mundo de la semilla de los profetas, esto es, se encarnó para que, muriendo, resucitase multiplicando. El murió solo y resucitó acompañado de muchos.

Y como con las palabras no podía convencerlos suficientemente, se vale de un ejemplo, porque el trigo da mucho más fruto después que muere. Y si esto sucede en las semillas, con mayor razón en Mí. Por otra parte, como debía enviar a sus discípulos a las naciones y ve a los gentiles abrazar la fe, les manifiesta que ya es tiempo de acercarse a la cruz. No los envió a las naciones sin que antes los judíos se estrellasen contra El y lo crucificasen. Y como previó que sus discípulos habían de contristarse por lo que les había dicho acerca de su muerte, para mayor abundancia les dice: No solamente debéis soportar con paciencia mi muerte, sino que vosotros mismos debéis morir, si es que queréis conseguir algún fruto. Y esto es lo que quiere significar por aquellas palabras: "Quien ama su alma la perderá".

De dos maneras puede entenderse este pasaje: el que ama, perderá; esto es, si amas perecerás; si deseas vivir en Cristo, no temas morir por Cristo. Y también de este otro modo: el que ama su alma, la perderá. No la ames en esta vida, para no perderla en la eterna. Este último me parece que es el sentido del Evangelio, pues añade: "Y el que aborrece su alma en este mundo", etc. Luego, lo dicho más arriba, se entiende en este mundo.

Ama su alma en este mundo aquel que pone por obra los deseos desordenados, y la aborrece el que resiste sus malas pasiones. Y no dijo aquel que no cede a ella, sino aquel que la aborrece. Y a la manera que nosotros no podemos ni aun soportar la voz ni la presencia de aquellos que aborrecemos, del mismo modo debemos apartar nuestra alma cuando nos induce a que hagamos cosas contrarias a Dios, y que por lo mismo le desagradan.

Mas como era demasiado duro oír que "es necesario aborrecer al alma", da el consuelo con las palabras "en este mundo", enseñando la circunstancia de tiempo, pues no manda que aborrezcamos eternamente al alma, y a continuación señala la recompensa: "Para vida eterna la guarda".

Pero mira, no te asalte la tentación de querer matarte a ti mismo, entendiendo que de este modo aborreces en este mundo a tu alma; de aquí toman motivo muchos malignos y perversos homicidas para entregarse a las llamas, arrojarse al agua o por un precipicio, y perecen. No es esto lo que enseñó Cristo: antes, por el contrario, al diablo, que le sugería para que se arrojase desde una altura, le respondió ( Mt 4,10): "Vete, Satanás". Pero cuando las circunstancias sean tales que se te ponga en la alternativa de obrar contra la Ley de Dios, o salir de esta vida amenazándote con la muerte el perseguidor, entonces es cuando debes aborrecer tu alma en este mundo para conservarla en la otra vida.

Cara es esta vida para aquellos que están apegados a ella; pero si alguno elevase los ojos al cielo, considerando que allí es donde están todos los bienes, menospreciará pronto la vida presente. Porque cuanto más claro se viere lo mejor, se desprecia lo peor. Y esto es lo que Cristo quería infundirnos, cuando añade: "El que me sirve, sígame", esto es, imíteme. Dice esto de la muerte y de la imitación por medio de las obras, porque es preciso que el que sirve siga a aquel a quien sirve.

Qué sea servir a Cristo, lo encontramos en sus mismas palabras: "Si alguno me sirve", etc. Ahora bien, sirven a Jesús los que no buscan su gloria propia, sino la de Jesucristo. Esto es lo que quiere decir "sígame"; ande mis caminos, no los suyos, haciendo por Cristo no solamente aquellas obras de misericordia que pertenecen al cuerpo, sino hasta aquélla de sublime caridad, que es dar la vida por sus hermanos. ¿Pero cuál será el fruto de esto? ¿Cuál la recompensa? Hela aquí: "Y en donde yo estoy, allí también estará mi ministro". Amese de balde a fin de que el precio de la obra con que se sirve sea estar con El.

Manifiesta de esta manera que la resurrección sucederá a la muerte. "En donde yo estoy" dice, porque antes de la resurrección Cristo estaba en los cielos; elevemos, pues, allí, nuestro corazón y nuestra alma.

"Y si alguno me sirviese, le honrará mi Padre".

Estas palabras debemos tomarlas como explicación de lo que antes había dicho: "Allí también estará mi ministro". Porque, ¿qué mayor honra puede recibir el hijo adoptado que la de estar allí en donde está el Unico?

No dijo, pues, Yo le honraré, sino "le honrará mi Padre"; porque aún no tenían de El la opinión que convenía, y creían que era mayor la gloria del Padre.

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena