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sábado, 22 de enero de 2039

Santos Vicente y Anastasio, Mártires

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Fué san Vicente uno de los más ilustres mártires de la iglesia de España, en quien se hizo más visible cuanto puede la gracia de Jesucristo. Nació en Huesca de una de las mejores y más distinguidas casas del país. Desde niño le entregaron sus padres al gobierno y á la dirección de Valerio, obispo de Zaragoza, que le crió en toda piedad, haciéndole instruir así en los misterios como en las obligaciones de la Religión, sin olvidar el estudio de las letras humanas. En poco tiempo aprovechó mucho Vicente; y viendo el santo prelado los progresos que hacía en todo, le ordenó diácono de su iglesia, encargándole el ministerio de la predicación, que no podía ejercitar el santo obispo por razón de su avanzada edad. Desempeñóle Vicente con dignidad y con feliz suceso; porque, predicando tanto con las obras como con las palabras, no solo enseñaba y fortalecía á los fieles, sino que también convertía á la fe á mucho número de gentiles.

Hacia fin del año de 303, que fué el principio de la persecución que los emperadores Diocleciano y Maximiano movieron en España, queriendo Daciano, gobernador de la provincia de Tarragona, á cuya jurisdicción pertenecía Zaragoza y Valencia, señalar su celo y su actividad en que fuesen obedecidos los decretos de los emperadores, mandó prender á Valerio y á Vicente, dando orden para que fuesen conducidos á Valencia cargados de cadenas. Lisonjeábase con la esperanza de que se desalentarían con las fatigas y con los malos tratamientos que había encargado se les hiciesen en el camino; y le adquirirían la gloria de haber vencido á los dos mayores héroes cristianos que se conocían á la sazón en la nación española. Pero quedó no poco admirado cuando los vió en su presencia tan frescos y tan robustos como si nada hubieran padecido, á pesar de las diligencias que se habían hecho para matarlos de hambre en tan prolijo y tan penoso viaje.

Parecióle á Daciano que para persuadir á unos hombres de aquel carácter tendrían más fuerza los buenos términos que la severidad y las amenazas. Con esta idea, dirigiendo primero la palabra á Valerio, le representó que su avanzada edad estaba pidiendo de justicia algún descanso, y sus muchos achaques una vejez dulce y tranquila; que uno y otro lo hallaría obedeciendo á las órdenes justas de los emperadores. Y volviéndose después á Vicente, le dijo con afectada blandura:

«Tú, hijo mío, estoy seguro que no degenerarás de la nobleza de tu sangre. Tienes talentos y eres noble; con que espero te harás acreedor á las honras que la generosidad de los emperadores se dignará dispensarte. Eres joven, eres galán, eres generoso, eres discreto, y puedes esperar los grandes favores con que te brinda la fortuna, la cual se te presenta colmada de gracias y de dichas. Para merecerlas no has menester más diligencias que no abandonar la religión de tus padres. Ven, hijo mío, ríndete á lo que ordenan los emperadores, y no te expongas por una necia obstinación á una muerte anticipada y afrentosa.»

El santo viejo Valerio padecía alguna dificultad en la lengua, y no podía explicarse con bastante expedición, por lo que ordenó á Vicente que respondiese por los dos. Tomando este la palabra, habló á Daciano con valerosa intrepidez, declarándole el bajo concepto que hacían de los demonios, trasformados en dioses del imperio, y añadió:

«No creas que las amenazas de la muerte nos han de acobardar, ni las despreciables honras de la vida pueden movernos á faltar á nuestra obligación; porque has de tener entendido que no hay cosa tan estimable ni tan dichosa en el mundo, que se acerque de mil leguas al consuelo y á la honra de morir por Jesucristo.»

Ofendido Daciano de la generosa libertad del santo diácono, se contentó con desterrar á Valerio, y descargó toda su cólera sobre san Vicente. Dió orden á los verdugos para que empleasen los tormentos más crueles, y para que inventasen también los más terribles que pudiesen discurrir, á fin de vengar á los dioses del desprecio que se les había hecho; y fueron ejecutadas sus órdenes con la mayor exactitud y con la mayor puntualidad. Tiéndenle al punto sobre la catasta, aplícanle los cordeles, y comienzan á tirarle los pies y las manos, jugando el artificio de aquella horrible máquina con tanta violencia, que luego se oyó el ruido y se percibió la dislocación de todos los huesos; de suerte que apenas se mantenían los miembros unidos al cuerpo sino por medio de los nervios. Viendo el tirano que el santo se reía de aquel tormento, mandó que le rasgasen las espaldas con uñas ó garfios acerados; lo que se ejecutó de un modo tan cruel, que se le descubrieron las costillas hasta el espinazo.

Esperaba Daciano que el santo mártir lanzaría por lo menos algún suspiro ó dejaría correr alguna lágrima; pero queriendo el Señor dar á entender á los hombres que sabe muy bien cuando quiere endulzar las penas y los trabajos que se padecen por su amor, hizo que el santo sufriese este segundo suplicio con tanta constancia y con tanta alegría como había sufrido el primero. Quedó atónito el tirano al ver aquella asombrosa tranquilidad del santo mártir en medio de los más vivos dolores; pero cuando le oyó hacer como burla y chacota de la crueldad de los verdugos, y que á él mismo le desafiaba que le hiciese sufrir todo lo que se le antojase, espumaba de cólera, teniéndolo por especie de insulto. Y sabiendo que las llagas en dejándose enfriar son más dolorosas si se vuelven á abrir, ordenó que fuese despedazado de nuevo, lo que se hizo con tanta crueldad, que arrancándole crecidos pedazos de carne, dejaban ver patentes las entrañas. Corrían arroyos de sangre por todas partes, y solo se miraba un esqueleto que vivía en fuerza de milagro.

Comprendió bien el tirano que en aquella constancia se ocultaba alguna cosa sobrenatural, y que nunca podría vencer una fuerza tan superior á la suya. Mandó que cesasen los tormentos; pero, sin querer manifestarse vencido, le ordenó que á lo menos le entregase los libros sagrados para arrojarlos al fuego, ofreciéndole la vida si le obedecía en esto. Vicente, con modo grato, pero santamente intrépido, respondió al juez que el fuego con que amenazaba á los libros estaría mejor empleado en el mismo santo para acabar su sacrificio en las llamas; y también me veo obligado á prevenirte, añadió el invicto mártir, que algún día arderás tú por toda la eternidad en las del infierno si no renuncias el culto de los falsos dioses.

Apurado todo el sufrimiento de Daciano al oír tan no esperada respuesta, y no pudiendo contener la indignación en el pecho, mandó que al instante le extendiesen en una cama de hierro ardiendo, aplicándole por todo el cuerpo láminas ó planchas encendidas. Renovóse la alegría de Vicente á vista del nuevo tormento que le esperaba. Todo su gusto era pasar de un suplicio á otro, del ecúleo ó del potro á las parrillas, las cuales se componían de unas barras atravesadas, no de plano, sino de esquina, abiertas en forma de sierra y salpicadas á trechos de púas agudas á manera de rallo. Su elevación era de una cuarta escasa, y se colocaban sobre carbones encendidos que estaban continuamente avivando los verdugos. Llenábanse todos de horror al ver aquel cuerpo medio desollado, amarrado con cadenas á la parrilla, cubierto de planchas ardiendo por la parte superior, mientras por la inferior le derretía el brasero. La grasa que el santo cuerpo destilaba añadía mucha fuerza á la violencia del fuego, y como si aquel conjunto de tormentos no bastase á causarle un dolor agudísimo y cruel, cuidaban los verdugos de avivársele, llenándole de sal las llagas y las heridas. Permanecía Vicente inmoble, los ojos fijos en el cielo y el semblante risueño, adorando y bendiciendo sin cesar al Señor en aquella postura de inmolación y de víctima.

Pero como la mano del Todopoderoso se descubría tan visiblemente en la alegría y en la constancia del santo mártir, no podía permanecer expuesto por mucho tiempo á los ojos del público un espectáculo que tanto desacreditaba el culto de los ídolos. Todos admiraban la fuerza prodigiosa del paciente, y hasta los mismos gentiles clamaban que aquello no podía ser sin gran milagro; de suerte que se vió precisado Daciano á mandar retirar al invicto diácono. Encerráronle en un oscuro calabozo, donde le tendieron para descansar sobre pedazos de hierro, con severa prohibición de que no se le diese el menor alimento, ni el más ligero alivio; pero el Señor tuvo providencia de su siervo, porque de repente bajó una celestial luz que despidió las tinieblas del calabozo, y al mismo tiempo derramó Dios en el alma de aquel héroe una divina dulzura, un consuelo de superior orden que le inundó de alegría. Hallóse de repente restituido á su antigua robustez y mejorado en su natural hermosura, exhalando de su cuerpo un suavísimo olor, que llenaba de fragancia aquel lugar hediondo. Bajaron á hacerle compañía escuadrones de espíritus angélicos, y se dejaron percibir los celestiales cánticos con que entonaban alabanzas al Señor; de manera que aquella horrorosa prisión se convirtió en paraíso de delicias.

La fragancia, la música y el resplandor llenaron de admiración á los guardas; pero quedaron atónitos cuando vieron á Vicente sin la más leve señal de los tormentos pasados, y convertidos en rosas los pedazos de hierro de que estaba sembrado el calabozo. No era fácil resistir á tanto tropel de prodigios. Convirtiéronse á Cristo el alcaide con los guardas; y llegando á noticia de Daciano lo que pasaba, tomó (fuese desesperación ó despique) una resolución bien extraña. Manda que al punto saquen al santo del calabozo; ordena que le acuesten en la cama más blanda y más regalada que se pueda disponer, y da providencia para que se le cuide, sin perdonar á regalo ni á remedio. Publícase en toda la ciudad este decreto; acuden los fieles en tropas á la cárcel; conducen al santo como en triunfo por las calles; pero Vicente apenas entró en el regalado lecho que se tenía prevenido, cuando, como si fuera aquel el mayor de los tormentos, espiró, y voló su alma al cielo á recibir la corona y el premio de su victoria; sucediendo esto el día 22 de enero del año 304 ó de 305.

Rabioso y fuera de sí Daciano al verse vencido y confundido por aquel tierno cristiano, mandó que fuese arrastrado su cadáver, y que sacándole al campo, le arrojasen en un barranco donde sirviese de pasto á las aves y á las fieras; pero envió Dios un cuervo de grandeza extraordinaria que le hizo centinela y le defendió de los demás animales. Ordenó el tirano que le echasen en alta mar, porque no le diesen culto, y careciese de este consuelo la devoción de los fieles; pero el Señor, que se burla de todos los artificios de la humana prudencia, condujo á la orilla al santo cuerpo; y acudiendo los cristianos, le enterraron secretamente fuera de las murallas de Valencia en el mismo lugar donde hoy es venerado en una magnífica iglesia.

El año de 542 sitió y tomó á Zaragoza Childeberto, rey de Francia, y se contentó con llevarse la estola que había servido al santo diácono, y se la entregó á san Germán, obispo de París. Consérvase esta preciosa reliquia en la iglesia de san Germán, que antiguamente se llamaba de san Vicente.

El mismo día celebra la Iglesia la fiesta de san Anastasio mártir. Fué persa de nación; y antes de su bautismo se llamaba Magundat. Sirvió algún tiempo en las tropas del rey Cosroes. Después de la toma de Jerusalén, como se llevaban la cruz de Cristo á Ctesifon, quiso saber qué motivo tenían los cristianos para hacer tanta estimación de dos maderos que habían servido para ajusticiar á un hombre. Informado de todo, y bien instruido en la religión cristiana, recibió el bautismo y vivió algún tiempo en el monasterio de san Atanasio. Siete años empleó en los ejercicios más humildes y más perfectos de la vida monástica. Movido de un ardiente deseo de derramar su sangre por amor de Jesucristo, pidió, y obtuvo licencia para pasar á Cesarea. Supo que ciertos soldados de la guarnición hacían algunos maleficios; reprendiólos, y echaron mano de él. Confesó que era cristiano, y sufrió con heroica constancia azotes, palos y todas las incomodidades de una rigurosa prisión. Confortóle el Señor con una aparición de mucho consuelo; y en fin coronó su santa vida con el martirio, habiendo sido ahorcado por la confesión de la fe el día 22 de enero del año 628.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.