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viernes, 21 de enero de 2039

Santa Inés, Virgen y Mártir

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Santa Inés, admirada de todo el mundo, como dice san Jerónimo, y tan celebrada en toda la universal Iglesia, nació en Roma hacia el fin del tercer siglo de padres nobles, ricos y virtuosos. Los grandes dones que desde luego descubrieron en su hija, contribuyeron no poco á aumentar el desvelo con que se aplicaron á cuidar de su educación. Criáronla en un grande amor á la religión Cristiana, y desde sus mas tiernos años formó Inés una idea cabal del estado feliz de la virginidad. Las instrucciones de sus padres solo sirvieron de fomentar las impresiones de la gracia. El Espíritu Santo había producido en aquel tierno corazón unos sentimientos tan nobles y tan cristianos, que á los diez años de su edad parecía haber llegado á una consumada y eminente perfección. Amó á Dios, dice san Ambrosio, desde que pudo conocerle, y se puede decir que le conoció desde que nació. Las diversiones de la niñez eran únicamente los ejercicios de la devoción mas tierna. Fué niña en los años, pero no en las inclinaciones ni en los sentimientos. Su rara hermosura añadía nuevos realces á su modestia. Era extraordinaria su piedad, y la extrema ternura con que amó á la Reina de las vírgenes casi desde la cuna, la inspiró un amor y una estimación tan grande de la virginidad, que apenas tenia uso de razón cuando se resolvió á no admitir nunca otro esposo que á solo Jesucristo.

No tenia mas que trece años cuando su hermosura y su raro mérito hacían gran ruido en la córte. Vióla un dia por accidente Procopio, hijo de Sinfronio, gobernador de Roma, y quedó tan ciegamente enamorado de ella, que resolvió tomarla por esposa. Informado el padre de la calidad y de las grandes prendas de la doncella, aprobó mucho el pensamiento de su hijo; pero era menester el consentimiento de Inés. El primer paso que dió Procopio fué enviarla un rico regalo, declarándola al mismo tiempo el fin de sus honestos deseos; pero el desaire que le hizo en no recibirle, y el desprecio con que se lo volvió, no produjeron otro efecto que el de aumentar su pasión. Sirvióse de cuantos artificios pudo, y de cuantos medios discurrió para conquistarla: ruegos, promesas, amenazas, todo lo empleó, pero todo inútilmente. El último recurso de que se valió fué buscar modo para hablarla él mismo, no dudando que al cabo se rendiría á sus ternuras y á sus solicitaciones; pero todo cuanto pudo sugerirle una pasión ciega, vehemente y persuasiva, solo sirvió para desengañarle de la ineficacia de sus mayores esfuerzos; porque animada Inés de un espíritu y de una firmeza muy superiores á sus años, le dijo con resolución: Apártate de mí, aguijón del pecado, tentador importuno, y ministro del padre de las tinieblas. No te canses en aspirar á la mano de una doncella que ya está prometida á un Esposo inmortal, único dueño del universo, y que solo dispensa sus favores á las vírgenes puras y castas.

Una resolución tan majestuosa y una respuesta tan desengañada, como poco prevenida, llenó á Procopio de desesperación. Exaltada furiosamente su pasión, se dejó poseer de una cruel melancolía. El padre, que le amaba con extremo, resolvió valerse de su autoridad para lograr el beneplácito de los padres y el consentimiento de la hija. Llamóla á su casa; y habiéndola recibido con toda la atención que correspondía á su calidad y á su mérito: No ignorarás, la dijo, el fin para que te he llamado. Mi hijo desea apasionadamente ser dichoso, mereciendo tu mano; tu nobleza y la noticia que tengo de todas tus bellas prendas, me hacen aprobar gustoso su acertada elección: paréceme que tampoco tú podrás aspirar á mejor partido; y no me persuado que serás tan enemiga de tí misma, que no abraces al instante esta proposición.

Inés, á quien el cielo había dotado de una prudencia y de una discreción superiores á sus pocos años, respondió con singular modestia, pero con igual resolución, que conocía bien la grande honra y la mucha merced que se la hacía en pensar en ella; pero que ya tenia escogido esposo mucho mas noble y mas rico que Procopio; que á la verdad las riquezas de tal esposo no eran de este mundo, pero que por lo mismo eran mucho mas preciosas; y que la virginidad, que ella estimaba mas que todas las coronas del universo, era la única dote que su esposo la pedía. Quedó confuso el gobernador mostrando no entender quién era aquel esposo de quien Inés le hablaba. Un caballero, que se hallaba presente, le dijo: Señor, esta doncella es cristiana, y desde su niñez está criada en las extravagancias de esta secta; con que no dudéis que ese divino esposo de quien habla, es el Dios de los cristianos.

Entonces, mudando el gobernador de tono y de modales: Ya veo ahora, la dijo, qué es lo que te tiene trastornada la razón y alucinado el espíritu. Déjate, hija mía, de esas ideas frívolas de virginidad; déjate de esos supersticiosos fantasmones con que esa secta llena las cabezas de todos los que la siguen. Sean nuestros dioses desde hoy en adelante el único objeto de tus cultos; sean sus máximas la regla de tus dictámenes y de tus operaciones. No hagas ostentación de la ceguedad, mete en casa el buen día, y tiende los brazos á la fortuna que te los alarga, brindándote con una elevación de tanta honra para tí. Reflexiona bien lo que desprecias, y hazte cargo de que si lo abrazas, ocuparás un lugar tan distinguido en la cabeza del universo, poseerás grandes riquezas, serás una de las primeras señoras del mundo, y harás dichosa á toda tu casa. Por lo demás, añadió en tono imperioso y severo: Solo tienes veinte y cuatro horas de término para tomar tu partido: escoge, ser la primera dama de Roma, ó espirar infamemente en los mas crueles tormentos.

Señor, le replicó santa Inés, no he menester tanto tiempo para determinarme, porque mi partido ya está tomado: desde luego os declaro que no admitiré jamás á otro esposo que á Jesucristo, así como nunca reconoceré á otro Dios que al soberano Criador de cielo y tierra. Y me admiro tengáis valor para proponer á una persona de razón, que adore á unos dioses de palo y de piedra. No penséis espantarme con la amenaza de los mayores suplicios; porque si reconozco en mí alguna ambición, es únicamente la de añadir la corona de mártir á la de virgen. Niña soy y soy flaca; pero confío en la gracia de mi Señor Jesucristo que me dará fuerzas para morir por su amor.

Atónito quedó el gobernador al oir una respuesta tan animosa; pero volviendo de su primer asombro, quiso hacer la última tentativa. Como la santa mostraba tanto amor á la virginidad, le pareció que nada la intimidaría tanto como amenazarla con que haría fuese violada su entereza; y así la dijo: Escoge una de dos: ó casarte con Procopio, ó ser deshonrada en el lugar infame de las malas mujeres antes de espirar en los tormentos.

Tengo colocada toda mi confianza en mi divino esposo Jesucristo, respondió la santa. Él es poderoso para librarme de tus violencias; y él es tan zeloso de la pureza de sus esposas, que no permitirá las quiten un tesoro que dimana de él, y que está debajo de su custodia. Vuestros dioses hediondos y malvados os inspiran semejantes infamias; pero el Dios de la pureza, á quien yo sirvo, sabrá libertarme de vuestros impíos intentos.

Espumando Sinfronio de cólera y de furor, mandó que al instante la cargasen de cadenas. Al punto trajeron los ministros una multitud de argollas, grillos y esposas, que con el ruido y con la vista hacían estremecer; pero Inés no mudó ni de color, ni de semblante, ni de lenguaje en presencia de los verdugos y de los instrumentos. Mantúvose serena en medio de aquel funesto aparato; y oprimida con el peso de las cadenas, estaba libre, porque no se habían hecho aquellos hierros para un cuerpecillo tan pequeño. Enternecíanse todos, sin poder contener las lágrimas hasta los mismos paganos; pero Inés no podía disimular su alegría, agobiada debajo de las prisiones.

Lleváronla como arrastrando al templo para que ofreciese sacrificio á los ídolos; pero esto solo sirvió para que confesase mas públicamente á Jesucristo á presencia de mayor concurso. Moviéronla por fuerza la mano; mas ella hizo la señal de la cruz, levantando, por decirlo así, este trofeo sobre los mismos altares de los demonios. Confuso el gobernador con la constancia de aquella doncellita, sin darse por vencido se hizo mas furioso. Creyendo, y con razón, que el lugar infame de las mujeres perdidas la causaría mas horror que la misma muerte, la hizo conducir á él; pero un ángel la defendió, y desprendiéndose de lo alto una celestial luz, convirtió aquel hediondo lugar en oratorio, santificado con las oraciones y con los votos de la santa virgen. Solo Procopio, mas osado que los demás, se atrevió á entrar con resolución de profanarle; pero al instante cayó muerto á los pies de la santa.

Llenó de consternación á todos un caso tan espantoso. Traspasado de dolor el prefecto con la muerte de su hijo, mudó las bravatas en súplicas y en ruegos, y pidió á Inés que resucitase á Procopio. Apenas levantó los ojos y las manos al cielo, cuando volvió á la vida el infeliz y ya dichoso mancebo, porque volvió publicando en alta voz que todos los dioses de los gentiles eran vanos y quiméricos, y que no había otro verdadero Dios sino el que adoraban los cristianos. Como había sido tan interesado el gobernador en aquel evidente milagro, no pudo menos de mostrarse favorable á santa Inés; pero los sacerdotes de los ídolos que habían concurrido á la voz de aquella maravilla, conmovieron tanto al pueblo contra la santa virgen, tratándola de hechicera, de maga y de sacrílega, que el gobernador, temiendo una sedición si la libraba, y no atreviéndose á condenar á muerte á la que había dado á su hijo la vida, tomó el partido de retirarse, y cometer la causa á Aspasio su teniente.

Intimidado este con los gritos del pueblo, que clamaba contra Inés como contra una maga y hechicera, dió sentencia de que fuese quemada viva. Previénese la hoguera, llénase el pueblo de expectación, y arde en una furiosa impaciencia de ver reducida á ceniza aquella dichosa víctima; pero el fuego la respetó reverente. Divididas las llamas en dos partes, la dejaron intacta en medio del brasero como se conservaron ilesos los tres mancebos hebreos en el horno de Babilonia; pero arremolinadas después las mismas llamas por uno y otro lado, abrasaron á muchos de los circunstantes que hacían el oficio de verdugos. En fin, obstinándose siempre los sacerdotes y el pueblo en atribuir aquellas maravillas á industria y artificio del demonio, y temiendo el teniente algún alboroto, mandó que un verdugo la degollase en el mismo lugar donde había de ser quemada.

Impaciente entonces la santa con el ansia de unirse para siempre en el cielo con su divino Esposo, le suplicó que se dignase en fin consumar su sacrificio; y volviéndose al verdugo que se iba acercando á ella con una especie de temblor y miedo reverencial, le alentó á que cumpliese con su oficio, diciéndole con valor: Date priesa á destruir este cuerpo, que no ha tenido la desgracia de agradar á otros ojos que á los de mi divino esposo Jesucristo, el cual fué siempre el único dueño de mi corazón. No temas darme una muerte que comienza á ser para mí el principio de una vida eterna; y levantando amorosamente los ojos hacia el cielo: Recibid, Señor, exclamó, á esta alma que tanto os costó, y á la cual amáis vos tanto.

Al acabar de decir estas palabras, el verdugo con mano trémula la pasó la espada por el pecho, y al instante espiró. De esta manera, dice san Jerónimo, Inés, haciéndose superior á la natural flaqueza de su edad y de su sexo, consiguió dos victorias del enemigo de Jesucristo; y consagrando por el martirio el honor de la virginidad, mereció en el cielo una duplicada corona.

No pudo estorbar todo el furor de los paganos que el cuerpo de la santa fuese enterrado como con una especie de triunfo. Los muchos milagros que desde luego se comenzaron á obrar en su sepultura aumentaron la devoción de los fieles, y desde entonces se hizo célebre el nombre de santa Inés en todo el orbe cristiano. No contentándose la Iglesia con solemnizar una fiesta en honra de la santa, hace dos veces memoria de ella. El día 21 celebra su pasión y su gloriosa muerte en la tierra, y el 28 solemniza su nacimiento en el cielo. El concurso á su sepulcro fué siempre muy numeroso, no solamente de los fieles, sino también de los mismos paganos, que se mezclaban con ellos para entrar á la parte en los milagrosos favores de la santa. Edificóse en el mismo lugar una magnífica iglesia con el título de santa Inés, desde el tiempo del Grande Constantino; y en esta iglesia de santa Inés se bendicen todos los años dos corderitos vivos, de cuya lana se forma el palio que los papas envían á los arzobispos.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.