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jueves, 20 de enero de 2039

Santos Fabián y Sebastián, Mártires

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Sebastián, á quien se dio el renombre de defensor de la Iglesia por las maravillas que obró en defensa de la fe, nació de padres originarios de Milán, aunque establecidos en Narbona, ciudad del Lenguadoc. Criáronle con gran cuidado en la Religión cristiana y en la piedad. Su dulzura, su prudencia, su apacible genio, su generosidad y otras cien bellas prendas que le adornaban, como dice san Ambrosio, le dieron á conocer en la corte de los emperadores, y mucho lugar en ella; y en poco tiempo fué uno de los favorecidos del emperador Diocleciano, que le nombró por capitán de la primera compañía de sus guardias.

Aunque Sebastián se abrasaba en un encendido deseo del martirio, le pareció que debía de moderarlo, conservándole como escondido debajo del traje de soldado, porque al mismo tiempo que su empleo le hacía tan distinguido en la corte, le ofrecía también muchas ocasiones de hacer grandes servicios á la Iglesia, socorriendo y alentando á los cristianos que eran perseguidos. En esto empleaba su autoridad y sus bienes, sin perdonar á trabajo ni á fatigas. Animaba con sus exhortaciones y socorría con sus limosnas á los gloriosos confesores de Cristo, de los cuales estaban llenas las cárceles y los calabozos. Mantuvo á muchos que titubeaban en los tormentos, y fortaleció á no pocos que desmayaban á vista de los suplicios. Era el apóstol de los confesores y de los mártires; y si parecía que en cierta manera desperdiciaba las vidas de los innumerables que envió al cielo delante de sí, seguramente no fué por perdonar á la suya. Tan lejos estaba de pretender reservarla, que cada día la exponía. La muerte de cada mártir de los que Sebastián alentaba, acompañándolos hasta el cadalso, era un nuevo sacrificio que hacía de su propia vida. Cada instante la renunciaba porque los demás no renunciasen la fe de Jesucristo.

Fueron presos por la fe dos hermanos y caballeros romanos llamados Marco y Marceliano. Después de haber vencido gloriosamente la tortura iban á ser degollados, cuando su padre Tranquilino y su madre Marcia, ambos gentiles, acompañados de las mujeres y de los hijos de los confesores de Cristo, se echaron á los pies del juez Cromacio, y con sus ruegos y lágrimas obtuvieron de él que se difiriese la ejecución de la sentencia por espacio de treinta días. En este intermedio no perdonaron á súplicas, á caricias, á halagos, á gemidos, en fin, á todos los medios que puede inspirar el amor y la ternura para mover á un corazón blando y generoso; haciendo tanta impresión en los de Marco y Marceliano, que casi vencidos con la fuerza de tan continua y tan terrible batería, comenzaban á mostrarse sensibles á las lágrimas.

Advirtiólo san Sebastián, que los visitaba con frecuencia, y llegó tan á tiempo su socorro, bendiciendo Dios el gran talento de persuadir de que le había dotado, que no solo sostuvo aquellos ánimos que ya comenzaban á flaquear, sino que en aquellos pocos días convirtió á la fe de Jesucristo á Nicóstrato, oficial de Cromacio, á Claudio, alcaide de la cárcel, á sesenta y cuatro presos, y lo que es más admirable, al padre, á la madre, á los hijos y á las mujeres de Marceliano y de Marco. A la verdad, tan asombrosas conversiones no se podían hacer sin muchos y grandes milagros.

En el mismo tiempo que san Sebastián estaba animando á los dos santos confesores en casa de Nicóstrato, donde los habían como depositado con fianzas, se dejó ver en la sala una brillante luz que llenó á los circunstantes de admiración y de alegría. En medio de ella se apareció el Señor, acompañado de siete ángeles; y acercándose á Sebastián, le dió ósculo de paz, prometiéndole que siempre estaría con él. Así refiere san Ambrosio esta maravilla. Zoé, mujer de Nicóstrato, que estaba muda mucho tiempo había, recobró el uso de la palabra haciendo san Sebastián la señal de la cruz sobre su boca. Todos aquellos neófitos, que padecían alguna enfermedad ó indisposición corporal, recibieron la salud del cuerpo al mismo tiempo que por el bautismo cobraban la del alma.

Pero el mayor de todos los prodigios fué la conversión de Cromacio, vicario del prefecto. Mandó llamar á Tranquilino para saber si sus hijos se habían dejado persuadir de sus lágrimas; pero quedó admirado cuando supo que el mismo Tranquilino se había hecho cristiano. Mis hijos, respondió Tranquilino, son dichosos, y yo también lo soy desde que Dios me abrió los ojos del alma para conocer la verdad y la santidad de la religión cristiana, fuera de la cual no hay salvación. ¿Con que tú también al cabo de tus años, le interrumpió Cromacio, te has vuelto loco? No, señor, le respondió el santo anciano: antes bien nunca tuve entendimiento ni juicio hasta que logré la dicha de ser cristiano; porque no hay mayor locura que preferir, como yo lo había hecho hasta aquí, y como tú lo estás haciendo el día de hoy, el error á la verdad, y la muerte eterna á una vida de pocas horas. ¿Y te empeñarás, le preguntó Cromacio, á probarme concluyentemente la verdad de la religión cristiana? Sin duda que me empeñaré, respondió el nuevo apóstol, con tal que quieras prestar oídos dóciles y humildes á lo que Sebastián y yo te dijéremos. No duró mucho la conversación, porque á pocas palabras quedó Cromacio convencido y convertido.

Siguióse á la conversión de Cromacio la de toda su familia, y cuatrocientos esclavos recibieron el bautismo y fueron puestos en libertad. Pero enfureciéndose cada día más en Roma la persecución, se tuvo por conveniente que Cromacio, después de haber renunciado el empleo que tenía, se retirase á la campaña, donde era su casa el asilo de los fieles perseguidos. Todos los cristianos persuadían á san Sebastián que también se retirase á ella; pero este héroe de la fe les pidió con tales instancias que le permitiesen quedarse en Roma para animar y socorrer á los muchos fieles que estaban en las cárceles, y supo proponer al santo papa Cayo tales razones, que este le dijo: Quédate en buena hora, hijo mío, en el campo de batalla; y en ese traje de oficial del emperador, sé glorioso defensor de la Iglesia de Jesucristo.

Presto se conoció cuán necesaria era su presencia para el socorro y para el aliento de los santos mártires. La primera que recibió la corona del martirio fué Zoé; siguióla poco después Tranquilino, Nicóstrato, su hermano Castor, y Claudio el alcaide de la cárcel. Sinforiano su hijo, y su hermano Victorino, después de haber sufrido muchos tormentos, fueron conducidos á Ostia y precipitados en el mar. Tiburcio, hijo de Cromacio, fué degollado; Castulo, oficial del emperador, y celosísimo cristiano, fué enterrado vivo; Marco y Marceliano, amarrados á un tronco, fueron cubiertos de saetas.

Después que estas gloriosas víctimas, preciosos frutos del zelo de san Sebastián, fueron inmoladas á Dios vivo, parecía tiempo que el héroe de Jesucristo consumase en fin su sacrificio. Un infeliz apóstata de la Religión fué el que dió parte á Fabián, sucesor de Cromacio, que era Sebastián el que convertía á los gentiles, y el que mantenía en la fe á los cristianos. No se atrevió Fabián á mandarle arrestar por el elevado empleo que ocupaba en palacio hasta darle parte al emperador, informándole de la religión y del zelo ardiente del primer capitán de sus guardias.

Asombrado Diocleciano de lo que oía, mandó luego llamar á Sebastián, y con las expresiones más sentidas le acriminó su ingratitud; sobre todo por haber intentado irritar la cólera de los dioses contra el emperador y contra el imperio, introduciendo hasta en su mismo palacio una Religión (como él la llamaba) tan perniciosa al Estado. Respondió Sebastián con el mayor respeto, que á su modo de entender no podía hacer servicio más importante al emperador y al imperio que adorar á un solo Dios verdadero; y que estaba tan distante de faltar á su deber por el culto que rendía á Jesucristo, que antes bien nada podía ser tan ventajoso al príncipe y al Estado, como tener vasallos fieles que menospreciando á los dioses falsos, hiciesen oración incesantemente al soberano Árbitro y Criador del universo por la salud del emperador y del imperio.

Irritado el emperador con esta generosa respuesta, mandó al instante, sin esperar á otra forma ó figura de proceso, que Sebastián fuese amarrado á un tronco, y que fuese asaeteado por los mismos soldados de la guardia. Ejecutóse al punto sin remisión esta cruel sentencia, y fué cubierto el glorioso confesor de Cristo de una espesa lluvia de saetas. La noche siguiente fué á buscar el santo cuerpo para darle sepultura una devota mujer, llamada Irene, viuda del santo mártir Castulo, y quedó gozosamente admirada y sorprendida hallándole todavía vivo. Hízole llevar secretamente á su casa, donde dentro de poco tiempo sanó perfectamente de todas sus heridas.

Instábanle los fieles para que se retirase; pero Sebastián, lejos de rendirse á sus solicitaciones, fué á buscar á Diocleciano; y esperándole sobre una escalera, que llamaban el mirador de Eliogábalo: ¿Es posible, Señor, le dijo con valor y con respeto, que eternamente os habéis de dejar engañar de los artificios y de las calumnias que perpetuamente se están inventando contra los pobres cristianos? Tan lejos están, gran príncipe, de ser enemigos del Estado, que no tenéis otros vasallos más fieles, y que á solas sus oraciones sois deudor de todas vuestras prosperidades. Atónito el emperador al ver y al oír hablar á un hombre que ya tenía por muerto: ¿Eres tú, le preguntó, aquel mismo Sebastián á quien yo mandé quitar la vida, condenándole á que fuese asaeteado? Sí, señor, respondió el santo, el mismo Sebastián soy; y mi Señor Jesucristo me conservó la vida para que en presencia de todo este pueblo viniese ahora á dar un público testimonio de la impiedad y de la injusticia que cometéis persiguiendo con tanto furor á los cristianos.

Enfurecido Diocleciano mandó que le llevasen al circo, y que allí fuese públicamente apaleado hasta que espirase. Así se ejecutó; y con este cruel suplicio pasó su alma á recibir en el cielo la corona del martirio el día 20 de enero hacia el año de 288. Queriendo los paganos impedir que se diese sepultura al cuerpo del santo mártir, le arrojaron en un lugar inmundo, pero no les valió su precaución; porque el santo cuerpo quedó pendiente de un garfio, y el mismo san Sebastián se apareció aquella noche á una señora de mucha virtud, llamada Lucina, y la mandó que sacase su cuerpo y le enterrase en el cementerio subterráneo, llamado las Catacumbas, á los pies de los apóstoles san Pedro y san Pablo.

El mismo día celebra la Iglesia la fiesta de san Fabián, papa y mártir. Era romano, y sucedió al papa san Antero el año de 236. Su elección fué maravillosa. Habíase juntado el clero y el pueblo para nombrar sucesor á san Antero; y como estuviesen muy divididos los votos, se vió bajar de lo alto una paloma que derechamente fué á descansar sobre la cabeza de Fabián. Al punto comenzaron á aclamar todos los fieles que Fabián había de ser su obispo: por más que él se resistió diciendo era indigno de tan alta dignidad, fué colocado en la silla episcopal, y consagrado por sumo pontífice en aquellos difíciles y calamitosos tiempos de la cruel persecución de Maximino.

Mostró bien este santo papa su tesón y su vigilancia en conservar la pureza de la fe y la santidad de la religión cristiana, por el modo con que castigó á Privato, obispo de Lambesa, en África, convencido de herejía y de vida escandalosa. Los que son de opinión que el emperador Filipo y su hijo fueron cristianos, afirman que recibieron el bautismo de mano de san Fabián. Estableció siete subdiáconos, repartidos en los siete cuarteles ó barrios de Roma, para escribir las actas de los mártires. Créese que al zelo de este santo papa debe la iglesia de Francia aquella apostólica misión de tantos santos obispos como vinieron á plantar la fe de Jesucristo en las provincias de este reino.

En fin, habiendo sucedido á Filipo el emperador Decio, y dado principio á su gobierno por una cruel persecución contra los cristianos, logró san Fabián la dicha de hallarse á la frente de los que combatían en defensa de la fe, que él mismo confirmaba con sus palabras y con sus ejemplos; recibiendo la corona del martirio el día 20 de enero del año 250, después de haber gobernado la Iglesia trece años y ocho días.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.