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martes, 18 de enero de 2039

La Cátedra de San Pedro en Roma

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Habiendo querido Dios que aquella misma Roma que por espacio de tantos siglos había sido la maestra del error, el centro de la superstición y el asiento del paganismo, fuese después la maestra de la verdad, la silla de la fe, la cabeza de la Religión y la madre común de todas las iglesias, era conveniente que todos los fieles celebrasen la época de esta felicidad, y que cada año se solemnizase el nacimiento de aquella primera iglesia del mundo, o por mejor decir, el día en que se estableció la fe de la iglesia universal en Roma, como en el centro de su unidad. Este es propiamente el espíritu de la presente festividad, tan antigua en toda la Iglesia.

Es, pues, la fiesta de la Cátedra de san Pedro en Roma el aniversario o la memoria de aquel afortunado día en que san Pedro, después de haber fundado la iglesia de Antioquía, vino a establecer su silla en la capital del universo, convirtiéndola en cabeza de todo el orbe cristiano. Sucedió esto cerca del año 48 de Jesucristo, hacia el fin del segundo emperador Claudio, y cuando comenzaba el imperio de Nerón. Veinticinco años regentó san Pedro esta cátedra romana, y coronó en la misma ciudad sus apostólicos trabajos con un glorioso martirio.

Pero no solo celebraba en este día la Iglesia la memoria del establecimiento de la silla apostólica en la ciudad de Roma, sino que al parecer comprende también en la misma festividad aquella gloriosa confesión que hizo san Pedro de la divinidad de Jesucristo, y el nombramiento que después de esta solemne confesión hizo Cristo de san Pedro para vicario suyo en la tierra, cabeza visible y piedra fundamental de su Iglesia, perpetuándolo en él y en todos sus sucesores.

Por eso sin duda, cuando se celebraban en un mismo día las dos cátedras de Antioquía y de Roma, como se observó por algún tiempo, se contentaba la Iglesia con querer solemnizar el obispado de san Pedro en general; y en este sentido el autor de la carta que se atribuye a san Agustín dice que se celebra en este día la Cátedra de san Pedro, porque en él fue cuando el apóstol ascendió al trono del pontificado. Llamaron, dice, nuestros padres a la solemnidad de este día la Cátedra de san Pedro, porque se asegura que en este mismo día el Príncipe de los apóstoles tomó posesión de la silla episcopal: Ideo quod primus Apostolorum Petrus hodie Episcopatus cathedram suscepisse referatur.

Sin duda que por este mismo motivo, a ejemplo de la fiesta anual de la dedicación de las iglesias, se obligaba a los sumos pontífices, y aun también a los prelados inferiores, a que celebrasen cada año el día de su consagración.

San León, papa, en el sermón que hizo en honor del Príncipe de los apóstoles, dice ser muy conveniente que aquella misma ciudad, que era cabeza de todo el mundo, fuese también el centro de la Religión, para que, colocada en ella la luz de la verdad, criada para alumbrar y para salvar al mundo todo, se difundiese más eficazmente a todas partes del universo. Y añade que el Príncipe de los apóstoles, después de haber conducido la luz de la fe en toda Judea, después de haber fundado la iglesia en Antioquía, y predicado en Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, vino a colocar su silla en Roma, y levantó sobre el capitolio el trofeo de la cruz de Jesucristo.

El segundo concilio Turonense, que se celebró el año de 567, habla de esta fiesta como tan antigua, que ya se habían introducido en ella algunos abusos, a los cuales era menester poner remedio. ¡Qué profanidad! ¡Qué escándalo!, exclaman los padres del concilio. ¡Es posible que entre los mismos fieles se hallen personas tan ciegas, que en el día en que se celebra la Cátedra de san Pedro, dejándose llevar de una ridícula superstición, ofrezcan viandas a los muertos, y apenas vuelven a sus casas después de haber asistido al santo sacrificio de la misa, se entregan a los errores y a las supersticiones de los gentiles! ¡Y lo que todavía causa más horror, después de haberse alimentado con el precioso cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, manchan sus almas con los manjares que están dedicados al demonio!

Pero oigamos las mismas palabras con que se explica el concilio, porque son muy notables: Sunt etiam qui in festivitate cathedræ domini Petri apostoli cibos mortuis offerunt; et post missas redeuntes ad domos proprias, ad gentilium revertuntur errores; et post corpus Domini sacratas dæmoni escas accipiunt. Ya por aquel tiempo se celebraba esta fiesta; asistíase a la misa, comulgábase en ella. ¡Pero qué impiedad dejarse después arrastrar de las ceremonias supersticiosas y paganas!

¡Buen Dios, y qué campo tan fecundo de provechosas reflexiones para los herejes que se burlan de la misa, y que niegan la real presencia del cuerpo de Jesucristo en la Eucaristía! ¡Pero qué copioso manantial de no menos importantes reflexiones para muchos malos católicos, que después de haber celebrado o asistido a los más sacrosantos misterios pasan inmediatamente a las obras más profanas: desde el templo al teatro, desde la comunión a los banquetes, desde el sermón a las conversaciones mundanas, al juego, al baile y a otros entretenimientos indignos de cristianos!

Muchas iglesias particulares celebraban esta fiesta en días diferentes; algunas confundían las dos cátedras de Antioquía y de Roma. Para remediar uno y otro inconveniente, el papa Paulo IV fijó la fiesta de la cátedra romana al día 18 de enero por una bula que expidió en 13 del mismo mes el año de 1558. En ella dice que no pretende introducir alguna fiesta nueva, pues no hace más que restablecer o confirmar una solemnidad que ya se celebraba en la Iglesia desde los primeros siglos, señalando para ella el día 18 de enero, como lo practicaban los padres más antiguos de la misma Iglesia.

Consérvase todavía en Roma la misma cátedra donde se sentaba san Pedro, grosera por el arte y pobrísima por la materia, pero preciosísima para la veneración de los fieles, que deben mirar con la mayor estimación y respeto todo lo que sirvió al Príncipe de los apóstoles.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.