lunes, 17 de enero de 2039
San Antonio, Abad
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
El gran San Antonio, venerado como patriarca de todos los cenobitas, esto es, de los religiosos que viven en comunidad debajo de una misma regla y en un mismo convento, nació al mundo el año de 251. Era natural de Coma, lugar pequeño cerca de Heraclea en el superior Egipto. Sus padres fueron cristianos, muy ricos y muy distinguidos por su nobleza, pero mucho más por su piedad. Dedicáronse a la buena educación de su hijo, como a una de sus primeras obligaciones, tomándola con tanto empeño, que no le permitían tratar con persona alguna, sino con los de su familia, pareciéndoles importaba menos que no saliese tan instruido en las buenas letras que el que aprendiese a ser menos inocente en las costumbres. Los grandes principios de la Religión que le inspiraron, y las bellas lecciones que le dieron, lograron todo el efecto que se podía desear. Su modestia y su respeto en las iglesias, su frecuencia en la oración, la grande atención con que leía el Evangelio, su docilidad, la dulzura y la suavidad de su genio, su tierna devoción en aquella primera edad, fueron presagios de la eminente santidad a que llegó después.
Habiendo muerto sus padres cuando Antonio contaba solo veinte años de edad, se halló heredero de una rica hacienda, con el cuidado de una hermana de pocos años. Yendo un día a la iglesia, como lo tenía de costumbre, iba considerando por el camino cómo los apóstoles lo habían dejado todo por amor de Cristo, y aquel desasimiento con que los primeros fieles vendían sus bienes y distribuían el precio a los pobres. Ocupado en estos pensamientos, entró en la iglesia a tiempo que se leía aquel lugar del Evangelio en que Jesucristo dice a un rico: Si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes y hallarás un tesoro en el cielo. Movido Antonio de esta lectura, no dudó que era inspiración de Dios la que le hablaba. Apenas salió de la iglesia, cuando, poniendo en depósito seguro el dote de su hermana, añadiendo lo que le pareció conveniente de su mismo patrimonio, se reservó para sí una porción muy moderada; y vendiendo el resto de sus bienes, en la misma hora repartió el precio entre los pobres.
Pocos días después volvió a la iglesia, y habiendo oído cantar aquel otro lugar del Evangelio, en que el Señor previene a sus discípulos que no tengan cuidado de lo que han de comer el día siguiente, le pareció que la reserva que había hecho era falta de confianza en Dios; y arrepintiéndose de ello, al punto repartió también entre los pobres los pocos bienes que se había reservado; puso a su hermana en compañía de unas doncellas virtuosas, que la criaron con mucha piedad; y dejando su casa, se retiró a un sitio no muy distante del lugar, porque todavía no se había introducido la costumbre de que los solitarios viviesen muy separados de las poblaciones, o solos en los desiertos. Escogió por guía y por maestro en la nueva carrera que comenzaba, a un santo viejo que desde su juventud se había retirado a la soledad. Admiraron al maestro los progresos del discípulo. No sabía estar ocioso: empleaba en el oficio manual, o en el trabajo de manos, el tiempo que no ocupaba en la oración. Su humildad, su modestia, su dulzura, su devoción, su igualdad de ánimo le hicieron tan amable a todos los solitarios, que comúnmente le llamaban el amado de Dios.
Envidioso el demonio de los progresos que hacía, movió todas sus máquinas para disgustarle de la vida que había emprendido. Púsole delante de los ojos los grandes bienes que había abandonado, la flor de su juventud, la debilidad de su temperamento, los peligros de su hermana, la nobleza de su sangre, los horrores del desierto, las molestias y riesgos de una larga soledad. Viendo frustrados todos sus artificios, le atacó por otro camino: puso en ejercicio todas las armas de la sensualidad, insultos de la imaginación, torpezas del pensamiento, rebeldías de la carne; pero Antonio resistió con valor a todos estos ataques; y para cobrar nuevas fuerzas con que hacer frente a enemigo tan peligroso y tan porfiado, redobló los rigores de su penitencia y consiguió una completa victoria. Desde entonces no comía más que una vez al día, después de puesto el sol, y no pocas veces pasaba tres días enteros sin probar bocado. Su alimento era un poco de pan y sal, su bebida un poco de agua, su cama una estera, su sueño casi ninguno, porque pasaba en oración la mayor parte de la noche.
Al paso que crecían sus austeridades se aumentaba también su fervor. Deseando negarse a toda comunicación humana, se fue a encerrar en una sepultura distante de la ciudad, cuya puerta solo se franqueaba a un amigo suyo, que de tiempo en tiempo le traía algunos panes; pero allí mismo le supo hallar el demonio. Queriendo Dios probar la virtud y la paciencia de su fiel siervo, y confundir a un mismo tiempo al espíritu de las tinieblas con la magnanimidad de aquel mancebo, héroe de la Religión, permitió que el demonio le atormentase tan cruelmente y de tantas maneras, que después de haberle maltratado un día con desapiadados golpes, le dejó tendido en el suelo casi sin señal de vida. El amigo del santo le halló en este estado el día siguiente, y le condujo a la iglesia de una aldea vecina, donde le tuvieron por muerto. Hacia la media noche volvió en sí, tan lejos de acobardarse, que suplicó a su amigo le restituyese a su sepultura con tantas instancias que no se pudo resistir.
Esta resolución tan generosa confundió de tal manera al enemigo común, que no teniendo más licencia para maltratarle con golpes, empleó toda su rabia en atemorizarle con temerosos aullidos, con gritos horribles, con visiones espantosas y con fantasmas extraordinarias. Parecía que todo el aire estaba lleno de animales de extraña figura y de bestias feroces que iban a despedazarle. Pero Antonio, colocada en Dios toda su confianza, se burlaba de tanto esfuerzo ridículo. «Muy flacos y muy cobardes debéis de ser (decía burlándose a los espíritus malignos) cuando sois tantos contra un hombrecillo solo, pero un hombrecillo que toda su fuerza la tiene afianzada en la gracia del Salvador. Si tenéis poder para hacerme mal, aquí estoy, no es menester tanto ruido. En vano pretendéis conmover y arruinar el duro techo de esta sepultura, porque el Señor es mi ayuda, y yo me burlaré de todos mis enemigos.» Dijo, y haciendo la señal de la cruz, como refiere san Atanasio, puso en vergonzosa fuga a todos los demonios. Entonces, levantando los ojos al cielo, descubrió un hermoso rayo de luz que se desprendía hacia él; y haciéndole sentir el Señor los dulces efectos de su amorosa presencia: ¿Adónde estabais, amado Jesús mío, exclamó el santo, adónde estabais durante el tiempo de esta tempestad? Y oyó una voz que le respondía: Contigo estaba, hijo mío Antonio, mirando tu pelea, y siendo testigo de tu valor; y pues has sido tan fiel, yo te prometo mi singular protección, y tú quedarás siempre vencedor de todos tus enemigos.
Levantóse Antonio para rendir gracias a Dios; y sintiéndose con más fuerzas que nunca, partió desde la mañana siguiente a lo más interior del desierto, adonde le destinaba la divina Providencia para ser padre y modelo de tantos santos solitarios. Era a la sazón de solos treinta y cinco años. Pasó el río Nilo cerca de Heraclea, y reparando que sobre una montaña se descubrían las ruinas de un edificio antiguo, escogió aquel sitio para su habitación. Allí se mantuvo veinte años haciendo vida de ángel a pesar de los artificios y de los esfuerzos que hizo el espíritu de las tinieblas para inquietarle. Quisiera vivir oculto y desconocido en el mundo, pero no lo pudo conseguir porque no obstante las diligencias que practicó para lograrlo, sus amigos antiguos le buscaron, y al cabo le vinieron a encontrar en su montaña. Resistióse al principio a recibirlos; pero finalmente fue necesario ceder a su perseverancia.
Salió Antonio de su gruta como de un santuario donde el Señor le había llenado de su espíritu. No le hallaron inmutado sus amigos, aunque por espacio de treinta y cinco años se había entregado a todos los rigores de la más austera penitencia. Tenía el semblante tan sereno y tan hermoso como en sus primeros años, el ánimo tan tranquilo, el trato tan afable, el genio tan apacible, y todas sus modales tan gratas como siempre. Aunque todo su consuelo y todas sus delicias eran la oración, la contemplación y el retiro, jamás dio la menor señal de repugnancia de verse rodeado de tanta gente, ni manifestó la más leve vanidad o complacencia de verse tan admirado, ni se hizo rogar para responder a cuantas preguntas le hacían. Abrasado su corazón en el fuego del amor divino, comunicó luego sus incendios a los corazones de todos los que le escuchaban. Hablóles con tanta elocuencia, con tanta energía sobre las verdades de la Religión, sobre la nada de los bienes caducos, sobre los falsos atractivos de los deleites, sobre los horrores de la muerte, sobre la brevedad de la vida, que más de doscientas personas se resolvieron a abandonarlo todo, y a quedarse con él en aquella soledad para atender únicamente al negocio de su eterna salvación.
Pudo más con Antonio el celo de las almas que el amor al retiro. Edificáronse muchas celdas cerca de la suya, y no pudo el santo negarse a enseñar y a dirigir aquellos nuevos discípulos por el camino del cielo, en el cual estaba tan instruido. Extendióse la fama de san Antonio por África, Italia y Francia, y casi por todo el mundo, el gran poder que Dios le había concedido sobre los demonios, el don de profecía y de milagros, y concurrieron a él de todas partes innumerables discípulos. Halláronse bien presto poblados aquellos vastos desiertos; edificáronse muchos monasterios, y en menos de diez años se contaron en ellos muchos millares de solitarios. Creciendo todos los días aquella religiosa república, se vio Antonio obligado a dedicar toda la atención a su gobierno. Unas veces los instruía a todos en común, otras en particular. Desengañaos, hermanos, les repetía con frecuencia, que para hacer progresos en la vida espiritual es menester hacernos cuenta que cada día comenzamos. Por mucho que se trabaje por Dios, no hay proporción entre el premio y el trabajo. Si queréis vencer al demonio, amad a Cristo, orad mucho, mortificaos mucho y sed humildes. El espíritu de las tinieblas teme a las almas puras. Nada le confunde tanto como la desconfianza de sí, y la confianza en Dios.
Pero no solo había destinado Dios a nuestro santo para instruir a los solitarios; también le tenía escogido para confundir a los gentiles y a los herejes, y para alentar a los fieles en el rigor de las mayores persecuciones. Llegando a noticia de Antonio que eran conducidos a Alejandría muchos confesores de Cristo para quitarles la vida con los más crueles tormentos, y temiendo que algunos flaqueasen en la fe a vista de los suplicios, partió al punto del desierto para asistirlos en las prisiones. Pretendieron estorbarlo los tiranos, mandando pena de la vida que se retirasen todos los solitarios; pero despreciando Antonio la suya, no abandonó a aquellos generosos confesores hasta que consumaron el sacrificio, y no dependió de él que no le hubiese tocado la misma dichosa suerte.
Crecía en nuestro santo el amor al retiro en medio de los tumultuosos ejercicios de la caridad; y apenas estuvo de vuelta en el desierto cuando resolvió buscar otra soledad más apartada. Llegáronlo a entender sus discípulos, y siempre se lo embarazaron con varias piadosas artes. A esto se añadió que las grandes necesidades de la Iglesia no le permitieron gozar largo tiempo la quietud de su celda. Obligáronle los obispos a volver a Alejandría, donde fue recibido con extraordinarios honores, no solo de los católicos, sino también de los herejes, y hasta de los mismos paganos que admiraban tanto su virtud como sus milagros. En el poco tiempo que se detuvo en aquella ciudad convirtió a muchos gentiles y confundió a los filósofos con la fuerza de sus argumentos. Vuelto Antonio al monasterio, tuvo una inspiración para que fuese a buscar a san Pablo en lo más interior del desierto. La vista, la conversación y la muerte de aquel grande ermitaño encendieron más su celo y su fervor.
Otra vez tuvo necesidad de volver a Alejandría para hacer que la Religión triunfase en aquella populosa ciudad. Quedó desarmada la herejía arriana a vista de aquel ilustre anciano, a quien el puro amor de la verdad había sacado de su amado desierto a los ciento y cuatro años de su edad, para combatir contra los enemigos de la divinidad de Jesucristo, y para trabajar en restituir la paz a la Iglesia. Sábese que Constantino el Grande y sus hijos escribieron al santo cartas muy afectuosas, como a su padre espiritual, mostrando gran deseo de recibir sus respuestas. Respondió a ellas Antonio; pero cuando llegó a entender que los herejes, abusando de la sinceridad y de la poca instrucción de los emperadores en puntos de Religión, pretendían engañarlos, no esperó a que le escribiesen. Él mismo se anticipó, y sabiendo que el emperador Constantino se había dejado prevenir por los arrianos contra san Atanasio, le escribió con tanta viveza y con tan religioso encendimiento, que mostró bien así la pureza, como la generosidad de su celo, incapaz de andarse en contemplaciones con los herejes ni con los que fuesen sospechosos en la fe. Él mismo le hizo escribir aquella carta tan ardiente a Gregorio, obispo arriano, que habiendo usurpado tiránicamente la iglesia de Alejandría, había sido causa de que fuese expelido de ella su legítimo pastor.
En fin, abrasado este gran santo en el amor de Jesucristo; encendido en una indecible ternura con la santísima virgen María, de quien era devotísimo; adornado del don de profecía y de milagros, siendo la veneración de las cortes, y de casi todas las naciones del universo; el azote de los herejes, el terror de los demonios, el ornamento de la Iglesia, la maravilla del mundo, el asombro de su siglo; a los ciento y cinco años de su edad, habiendo pasado ochenta y cinco en los ejercicios de la más rigurosa penitencia, después de haberse despedido tiernamente de sus amados discípulos, recibiendo de ellos los últimos abrazos, extendió sus pies; y dejando ver en su venerable semblante una extraordinaria alegría, a vista de los espíritus celestiales que estaban presentes para ser testigos de su último aliento, entregó el alma a su Criador el día 17 de enero del año 356, que se contaba el noveno del imperio de Constancio.
Sus discípulos ejecutaron religiosamente las órdenes que les dejó en su última voluntad, o especie de testamento. Mandó que entregasen a san Atanasio una de sus túnicas, y el manto con que murió; otra túnica la dejó a san Serapión, obispo de Thmuis, y ordenó que enterrasen su cuerpo en secreto sin descubrir jamás a nadie el lugar de su sepultura. Con efecto estuvo oculto por algún tiempo; pero luego fue celebrada en toda la Iglesia la memoria de este santo, especialmente en Oriente, donde desde luego se comenzó a solemnizar su fiesta con la mayor celebridad. Cerca de doscientos años después fue descubierto el santo cuerpo. Hízose con gran pompa su traslación a Alejandría, y después a Constantinopla cuando los Sarracenos se apoderaron de Egipto.
Últimamente, hacia el fin del décimo siglo, habiendo hecho el viaje de la Tierra santa un caballero de Viena en el Delfinado, muy devoto de san Antonio, pasó a Constantinopla, y obtuvo del emperador aquellas preciosas reliquias, que trajo consigo a Francia. Dio principio a la célebre iglesia de la Abadía en una heredad suya, llamada la Mota, en la diócesis de Viena, que después tuvo el nombre de san Antonio. El año de 1089 hizo grandes estragos en toda Francia una enfermedad llamada fuego sacro; y experimentándose que era eficacísimo remedio contra ella la invocación de nuestro santo, se comenzó a llamar el fuego de san Antón. Desde entonces fue prodigioso el concurso del pueblo a adorar las santas reliquias, lo que fue ocasión de que se fundase una nueva religión de canónigos regulares de san Agustín, con el título de san Antonio Abad, que se ha hecho célebre en toda la Europa por su vida arreglada y por su caridad inalterable.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.