domingo, 16 de enero de 2039
II Domingo después de Epifanía
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (Rom. 12, 6-16)
Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Romános. Fratres: Habéntes donatiónes secúndum grátiam, quæ data est nobis, differéntes: sive prophetíam secúndum ratiónem fídei, sive ministérium in ministrándo, sive qui docet in doctrína, qui exhortátur in exhortándo, qui tríbuit in simplicitáte, qui præest in sollicitúdine, qui miserétur in hilaritáte. Diléctio sine simulatióne. Odiéntes malum, adhæréntes bono: Caritáte fraternitátis ínvicem diligéntes: Honóre ínvicem præveniéntes: Sollicitúdine non pigri: Spíritu fervéntes: Dómino serviéntes: Spe gaudéntes: In tribulatióne patiéntes: Oratióni instántes: Necessitátibus sanctórum communicántes: Hospitalitátem sectántes. Benedícite persequéntibus vos: benedícite, et nolíte maledícere. Gaudére cum gaudéntibus, flere cum fléntibus: Idípsum ínvicem sentiéntes: Non alta sapiéntes, sed humílibus consentiéntes.
Tenemos por tanto dones diferentes, según la gracia que nos es concedida; por lo cual el que ha recibido el don de profecía, úselo siempre según la regla de la fe; el que ha sido llamado al ministerio de la Iglesia, dedíquese a su ministerio; el que ha recibido el don de enseñar, aplíquese a enseñar, el que ha recibido el don de exhortar, exhorte; el que reparte limosna, que la dé con sencillez; el que preside o gobierna, sea con vigilancia; el que hace obras de misericordia, hágalas con apacibilidad y alegría. El amor sea sin fingimiento. Tened horror al mal, y aplicaos perennemente al bien, amándoos recíprocamente con ternura y caridad fraternal, procurando anticiparos unos a otros en las señales de honor y de deferencia. No seáis flojos en cumplir vuestro deber; sed fervorosos de espíritu, acordándoos que el Señor es a quien servís. Alegraos con la esperanza del premio; sed pacientes en la tribulación; en la oración continuos; caritativos para aliviar las necesidades de los santos, o fieles; prontos a ejercer la hospitalidad. Bendecid a los que os persiguen; bendecidlos, y no los maldigáis. Alegraos con los que se alegran y llorad con los que lloran. Estad siempre unidos en unos mismos sentimientos y deseos, no buscando cosas altas, sino acomodándoos a lo que sea más humilde. No queráis teneros dentro de vosotros mismos por sabios o prudentes. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Homilía 21 + Homilía 22 sobre Romanos — San Juan Crisóstomo
«Teniendo, pues, dones diferentes según la gracia que nos ha sido dada: sea el de profecía, profeticemos según la regla de la fe.» Después de haberlos consolado suficientemente, quiere también moverlos a emularse unos a otros y a esforzarse con mayor empeño, mostrándoles que son ellos mismos quienes dan ocasión a recibir más o menos. Pues dice, ciertamente, que es Dios quien lo da (como cuando afirma: «según que Dios repartió a cada uno la medida de la fe», y también: «según la gracia que nos ha sido dada»), para abatir a los soberbios; pero dice asimismo que los comienzos están en ellos mismos, para despertar a los indolentes. Y esto mismo hace también en la Epístola a los Corintios, para producir ambos afectos. Pues cuando dice: «Anhelad con ardor los dones mejores», muestra que ellos eran la causa de las diferencias en lo que se daba; mas cuando dice: «Todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu, repartiendo a cada uno según quiere», prueba que quienes lo han recibido no deben engreírse, usando así de todo medio para calmar su desorden. Y esto hace también aquí. Y de nuevo, para despertar a los que dormitan, dice: «Sea el de profecía, profeticemos según la regla de la fe.» Porque, aunque es gracia, no se derrama al azar, sino que, midiendo su medida según los que la reciben, deja fluir tanto cuanto halla capaz el vaso de la fe que se le presenta.
«Sea el ministerio, ejerzámoslo en servir.» Aquí menciona algo que todo lo abarca, pues aun el apostolado se llama ministerio, y toda obra espiritual es ministerio. Éste es, en verdad, nombre de un oficio particular (a saber, el diaconado); sin embargo, se emplea en sentido general. «El que enseña, atienda a la enseñanza.» Ved con qué indiferencia los ordena, poniendo primero lo pequeño y después lo grande, dándonos de nuevo la misma lección: no engreírnos ni ensoberbecernos.
«El que exhorta, en la exhortación.» También ésta es una especie de enseñanza. Pues «si tenéis alguna palabra de exhortación —dice—, habladla al pueblo». Luego, para mostrar que no es gran bien seguir la virtud si no se hace con la debida regla, prosigue: «El que da, hágalo con sencillez.» Porque no basta dar, sino que hemos de hacerlo con largueza, pues a esto corresponde constantemente el nombre de sencillez. Ya que también las vírgenes tenían aceite; sin embargo, como no tenían bastante, fueron arrojadas de todo. «El que preside, con solicitud», pues no basta emprender la defensa. «El que hace misericordia, con alegría», pues no basta ejercer misericordia, sino que conviene hacerlo con largueza y ánimo generoso, o más bien no sólo sin mezquindad, sino aun con ánimo alegre y gozoso; porque el no ser mezquino no llega a ser gozarse. Y este mismo punto, escribiendo también a los Corintios, lo insistió con gran fuerza. Pues para moverlos a semejante largueza dijo: «El que siembra con escasez, con escasez segará; y el que siembra con largueza, con largueza segará.» Mas para corregir su disposición añadió: «No con tristeza ni por necesidad.» Porque quien hace misericordia debe tener ambas cosas: no dar de mala gana y hacerlo con placer. ¿Y por qué te lamentas de dar limosna? ¿Por qué te entristeces al hacer misericordia y pierdes el provecho de la buena obra? Porque si te entristeces, no haces misericordia, sino que eres cruel e inhumano. Pues si te entristeces, ¿cómo podrás levantar al que está en tristeza? Ya es mucho que ni siquiera sospeche mal alguno cuando das con alegría. Pues como nada parece a los hombres tan vergonzoso como recibir de otros, si con rostro sumamente alegre no les quitas esa sospecha y les muestras que más bien recibes que das, hasta abatirás al que recibe en lugar de levantarlo. Por esto dice: «El que hace misericordia, con alegría.» Pues ¿quién, al recibir un reino, pone rostro triste? ¿Quién, al recibir el perdón de sus pecados, permanece de semblante abatido? No mires, pues, al gasto del dinero, sino al aumento que de ese gasto proviene. Pues si el que siembra se alegra aunque siembre con incertidumbre del fruto, mucho más debe hacerlo quien cultiva el Cielo. Porque de este modo, aunque des poco, darás mucho; así como, por mucho que des con rostro triste, habrás hecho poco lo mucho. Así la viuda superó muchos talentos con las dos moneditas, pues su ánimo era grande. ¿Y cómo es posible —se dirá— que quien vive en extrema pobreza y da todo cuanto tiene lo haga con ánimo pronto? Pregunta a la viuda y oirás el modo, y sabrás que no es la pobreza la que hace la estrechez, sino la disposición del hombre, que obra tanto esto como lo contrario. Pues es posible ser magnánimo en la pobreza y mezquino en la riqueza. Por eso, en el dar busca la sencillez, en el hacer misericordia la alegría, y en el patrocinar la solicitud. Porque no quiere que sólo con dinero prestemos todo auxilio a los necesitados, sino con palabras, con obras, en persona y de todo otro modo. Y tras mencionar el género principal de ayuda, el que está en la enseñanza y en la exhortación (pues éste es más necesario, por cuanto nutre el alma), pasa al que se hace por medio del dinero y de todos los demás medios; luego, para mostrar cómo pueden ejercitarse rectamente, introduce a la madre de todos ellos: el amor.
«Sea el amor sin fingimiento —dice—.» Si tenéis esto, no sentiréis la pérdida de vuestro dinero, ni el trabajo de vuestra persona, ni la fatiga de vuestras palabras, ni vuestra molestia, ni vuestro servicio, sino que todo lo soportaréis con valentía, ya sea con la persona, con el dinero, con la palabra o con cualquier otra cosa con que hayáis de socorrer al prójimo. Así como no pide sólo el dar, sino con sencillez; ni el ayudar, sino con solicitud; ni la limosna, sino con alegría; así también el amor no lo exige solamente, sino sin fingimiento. Porque esto es el amor. Y si un hombre lo tiene, todo lo demás se sigue. Y como hay también un amor de cosas malas, cual es el de los intemperantes, el de los que son de un mismo parecer por el dinero y por la rapiña, y por los banquetes y las francachelas, lo purifica de todo esto diciendo: «Aborreciendo el mal.» Y no habla de apartarse de él, sino de odiarlo, y no meramente odiarlo, sino odiarlo en extremo. Porque muchos que no hacen cosas malas, sin embargo, las desean; por eso dice: «Aborreced.» Pues lo que quiere es purificar el pensamiento y que tengamos una poderosa enemistad, odio y guerra contra el vicio. Porque no penséis —quiere decir— que, por haber dicho «amaos unos a otros», os mando llegar hasta cooperar unos con otros aun en las malas acciones; pues la ley que establezco es justamente la contraria. Ya que os quiere no sólo ajenos a la acción, sino aun a la inclinación al vicio, y no meramente ajenos a esa inclinación, sino que la tengáis en excesiva aversión y odio. Y no se contenta con sólo esto, sino que introduce también la práctica de la virtud: «Adheríos al bien.» No habla sólo de hacerlo, sino también de estar dispuestos a ello, pues esto indica el mandato de adherirse. Así Dios, cuando unió el varón a la mujer, dijo: «Se adherirá a su mujer.» Luego menciona las razones por las que debemos amarnos unos a otros.
«Amándoos unos a otros con amor fraterno.» Sois hermanos —quiere decir— y habéis venido de los mismos dolores; por eso también por esta causa debéis amaros unos a otros. Y esto dijo Moisés a los que reñían en Egipto: «Sois hermanos, ¿por qué os agraviáis unos a otros?» Por eso, cuando habla de los de fuera, dice: «Si es posible, en cuanto de vosotros dependa, tened paz con todos los hombres»; mas cuando habla de los suyos, dice: «Amándoos unos a otros con amor fraterno.» Porque en aquel caso exige abstenerse de riñas, de odio y de aversión; pero aquí, además, el amar, y no meramente amar, sino amar como parientes. Pues el amor no sólo ha de ser sin fingimiento, sino también intenso, cálido y ardiente. Porque ¿de qué serviría amar sin engaño y no amar con ardor? Por eso dice: «con amor fraterno unos a otros», esto es, sed amigos, y amigos fervientes. No aguardes a ser amado por otro, sino adelántate tú y sé el primero en comenzar; pues así recogerás también el fruto de su amor. Habiendo, pues, mencionado la razón por la que debemos amarnos, nos dice también el modo en que ese afecto puede crecer inmutable, prosiguiendo: «Previniéndoos unos a otros en la honra.» Porque éste es el modo en que el afecto se engendra, y también, una vez engendrado, permanece. Y no hay nada que haga tanto los amigos como el empeño ferviente en aventajar al prójimo en honrarlo.
«En la solicitud, no perezosos.» Porque también esto engendra amor, cuando con la honra mostramos además prontitud en proteger; pues no hay nada que haga a los hombres tan amados como la honra y la providencia. Porque no basta amar, sino que ha de haber también esto; o más bien, esto mismo proviene del amar, así como el amar toma su calor de esto, y se confirman mutuamente. Pues hay muchos que aman con la mente y, sin embargo, no extienden la mano. Por eso emplea todos los medios para edificar el amor. «Fervientes en el espíritu.» Ved cómo en todo aspira a los grados más altos: pues no dice sólo «dad», sino «con largueza»; ni «presidid», sino «hacedlo con solicitud»; ni «haced misericordia», sino «con alegría»; ni «honrad», sino «previniéndoos unos a otros»; ni «amad», sino «sin fingimiento»; ni «absteneos del mal», sino «odiadlo»; ni «adheríos al bien», sino «uníos a él»; ni «amad», sino «con afecto fraterno»; ni «sed solícitos», sino «sin pereza»; ni «tened el Espíritu», sino «tenedlo ferviente», esto es, que estéis encendidos y despiertos. Porque si tenéis lo antes dicho, atraeréis a vosotros el Espíritu; y si Éste permanece con vosotros, os hará buenos para aquellos fines, y todo será fácil por el Espíritu y por el amor, mientras ardéis por ambos lados. ¿No veis los toros que llevan una llama sobre el lomo, cómo nadie puede resistirlos? Así también tú serás más de lo que el diablo pueda soportar, si tomas ambas llamas. «Sirviendo al Señor.» Porque es posible servir a Dios en todas estas cosas, ya que cuanto haces a tu hermano pasa a tu Señor, y Él, como si Él mismo lo hubiera recibido, te contará el premio en consecuencia. ¡Ved a qué altura ha elevado el ánimo del hombre que obra estas cosas!
«Alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación, perseverantes en la oración.» Porque todas estas cosas son combustible para aquel fuego. Pues habiendo exigido el gasto del dinero y el trabajo de la persona, el presidir, el celo, el enseñar y otras laboriosas ocupaciones, provee de nuevo al luchador de amor, de Espíritu, por medio de la esperanza. Porque no hay nada que haga al alma tan animosa y dispuesta a todo como una buena esperanza. Luego, aun antes de los bienes esperados, da otra recompensa; pues, siendo la esperanza de las cosas venideras, dice: «pacientes en la tribulación». Y antes de las cosas venideras, ya en esta vida presente sacarás un gran bien de la tribulación: el hacerte robusto y probado. Y tras esto les ofrece otro auxilio, diciendo: «perseverantes en la oración». Cuando, pues, el amor allana las cosas, y el Espíritu ayuda, y la esperanza aligera, y la tribulación te hace probado y apto para soportarlo todo noblemente, y tienes además otra grandísima arma, a saber, la oración y los auxilios que de ella provienen, ¿qué dificultad puede quedar en lo que manda? Ninguna, ciertamente. Ved cómo por todos los medios da firme pie al luchador y muestra que los mandatos son del todo fáciles.
«Comunicando con las necesidades de los santos.» No dice «dad a», sino «comunicad con las necesidades de los santos», para mostrar que reciben más de lo que dan, que es asunto de intercambio, porque es comunidad. ¿Aportas tú dinero? Ellos te aportan confianza ante Dios. «Practicando la hospitalidad.» No dice «haciéndola», sino «practicándola» con empeño, para enseñarnos a no aguardar a los que la pidan, ni a ver cuándo vendrán a nosotros, sino a correr hacia ellos y a darnos con ahínco a buscarlos.
«Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis.» Después de enseñarles cómo deben estar dispuestos unos hacia otros, y tras haber unido estrechamente los miembros en uno, pasa luego a conducirlos a la batalla de fuera, que desde aquí les hace más fácil. Pues así como quien no ha llevado bien las cosas con los de su propio bando hallará mayor dificultad en concertar los asuntos con los extraños, así quien se ha ejercitado debidamente entre éstos aventajará con más facilidad también a los de fuera. Por eso Pablo, prosiguiendo su camino, tras lo uno pone lo otro, y dice: «Bendecid a los que os persiguen.» No dijo «no seáis rencorosos ni vengativos», sino que exigió algo mucho mejor. Pues aquello podría hacerlo un hombre sabio, mas esto es propio de un ángel. Y tras decir «bendecid», prosigue: «y no maldigáis», no sea que hagamos lo uno y lo otro, y no sólo lo primero. Porque los que nos persiguen son proveedores de un premio para nosotros. Mas si eres sensato, habrá aún otro premio después de aquél, que ganarás tú mismo. Porque aquél te dará el premio por la persecución, mas tú te darás a ti mismo el que proviene de la bendición del otro, en cuanto ofreces una grandísima señal de amor a Cristo. Pues así como el que maldice a su perseguidor muestra que no le agrada mucho padecer esto por Cristo, así el que bendice muestra la grandeza de su amor. No lo injuries, pues, para que tú mismo ganes el mayor premio y le enseñes que la cosa es cuestión de voluntad, no de necesidad; de fiesta y de gozo, no de calamidad ni de abatimiento. Por esta causa dijo el mismo Cristo: «Alegraos cuando los hombres digan contra vosotros toda suerte de mal falsamente.» De aquí también que los Apóstoles se volvieron con gozo, no sólo por haber sido difamados, sino también por haber sido azotados. Pues, además de lo que he dicho, habrá otra ganancia, y no pequeña, que obtendrás: el avergonzar así a tus adversarios y el instruirlos con tus obras de que caminas hacia otra vida; pues si te ve gozoso y elevado por sufrir el mal, verá claramente por tus obras que tienes otras esperanzas mayores que las de esta vida. De modo que, si no obras así, sino que lloras y te lamentas, ¿cómo podrá aprender de ahí que aguardas otra vida? Y además de esto, alcanzarás aún otra cosa: pues con tal que te vea no afligido por las afrentas que se te hacen, sino aun bendiciéndolo, dejará de hostigarte. Ved, pues, cuánto bien proviene de esto: un premio mayor para ti, una tentación menor, y él dejará de perseguirte, y Dios será glorificado; y para el que está en el error, tu paciencia será enseñanza de piedad. Por esta razón mandó devolver con lo contrario, no sólo a los que nos injurian, sino aun a los que nos persiguen y nos maltratan. Y ahora manda bendecir, mas al proseguir los exhorta a hacerles bien también con obras.
«Alegraos con los que se alegran, llorad con los que lloran.» Puesto que es posible bendecir y no maldecir, y sin embargo no hacer esto por amor, quiere que estemos penetrados por entero del calor de la amistad. Y por eso prosigue con estas palabras: que no sólo hemos de bendecir, sino aun compadecernos de sus penas y sufrimientos, siempre que los veamos caídos en la aflicción. «Sí —se dirá—, pero se comprende por qué mandó compartir los dolores de los que lloran; mas ¿por qué mandó lo otro, siendo cosa de no tanta monta?» Ahora bien, esto requiere un temple cristiano más elevado: alegrarse con los que se alegran, más que llorar con los que lloran. Pues esto último la naturaleza misma lo cumple perfectamente, y no hay nadie tan duro de corazón que no llore sobre el que está en calamidad; mas lo otro requiere un alma muy noble, para no sólo abstenerse de la envidia, sino aun sentir placer con la persona que está en estima. Y por eso lo puso primero. Porque no hay nada que ate el amor tan firmemente como el compartir el uno con el otro tanto el gozo como el dolor. No, pues, porque tú estés lejos de dificultades, te mantengas apartado también de compadecer. Pues cuando tu prójimo es maltratado, debes hacer tuya la calamidad. Toma, pues, parte en sus lágrimas, para aligerar su abatimiento; toma parte en su gozo, para que el gozo eche hondas raíces y afiance firmemente el amor, sirviéndote a ti mismo más que a él al obrar así: con tu llanto haciéndote misericordioso, y con sentir su placer purgándote de la envidia y del rencor. Y reparad en la consideración de Pablo: pues no dice «poned fin a la calamidad», no sea que en muchos casos digas que es imposible, sino que ha mandado lo más fácil y lo que está en tu mano. Porque, aunque no puedas quitar el mal, aporta lágrimas y quitarás la peor mitad; y si no puedes acrecentar la prosperidad de un hombre, aporta gozo y le habrás hecho una gran añadidura. Por tanto, no es sólo el abstenerse de la envidia, sino algo mucho mayor, a lo que nos exhorta, a saber, el participar en el placer ajeno. Pues esto es mucho mayor que el no envidiar.
«Sed de un mismo sentir unos hacia otros. No penséis en cosas altas, sino consentid en las humildes.» Aquí de nuevo insiste mucho en la humildad de espíritu, el tema con que había comenzado esta exhortación. Porque era probable que estuviesen llenos de altivez, tanto por causa de su ciudad como por otras varias razones; por eso va extrayendo de continuo la materia morbosa y rebaja la inflamación. Pues no hay nada que produzca tales cismas en las Iglesias como la vanidad. ¿Y qué quiere decir con «sed de un mismo sentir unos hacia otros»? ¿Ha entrado un pobre en tu casa? Sé semejante a él en tu porte, no te des ningún aire desusado ni pomposo a causa de tus riquezas. No hay rico ni pobre en Cristo. No te avergüences, pues, de él por su vestido exterior, sino recíbelo por su fe interior. Y si lo ves afligido, no desdeñes consolarlo; ni, si lo ves en prosperidad, te avergüences de compartir su placer y alegrarte con él, sino sé para con él del mismo sentir que serías en tu propio caso. Porque dice: «Sed de un mismo sentir unos hacia otros.» Por ejemplo, si te tienes por gran hombre, tenlo también a él por tal; ¿sospechas que él es vil y pequeño? Pues bien, pronuncia esta misma sentencia sobre ti mismo, y desecha toda desigualdad. ¿Y cómo ha de ser esto? Desechando ese temple temerario. Por lo cual prosigue: «No penséis en cosas altas, sino consentid en las humildes.» Esto es: abájate a su humilde condición, trátate con ellos, camina con ellos; no seas humilde sólo en la mente, sino ayúdalos también y tiéndeles tu mano, no por medio de otros, sino en tu propia persona, como un padre que cuida de un hijo, como la cabeza que cuida del cuerpo. Como dice en otro lugar: «encadenados con los que están en cadenas». Mas aquí entiende por «los humildes» no meramente los de ánimo humilde, sino los de baja condición, y a los que uno suele desdeñar.
«No seáis sabios a vuestros propios ojos.» Esto es: no penséis que podéis bastaros a vosotros mismos. Porque también dice la Escritura en otro lugar: «¡Ay de los que son sabios a sus propios ojos y prudentes ante sí mismos!» Y con esto de nuevo va extrayendo secretamente la temeridad, y reduce la presunción y la hinchazón. Pues no hay nada que tanto engría a los hombres y los haga sentirse distintos de los demás como la idea de que pueden valerse por sí solos. Por lo cual Dios nos ha puesto en necesidad unos de otros; y aunque seas sabio, tendrás necesidad de otro; mas si piensas que no tienes necesidad de él, serás el más necio y flaco de los hombres. Porque un hombre de esta clase se despoja de todo auxilio, y en cualquier error en que caiga no tendrá el beneficio ni de la corrección ni del perdón, y provocará a Dios con su temeridad, y caerá en muchos errores. Porque sucede, y muchas veces, que un hombre sabio no percibe lo que es necesario, y un hombre de menor agudeza da con algo oportuno. Y esto acaeció con Moisés y su suegro, con Saúl y su siervo, y con Isaac y Rebeca. No supongas, pues, que te rebajas por necesitar de otro hombre; porque esto más bien te ensalza, esto te hace más fuerte, más ilustre y más seguro.
Homilía 21 + Homilía 22 sobre Romanos, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org
Evangelio (Joann. 2, 1-11)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Joánnem. In illo témpore: Núptiæ factæ sunt in Cana Galilǽæ: et erat Mater Jesu ibi. Vocátus est autem et Jesus, et discípuli ejus ad núptias. Et deficiénte vino, dicit Mater Jesu ad eum: Vinum non habent. Et dicit ei Jesus: Quid mihi et tibi est, mulier? nondum venit hora mea. Dicit Mater ejus minístris: Quodcúmque díxerit vobis, fácite. Erant autem ibi lapídeæ hýdriæ sex pósitæ secúndum purificatiónem Judæórum, capiéntes síngulæ metrétas binas vel ternas. Dicit eis Jesus: Implete hýdrias aqua. Et implevérunt eas usque ad summum. Et dicit eis Jesus: Hauríte nunc, et ferte architriclíno. Et tulérunt. Ut autem gustávit architriclínus aquam vinum fáctam, et non sciébat unde esset, minístri autem sciébant, qui háuserant aquam: vocat sponsum architriclínus, et dicit ei: Omnis homo primum bonum vinum ponit: et cum inebriáti fúerint, tunc id, quod detérius est. Tu autem servásti bonum vinum usque adhuc. Hoc fecit inítium signórum Jesus in Cana Galilǽæ: et manifestávit glóriam suam, et credidérunt in eum discípuli ejus.
Tres días después se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, donde se hallaba la madre de Jesús . Fue también convidado a las bodas Jesús con sus discípulos. Y como viniese a faltar el vino, dijo a Jesús su madre: No tienen vino. Le respondió Jesús : Mujer, ¿qué nos va a mí y a ti? Aún no es llegada mi hora. Dijo entonces su madre a los sirvientes: Haced lo que él os diga. Estaban allí seis tinajas de piedra, destinadas para las purificaciones de los judíos; en cada una de las cuales cabían dos o tres cántaras. Les dijo Jesús : Llenad de agua aquellas tinajas. Y las llenaron hasta arriba. Les dijo después Jesús : Sacad ahora en algún vaso, y llevadle al mayordomo. Lo hicieron así. Apenas probó el mayordomo el agua convertida en vino, como él no sabía de dónde era, aunque sabían los sirvientes que la habían sacado, llamó al esposo. Y le dijo: Todos sirven al principio el vino mejor; y cuando los convidados han bebido ya a satisfacción, sacan el más flojo: tú al contrario has reservado el buen vino para lo último. Así en Caná de Galilea hizo Jesús el primero de sus milagros, con que manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron más en él. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Juan 2, 1-11 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 20. Como el Señor era conocido en Galilea, lo invitaron a unas bodas. Por esto sigue: "De allí a tres días se celebraron unas bodas en Caná de Galilea".
Alcuino. Caná es un pueblecito de la provincia de Galilea.
Crisóstomo, ut sup. Llaman al Señor a las bodas, no como persona distinguida, sino como uno de muchos, y sencillamente porque era conocido. Para expresar esto, el Evangelista dice: "Y estaba la madre de Jesús allí". Y así como habían llamado a la Madre, llamaron también al Hijo. Por esto sigue: "Y fue también convidado Jesús y sus discípulos a las bodas, y acudió". Esto no afectaba a su dignidad, sino que sucedía en beneficio nuestro; porque Aquél que no desdeñó de tomar la forma de siervo, tampoco desdeñó el venir a las bodas de sus siervos.
San Agustín, De verb. Dom., serm. 41. Avergüéncese, por tanto, el hombre, de ser soberbio, porque Dios se humilló. Considera aquí cómo entre otras cosas el Hijo de la Virgen vino a las bodas, siendo así que cuando estaba con el Padre instituyó el matrimonio 1.
Beda, hom dom. 1 post. Epiph. Se dignó el Señor venir a las bodas (según está escrito), para confirmar la fe de los que creen bien. Además manifiesta cuán perjudicial sea la malicia de Taciano y Marción 2, y de otros que condenan el matrimonio. Si hubiese culpa en el matrimonio, celebrado con la debida castidad, y sombra de pecado en la santidad del lecho nupcial, de ninguna manera hubiese concurrido el Señor a las bodas; ahora bien, así como es buena la castidad conyugal, mejor es la continencia de los viudos, y óptima la perfección virginal. Se dignó nacer de las entrañas inmaculadas de la Virgen María, para demostrar la excelencia relativa de todos los grados, y distinguir el mérito de cada uno; fue bendecido a poco de nacer, por la palabra profética de la viuda Ana; fue convidado cuando ya era joven por los que celebraban sus bodas, y honró éstas con la presencia de su santidad.
San Agustín, in Ioannem, tract. 8. ¿Qué de extraño tiene que fuera a aquella casa donde se celebraban las bodas, Aquél que vino al mundo a celebrar las suyas? Porque tiene aquí a su Esposa, a quien redimió con su sangre, a quien concedió como obsequio el Espíritu Santo, y a la que se unió desde el vientre de la Virgen; porque en realidad el Verbo es el Esposo, y la carne humana es la Esposa. Y así el Hijo de Dios es las dos cosas, y a la vez el Hijo del hombre. Aquellas entrañas de la Virgen María son su lecho, de donde salió como sale el esposo de su lecho ( Sal 18,6).
Beda. No carece de misterio, cuando se dice que las bodas se celebraron en el tercer día. Aparece el primer tiempo del mundo, antes de la Ley, por el ejemplo de los Patriarcas. El segundo, bajo el dominio de la Ley, por medio de los escritos de los profetas. Y el tercer tiempo de la gracia brilló (como la luz del tercer día) por las predicaciones de los evangelistas, y en el cual fue cuando el Señor apareció vestido de nuestra carne. Además, como se dice que estas bodas se celebraron en Caná de Galilea (esto es, en el celo de la trasmigración) 3, se demuestra en sentido figurado que son muy dignos de la gracia de Jesucristo aquéllos que, distinguiéndose por el fervor de su piedad, pasan de los vicios a las virtudes, y saben que emigran de las cosas de la tierra a las del cielo. Estando ya recostado el Señor 4 en las bodas, faltó el vino, con el objeto de que se manifestase la gloria de Dios, oculta bajo la forma humana, por medio del vino de mejor condición. Por esto sigue: "Y llegando a faltar el vino, la Madre de Jesús le dice: No tienen vino".
Crisóstomo, ut sup. Es digno de notarse cómo vino a la imaginación de la Madre haber concebido un concepto tan elevado de su Hijo, siendo así que hasta entonces ningún milagro había hecho. Prosigue: "Esto sirvió de principio a los milagros de Jesucristo, etc." Pero ya había empezado a revelarse tal como era por medio de San Juan, y por las palabras que decía a sus discípulos. Además, antes de todo esto, su concepción y cuanto siguió a su nacimiento habían hecho concebir grande estimación respecto de aquel Niño. Por esto dice San Lucas: "María conservaba todas estas palabras, examinándolas en su corazón" ( Lc 2,19). Esta es la causa por la cual ya antes no le había incitado a que hiciese milagro alguno, mas ya había llegado el tiempo de su manifestación, y hasta entonces había hablado como uno de muchos, por lo que no presumía su madre deberle decir tal cosa. Y como oyó que Juan daba testimonio de El, y como ya tenía discípulos, ruega con confianza al Señor respecto de esto mismo.
Alcuino. Representa también en este caso a la sinagoga, que invita al Salvador a que haga milagros; porque era costumbre entre los judíos el pedir milagros.
Alcuino. Prosigue: Y Jesús le dijo: "Mujer, ¿qué hay de común entre tú y yo?"
San Agustín, in Ioannem, tract. 8, sparsim. Algunos, contrariando el Evangelio, y diciendo que Jesús no nació de la Virgen María, se esfuerzan en sacar de aquí un argumento para confirmar un error, y dicen: ¿Cómo puede creerse que era su madre, aquélla a quien dijo: "Mujer, ¿qué hay de común entre tú y yo?" Pero ¿quién refiere, para que le demos crédito, que el Señor dijo esas palabras? Pues el mismo Evangelista San Juan, que poco antes había dicho: "Y estaba allí la madre de Jesús". ¿Y por qué esto, sino porque una y otra cosa son verdad? ¿O es que Jesús vino a las bodas para enseñar a despreciar a las madres?
Crisóstomo. Pero que respetaba mucho a su madre, lo refiere San Lucas cuando manifiesta que Jesús vivía sometido a sus padres; porque cuando los padres no prohiben lo que agrada a Dios, hay obligación de obedecerles. Mas cuando fuera del tiempo oportuno pretenden algo, o tratan de separarnos de las cosas espirituales, no es seguro el obedecerles.
San Agustín, De Symbolo, 2, 4. Para distinguir entre Dios y el hombre (porque en cuanto a hombre, era menor y estaba sujeto, y en cuanto a Dios, estaba por encima de todos), dijo: "Mujer, ¿qué hay de común entre tú y yo?"
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 20 et 21. Y además por otra causa; para que no se hiciesen sospechosos sus milagros -pues no convenía que los pidiese su Madre, sino aquéllos que los necesitaban-, quiso mostrar que todo debía ser hecho en tiempo oportuno, no haciéndolos todos a la vez, porque resultaría cierta confusión. Por lo cual sigue: "Aun no es llegada la hora", esto es, todavía no soy conocido por los que están aquí presentes, ni saben que falta vino; deja, pues, que lo sepan primero. Porque el que no tiene necesidad no agradece el beneficio.
San Agustín, ut sup. Procurad, no obstante, no incurrir en el error de los maniqueos 5, que buscaban motivo a sus pérfidos designios en las mismas palabras del Señor, que dice: "¿Qué hay de común entre nosotros dos, mujer?" Y aquí los matemáticos 6 hallan pretexto para sus sofismas, cuando Cristo dijo: "Aun no es llegada mi hora". Ved aquí, dicen, que Cristo estaba sujeto a la fatalidad, cuando dice: "No ha llegado mi hora". Pero deben más bien creer a Dios, que también dice: "Tengo poder para deponer mi alma, y volver a tomarla de nuevo" ( Jn 10,18). Y busquen la verdadera explicación de por qué se dijo: "Aun no es llegada mi hora", para que no pongan al Creador del cielo bajo los caprichos del hado 7. Porque si el hado dependiera de los astros, no podría estar sometido a los astros el Creador de los astros. A esto debe agregarse que no sólo no estuvo Jesucristo bajo el poder de lo que ellos denominan hado, pero ni tú ni nadie. ¿Por qué, pues, dijo: "Aun no es llegada mi hora"? Porque estaba en su mano el tiempo en que había de morir, pero aún no le parecía tiempo oportuno para usar de tal poder. Habían de ser llamados primeramente los discípulos; se había de anunciar el reino de los cielos; se habían de ostentar los prodigios de su misión, para fundamentar en milagros la divinidad del Señor, y recomendarse la humildad en la misma sumisión a las leyes de nuestra mortalidad. Cuando todo esto se hizo de manera que las pruebas fuesen irrecusables, entonces fue la hora, no de la necesidad, sino de manifestar su voluntad; no de la condición, sino de su poder.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 21. Aunque había dicho "no es llegada mi hora", al fin hizo lo que su Madre le había pedido. Y así prueba suficientemente que no estaba sujeto a horas. Pues si lo hubiese estado, ¿cómo hizo esto cuando aun no había llegado la hora debida? Además, por honra de su madre, a quien no creía oportuno contradecir, ni quería avergonzar delante de todos; pues ésta le había traído a los que servían para que la petición se hiciese por muchos. Por esto sigue: "Dijo la madre de El a los que servían: Haced cuanto El os dijere".
Beda. Como diciendo: Aunque parece que se niega, lo hará sin embargo. La madre sabía, pues, que era bueno y caritativo. Prosigue: "Y había allí seis hidrias de piedra", etcétera. Se llaman hidrias a unos cántaros a propósito para llevar agua, del griego udwr que significa agua.
Alcuino. Los vasos que tenían para llevar agua con el fin de que se purificasen los judíos eran los que tradicionalmente empleaban los fariseos, que también tenían esta costumbre, y que con frecuencia se lavaban.
Crisóstomo, ut sup. Mas como Palestina era escasa de agua, y ésta no se encontraba en muchos sitios por haber pocas fuentes y pozos, llenaban las hidrias de agua para no tener que volver muchas veces, porque en cuanto se manchaban tenían cerca el medio de purificarse. Y para que los infieles no sospechasen que de los restos que habían quedado en el fondo de los vasos, después de haber introducido el agua, hizo aquel vino tan exquisito, por eso dice el Evangelista: "Conforme a la purificación de los judíos"; manifestando que aquellas hidrias nunca habían estado destinadas a contener vino.
San Agustín, in Ioannem, tract. 9. Con la palabra metretas significa ciertas medidas, como si dijera urnas o cántaros, o algo por el estilo; la palabra medida en griego es metron; de aquí el que se llamen metretas.
Beda. Y cuando dice las palabras "dos o tres", no quiere decir que en unas urnas cupiesen tres y en otras dos medidas, sino que todas ellas servían indiferentemente para dos o para tres medidas.
Beda. Prosigue: "Jesús les dijo: Llenad las hidrias de agua. Y las llenaron hasta arriba".
Crisóstomo, ut sup. Pero ¿por qué no hizo el milagro antes que las hidrias fuesen llenas de agua? Porque hubiese sido mucho más admirable si hubiese sacado aquella sustancia de la nada y hubiese brillado mucho más el milagro, toda vez que allí no hubo otra cosa que el cambio de una esencia en otra. Esto, en verdad, hubiera sido más prodigioso; pero muchos, en cambio, no lo hubiesen creído. Por esta razón se abstiene muchas veces de hacer milagros estupendos, queriendo hacer más creíble lo que hacía, y con esto destruía las malas doctrinas. Y como hay algunos que dicen que hay otro Creador del mundo, El hace muchos milagros con las sustancias que le están sometidas; pues si el que ha creado el mundo fuera contrario al Salvador, éste no se valdría de medios ajenos para probar su propia virtud. Pero no las llenó El mismo de agua y mostró después el vino, sino que mandó a los que servían para que fuesen testigos de lo que acontecía. Por esto sigue: "Y Jesús les dijo: Sacad ahora, y llevad al maestresala".
Alcuino. La palabra Architriclino quiere decir jefe del triclinio, y triclinio quiere decir una fila de tres asientos, del griego klinh ; esto es, el primero de los convidados, que, según se acostumbraba antiguamente, se recostaba 1 en el primer lugar. Alguno entiende por architriclino a alguno de los sacerdotes de los judíos, que podía asistir a las bodas para que instruyese a los esposos acerca de éstas.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 25. Otros creen que, como los convidados podían estar embriagados, era fácil que creyesen que se habían trastornado las cosas, y que no supieran si era agua o vino lo que bebían; mas aquellos a quienes estaba confiado el cuidado de los que asistían al convite, vigilaban mucho para que nada faltase y todo estuviese a punto y en orden. Por lo tanto, en testimonio de lo que sucedía, dijo el Señor: "Llevad al maestresala", porque era quien tenía el cuidado. Y no dijo: servid a los convidados.
San Hilario, De Trin., 1, 3. He aquí que se echó agua en las hidrias y de ellas se sacó vino, que se vaciaba en las copas. Así sucede que la opinión de los que echaron el agua difiere de la opinión de los que bebían. Los que las llenaron creían que saldría agua, mas los que las vaciaban veían que salía vino. Por esto sigue: "Y luego que gustó el maestresala el agua hecha vino, y no sabía de dónde era (pero los que servían sabían muy bien que habían echado agua), llamó al esposo el maestresala". Y en ello no hubo mezcla, sino creación; faltó la sencillez del agua, y apareció el sabor del vino. No acontece que por la mezcla de un líquido de inferior calidad se obtiene otro superior, sino que realmente desaparece lo que era y aparece lo que no existía.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 21. El Señor quería que sus milagros fuesen conocidos poco a poco, y por lo tanto ni El revelaba lo que había hecho, ni el maestresala llamó a los sirvientes (porque no se les hubiera creído, si ellos hubiesen dado tal testimonio de alguien a quien se consideraba un mero hombre), sino que llama al esposo, que era quien podía haber visto lo que había sucedido. Y Jesucristo no hizo vino sencillamente, sino un vino exquisito. Por esto sigue: "Y le dijo: Todo hombre sirve primero el buen vino", etc. Tales son los milagros de Jesucristo, que todo lo que hace es mucho más útil y hermoso que lo que se hace por la naturaleza. Por lo tanto, tuvo por testigos a los sirvientes, de que en realidad era agua lo que se había convertido en vino, y de que el vino era bueno, al maestresala y al esposo. Y es probable que el esposo respondería, pero el Evangelio nada dice de esto, ocupándose únicamente de lo que era necesario saber; esto es, que el agua se había convertido en vino. Por lo que añade en seguida: "Este fue el primer milagro que hizo Jesús en Caná de Galilea".
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 22. Entonces era necesario hacer milagros, porque los discípulos ya estaban reunidos y atentos, fijándose en todas las cosas que sucedían claramente. Mas si alguno dijese que esto no era razón suficiente sobre que era el principio de los milagros -porque el Evangelista añadió "En Caná de Galilea", como significando que ya se habían hecho primero en otra parte-, diremos lo que ya antes hemos advertido: que dijo San Juan haber él venido a bautizar para darlo a conocer en Israel ( Jn 1,31). Y si hubiera hecho milagros en su niñez, los israelitas no hubieran necesitado de otro que se lo manifestase. Y el que en poco tiempo brilló tanto por sus muchos milagros, que su nombre fue conocido de todos, mucho más lo hubiera sido si hubiera hecho milagros desde sus primeros años, porque los milagros que se hubiesen hecho por El siendo niño, hubieran sido más portentosos por proceder de un infante, y había además más tiempo para que se extendieran. Muy convenientemente no empezó a hacer milagros en la primera edad, porque hubiesen creído que la Encarnación era sólo aparente, y lo hubieran crucificado antes del tiempo oportuno, acosados por la envidia.
San Agustín, in Ioannem, tract. 9. Este milagro del Señor, por el que convirtió el agua en vino, no llama la atención a los que conocen que es Dios el que lo hace; el mismo que hizo el vino en las hidrias es el que todos los años lo está haciendo en las viñas. Pero esto, por suceder siempre, ya no causa admiración. Y así el Señor se reservó el hacer ciertas cosas que no suceden con frecuencia, para excitar la admiración de los hombres que duermen e inducirlos a la adoración que le deben. Por lo que sigue: "Y manifestó su gloria".
Alcuino. El es el Rey de la gloria, quien transforma también los elementos como Señor de ellos.
Crisóstomo, ut sup. Y esto en cuanto a su poder. Y si entonces no lo conocieron muchos, sin embargo, después todos habían de oír hablar del milagro. Por esto sigue: "Y creyeron en El sus discípulos". Estos debían creer con más facilidad y atender diligentemente a todo lo que hacía.
San Agustín, De cons evang. 2, 17. Mas si entonces creyeron en El, todavía no eran discípulos suyos cuando fueron convidados a las bodas. Mas se dijo así, de a la misma manera que solemos decir que el apóstol San Pablo nació en Tarso de Cilicia, pues cuando nació aún no era apóstol. A semejanza de esto, cuando oímos decir que los discípulos del Señor fueron convidados a las bodas, debemos entender que no eran discípulos aún, sino que lo serían con el tiempo.
San Agustín, ut sup. Véanse los misterios que se encierran en estos milagros del Señor. Convenía que se cumpliese en Jesucristo lo que se había escrito acerca de El. Aquélla era agua, pero del agua hizo vino cuando les iluminó sus inteligencias y les explicó las Escrituras. Así tuvo sabor lo que no lo tenía, y embriagó lo que no embriagaba.
Beda. Cuando el Señor apareció en carne mortal, la suavidad del conocimiento de la Ley, parecida al vino, poco a poco empezó a corromperse por la interpretación material que le daban los fariseos, alejándose de su primitiva virtud.
San Agustín, ut sup. Si hubiese mandado quitar el agua y hubiese introducido vino, puesto que conoce los secretos de la creación humana, hubiese parecido que desaprobaba las antiguas Escrituras 2. Mas como convirtió el agua en vino, nos dio a conocer que la Escritura antigua le pertenecía, porque en virtud de su mandato se llenaron las hidrias. Mas aquella Escritura no tiene sabor, si no se comprende en ella a Jesucristo. Sabemos también que la Ley data desde los primeros tiempos, esto es desde el principio del mundo, desde donde hasta nuestros días se cuentan seis edades: la primera data desde Adán hasta Noé; la segunda, desde Noé hasta Abraham; la tercera, desde Abraham hasta David; la cuarta, desde David hasta la trasmigración de Babilonia 3; la quinta, hasta el Bautista (San Juan Bautista), y la sexta desde aquí hasta el fin del mundo. Aquellas seis hidrias representan estas seis edades, en las cuales nunca faltó alguna profecía. Y cuando se cumplieron las profecías se llenaron las hidrias. Y ¿qué representa aquello de que cabían dos o tres cántaros? Si solamente hubiese dicho que cabían tres, nuestra imaginación no hubiese creído otra cosa sino que se refería al misterio de la Trinidad. Pero ni aun así debemos separarnos de esta idea, porque dijo dos o tres, en atención a que una vez nombrado el Padre y el Hijo, debe entenderse, como consecuencia, el Espíritu Santo. Conviene, por lo tanto, entender, el amor del Padre y del Hijo (que es el Espíritu Santo). Pero también puede entenderse otra cosa; por dos metretas se entienden las dos clases de hombres; esto es, los judíos y los griegos. Y por tres, los tres hijos de Noé.
Alcuino. Los servidores son los doctores del Nuevo Testamento que explican las Escrituras a otros en sentido espiritual. El maestresala es algún doctor de la Ley, como Nicodemo, Gamaliel o Saulo. Cuando se confió a éstos la predicación del Evangelio, que se ocultaba en la letra de la Ley, representaban al maestresala, a quien se le daba a gustar el vino hecho del agua. Y en la casa de las bodas había tres clases de hombres recostados, como en la Iglesia hay tres clases de fieles, a saber: casados, continentes y doctores. Pero el Señor reservó el vino exquisito para el final; esto es, el Evangelio, que llegó en la sexta edad.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena