sábado, 15 de enero de 2039
San Pablo, primer Ermitaño
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (Philipp. 3, 7-12)
Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Philippénses Fratres: Quæ mihi fuérunt lucra, hæc arbitrátus sum propter Christum defriménta. Verúmtamen exístimo ómnia detriméntum esse propter eminéntem sciéntiam Jesu Christi, Dómini mei: propter quem ómnia detriméntum feci et árbitror ut stércora, ut Christum lucrifáciam et invéniar in illo, non habens meam justítiam, quæ ex lege est, sed illam, quæ ex fide est Christi Jesu: quæ ex Deo est justítia in fide, ad cognoscéndum illum, et virtútem resurrectiónis ejus, et societátem passiónum illíus: configurátus morti ejus: si quo modo occúrram ad resurrectiónem, quæ est ex mórtuis: non quod jam accéperim aut jam perféctus sim: sequor autem, si quo modo comprehéndam, in quo et comprehénsus sum a Christo Jesu.
Pero estas cosas que antes las consideraba yo como ventajas mías, me han parecido desventajas y pérdidas al poner los ojos en Jesucristo. Y en verdad, todo lo tengo por pérdida o desventaja, en cotejo del sublime conocimiento de mi Señor Jesucristo, por cuyo amor he abandonado y perdido todas las cosas, y las miro como basura, por ganar a Cristo , y en él hallarme, no con tener la justicia mía, la cual es la que viene de la ley, sino aquella que nace de la fe de Jesucristo, la justicia que viene de Dios por la fe, a fin de conocerle a él, esto es, a Cristo , y la eficacia de su resurrección , y participar de sus penas, asemejándome a su muerte, de modo que al cabo pueda arribar a merecer la resurrección gloriosa de los muertos; no que lo haya logrado ya todo, ni llegado a la perfección de asemejarme a Cristo ; pero yo sigo mi carrera para ver si alcanzo aquello para lo cual fui destinado, o llamado, por Jesucristo. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Homilía 11 sobre Filipenses — San Juan Crisóstomo
Mas las cosas que para mí eran ganancia, las he reputado por pérdida a causa de Cristo. Y en verdad, todas las cosas las reputo por pérdida ante la eminencia del conocimiento de Cristo Jesús mi Señor, por cuyo amor todo lo he perdido, y lo tengo por estiércol, con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él, no teniendo justicia propia, la que viene de la ley, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que viene de Dios.
En nuestros combates con los herejes debemos acometer con el ánimo vigoroso, para que puedan prestar exacta atención. Comenzaré, pues, el presente discurso donde acabó el anterior. ¿Y cuál fue? Después de enumerar toda jactancia judía, así la que provenía de su nacimiento como la que era de su elección, añadió: Mas las cosas que para mí eran ganancia, las he reputado por pérdida ante la eminencia del conocimiento de Cristo Jesús mi Señor; por cuyo amor todo lo he perdido, y lo tengo por estiércol, con tal de ganar a Cristo. Aquí se lanzan los herejes al ataque; pues aun esto proviene de la sabiduría del Espíritu: sugerirles esperanzas de victoria, para que emprendan la lucha.
Porque si se hubiera dicho abiertamente, habrían obrado aquí como han hecho en otros lugares: habrían borrado las palabras, habrían negado la Escritura, al no poder en modo alguno mirarla de frente. Mas, como sucede con los peces, aquello que puede prenderlos está oculto para que suban a la superficie, y no queda a la vista; esto mismo ha acontecido en verdad también aquí. La Ley, dicen, es llamada estiércol por Pablo, es llamada pérdida. Dice que no le fue posible ganar a Cristo sino padeciendo esta pérdida. Todo esto indujo a los herejes a aceptar este pasaje, juzgándolo favorable a ellos; mas cuando lo hubieron tomado, entonces los encerró por todas partes con sus redes. Pues ¿qué dicen ellos mismos? ¡Mirad! La Ley es pérdida, es estiércol; ¿cómo, pues, decís que es de Dios?
Pero estas mismas palabras son favorables a la Ley, y cómo lo son se hará desde aquí manifiesto. Atendamos con exactitud a sus mismas palabras. No dijo: La Ley es pérdida, sino: La he reputado por pérdida. Mas cuando habló de la ganancia, no dijo: Las reputé, sino: Eran ganancia. Pero cuando habló de la pérdida dijo: Reputé; y esto con razón: pues lo primero lo era por naturaleza, mas lo segundo llegó a serlo por mi juicio. ¿Qué, pues? ¿No es así?, dice. Es pérdida a causa de Cristo.
¿Y cómo se hizo la Ley ganancia? Y no fue reputada ganancia, sino que lo era. Pues considerad cuán grande cosa fue conducir a los hombres, embrutecidos en su naturaleza, a la figura de hombres. Si la Ley no hubiera existido, no se habría dado la gracia. ¿Por qué? Porque vino a ser como un puente; pues cuando era imposible subir a lo alto desde un estado de gran abatimiento, se formó una escala. Mas quien ya ha subido no tiene ya necesidad de la escala; y con todo no la desprecia, antes le está agradecido. Porque lo ha colocado en tal posición que ya no la necesita. Y aun por esta misma razón, porque no la necesita, es justo que reconozca su deuda, pues no podía volar hacia lo alto. Y así es con la Ley: nos ha conducido a lo alto; por lo cual era ganancia, mas en adelante la estimamos pérdida. ¿Cómo? No porque sea pérdida, sino porque la gracia es mucho mayor. Pues como un pobre que padecía hambre, mientras tiene plata escapa del hambre, mas cuando halla oro, y no le es lícito guardar ambas cosas, tiene por pérdida retener la primera, y, arrojándola, toma la moneda de oro; así también aquí: no porque la plata sea pérdida, pues no lo es, sino porque es imposible tomar ambas a la vez, y es necesario dejar una. No es, pues, pérdida la Ley, sino el adherirse el hombre a la Ley y abandonar a Cristo. Por lo cual es entonces pérdida, cuando nos aparta de Cristo; mas si nos envía hacia Él, ya no lo es. Por esta causa dice: pérdida a causa de Cristo; si es a causa de Cristo, no lo es por naturaleza. Mas ¿por qué no nos permite la Ley venir a Cristo? Para esto mismo, nos dice, fue dada. Y Cristo es el cumplimiento de la Ley, y Cristo es el fin de la Ley. Sí nos lo permite, si queremos. Porque Cristo es el fin de la Ley. Quien obedece a la Ley, deja la Ley misma. Nos lo permite, si atendemos a ella; mas si no atendemos, no nos lo permite. Y en verdad, todo lo he reputado por pérdida. ¿Por qué, quiere decir, digo yo esto de la Ley? ¿No es bueno el mundo? ¿No es buena la vida presente? Mas si me apartan de Cristo, tengo estas cosas por pérdida. ¿Por qué? Ante la eminencia del conocimiento de Jesucristo mi Señor. Pues cuando ha aparecido el sol, es pérdida sentarse junto a una candela; de suerte que la pérdida viene por comparación, por la superioridad de lo otro. Ved que Pablo hace la comparación por superioridad, no por diversidad de género; pues lo que es superior, es superior a algo de naturaleza semejante a sí. De modo que muestra la conexión de aquel conocimiento por los mismos medios con que saca la superioridad de la comparación. Por cuyo amor todo lo he perdido, y lo tengo por estiércol, con tal de ganar a Cristo. Aún no está manifiesto si habla de la Ley, pues es probable que lo aplique a las cosas de este mundo. Porque cuando dice: las cosas que para mí eran ganancia, ésas he reputado pérdida a causa de Cristo; y en verdad, añade, todo lo reputo pérdida. Aunque dijo todas las cosas, con todo son las cosas presentes; y si quieres que sea también la Ley, ni aun así se la injuria. Pues el estiércol proviene del trigo, y la fuerza del trigo es el estiércol, quiero decir, la paja. Mas como el estiércol era útil en su estado anterior, de suerte que lo recogemos junto con el trigo, y si no hubiera habido estiércol, no habría habido trigo, así también es con la Ley.
¿Veis cómo por todas partes la llama pérdida, no en sí misma, sino a causa de Cristo? Y en verdad, todo lo reputo por pérdida. ¿Por qué de nuevo? Ante la eminencia del conocimiento de Él, por cuyo amor todo lo he perdido. Y otra vez, ¿por qué también todo lo reputo por pérdida? Con tal de ganar a Cristo.
Ved cómo, desde todo punto, se aferra a Cristo como su fundamento, y no permite que la Ley quede en parte alguna expuesta ni reciba golpe, sino que la guarda por todos lados. Y para ser hallado en Él, no teniendo justicia propia, la que viene de la Ley. Si quien tenía justicia corrió a esta otra justicia porque la suya no era nada, ¿cuánto más deben correr a Él los que no la tienen? Y bien dijo: justicia propia mía, no la que gané con trabajo y fatiga, sino la que hallé de la gracia. Si, pues, quien era tan eminente se salva por la gracia, mucho más vosotros. Porque, como era probable que dijeran que la justicia que viene de la fatiga es la mayor, muestra que es estiércol en comparación con la otra. Pues de otro modo yo, que era tan eminente en ella, no la habría arrojado para correr a la otra. Mas ¿cuál es esa otra? La que viene de la fe de Dios, es decir, también ella es dada por Dios. Ésta es la justicia de Dios; ésta es enteramente un don. Y los dones de Dios sobrepujan con mucho aquellas viles buenas obras que se deben a nuestra propia diligencia.
Mas ¿qué significa: Por la fe, para conocerle a Él? Así pues, el conocimiento es por la fe, y sin fe es imposible conocerle. ¿Cómo así? Por ella hemos de conocer la virtud de su resurrección. Pues ¿qué razón puede demostrarnos la Resurrección? Ninguna, sino sólo la fe. Porque si la resurrección de Cristo, que fue según la carne, se conoce por la fe, ¿cómo podrá comprenderse por el razonamiento la generación del Verbo de Dios? Pues la resurrección es menor que la generación. ¿Por qué? Porque de aquélla ha habido muchos ejemplos, mas de ésta ninguno jamás; pues muchos muertos resucitaron antes de Cristo, aunque después de su resurrección murieron, mas nadie nació jamás de una virgen. Si, pues, hemos de comprender por la fe lo que es inferior a la generación según la carne, ¿cómo podrá comprenderse por la razón lo que es mucho mayor, inmensa e incomparablemente mayor? Estas cosas obran la justicia; esto hemos de creer que Él pudo hacerlo, mas cómo pudo no lo podemos probar. Pues de la fe procede la participación de sus padecimientos. Mas ¿cómo? Si no hubiéramos creído, tampoco habríamos padecido; si no hubiéramos creído que, si con Él sufrimos, con Él también reinaremos, no habríamos soportado los padecimientos. Tanto la generación como la resurrección se comprenden por la fe. ¿Veis que la fe no ha de ser sola, sino por medio de las buenas obras? Pues cree singularmente que Cristo ha resucitado quien de igual modo se entrega a los peligros, quien tiene comunión con Él en sus padecimientos. Porque tiene comunión con Aquel que resucitó, con Aquel que vive; por lo cual dice: Y para ser hallado en Él, no teniendo justicia propia, la que viene de la ley, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que viene de Dios por la fe; para conocerle a Él, y la virtud de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, haciéndome conforme a su muerte, si de algún modo puedo alcanzar la resurrección de entre los muertos. Dice: hecho conforme a su muerte, esto es, teniendo comunión; como Él padeció de parte de los hombres, así también yo; por lo cual dijo: haciéndome conforme; y de nuevo en otro lugar: y cumplo en mi carne lo que falta de las tribulaciones de Cristo. Es decir, estas persecuciones y padecimientos obran la imagen de su muerte, pues Él no buscó lo suyo propio, sino el bien de muchos.
Por tanto, las persecuciones, las aflicciones y los aprietos no deben turbaros, antes deben aun alegraros, porque por ellas somos hechos conformes a su muerte. Como si dijera: Somos moldeados a su semejanza; como dice en otro lugar donde escribe: llevando siempre en el cuerpo la mortificación del Señor Jesús. Y también esto proviene de una gran fe. Pues no sólo creemos que Él resucitó, sino que también después de su resurrección tiene gran poder; por lo cual recorremos el mismo camino que Él recorrió, esto es, venimos a ser hermanos suyos también en esto. Como si dijera: Venimos a ser de Cristo en esto. ¡Oh cuán grande es la dignidad de los padecimientos! ¡Creemos que somos hechos conformes a su muerte por los padecimientos! Pues como en el bautismo fuimos sepultados con la semejanza de su muerte, así aquí, con su muerte. Allí dijo con razón: la semejanza de su muerte, pues allí no morimos enteramente, no morimos en la carne, al cuerpo, sino al pecado. Puesto que se habla de una muerte y de otra muerte; mas Él en verdad murió en el cuerpo, mientras que nosotros morimos al pecado, y allí murió el Hombre que Él asumió, el que estaba en nuestra carne, mas aquí el hombre del pecado; por esta causa dice: la semejanza de su muerte; mas aquí, ya no la semejanza de su muerte, sino su muerte misma. Pues Pablo, en sus persecuciones, ya no moría al pecado, sino en su propio cuerpo. Por lo cual soportó la misma muerte. Si de algún modo, dice, puedo alcanzar la resurrección de entre los muertos. ¿Qué dices? Todos los hombres tendrán parte en ella. Pues no todos dormiremos, mas todos seremos transformados, y todos tendremos parte no sólo en la Resurrección, sino en la incorrupción. Unos, en verdad, para honra, mas otros como medio de castigo. Si, pues, todos tienen parte en la Resurrección, y no sólo en la Resurrección, sino también en la incorrupción, ¿cómo dijo: Si de algún modo puedo alcanzar, como quien va a tener parte en algo especial? Por esta causa, dice, soporto estas cosas, si de algún modo puedo alcanzar la resurrección de entre los muertos. Pues si no hubieras muerto, no resucitarías. ¿Qué es, pues? Parece insinuarse aquí alguna gran cosa. Tan grande era, que no se atrevió a afirmarla abiertamente, sino que dice: Si de algún modo. He creído en Él y en su resurrección, más aún, padezco por Él, y con todo no puedo estar seguro acerca de la Resurrección. ¿De qué resurrección habla aquí? De aquella que conduce a Cristo mismo. Dije que había creído en Él, y en la virtud de su resurrección, y que tengo comunión con sus padecimientos, y que soy hecho conforme a su muerte. Y sin embargo, después de todas estas cosas, en modo alguno estoy seguro; como dijo en otra parte: El que cree estar en pie, mire no caiga. Y de nuevo: Temo que, habiendo predicado a otros, yo mismo venga a ser reprobado.
Vers. 12. No que ya lo haya alcanzado, o que ya sea perfecto; mas prosigo, por si de algún modo alcanzo aquello para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús.
No que ya lo haya alcanzado. ¿Qué significa: ya lo haya alcanzado? Habla del premio; mas si quien había soportado tales padecimientos, quien fue perseguido, quien llevaba en sí la mortificación del Señor Jesús, aún no estaba seguro acerca de aquella resurrección, ¿qué podremos decir nosotros? ¿Qué significa: por si alcanzo? Lo que antes dijo: por si logro llegar a la resurrección de los muertos. Por si alcanzo, dice, su resurrección; es decir, si soy capaz de soportar cosas tan grandes, si soy capaz de imitarle, si soy capaz de hacerme conforme a Él. Por ejemplo, Cristo padeció muchas cosas: fue escupido, fue golpeado, fue azotado, al fin padeció cuanto padeció. Éste es el curso entero. A través de todas estas cosas es menester que los hombres soporten el combate entero, y así lleguen a su resurrección. O quiere decir esto: si soy juzgado digno de alcanzar la gloriosa resurrección, lo cual es materia de confianza, en orden a su resurrección. Pues si soy capaz de soportar todos los combates, seré capaz también de tener su resurrección, y de resucitar con gloria. Porque aún no, dice, soy digno, sino que prosigo, por si de algún modo alcanzo. Mi vida es todavía de combate, estoy todavía lejos del fin, estoy todavía distante del premio, todavía corro, todavía persigo. Y no dijo: corro, sino: persigo. Pues sabéis con qué ahínco persigue un hombre. A nadie ve, aparta con gran violencia a cuantos interrumpirían su persecución. Reúne juntamente su mente, y su vista, y su fuerza, y su alma, y su cuerpo, sin mirar a otra cosa que al premio. Mas si Pablo, que así perseguía, que había padecido tantas cosas, dice con todo: por si alcanzo, ¿qué diremos nosotros, que hemos aflojado nuestros esfuerzos? Luego, para mostrar que la cosa es de deuda, dice: para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús. Yo era, dice, del número de los perdidos, jadeaba por respirar, estaba próximo a la muerte, Dios me alcanzó. Pues Él nos persiguió con toda presteza, cuando huíamos de Él. De modo que señala todas aquellas cosas; pues las palabras: fui alcanzado, muestran el ahínco de Aquel que quiere alcanzarnos, y nuestra gran aversión a Él, nuestro extravío, nuestra huida de Él.
Homilía 11 sobre Filipenses, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org
Evangelio (Matt. 11, 25-30)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum In illo témpore: Respóndens Jesus, dixit: Confíteor tibi, Pater, Dómine coeli et terræ, quia abscondísti hæc a sapiéntibus et prudéntibus, et revelásti ea párvulis. Ita, Pater: quóniam sic fuit plácitum ante te. Omnia mihi trádita sunt a Patre meo. Et nemo novit Fílium nisi Pater: neque Patrem quis novit nisi Fílius, et cui volúerit Fílius reveláre. Veníte ad me, omnes, qui laborátis et oneráti estis, et ego refíciam vos. Tóllite jugum meum super vos, et díscite a me, quia mitis sum et húmilis corde: et inveniétis réquiem animábus vestris. Jugum enim meum suáve est et onus meum leve.
Por aquel tiempo exclamó Jesús , diciendo: Yo te glorifico, Padre mío, Señor del cielo y de la tierra, porque has tenido encubiertas estas cosas, a los sabios y prudentes del siglo, y las has revelado a los pequeñuelos. Sí, Padre mío, alabado seas, por haber sido de tu agrado que fuese así. Todas las cosas las ha puesto mi Padre en mis manos. Pero nadie conoce al Hijo sino el Padre; ni conoce ninguno al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo haya querido revelarlo. Venid a mí todos los que andáis agobiados con trabajos y cargas, que yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis el reposo para vuestras almas. Porque suave es mi yugo y ligero el peso mío. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Mateo 11, 25-30 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 28. Como sabía el Señor que muchos habían de poner en duda la verdad anterior, es decir, el por qué los judíos no le quisieron recibir y los gentiles sí lo recibieron con prontitud, contesta a las opiniones de todos diciendo: "Yo te confieso, Padre", etc.
Glosa. Esto es, a ti, que haces los cielos y gobiernas en la tierra.
San Agustín, sermones, 67,1. Si Cristo, que está muy lejos de todo pecado, dijo: "Yo confieso", la confesión consiguientemente no es de sólo el que peca, sino alguna vez también del que alaba. Confesamos, pues, ya alabando a Dios, ya acusándonos a nosotros mismos. Luego cuando dijo: "Yo te confieso", quiso decir, yo te alabo y no, yo me acuso.
San Jerónimo. Los que calumnian al Salvador diciendo que no había nacido, sino que había sido creado, apoyan su calumnia en que el Señor llama a su Padre Señor del cielo y de la tierra; pero si El es una creatura y la creatura puede llamar a su autor padre suyo, fue una necedad el que no le llamara también igualmente Señor del cielo y de la tierra o padre. El da las gracias a Dios de haber revelado su venida a los Apóstoles, cosa que no supieron los escribas y los fariseos, que se tenían por sagaces y prudentes. Por eso sigue: "porque ocultaste a los sabios, etc".
San Agustín, sermones, 67,8. Bajo el nombre de sabios y prudentes, se entiende los soberbios, según manifiesta el Señor por las palabras: "Revelaste estas cosas a los pequeñuelos". ¿Y quiénes son los pequeñuelos, sino los humildes?
San Gregorio Magno, Moralia, 27. Y no añade: Revelaste estas cosas a los necios, sino a los pequeñuelos, en cuya exclusión da a entender que no condenó la penetración de espíritu, sino el orgullo.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,1. Al decir "a los sabios", no se refiere a la verdadera sabiduría, sino a aquella que pretendían tener los escribas y los fariseos. Y por eso no dijo: "Revelaste estas cosas a los necios", sino a los pequeñuelos, esto es, a los sencillos o rústicos. En esto nos enseña el cuidado que debemos tener de huir del orgullo y de amar la humildad.
San Hilario, in Matthaeum, 11. Están ocultos a los sabios los secretos y las virtudes de las palabras de Dios y para los pequeñuelos están abiertos: a los que son pequeños en malicia, mas no en inteligencia; a los que son sabios a los ojos de la presunción, mas no a los de la prudencia.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,1. Debemos alegrarnos de que se haya hecho la revelación a éstos y debemos lamentar el que se haya debido ocultar a aquellos.
San Hilario, in Matthaeum, 11. El Señor confirma, según el juicio de la voluntad del Padre la equidad del hecho de que todos aquellos que no han querido hacerse pequeños delante de Dios se queden hechos unos necios en su propia sabiduría. Así dice: "Así es, Padre, porque de esta manera te agradó".
San Gregorio Magno, Moralia, 25. Estas palabras nos dan una lección de humildad, a fin de que no intentemos discutir temerariamente los juicios divinos sobre la vocación de unos y la desaprobación de otros, manifestándonos al mismo tiempo que no puede haber injusticia en aquel a quien tanto complace lo justo.
San Jerónimo. También en estas palabras dice el Señor con mucha ternura a su Padre, que culmine la obra comenzada en los Apóstoles.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,1-2. Todo lo que el Señor dijo a los Apóstoles en este pasaje, tiene por objeto el hacerlos más precavidos, porque era natural que tuviesen un concepto elevado de sí mismos, aquellos que lanzaban los demonios. De aquí el reprimir este concepto, porque cuanto se había hecho en su favor no era resultado de su celo, sino de la revelación divina. Por eso los escribas y los fariseos, teniéndose por sabios y prudentes, cayeron por efecto de su orgullo. De donde resulta que si por su orgullo no les fue revelado nada, también nosotros debemos tener miedo y ser siempre pequeños: pues esto hizo que vosotros gozaseis de la revelación. Y como dice San Pablo: "Los entregó Dios a su réprobo sentido" ( Rom 1,26). No dice esto para afirmar que Dios es el que produce ese efecto, pues Dios no hace mal, sino que aquellos fueron causa inmediata de ello. Por esta razón dice: "Ocultaste estas cosas a los sabios y a los prudentes". ¿Y por qué razón se las ocultó? San Pablo expone la razón en estos términos: "Porque queriendo establecer su propia justicia, no estuvieron sometidos a la justicia de Dios" ( Rom 10,3).
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2. Después de haber dicho antes el Señor: "Yo te alabo, oh Padre, porque ocultaste estas cosas a los sabios". A fin de que nadie creyera que da las gracias al Padre, porque El está privado de ese poder, añade: "Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre". Cuando escuchares que "todo me ha sido entregado por mi Padre", no debéis entender nada humano. Pues, este modo de expresarse que tiene el Señor, es para darnos a entender que no son dos los dioses engendrados, porque desde el momento en que El fue engendrado, fue hecho Señor de todas las cosas.
San Jerónimo. Porque de otra manera, si interpretamos este pasaje según nuestra frágil manera de ver las cosas, deberíamos admitir que desde el momento en que aquel que recibe empieza a tener, principiará a no tener aquel que ha dado. O también: por "todas las cosas me fueron entregadas" puede entenderse no el cielo, la tierra, los elementos y todo lo demás que hizo y creó Dios, sino todos aquellos que mediante el Hijo tienen entrada a donde está el Padre.
San Hilario, in Matthaeum, 11. O también: se expresó de esa manera, para que nadie juzgase que en el Padre había cosas que no las había en el Hijo.
San Agustín, contra Maximinum, 3,12. Porque si tiene menos poder que el Padre, no tiene todas las cosas que tiene el Padre. Y en el acto de ser engendrado por el Padre, este dio a su Hijo el poder, porque El ha dado lo que hay en su naturaleza a aquel que fue engendrado en su naturaleza.
San Hilario, in Matthaeum, 12. En seguida nos demuestra, que en el conocimiento del Padre y del Hijo, no hay en el Hijo cosa distinta y que sea completamente desconocida del Padre: "Y ninguno conoce al Hijo, sino el Padre y ninguno conoce al Padre, sino el Hijo".
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2. En el mismo hecho de no conocer nadie al Padre, sino el Hijo, nos prueba de una manera bien clara que es de la misma naturaleza. Como si dijera: ¿por qué ha de admirarse nadie de que yo sea Señor de todas las cosas, teniendo yo una cosa superior a todas ellas, a saber: el conocer al Padre y ser de su misma naturaleza?
San Hilario, in Matthaeum, 11. Nos enseña el mismo Salvador, que la sustancia del Padre y del Hijo está contenida en el conocimiento mutuo del uno y del otro. De manera, que el que conoce al Hijo, conoce también, en el Hijo, al Padre, puesto que éste entregó al Hijo todas las cosas.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2. Cuando dice que nadie conoce al Padre, sino el Hijo, no quiere decir que todos le desconozcan completamente, sino que nadie tiene el conocimiento que el Hijo tiene del Padre. Lo mismo debe entenderse con respecto al Hijo. Porque no habla aquí de un Dios desconocido, como decía Marción.
San Agustín, de Trinitate, 1,8. Finalmente, como la naturaleza divina es inseparable, basta algunas veces nombrar o las dos personas o el Hijo sólo, o sólo el Padre, no separándose por esto el Espíritu de los dos, Espíritu que con toda propiedad es llamado Espíritu de verdad.
San Jerónimo. Avergüéncese el hereje Eunomio de expresar su idea del Padre y del Hijo, diciendo que el Padre engendra al Hijo y el Hijo al Padre. Porque si tomara por base de semejante insensatez las palabras: "Y a quien el Hijo lo quisiera revelar", le contestaríamos: una cosa es conocer por igualdad de naturaleza y otra por gracia de revelación.
San Agustín, de Trinitate, 7,3. El Padre es revelado por su Hijo, esto es, por su Verbo. Pues así como las palabras que proferimos nos revelan de un modo temporal y transitorio a nosotros mismos y aquello de que hablamos, ¿cuánto más la Palabra de Dios por la que se hicieron todas las cosas? Esta Palabra nos dice lo que es el Padre, en el concepto de Padre y así mismo qué es lo que es el Padre.
San Agustín, quaestiones evangeliorum, 2,1. Cuando dijo: "Ninguno conoce al Hijo, sino el Padre", no dijo: y a quien el Padre quisiere revelar. Pero esto no quiere decir que el Hijo no puede ser conocido más que sólo por el Padre. El Padre puede ser conocido, no sólo por el Hijo, sino por todos aquellos a quienes lo revelare el Hijo. Así decimos, que por revelación del Hijo conocemos al Padre y al Hijo, porque el Hijo es la luz de nuestra inteligencia. Y en lo que sigue: "Y a quien el Hijo lo quisiere revelar" comprendemos no sólo al Padre, sino también al Hijo, porque estas palabras están relacionadas con las anteriores. Porque es expresado el Padre por su Verbo y el Verbo, no sólo revela lo que El expresa, sino también se revela a sí mismo.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2. Luego si revela al Padre, se revela a sí mismo. Dejó de poner esto último por ser evidente y puso lo primero, por si alguno lo ponía en duda. Nos demuestra también que está El tan identificado con el Padre, que es imposible llegar al Padre, sino mediante el Hijo y esto era lo que principalmente escandalizaba a los judíos, porque lo creían contrario a la idea de Dios y esta creencia es la que trató de destruir por todos los medios.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2. El había encendido el deseo de sus discípulos por todo lo que precede, que no es más que la expresión de su inefable virtud y ahora los llama a sí por las palabras: "Venid a mí todos los que trabajáis y estáis cargados".
San Agustín, sermones 69,1. ¿Por qué nos cansamos todos, sino porque somos mortales, que llevamos vasos de barro que nos ponen en tantas angustias? Pero si los vasos frágiles de la carne nos angustian, nos desplegamos en los espacios de la caridad. ¿A qué dice: "Venid a mí todos los que trabajáis", sino para que no nos cansemos?
San Hilario, in Matthaeum, 11. Llama a sí a todos los que trabajan por las dificultades de la ley y la carga del pecado.
San Jerónimo. Asegura el profeta Zacarías, que es carga muy pesada la del pecado, diciendo: "que la iniquidad está sentada sobre una masa de plomo" ( Zac 5,7) y el Salmista completó esta verdad con las palabras: "mis iniquidades están pesando sobre mí" ( Sal 37,5).
San Gregorio Magno, Moralia, 30. Es ciertamente un yugo áspero y una dura sumisión el estar sometido a las cosas temporales, el ambicionar las terrenales, el retener las que mueren, el querer estar siempre en lo que es inestable, el apetecer lo que es pasajero y el no querer pasar con lo que pasa. Porque mientras desaparecen, a pesar de nuestros deseos, todas estas cosas que por la ansiedad de poseerlas afligían nuestra alma, nos atormentan después por miedo de perderlas.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2. Y no dice: Venid éste y aquel, sino todos los que estáis en las preocupaciones, en las tristezas y en los pecados; no para castigaros, sino para perdonaros los pecados. Venid, no porque necesite de vuestra gloria, sino porque quiero vuestra salvación. Por eso dice: "Y yo os aligeraré". No dijo: Yo os salvaré solamente, sino (lo que es mucho más) os aliviaré, esto es, os colocaré en una completa paz.
Rábano. No sólo os aliviaré, sino que os saciaré con un manjar interior.
Remigio. Venid, dice, no con los pies, sino con las costumbres; no con el cuerpo, sino con la fe, porque ésta es la entrada espiritual que nos aproxima a Dios. Por eso dice: "Tomad mi yugo sobre vosotros".
Rábano. El yugo del Señor Jesucristo es el Evangelio que une y asocia en una sola unidad a los judíos y a los gentiles. Este yugo es el que se nos manda que pongamos sobre nosotros mismos, esto es, que tengamos como gran honor el llevarlo, no vaya ser que poniéndolo debajo de nosotros, esto es despreciándolo, lo pisoteemos con los pies enlodados de los vicios. Por eso añade: "Aprended de mí".
San Agustín, sermones, 69,2. No a crear el mundo, no a hacer en él grandes prodigios, sino aprended de mí a ser manso y humilde de corazón. ¿Quieres ser grande? Comienza entonces por ser pequeño. ¿Tratas de levantar un edificio grande y elevado? Piensa primero en la base de la humildad. Y cuanto más trates de elevar el edificio, tanto más profundamente debes de cavar su fundamento. ¿Y hasta dónde ha de tocar la cúpula de nuestro edificio? Hasta la presencia de Dios.
Rábano. Mandándonos nuestro Salvador que seamos sobrios en las costumbres y humildes en nuestros sentimientos, nos manda también que no ofendamos a nadie, que no despreciemos a nadie y que tengamos dentro de nuestro corazón todas las virtudes que manifestamos en nuestras obras exteriores.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2. Por eso El desde el principio comienza la exposición de las leyes divinas por la humildad y propone la recompensa en las palabras: "Y encontraréis la tranquilidad en vuestras almas". Esta es la mayor recompensa, porque con ello no sólo se hace uno útil para los demás, sino que encuentra en sí mismo la tranquilidad y concede esta recompensa antes de la que ha de dar en el tiempo venidero, ya que en ese tiempo se gozará de una tranquilidad eterna.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,3. Y para que no se llenaran de temor al oír las palabras, carga y yugo, añade: "Porque mi yugo, etc".
San Hilario, in Matthaeum, 11. Y nos propone la idea consoladora del yugo suave y de la carga ligera, a fin de dar a los que creen en El unos indicios del bien que sólo El ha visto en el Padre.
San Gregorio Magno, Moralia, 4,39. ¿Qué carga pesada impone a nuestras almas el que nos manda evitar todo deseo que nos pueda perturbar? ¿Qué cosa más ligera que el abstenerse de la maldad, querer el bien, no querer el mal, amar a todos, no aborrecer a nadie, alcanzar lo eterno, no engolfarse en lo presente y el no hacer a otro lo que no quisiéramos que nos hicieran a nosotros?
San Hilario, in Matthaeum, 11. ¿Y cuál es este yugo más suave y cuál esta carga más ligera? Buscar ser más considerado, abstenerse demaldades, querer el bien, odiar el mal, amar a todos, no odiar a nadie, perseguir lo eterno, no aferrarse a las cosas presentes, no querer hacer a otro lo que no se quiere para sí.
Rábano. Pero cómo se entiende que es suave el yugo de Cristo, cuando se dice más arriba: "¿Es estrecha la senda que conduce a la vida?" ( Mt 7,14). Porque lo que al principio se nos hace dificultoso, pasado algún tiempo, mediante la dulzura inefable del amor, se nos hace sumamente fácil.
San Agustín, sermones,70,1. Los que llevaron intrépidamente sobre sus cabezas el yugo del Señor, han afrontado peligros tan difíciles, que parece como que son llamados, no del trabajo al descanso, sino de la inacción al trabajo, como dice el Apóstol de sí mismo ( 2Cor 6): El Espíritu Santo es ciertamente el que renueva de día en día al hombre interior en medio de las ruinas del hombre exterior y una vez que ha gustado la tranquilidad espiritual, en esta afluencia de las delicias de Dios, en la esperanza de los bienes eternos, todo lo presente pierde su aspereza y todo lo pesado se aligera. Sufren los hombres el ser despedazados y quemados, no solamente a fin de no sufrir los dolores eternos, sino aún para evitar mediante un dolor muy vivo pero momentáneo, otros sufrimientos prolongados. ¿Qué tormentas e inclemencias no sufren los comerciantes, a fin de conseguir riquezas banales? Las mismas penas experimentan los que no buscan esas riquezas como los que las buscan. Pero en éstos no son tan terribles, porque el amor suaviza y hace fáciles las cosas más inclemente y difíciles. ¿Con cuánta más razón hará más fácil todo lo difícil, la caridad que tiene por objeto la verdadera felicidad, que no la pasión, que en cuanto está de su parte tiende a un fin miserable?
San Jerónimo. ¿Cómo el Evangelio es más suave que la ley, puesto que ésta sólo castiga el homicidio y el adulterio y el Evangelio hasta la ira y la concupiscencia? ( Mt 5). Hay en la ley muchos preceptos, que según enseña con toda erudición el Apóstol ( Hch 15) son impracticables. En la ley se exige la obra, en el Evangelio la intención, con la que puede obtenerse la recompensa sin que se haya realizado la obra. El Evangelio nos manda lo que nos es posible, esto es, el no desear y esto queda dentro de nuestras facultades. La ley, al castigar al adulterio, no castiga la intención, sino el hecho. Figuraos que en una persecución ha sido violada una virgen, el Evangelio la recibe como virgen porque no ha pecado por su voluntad, pero la ley la repudia porque ha sido violada.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena