lunes, 29 de noviembre de 2038
Vigilia de San Andrés, Apóstol
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Fué san Andrés originario de Betsaida, ciudad poco populosa de Galilea, pero tan conocida después por la predicación y por los milagros del Hombre Dios, no menos que por aquella maldición que fulminó contra ella, por no haber obedecido su divina palabra: ¡Ay de ti Corozaín! ¡ay de ti Betsaida! Habiendo oído un día á san Juan Bautista aquella exclamación: Ves allí al Cordero de Dios, señalando á Cristo con el dedo, Andrés le comenzó á seguir juntamente con otro, cuyo nombre no expresa el Evangelio. Volvióse hacia ellos el Salvador, y les preguntó: ¿A quién buscáis? No ignoraba, ni podía ignorar que le buscaban á él, aquel Señor á quien están patentes los más escondidos senos de todos los corazones, y que solo le buscaban á impulsos de su misma divina gracia; pero quiso darles ocasión para que ellos mismos descubriesen todo el interior de su alma. Respondiéronle: Maestro, ¿dónde habitáis vos? Venid y veréis, les replicó el Salvador: siguiéronle los dos, y se quedaron con él todo aquel día. La historia sagrada no nos declara los maravillosos efectos de la conversación que tuvieron con él, que era la sabiduría del Padre; dejando á nuestra consideración, más que á nuestra noticia, el tesoro de gracias que bebieron en la fuente misma del que era la salud de todo el mundo.
Pero como la caridad es infinitamente comunicativa, luego dió noticia Andrés á su hermano Pedro de aquel precioso tesoro, conduciéndole él mismo á presencia de Jesucristo; de suerte que en alguna manera somos deudores á Andrés de tener al glorioso apóstol san Pedro, á quien Jesucristo hizo vicario suyo en la tierra, constituyéndole pastor universal de su Iglesia. Estando un día Pedro y Andrés echando las redes al agua para pescar en el mar de Galilea, les dijo el Salvador: Venid en pos de mí, que yo os haré pescadores de hombres; y en el mismo instante dejaron las redes, el barco y el oficio para dar principio á la vida apostólica, siendo los primeros que fueron llamados al apostolado.
Habiendo predicado san Andrés por algún tiempo en la provincia de Judea, corrió todas las de la Tracia y del Epiro, venciendo los trabajos inseparables del ministerio apostólico con aquella generosidad que correspondía á un apóstol que había recibido las primicias de la vocación celestial. Visitó la Escitia, la Capadocia, la Galacia, la Bitinia, hasta los confines del mar Negro. Penetró hasta la misma Albania, dilatando en todas partes el imperio de Jesucristo, y destruyendo en todas el del príncipe de las tinieblas. Habiendo ilustrado las referidas provincias con las luces de la fe, entró en Patrás, ciudad de la de Acaya, donde continuó predicando el Evangelio. Era procónsul de la provincia Egeas; y noticioso de lo que pasaba, partió de diligencia á Patrás para atajar los progresos de la fe, y mantener el culto de sus falsos dioses.
Inflamado Andrés en apostólico celo, pasó inmediatamente á verse con el procónsul, y le habló en estos términos: Razón sería, ó Egeas, que, pues tienes poder para juzgar á otros hombres, reconocieses al juez que te ha de juzgar á ti y á todos; que, reconociéndole, tributases á su soberana grandeza el respeto que se le debe; y que, rindiéndole el culto de suprema adoración, en lugar del sacrílego incienso que ofreces á esas mentidas deidades, las tratases con soberano desprecio. Atónito el procónsul al oír semejante discurso, le preguntó: ¿Con que tú eres aquel Andrés que hace profesión de destruir los templos de nuestros dioses, y de predicar una nueva religión proscrita por las leyes del imperio? Esas leyes, replicó Andrés, las promulgaron unos príncipes que no conocieron el gran misterio de nuestra redención, y cómo el Hijo de Dios desarmó las potestades del infierno, rompiendo las cadenas de nuestra esclavitud para restituirnos á una gloriosa libertad.
Con todo eso, repuso el procónsul, ese que tú llamas Hijo de Dios no pudo impedir que los judíos le prendiesen, y le hiciesen espirar ignominiosamente en una cruz. Es cierto (replicó el apóstol) que en una cruz espiró; pero ¿dónde hay cosa más gloriosa que la cruz? En ella murió por nuestro amor, y por redimir de la culpa á todo el género humano. Poco importa (dijo Egeas) que hubiese sido crucificado por su voluntad ó contra ella: basta que lo hubiese sido para que no merezca ser adorado. ¡Buena traza de reconocer por Dios á un hombre que murió en un madero! Entonces explicó el santo apóstol al procónsul los principales misterios de nuestra religión; la necesidad de ser redimido que tenía el linaje humano después del pecado original; el prodigio de la encarnación del Verbo, que se hizo hombre sin dejar de ser Dios; y la pasión de este Dios Hombre para satisfacer por nuestras culpas.
Como Egeas no acertaba á comprender cosa alguna de aquellas sagradas verdades, dijo al apóstol de Jesucristo que, dejándose de palabras vanas, tratase de adorar á los ídolos. Revestido entonces el sagrado apóstol de la fortaleza que le inspiraba el sacerdocio del Señor, hizo aquella gran confesión de fe que llenó de tanto honor al cristianismo, y es tan decisiva para convencer la verdad del sacramento del altar. Yo (dijo) todos los días ofrezco á Dios todopoderoso, no ya la carne de toros, ni la sangre de castrones, sino el Cordero sin mancilla que fue sacrificado en la cruz; todo el pueblo se sustenta con su carne y con su sangre, y después de sustentado todo el pueblo, se queda tan entero como antes: tan vivo permanece el Cordero después de sacrificado, como lo estaba antes del sacrificio.
Irritado el procónsul con aquel discurso, mandó que le llevasen á la cárcel. El día siguiente le hizo comparecer en su tribunal; y habiéndole amenazado con el suplicio de la cruz si no sacrificaba á los dioses, lleno el santo de una generosa y cristiana indignación, le respondió: Hijo de la muerte, ¿hasta cuándo has de persistir en tu ceguedad y en tu obstinación? ¿Piensas que temo yo los tormentos con que me amenazas? Antes bien los deseo con ardor, y has de saber que ninguna cosa me aflige, sino verte á ti tan distante de los caminos del cielo. Ten entendido que cuanto más padeciere, tanto más preciosa será la corona que el Señor me tiene preparada; y cuanto más me acerque á la imitación de sus tormentos, tanto más digno me haré de sus divinas complacencias.
Mandó Egeas que le azotasen inhumanamente; y después de este suplicio, compareció otra vez Andrés en su presencia, llevando impresas en su cuerpo las gloriosas señales de su heroica constancia. Habló con más elocuencia que nunca sobre la gran dicha de morir en una cruz por amor de Jesucristo, y añadió: No se debe temer ese tormento que tú me preparas, y que á lo sumo puede durar uno ú dos días, siguiéndose á él la recompensa de una gloria tan inmortal: lo que es digno de temerse, es el tormento sumamente terrible, las penas del infierno en que tú te vas á precipitar, que jamás han de tener fin, y siempre serán las mismas.
Viendo, en fin, Egeas que nada adelantaba con un hombre de aquel carácter, le sentenció á que muriese en una cruz. Gritaba el pueblo: ¿Qué delitos ha cometido este justo, este amigo de Dios para ser condenado á muerte? No se debe sufrir que se lleve á ejecución tan inicua sentencia. Pero el santo apóstol, que no cabía en sí de gozo, viéndose tan cerca de morir por Jesucristo, levantando la voz, conjuró al pueblo cristiano que no le hiciese la mala obra de impedir ni de retardar su martirio.
Luego que vió desde lejos la cruz en que había de ser ajusticiado, fuera de sí de alegría, prorrumpió en estas extáticas voces: Salve, venerable y santa cruz, que fuiste consagrada por el cuerpo de mi Señor Jesucristo, que descansó en ti. Antes que muriese en tus brazos este amable Salvador, eras ignominiosa y terrible; pero después que espiró en tu seno el mismo Dios, estás llena de delicias, y los que te conocen suspiran por rendir el último aliento en tus brazos. Saben bien todos los que tienen fe los dulces consuelos que se encierran en ti, y no ignoran la gloria que está preparada á los que mueren abrazados contigo. Lleno, pues, de gozo y de confianza vengo hoy á ti: ruégote que gustosamente me recibas como discípulo de aquel divino Maestro mío, que pendiente de ti redimió al mundo. ¡Oh amable cruz, á quien añadió incomparable hermosura la dicha de haber servido de doloroso lecho á mi Señor, que es el Dios de la gloria! ¡Oh cruz, por quien tanto tiempo suspiré! ¡Oh cruz, que con tanto ardor apetecí! ¡Oh cruz, que busqué continuamente, y que ya, en fin, logras preparada mis amorosas ansias! Recíbeme en tu seno con benignidad: restitúyeme á mi divino Maestro, y tenga yo la dicha de pasar desde tus brazos á los de aquel que en ellos me redimió.
Luego que llegó á la cruz, le amarraron á ella con cordeles como lo había mandado el procónsul. Dos días perseveró en aquel estado, exhortando á los fieles que le cercaban á perseverar en la fe, y á menospreciar los tormentos pasajeros para merecer la gloria inmortal. Movido el pueblo de la paciencia y del valor del santo mártir, se irritó contra la crueldad de Egeas, el cual, temiendo una sedición, prometió que le haría quitar de la cruz. Efectivamente pasó al lugar del suplicio para ponerlo en ejecución; pero luego que los verdugos se acercaban á la cruz, se sentían sin fuerzas, y quedaban inmóviles los brazos.
Entonces levantando el santo apóstol la voz, hizo la oración siguiente: «No permitáis, Señor, que baje de la cruz vuestro humilde siervo, ya que le hicisteis la gracia de que fuese puesto en ella por la confesión de vuestro santo nombre: dignaos de recibirme en vuestras manos, penetrado del conocimiento de vuestras grandezas que he debido á la luz que me comunicó este suplicio. En vos soy todo lo que soy: tiempo es ya de que me vuelva á unir á vos como centro de todos mis deseos, como objeto de todas las amorosas ansias de mi amante corazón.» Al acabar de pronunciar estas palabras, le rodeó una celestial brillante luz, cuyo resplandor no se podía sufrir; y al paso que se iba disipando este esplendor, se iba desprendiendo del cuerpo su bendita alma; de manera que, al desaparecerse aquella claridad, abrió el santo apóstol los ojos á la eterna luz. Sucedió su martirio el día 30 de noviembre en el año de gracia de 63, y en el imperio de Nerón.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.