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sábado, 13 de noviembre de 2038

San Diego de Alcalá, Confesor

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Nació al mundo san Diego en la villa de San Nicolás, diócesis de Sevilla, en el reino de Andalucía. No tenían sus pobres padres con qué hacerle una gran fortuna; pero le inspiraron el temor santo de Dios, que vale mas que todos los tesoros. Tomó Dios posesión de su tierno corazón, y el Espíritu Santo fué su guia desde su infancia. Por eso, desde ella amó el retiro y la oración. Hízose desde entonces reparar y estimar por su inclinación á las cosas espirituales, por su modestia, por su abstinencia y por su pureza de costumbres. El mismo Espíritu Santo le desvió del comercio del mundo para que no perdiese en la juventud la inocencia que habia conservado en la niñez. Fué Diego á entregarse á la dirección de un virtuoso sacerdote que estaba retirado en una hermita no lejos de San Nicolás, dedicado enteramente á ejercicios de penitencia y de mortificación. En aquella soledad hizo nuestro Diego una vida santa, desprendida de todo afecto terrestre, meditando las verdades de la salvación, orando incesantemente.

Manteníase de limosnas; y para evitar la ociosidad, el tiempo que le dejaba libre la oración y los demás ejercicios espirituales, le empleaba en algún trabajo de manos; pero sin que el mismo trabajo interrumpiese la oración. Hiciese lo que hiciese, siempre tenia á Dios en la boca y en el corazón. No vendía lo que trabajaba, porque habia renunciado el dinero; pero regalaba con ello á los que le daban limosna en muestras de su agradecimiento, negándose generosamente á recibir lo que le ofrecian en consideración de esto mismo, y no era absolutamente preciso para socorrer su necesidad. No pocas veces repartía con otros pobres la limosna que le daban. Llegó á tanto su desinterés, que, habiendo encontrado una bolsa en un camino, ni aun se dignó levantarla.

Era tanta su humildad, que recibía con gozo todo lo que le podia hacer despreciable á los ojos de los hombres. Procuraba tener á raya el cuerpo, el alma y los sentidos con el freno de una continua mortificación. Por su atención, por su vigilancia, por aquella zelosa circunspección con que estaba siempre muy dentro de sí mismo logró evitar las sorpresas del enemigo de la salvación. El mismo espíritu de vigilancia con que expiaba continuamente todos sus pasos y movimientos, le abrió los ojos para conocer los lazos que armaba el mundo á la inocencia, y quiso librarse de ellos.

Pidió ser recibido en la religión de san Francisco, y lo consiguió pretendiendo para lego por ser hombre sin letras, y porque aquel estado favorecía mas á su humildad. Desde luego hizo ánimo de observar á la letra la regla de su instituto, y lo cumplió de manera que su vida se podía reputar por animada copia de la misma regla. El espíritu de humildad, de pobreza, de mortificación y de caridad cristiana, que era el espíritu primitivo de su santo patriarca, resplandecía en aquel vivo modelo de caridad, de mortificación, de pobreza y de humildad. Entregóse de tal manera á la obediencia, que para él todos eran superiores suyos. Veneraba en las órdenes de sus prelados las del mismo Jesucristo: obedecía á aquellos como obedecería á este, reconociendo que de la autoridad de este dimanaba la de aquellos. Era la voluntad de Dios su única regla, y nada quería fuera del orden de la suprema voluntad.

Para él eran indiferentes todos los empleos: cualquiera ocupacion que trajese el sello de la voluntad de Dios, era para Diego muy estimable; pero sin este sello, por grande, por acomodada que fuese, ni le movía, ni la apreciaba. Sus penitencias eran asombrosas, y su vida como un continuado ayuno. Trataba á su carne con el mayor rigor, y no estaba contento mientras no la veia toda cubierta de sangre. Pareciéndole un dia de invierno que se había excitado en ella algún ardor de concupiscencia, se arrojó intrépido á un estanque de agua helada, manteniéndose en él hasta que faltó poco para que se extinguiese el calor natural juntamente con el de aquel otro ardor forastero.

La pobreza universal, que tanto encomendaba y practicaba tanto el patriarca san Francisco, la amó siempre de tal manera que se podía decir no tenia otra cosa que el roto hábito que traía á cuestas, el rosario, y un libro de meditaciones y oraciones. Aun esto poco no era suyo, y solia decir que no tenia cosa propia sino el pecado, que procuraba destruir continuamente. Pero en medio de esta extremada pobreza personal, parecía rico y poderoso respecto de los prójimos, porque su caridad siempre industriosa le sugería medios para socorrer las mas apuradas necesidades.

Los superiores de la orden, juzgándole para mas que para el trabajo corporal y de manos, le hicieron guardián del convento de Fuerteventura en una de las islas Canarias. Encontró en aquel país muchos idólatras; y considerándose obligado á ganarlos para Jesucristo, padeció los trabajos de un apóstol, y recogió también los frutos. Quedaron en la isla pocos infieles que no abriesen los ojos á la luz de la fe; y animado de este feliz suceso, formó un nuevo plan de conquistas apostólicas, y pasó á la gran Canaria, donde hasta entonces no se había oido hablar de Jesucristo, dispuesto á derramar la sangre por anunciar su Evangelio; pero tenia Dios otros intentos, y no permitió que abordase á ella. Redújose, pues, á cultivar la isla de Fuerteventura, y luego que acabó de conquistarla, fué llamado á España, donde volvió cargado de frutos de una abundante cosecha, y trajo también consigo el don de milagros con que ordinariamente favorece Dios á los que honra con el carácter de apóstoles.

Estando el santo en Sevilla, un muchacho por huir el castigo de su madre se escondió dentro de un horno, y se quedó dormido. La madre, sin saber, ni aun imaginar que su hijo pudiese estar en el horno, le llenó de leña, y le encendió. Despertó el muchacho con el calor de la llama: lloró, gritó; pero ya no era tiempo de poderle socorrer: el fuego era violento, se había apoderado de todo el horno, y no era ya posible salvar al niño. La afligida madre, desesperada con el dolor, salió por las calles dando alaridos como una loca, y acusándose de que habia sido homicida de su hijo. Dispuso la divina Providencia que san Diego se hallase á la sazón cerca de su casa: consolóla como pudo, y enviándola á que hiciese oración delante del altar de Nuestra Señora, se fué derecho al horno con su compañero, y seguido de innumerable gentío. ¡Cosa asombrosa! Ya casi se habia consumido toda la leña, y sin embargo el muchacho salió del horno sano y libre sin que las llamas le hubiesen hecho la mas mínima lesión. Era patente el milagro, del que fueron testigos innumerables personas, y el muchacho fué llevado á la capilla de la santísima Virgen, donde su madre estaba haciendo oración por él. Vistiéronle de blanco los canónigos en reverencia de la misma Señora, y desde entonces se hizo muy célebre aquella santa capilla, concurriendo á ella grande multitud de fieles á implorar la protección de la Madre de los afligidos.

Otros muchos milagros hizo san Diego por ser en él muy abundante la gracia de las curaciones; pero el mayor de todos los milagros fué su misma vida. El objeto mas ordinario de su oración era la pasión de Cristo: en ella meditaba continuamente teniendo un crucifijo en la mano, siendo algunas veces tan vehemente la fuerza de su amor, que se quedaba estático y elevado en el aire. Nada le movía tanto como la vista de aquella sagrada víctima sacrificada en el monte Calvario á manos de su mismo amor.

Pero cuando pasaba del sacrificio cruento del Calvario al sacrificio incruento del altar, se duplicaba el incendio en su amante corazón, enternecido con la consideración de tan estupendo beneficio del Esposo celestial. Un Dios, hecho alimento del hombre, era el objeto de su pasmo y el sustento de su amor, cuyas llamas ardían tanto mas encendidas, cuanto mas se apacentaba del Dios del amor; y al paso que mas se nutria con la divina sustancia del eucarístico pan, cobraba su espíritu mas vigor, y se abrasaba en mayores incendios su amoroso corazón.

A la devoción que tenia con el Hijo, correspondía la que profesaba á la Madre; pues no es posible una devoción sin la otra. Es Jesucristo la fuente de las gracias, y María es el canal. Colmónos Cristo de beneficios, comunicando á nuestra humanidad los tesoros de su misma divinidad; pero María es la madre de ese Hombre Dios que nos enriqueció. Profesaba, pues, nuestro Diego un tierno amor á María, venerándola como á su asilo, su patrona, su abogada, su consuelo y su esperanza. Ayunaba en honra suya todos los sábados á pan y agua; celebraba sus fiestas con espiritual alegría; rezaba todos los dias el rosario con tanta devoción y con tanto respeto, que se conocía muy bien estaba penetrado de la grandeza de María, y que estaba hablando con la Madre de su Dios.

Era tan grande el concepto que se tenia de su santidad, que solo se le conocía por el nombre del santo. Al fin de su vida, Jesucristo, varón de dolores, quiso refinar su virtud con el fuego de los trabajos. Envióle un absceso en un brazo, sumamente doloroso, que le duró hasta la muerte. Estando una noche muy malo, perdió de tal manera el uso de los sentidos, que todos le tuvieron por muerto; pero volviendo en sí de aquel éxtasis, exclamó tres ó cuatro veces: ¿Oh qué hermosas flores hay en el paraíso! Sintiendo que se le iban acabando las fuerzas, se fortaleció con los sacramentos de la Iglesia, y pasando á ser total el desfallecimiento, se rindió á la naturaleza, y murió la noche del sábado 12 de noviembre del año 1463. Sus últimas palabras fueron aquellas que canta la Iglesia en honra de la cruz: Dulce lignum, dulces clavos, etc. Dulce madero, dulces clavos, cruz adorable, que sola tú fuiste digna de llevar al Rey y Señor de los cielos.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.