domingo, 7 de noviembre de 2038
XXI Domingo después de Pentecostés
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (Ephes. 6, 10-17)
Lectio Epistolæ beáti Pauli Apóstoli ad Ephésios Fratres: Confortámini in Dómino et in poténtia virtútis ejus. Indúite vos armatúram Dei, ut póssitis stare advérsus insídias diáboli. Quóniam non est nobis colluctátio advérsus carnem et sánguinem: sed advérsus príncipes et potestátes, advérsus mundi rectóres tenebrárum harum, contra spirituália nequítiæ, in cœléstibus. Proptérea accípite armatúram Dei, ut póssitis resístere in die malo et in ómnibus perfécti stare. State ergo succíncti lumbos vestros in veritáte, et indúti lorícam justítiæ, et calceáti pedes in præparatióne Evangélii pacis: in ómnibus suméntes scutum fídei, in quo póssitis ómnia tela nequíssimi ígnea exstínguere: et gáleam salútis assúmite: et gládium spíritus, quod est verbum Dei.
Por lo demás, hermanos míos, confortaos en el Señor, y en su virtud todopoderosa. Revestíos de toda la armadura de Dios, para poder contrarrestar las acechanzas del diablo. Porque no es nuestra pelea solamente contra hombres de carne y sangre, sino contra los príncipes y potestades, contra los adalides de estas tinieblas del mundo, contra los espíritus malignos esparcidos en los aires. Por tanto, tomad las armas todas de Dios, o todo su arnés, para poder resistir en el día aciago, y sosteneros apercibidos en todo. Estad, pues, a pie firme ceñidos vuestros lomos en el cíngulo de la verdad, y armados de la coraza de la justicia, y calzados los pies prontos a seguir y predicar el evangelio de la paz, embarazando en todos los encuentros el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos encendidos del maligno espíritu. Tomad también el yelmo de la salud; y empuñad la espada espiritual o del espíritu (que es la palabra de Dios); [Torres Amat]
Comentario patrístico · Homilía 22 + Homilía 23 + Homilía 24 sobre Efesios — San Juan Crisóstomo
«Por lo demás, hermanos, confortaos en el Señor y en el poder de su fortaleza.» Es decir: en la esperanza que en Él tenemos, por medio de su auxilio. Pues como había prescrito muchos deberes que era necesario cumplir, es como si dijera: No temáis; poned vuestra esperanza en el Señor, y Él os lo hará todo llevadero.
«Vestíos la armadura de Dios, para que podáis resistir a las asechanzas del diablo.» No dice contra los combates ni contra las hostilidades, sino contra las asechanzas. Porque este enemigo nos hace la guerra no de manera sencilla ni a las claras, sino con asechanzas. ¿Qué significa valerse de asechanzas? Es engañar y apoderarse de alguien por artificio o ardid; lo cual sucede tanto por medio de las artes como por palabras, obras y estratagemas de parte de quienes nos seducen. El diablo jamás nos propone los pecados con su propio color; no habla de idolatría, sino que la reviste de otro ropaje, usando de asechanzas, esto es, haciendo plausible su discurso y empleando disfraces. Con esto, pues, el Apóstol a un tiempo despierta a los soldados y los hace vigilantes, persuadiéndolos y enseñándoles que nuestra contienda es con uno diestro en las artes de la guerra, que no combate de manera sencilla ni directa, sino con mucha astucia. Y no lo dice para acobardar a los soldados que militan bajo sus banderas, sino para despertarlos y ponerlos alerta; pues cuanto más claramente se declara a los nuestros la fuerza de nuestros adversarios, tanto más esforzados se vuelven nuestros soldados.
«Porque no es nuestra lucha contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los príncipes de estas tinieblas del mundo, contra los espíritus malignos en las alturas celestes.» Habiéndolos animado con la índole del combate, pasa luego a alentarlos también con los premios que se les proponen. Pues ¿cuál es su argumento? Después de decir que los enemigos son fieros, añade que nos despojan de bienes inmensos. ¿Y cuáles son? El combate se libra en las alturas celestes; la contienda no es por riquezas ni por gloria, sino por no caer en servidumbre; y por eso es irreconciliable la enemistad. Tanto más encarnizados son la lucha y el combate cuanto mayores son los intereses en juego; porque la expresión «en las alturas celestes» equivale a «por los bienes celestiales». No pretenden ganar nada con la victoria, sino despojarnos. Mirad cómo el poder del enemigo nos sobrecoge y nos hace estar en todo circunspectos, al saber que el riesgo es por intereses inmensos y la victoria por grandes recompensas; porque él pone todo su empeño en arrojarnos del cielo.
«Príncipes del mundo» los llama, no porque tengan el dominio del mundo, sino porque la Escritura suele llamar «mundo» a las obras perversas; como cuando Cristo dice: No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Pues ¿qué? ¿No estaban en el mundo? ¿No estaban revestidos de carne? Y otra vez: El mundo me aborrece a mí, mas a vosotros no os puede aborrecer; donde también con este nombre designa las obras perversas. Así, pues, el Apóstol entiende aquí por «mundo» a los hombres malvados, sobre los cuales tienen los espíritus malignos un poder más particular. «Contra los espíritus malignos —dice— en las alturas celestes.» Habla de principados y potestades, así como en las alturas celestes hay tronos y dominaciones, principados y potestades.
«Por tanto, tomad la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y, cumplido todo, permanecer firmes.» Por «día malo» entiende la vida presente, que también llama «este siglo malo presente», por los males que en él se cometen. Es como si dijera: Estad siempre armados. Y añade: cumplido todo; esto es, así las pasiones como los deseos torpes y cuanto nos perturba. No habla solamente de obrar, sino de llevarlo a cabo, de suerte que no sólo demos muerte al enemigo, sino que permanezcamos firmes después de haberle dado muerte; porque muchos que alcanzaron esta victoria, cayeron de nuevo. Cumplido, dice, todo; no cumplida una cosa y descuidada otra. Pues aun después de la victoria hemos de permanecer firmes. Puede uno herir al enemigo, pero lo herido revive si no permanecemos en pie; y aunque, caídos, se levanten de nuevo, mientras nosotros estemos firmes, ellos quedan abatidos. Mientras no vacilamos, el adversario no vuelve a levantarse.
«Vestíos, pues, la armadura de Dios.» ¿Veis cómo destierra todo temor? Porque, si es posible cumplirlo todo y permanecer firmes, el describir por menudo el poder del enemigo no engendra cobardía ni miedo, sino que sacude la pereza. «Para que podáis —dice— resistir en el día malo.» Y todavía los alienta con la brevedad del tiempo: el tiempo, parece decir, es corto; así que os es forzoso permanecer firmes. No desfallezcáis una vez lograda la victoria.
«Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad.» No habla de un ceñidor material y corporal, pues todo el lenguaje de este pasaje lo emplea en sentido espiritual. Y notad con cuánto orden procede: primero ciñe a su soldado. ¿Qué significa esto? Al hombre disoluto en su vida, deshecho en sus concupiscencias y con los pensamientos arrastrando por el suelo, a ése lo ciñe con este cinturón, no permitiendo que le estorben las vestiduras enredándole las piernas, sino dejándolo correr con los pies en plena libertad. «Estad firmes —dice— ceñidos vuestros lomos.» Por los lomos entiende aquí lo que la quilla es en las naves: eso mismo son en nosotros los lomos, la base y fundamento de todo el cuerpo. Así, pues, al ceñir los lomos consolida el fundamento de nuestra alma; porque no habla, ciertamente, de estos lomos del cuerpo, sino que discurre espiritualmente. Por esta razón también, cuando corremos, nos ceñimos; esto es lo que guarda nuestra fuerza. Hágase, pues, esto mismo —dice— respecto del alma, y entonces, hagamos lo que hiciéremos, seremos fuertes; y es cosa que a los soldados sobremanera conviene.
«Y revestidos —prosigue— de la coraza de la justicia.» Así como la coraza es impenetrable, así también lo es la justicia; y por «justicia» entiende aquí una vida de virtud universal. Semejante vida nadie podrá jamás derribarla; verdad es que muchos la hieren, mas ninguno la traspasa, ni aun el mismo diablo. Es como si dijera: teniendo las obras justas fijas en el pecho; de las cuales dice Cristo: Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos. De este modo es firme y fuerte como una coraza; y tal varón jamás se dejará sacar de quicio.
«Y calzados los pies con la preparación del evangelio de la paz.» En qué sentido se dijo esto es cosa más incierta. O quiere decir que estemos preparados para el evangelio, empleando en ello nuestros pies y allanando su camino delante de él; o, si no es esto, al menos que nosotros mismos estemos preparados para nuestra partida. La preparación, pues, del evangelio de la paz no es otra cosa que una vida sumamente virtuosa. «Del evangelio —dice— de la paz», y con razón; porque, habiendo hecho mención de guerra y de combate, nos muestra que esta lucha con los espíritus malignos nos es forzosa: pues el evangelio es evangelio de paz, y esta guerra que contra ellos sostenemos pone fin a otra guerra, la que había entre nosotros y Dios; que si estamos en guerra con el diablo, estamos en paz con Dios. No temáis, pues, amados: es un evangelio, esto es, una nueva buena; ya está ganada la victoria.
«Embrazando en todo el escudo de la fe.» Por «fe» entiende aquí, no el conocimiento —pues nunca lo habría puesto en último lugar—, sino aquel don por el cual se obran los milagros. Y con razón llama «escudo» a esta fe; porque, así como el escudo se antepone a todo el cuerpo como una especie de muralla, así es esta fe, pues todas las cosas ceden ante ella.
«Con que podréis —dice— apagar todos los dardos encendidos del maligno.» Por los dardos del maligno entiende así las tentaciones como los deseos torpes; y los llama «encendidos», porque tal es la índole de estos deseos. Pues si la fe puede mandar a los espíritus malignos, mucho más podrá también sobre las pasiones del alma.
«Y tomad —prosigue— el yelmo de la salud», esto es, de vuestra salvación; pues los está revistiendo de armadura. «Y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios.» Entiende, o bien el Espíritu, o bien la espada espiritual; porque con ella todo se corta, con ella todo se hiende, con ella cortamos aun la cabeza de la serpiente.
Homilía 22 + Homilía 23 + Homilía 24 sobre Efesios, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org
Evangelio (Matt. 18, 23-35)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis parábolam hanc: Assimilátum est regnum cœlórum hómini regi, qui vóluit ratiónem pónere cum servis suis. Et cum cœpísset ratiónem pónere, oblátus est ei unus, qui debébat ei decem mília talénta. Cum autem non habéret, unde rédderet, jussit eum dóminus ejus venúmdari et uxórem ejus et fílios et ómnia, quæ habébat, et reddi. Prócidens autem servus ille, orábat eum, dicens: Patiéntiam habe in me, et ómnia reddam tibi. Misértus autem dóminus servi illíus, dimísit eum et débitum dimísit ei. Egréssus autem servus ille, invénit unum de consérvis suis, qui debébat ei centum denários: et tenens suffocábat eum, dicens: Redde, quod debes. Et prócidens consérvus ejus, rogábat eum, dicens: Patiéntiam habe in me, et ómnia reddam tibi. Ille autem nóluit: sed ábiit, et misit eum in cárcerem, donec rédderet débitum. Vidéntes autem consérvi ejus, quæ fiébant, contristáti sunt valde: et venérunt et narravérunt dómino suo ómnia, quæ facta fúerant. Tunc vocávit illum dóminus suus: et ait illi: Serve nequam, omne débitum dimísi tibi, quóniam rogásti me: nonne ergo opórtuit et te miseréri consérvi tui, sicut et ego tui misértus sum? Et irátus dóminus ejus, trádidit eum tortóribus, quoadúsque rédderet univérsum débitum. Sic et Pater meus cœléstis fáciet vobis, si non remiséritis unusquísque fratri suo de córdibus vestris.
Por esto el reino de los cielos viene a ser semejante a un rey que quiso tomar cuentas a sus criados. Y habiendo empezado a tomarlas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. Y como éste no tuviera con qué pagar, mandó su señor que fuesen vendidos él y su mujer y sus hijos con toda su hacienda, y se pagase así la deuda. Entonces el criado, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten un poco de paciencia, que yo te lo pagaré todo. Movido el señor a compasión de aquel criado, le dio por libre, y aun le perdonó la deuda. Mas apenas salió este criado de su presencia, encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios, y agarrándole por la garganta le ahogaba, diciéndole: Paga lo que me debes. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: Ten un poco de paciencia conmigo, que yo te lo pagaré todo. El no quiso escucharle, sino que fue y le hizo meter en la cárcel hasta que le pagare lo que le debía. Al ver los otros criados sus compañeros lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Entonces le llamó su señor y le dijo: ¡Oh criado inicuo!, yo te perdoné toda la deuda porque me lo suplicaste. ¿No era, pues, justo que tú también tuvieses compasión de tu compañero, como yo la tuve de ti? E irritado el señor, le entregó en manos de los verdugos, para ser atormentado hasta cuando satisfaciera la deuda toda por entero. Así de esta manera se portará mi Padre celestial con vosotros, si cada uno no perdonare de corazón a su hermano. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Mateo 18, 23-35 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,1. El Señor añade una parábola, a fin de que a nadie le resulte excesivo el número setenta veces siete veces.
San Jerónimo. Era muy común entre los sirios y sobre todo en la Palestina, el añadir una parábola a las cosas que decían, con el objeto de que los oyentes que no podían conservar en la memoria los preceptos dichos sencillamente los conservaran mediante comparaciones y ejemplos. De ahí que se diga: "Por eso el Reino de los Cielos es comparado", etc.
Orígenes, homilia 6 in Matthaeum. El Hijo de Dios, así como es sabiduría, justicia y verdad, así también es El mismo, Reino; pero no de alguno de aquellos que están aquí abajo, sino de todos los que están allí arriba, en cuyos sentidos reinan la justicia y todas las demás virtudes y que, si han sido hechos habitantes del cielo, es porque llevan la imagen del hombre celestial. Este Reino de los Cielos, es decir, el Hijo de Dios, cuando tomó carne, uniéndose entonces así al hombre, fue hecho semejante al hombre rey.
Remigio. O también, por Reino de los Cielos se puede entender muy bien la Iglesia santa en la que opera el Señor lo que dice en esa parábola. Por la palabra hombre se designa algunas veces al Padre, como en aquel pasaje: "El Reino de los Cielos es semejante a un hombre rey, que trató de casar a su hijo" ( Mt 22,2); otras veces se designa al Hijo. Aquí puede aplicarse a los dos, al Padre y al Hijo, que son un solo Dios; y a Dios se le llama Rey porque dirige y gobierna todo lo que creó.
Orígenes, homilia 6 in Matthaeum. Los servidores en esta parábola son los dispensadores de la palabra, a quienes está confiado el negociar y hacer producir los intereses del cielo.
Remigio. O también se entiende por siervos del hombre rey a todos los hombres, a quienes creó para que lo alabaran y a quienes dio la ley de la naturaleza y a quienes pide cuentas cuando discute su vida, sus costumbres y sus actos, para dar a cada uno según sus obras ( Rom 2). Por eso sigue: "Y habiendo empezado a tomar las cuentas", etc.
Orígenes, homilia 6 in Matthaeum. El rey nos hará rendir cuentas de nuestra vida cuando sea necesario que todos nosotros seamos manifestados delante del tribunal de Cristo ( 2Cor 5). No queremos decir con esto que Cristo necesite mucho tiempo para tomar esta cuenta. Porque el Señor hará por virtud admirable -al querer poner a las claras las almas de todos- que cada uno recuerde en poco tiempo todas sus acciones y dice: "Y habiendo comenzado a tomar las cuentas", etc. porque dará principio a tomar las cuentas por la casa de Dios ( 1Pe 4). De ahí es que le será presentado al principio del juicio el hombre a quien El dio muchos talentos y que en lugar de hacerlos fructificar presentó, a pesar de la obligación que se le había impuesto, grandes pérdidas. Es verosímil que en estos talentos que él perdió, estén representados los hombres que por causa suya se han perdido, resultando de aquí el haberse hecho deudor de muchos talentos por seguir a esa mujer, que se sienta sobre un talento de plomo y que lleva el nombre de iniquidad.
San Jerónimo. No se me oculta que hay algunos que ven al diablo en el hombre que debía los diez mil talentos y que entienden por la mujer y los hijos vendidos (mientras continúa él en la malicia) la necedad y los malos pensamientos. Porque así como a la sabiduría se la llama esposa del justo, así también a la necedad se la llama mujer del injusto y del pecador. ¿Pero cómo el Señor le perdona a él los diez mil talentos y él no nos perdona a nosotros, que somos sus consiervos, los cien denarios? Ni lo admiten los hombres prudentes y la interpretación eclesiástica lo rechaza.
San Agustín, sermones, 83,6. Es preciso decir, que como la ley es dada en diez preceptos, él debía diez mil talentos, esto es, todos los pecados que se cometen contra la ley del Señor.
Remigio. El hombre que peca, no puede levantarse sólo con su voluntad y consiguientemente no tiene en sí nada para que se le pueda perdonar los pecados. De aquí lo que sigue: "Y como no tuviese", etc. La mujer del necio es la necedad, el placer de la carne o la ambición.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 1,25. Esto significa que el trasgresor del Decálogo debe sufrir castigos por su ambición y sus malas obras, representadas aquí por su mujer y sus hijos. Ese es su precio, puesto que el precio del hombre vendido es el suplicio del hombre condenado.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,3. No manda esto llevado de un sentimiento cruel sino de un afecto inefable. Porque con esto quiere llenarle de santo temor y hacerle que suplique y no se venda. Resultado que se deja ver por lo que añade: "Y arrojándose a sus pies el siervo, le rogaba", etc.
Remigio. En las palabras "Y arrojándose a sus pies" se ve la humillación y la satisfacción del pecador y en las palabras "Ten un poco de paciencia conmigo", la voz del pecador que pide tiempo para vivir y corregirse. Grande es la benignidad y la clemencia del Señor para con los pecadores conversos; siempre El está preparado para perdonar los pecados mediante el bautismo y la penitencia. Por eso sigue: "Y compadecido el Señor", etc.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,3-4. Ved la sobreabundancia del amor divino. Pide el siervo que se le prolongue el tiempo y El le concede más de lo que le pide, perdonándole y concediéndole todas las deudas. Incluso hizo más. El quería darle desde el principio, pero no quería que su donativo viniese solo, sino acompañado de las súplicas del siervo, a fin de que no se retirase éste sin mérito personal. Mas no le perdonó las deudas antes de pedirle cuentas, para enseñarle cuántas eran las deudas que le perdonaba y hacerle de este modo más benigno para su consiervo. Todas las cosas hechas hasta ahora, fueron efectivamente oportunas. Confesó él sus deudas y el Señor prometió perdonárselas; suplicó arrojándose a sus pies y comprendió la grandeza de sus deudas; pero lo que después hizo fue indigno de lo primero. Porque sigue: "Y habiendo salido halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios y trabando de él le quería ahogar", etcétera.
San Agustín, sermones, 83,6. Cuando se dice, "que le debía cien denarios" ese número se refiere al número diez, que es el de la Ley. Ciento repetido cien veces, hace el número diez mil y diez veces diez ciento; así los números diez mil talentos y cien talentos no se separan del número consagrado a expresar las transgresiones de la Ley. Los dos servidores son deudores y los dos tienen necesidad de pedir perdón porque todo hombre es deudor a Dios y tiene a su hermano por deudor.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,1. La diferencia que existe entre los pecados que se cometen contra el hombre y los que se cometen contra Dios, es tan grande como la que hay entre diez mil talentos y cien denarios. Esto se hace aun más claro por la diferencia de pecados y el corto número de los que pecan. Nosotros nos abstenemos y evitamos pecar delante del hombre que nos ve, y delante de Dios, que nos está viendo, no cesamos de pecar, obrando y hablando todo lo que nos parece sin el menor miedo. De aquí es, que la gravedad de estos pecados proviene no solamente porque los cometemos contra Dios, sino también porque los cometemos abusando de los beneficios con que El nos ha llenado. Porque El nos ha dado la existencia y todo lo ha creado por nosotros. Inspiró en nosotros un alma racional, nos mandó a su Hijo, nos abrió el cielo y nos hizo hijos suyos. ¿Le recompensaríamos nosotros dignamente aunque muriéramos todos los días por El? De ninguna manera, esto redundaría principalmente en utilidad nuestra y a pesar de esto, infringimos sus leyes.
Remigio. Así, en el deudor de diez mil talentos están simbolizados aquellos que cometen los mayores crímenes y en el de cien denarios los que cometen los menores.
San Jerónimo. Para que esto se comprenda mejor, es preciso explicarlo con algunos ejemplos. Si alguno de vosotros cometiere un adulterio, un homicidio o un sacrilegio -crímenes horrorosos- estos diez mil talentos le serán perdonados cuando lo suplique y perdone los males menores que otro ha cometido contra él.
San Agustín, sermones, 83,6. Pero aquel siervo malo, ingrato, inicuo, no quiso perdonar lo que a él, que no lo merecía, se le perdonó. Sigue el pasaje: "Y trabando de él, le quería ahogar diciendo: "Paga lo que debes".
Remigio. Esto es, insistía con energía para que le pagase lo que le debía.
Orígenes, homilia 6 in Matthaeum. Según mi opinión, lo quería ahogar porque había salido de la presencia del rey. Porque delante del rey no hubiera tratado de ahogarlo.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,4. Cuando se dice que salió, no se entiende que fue después de pasado mucho tiempo, sino inmediatamente, resonando aun en sus oídos las palabras del beneficio, abusó maliciosamente del perdón que le dio su Señor. Lo que después hizo, se ve por lo que sigue: "Y arrojándose su compañero a sus pies, le rogaba diciendo: Ten un poco de paciencia", etc.
Orígenes, homilia 6 in Matthaeum. Observad la finura de la Escritura, que nos presenta al siervo que debía mucho arrojado a los pies del Señor y en actitud de adorarle y al que debía cien denarios, arrojado, pero sin actitud de adorar, sino de suplicar a su consiervo, diciendo: "Ten un poco de paciencia".
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,4. Pero el ingrato siervo no respetó las palabras que lo salvaron. Porque sigue: "Mas él no quiso".
San Agustín, quaestiones evangeliroum, 1,25. Es decir, tuvo tan mala voluntad, que trató de que castigaran a un compañero, pero él se marchó.
Remigio. Esto es, de tal manera se encendió en cólera, que llegó al punto de querer ser vengado y le mandó a la cárcel hasta que le pagase la deuda; es decir, que después de prender a su hermano se vengó de él.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,4. Ved la caridad del Señor y la crueldad del siervo. El primero perdona diez mil talentos y el segundo no quiso perdonar cien denarios; el siervo pide a su Señor y obtiene el perdón completo de toda la deuda y al siervo su compañero le suplica que le deje tiempo para poder ganarlo y ni aun esto le concede. Se movieron a compasión los que no debían y por eso sigue: "Y viendo los otros siervos sus compañeros lo que pasaba, se entristecieron mucho".
San Agustín, quaestiones evangeliorum, 1,25. Se entiende por consiervos a la Iglesia, que liga a unos y desliga a otros.
Remigio. También pueden entenderse por consiervos a los ángeles, los predicadores de la santa Iglesia, o cualquier fiel, que al ver que a un hermano suyo, que ha conseguido el perdón, no quiere compadecerse de su consiervo, se entristece a causa de su perdición. Sigue: "Y fueron a contar a su Señor todo lo que había pasado", etc. Ciertamente vienen, pero no con el cuerpo sino con el corazón, a contar a su Señor su dolor y a manifestarle sus tristezas. Sigue: "Entonces le llamó su Señor", etc.; le llama ciertamente por la sentencia de muerte y le manda dejar este mundo diciéndole: "Siervo malo, te perdoné toda la deuda porque me lo rogaste".
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,4. Y a decir verdad no lo llamó siervo malo cuando debía diez mil talentos, ni tampoco le injurió, sino que se compadeció de él. Por el contrario, cuando correspondió con ingratitud, entonces es cuando le dice siervo malo. Esto es lo que significan las palabras: "¿pues no debías tú también tener compasión?", etc.
Remigio. Y es digno de saberse que no se lee que aquel siervo diese a su Señor respuesta alguna; en esto se manifiesta que cesará toda clase de excusa en el día del juicio y en seguida después de esta vida.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,4. Y puesto que no se hizo mejor por el beneficio, se le deja la pena para que se corrija. Por eso sigue: "Y enojado su Señor le hizo entregar a los atormentadores", etc. Y no dijo simplemente: "le entregó", sino "enojado", palabra que no empleó cuando mandó que fuese vendido y que es más bien propia de un amor que quiere corregir, que no de un desahogo de la cólera; mas aquí es la sentencia de un suplicio y de un castigo.
Remigio. Se dice que se enoja el Señor cuando se enfurece contra los pecadores. Los atormentadores son los demonios que siempre están preparados para recibir las almas perdidas y para atormentarlas con los castigos de una condenación eterna. ¿Mas por ventura el que ha sido arrojado a la condenación eterna, podrá hallar espacio para corregirse, o puerta para salirse? No; la palabra "hasta que" significa lo infinito. De manera que forma el siguiente sentido: siempre estará pagando, pero jamás satisfacerá completamente y siempre por lo mismo sufrirá la pena.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,4. Todo esto nos manifiesta que será continuamente, esto es, eternamente castigado y que jamás habrá pagado. Aunque son irrevocables los dones y las vocaciones de Dios, sin embargo, la malicia ha llegado a tal punto, que parece destruye esta misma ley.
San Agustín, sermones, 83,7. Dice el Señor: "Perdonad y os será perdonado" ( Lc 6,37); pero yo os he perdonado primero, perdonad vosotros al menos después. Porque si no perdonareis, os volveré a llamar y os reclamaré cuanto os haya perdonado. No engaña ni es engañado Cristo, que ha dicho estas palabras: "Del mismo modo hará también con vosotros mi Padre celestial, si no perdonareis de vuestros corazones cada uno a su hermano". Mejor es que claméis con la boca y perdonéis con el corazón, que el que seáis dulces en las palabras y crueles en el corazón. Dice el Señor: "De vuestros corazones" a fin de que, cuando imponéis una penitencia por caridad, no abandone la mansedumbre a vuestro corazón. ¿Qué cosa hay tan caritativa como el médico que maneja el instrumento de hierro? Centra su atención en la herida para curar al hombre. Porque si no hace más que tocarla, se pierde el hombre.
San Jerónimo. Añade el Señor: "De vuestros corazones" para que nos alejemos de toda paz basada en la hipocresía y en la ficción y manda a Pedro bajo la comparación del rey Señor y el siervo, que así como el deudor de diez mil talentos ha conseguido, suplicando a su Señor, que se le perdone toda la deuda, así también Pedro debe perdonar a sus consiervos, que cometen pecados menores.
Orígenes, homilia 6 in Matthaeum. También quiere enseñarnos que seamos fáciles en perdonar a los que nos han hecho algún daño, especialmente si reparan sus faltas y nos suplican que los perdonemos.
Rábano. En sentido alegórico, el siervo que debía diez mil talentos es el pueblo judío, sometido al decálogo de la Ley, a quien perdonó muchas veces el Señor las deudas, cuando en sus apuros y haciendo penitencia, imploraban su misericordia. Pero una vez que salían bien de sus aflicciones, no tenían compasión con nadie y exigían con rigor cruel todo lo que se les debía; no cesaba de maltratar al pueblo gentil, como si le estuviera sometido, le exigía la circuncisión y las ceremonias de la Ley como si fuese deudor suyo y atormentaba cruelmente a los profetas y a los apóstoles, que les traían la palabra de la reconciliación. Por esta perversa conducta los entregó el Señor en manos de los romanos, para que demolieran hasta los cimientos de su ciudad, o en manos de los espíritus malignos, para que los castigaran con tormentos eternos.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena