jueves, 22 de julio de 2027
Santa María Magdalena, Penitente
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Santa María Magdalena, tan célebre en el Evangelio por su inseparable adhesión á la persona de Cristo, y por su dolorosa penitencia, fué originaria de Betania, pueblo reducido, á tres cuartos de legua de Jerusalén, mansión ordinaria de su familia. Según san Antonino, su padre se llamó Syr, y su madre Eucaria, muy conocidos entre los judíos, tanto por sus muchos bienes de fortuna, como por el distinguido papel que hacían en la provincia. Tuvieron un hijo y dos hijas, Lázaro, que fué el primogénito, Marta y María.
Muertos el padre y la madre, los hermanos repartieron entre sí la hacienda; á Lázaro y á Marta les tocó la que había en Betania y en las cercanías de Jerusalén, y á María le cupo el castillo de Magdalón, ó de Mágdalo, situado en la provincia de Galilea. Quedóse por algún tiempo en Betania, con su hermano y su hermana, los cuales, reconociendo la excesiva vivacidad de su genio, y la violenta inclinación que mostraba á la profanidad, á la diversión y al desahogo, hicieron cuanto pudieron para inspirarle el santo temor de Dios, la modestia y la compostura propia de su sexo. Pero aprovechó poco su zelo; cansóse presto María de una vida tan arreglada, y resolvió sacudir de sí aquel pesado yugo. A su natural vivo y orgulloso, á su espíritu brillante, á su corazón enteramente mundano, acompañado todo de una rara hermosura, se le hacía insoportable la vigilancia de una hermana que hacía pública profesión de la más ajustada virtud. Tomado, pues, su partido, se retiró á su castillo de Mágdalo en Galilea, como á propia posesión, que le había tocado en su legítima.
Allí olvidó bien presto, así las lecciones, como los ejemplos de sus padres y de sus hermanos. Las frecuentes visitas de mucha gente moza y divertida, su despejo y su desembarazo, algo mayor de lo que fuera justo; ciertos modales un poco más libres de lo que permitía la modestia, hicieron poca merced á su reputación, siendo su pasión dominante la de parecer bien y tener muchos cortejos. Ya no pensaba Magdalena en otra cosa que en divertirse: las galas, los perfumes, las joyas más exquisitas daban mayor lustre á su hermosura natural; y abusando de su libertad, en breve tiempo fué el escándalo público de toda la provincia.
Por aquel tiempo, poco más ó menos, comenzaba el Salvador á llenar toda la Judea del ruido de sus milagros y de su santidad. Lázaro y Marta fueron de los primeros discípulos que se agregaron, y clamaron incesantemente á su piedad por la conversión de una que llevaba una vida tan licenciosa y tan perdida. Oyó benignamente el Hijo de Dios sus piadosos ruegos, y como había venido al mundo singularmente por los pecadores, movió el corazón de aquella insigne pecadora. Predicaba en Betsáida y en Cafarnaúm no lejos del castillo de Mágdalo, cuando, movida Magdalena de las maravillas que oía decir de aquel gran Profeta, le fué á oír por curiosidad. Apenas le oyó, cuando quedó convertida. Alumbró la gracia su entendimiento, penetró su corazón, y en el mismo punto concibió tanto horror de sus culpas, que no dilató ni un solo instante la penitencia.
Informóse dónde podía encontrar al Salvador, y supo que estaba convidado aquel día á comer en casa de Simón el fariseo, con todo lo más granado y más distinguido de la ciudad. Eran delicadas las circunstancias; pero no se detuvo Magdalena. Luego que tuvo noticia de que Jesucristo estaba ya en casa de Simón, tomó un vaso de alabastro lleno de un bálsamo exquisito, y sin dar oídos al espíritu del mundo, ni á su delicadeza, ni á otras mil frívolas razones, entra en la sala del convite, y viendo al Salvador recostado en uno de aquellos lechos, ó canapés que usaban en sus mesas los judíos, no atreviéndose á mirarle cara á cara, se arrojó á sus sagrados pies por las espaldas, y despedazado el corazón con la fuerza del dolor y del amor, los riega con sus lágrimas, los enjuga con sus cabellos, los unge con el precioso bálsamo, y los besa con respeto, mostrando su contrición y su tierna confianza.
Viendo esto el fariseo, inclinado siempre á echarlo todo á la peor parte, y notando la bondad con que el Salvador sufría á sus pies aquella pecadora, decía para consigo: Si este hombre fuera profeta, sabría quién era la mujer que le está besando los pies, y bañándoselos con sus lágrimas. Leía el Salvador todo lo que pasaba en el corazón y en el pensamiento del fariseo; y queriendo que él mismo fuese el defensor de aquella mujer de quien hacía tan mal concepto, le dijo esta parábola: «Simón, quiero saber tu dictamen en lo que te voy á proponer. A cierto acreedor le debían dos sujetos, uno quinientos reales de plata, y otro cincuenta. Ni uno ni otro tenían con qué pagar, y á uno y á otro les perdonó todo lo que le debían: dime, ¿cuál de estos debe amar más, y estar más agradecido al generoso acreedor? Es claro, respondió Simón, que aquel á quien perdonó mayor cantidad. Muy bien has respondido, replicó el Salvador, y señalando á la Magdalena, añadió: ¿Ves á esta mujer? pues haz reflexión á lo que ha hecho, y sentencia después sin pasión. Cuando entré en tu casa, ni se te ofreció siquiera presentarme un poco de agua para lavarme los pies, y ella me los lava con sus lágrimas. A ti no te pasó por la imaginación derramar sobre mi cabeza aquellos odoríferos perfumes que se usan, y no se escasean en los convites; y ella derrama sobre mis pies un precioso bálsamo, de cuyo suave olor está llena toda la casa. Por tanto, no te admires de que se le hayan perdonado muchos pecados, porque verdaderamente amó mucho. Hasta ahora ninguno me ha buscado, sino para que le sanase de las enfermedades del cuerpo; pero esta mujer se postró á mis pies solamente para que la curase de las heridas del alma.» Y volviéndose después á aquella ilustre penitente, le dijo: Anda, hija mía, tu fe y tu confianza te han salvado; y tus culpas quedan perdonadas.
No hubo jamás perdón más señalado, ni tampoco más perfecta conversión. Apoderóse el divino amor del lugar que ocupaba el amor profano, y abrasó desde luego aquel noble y generoso corazón. No tuvo el Salvador discípula más fervorosa, que más gustase de su celestial enseñanza, ni que se aprovechase más de sus divinas instrucciones. Fácilmente se deja discurrir el gozo de Lázaro y de Marta cuando tuvieron noticia de la milagrosa mudanza de su hermana. Ni nuestra santa se descuidó en darles luego las mejores pruebas de ella en sus fervorosos ejemplos: inmediatamente se puso en camino para Betania, donde les refirió las piedades y las maravillas que el Salvador había obrado con ella. Desde entonces la fiel discípula no perdió ocasión alguna de oír las lecciones de su divino Maestro, á quien siempre tenía presente en su espíritu, cuando no podía estar á sus pies.
Este amor á la contemplación le ocasionó cierta quejilla por parte de su hermana. Como el Hijo de Dios amaba tanto aquella virtuosa familia, se fué á hospedar en su casa, y Marta hacía todo lo posible para tratar á tal huésped como era razón. Mientras ella andaba dentro de la casa de aquí para allí dando providencias, María Magdalena se estaba muy tranquilamente sentada á los pies de Cristo, sin pensar más que en oírle y en aprovecharse de lo que le oía. Como vio Marta que la hermana no se movía, encarando con el Salvador, le dijo con ingenuidad: Señor, ¿pues no véis que mi hermana me deja sola, queriendo que yo lo haga todo? decidle, os ruego, que se levante, y que venga á ayudarme. Tomó de aquí ocasión Jesucristo para enseñarle aquella gran verdad, que es como el compendio de la moral cristiana, y le respondió: Marta, Marta, tú andas muy solícita, inquieta y embarazada en muchas cosas; créeme que una sola es necesaria, y que María escogió la mejor. Como si dijera, explica san Agustín, no condeno tu caridad ni tu zelo; pero no puedo aprobar tu inquietud. Siempre es reprensible el trabajar con afán y con disipación; tu hermana está mejor ocupada que tú, pues se aplica á lo más perfecto, que es el espiritual alimento de su alma.
Retirado el Hijo de Dios en Galilea para evitar el furor de los judíos, enfermó Lázaro de muerte. Agravósele la enfermedad, y las dos hermanas acudieron al Médico celestial; despacháronle un propio con este breve y significativo recado: Señor, el que amas está enfermo. Cuando el expreso llegó, ya Lázaro había muerto; y el Salvador no llegó á Betania hasta cuatro días después de su entierro y funerales. Hizo adelantar á nuestra santa la noticia de su venida, y saliéndole á recibir, le dijo bañada en lágrimas: Señor, si hubierais estado aquí, no hubiera muerto mi hermano. Mostróse enternecido el Salvador, y resucitó á Lázaro á ruegos de las dos hermanas.
No parecía posible amor de Dios más encendido, más generoso, ni más tierno que el de esta fina amante de Jesús. Seguíale casi á todas partes para aprovecharse de sus instrucciones, y para cuidar de su sustento con sus limosnas. Por lo común los evangelistas la nombran la primera entre las mujeres que seguían al Salvador. San Lucas y san Marcos, hablando en particular de María Magdalena, dicen que esta fué aquella fiel discípula de la cual lanzó Jesús siete demonios; lo que explican muchos padres antiguos diciendo que le perdonó muchos pecados, extinguiendo en ella con su gracia el espíritu mundano, el espíritu impuro, el espíritu de orgullo, el espíritu de independencia, el de profanidad, el de ociosidad, el de regalo y el de delicadeza. Lo cierto es que no malograba medio, ocasión, ni oportunidad de manifestarle su respeto, su amor y su reconocimiento.
Estando el Salvador en Betania, seis días antes de la última Pascua, le convidó á comer uno de los más ricos vecinos del pueblo, llamado Simón, á quien el mismo Señor había curado de la lepra. Era Lázaro uno de los convidados; Marta servía á la mesa, y María atenta siempre, y siempre desvelada en dar á su divino Maestro cuantas pruebas le eran posibles de su reconocimiento y de su respeto, tomó de su cargo los perfumes, que entre los judíos eran todo el lucimiento de la fiesta. Tomó una libra del espíritu de nardo, escogiendo el más precioso, por ser destilado no de la hoja, sino de la espiga de aquella planta. Cerróle muy bien en un vaso de alabastro, y entrando en la sala donde comían los convidados, le derramó todo sobre los pies del Salvador, enjugándolos después con sus cabellos, y teniéndose por muy dichosa de haber empleado tan bien aquella preciosa esencia. Llenóse toda la casa de fragancia; pero los que tenían menos fe, ó no eran tan devotos, censuraron su prodigalidad, diciendo que un perfume tan costoso, como que valía trescientos dineros de plata, hubiera estado mejor empleado si se hubiese vendido, y repartido su precio entre los pobres. Como el Hijo de Dios penetraba íntimamente lo más reservado de aquellos malignos corazones, tomó de su cuenta la defensa de nuestra santa. «Lo que acaba de hacer (dijo) será perpetuamente alabado; y eso que vosotros calificáis de excesiva profusión, es prueba de su mucha piedad. Lo mismo que vosotros acostumbráis hacer con los cadáveres de los difuntos, ha hecho anticipadamente conmigo esta piadosa mujer, adelantando este oficio algunos pocos días á mi próxima sepultura.»
Pero el teatro donde más se acreditó, y donde más resplandeció el fuego del divino amor que abrasaba á Magdalena, fué en la pasión de Jesucristo, y en el monte Calvario. Aunque los demás discípulos le desampararon, y se esparcieron luego que vieron preso á su divino Pastor, ningún respeto ni temor fué bastante para que la intrépida y amante Magdalena perdiese de vista á su amado Maestro. Siguióle á todos los tribunales, y acompañando inseparablemente á su santísima Madre, se halló con esta Señora al pie de la cruz, donde tuvo la dicha y el dolor de ver espirar á su adorado dueño. Es tradición tan antigua como respetable, que recogió con la mayor veneración una porción de tierra empapada en la sangre del Salvador, y que guardó este precioso tesoro en una ampolla, que hoy se conserva y se adora en San Maximino de Provenza.
Si el amor de Magdalena á su celestial Maestro hubiera sido menos encendido y menos generoso después que le vio espirar, se hubiera contentado con llorarlo en la soledad de su retiro. Pero nuestra santa no limitó precisamente las finezas de su amor á las demostraciones del llanto. No se alejó de la cruz, ni se retiró á Jerusalén hasta que se dió sepultura al Salvador, y acompañó el cuerpo al mismo sepulcro, con intento de volver á rendirle los últimos honores luego que se pasase la festividad del sábado.
Es bien sabida la priesa que se dió á madrugar aquel día, llegando al sepulcro al romper la aurora. Representábanle las compañeras que era imprudencia pretender forzar, por decirlo así, una compañía de soldados que guardaban el cuerpo; y que parecía insigne temeridad presumir ella sola remover una gran losa, que apenas hubieran podido menear muchos hombres juntos, y además de esto estaba sellada con el sello del soberano. No conoce estorbos el fuego del divino amor, y así nada acobardó á Magdalena, ni fué bastante para detenerla un momento; había allanado el Salvador todas las dificultades con su resurrección; mas ella no lo sabía.
Corrió, voló Magdalena al sepulcro, y ya le encontró abierto. Como no vió el sagrado cuerpo de su divino Maestro, abandonóse á los suspiros y al más amargo llanto. Vió dos ángeles vestidos de blanco junto al sepulcro, que le preguntaron el motivo de su dolor y de sus lágrimas: Lloro, les respondió Magdalena, porque han quitado de aquí el cuerpo de mi Señor, y no sé dónde le han puesto. Las otras santas mujeres compañeras suyas, y aun los mismos santos apóstoles se volvieron muy desconsolados: pero Magdalena perseveró constante sin desistir de la empresa, haciendo diligencias por todo el huerto donde estaba el sepulcro, y buscando el sagrado cuerpo por todas partes con dolor y con inquietud: entraba á cada instante en el lugar del mismo sepulcro, sin poder sosegar, y cada vez que no le encontraba se le renovaba el llanto; pero no tardó el Salvador en premiar tan fina y tan generosa constancia; volvió á un lado la cabeza Magdalena, y vió en pie á Jesús, aunque no le conoció, el cual le dijo: Mujer, ¿por qué lloras tanto? Ella creyendo que fuese el hortelano, respondió: Señor, si tú te le llevaste, dime dónde lo pusiste, que yo le buscaré y le retiraré. Movido entonces el Salvador de aquel amor fino y tierno, no hizo más que llamarla por su nombre, diciéndole esta sola palabra: María; y reconociendo por ella la generosa amante que era el mismo Jesús, exclamó fuera de sí: ¡Ah, Maestro mío! y queriendo arrojarse á sus pies para abrazarlos, el Señor se lo estorbó, para darle á entender, como dice san León, que ya era tiempo de que, elevándose sobre los sentidos corporales, le mirase con los ojos de la fe, considerándole como si ya estuviese sentado en el cielo á la diestra de Dios Padre. Solamente le añadió: Anda, y ve apriesa á contar lo que has visto á mis hermanos.
Agradeció María esta orden como una prueba especial del amor que le tenía su divino Maestro; y en efecto se debe contar esta aparición por uno de los más señalados favores que recibió de Jesucristo. Tuvo después el consuelo y la dicha de verle y de oírle muchas veces; y como era inseparable compañera de la santísima Virgen, se halló á su lado en el monte Tabor cuando su divino Hijo subió triunfante á los cielos.
Era su ánimo pasar lo restante de su vida acompañando en su retiro á la Madre del Salvador, á quien amaba y respetaba como á madre suya; pero habiéndose suscitado la persecución de los judíos contra los discípulos de Jesús, y habiendo quitado la vida al protomártir san Esteban, se vieron obligados los fieles á salir de Jerusalén. Lázaro y sus hermanas eran el objeto principal de su furor, no pudiendo sufrir aquel obstinado pueblo tener á la vista un testimonio tan palpable del poder de Jesucristo, que continuamente les estaba dando en cara con su impiedad y con su deicidio. Temerosos de que si le quitaban la vida le verían segunda vez resucitado, se contentaron con desterrarle de la Judea.
Dícese que á él y á sus dos hermanas Marta y María, con Marcela su criada, y con Maximino, uno de los setenta y dos discípulos, los metieron en un navío sin timón, sin mástiles, sin velas y sin aparejos, y que de esta manera los dejaron á merced de las olas en el Mediterráneo, exponiéndolos á un evidente naufragio; pero la providencia del Señor destinaba aquella bienaventurada tropa, y la conducía milagrosamente á un país que era de su particular agrado. Es antigua y constante tradición, autorizada por la misma Iglesia, que el navío entró de aquella manera en el puerto de Marsella, y que, atónitos los gentiles en vista de la maravilla, ella misma sirvió para disponer los ánimos á oír con asombro y con docilidad á una gente á quien el cielo protegía con tan visible prodigio.
Luego que echaron pie á tierra, anunciaron la fe de Jesucristo en toda la ciudad, señalándose sobre todos el zelo y el fervor de Magdalena. Desde luego captó esta la admiración universal, por su continente, por su elocuencia y por sus milagros, escogiendo para predicar la plaza más vecina al gran templo de Diana, adonde todos los días concurría el pueblo en tropel, y cada día conquistaba nuevas almas para Jesucristo. En el mismo sitio donde la santa predicaba se ve hoy una capilla muy antigua dedicada en honor suyo, como á doscientos pasos del famoso templo de Diana, que es hoy la iglesia catedral, consagrada á Dios, y dedicada á la santísima Virgen con el título de Santa María la Mayor. En la célebre abadía de san Víctor se ve también una profunda gruta abierta en una peña, donde se asegura se retiraba la santa por las noches, pasándolas en oración durante el tiempo que trabajó en la salvación de las almas. Lo cierto es que los fieles de los primeros tiempos se juntaban en aquel lugar subterráneo para asistir al divino sacrificio.
Pero viendo Magdalena que había abrazado la fe una parte de la ciudad, y que san Lázaro, á quien los apóstoles habían consagrado obispo antes de partir de Jerusalén, estaba encargado de aquella iglesia por la divina Providencia, tirándola siempre su inclinación á la vida contemplativa, determinó acabar la suya en alguna soledad. Hallóla luego, y muy á medida de su deseo. Hay á ocho leguas de Marsella un espantoso desierto que termina en una elevada montaña, en cuyo centro se abre una dilatada gruta bastantemente profunda, y este fué el sitio que nuestra santa escogió para su mansión. En él hizo una vida celestial por espacio de treinta años, empleada en continuas comunicaciones con Dios, y sin otra conversación que con los ángeles. Fué extrema su penitencia, siendo su cama la dura roca, y su comida las yerbas ó las raíces que se criaban al rededor de la gruta.
Al cabo de treinta años de una vida tan santa, tan prodigiosa y tan penitente, tuvo revelación del día y de la hora en que debía partir á volverse á juntar en el cielo con aquel divino Salvador á quien había amado tan finamente en la tierra. Por ministerio de los santos ángeles fué milagrosamente trasladada á un oratorio distante dos leguas de su gruta, donde se retiraba san Maximino, de cuyas manos recibió la sagrada Eucaristía, y en ellas espiró tranquilamente, yendo al cielo á recibir el premio correspondiente á su abrasado amor de Jesucristo y á su admirable penitencia.
Fué enterrada en aquel mismo sitio, y en él fundó la devoción de Carlos II, rey de Sicilia, la magnífica iglesia dedicada á la misma santa, con un convento de religiosos dominicos, á quienes el mismo piadoso monarca quiso hacer dignos depositarios de tan precioso tesoro. Venéranse las reliquias de la santa sobre el altar mayor, dentro de una urna de pórfido, regalo del papa Urbano VIII, adonde fueron trasladadas con gran solemnidad el año de 1660, en presencia del rey de Francia Luis el Grande y de toda su corte, por el arzobispo de Aviñón Juan Bautista Mariny. La cabeza de la santa, engastada en un precioso relicario de oro, se guarda en la capilla subterránea que está en medio de la nave; y también se ve un hueso de sus brazos, con sus cabellos dentro de una ampolla de cristal, que se muestran muchas veces al día, para satisfacer la devoción de los peregrinos y forasteros que concurren en gran número.
Ni la gruta que en Francia se llama el santo Bálsamo es menos frecuentada que la iglesia donde descansan sus huesos, creciendo cada día el concurso de los fieles en vista de los beneficios que reciben de Dios por su intercesión. Las reliquias de santa Magdalena, que se guardan en el convento de Vezelay en Borgoña, pueden ser alguna porción de las que hay en San Maximino. Envidiosos los griegos de que la iglesia latina poseyese este inestimable tesoro, luego que se separaron de ella, salieron con la invención de que san Lázaro, santa Marta y santa Magdalena habían muerto en Éfeso, especie de que hasta entonces no se habían acordado. Así, pues, tiene mucha razón la Provenza para gloriarse de que ella le posee, fundada en una tradición venerable por su antigüedad, autorizada con manuscritos antiguos del sexto siglo, que se guardan en las iglesias de Toton y de Senés, con el testimonio de Sigiberto, monje de Gembloux, de Honorio de Autun, de Gervasio de Tilbery y de otros muchos autores antiguos; pero singularmente con la autoridad de muchos grandes papas, como Benedicto X, Juan XXII, Gregorio XI, Clemente VII, Eugenio IV, Sixto IV, Adriano VI y Urbano VIII, que con sus bulas hicieron como cierta una tradición tan constante.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.