sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

jueves, 22 de julio de 2027

Santa María Magdalena, Penitente

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (Cant. 3, 2-5; 8, 6-7)

Léctio libri Sapiéntiæ Surgam, et circuíbo civitátem: per vicos et pláteas quæram, quem díligit ánima mea: quæsívi illum, et non invéni. Invenérunt me vígiles, qui custódiunt civitátem. Num quem díligit ánima mea, vidístis? Páululum cum pertransíssem eos, invéni, quem díligit ánima mea: ténui eum, nec dimíttam, donec introdúcam illum in domum matris meæ et in cubículum genetrícis meæ. Adjúro vos, fíliæ Jerúsalem, per cápreas cervósque campórum, ne suscitétis neque evigiláre faciátis diléctam, donec ipsa velit. Pone me ut signáculum super cor tuum, ut signáculum super bráchium tuum: quia fortis est ut mors diléctio, dura sicut inférnus æmulátio: lámpades ejus lámpades ignis atque flammárum. Aquæ multæ non potuérunt exstínguere caritátem, nec flúmina óbruent illam: si déderit homo omnem substántiam domus suæ pro dilectióne, quasi nihil despíciet eam.

Me levantaré, dije, y daré vueltas por la ciudad, y buscaré por calles y plazas al amado de mi alma. ¡Ay!, lo busqué, mas no lo hallé. Me encontraron las patrullas que rondan por la ciudad, y les dije: ¿No habéis visto al amado de mi alma? Cuando he aquí que a pocos pasos me encontré al que adora mi alma; le así, y no le soltaré hasta haberlo hecho entrar en la casa de mi madre, en la habitación de la que me dio la vida. ¡Oh hijas de Jerusalén !, os conjuro por las corzas y los ciervos de los campos que no despertéis, ni interrumpáis el sueño a mi amada, hasta que ella quiera. Así, pues, ponme por sello sobre tu corazón, ponme por marca sobre tu brazo; porque el amor es fuerte como la muerte, implacables como el infierno los celos; sus brasas, ardientes, y un volcán de llamas. Las muchas aguas no han podido extinguir el amor, ni los ríos podrán sofocarlo. Aunque un hombre en recompensa de este amor dé todo el caudal de su casa, lo tendrá por nada. [Torres Amat]

Comentario patrístico · Comentario al Cantar de los Cantares, caps. 3, 8 — Cornelio a Lápide

VERS. 3, 2. «Me levantaré y rodearé la ciudad; por los barrios y las plazas buscaré al que ama mi alma; le busqué y no le hallé.» Donde la Vulgata pone «barrios» (vicos), el hebreo tiene scheuakim, cuyo singular schok significa la pierna que corre desde la cadera al talón, y de ahí, por metáfora, la callejuela que arranca de la plaza como la pierna del cuerpo; por lo cual los Setenta traducen «en las plazas» (en las ágoras, esto es, los foros donde se exponen a la venta las mercancías y suele reunirse la muchedumbre). San Ambrosio (De virginibus, III) lee «en el foro». Significa, pues, que la esposa buscó al esposo entre la turba de los mercados; mas en la turba no se halla el esposo, que ama lo secreto y la soledad, o bien la fe y el orden que hay en la Iglesia de los fieles. Oye a san Ambrosio: «No es Cristo un vendedor de plaza: Cristo es paz, y en el foro hay pleitos; Cristo es justicia, y en el foro iniquidad; Cristo es fe, y en el foro fraude y perfidia; Cristo es caridad, y en el foro maledicencia. En fin, el foro es a menudo cueva de ladrones; Cristo está en la Iglesia, y en el foro los ídolos. Huyamos, pues, del foro; huyamos de las plazas.» Y Teodoreto: no la dejaba estar en casa «la llama del amor». A la letra, según dije, habla de los apóstoles que recorren los barrios y plazas de Jerusalén evangelizando para convertir a los judíos a Cristo; pero en ellos hallaron, no a Cristo, sino a Moisés; no el espíritu, sino la carne; no la verdad, sino la sombra.

En sentido místico, por los barrios y las plazas entienden Teodoreto y Aponio las Sagradas Escrituras; san Gregorio, Beda y Anselmo, los ejemplos de los santos, que siguieron o el modo de vivir más estrecho (que denotan los barrios) o el más ancho (que denotan las plazas). En sentido anagógico, el Niseno entiende los órdenes y estados de los ángeles y de los santos en la Jerusalén celeste; y san Bernardo (serm. 78) juzga que aquí busca la esposa a Cristo por los barrios y plazas donde poco antes había predicado y sanado a los enfermos, mas no le halla, porque, resucitado de la muerte, había ascendido de la Jerusalén terrena a la celeste. Nota aquí Ricardo de San Víctor que la esposa, con este solícito rodeo, aprovechó mucho en el amor y en el ardor de buscar; pues, rechazada por tercera vez, más se enciende, como el fuego en la paja agitado por vientos contrarios arde con más fuerza: «que la frustración de la cosa amada es azote del amor para el que ama».

VERS. 3, 3. «Me hallaron los centinelas que guardan la ciudad (a quienes pregunté, diciendo): ¿Habéis visto por ventura al que ama mi alma?» El hebreo dice: «Me hallaron los guardas que rondan la ciudad»; y así los Setenta, Áquila y Símaco. Nota san Bernardo (serm. 79) que la vehemencia del amor confunde en la esposa las palabras: «Oh amor precipitado, vehemente, ardiente, impetuoso, que no dejas pensar en otra cosa fuera de ti… Confundes los órdenes, ignoras la medida; cuanto parece de oportunidad, de razón, de pudor o de consejo, todo lo avasallas en ti mismo.» Pregunta por Aquel a quien ama sin nombrarlo, cual si ellos supieran lo que ella piensa; que la lengua del amor es bárbara para el que no ama, y es «como bronce que suena o címbalo que retiñe». Pregúntase quiénes son estos centinelas o guardas de la ciudad. A la letra, propiamente son los legisperitos, pontífices y príncipes de Jerusalén, cuyo oficio era señalar al pueblo al Mesías que venía; a estos, pues, con derecho preguntaron los apóstoles y los fieles. Mas ellos esperaban un Mesías rey espléndido y glorioso, como otro Salomón; por lo cual, cuando vieron a Cristo humilde, pobre y crucificado, le despreciaron y no creyeron que fuese el Mesías. En sentido tropológico, los centinelas son, primero, los ángeles, que ven a Dios cara a cara e infunden en los hombres su conocimiento y amor; segundo, los apóstoles, pastores y prelados, que velan solícitamente sobre la grey. Oye a san Bernardo (serm. 76): «¡Qué buenos centinelas, que velan por nosotros mientras dormimos, como quienes han de dar cuenta de nuestras almas!» Por donde (serm. 77) enseña el mismo santo que los fieles deben en las dudas consultar a sus superiores y obedecerles; que «da la mano al seductor quien rehúsa dársela al maestro; y quien deja las ovejas en el pasto sin guarda, no es pastor de las ovejas, sino de los lobos».

VERS. 3, 4. «En habiéndolos pasado un poco, hallé al que ama mi alma.» El hebreo: «cuando casi un poco hube pasado de ellos, hasta que hallé al que ama mi alma»; y así los Setenta. San Ambrosio lo lee por interrogación y admiración: «¡Cuán poco fue, cuando pasé de ellos, hasta que hallé al que ama mi alma!»; como si dijera: el amor vehemente hizo que todo el trabajo, todo el camino, todo el tiempo que gasté desde que pregunté a los centinelas hasta hallar al esposo, me pareciese poco y exiguo; como se dice de Jacob (Gén. 29, 20): «Sirvió Jacob siete años por Raquel, y le parecían pocos días por la grandeza del amor.» En sentido tropológico, el alma, instruida por los centinelas —los ángeles y los apóstoles, pastores y doctores—, y obedeciéndoles, halla a Cristo, mas de modo que los pasa de largo, esto es, no se detiene en ellos ni pone en otro su esperanza sino en Cristo. Dice san Gregorio (Moral. XVIII): «Cuando buscaba la Iglesia a su Redentor, no quiso poner su esperanza en los antiguos predicadores… No hubiera podido hallar a Aquel si no hubiera querido pasar de estos.» Añade san Anselmo: «Dice ‘un poco’ porque sin gran trabajo se alcanza el conocimiento de Dios: pues desde que Dios percibe el afecto del que busca, Él mismo se ofrece y se da espontáneamente.» Verdad es, con todo, lo de san Agustín: «Lo que con más dificultad se busca, suele hallarse con más dulzura.»

«Le tuve, y no le dejaré, hasta que le introduzca en la casa de mi madre y en la cámara de la que me engendró.» Los Setenta: «hasta que le introduje… en la cella»; san Ambrosio: «en lo secreto»; el hebreo: «en el penetral (lo más íntimo de la casa) de la que me concibió». En la cámara y en el aposento se guardan las cosas caras y preciosas, y allí también los amantes tratan sus secretos; como si dijera: apenas hallé al esposo único y tan buscado, le así (que esto es el hebreo achaztiw), le tuve y le estreché, y no le dejaré, sino que le introduciré en la cámara de la que me engendró, para encerrarle allí como cosa preciosísima y gozar de él perpetuamente. Puede entenderse por «casa de la madre» y «cámara de la que me engendró» la Sinagoga (que es madre de la Iglesia de los cristianos), a la cual la Iglesia de los gentiles introducirá a Cristo desposándola con él; o bien la Iglesia romana, que preside el Sumo Pontífice como sucesor de san Pedro y vicario de Cristo, madre y matriz de todas las Iglesias; o la Sagrada Escritura; o, en sentido anagógico, el cielo. Y nota que no dice la esposa «hasta que el esposo me introduzca en el cielo», sino «hasta que yo le introduzca», por la confianza del amor; porque el amor es osado e imperioso, y el amante manda al amado aunque más digno, y se lo iguala, más aún, se lo sujeta: así Jacob, prevaleciendo contra el ángel, obligó a Dios en él a bendecirle, y por eso fue llamado Israel, esto es, el que domina a Dios (Gén. 32, 28).

VERS. 3, 5. «Os conjuro, hijas de Jerusalén, por las cabras y los ciervos de los campos, que no despertéis ni hagáis velar a la amada, hasta que ella quiera.» Estas palabras se repiten aquí, pues ya las oímos en el cap. 2, vers. 7; por donde parece que la esposa cayó de nuevo en sueño y éxtasis. Pues el amor vehemente engendra el éxtasis; más aún, el éxtasis es el acto más sublime y perfecto del amor: «que el amor divino es el que hace el éxtasis», dice san Dionisio (De los nombres divinos). De ese éxtasis parecía haber sido despertada la esposa cuando dijo: «Me levantaré y rodearé la ciudad»; mas, ya por el trabajo de buscar al esposo, ya por hallarle y gozar de su presencia, desfalleciendo de nuevo por el amor vehemente y el gozo, cayó en desmayo y éxtasis del ánimo, del cual el esposo prohíbe que la despierten; porque, así como él ama ardentísimamente a la esposa, así desea ser de ella amado y por el amor retenido. En sentido parabólico, significa a la Iglesia primitiva, esto es, los apóstoles, que tras el trabajo de algunos años empleados en convertir a Judea, se recogieron por un tiempo a la quietud de la oración y al ocio de la contemplación, para reparar las fuerzas del alma y disponerse con más ardor a nuevos y mayores trabajos, es a saber, a la conversión de todas las gentes; que a esto era menester grande espíritu, y por eso prohíbe Cristo que se les despierte de ese sueño y quietud tan piadosa. Imiten a los apóstoles los varones apostólicos, para que, tras los trabajos de la acción, se recojan de cuando en cuando al ocio de la contemplación, reparen las fuerzas del ánimo y conciban nuevos ardores de evangelizar.

VERS. 8, 6. «Ponme como sello sobre tu corazón, como sello sobre tu brazo.» El caldeo, el árabe, los rabinos y algunos católicos, que tienen el versículo precedente por voz de la esposa, atribuyen también este a ella, como si pidiese que el esposo sellase su corazón y su brazo con la memoria y el amor de la esposa; y el texto hebreo (simeni, «ponme, oh varón») confirma que son palabras de la esposa, no del esposo. Mas los Padres asienten en que son palabras del esposo a la esposa, y penden del versículo anterior como el efecto de la causa; como si dijera: porque yo, el esposo, te resucité a ti, herida de muerte bajo la manzana vedada que comió tu madre Eva, por medio de la manzana y del leño de mi Cruz, tú, en cambio, memoriosa de tan gran beneficio, «ponme como sello sobre tu corazón». Donde la Vulgata pone «sello», el hebreo tiene chotam, que propiamente es el anillo con que se sellan las cartas. Significa, pues: imprime de tal suerte mis costumbres y mi vida en tu corazón y en tu brazo, que expreses su semejanza en tus pensamientos y acciones, de manera que quien te viere cristiano piense ver a Cristo, como quien mira la imagen impresa en la cera juzga ver el sello mismo (2 Cor. 4, 10: «llevando siempre en nuestro cuerpo la mortificación de Jesús»). Oye a san Ambrosio (De Isaac, cap. 8): «El sello es Cristo en la frente, sello en el corazón, sello en el brazo: en la frente, para confesarle siempre; en el corazón, para amarle siempre; en el brazo, para obrar siempre; de suerte que, si posible fuere, toda su figura se exprese en nosotros. Él mismo es nuestro sello, a quien selló el Padre, Dios (Jn. 6, 27).»

«Porque fuerte es como la muerte el amor, dura como el infierno la emulación (el celo).» En lugar de «fuerte», Símaco traduce «inexpugnable»; para «emulación», el hebreo tiene kina, y los Setenta zelos, esto es, el celo con que el esposo ama tan ardientemente a la esposa que se expone por ella a peligros, combates y a la misma muerte, y no sufre rival alguno; por lo cual el siríaco y el árabe traducen: «cruel como el infierno el celo». Son palabras del esposo, como consta por lo precedente. Parece a primera vista dura y horrenda la comparación del amor con la muerte y el infierno; mas aquí es conveniente y apta, porque el amor del esposo, por la Cruz, libró a la esposa de la muerte y del infierno a que estaba condenada por el pecado. Es fuerte el amor como la muerte, porque, así como la muerte todo lo domeña y nadie escapa a su imperio, y así como el infierno, antes de Cristo, absorbía todas las almas, así el amor de Cristo venció todos los azotes, clavos, espinas, cruz y dolores, para redimir de la muerte a su esposa; mas fue más fuerte que la muerte y el infierno, porque arrancó de ellos las almas de los Padres (Os. 13, 14: «Seré tu muerte, oh muerte; tu mordedura seré, oh infierno»). Y en el sentido de Cristo y del alma santa, dice san Gregorio: «Lo que la muerte obra en los sentidos del cuerpo, obra el amor en las concupiscencias de la mente»; pues así como la muerte mata todo apetito natural del cuerpo, así el amor mueve a despreciar todos los deseos terrenos. Y por eso pide Cristo al alma amor semejante en retorno: como yo te amé con caridad ardentísima, quiero que tú me ames con la misma, sin admitir otro amador.

«Sus lámparas, lámparas de fuego y de llamas.» Por «lámparas» entienden Casiodoro, Anselmo y otros los corazones de los santos, en los cuales, como en vasos, mora el amor: son de fuego, porque arden dentro por el amor, y de llamas, porque lucen fuera por la obra. Justo de Orgel dice que los castos son las lámparas, esto es, vasos de caridad, y se llaman de fuego y de llamas porque siempre son resplandecientes y fervorosos con el fuego del Espíritu Santo. Pero «lámpara» aquí, como en otros lugares (Jue. 7, 16), es lo mismo que tea, tizón o antorcha ardiente; pues el hebreo rescaphim significa todo lo que volando quema, y alude por metátesis a los serafines, esto es, los ardientes; de donde las teas y brasas de la caridad y del celo son semejantes a hachones encendidos y a llamas ardentísimas y grandísimas, porque lo que es de Dios es sumo y máximo. Escribe san Ambrosio (De Isaac, cap. 8): «Buena es la caridad, que tiene alas de fuego ardiente, las cuales vuelan por los pechos y corazones de los santos, y abrasan cuanto hay de material y terreno, y lo sincero lo prueban y mejoran con su fuego. Este fuego envió Jesús a la tierra.» En sentido anagógico, los bienaventurados en el cielo serán como lámparas de fuego y de llamas, porque «resplandecerán como el sol en el reino de su Padre», y arderán igualmente en la caridad por toda la eternidad.

VERS. 8, 7. «Las muchas aguas no pudieron apagar la caridad, ni la anegarán los ríos: si diere el hombre toda la hacienda de su casa por el amor, la despreciará como nada.» Tan fuerte fue el amor y el celo de Cristo hacia la esposa Iglesia, a la que resucitó bajo el manzano, es a saber, bajo la Cruz, que ningunas aguas, torrentes o ríos de persecuciones, tormentos, dolores, ingratitudes, desprecios y blasfemias de los pérfidos judíos o de los gentiles pudieron apagarle o adormecerle, antes bien, por ellos mismos padeció grandísimos trabajos predicando y al fin derramó su vida en la cruz atrocísima, aunque en ella fuese escarnecido y blasfemado. Aprenda, pues, con su ejemplo la Iglesia y el alma piadosa a sellar así su corazón y su brazo con el amor de Cristo, que por ningunos tormentos ni premios consienta que se borre el sello impreso en el corazón, mayormente en la persecución del Anticristo, que, siendo la última, será también la más acerba. Oye a san Ambrosio (De Isaac, cap. 8): «Con razón los niños hebreos, en el horno ardiente, no sentían el incendio del fuego, porque los refrigeraba la llama de la caridad. La caridad es más fuerte que el diamante y vínculo indisoluble; ningún diluvio de pasiones puede excluirla, ningún río de amarguras anegarla.» Y de aquello «si diere el hombre toda la hacienda de su casa», dice Vátablo: a quien quisiere comprar la caridad —cosa preciosísima— con viles riquezas, todos le desprecian sumamente como a comprador inicuo y ridículo; porque la caridad supera todo precio, todo oro y todas las cosas preciosas. Y así Juan Gerson, canciller de París, hallándose enfermo tras acabar su exposición del Cantar, repetía sin cesar estas palabras: «Fuerte es como la muerte el amor», y murió abrazado a este amor y a estas palabras.

Comentario al Cantar de los Cantares, caps. 3, 8, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)

Evangelio (Luc. 7, 36-50)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam In illo témpore: Rogábat Jesum quidam de pharisǽis, ut manducáret cum illo. Et ingréssus domum pharisǽi, discúbuit. Et ecce múlier, quæ erat in civitáte peccátrix, ut cognóvit, quod accubuísset in domo pharisǽi, áttulit alabástrum unguénti: et stans retro secus pedes ejus, lácrimis cœpit rigáre pedes ejus, et capíllis cápitis sui tergébat, et osculabátur pedes ejus, et unguénto ungébat. Videns autem pharisǽus, qui vocáverat eum, ait intra se, dicens: Hic si esset Prophéta, sciret útique, quæ et qualis est múlier, quæ tangit eum: quia peccátrix est. Et respóndens Jesus, dixit ad illum: Simon, hábeo tibi áliquid dícere. At ille ait: Magíster, dic. Duo debitóres erant cuidam fœneratóri: unus debébat denários quingéntos, et álius quinquagínta. Non habéntibus illis, unde rédderent, donávit utrísque. Quis ergo eum plus díligit? Respóndens Simon, dixit: Æstimo, quia is, cui plus donávit. At ille dixit ei: Recte judicásti. Et convérsus ad mulíerem, dixit Simóni: Vides hanc mulíerem? Intrávi in domum tuam, aquam pédibus meis non dedísti: hæc autem lácrimis rigávit pedes meos et capíllis suis tersit. Osculum mihi non dedísti: hæc autem, ex quo intrávit, non cessávit osculári pedes meos. Oleo caput meum non unxísti: hæc autem unguénto unxit pedes meos. Propter quod dico tibi: Remittúntur ei peccáta multa, quóniam diléxit multum. Cui autem minus dimíttitur, minus díligit. Dixit autem ad illam: Remittúntur tibi peccáta. Et cœpérunt, qui simul accumbébant, dícere intra se: Quis est hic, qui étiam peccáta dimíttit? Dixit autem ad mulíerem: Fides tua te salvam fecit: vade in pace.

Le rogó uno de los fariseos que fuera a comer con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se puso a la mesa. Cuando he aquí que una mujer de la ciudad, que era, o había sido, de mala conducta, luego que supo que se había puesto a la mesa en casa del fariseo, trajo un vaso de alabastro lleno de bálsamo o perfume; y arrimándose por detrás a sus pies, comenzó a bañárselos con sus lágrimas, y los limpiaba con los cabellos y los besaba, y derramaba sobre ellos el perfume. Lo que viendo el fariseo que le había convidado, decía para consigo: Si este hombre fuera profeta, bien conocería quién, y qué tal es la mujer que le está tocando, o que es una mujer de mala vida. Jesús respondiendo a su pensamiento, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Di, maestro, respondió él. Cierto acreedor tenía dos deudores, uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta. No teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos la deuda. ¿Cuál de ellos a tu parecer le amará más? Respondió Simón: Hago juicio que aquel a quien se perdonó más. Y le dijo Jesús : Has juzgado rectamente. Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: ¿Ves a esta mujer? Yo entré en tu casa, y no me has dado agua con que se lavaran mis pies; mas ésta ha bañado mis pies con sus lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me has dado el ósculo de paz; pero ésta desde que llegó no ha cesado de besar mis pies. Tú no has ungido con óleo o perfume mi cabeza; y ésta ha derramado sobre mis pies sus perfumes. Por todo lo cual te digo que le son perdonados muchos pecados, porque ha amado mucho. Que ama menos aquel a quien menos se le perdona. En seguida dijo a la mujer: Perdonados te son tus pecados. Y luego los convidados empezaron a decir interiormente: ¿Quién es éste que también perdona pecados? Mas él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, vete en paz. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Lucas 7, 36-50 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

Beda. Después de haber dicho antes: "Y todo el pueblo y los publicanos, que le oyeron, justificaron a Dios, bautizados con el bautismo de Juan", el evangelista establece con hechos lo que había expresado con palabras, esto es, que la Sabiduría había sido justificada por los justos y los penitentes, diciendo: "Y le rogaba un fariseo", etc.

San Gregorio Niceno hom. de muliere peccatrice. Esta relación encierra un sentido útil: la mayor parte de ellos se creían justos, hinchados con la ilusión de sus vanos sentimientos. Antes que llegue el juicio verdadero se separan a sí mismos, como se separarán los corderos de los cabritos, y rehusan tomar su alimento con la muchedumbre, abominando a todos aquellos que no van a los extremos, sino que ocupan el medio en el camino de la vida. San Lucas, que era más médico de las almas que de los cuerpos, nos muestra al mismo Dios y nuestro Salvador, visitando con bondad a los otros. Por lo que sigue: "Y habiendo entrado en la casa de un fariseo, se sentó a la mesa", no para tomar algo de sus vicios, sino para hacerlo partícipe de su propia justicia.

San Cirilo. Sin embargo, una mujer de vida deshonesta, manifestando un fiel afecto, viene a Cristo para que la libre de toda culpa y le conceda el perdón de todos los pecados cometidos. Prosigue, pues: "Y una mujer pecadora que había en la ciudad, cuando supo que estaba a la mesa, llevó un vaso de alabastro, lleno de ungüento", etc.

Beda. El alabastro es una especie de mármol blanco manchado de varios colores y que suele destinarse a contener perfumes, porque, según se cree, los conserva incorruptos.

San Gregorio, in Evang. hom. 33. Como esta mujer conocía las manchas de su mala vida, corrió a lavarlas a la fuente de la misericordia, sin avergonzarse de que estaban presentes los invitados. Como se avergonzaba mucho interiormente no estimó en nada el rubor exterior. Ved cuánto es un dolor cuando no se avergüenza de llorar en medio de las alegrías del convite.

San Gregorio Niceno. Dando a conocer cuánta era su indignidad, estaba por la espalda, ocultándose de las luces y abrazando los pies, que cubría con sus cabellos y regaba a la vez con sus lágrimas, manifestando así la tristeza de su alma e implorando el perdón. Por esto sigue: "Y postrándose a sus pies detrás de El, comenzó a regarle con lágrimas los pies", etc.

San Gregorio. Con los ojos había apetecido las cosas de la tierra, pero ahora lloraba con los mismos en señal de penitencia. Con sus cabellos que antes había adornado para engalanar su rostro, ahora enjugaba las lágrimas. Por lo que sigue: "Y los enjugaba con los cabellos de su cabeza". Con la boca había hablado palabras de vanidad, pero ahora, besando los pies del Señor, consagra sus labios a besar sus plantas. Por esto sigue: "Y le besaba los pies". Había usado los perfumes para dar buen olor a su cuerpo, pero esto, que hasta aquí había empleado en la inmodestia, lo ofrecía ahora al Señor de una manera laudable. Por lo que sigue: "Y los ungía con el ungüento". Todo lo que había tenido para su propia complacencia ahora lo ofrece en holocausto. Todos sus crímenes los convirtió en otras tantas virtudes, para consagrarse exclusivamente al Señor por medio de la penitencia, tanto como se había separado de El por la culpa.

Crisóstomo in Mat. hom. 6. Así sucedió que esta mujer pecadora se hizo más honesta que las vírgenes, después que se consagró a la penitencia y se dedicó a amar a Dios. Y todo esto que se ha dicho, se hacía exteriormente, pero lo que revolvía su intención, y que sólo Dios veía, era mucho más ferviente.

San Gregorio. Cuando el fariseo vio a esta mujer, la despreció. Y no sólo vituperó a aquella mujer pecadora que había venido, sino también al mismo Jesucristo que la recibía. Por lo que sigue: "Y cuando esto vio el fariseo, que le había convidado, dijo entre sí: Si este hombre fuera profeta, bien sabría quién y cuál es la mujer que le toca". He ahí a ese fariseo, verdaderamente soberbio en sí mismo y falsamente justo, que reprende a la enferma de su enfermedad, y al médico por el socorro. Si esta mujer hubiera venido a los pies del fariseo, la hubiera rechazado con desprecio porque se habría creído manchado con los pecados ajenos, puesto que él no estaba lleno de la verdadera justicia. Así, algunos sacerdotes, porque ejecutan exteriormente algunos actos de justicia, desprecian a sus subordinados y desdeñan a los pecadores de la plebe. Es necesario, pues, que cuando tratemos con los pecadores, nos compadezcamos antes de su triste situación. Porque también nosotros, o habremos caído en los mismos pecados, o podremos caer. Conviene distinguir con cuidado entre los vicios, que debemos aborrecer, y las personas, de quienes debemos compadecernos. Porque si debe ser castigado el pecador, el prójimo debe ser alimentado. Mas cuando ya él mismo ha castigado por medio de la penitencia lo malo que ha hecho, deja de ser pecador nuestro prójimo, porque éste castiga en sí lo que la justicia divina reprende. El Médico se encontraba entre dos enfermos: uno tenía la fiebre de los sentidos y el otro había perdido el sentido de la razón. Aquella mujer lloraba lo que había hecho. Pero el fariseo, enorgullecido por la falsa justicia, exageraba la fuerza de su salud.

Tito Bostrense. El Señor, no oyendo las palabras de este último, sino conociendo sus pensamientos, se da a conocer como Señor de los profetas. De donde prosigue: "Y Jesús le respondió diciendo: Simón, te quiero decir una cosa".

Glosa. Y como dijo esto en contestación a los pensamientos que tenían, el fariseo se mostró muy atento a las palabras del Señor, por lo que sigue: "Y él respondió: Maestro di".

San Gregorio. Le presenta una parábola de dos que tenían deudas, uno de los cuales debía menos y otro más. De donde prosigue: "Un acreedor tenía dos deudores", etc.

Tito Bostrense. Como diciendo: Ni tú tampoco estás libre de deudas. Por lo tanto, si tú debes también, aun cuando sea poco, no te ensoberbezcas, porque tú también necesitas perdón. Hablando del perdón, añade: "Mas como no tuvieran de dónde pagarle, se los perdonó a entrambos".

Glosa. Ninguno puede decir respecto de sí mismo que carece de la deuda del pecado si no consigue el perdón por la gracia divina.

San Gregorio in Evang. hom. 33. Habiendo perdonado la deuda a uno y a otro, es interrogado el fariseo respecto de que cuál de los dos deudores debe estar más agradecido al que les ha perdonado la deuda. Sigue, pues: "¿Cuál de los dos le ama más?". A cuyas palabras el fariseo respondió inmediatamente, diciendo: "Pienso que aquel a quien más perdonó". En lo cual debe advertirse que, mientras el fariseo se condena por sus propias palabras, lleva como frenético la cuerda con que ha de ser atado. Por lo que sigue: "Y Jesús le dijo: Rectamente has juzgado". Se le cuentan las buenas acciones de la mujer pecadora y las malas del que se considera justo sin fundamento. Por lo que prosigue: "Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simeón: ¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa, no me diste agua para los pies; mas ésta, con sus lágrimas, ha regado mis pies".

San Ambrosio. Como diciendo: Es fácil el uso de las aguas, pero no lo es la efusión de las lágrimas. Tú no has empleado lo que es fácil y ésta ha derramado lo que es difícil. Lavando con lágrimas los pies, ha purificado sus propias manchas. Los ha enjugado con sus cabellos, para recibir el premio de sus aflicciones por medio de ellos. Y como con ellos también ha contribuido a los pecados de su juventud, ahora los emplea en su santificación.

Crisóstomo in Mat hom. 6. Así como después de un crudo invierno, aparece la calma de la primavera, así después de la efusión de lágrimas, aparece la tranquilidad y termina la tristeza que ocasionan las culpas. Y así como por medio del agua y del espíritu nos purificamos, así también por medio de las lágrimas y de la confesión. Por esto sigue: "Por lo cual le dijo: que perdonados le son muchos pecados, porque amó mucho". Los que con violencia obraron el mal, también con el mismo fervor se dedican a obrar bien cuando conocen lo mucho que deben.

San Gregorio ut sup. Tanto más se destruye la malicia del pecado cuanto más se abrasa el corazón del pecador en el fuego de la caridad.

Tito Bostrense. Sucede muchas veces que el que ha pecado mucho se purifica por medio de la confesión. Pero el que peca poco, y confiesa por arrogancia, no busca en la confesión el remedio oportuno. De aquí sigue: "Mas al que menos se perdona, menos ama".

Crisóstomo in Mat hom. 38. Necesitamos que nuestra alma sea fervorosa, porque no hay impedimento alguno para que el hombre se engrandezca. Ninguno de los que pecan mucho desespere ni tampoco se duerma el que practique la virtud. Este no debe confiar porque muchas veces le precederá una prostituta, ni tampoco desconfíe aquél, porque es posible que aventaje aun a los más santos. Por esto se añade: "Dijo a ella: Perdonados te son tus pecados".

San Gregorio. He aquí cómo la que vino enferma al Médico se ha curado, pero a causa de su salud, todavía enferman otros. Porque sigue: "Y los que concurrían allí, comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste que hasta los pecados perdona?". Pero el Médico celestial no se fija en aquellos enfermos a quienes ve hacerse peores con su medicamento, sino que confirma por una sentencia de misericordia a aquella que había sanado. Por esto sigue: "Y dijo a la mujer: Tu fe te ha hecho salva". Ella no había dudado de poder recibir lo que pedía.

Teofilacto. Después que le hubo perdonado sus pecados, no se detuvo en el perdón, sino que añadió un beneficio. Por lo que sigue: "Vete en paz" (esto es, en justicia), porque la justicia es la paz del hombre con Dios, así como el pecado es la enemistad entre Dios y el hombre. Como diciendo: Haz todo lo que pueda conducir a la amistad de Dios.

San Ambrosio. Acerca de este pasaje hay muchos que tienen cierto escrúpulo, si los evangelistas están o no en contradicción.

Griego. Cuando los cuatro evangelistas dicen que Jesucristo fue ungido con un ungüento por una mujer, parece, por la cualidad de las personas, por el modo de obrar y por la diferencia de tiempo, que son tres mujeres diferentes. Así San Juan refiere de María, hermana de Lázaro, que seis días antes de la Pascua, ungió los pies de Jesús en su propia casa. San Mateo, después que el Señor ha dicho: "Sabéis que después de dos días se celebrará la Pascua" ( Mt 26,2), añade que en Betania, en la casa de Simón el leproso, había derramado una mujer sobre la cabeza del Señor un ungüento y no que había ungido sus pies como María. San Marcos dice lo mismo que San Mateo. En fin, San Lucas refiere esto en medio de su Evangelio y no cerca de la Pascua. San Juan Crisóstomo asegura que fueron dos estas mujeres: una como refiere San Juan y otra según lo que refieren los demás evangelistas.

San Ambrosio. San Mateo cita a esta mujer derramando perfumes sobre la cabeza del Señor. Por eso no quiso decir pecadora, porque la pecadora, como dice San Lucas, los derramó sobre sus pies. Puede también no ser la misma y entonces no aparece contradicción entre lo que dicen los evangelistas. Para resolver esta cuestión de la diferencia de mérito y de tiempo, se puede decir que aquélla era todavía pecadora y que ésta era ya más perfecta.

San Agustín, De cons. Evang., lib. 2. cap. 39. Yo creo que debe entenderse que fue la misma María la que hizo esto dos veces. Una vez, como dice San Lucas, cuando se acercó primeramente con humildad y lágrimas, mereciendo el perdón de sus pecados. De aquí, San Juan, cuando empezó a hablar de la resurrección de Lázaro, antes que Jesús viniese a Betania, dijo: "Y María era la que había ungido al Señor con un ungüento y la que había enjugado los pies de Jesús con sus cabellos, cuyo hermano Lázaro estaba enfermo" ( Jn 11,2). María ya había hecho esto y lo volvió a hacer en Betania, y aunque San Lucas no lo dice, sí lo refieren los otros evangelistas.

San Gregorio, homil. 33, in Evang. En sentido místico, el fariseo, que presume de su falsa justicia, representa al pueblo judío; y la mujer pecadora, que viene llorando a los pies del Señor, representa a la gentilidad convertida.

San Ambrosio in Lucam 1, 3. O leproso es el príncipe de este mundo, y la casa de Simón el leproso es la tierra. Luego el Señor bajó de lo alto a la tierra, porque esta mujer -que figura el alma o la Iglesia- no podía ser sanada. Si Cristo no hubiese venido a la tierra. Con razón toma la especie de pecadora, puesto que Cristo había tomado la forma del pecador. Por eso, si se supone un alma fiel que se acerca a su Dios exenta de pecados vergonzosos y obscenos, observando piadosamente la palabra de Dios, con la confianza de una castidad inmaculada, se elevará hasta la cabeza de Cristo, y la Cabeza de Cristo es Dios ( 1Cor 11). Mas el que no esté a la cabeza de Cristo, que esté a los pies. El pecador a los pies, el justo a la cabeza. Pues toda alma, incluso la que pecó, tiene ungüento.

San Gregorio, hom. 33, in Evang. ¿Qué otra cosa significa el ungüento, sino el olor de la buena opinión? Si hacemos buenas obras con las que perfumemos la Iglesia de buena fama, ¿qué otra cosa hacemos que derramar ungüento precioso sobre el cuerpo del Señor? La mujer aquella estuvo junto a los pies. Nosotros estuvimos contra los pies del Señor, cuando, viviendo en pecado, dilatábamos entrar en sus caminos. Pero si después de nuestros pecados nos convertimos a una verdadera penitencia, entonces estamos detrás de El y junto a sus pies, porque seguimos sus huellas, de las que antes nos apartábamos.

San Ambrosio. Haz tú también penitencia después de tus pecados, acude siempre doquiera que oigas el nombre de Jesús. En cualquier casa donde sepas que entra, date prisa a entrar. Cuando hallares la sabiduría, cuando hallares la justicia sentada en alguna casa, corre a sus pies, esto es, busca el primer grado de la sabiduría y confiesa tus pecados con lágrimas. ¿Y acaso Cristo no lavó sus pies para que nosotros se los lavemos con nuestras lágrimas? ¡Dichosas lágrimas, que no sólo pueden lavar nuestras culpas, sino que también pueden regar los caminos por donde viene a nosotros la gracia del Señor! Las lágrimas derramadas con buena intención no sólo producen el perdón de los pecados, sino también la fortaleza de los justos.

San Gregorio. Regamos con nuestras lágrimas los pies del Señor, cuando nos inclinamos a tener compasión de los siervos más humildes de Dios. Y secamos sus pies con nuestros cabellos, cuando nos compadecemos de sus santos (con quienes estamos unidos por medio de la caridad), con todas aquellas cosas que nos sobran.

San Ambrosio. Extiende también tus cabellos, arroja delante de El todas tus vanidades corporales, que preciosos son los cabellos que pueden ungir los pies de Jesucristo.

San Gregorio. Aquella mujer besaba los pies que había enjugado, lo cual hacemos nosotros también si con celo amamos a los que hemos socorrido con largueza. También puede entenderse por los pies el mismo misterio de la encarnación. Así besamos los pies de nuestro Redentor cuando amamos con todo nuestro corazón el misterio de su encarnación. Ungimos sus pies con el ungüento cuando anunciamos el gran poder de su humanidad con la buena fama de la palabra santa. Sin embargo, el fariseo veía esto con envidia, porque cuando el pueblo judío vio que Jesucristo predicaba a los gentiles, se enfureció por su propia malicia. Por eso es reprendido el fariseo, para hacernos ver en él a aquel pueblo pérfido. Porque aquel pueblo infiel no dio nunca al Señor ni aun lo que estaba fuera de él, mientras que la gentilidad convertida, no sólo dio por El sus bienes, sino que también derramó su sangre. Por esto dijo al fariseo: "No me has dado agua para los pies; mas ésta con sus lágrimas los ha regado". El agua está fuera de nosotros, pero el humor de las lágrimas dentro de nosotros. Aquel pueblo infiel no dio el ósculo al Señor, porque no quiso amar por caridad a quien había servido por temor (y el ósculo es una señal de amor). Una vez llamada la gentilidad, ésta no cesa de besar los pies del Señor, porque constantemente suspira en su amor.

San Ambrosio. Y no es pequeño este mérito, del cual se dice: "Desde que ha entrado no ha cesado de besarme los pies", para que ella no sepa hablar ya sino de la sabiduría, ni amar sino la justicia, ni libar sino la castidad, ni besar sino la pureza.

San Gregorio, hom. 33, in Evang. Pero dice al fariseo: "No ungiste mi cabeza con el óleo". Es decir, el pueblo judío no celebró con dignas alabanzas ni el mismo poder de la divinidad en el cual prometiera creer. "Mas ésta con ungüento ha ungido mis pies", porque cuando la gentilidad ha creído en el misterio de la encarnación, le ha predicado con suma alegría.

San Ambrosio. Bienaventurado aquel que puede ungir los pies de Cristo con óleo. Pero todavía es más bienaventurado el que los unge con ungüento, pues así esparce la esencia de muchas flores reunidas en uno solo. Y probablemente, este ungüento no pudiese ser ofrecido sino sólo por la Iglesia, la cual tiene tiene innumerables flores de diverso olor, y por esto nadie puede amar tanto como aquella que ama por medio de sus hijos. En la casa del fariseo, esto es, en la casa de la ley y de los profetas, no es el fariseo quien se justifica, sino la Iglesia, porque el fariseo no creyó, y ésta creía. La ley no tiene el sacramento para purificar las cosas que están ocultas. Por eso lo que es considerado poco en la ley es consumado en el Evangelio. Los dos deudores son los dos pueblos, obligados al Acreedor del tesoro celestial. No es que debamos precisamente dinero a este acreedor, sino el oro de nuestros méritos y la plata de nuestras virtudes, cuyo valor resulta de la gravedad de su peso, del brillo de la justicia y del sonido de la confesión. No es de poco valor esta moneda, en la cual está grabada la imagen del Rey. ¡Ay de mí, si no tuviere todo lo que he recibido! O, como es muy difícil que uno pueda pagar toda esa deuda al Acreedor, ¡ay de mí, si no le suplico que me perdone la deuda! Pero ¿quién es este pueblo que debe más, sino nosotros, a quienes se ha concedido más? A aquéllos se les dieron los oráculos de Dios, a nosotros se nos dio Emmanuel, nacido de una Virgen (esto es, Dios con nosotros), la cruz del Señor, su muerte y su resurrección. Es, pues, indudable que más debe quien más ha recibido. Según los hombres, ofende más el que debe más. Pero se muda la causa por la misericordia del Señor, de suerte que ame más quien más debió, si llega a conseguir la gracia. Y por eso no habiendo nada que podamos ofrecer dignamente a Dios, ¡ay de nosotros si no lo amamos! Devolvamos, pues, amor por deuda, pues ama más aquel a quien más se ha dado.

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena