lunes, 14 de junio de 2027
San Basilio Magno, Obispo y Doctor
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Basilio, aquel portentoso varón que mereció el epíteto de Grande, tan eminente en erudición y en sabiduría como adornado de todas las virtudes, nació en Cesarea de Capadocia hacia el año de 328. Fue hijo de san Basilio y de santa Emilia, nieto de santa Macrina, hermano de san Gregorio Niseno, de san Pedro, obispo de Sebaste, y de santa Macrina la moza, á cuya gran santidad confesaba el mismo san Basilio haber debido, así él como sus hermanos, la resolución de abandonarlo todo y retirarse del mundo. Habiendo nacido de padres tan virtuosos y en el seno de una familia tan santa, fácilmente se deja discurrir el cuidado con que le criarían.
Luego que supo hablar dió claras muestras de su noble índole y de su apacible natural; sus preguntas, sus respuestas y sus prontitudes dieron luego á conocer la penetración y la vivacidad de aquel prodigioso ingenio. Quiso encargarse de su primera educación su abuela santa Macrina, y después se gloriaba nuestro santo de que le hubiese enseñado los primeros principios de la religión aquella que los había inmediatamente bebido en la primera fuente de san Gregorio Taumaturgo.
Viendo su padre los grandes talentos que descubría su hijo para adelantar en las ciencias, le aplicó sin perder tiempo á los estudios, en los que hizo Basilio tan rápidos progresos, que, habiendo aprendido cuanto había que aprender en las letras humanas, á los quince años le envió á la capital del imperio para que se dedicase á las facultades mayores. Conocido desde luego por su ilustre nacimiento, lo fué no menos muy en breve por la brillantez, por la extensión y por la superioridad de su ingenio, igualmente que por la irreprensible inocencia de sus costumbres, tanto más sobresalientes cuanto el licencioso desorden que reinaba en la ciudad era incentivo del vicio y el escollo de la virtud.
No teniendo ya que adelantar en Constantinopla, determinó pasar á Atenas, emporio entonces de las ciencias, de la elocuencia y de las floridas letras de toda la Grecia, donde encontró á Gregorio de Nazianzo, que por el mismo fin había venido de Alejandría. Eran los dos, con corta diferencia, de una misma edad, de igual ingenio y de costumbres muy parecidas; circunstancias todas que estrecharon desde entonces aquella fina amistad que los unió indisolublemente hasta el último aliento.
Señalóse muy desde luego Basilio entre toda aquella república de sabios por su elocuencia y por su profunda erudición; y como su aplicación era tan grande, en breve tiempo fué generalmente reconocido por uno de los hombres más sabios de su siglo. Estaba muy versado en la historia; era eminente en la poesía; hablaba todas las lenguas sabias y poseía con perfección todas las ciencias. Singularmente su filosofía y su dialéctica eran la admiración de toda la universidad; dedicóse también á la geometría, á la astronomía y á la medicina; pero en lo que más sobresalió fué en el arte de hablar, de mover y de persuadir. No era su elocuencia aquella verbosidad asiática, llena de palabras redundantes y de pensamientos superfluos, sino una elocuencia varonil, nerviosa, elevada, majestuosa y llena de un fogoso ardor.
Ni por dedicarse al estudio de las ciencias profanas abandonó el de las divinas letras; antes bien estas eran todas sus delicias, como quien se había aplicado á ellas, digámoslo así, desde la cuna. Mientras el ingenio y la sabiduría de Basilio daban materia á la admiración y á los aplausos de Atenas, concurrió á estudiar en la misma universidad Juliano, primo hermano del emperador Constancio, tan conocido después por el renombre de Apóstata. Movido de la gran reputación de Basilio y de Gregorio, solicitó su amistad; pero en su misma fisonomía descubrieron los dos santos no sé qué señales, que, sacando al semblante las inclinaciones del alma, les dieron á conocer el monstruo que abrigaba el seno del imperio en aquel joven, como lo manifestó después cuando arrancó tantos gemidos al corazón de la Iglesia.
Acabados sus estudios en Atenas, se restituyó Basilio á Cesarea, arrimándose ya á los veinte y siete años de su edad. Ejerció desde luego la abogacía, defendiendo algunos pleitos con tan universal aplauso, que andaba ya deliberando si fijaría su profesión á este glorioso ejercicio, consagrando sus estudios á la defensa de la justicia, cuando el cielo se valió de su hermana mayor santa Macrina para retirarle de las vanidades del mundo. Hallábase esta santa doncella en compañía de su madre santa Emilia, después de haber hecho á Dios el sacrificio de su virginidad; y viendo que su hermano se dejaba llevar con algún exceso de los aplausos que le granjeaban su reputación y sus talentos, le habló un día con tanta eficacia y con tanta moción sobre la falsa brillantez de los aparentes bienes de esta vida, que desde aquel punto tomó la generosa resolución de volverles las espaldas y de anhelar únicamente por los inmutables y verdaderos de la eterna.
«Véote, hermano mío (le dijo la iluminada doncella), cubierto de honor, de estimación y de gloria. La elevación de tu ingenio, la majestad de tu elocuencia, esa profunda sabiduría que te adorna, son el asombro del público y embelesan tu corazón con las más lisonjeras esperanzas. Pero ¿será posible que, sabiendo tú todo cuanto hay que saber, no cargues la consideración en lo que ha de venir á parar todo ese humo? ¿será posible que esa despejadísima capacidad no advierta que todo es apariencia cuanto ostenta esa engañosa brillantez, y que no aspires á gloria más consistente, á más sólidos honores? Créeme; no tiene el mundo todo cosa digna de tu generosa ambición. Tu salud es débil; pon los ojos en una fortuna que no dependa de las felicidades ni los caprichos de esta vida; yo no veo otra cosa que sea digna de tu nacimiento, de tu espíritu y de ese grande corazón, que la santidad y la virtud.»
Convencido Basilio con las razones de su santa hermana, pero mucho más movido por el interior impulso de la divina gracia, no le dio otra respuesta que la que le salió á los ojos en un sosegado llanto. «Entonces (dice el santo en una de sus epístolas) desperté como de un profundo sueño, comencé á descubrir sin nubes la luz del Evangelio y conocí por la primera vez la vanidad y la inanidad de la humana sabiduría.» Resolvió, pues, no dedicarse al ejercicio de otra ciencia que á la de los santos, y partió en busca de modelos y de maestros á Egipto, á Palestina y á otras partes. Encontró muchos en aquellos vastos desiertos y aprendió tantas lecciones cuantos grandes ejemplos notó en los anacoretas que los poblaban.
Tuvo con ellos muchas conversaciones y conferencias espirituales, á las cuales somos deudores los cristianos aquel admirable tratado que se intitula: las Reglas de Basilio. Cuando volvió á Cesarea le ordenó luego de lector el obispo Dianeo, temiendo que otra iglesia se adelantase á apropiársele; pero no perdiendo por eso su inclinación á la soledad, se juntó con ciertos solitarios, cuya vida parecía acercarse mucho á la que hacían los monjes de Egipto y del Oriente.
«Eran unos hombres (dice el mismo santo en la epístola 97) de un exterior modesto, humilde y mortificado; su hábito rústico y grosero, con una vida en la apariencia austera, me hicieron creer que adelantaría mucho mi espíritu en su trato y compañía.» No faltaron algunos que le advirtieron cómo aquellos hombres estaban notados y eran sospechosos de arrianismo; pero viendo las bellas exterioridades de su afectada virtud, creyó que aquellos dichos eran efectos de la maledicencia y de la envidia, hasta que, habiéndolos tratado más de cerca, reconoció en efecto eran lobos carniceros cubiertos con piel de mansas ovejas: desde aquel punto se declaró enemigo mortal del arrianismo, cuyos parciales no tuvieron contrario más formidable.
Impelido siempre de su amor á la soledad, se retiró á un desierto de la provincia de Ponto, donde él solo practicó todas las grandes virtudes que había observado en los anacoretas de Egipto y de Palestina. Traía siempre inmediato á las carnes un áspero cilicio que cubría cuidadosamente con un hábito grosero para no hacer ostentación de la penitencia; siendo sus ayunos tan continuos y tan rigurosos, que, extragada del todo su salud, naturalmente delicada, parecía un esqueleto animado; y no sería temeridad decir que sin milagro no parecía posible se conservase su vida los treinta años que vivió después.
Hiciéronse famosos los desiertos del Ponto con el retiro de Basilio, concurriendo de todas partes á aquella elevada perfección; y fueron, por decirlo así, como la fuente universal donde bebieron las suyas los santos fundadores de las sagradas familias. Hicieron cuanto pudieron los vecinos de Neocesarea para elevar al santo á aquella ciudad; pero no fué posible vencerle á que abandonase su retiro, hasta que le obligó á ello el zelo y la caridad. Estos dos motivos le arrancaron de él, poniéndole en precisión de partir á Cesarea para hacer presente al obispo lo mucho que había escandalizado á la Iglesia firmando el famoso formulario de Rímini. Conoció el prelado que le habían engañado y reparó el escándalo con su pública retractación.
Muerto el obispo de Cesarea, le sucedió Eusebio en aquella silla, y conociendo bien el extraordinario mérito de nuestro santo, sin dar oídos á su humildad ni á su resistencia, le ordenó de presbítero y luego le mandó que predicase en su iglesia. Aunque Basilio se halló precisado á dejar su amada soledad, no por eso perdió la inclinación al retiro, viviendo en medio de Cesarea como pudiera en el Ponto, en cuanto lo permitían las funciones de su sagrado ministerio; bien que no con tanta tranquilidad como en el desierto, por cierta indecente emulación que desconcertó su sosiego. Entró en zelos el obispo á vista de la universal estimación y de la general confianza que mereció á todos Basilio y le dio no poco en que merecer. Tratábale con tanto desabrimiento y aun con tanta indignidad, que faltó poco para que todos los buenos se amotinasen contra el prelado; y se hubiera introducido un cisma en la iglesia de Cesarea á no haberle prevenido la prudencia de nuestro santo, que secretamente se huyó de la ciudad y se retiró á su desierto del Ponto.
Siguióle á él su amigo Gregorio de Nazianzo; pero como la iglesia de Cesarea no podía vivir sin Basilio, el mismo obispo Eusebio empeñó á san Gregorio para que restituyese á ella á su amigo; el que no se hizo mucho de rogar, especialmente cuando llegó á entender que los arrianos triunfaban ya con su ausencia, prometiéndose echar por tierra la fe en Cesarea. Noticioso de su vuelta el emperador Valente, ciego fautor del arrianismo, hizo cuanto pudo para ganarle á nuestro santo en favor de su partido; pero despreció sus promesas y se burló de sus amenazas, sirviendo unas y otras para encender más su zelo y tener más alerta su vigilancia en defensa de la religión.
Murió en este tiempo el obispo de Cesarea; luego comenzaron los arrianos á poner en movimiento cuantas máquinas y artificios pudieron discurrir para que recayese la futura elección en sujeto de su parcialidad, cundiendo el espíritu de división hasta en los mismos católicos; pero pudo más el mérito que la maquinación y salió electo Basilio. En vano se resistió, se escapó y se empeñó en ocultarse; fuéle preciso, al fin, rendirse á tan visible disposición de la divina Providencia y fue consagrado el día 14 de junio de 370.
Triunfó la religión católica luego que Basilio ocupó el trono episcopal. Con su agrado, con su humildad, con su virtud y con su mérito se hizo dueño de los ánimos que había enajenado el artificio de los mal contentos. Comenzó á predicar al pueblo, y acompañada siempre la eficacia de sus palabras con la energía mayor de sus ejemplos, hizo tanta impresión en los corazones, que á poquísimos días ya no se conocía á sí misma la ciudad de Cesarea. Su vigilancia pastoral no le permitía ignorar las necesidades de sus ovejas y en su inmensa caridad encontraba siempre fondos para remediarlas; de suerte que solamente los pobres sabían en rigor hasta dónde alcanzaban sus rentas.
Vióse revivir en Cesarea el espíritu y el fervor de la primitiva Iglesia, pasando los fieles en ella muchas veces desde media noche hasta el mediodía siguiente. «¡Y qué consuelo para mí (escribe el santo á un amigo suyo) verlos comulgar á todos el miércoles, el viernes, el sábado y el domingo de cada semana!» Reformó las costumbres en todo el obispado con sus frecuentes visitas; restituyó la disciplina eclesiástica á su primer vigor y la vida de los monjes á su primitivo espíritu, dirigiendo gran número de personas en el camino de la perfección, tanto por cartas como de viva voz, y manifestando en todo su ardiente zelo por la salvación de las almas.
Siendo muy estrechos los límites de su diócesis y aun de toda la provincia para contener su caridad, rompió aquellas ceñidas márgenes y se dilató á toda la Iglesia universal. Ligado íntimamente con san Atanasio, con san Melecio, con todos los obispos santos del Oriente, pero singularmente con la silla apostólica de Roma, declaró guerra mortal al arrianismo; hizo cuanto pudo por reducir á los macedonianos; fué azote cruel de cuantos enemigos conspiraron contra la divinidad y contra la humanidad de Jesucristo, siendo generalmente reconocido por uno de los más ardientes y más generosos defensores de la religión católica que ilustraron la Iglesia y venera la memoria de aquel siglo.
Persiguióla con furor el emperador Valente, habiendo abrazado sin disimulo el arrianismo; y no se olvidó de Basilio en su cruel persecución. Descubrió nuestro santo la hipocresía y los errores de Eustacio, obispo de Sebaste; y animado este de la venganza que le inspiraba su misma confusión, determinó perderle, enconando contra Basilio el ánimo del emperador; hazaña que le costó poco esfuerzo. Irritado el príncipe furiosamente contra él, partió á Cesarea, y cuando estaba ya muy cerca de ella, despachó un oficial llamado Modesto, con orden de intimar de su parte al obispo que, ó comunicase con los arrianos, ó saliese desterrado de la ciudad.
Entró en ella Modesto con mucho estrépito; hizo llamar á san Basilio, y sin respetar su dignidad ni su persona, le preguntó luego con grosera altanería: «Dime, pobre hombre, ¿en qué piensas cuando no quieres obedecer al emperador, á quien se rinde todo el mundo?» «Pienso...», le iba á responder nuestro santo con su natural gravedad, serenidad y compostura; pero interrumpiéndole Modesto, añadió luego: «Pensarás en que no eres de la religión del emperador. Y bien, ¿qué motivo tendrás para no serlo?» «Porque Dios me lo prohíbe», respondió Basilio. «¿Pues por qué especie de hombres nos tienes á nosotros?», replicó el oficial. «Por unos hombres ilustres, según el mundo, dignos de nuestro respeto; pero que al fin no sois la regla de lo que debemos creer», respondió el obispo.
Irritado Modesto á vista de tan generosa constancia, le dijo enfurecido: «Por lo menos ya temerás experimentar los efectos de mi poder.» «¿Qué es eso?», respondió Basilio. «La confiscación, el destierro, los tormentos y aun la misma muerte», respondió el oficial. «Nada de eso habla conmigo», repuso el obispo: «el que nada tiene no teme la confiscación, salvo que necesites estos trapos viejos y algunos pocos de libros; á esto se reducen todos mis bienes. Destierro no le conozco, porque para mí todo el mundo lo es, no reconociendo otra patria que la celestial; los tormentos poco daño pueden hacer á quien apenas tiene cuerpo para padecerlos; al primer golpe se acabarán todos para mí: la muerte no la temo como castigo, antes la deseo como gracia, pues me llevará cuanto antes á mi Dios, para quien únicamente vivo.»
Asombrado Modesto de aquel tesón, dijo al santo: «Hasta ahora ningún hombre ha tenido valor para hablarme de esta manera.» «Será sin duda», respondió Basilio, «porque hasta ahora no habrás tratado con algún obispo, que estos en semejantes ocasiones no se explican de otro modo.» «A lo menos», replicó el oficial en tono más moderado, «ya estimarás en algo tener en tu ciudad al emperador; y en conclusión todo se reduce á quitar del símbolo la palabra consustancial.» «Yo estimaría mucho», repuso el santo, «ver al emperador reconciliado con la Iglesia y exento de todo error en la fe; y por lo que toca al símbolo, no solo no sufriré que se quite ni añada una sola palabra, pero ni aun toleraré que se altere la material colocación de las voces.» «En fin», concluyó Modesto, «vete con Dios, y doyte toda esta noche para que lo pienses bien.» «Mañana seré el mismo que hoy», respondió Basilio.
Despidióle el oficial con bastante urbanidad; y partiendo en diligencia á encontrarse con el emperador, le dijo no había que esperar cosa alguna del obispo de Cesarea. No pudo Valente disimular la grande estimación que hacía de aquella heroica virtud. Quiso concurrir á la iglesia el día de la Epifanía; dejóse ver en ella rodeado de sus guardias; quedó admirado cuando vio el concurso del innumerable pueblo, pero mucho más cuando notó el orden, la modestia y la majestad con que se celebraban los divinos oficios, á los cuales asistió y oyó el sermón que predicó nuestro santo.
Parecía Basilio en el altar un hombre enteramente divino, y los muchos ministros que le asistían más se le representaban ángeles que hombres. Llenóle de tanto asombro aquel augusto teatro, que casi le dió un desmayo y no se atrevió á acercarse al altar para llevar él mismo su ofrenda, y más cuando observó que ninguno se presentaba á recibirla, temiendo seguro el desaire de que no se le admitiesen. Pero lejos de ofenderle aquel tesón invencible de Basilio, le estimó más desde entonces y quiso tener algunas conversaciones con él. Hallóse presente á todo san Gregorio de Nazianzo, quien asegura habló Basilio con tanta elevación sobre las materias de la fe, que todos los asistentes quedaron como extáticos y todos fueron testigos de la admiración del príncipe, que tributó grandes honores al santo, le dió muchas y muy ricas posesiones para sustentar á los pobres leprosos y cesó de perseguir á los católicos; bien que duraron poco estas treguas de la persecución, porque los arrianos, que perpetuamente tenían su oído al emperador, le hicieron aprehender se interesaba el honor de su soberanía en obligar á Basilio á entrar en su comunión, tomando por pretexto para desterrarle su constante y valerosa resistencia.
Expedido el decreto de destierro, estaba todo dispuesto para la ejecución, entrada ya la noche, porque el pueblo no lo llegase á entender, prevenido el carruaje y pronto Basilio para partir, cuando de repente se halló asaltado de una ardiente y maligna calentura, que le puso á las puertas de la muerte, el hijo del emperador, llamado Galates, niño de pocos años, y la emperatriz su madre atormentada de vivísimos dolores. Entendieron todos que aquel accidente era justo castigo de la violencia y de la injusticia con que se trataba á san Basilio, y más cuando, apurada toda la habilidad de los médicos, se reconoció no había remedio humano para la vida del príncipe.
Recurrieron entonces á las oraciones del santo, que ya estaba para meterse en el coche y salir á su destierro, cuando recibió un recado muy respetuoso de Valente, rogándole pasase á ver á su hijo. Partió derecho á palacio, y luego que entró en él se sintió el príncipe muy aliviado; pero Basilio protestó que no pediría á Dios por su vida, sino con la precisa condición de que se le había de permitir instruir al príncipe en la religión católica; lo que aceptó el emperador, como lo testifica san Efrén. Entonces hizo oración san Basilio, y al punto quedó el niño enteramente sano; pero olvidado después Valente de lo que había prometido y engañado de los arrianos, dejó que le bautizase un obispo de esta secta, y recayendo el príncipe en su enfermedad, murió dentro de pocos días.
Ni por eso abrió los ojos el emperador para reconocer el origen de su desgracia, porque se los tenían vendados los arrianos, y á persuasión de ellos, segunda vez resolvió desterrar á san Basilio. Tomó una pluma para firmar el decreto y se le hizo pedazos entre los dedos. Cogió otra segunda, y negándole la tinta, jamás pudo formar una letra con ella; echó mano de la tercera, y rompiéndose luego en muchos trozos, le comenzó á temblar la mano, llenándose de pavor. Hizo pedazos el papel, revocó la orden y dejó en paz á Basilio. Fué testigo de tantos prodigios Modesto, prefecto de pretorio, y asombrado de ellos se convirtió á la fe, siendo en adelante uno de los más firmes y más zelosos católicos.
No fué tan dichoso Eusebio, vicario del mismo prefecto. Mandó sacar de la iglesia á una viuda que se había refugiado en ella; y oponiéndose á esto san Basilio, le hizo comparecer en su tribunal. Cuando le vió en él, mandó que le quitasen la capa; alargóla luego el santo, añadiendo estaba pronto á despojarse también de la túnica. Ofendióse el vicario de esta noble intrepidez, teniéndola por insulto, y le amenazó con que le haría castigar; desnudó Basilio parte del esqueleto de sus huesos, cubiertos de la amortiguada piel, diciéndole estaba aparejado para recibir los golpes. Cegóse Eusebio de cólera, y arrebatado de ella iba á precipitarse en los mayores excesos, cuando le dieron noticia de que, sabedor el pueblo del tratamiento que hacía á su santo obispo, se había alborotado y tenía sitiado el palacio del mismo prefecto, resuelto á tomar venganza. Lleno de pavor Eusebio, se arrojó á los pies de Basilio, pidiéndole perdón con la mayor humildad y rogándole apretadamente le sacase de aquel peligro. Compadecióse el santo, sosegó el tumulto y salvó al prefecto la vida.
Dejándole ya en paz el emperador y sus ministros, consagró al Señor esta quietud y el corto resto de sus débiles fuerzas corporales. En medio de las más laboriosas ocupaciones nunca perdió de vista el estado religioso. Mantuvo siempre algunos monjes cerca de su persona, gobernándolos y educándolos en la vida monástica. También había en Cesarea un monasterio de monjas, que gobernaba una sobrina del mismo san Basilio, cuya iglesia estaba dedicada á los cuarenta mártires, venerándose en ella sus reliquias; y así esta religiosa como otras que estaban á su cargo, son las que en sus escritos llama canónicas; esto es, doncellas ó vírgenes consagradas á Dios, que viven debajo de alguna regla. En las que compuso el santo para personas religiosas, se hallan muchas que hablan derechamente con mujeres, y las penitencias particulares que se imponen en ellas casi todas son por las faltas que cometen en el demasiado hablar.
En todo estaba su vigilancia pastoral. Erigió en Sasimo un obispado, para el cual nombró á san Gregorio de Nazianzo; ejecutando lo mismo en otras ciudades de su provincia, á las que proveyó de santos y vigilantes pastores. Restituyó á su antiguo vigor la disciplina eclesiástica secular y regular, dando reglas para su gobierno á todos los estados. Como acérrimo defensor de la fe católica persiguió valerosamente la herejía, atacándola hasta en sus últimos atrincheramientos. Llegó á no tener en su cuerpo otra cosa sana más que la mano y la cabeza; pero no por eso fue menos útil á la Iglesia.
Fueron tantas las doctas y admirables cartas que escribió, que, cuando no tuviéramos más obras suyas, debiéramos admirarnos de que hallase tiempo para escribir tanto un hombre de tan poca salud, quebrantada con tantas y tan espantosas penitencias y ocupado en tantos, tan graves y tan diferentes negocios. Las que escribió á san Anfiloquio contienen todos los principios de la doctrina cristiana, y con mucha razón se dice que en solos los escritos de san Basilio tenemos una completa librería. Fuera del compendio ó suma del moral, de que ya hemos hablado, nos dejó un tratado del Espíritu Santo, la obra de los seis días, el tratado sobre algunos salmos, otro sobre Isaías, cinco libros contra la herejía de Eunomio, dos sobre el bautismo, uno de la virginidad y diferentes homilías sobre asuntos escogidos; admirándose en todos la claridad de su pluma, el nervio de sus razones y el vigor de su elocuencia; siendo muy pocas las obras de los doctores y aun de los santos padres de la Iglesia, que sean más instructivas y hagan tanta impresión.
Acercábase el fin de la vida de nuestro santo, cuando san Efrén, diácono de Edesa en Mesopotamia, movido de su gran reputación, vino expresamente por conocerle, por tratarle y por oírle. Al primer sermón que le oyó, comenzó á deshacerse en alabanzas de san Basilio delante de todo el pueblo. Preguntóle el santo la razón, y respondió: «Porque mientras tú estabas predicando, estaba yo viendo sobre tus hombros una paloma de maravillosa blancura que te estaba sugiriendo todo lo que decías.»
Pocos días después de esta visita, quiso el Señor premiar los trabajos de su siervo, cuya solicitud pastoral le acompañó hasta el último suspiro, pues poco antes de expirar impuso las manos sobre muchos de sus discípulos para proveer de ministros dignos á todas las iglesias que tenían falta de ellos. En fin, lleno de merecimientos entregó el alma á su Criador el primer día del año de 379, siendo de solos cuarenta y nueve años de edad, llorado no solo de los buenos, sino hasta de los judíos y aun de los mismos paganos.
Toda su provincia le lloró como á su padre, y en toda la Iglesia fué venerado por modelo de obispos católicos y por doctor de la verdad. Desde el mismo día en que murió comenzó á solemnizarse su fiesta, de manera que las honras fueron triunfos y fueron generales. Pronunciaron su panegírico su hermano san Gregorio Niseno, san Anfiloquio, san Efrén y san Gregorio de Nazianzo. Dióse á su cuerpo sepultura en la iglesia catedral, ansiando todos por lograr alguna reliquia suya. Las familias religiosas le pueden justamente considerar como su primer patriarca, y la Iglesia universal le honra como á uno de sus más ilustres doctores.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.