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viernes, 28 de mayo de 2027

San Agustín de Cantorbery, Obispo y Confesor

Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.

Fué san Agustín de Cantorbery, esclarecido apóstol de la nación inglesa, padre de la Iglesia romana en las islas Británicas y primer arzobispo de aquella sede, uno de aquellos varones que la divina Providencia suscita para llevar la luz del Evangelio á las regiones más apartadas y sepultadas en la sombra de la idolatría. No ha de confundirse con el gran doctor de Hipona, que lleva su mismo nombre; pues éste floreció mucho después, en el primer tercio del siglo sexto, y aunque no consten los nombres de sus padres ni la nobleza de su linaje, sábese que fué romano de honrada y acomodada condición, criado y educado desde su juventud en el santo temor de Dios.

Retiróse siendo joven al monasterio de San Andrés, que en el monte Celio de Roma había fundado el glorioso san Gregorio, llamado después Magno; y allí, bajo la santa Regla del patriarca san Benito, se ejercitó de tal suerte en la obediencia, en la humildad y en las máximas de la vida interior, que mereció ser hecho prior de aquella casa. En la austeridad del claustro y en el trato familiar con aquel gran pontífice fué formándose, sin saberlo él, el corazón del futuro misionero; que nada pueden los esfuerzos de los hombres, ni valen los cálculos de la prudencia humana, cuando el Señor quiere apoderarse de un alma y reservarla para grandes cosas.

Refiérese que, hallándose aún Gregorio abad de aquel monasterio, antes de subir á la cátedra de San Pedro, vió un día en el mercado de Roma unos jóvenes esclavos de tez blanca y rubios cabellos, y preguntando de qué pueblo eran y oyendo que anglos, respondió con aquel donaire que la piedad hizo memorable: «No anglos, sino ángeles»; y desde entonces ardió en deseos de ir él mismo á evangelizar aquella isla que los antiguos llamaban la última Thule. Mas elevado luego al sumo pontificado y no pudiendo pasar en persona, puso los ojos en Agustín, y hacia el año quinientos noventa y seis le envió con cerca de cuarenta monjes de San Andrés, siendo Agustín cabeza y portavoz de la santa empresa.

No fué la jornada sin dura prueba de sus corazones. Espantados los monjes en el camino con las nuevas que les daban de la ferocidad de los sajones y de lo extraño y bárbaro de su lengua, desmayó su ánimo y propusieron volverse atrás. Mas Agustín, tornando él mismo á Roma, expuso al Papa las dificultades; y Gregorio, en vez de excusarlos, los alentó con cartas paternales, nombró á Agustín abad de la expedición y los envió de nuevo. ¿Y quién resiste, cuando Dios manda? Invernaron en la Galia, tomaron intérpretes francos, y en la primavera del año quinientos noventa y siete desembarcaron en la isla de Thanet, en el reino de Kent.

Reinaba allí Etelberto, el más poderoso de los príncipes al sur del Humber, gentil todavía, aunque generoso y liberal; y por singular disposición del Cielo tenía por esposa á Berta, princesa franca y cristiana, que con su capellán el obispo Luidhardo servía á Dios en la iglesia de San Martín. Quiso el rey oír á los misioneros al aire libre, recelando sortilegios bajo techado; y habiéndoles Agustín expuesto la doctrina por medio del intérprete, respondió el rey con noble mesura: «Vuestras palabras y promesas son muy hermosas; mas no puedo dejar lo que con todo el pueblo de los anglos he venerado tanto tiempo. No os haremos daño alguno; antes bien os recibiremos con benévola hospitalidad»; y les concedió casa en Cantorbery, licencia de predicar y el uso de la iglesia de San Martín. Entraron los siervos de Dios procesionalmente en la ciudad, llevando en alto una cruz de plata y la imagen del Salvador, y cantando letanías; que así, con la sola fuerza de la verdad y el ejemplo de una vida austera, iban ganando aquellas almas.

Bendijo el Señor visiblemente tanto celo. El mismo rey Etelberto, movido por la doctrina y por la santidad de aquellos varones, pidió el bautismo y le recibió por la Pascua de Pentecostés, arrastrando con su ejemplo á muchedumbre de sus vasallos; de suerte que el día de Navidad de aquel mismo año se cuenta que fueron bautizadas más de diez mil personas en las aguas del río. Pasó entretanto Agustín á la Galia, donde fué consagrado obispo por Virgilio, metropolitano de Arlés; y sabedor Gregorio de tan copiosos frutos, escribió lleno de júbilo al rey Etelberto felicitándole, y hacia el año seiscientos y uno envió á Agustín el palio, constituyéndole arzobispo con autoridad sobre los obispos de Britania, y con él nuevos obreros: Melito, Justo, Paulino y Rufiniano. Erigió entonces el santo la sede primada de Cantorbery, y fundó allí la catedral y el monasterio de los santos Pedro y Pablo, mientras Melito ocupaba Londres, Justo Rochester y Paulino llevaba después la luz del Evangelio hasta la lejana Northumbria.

No dejó el común enemigo de suscitar embarazos á obra tan santa. Congregó Agustín á los obispos britanos, que apartados de la comunión romana seguían sus propios usos, y les pidió tres cosas: que recibiesen la fecha romana de la Pascua, que uniformasen el rito del bautismo, y que le ayudasen en la conversión de los anglos. Mas ellos, celosos de sus antiguas costumbres, se resistieron. Refiérese que, para dirimir la porfía, propuso Agustín que se juzgase por un signo, y que habiendo orado él fué devuelta la vista á un ciego que los britanos no habían podido sanar; y cuéntase asímismo que un ermitaño había aconsejado á aquellos obispos seguir á Agustín si al llegar se levantaba á recibirlos, y que por haber permanecido él sentado le tuvieron por soberbio y rompieron el concierto. Estas cosas nos las transmite el venerable Beda, y como piadosa tradición han de tomarse. Advirtióles entonces Agustín, según el mismo autor, con palabras que después se tuvieron por proféticas: «Si no queréis tener paz con los hermanos, tendréis guerra de vuestros enemigos; y si no queréis predicar á los ingleses el camino de la vida, sufriréis de sus manos el castigo de la muerte».

Ni fué menor la prudencia del santo en el gobierno que su celo en la predicación. Consultó al pontífice Gregorio muchas dudas sobre los ritos, la jurisdicción, los grados de parentesco para el matrimonio y las diferencias de las liturgias; y respondióle el Papa con aquellas famosas Responsiones, en que le enseñaba á no atarse servilmente á la costumbre de Roma, sino á escoger de cada Iglesia lo bueno, «pues las cosas —decía— no han de amarse por los lugares, sino los lugares por las cosas buenas». Con lo cual, guardando entera la sustancia de la fe católica y la obediencia al Romano Pontífice, sabía condescender con lo accidental de los pueblos; monumento admirable de sabiduría pastoral, en que resplandece la misma caridad que ganó para Cristo á toda una nación. Amonestábale entretanto Gregorio paternalmente que no se ensoberbeciese por los milagros y sucesos prósperos que Dios obraba por su mano; lección que el humilde monje benedictino guardó siempre en su corazón.

Colmado, en fin, de merecimientos, y habiendo consagrado antes á Lorenzo por sucesor suyo en la sede de Cantorbery para que no quedase desamparada la mies, entregó su preciosa alma al Señor un veintiséis de mayo, hacia el año seiscientos y cuatro, poco después que su santo padre y valedor Gregorio; bien que algunos difieren su tránsito al año siguiente. Fué sepultado extramuros, junto á la calzada romana y cabe la iglesia aún no acabada de su monasterio, y trasladadas después sus reliquias al pórtico de la abadía que de su nombre se llamó de San Agustín. Venéranle los ingleses, con san Jorge, por patrono de su reino; y el título de arzobispo de Cantorbery, que él fundó para gloria de la Iglesia romana, hoy le usurpan y profanan los que rompieron con la unidad católica.

¡Dichoso el varón que, dejando patria, sosiego y reposo del claustro, se hizo peregrino por Cristo para ganarle un reino entero! ¿Quién perdió jamás lo que dió al mismo Jesucristo? Un puñado de monjes pobres y desarmados, sin más armas que la cruz de plata que llevaban en alto y la santidad de su vida, vencieron lo que no habían vencido los ejércitos: la dureza de un pueblo idólatra. Aprendamos de tan gran santo que no son la elocuencia ni las trazas humanas, sino la humildad, la paciencia y el ejemplo de la virtud, los que rinden los corazones á Dios; y pidámosle que, pues fué apóstol de una nación, alcance de nuevo para aquellas islas, hoy apartadas de la fe, la luz que él les trajo del Cielo.

Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).