sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

miércoles, 26 de mayo de 2027

San Felipe Neri, Confesor

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (Sap. 7, 7-14)

Léctio libri Sapiéntiæ Optávi, et datus est mihi sensus: et invocávi, et venit in me spíritus sapiéntiæ: et præpósui illam regnis et sédibus, et divítias nihil esse duxi in comparatióne illíus: nec comparávi illi lápidem pretiósum: quóniam omne aurum in comparatióne illíus arena est exígua, et tamquam lutum æstimábitur argéntum in conspéctu illíus. Super salútem et spéciem diléxi illam, et propósui pro luce habére illam: quóniam inexstinguíbile est lumen illíus. Venérunt autem mihi ómnia bona páriter cum illa, et innumerábilis honéstas per manus illíus, et lætátus sum in ómnibus: quóniam antecedébat me ista sapiéntia, et ignorábam, quóniam horum ómnium mater est. Quam sine fictióne dídici et sine invídia commúnico, et honestátem illíus non abscóndo. Infinítus enim thesáurus est homínibus: quo qui usi sunt, partícipes facti sunt amicítiæ Dei, propter disciplínæ dona commendáti.

Por esto deseé yo la inteligencia, y me fue concedida; e invoqué del Señor el espíritu de sabiduría, y se me dio, y la preferí a los reinos y tronos, y en su comparación tuve por nada las riquezas, y no parangoné con ellas las piedras preciosas; porque todo el oro, respecto de ella, no es más que una menuda arena, y a su vista la plata será tenida por lodo. La amé más que la salud y la hermosura; y propuse tenerla por luz y norte porque su resplandor es inextinguible. Todos los bienes me vinieron con ella, y he recibido por su medio innumerables riquezas. Y me gozaba en todas estas cosas, porque me guiaba esta sabiduría; e ignoraba yo que ella fuese madre de todos estos bienes. La aprendí sin ficción, y la comunico sin envidia, ni encubro su valor; pues es un tesoro infinito para los hombres, que a cuantos se han valido de él, los ha hecho partícipes de la amistad de Dios y recomendables por los dones de la doctrina que han enseñado. [Torres Amat]

Comentario patrístico · Comentario a la Sabiduría, cap. 7 — Cornelio a Lápide

Vers. 7. «POR ESTO DESEÉ, Y ME FUE DADO EL ENTENDIMIENTO; E INVOQUÉ, Y VINO SOBRE MÍ EL ESPÍRITU DE SABIDURÍA.» Es algo difícil aquí la conexión, pues no consta bastante a qué se refiere el «por esto». Responde primero a Castro: por esto, esto es, por las miserias ya referidas, porque me vi nacido en suma miseria y sin poder alcanzar la sabiduría por mis propias fuerzas, quise aventajarme en refugiarme en el autor y dador de la sabiduría. Segundo, más genuinamente Lorino: la consideración de la humana flaqueza le impulsó a codiciar y pedir a Dios la sabiduría, «pues la filosofía nace de la meditación de la mortalidad». Tercero, Jansenio: porque me vi nacido en ignorancia como los demás hombres, deseé el sentido y la sabiduría que enderezase, y aun disipase, esa ignorancia. Cuarto, Pineda: viéndome desde los principios de la naturaleza en nada mejor que los demás, deseé el entendimiento; pues los nombres que establecen distinción entre los hombres no son de la naturaleza, sino de la fortuna o de la virtud y del trabajo. Y como Salomón sostenía doble persona, pide aquí doble sabiduría: una que le instruyese como persona privada, otra que le rigiese como persona pública y rey, para gobernar sabiamente a los súbditos.

«DESEÉ» —en griego ηὐξάμην, esto es, deseé, oré, supliqué, formé voto—; porque el desear hace orar y pedir; más aún, manifestar el propio deseo al superior, sobre todo a Dios, es orar, según aquello del Salmo X, 17: «El deseo de los pobres oyó el Señor.» Por eso vertió diestramente Nuestro autor «deseé» antes que «oré», para señalar la fuente de la oración, que es el vehemente deseo de la sabiduría. Enseña aquí moralmente que el principio de la sabiduría y de la santidad es su gran voto y deseo, según aquello de Cristo (Juan VII, 37): «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.» Haz tú lo mismo y suspira con la Iglesia: «Ven, Espíritu Creador, llena los corazones de tus fieles.» Así san Tomás de Aquino confesaba haber alcanzado su sabiduría más por la oración que por el estudio, pues «toda sabiduría viene del Señor Dios» (Eccli. I, 1). Y «me fue dado el entendimiento» —en griego φρόνησις, esto es, prudencia, ciencia, inteligencia—, para gobernarme en todo sensata, sabia y honestamente.

Vers. 8. «Y LA ANTEPUSE A LOS REINOS Y A LOS TRONOS» (en griego, a los cetros y tronos, que son insignias del rey y del reino), «Y JUZGUÉ QUE LAS RIQUEZAS NADA ERAN EN COMPARACIÓN DE ELLA.» Da la razón la misma Sabiduría (Prov. VIII, 14): «Mío es el consejo y la equidad, mía la prudencia, mía la fortaleza; por mí reinan los reyes»; y (v. 18): «Conmigo están las riquezas y la gloria... Mejor es mi fruto que el oro y la piedra preciosa.» Por eso muchos fieles, y aun filósofos como Crates, Demócrito y Anaxágoras, arrojaron las riquezas y abdicaron reinos para vacar a la sabiduría y a la santidad; pues las riquezas y los reinos a menudo se arrebatan a quien no quiere, mas la sabiduría y la santidad no pueden arrebatarse al que no consiente. Así dijeron los apóstoles a Cristo, que es guía de la sabiduría: «He aquí que lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mateo XIX, 27).

Vers. 9. «NI LA COMPARÉ CON LA PIEDRA PRECIOSA, PORQUE TODO EL ORO, EN COMPARACIÓN DE ELLA, ES UN POCO DE ARENA, Y COMO LODO SERÁ ESTIMADA LA PLATA EN SU PRESENCIA.» Es decir: la sabiduría es con mucho más excelente que todo el oro y las piedras; ante su aspecto se oscurece el fulgor del oro, se ensombrece la blancura de la plata, se embota el brillo de las perlas, y todo lo ilustre y precioso se envilece; ¿qué son, en efecto, la plata y el oro sino tierra blanca y roja?, dice san Bernardo. De ahí que Platón (Rep. III) diga que los hombres sabios y de eximia virtud están fundidos de oro y plata celestes —esto es, de virtudes divinas—, y los demás de bronce y hierro; y que quienes tienen ese oro y plata celestes en el pecho deben despreciar el oro y la plata terrenos. Alude a Job XXVIII, 15: «No se dará por ella el oro acrisolado, ni se pesará plata a cambio de ella.» Por eso es voz de necios aquella de Horacio: «¡Oh ciudadanos, ciudadanos, lo primero es buscar dinero; la virtud, después de las monedas!»

A esto sirven dos parábolas de Cristo: la del tesoro escondido en el campo (Mateo XIII, 44), que quien lo halla «va lleno de gozo y vende cuanto tiene y compra aquel campo»; y la de la perla preciosa (v. 46), que el mercader avisado, para adquirirla, «fue y vendió todo cuanto tenía y la compró»; pues la sabiduría es tesoro y perla única. Y si «en Cristo están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios» (Col. II, 3), con óptimo derecho dice el Apóstol (Fil. III, 8): «Todo lo tengo por pérdida ante la eminente ciencia de Jesucristo mi Señor... y lo tengo por estiércol, con tal de ganar a Cristo.»

Vers. 10. «SOBRE LA SALUD Y LA HERMOSURA LA AMÉ, Y ME PROPUSE TENERLA POR LUZ, PORQUE ES INEXTINGUIBLE SU LUMBRE.» Amó y deseó la sabiduría más que la salud, el vigor y la belleza del cuerpo, porque ella, cosa espiritual y dote nobilísima, aventaja a todo bien corporal, siendo ella misma la salud, hermosura y vista del alma, cuanto el alma aventaja al cuerpo. El griego «anti photós» puede verterse de dos maneras: «en lugar de la luz, como luz», y «sobre la luz, antes que la luz»; pues Salomón significa dos cosas: que prefirió la sabiduría a la luz, y que en lugar de luz no usaría otra iluminación que la sabiduría misma. Por «luz» entiéndase tanto la exterior del sol como la interior de los ojos: tuve la sabiduría por más cara no solo que la luz del sol, sino que mis propios ojos; en los negocios que había de hacer resolví no usar otra vista ni otros ojos que los de la sabiduría misma, que muestra el camino por todas las tinieblas de las cosas y conduce seguro al término de la vida eterna.

Pedro Blesense entiende aquí que se invita a los estudiosos al trabajo de la sabiduría aun a costa de la salud y del buen parecer, pues es justo comprar con cualquier menoscabo del cuerpo cosa tan grande como es la sabiduría; de ahí que los estudiosos padezcan del estómago, de la cabeza y de flemas, se vuelvan macilentos y de breve vida, porque estudiando agotan los mejores espíritus. Así Aristóteles padecía natural flaqueza de estómago, que aliviaba aplicándose un odrecillo de aceite caliente al vientre, de suerte que es maravilla llegase a los sesenta y tres años. Pineda añade que la sabiduría es antídoto de la muerte y de la mortalidad (Sap. VIII, 17), y que la pérdida de una vida más breve se compensa con la inmortalidad del nombre debida al sabio. Mas debe aplicarse al estudio la moderación que la misma sabiduría prescribe, no sea que se dañen las fuerzas del cuerpo, según aquello: «En todas las cosas la moderación es la más bella virtud», y «todo exceso es malo, pero de los estudios el peor.»

«PORQUE ES INEXTINGUIBLE SU LUMBRE» —en griego, porque es «insomne, siempre vigilante», el resplandor que de ella procede—. Es decir: me propuse tener la sabiduría por luz, porque toda otra luz del sol, de la luna o del día derrama una lumbre que a la tarde se apaga y como duerme por la noche hasta la mañana, en que de nuevo nace el sol; mas la luz de la sabiduría derrama una lumbre que nunca se apaga ni desfallece ni duerme, sino que siempre perdura vigilante y luminosa; mientras la luz de los ojos se adormece de noche con el hombre, y la del sol se pone al atardecer. Así explica a Castro: a la luz que mana del sol le sobreviene reposo con la sucesión de las noches; pero la lumbre de la sabiduría por ningún sueño se interrumpe, nunca reposa, siempre está en vela e induce a continuo trabajo. La razón última es que la sabiduría es rayo de la luz divina y mana de Dios, «en quien no hay mudanza ni sombra de vicisitud» (Sant. I, 17). Por eso también de noche ha de rumiar el sabio la ley de Dios y meditar en ella, según aquello del salmo: «En su ley meditará día y noche.»

Vers. 11. «Y ME VINIERON JUNTAMENTE CON ELLA TODOS LOS BIENES, E INNUMERABLE HONESTIDAD POR SUS MANOS.» «Todos los bienes» son las riquezas, la fama, la gloria, el reino, la victoria; «innumerable» es hipérbole por «muchísima». Para que nadie acuse a Salomón de temeridad por haber antepuesto la sabiduría a los demás bienes, muestra que ella no vino a él sin dote, sino que le trajo por dote todos los bienes; lo cual sucedió así realmente (III Reyes III, 11), donde Dios le dice: «Porque no pediste días largos, ni riquezas, sino sabiduría para discernir el juicio... te he dado corazón sabio e inteligente; y aun lo que no pediste te he dado, a saber, riquezas y gloria.» De ahí que Cristo (Mateo VI, 33), tomado el ejemplo de la gloria de Salomón, concluyese: «Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura» —dijo «por añadidura», no sin énfasis, porque los bienes exteriores los otorga Dios aun a los que no los piden.

Vers. 12. «Y ME ALEGRÉ EN TODAS ELLAS, PORQUE ESTA SABIDURÍA ME PRECEDÍA» —en griego «me guía»—, como caudillo que me conducía a todos los bienes ya dichos; porque la sabiduría es guía, autor, cabeza, fuente y madre de todos los bienes, ya que Dios, autor y amador de la sabiduría, otorga largamente todas esas cosas a los estudiosos de ella. Y añade: «e ignoraba que ella es la madre de todos ellos» —en griego γένεσις, genitriz—; entiéndase que lo ignoraba antes de tenerla plenamente conocida y experimentada; pero cuando la conocí por experiencia, reconocí claramente que la sabiduría es madre de todos los bienes. La «honestidad» (v. 11) —en griego πλοῦτος, esto es, riquezas— se llama en la Escritura «honestidad» porque hace honorable a quien la posee; y «por sus manos» significa que estaba en su arbitrio y potestad, y que liberalmente se dispensaba, pues la mano es símbolo de potestad, de liberalidad y de trabajo: da sus riquezas no a los ociosos, sino a los que obran.

Vers. 13. «LA CUAL APRENDÍ SIN FICCIÓN» (en griego ἀδόλως, sin dolo) «Y COMUNICO SIN ENVIDIA» (en griego ἀφθόνως) «Y NO ESCONDO SUS RIQUEZAS.» Esta ficción o dolo consiste en que uno no busque la sabiduría sinceramente por ella misma, sino por otra cosa, como para crecer en honores; así Simón Mago quiso comprar dolosamente el Espíritu Santo, no para santificarse, sino para adquirir el nombre de Mago (Hechos VIII, 19). El sentido es: yo, Salomón, busqué y aprendí la sabiduría de mi madre y padre, de Natán profeta y sobre todo de Dios, que me la infundió; la busqué no fingidamente, sino con pura intención y recto fin, para vivir por ella recta y santamente y para enseñarla a otros; por eso la comunico sin envidia, larga y liberalmente, con la voz y con estos escritos míos, y no escondo sus riquezas, sino que en todas partes las predico. Aprende de aquí moralmente que el verdadero sabio no es envidioso ni mezquino, sino que liberalmente se comunica en provecho de los demás, como Dios reparte largamente lo suyo y el sol envía a todos los rayos de su luz. Así los apóstoles, dice san Ireneo, sin envidiar a nadie, comunicaban a todos lo que habían aprendido del Señor; y san Basilio: «Se ha de aprender sin ningún rubor y enseñar sin envidia.»

Vers. 14. «PORQUE ES UN TESORO INFINITO» (en griego ἀνέκλειπτος, inagotable) «PARA LOS HOMBRES.» Da la razón por la que comunica la sabiduría sin envidia: porque su tesoro es inagotable, a manera de fuente o pozo perenne, del cual cuanta más agua se saca, tanta más brota de nuevo. No temas, pues, oh doctor, enseñar a otros, temiendo que se agote tu doctrina; porque enseñando te crece, así por el mismo uso como por el don de Dios; como la luz de la vela, que encendiendo otra y otra no se disminuye, sino que se aumenta, y como el aceite de Elías, que cuanto en más vasos se derramó, tanto más se multiplicó (III Reyes XVII). «LOS CUALES, LOS QUE LA USARON, SE HICIERON PARTÍCIPES DE LA AMISTAD DE DIOS»: esta es otra razón, pues quienes usan la sabiduría en bien de otros, enseñando y aconsejando, por esta insigne caridad contraen estrecha amistad con Dios, que es el primer doctor de la sabiduría y busca otros doctores por compañeros para derramarla en todos; y para la verdadera amistad se requieren y bastan estas cuatro cosas —igualdad, mutua benevolencia, singularidad y unión (santo Tomás, II-II, q. 23, a. 1)—, las cuales se dan entre Dios y el justo por la caridad, por la que somos hechos «consortes de la naturaleza divina» (II Pedro I, 4). «RECOMENDADOS POR LOS DONES DE LA ENSEÑANZA»: porque por la doctrina se disipa la ignorancia de los oyentes, se destierran los errores, se corrigen los vicios y se procuran la gracia y la salvación eterna; por lo cual los varones sabios fueron amigos y consejeros de reyes y emperadores, como Séneca de Nerón, Aristóteles de Alejandro Magno, Lactancio de Constantino y Alcuino de Carlomagno. Aprende, en fin, la dignidad de los doctores de la sabiduría: que, más que los demás justos y doctos, son amigos de Dios, porque hacen a muchos doctos, esto es, probos, santos y amigos de Dios.

Comentario a la Sabiduría, cap. 7, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)

Evangelio (Luc. 12, 35-40)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Sint lumbi vestri præcíncti, et lucernæ ardéntes in mánibus vestris, et vos símiles homínibus exspectántibus dóminum suum, quando revertátur a núptiis: ut, cum vénerit et pulsáverit, conféstim apériant ei. Beáti servi illi, quos, cum vénerit dóminus, invénerit vigilántes: amen, dico vobis, quod præcínget se, et fáciet illos discúmbere, et tránsiens ministrábit illis. Et si vénerit in secúnda vigília, et si in tértia vigília vénerit, et ita invénerit, beáti sunt servi illi. Hoc autem scitóte, quóniam, si sciret paterfamílias, qua hora fur veníret, vigiláret útique, et non síneret pérfodi domum suam. Et vos estóte paráti, quia, qua hora non putátis, Fílius hóminis véniet.

Estad con vuestras ropas ceñidas a la cintura, y tened en vuestras manos las luces ya encendidas. Sed semejantes a los criados que aguardan a su amo cuando vuelve de las bodas, a fin de abrirle prontamente, luego que llegue, y llame a la puerta. Dichosos aquellos siervos a los cuales el amo al venir encuentra así velando; en verdad os digo, que recogiéndose él su vestido, los hará sentar a la mesa, y se pondrá a servirles. Y si viene a la segunda vela, o viene a la tercera, y los halla así prontos, dichosos son tales criados. Tened esto por cierto, que si el padre de familia supiera a qué hora había de venir el ladrón, estará ciertamente velando, y ni dejaría que le robasen su casa. Así vosotros estad siempre prevenidos; porque a la hora que menos pensáis vendrá el Hijo del hombre. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Lucas 12, 35-40 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

Teofilato. Después que el Señor estableció a su discípulo en la moderación despojándolo de todo cuidado de la vida y del orgullo, lo induce ahora a servir diciendo: "Tened ceñidos vuestros lomos" -es decir estad siempre dispuestos a imitar a vuestro Dios-. "Y antorchas encendidas", esto es, no viváis entre tinieblas, sino que la luz de la razón os alumbre siempre dándoos a conocer lo que habéis de evitar. Este mundo es una noche, pero tienen ceñidos sus lomos los que llevan una vida práctica o activa. Porque tal es costumbre de los que trabajan, a quienes convienen antorchas ardientes, esto es el don de la discreción, para que puedan conocer en la práctica, no sólo lo que conviene hacer, sino cómo debe hacerse. De otra manera, los hombres caen en el precipicio de la soberbia. Y debe observarse que primero manda ceñir los lomos y después encender las antorchas, porque primero es la acción y después la reflexión, que es la luz del espíritu. Por tanto, estudiemos el modo de ejercer nuestras facultades y entonces tendremos dos antorchas ardientes, a saber: la inhabitación del Espíritu -que nos ilumina brillando en nuestra mente- y la doctrina con la que ilustramos a los demás.

San Máximo, in Cat. graec. Patr. O también nos enseña a tener encendidas las antorchas por la oración, la contemplación y el afecto espiritual.

San Cirilo, in Cat. graec. Patr. O bien el ceñirse los lomos significa la agilidad y prontitud con que debemos sufrir todos los males por el amor de Dios, y la antorcha encendida significa que no debemos permitir el que algunos vivan en las tinieblas de la ignorancia.

San Gregorio, in homil. 13, in Evang. De otro modo: ceñimos nuestros lomos cuando reprimimos la lujuria de la carne por la continencia. Porque la lujuria del hombre se encuentra en sus riñones y la de la mujer en el ombligo, aunque se designa por los riñones a la lujuria, por ser el sexo masculino el principal. Pero como no basta no obrar mal, sino que cada cual debe esforzarse por practicar buenas obras, añade: "Y antorchas encendidas en vuestras manos". Nosotros tenemos las antorchas encendidas en nuestras manos cuando con las buenas obras damos a nuestros prójimos ejemplos brillantes.

San Agustín, De quaest. Evang., lib. 2, cap. 25. O también, nos enseña a tener ceñidos los lomos por la continencia del amor de las cosas terrenas y a tener encendidas las antorchas. Esto es, para que todo ello lo hagamos con buen fin y recta intención.

San Gregorio, in homil. 13, ut sup. Pero aun cuando todo lo hagamos así, falta todavía que pongamos toda nuestra esperanza en la venida de nuestro Redentor. Por esto añade: "Y sed vosotros semejantes a los hombres que esperan a su Señor cuando vuelva de las bodas", etc. El Señor marchó a las bodas, porque cuando subió al cielo, se incorporó el hombre nuevo a la multitud de los ángeles.

Teofilato. Todos los días desposa en los cielos las almas de los santos, las que San Pablo u otro santo le ofrece como una casta virgen. Y vuelve de las bodas celebradas en los cielos, quizás de una manera universal, cuando al fin del mundo venga del cielo en la gloria del Padre, o quizás particularmente, apareciendo de repente en la hora de la muerte de cada uno de nosotros.

San Cirilo, ubi sup. Considera también que vuelve de las bodas como de una solemnidad en la que siempre existe la divinidad, porque nada puede causar tristeza a su naturaleza incorruptible.

San Gregorio Niceno, in Cat. graec. Patr., ex illius orat., vel. hom. 11, in cant. O de otro modo: terminadas las bodas y habiéndose desposado con la Iglesia y admitiéndola en el tálamo de sus misterios, se regocijarán los ángeles por la vuelta del rey a su natural beatitud. Con ellos conviene que esté conforme nuestra vida, porque así como ellos, exentos de malicia, están siempre preparados a celebrar el regreso de su Señor, así nosotros, vigilando a su puerta, debemos estar prontos a obedecer cuando venga llamando. Sigue pues: "Para que cuando viniere y llamare a la puerta luego le abran".

San Gregorio, in Evang hom, 13. Viene cuando nos llama a juicio, pero llama cuando da a conocer por la fuerza de la enfermedad que la muerte está próxima. Y le abrimos inmediatamente si lo recibimos con amor. No quiere abrir al juez que llama el que teme la muerte del cuerpo y se horroriza de ver a aquel juez a quien se acuerda que despreció. Pero aquel que está seguro por su esperanza y buenas obras, abre inmediatamente al que llama porque cuando conoce que se aproxima el tiempo de la muerte, se alegra por la gloria del premio. Por esto añade: "Bienaventurados aquellos siervos, que hallare velando el Señor, cuando viniere". Vigila aquel que tiene los ojos de su inteligencia abiertos al aspecto de la luz verdadera, el que obra conforme a lo que cree y el que rechaza de sí las tinieblas de la pereza y de la negligencia.

San Gregorio Niceno, ubi sup. Por esta vigilancia que, como queda dicho, nos mandó tener el Señor, dice que ciñamos nuestros lomos, teniendo encendidas las antorchas. Porque la luz puesta delante de nuestra vista rechaza el sueño, y cuando nuestros lomos están ceñidos con un cíngulo nuestro cuerpo no se duerme fácilmente. Porque el que está ceñido por la castidad e ilustrado por una conciencia limpia, vela siempre.

San Cirilo, ubi sup. Así pues, cuando venga el Señor y encuentre a los suyos despiertos y ceñidos, teniendo la luz en su corazón, entonces los llamará bienaventurados. Prosigue pues: "En verdad os digo que se ceñirá". En lo que comprendemos que nos retribuirá con lo mismo, porque se ceñirá El mismo con los que están ceñidos.

Orígenes, in Cat. graec. Patr. Estará ceñido por la justicia alrededor de sus lomos, según lo que dijo Isaías ( Is 11).

San Gregorio, ut sup. Se ciñe por la justicia, es decir, se prepara para la retribución.

Teofilato. O también: Se ceñirá en el sentido de que no dispensará toda la abundancia de sus bienes, sino que la retendrá en una cierta medida. Porque, ¿quién puede recibir a Dios en toda su grandeza? Por esto se dice que los mismos serafines velan sus rostros a causa de la excelencia del resplandor divino ( Is 6). Prosigue: "Y los hará sentar a la mesa", etc. Así como el que se sienta hace descansar todo su cuerpo, así a su futura venida los santos descansarán totalmente. Aquí no tuvieron descanso corporal, pero allí, hechos sus cuerpos espirituales e incorruptibles, gozarán con sus almas de eterno descanso.

San Cirilo, ubi sup. Hará que se sienten como queriendo desahogarlos del cansancio, ofreciéndoles satisfacciones espirituales y poniéndoles delante la mesa espléndida (u opípara) de sus dones.

San Dionisio, in epist. 9 ad Titum. Por el acto de sentarse creen algunos que debe entenderse el descanso de muchos trabajos, la vida sin molestias y el trato con Dios en la claridad y en la región de los vivos, cumplido con todo santo afecto y abundante donación de todas sus gracias, lo cual será el complemento de la alegría. Esto es lo que Jesús hará con los que haga sentarse, dándoles el descanso eterno y distribuyéndoles multitud de beneficios. Por esto sigue: "Y pasando los servirá".

Teofilato. Lo mismo hará cuando vuelva; porque así como ellos lo sirvieron, El los servirá.

San Gregorio, , in Evang hom. 13, ut sup. Se dice que pasando cuando vuelva del juicio a su reino. O bien, el Señor pasa a nosotros después del juicio porque nos eleva de la forma de la humanidad a la contemplación de su divinidad.

San Cirilo, ut sup. El Señor conoce, pues, la fragilidad humana para caer en el pecado. Pero como es bueno, no nos deja desesperar, sino que más bien se compadece y nos da la penitencia como remedio saludable. Por tanto añade: "Y si viniese en la segunda vela", etc. Los que velan en las murallas de las ciudades dividen, pues, en tres o cuatro vigilias la noche para que observen las acometidas de los enemigos.

San Gregorio, in homil. 13, ut sup. La primera vela es el primer tiempo de nuestra vida, esto es, la infancia. La segunda, la adolescencia o la juventud. La tercera, la ancianidad. Por tanto, el que no quiso vigilar en la primera vela, vigile en la segunda y el que no quiso vigilar en la segunda, no pierda el remedio de la tercera, para que aquellos que no se hayan convertido en la infancia se conviertan al menos en la juventud o en la ancianidad.

San Cirilo, ubi sup. No hace mención de la primera vigilia porque la niñez no es castigada por Dios, sino que merece perdón. Pero la segunda y la tercera edad deben obedecer a Dios y llevar una vida honesta para complacerlo.

Griego, id est, Servus Antiochenus, in Cat. graec. Patr. O bien pertenecen a la primera vigilia los que por su virtuosa vida han llegado al primer rango, a la segunda los que no son tan virtuosos y a la tercera los inferiores a éstos. Lo mismo debe pensarse de la cuarta y de la quinta, si la hubiera, porque son diversos los grados de la virtud y el buen remunerador mide a cada uno la recompensa que merece.

Teofilato. O bien, porque las vigilias son las horas de la noche que provocan el sueño, hemos de entender también que en nuestras vidas hay algunas horas que nos hacen bienaventurados si se nos halla vigilantes. ¿Te ha quitado alguno lo que es tuyo? ¿Se te han muerto tus hijos? ¿Has sido acusado? Pues si en todas estas ocasiones no haces nada en contra de lo que Dios tiene mandado, te encontrará despierto en la segunda y en la tercera vigilia, es decir en el tiempo de la desgracia que sume a las almas débiles en un sueño pernicioso.

San Gregorio, in homil. 13, ut sup. Para sacudir la pereza de nuestro espíritu, el Señor también nos da a conocer los daños exteriores con una comparación. Por esto añade: "Mas esto sabed, que si el padre de familia supiere la hora en que vendría el ladrón", etc.

Teofilato. Algunos creen que este ladrón es el diablo, la casa el alma y el padre de familia el hombre, pero esta opinión no parece conforme con lo que sigue. La venida del Señor se compara con este ladrón porque viene cuando menos se espera, según lo que dice el Apóstol ( 1Tes 5,2): "El día del Señor vendrá como el ladrón en la noche". Por esto se añade aquí: "Vosotros, pues, estad apercibidos, porque a la hora que no pensáis", etc.

San Gregorio, in Evang hom. 13. No sabiéndolo el padre de familia, el ladrón entra en la casa. Porque mientras el espíritu duerme abandonando la custodia, llega la muerte de manera imprevista e irrumpe en nuestro interior. Resistiría al ladrón si estuviese despierta. Porque precaviendo la venida del juez, que en secreto arrebata el alma, le saldría al encuentro con el arrepentimiento para no sucumbir impenitente. Quiso el Señor, por tanto, que nos fuese desconocida la última hora, para que no pudiendo preverla, estemos siempre preparándonos para ella.

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena