sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

domingo, 2 de mayo de 2027

San Atanasio, Obispo y Doctor

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Atanasio, patriarca de Alejandría. San Atanasio, venerado en toda la Iglesia católica por una de las más firmes columnas de la fe, por ilustre defensor de la divinidad de Jesucristo, por una de las más brillantes lumbreras de todo el mundo cristiano, y en fin, por uno de los mayores santos de la Iglesia, nació en Alejandría de Egipto por los años de 296. Sus padres eran muy distinguidos por su nobleza, pero mucho más por su piedad; y así hicieron todo lo posible para dar al niño Atanasio una educación correspondiente á su religión y á su noble nacimiento. Dejóse admirar de todos los que estaban encargados de formarle, la viveza y la extraordinaria penetración de ingenio que manifestaba nuestro niño; y los rápidos progresos que hizo en las letras humanas, en una edad en que otros niños apenas saben hablar, hicieron conocer bastante lo que había de ser con el tiempo.

Cuenta Rufino que un día de fiesta, estando jugando con otros niños de su edad, y divirtiéndose en remedar las ceremonias de la Iglesia, bautizó á algunos que no estaban bautizados; y que noticioso el patriarca san Alejandro de este hecho, llamó á Atanasio, y bien informado así de su intención, como de las palabras que había dicho al echarles el agua, declaró que habían recibido legítima y verdaderamente el santo bautismo. El suceso de este día fue para el santo obispo como un presagio de las grandes cosas á que destinaba la divina Providencia á nuestro Atanasio.

Tomóle á su cargo, y viéndole en poco tiempo tan adelantado en las letras humanas, le aconsejó que se dedicase al estudio de las divinas, en las que seguramente se puede afirmar que pocos hicieron más progresos en tan corto espacio de tiempo. Sus escritos en defensa de la religión son el mejor testimonio de aquella rara penetración con que comprendía todas las ciencias; pues en ellos se acredita de excelente filósofo, profundo teólogo, hábil jurisconsulto y bien instruido en todas las bellas artes, y todo esto en una edad en que por lo común el mayor mérito es el deseo de saber.

Pero al paso que cada día se iba haciendo más sabio, se hacía también más santo. Llevóle al desierto la fama de san Antonio; y en la escuela de tan insigne maestro progresó tan maravillosamente en menos de dos años en la ciencia de la salvación, que sin duda la Tebaida hubiera poseído sola este tesoro, si no se hubiera valido de su autoridad el patriarca de Alejandría para obligarle á que pasase á aquella ciudad. Dejóse ver en ella con todo aquel concepto y estimación con que en todas partes se presenta un hombre de extraordinario mérito, acompañado también de una virtud extraordinaria. Desde luego fue el asombro y las delicias de los católicos; y desde luego fue también el terror y espanto de los herejes y gentiles. A los veinte años de su edad compuso contra ellos dos admirables tratados, intitulado el segundo de la Encarnación del Verbo. Hízole san Alejandro secretario suyo, elevóle á los sagrados órdenes, y se valió de su pluma y de su ministerio para confundir á los melecianos y á los demás herejes.

Pero el mayor enemigo de la Iglesia, contra quien singularmente estaba destinado Atanasio, era el impío Arrio, presbítero de Alejandría y cura de la parroquia de Baucala, el cual habiendo sido depuesto y privado del curato por el patriarca san Pedro, supo disimular tan bien la malignidad de su ingenio y de su corazón, cubriéndose con cierto exterior aparato de compunción y de penitencia, que engañado san Aquilas, sucesor de Pedro, le restituyó á su curato, y le confirió el orden del sacerdocio que aun no tenía al tiempo de su deposición. Viéndose ya cura por sus artificios, aspiró á verse patriarca; y no pudiendo tolerar que le hubiesen pospuesto á san Alejandro, se declaró cabeza de partido, comenzó á hablar contra la divinidad de Jesucristo, y fue el mayor y más pernicioso enemigo que ha conocido la Iglesia.

Apenas descubrió la cabeza este monstruo, cuando salió Atanasio á combatirle y aniquilarle. Pero como nunca faltan recursos á la herejía, aunque Arrio quedó muchas veces convencido y avergonzado, así en particular como en público, por nuestro santo, encontró parciales aun dentro del mismo clero; y para atajar el mal, se consideró necesario convocar el célebre concilio de Nicea. Concurrió á él Atanasio, acompañando á su obispo, y sobresalió mucho por su sabiduría y por su celo. Fue anatematizada por el sínodo la impiedad arriana, y nuestro santo se adquirió muy grande reputación por las disputas públicas que tuvo con el heresiarca, en las cuales le dejó confundido; y asombró tanto á los padres con su vigilancia y penetración en descubrir los artificios de los herejes, en desenredar sus sofismas y en desconcertar su partido, que aunque á la sazón no era más que diácono, ya le consideraban todos como el azote de los arrianos y como una de las más brillantes lumbreras de la Iglesia.

Concluido el concilio, se volvieron á Alejandría san Alejandro y su diácono; pero consumido el santo Patriarca al rigor de sus penitencias y trabajos, murió santamente cinco meses después. Poco antes de espirar, como no viese por allí á Atanasio, que había huido para que no le hiciesen su sucesor, exclamó con espíritu de profecía: Atanasio, tú piensas escaparte con la fuga, pero esta no te librará de la silla patriarcal. Murió Alejandro, y fue proclamado por patriarca Atanasio con unánime aclamación del clero y del pueblo. Su ausencia hizo retardar la consagración; porque en efecto se había escondido tan de veras y tan bien, que en seis meses no fue posible saber dónde paraba; pero descubierto en fin, su tesón en no querer aceptar la dignidad solo sirvió para que todos se confirmasen más y más en lo mucho que la merecía. No dando oídos ni á sus razones ni á sus lágrimas, fue consagrado el día 27 de diciembre del año 326; y desde luego hizo conocer á todos que no era fácil encontrar sujeto más digno de ocupar la segunda silla de toda la Iglesia universal.

Mirábanle ya los arrianos como al más terrible azote de su secta; y no habiendo podido estorbar su consagración, hicieron cuanto pudieron para que se declarase por ilegítima, tachándola de menos canónica. Llevaron las quejas y las calumnias á la corte del emperador, siendo los que más las esforzaban Eusebio de Nicomedia, Teognis y Maris, insignes protectores del arrianismo; pero todos sus artificios se convirtieron en vergonzosa confusión de sus mismos autores. En el mismo instante en que Atanasio fue elevado á la silla patriarcal, se cuenta que el espíritu de Dios dijo á san Pacomio: Yo he puesto á Atanasio por columna y por lumbrera de la Iglesia; muchas tribulaciones y calumnias tendrá que padecer en defensa de la fe y de la virtud; pero será siempre sostenido por la gracia de Jesucristo; vencerá todas las tentaciones, y anunciará á las iglesias la verdad del Evangelio.

Ninguno cumplió más exactamente con todas las obligaciones de obispo. Consumado en ciencia y en virtud, no solo era la admiración de los demás prelados, sino su más perfecto modelo. No obstante de ser su diócesis una de las más dilatadas de toda la Iglesia, pocas ovejas dejaban de oír cada año la voz de su pastor, y ninguna se escapaba á su solicitud y vigilancia pastoral. Era dulce, afable, compasivo; y siendo todo para todos á fin de ganarlos á todos para Jesucristo, nunca se separaban de su celo la caridad y la dulzura. Sus trabajos apostólicos, aunque tan continuos y de tan gran fatiga, no disminuían un punto el rigor de sus penitencias. A la acción y al estudio acompañaban siempre el ayuno y la oración. Sus rentas eran únicamente para los pobres; y siendo igual su actividad en socorrer las necesidades espirituales y las corporales, sabía prevenirlas. Era pastor, era padre, y su dulzura daba gran realce á su caridad.

Entre tanto, viéndose el impío Arrio desterrado por el emperador Constantino, después de haber sido condenado por el concilio de Nicea, no dejaba piedra por mover para engañar al público, y para alucinar el ánimo del incauto príncipe. Consiguiólo; porque presentando á este una capciosa profesión de fe, que tenía apariencia de católica, logró que se le levantase el destierro; pero no pudo lograr que el patriarca le admitiese en su comunión, conociendo la mala fe con que procedía; y á pesar de las súplicas y empeños de sus parciales, nunca quiso reconciliarle con la Iglesia. Se trató de crimen su constante tesón, y unidos los melecianos con los arrianos, no perdonaron á calumnia ni artificio para desacreditarle y para perderle. Dieron principio á sus acusaciones delatándole como reo de estado, diciendo que había impuesto, de su propia autoridad, á los egipcios un tributo de ropa de lino ó de ornamentos para la iglesia de Alejandría.

Habiendo sido plenamente justificado por dos presbíteros suyos, Apis y Macario, que se hallaban en la corte, le suscitaron dos nuevas acusaciones mucho más feas: la primera, que había hecho pedazos un cáliz, y destruido ó arruinado una iglesia por medio de cierto presbítero que se llamaba Macario; y la segunda, que había remitido una gran cantidad de dinero á cierto rebelde, llamado Filomeno, que había tomado las armas contra el emperador, aspirando no menos que á usurpar el imperio. Llamó Constantino á la corte á nuestro santo; reconocida su inocencia y la malignidad de los calumniadores, le volvió á enviar á su iglesia, colmándole de elogios.

No se acobarda la herejía por más que sea confundida. Acusaron al santo de que había asesinado á Arsenio, obispo meleciano, y que le había cortado la mano derecha con el fin de usar de ella para sus operaciones mágicas; y para engañar al público, tuvieron la insolencia de llevar por todas partes en una caja una mano derecha que habían hecho secar. Pero habiendo sido descubierto Arsenio en Fenicia, donde se había escondido ó le habían hecho esconder, y hallado con las dos manos sanas, quedó confundida la impostura de los arrianos y de los melecianos. La vergüenza suspendió por algún tiempo la malicia de sus enemigos; y nuestro santo se aprovechó de estos momentos de calma para visitar las iglesias de su obispado, que por más distantes oían menos veces la voz de su pastor. En esta visita vio la primera vez el célebre monasterio de Tabena. Su abad san Pacomio le salió á recibir al frente de sus monjes, cuyo número era de muchos millares; los que, distribuidos en veinte y cuatro clases ó coros, le condujeron como en triunfo, cantando salmos, al monasterio.

Entre tanto no se descuidaban los arrianos y melecianos; y desesperando de poder alterar la fe, ó doblar el tesón de san Atanasio, discurrieron nuevas trazas para desacreditarle en el concepto del emperador. Obtuvieron su permiso para convocar un concilio en Cesárea de Palestina; y considerando Atanasio que este conciliábulo se componía únicamente de sus enemigos, se negó á concurrir á él. Eusebio de Nicomedia, jefe de la conspiración de los arrianos, y los demás prelados desafectos á nuestro santo, supieron pintar esta resistencia al emperador con tan feos colores, que desde entonces concibió contra el patriarca las malignas impresiones que le duraron toda la vida. Mandó que el año siguiente se convocase un concilio en la ciudad de Tiro, dando orden á san Atanasio de que sin falta asistiese á él, y el santo obedeció.

Cuando entró en el concilio, le ordenaron los presidentes que se estuviese en pie, como está un reo delante de sus jueces: lo que indignó tanto al santo obispo Potamón, insigne confesor de Cristo, que sin poder contenerse, dirigiendo la palabra á Eusebio de Cesárea, uno de los presidentes del conciliábulo: Acuérdate, le dijo, de la cobardía que mostraste en la última persecución. ¿Pues cómo tienes valor y vergüenza para estarte tú sentado, mientras está en pie Atanasio, hombre de vida irreprensible? Abrieron entonces los ojos muchos santos prelados; y conociendo que los habían engañado, siguieron á san Pafnucio, que, tomando de la mano á san Máximo, obispo de Jerusalén, se salió de la asamblea.

No por eso desistieron los arrianos de su empresa. Formóse la causa; revivieron las antiguas calumnias, y fue de nuevo preguntado el presbítero Macario. Ya se había dado comisión para ir á hacer nuevas informaciones sobre el supuesto asesinato de Arsenio, cuando este se presentó delante del conciliábulo, vivo, sano y sin que le faltase miembro alguno de su cuerpo. Hízose comparecer á una mala mujer, que habían sobornado con dinero, para acusar á nuestro santo; y ella lo hizo declarando en pleno concilio que Atanasio la había deshonrado. El santo entonces, por uno de aquellos extraordinarios rasgos de prudencia que inspira el Espíritu Santo en los mayores apuros, entró en el concilio acompañado de uno de sus presbíteros, llamado Timoteo; y fingiendo este que era el santo patriarca, preguntó á la descarada mujer con resolución y con despejo: Dime, mujer, ¿soy yo el que te violenté? Sí, respondió ella, tú mismo eres; y afectando deshacerse en lágrimas, clamaba al concilio por justicia y por venganza. Echaron con oprobio del concilio á la mujer como merecía; pero se irritaron tanto los arrianos con la vergüenza de ver descubiertas sus calumnias é imposturas, que hubieran hecho pedazos á Atanasio, á no haberse escapado de la ciudad secretamente la siguiente noche.

Pero no por eso se acobardaron los herejes, ni cesaron de forjar cada día nuevas acusaciones. Sabiendo bien lo mucho que sentía el emperador todo lo que tocase á su nueva ciudad de Constantinopla, le aseguraron descaradamente que Atanasio prohibía la extracción de los granos que se acostumbraban sacar de Alejandría para el abasto de la corte. Irritóse tanto el emperador, que sin querer dar oídos á Atanasio, que ofreció probar hasta la evidencia la falsedad de aquella quimérica acusación, le desterró á Tréveris. Obedeció, aunque era tan visible su inocencia. Después de muchas fatigas, llegó al lugar de su destierro, cuyo obispo, que era á la sazón san Máximo, le recibió con el mayor respeto, venerándole siempre como á invencible defensor de la fe, y confesor ilustre de la divinidad de Jesucristo.

Muerto el emperador Constantino, su hijo Constantino el menor, que era emperador de Occidente, después de dos años de destierro, le restituyó á su iglesia de Alejandría, con cartas de recomendación muy honoríficas, en que apellidándole oráculo de la ley divina, decía que su padre Constantino le había enviado á las Galias por algún tiempo, solo para ponerle á cubierto del furor de los malignos que habían maquinado su ruina. Imperaba en el Oriente Constancio, y aunque se había declarado fautor de la herejía arriana, no se atrevió á oponerse á esta resolución de su hermano. Fue recibido el santo Patriarca, así del pueblo como del clero, con aquellas demostraciones de gozo que causa la vuelta de los santos perseguidos por la fe; pero duró poco la calma.

Los mismos que lo habían condenado en el conciliábulo de Tiro, convocaron otro en Antioquía el año de 341, en el que consagraron por patriarca de Alejandría á Gregorio de Capadocia. Entró en la ciudad con mano armada el pseudo-patriarca; y apoderándose de todas las iglesias, cometió tantas violencias, tantas profanaciones y tantos sacrilegios, que Atanasio se vio precisado á huir y á refugiarse en Roma. Recibióle con veneración el papa Julio, y escribió á los obispos de Oriente, ordenándoles que concurriesen á Roma para terminar estas diferencias. Celebróse este concilio el año de 342, en el cual se justificó Atanasio plenamente; fue aprobada y aplaudida la pureza de su fe, no menos que el valor de su constancia; y el papa se prendó tanto de su rara sabiduría y virtud, que le detuvo en Roma tres años.

Opusiéronse con el mayor esfuerzo á que fuese restituido á su iglesia los arrianos protegidos por el emperador Constancio. Fue preciso convocar otro concilio en Sárdica el año de 347, en el cual fue reconocida con admiración y con elogio la inocencia de nuestro santo, el intruso Gregorio fue excomulgado y depuesto, y Atanasio restituido á su silla. Los obispos arrianos, que se habían retirado del concilio, se juntaron tumultuariamente en Filipópolis, y tuvieron la insolencia de excomulgar á los padres del concilio sardicense, y al mismo papa Julio, porque había comunicado con Atanasio. En fin, fue necesaria toda la autoridad del emperador Constante para que nuestro santo se viese restablecido en su iglesia.

Irritó furiosamente á los arrianos la pompa y los regocijos públicos con que se le recibió en Alejandría; y su virtud, su celo y la valerosa intrepidez con que proseguía en defender la divinidad de Jesucristo, suscitaron contra él otra nueva persecución. Habiendo pasado Atanasio á la corte de Antioquía á besar la mano al emperador, persuadieron los arrianos á este príncipe que pidiese al patriarca una iglesia en Alejandría para los que hacían profesión de su secta. Señor, le respondió Atanasio, vengo en ello, con tal que Vuestra Majestad me conceda otra en Antioquía para los que profesan la religión católica. Halláronse muy embarazados los arrianos con una respuesta que no esperaban, y renunciaron á su pretensión, teniendo por menor inconveniente carecer ellos de una iglesia en Alejandría, que conceder otra á los católicos dentro de la corte.

Volvió á florecer en Alejandría la disciplina y la virtud con la vuelta de nuestro santo; pero fue de corta duración la tranquilidad. Habiendo muerto por este tiempo el emperador Constante, y no cesando Atanasio de escribir y predicar contra la impiedad arriana, se vio combatido de nuevas y furiosas olas. Celebráronse contra él los conciliábulos de Arlés, Aquileya y Milán; y porque san Eusebio, obispo de Vercelli, san Dionisio de Milán, san Lucífero de Cáller, el célebre Osio y el papa Liberio no quisieron firmar la condenación de Atanasio, todos fueron desterrados, y el santo lo fue también de su iglesia de Alejandría. No pudiendo resolverse á abandonar del todo á su querido rebaño, estuvo escondido por algún tiempo; pero enfureciéndose más y más la persecución, se vio precisado á retirarse al desierto; y los arrianos colocaron en la silla patriarcal de Alejandría á Jorge, hijo de un tintorero de Capadocia. No se puede pensar sin horror en todos los sacrilegios y en todas las maldades que cometieron los herejes en esta ocasión.

Mientras Atanasio estaba en el desierto, tuvo el consuelo de heredar el pobre, pero preciosísimo manto, que san Antonio le había dejado en la hora de su muerte, sucedida en aquel mismo año; y el santo hizo de él tanto aprecio, que lo restante de su vida se lo puso en las mayores festividades como una preciosa gala. Ni pasó ociosamente el tiempo que estuvo en la soledad, porque á ella debemos mucha parte de sus escritos. Allí compuso su apología que dirigió al emperador, y el tratado de los Sínodos, que escribió con ocasión de lo sucedido en los concilios de Seleucia y de Rímini.

Muerto en este tiempo el emperador Constancio, y habiéndole sucedido en el imperio Juliano Apóstata, levantó el destierro á todos los obispos desterrados; y á favor de este decreto volvió Atanasio á su iglesia. Poco antes había sido muerto en un motín popular el usurpador Jorge; y por esta casualidad gozó el santo patriarca de algún reposo, que empleó útilmente en reformar las costumbres y en restablecer la disciplina eclesiástica. Pero el que era tan aborrecido de los herejes, por precisión no lo había de ser menos de los gentiles. Sabiendo el apóstata Juliano la grande reputación en que estaba nuestro santo, envió orden para que le quitasen la vida.

Dieron aviso al Patriarca; y para que no fuese maltratado su pueblo, que estaba resuelto á exponer su vida por defender la de su santo pastor, se metió prontamente en un barco, y subiendo por el Nilo, hizo vela hacia la Tebaida. El que estaba encargado de matarle, noticioso de su fuga, se embarcó tras él, y bien pronto le hubiera cogido, si el santo, por un rasgo de sagacidad verdaderamente superior, no hubiese mandado que su barco volviese prontamente la proa hacia Alejandría. Encontrándose presto con el otro en que navegaba el oficial, este preguntó á los pasajeros si iba lejos la embarcación de Atanasio; y como ellos le respondiesen que no estaba muy distante, el oficial, sin decir otra cosa, mandó forzar los remos para alcanzarla, y pasó adelante. Con esto volvió el santo á la ciudad, donde estuvo oculto hasta la muerte de Juliano, que sucedió seis meses después.

Ascendió al imperio Joviano, príncipe muy católico, que dirigiendo todos sus esfuerzos á que triunfase el concilio de Nicea, llamó á Atanasio á Antioquía, y quiso saber de su misma boca todo lo que había padecido por la religión. No hizo el santo larga mansión en la corte: llamado de su obligación y solicitud pastoral, volvió cuanto antes á cuidar de su diócesis y á emprender la visita; mas parecía que el Señor había determinado santificarle por medio de las tribulaciones.

La temprana muerte del piadoso emperador Joviano volvió á encender el furor y la malignidad de los herejes. Sucedióle Valente, que favorecía á los arrianos; y la primera gracia que les concedió, fue que echasen á Atanasio de su silla. Fue general la consternación en Alejandría; y creyendo el santo que era prudente ceder á la tempestad, se escondió en la misma sepultura de su padre, donde estuvo por espacio de cuatro meses. Esta era la cuarta vez que el santo se ocultaba para evitar las funestas desgracias que ordinariamente traen consigo los motines populares, que se habrían suscitado con su prisión. Pero también parecía que el Señor disponía estas temporadas de retiro, para darle tiempo á que prestase en ellas más importantes servicios á la Iglesia. Porque no contentándose su celo con combatir contra los arrianos, no era menos ardiente en reprimir á los demás herejes. Defendió la divinidad del Espíritu Santo contra los macedonianos, como había defendido contra los arrianos la divinidad del Verbo; y los últimos años de su vida escribió en defensa del misterio de la encarnación contra los apolinaristas.

Entre tanto, no pudiendo el pueblo de Alejandría llevar con paciencia la ausencia de su pastor, comenzó á levantar el grito, tan sin reparo, que llegaron sus sentidas quejas á los oídos de Valente; y temiendo este alguna sedición, dio orden para que se dejase á Atanasio vivir en paz en su iglesia. Mantúvose en ella hasta la muerte, empleando lo que le restó de vida en conservar la fe en toda su pureza, y la disciplina de las costumbres en todo su vigor. En fin, á los cuarenta y seis años de su obispado, consumido al fuego de la más turbulenta, de la más tenaz y más viva persecución, murió lleno de merecimientos.

Las honras que se le hicieron después de muerto, fueron correspondientes á la estimación y á la veneración que se le profesaba cuando vivo, y en sus funerales se dejó ver toda la pompa y toda la majestad de un verdadero triunfo. En el octavo siglo fueron trasladadas sus preciosas reliquias á Constantinopla; lo que dio ocasión á san Germán, que era á la sazón patriarca, de componer un oficio nuevo en honra de nuestro santo. Se dice como cosa cierta que con el tiempo fueron robadas á aquella ciudad y conducidas á Venecia, donde son guardadas con el mayor cuidado. Merecieron siempre tan alta estimación los escritos de san Atanasio, que solía decir el abad Cosme, que si se hallase algún opúsculo suyo, y faltase papel para copiarle, se debía trasladar y bordar sobre el propio vestido. Finalmente san Gregorio Nacianceno da principio á una oración fúnebre en elogio de nuestro santo, diciendo que alabar á Atanasio y alabar á la virtud era una misma cosa.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.