sábado, 6 de febrero de 2027
San Tito, Obispo y Confesor
Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.
Fué san Tito uno de los más ilustres discípulos del grande apóstol san Pablo, á quien la Providencia escogió, no de entre el pueblo escogido, sino de la gentilidad misma, para hacer patente cómo la luz del Evangelio venía á iluminar á todas las naciones. Nacido en el siglo primero de nuestra redención, de estirpe griega y no judía, floreció como primer obispo de la isla de Creta, y mereció que el Espíritu Santo, por mano de san Pablo, le dirigiese aquella epístola inmortal que la Iglesia consultará con veneración hasta la consumación de los siglos. ¿Qué mayor gloria pudo caber á un simple pastor de una isla remota, que ver su nombre unido para siempre á las divinas Escrituras?
Vino Tito al mundo en el seno de la gentilidad, y en ella pasó los años de su primera juventud sin conocer al verdadero Dios. Refiérese, según piadosa tradición de las Iglesias de Oriente, que fué de familia noble y acomodada, y aun que un tío suyo gobernaba la isla; y que, aficionado desde niño á la filosofía de los griegos y á la poesía, guardó sin embargo, entre tanta corrupción de idólatras, una vida honesta y la flor de su virginidad. Mas de todo esto, que la sobria tradición latina no refiere, baste saber lo cierto: que era gentil de nacimiento, y que el común Padre de las luces le reservaba para grandes cosas cuando menos podía él sospecharlo.
Créese, según la misma tradición oriental, que ya mozo tuvo un aviso del cielo que le movió á despreciar la sabiduría del siglo y á buscar la salvación en la enseñanza de Dios; y que, leyendo un día al profeta Isaías, quedó tocado en lo íntimo del corazón. Divulgóse por entonces en Creta la fama de un gran profeta que obraba maravillas en la Palestina, y fué Tito enviado á Jerusalén, donde alcanzó á ver la predicación, la muerte y la resurrección del Salvador. Sea de esto lo que fuere en sus pormenores, es constante que el bienaventurado san Pablo le ganó para Cristo, le lavó con las aguas del bautismo y le instruyó por sí mismo en los deberes de la nueva vida; y de tal manera se aficionó Tito á ellos, que en breve fué uno de los más celosos y fervorosos discípulos de Jesucristo. ¡Nada pueden los esfuerzos de los hombres cuando el Señor quiere apoderarse de un corazón!
Conociendo el Apóstol la capacidad de aquel varón, y al perfecto conocimiento de la lengua griega que en él resplandecía, le tomó por intérprete y secretario suyo, y le llevó consigo á donde quiera que le llamaba el celo de la gloria de Dios. Halláronse entrambos en el Concilio de Jerusalén, y allí quiso la divina disposición que el mismo Tito, gentil é incircunciso, fuese como la prueba viva de una verdad grande: pues pretendiendo los que aún se aferraban á la Ley que se le circuncidase, resistiólo san Pablo con santa firmeza, y prevaleció su parecer, quedando asentado que no era menester la circuncisión para ser discípulo de Jesucristo. Así dispuso el Cielo que la libertad de los hijos de Dios se afirmase en la persona de aquel que había de ser luz de los gentiles.
No fué menor la prudencia que mostró en las misiones que le fiaron. Enviado á la díscola Iglesia de Corinto, atajó con celo y con maña los escándalos y apaciguó las discordias que la desgarraban; y despachado segunda vez, ordenó entre los fieles de Acaya y de Macedonia la colecta de las limosnas que habían de socorrer á los pobres de Jerusalén. Llevó la carta severa que el Apóstol escribía á aquella grey, y volvió con nuevas tan consoladoras que dieron descanso al corazón afligido de san Pablo, el cual le llamó por ello su ayuda preciosa, su hijo amado y su hermano queridísimo. ¡Dichoso el discípulo que sabe ser á un tiempo firme en la corrección y suave en la caridad!
Plúgole finalmente á san Pablo, hacia el año sesenta y tres, establecer el episcopado en la isla de Creta, y consagró por obispo á su fiel Tito, dejándole allí para acabar la evangelización comenzada, con encargo de poner presbíteros en cada ciudad y de meter en orden á una grey levantisca y de dura cerviz. Un año después, hallándose el Apóstol en Macedonia, le dirigió aquella célebre Epístola en que le trazaba las virtudes del buen prelado y le avisaba que huyese de cuestiones necias, de genealogías y de disputas vanas sobre la Ley. Tiénese á san Tito por el primer arzobispo de Creta; y bien mostró en el largo y áspero gobierno de aquella Iglesia todas las prendas que su maestro había pintado en su carta: el celo, la firmeza, la vigilancia y la constancia hasta el fin.
Refiérese en la tradición de los griegos que fué grande enemigo de la idolatría, y que orando un día, mientras los gentiles celebraban una fiesta en honor de la diosa Diana, cayó el ídolo hecho pedazos; y que otro tanto sucedió con un templo que á Júpiter levantaban, viniendo á tierra por sus oraciones; con lo cual, dícese, se convirtieron muchos. No refieren las fuentes latinas más sobrias estos prodigios; mas ni por eso ha de negarse la gracia que Dios suele conceder á sus siervos para confusión de los ídolos y triunfo de la verdadera religión. Lo que sí es cierto es que gastó su vida entera en desarraigar la superstición de aquella isla y plantar en ella la fe de Jesucristo.
Cargado de años y de merecimientos, y no ya en la palestra del martirio, sino en la no menos gloriosa de un trabajo apostólico que jamás cesó, entregó su alma al Señor en la ciudad de Gortina, en paz y como confesor. Cuentan unos que contaba noventa y cuatro años, otros que noventa y siete; y añade la piadosa tradición oriental que al espirar resplandeció su rostro como el sol, señal del premio que ya poseía. Fué sepultado dentro de la misma iglesia que con tanto celo había gobernado, y llorado tiernamente de los griegos, que desde entonces le tienen por protector y padre de su isla.
No permitió Dios que el olvido cubriese sus reliquias. Invadida Creta por los sarracenos, fué llevada su venerable cabeza á Venecia, y guardada largos siglos en la basílica de San Marcos, hasta que en nuestros días tornó á Creta, á la iglesia que lleva su nombre, donde se venera como su única reliquia. La Iglesia latina, que de antiguo le honraba, extendió por disposición del Papa Pío nono su fiesta á toda la cristiandad, y la celebra el rito romano el día seis de febrero, en que compite su memoria con la de santa Dorotea, virgen y mártir.
Pidamos, pues, al Señor por intercesión de este glorioso obispo que se digne dar á su Iglesia pastores semejantes á él, llenos de celo, de firmeza y de caridad; y que, así como san Tito fué prenda de la fe entre los pueblos de Oriente, plazca al cielo restaurar aquellas antiguas Iglesias y traerlas de nuevo á la unidad del único redil. Aprendamos de él que no hay linaje ni nación excluidos de la misericordia divina, y que quien se entrega de veras al servicio del rey del cielo, dejando las vanas ciencias del siglo, halla una gloria que ni los años ni la muerte pueden quitarle.
Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).