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viernes, 4 de diciembre de 2026

San Pedro Crisólogo, Obispo, Confesor y Doctor de la Iglesia

Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.

Fué san Pedro, llamado con justicia CRISÓLOGO, esto es, el de las palabras de oro, uno de los más dulces y elocuentes doctores que ha dado la santa Iglesia á la instrucción de los fieles; ilustre no por la sangre, que de su linaje poco ó nada nos ha querido conservar la Providencia, sino por aquella nobleza más alta que da la virtud y la sabiduría del cielo. Nació hácia el año de 380 en Forum Cornelii, ciudad de la Emilia que hoy llaman Imola, en la Italia; y desde la cuna le tenía el Señor señalado para ser boca de oro de su Evangelio en tiempos revueltos de herejías.

Quedó el niño huérfano de padre en sus tempranos años; mas no le faltó quien velase por su alma, que dispuso el Cielo que le recogiese, bautizase y criase en el santo temor de Dios el venerable Cornelio, obispo de Imola. Este prelado, que fué á un tiempo su padre, su maestro y su guía espiritual, cultivó en el mozo aquellas prendas de ingenio y de piedad que en él resplandecían, y viéndole aprovechado en las letras y mucho más en la virtud, le promovió al orden del diaconado. ¿Quién no admira aquí las trazas de la divina bondad, que de un huérfano sin arrimo humano labra un doctor de la Iglesia universal? Nada pueden las flaquezas de nuestra condición cuando el Señor quiere apoderarse de un corazón y hacerle instrumento de su gloria.

Andando el tiempo, quiso Dios levantarle á la dignidad episcopal, y le hizo obispo y metropolitano de Rávena, que era entonces corte del imperio de Occidente y silla de grande relieve; fué, según se dice, el primero de aquellos prelados que no viniese de las regiones del Oriente. Consagróle el papa San Sixto III, entre los años que las historias no acaban de concordar. Refiérese, y guárdelo el lector como piadosa tradición y no como cosa averiguada, que habiendo el clero de Rávena presentado otro candidato, se le apareció al Pontífice en visión el apóstol San Pedro juntamente con San Apolinar, primer obispo de aquella iglesia, señalándole á Pedro de Imola; movido de lo cual consagró el Papa á éste y no al elegido. Sea de esto lo que fuere, cierto es que el Señor puso en aquella cátedra á un varón según su corazón.

Gobernó su iglesia con celo infatigable y con aquella caridad que es alma de los buenos pastores. Combatió las supersticiones y los resabios del paganismo que todavía quedaban en el pueblo, y singularmente reprendía los desórdenes y torpezas con que los gentiles solemnizaban las calendas del año nuevo. Á este propósito dejó dicha aquella sentencia que basta ella sola para retrato de su doctrina: «El que quiera divertirse con el diablo, no podrá regocijarse con Cristo.» ¡Palabra breve y de oro, digna del que había de llamarse Crisólogo, y que descubre de un golpe la antítesis eterna entre el mundo y el cielo, entre el partido del común enemigo y las tropas del Rey soberano!

Mas la obra en que sobre todas resplandeció su nombre fué la predicación de la palabra de Dios. Predicaba con tal sencillez, hermosura y unción, que ganaba las almas antes por la dulzura que por el estruendo; y eran sus sermones tan breves y ceñidos, que aun él mismo, arrebatado á veces de la emoción, hubo de abreviarlos por la ternura del auditorio. Consérvanse hasta hoy cerca de ciento setenta y seis de sus homilías: en unas explica los misterios de la Encarnación del Verbo; en otras el Símbolo de los Apóstoles á los catecúmenos; comenta los Evangelios, los salmos y las epístolas del Apóstol San Pablo, y dedica series enteras á la santísima Virgen y al Precursor San Juan Bautista. En todas alza el estandarte de la fe católica contra los errores de Arrio y de Eutiques, que por aquellos días turbaban á la Iglesia.

Enseñaba asímismo aquella máxima que encierra en tres palabras toda la vida interior: «La oración llama, el ayuno obtiene, la misericordia recibe»; porque tenía por un solo cuerpo la oración, el ayuno y la limosna, y quería que ninguna de estas tres hijas del espíritu anduviese sin las otras dos. Exhortaba con particular ahinco á la frecuente comunión del cuerpo del Señor, mirando en la sagrada Eucaristía la fuente de toda santidad; y era tierno devoto de la Madre de Dios, á quien consagró no pocos de sus discursos. ¿Qué mucho que le llamasen boca de oro, si de aquel oro acuñaba moneda para el cielo, y no para la tierra?

Hízose célebre por aquellos años una carta suya que es blasón de su fidelidad á la Sede Romana. El heresiarca Eutiques, condenado en Oriente por San Flaviano, andaba buscando valedores y escribió al santo obispo solicitando su amparo. Respondióle Pedro con firmeza de doctor y mansedumbre de padre, remitiéndole á la obediencia del Romano Pontífice en aquellas palabras que son testimonio ilustre de la primacía de Roma: «En todo te exhortamos, honorable hermano, á que acates con obediencia todas las decisiones escritas por el santísimo Papa de la ciudad de Roma; ya que San Pedro, que vive y preside en su propia sede, brinda á los que la buscan la verdadera fe.» Amigo era también del que había de ser San León Magno, y estimado de la piadosa emperatriz Gala Placidia y del emperador Valentiniano; y créese que fué esta misma señora quien, oyéndole un día predicar, le dió por sobrenombre el de Crisólogo, aunque este punto lo dan las historias más por tradición que por cosa cierta.

Colmado de merecimientos y sintiendo acercarse su tránsito, retiróse á su ciudad natal de Imola. Dícese que dirigió á aquellos fieles una última y amorosa exhortación, como quien deja en herencia el tesoro de la fe que había predicado. Entregó su alma al Señor hácia el año de 450, en paz, coronando con preciosa muerte una vida toda entera empleada en la gloria de Dios; y fué sepultado en la iglesia de San Casiano de aquella ciudad, donde su memoria quedó en veneración. No obró el cielo por él aparato grande de prodigios, que su corona la ganó con la santidad de la vida y la luz de la doctrina, que son milagros más durables que los que hieren los ojos.

Honróle después la Iglesia como merecía, y el papa Benedicto XIII, á diez y nueve de febrero del año de 1729, le declaró solemnemente Doctor de la Iglesia universal, poniéndole en el número de aquellos maestros á quienes el Espíritu Santo dió palabra de sabiduría para bien de las almas. Celébrase su fiesta, en el rito tradicional, á cuatro de diciembre. Aprendamos de este glorioso santo á estimar la palabra de Dios y á no gastar en vanidades del siglo la lengua que nos fué dada para bendecir al Criador; y pidámosle que, pues fué en la tierra boca de oro del Evangelio, nos alcance á nosotros hablar y obrar de suerte que merezcamos regocijarnos eternamente con Cristo, y no divertirnos jamás con el común enemigo de las almas.

Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).