domingo, 15 de noviembre de 2026
San Alberto Magno, Obispo, Confesor y Doctor de la Iglesia
Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.
Fué san Alberto, á quien la posteridad agradecida apellidó Magno, esto es, el Grande, y á quien la Iglesia venera con el título de Doctor Universal, uno de aquellos varones que Dios suscita de tarde en tarde para que el saber humano, tantas veces esclavo del error, se rinda humildemente á los pies de la fe. Nació en Lauingen, sobre las riberas del Danubio, en la Suabia de Baviera, de la ilustre casa de los señores de Bollstädt; y aunque la fecha de su nacimiento se pierde en la oscuridad de aquellos siglos, y unos la ponen hácia el año de 1193 y otros algo más tarde, no se pierde por eso la memoria de que vino al mundo señalado ya por el Cielo para grandes cosas.
Criáronle sus padres, caballeros nobles y cristianos, en el santo temor de Dios y en el regalo propio de su condición; y era el mozo, en sus primeros años, más aficionado á seguir la caza por las orillas del río que á encerrarse entre los libros. Mas ¿qué pueden los divertimientos del mundo cuando el Señor quiere apoderarse de un corazón? Enviáronle á estudiar á la célebre Universidad de Padua, donde cursó las artes liberales, la filosofía y las ciencias naturales, á que era ya inclinado por un don singular de curiosidad y de ingenio.
Estando allí, quiso la divina Providencia servirse de un vaso escogido para atraerle enteramente á sí. Predicaba en Padua el beato Jordán de Sajonia, segundo maestro general de la Orden de Predicadores, varón de encendido celo; y fué tal la fuerza de su palabra en el ánimo de Alberto, que, venciendo las repugnancias de la carne y de la sangre, dejó el partido del siglo por tomar plaza en las milicias del rey del cielo, y vistió el hábito de Santo Domingo el año de 1223. Refiérese, y consérvalo piadosa tradición, que hallándose en sus estudios muy desalentado, y aun tentado de abandonarlos, se le apareció la santísima Virgen, á quien él profesaba tierna devoción, y le alcanzó de Dios una memoria y un entendimiento prodigiosos; mas de este suceso, por venerable que sea la piedad que lo transmite, no consta con certeza histórica, y sólo á título de devota tradición lo apuntamos.
Completó sus estudios eclesiásticos en Colonia y en París, donde alcanzó hácia el año de 1245 el grado de maestro en Teología, y enseñó luego con universal aplauso en cuantos estudios de su Orden y universidades le confió la obediencia: Colonia, París, Hildesheim, Friburgo, Ratisbona y Estrasburgo. En 1248 fué enviado á fundar y regir el studium generale de Colonia, y en 1254 le hicieron provincial de toda la provincia de Alemania. Pero no está aquí lo más admirable de su ciencia, sino en la amplitud verdaderamente inmensa de ella: pues abarcó la teología y la filosofía, la lógica y la metafísica, y descendió asímismo á la botánica, á los animales, á los minerales, á los astros y á cuantas obras salieron de la mano de Dios; que en todo halló el santo rastros de la Sabiduría increada. Sus escritos llenan cerca de cuarenta volúmenes, y fué el que introdujo y explicó en el Occidente latino la doctrina de Aristóteles, no para hacer del filósofo un ídolo, sino para que la razón sirviese de humilde criada á la fe. No se contentaba con lo que otros habían dicho, sino que observaba y experimentaba por sí mismo, y con este método deshizo no pocas fábulas que la antigüedad tenía por ciertas.
Mas toda esta grandeza de saber le sirvió sobre todo para engendrar en Cristo á otro varón todavía más grande. Porque tuvo por discípulo, en París y singularmente en Colonia, al angélico Santo Tomás de Aquino, mancebo entonces corpulento y tan callado que sus condiscípulos, teniéndole por rudo, le apodaban «el buey mudo». Pero Alberto, que había registrado sus escritos y penetrado la hondura de aquel silencio, díjoles un día delante de todos: «Le llamáis el buey mudo; pues yo os aseguro que este buey ha de llenar un día con sus bramidos el mundo entero.» Palabras verdaderamente proféticas, que la doctrina de Santo Tomás cumplió después á la letra, para gloria de la Iglesia y confusión de sus enemigos. Y no fué maestro ingrato el discípulo, ni olvidadizo el maestro: pues cuéntase que, siendo ya Alberto anciano venerable, hizo el largo camino de Colonia á París para defender la memoria y la doctrina de Tomás; aunque en esto no todos los autores convienen.
Levantóle Dios también á las dignidades, no porque él las buscase, sino para probar en el trono de un obispado la humildad que en la celda había atesorado. Nombróle el papa Alejandro IV obispo de Ratisbona hácia el año de 1260, y gobernó aquella grey con tan ejemplar austeridad como celo; mas á los dos años renunció el báculo y la mitra para volverse á la enseñanza y á la predicación de pobre fraile mendicante. ¡Rara y heroica magnanimidad, ver á un hombre despreciar por amor de la humildad lo que tantos codician por ambición! Predicó, según se refiere, la cruzada por mandato del papa Urbano IV; y en el segundo concilio de Lyón, el año de 1274, prestó su autoridad á la causa de la unión con los griegos. Aquel mismo año quiso Dios llevarse de este mundo, camino del concilio, á su discípulo Tomás; y dícese que al saberlo el anciano maestro no pudo contener las lágrimas, llamándole la flor y el ornamento de todo el orbe cristiano.
Fué siempre el enemigo común de las almas vencido en la suya por la mortificación y la pobreza; y ni la fama de su ciencia, que corría por toda la cristiandad, ni las cátedras, ni las dignidades bastaron á empañar la sencillez de aquel corazón, que confesaba haberlo recibido todo de la mano de Dios. Fueron sus devotos ejercicios la santa Misa, la Pasión del Salvador y la santísima Virgen, en cuyas manos ponía toda su ciencia; y escribió con singular ternura del Santísimo Sacramento del altar. Cuéntase, para muestra de su continuo pensar en la muerte, que él mismo labró su sepulcro, y que delante de él rezaba cada día el Oficio de Difuntos, como quien tenía la eternidad siempre á los ojos.
En sus últimos años quiso el Señor purificar á su siervo con una prueba bien extraña en un hombre de tanto saber, que fué el irse apagando poco á poco su prodigiosa memoria, hasta olvidar aun aquello que con tanta gloria había enseñado; y la piadosa tradición, enlazando este suceso con la promesa de la Virgen, quiere ver en ello el último desasimiento de quien había de comparecer desnudo de todo ante Dios. Así, despojado ya de las letras y rico solamente de virtudes, descansó en el Señor en Colonia el día quince de noviembre del año de 1280, orando y conversando dulcemente con sus frailes; y su santo cuerpo reposa en aquella ciudad, en la iglesia de San Andrés.
Guardó la Iglesia por siglos la memoria de su santidad, hasta que el papa Gregorio XV le puso en el número de los bienaventurados el año de 1622, y ya en nuestros días el papa Pío XI le declaró santo y, en el mismo acto, Doctor de la Iglesia universal, el año de 1931; por donde el misal le honra con el oficio de Obispo, Confesor y Doctor. Y no mucho después fué proclamado patrón de cuantos cultivan las ciencias naturales, para que aprendan de él que toda verdad viene de Dios y á Dios ha de conducir. Aprendamos, pues, de este grande varón que la ciencia sin humildad hincha y pierde, mas puesta á los pies de la fe y de la Virgen santísima es escalón para el cielo; y pidámosle que interceda por nosotros, á fin de que ni el saber nos ensoberbezca ni la ignorancia nos pierda, sino que, como él, sepamos servirnos de todo para hallar y amar á Aquel que es la eterna Sabiduría.
Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).