sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

miércoles, 11 de noviembre de 2026

San Martín de Tours, Obispo y Confesor

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (Eccli. 44, 16-27; 45, 3-20)

Léctio libri Sapiéntiæ Ecce sacérdos magnus, qui in diébus suis plácuit Deo, et invéntus est justus: et in témpore iracúndiæ factus est reconciliátio. Non est invéntus símilis illi, qui conservávit legem Excélsi. Ideo jurejurándo fecit illum Dóminus créscere in plebem suam. Benedictiónem ómnium géntium dedit illi, et testaméntum suum confirmávit super caput ejus. Agnóvit eum in benedictiónibus suis: conservávit illi misericórdiam suam: et invénit grátiam coram óculis Dómini. Magnificávit eum in conspéctu regum: et dedit illi corónam glóriæ. Státuit illi testaméntum ætérnum, et dedit illi sacerdótium magnum: et beatificávit illum in glória. Fungi sacerdótio, et habére laudem in nómine ipsíus, et offérre illi incénsum dignum in odórem suavitátis.

Enoc agradó a Dios, y fue transportado al paraíso para predicar al fin del mundo a las naciones la penitencia. Noé fue hallado perfectamente justo; y en el tiempo de la ira vino a ser instrumento de reconciliación. Por eso fue dejado un resto de vivientes en la tierra, cuando vino el diluvio. A Noé fue hecha aquella promesa sempiterna, según la cual no pueden ser destruidos por otro diluvio todos los mortales. Abrahán, aquel gran padre de muchas gentes, que no tuvo semejante en la gloria, el cual guardó la ley del Altísimo, y estrechó con él la alianza, la que ratificó con la circuncisión de su carne, y en la tentación fue hallado fiel. Por eso juró el Señor darle gloria en su descendencia, y que se multiplicaría su linaje como el polvo de la tierra, y que su posteridad sería ensalzada como las estrellas del cielo, y tendría por herencia el continente de mar a mar, y desde el río Eufrates hasta los términos de la tierra. 24. Y del mismo modo se portó con Isaac por amor de Abrahán, su padre. 25. A él le dio el Señor la bendición de todas las naciones, y después confirmó su pacto o promesa sobre la cabeza de Jacob . 26. Al cual reconoció y distinguió con sus bendiciones, y le dio la herencia, repartiéndosela entre las doce tribus. 27. Y le concedió que en su linaje hubiese siempre varones piadosos, que fuesen amados de todas las gentes. A causa de Abraham le dio la bendición de todas las gentes, y confirmó su alianza sobre la cabeza de Jacob. Reconocióle en sus bendiciones, y le dio la herencia, y se la dividió entre las doce tribus. Y conservó de él hombres de misericordia, los cuales hallaron gracia a los ojos de todo mortal. Fue amado de Dios y de los hombres: bendita es su memoria. Lo glorificó en presencia de los reyes; dio los preceptos o mandamientos que promulgase a su pueblo, y le mostró su gloria. Lo santificó por medio de su fe y mansedumbre, y lo escogió entre todos los hombres. Por eso oyó Moisés a Dios y su divina voz; y lo hizo Dios entrar dentro de la nube; donde cara a cara le dio los mandamientos y la ley de vida y de ciencia, para que enseñase a Jacob su pacto o alianza, y sus juicios u ordenanzas a Israel. Ensalzó a Aarón, hermano de Moisés y semejante a él, de la tribu de Leví. Asentó con él un pacto eterno; y le dio el sacerdocio de la nación, y lo llenó de felicidad y gloria. Le ciñó con un cíngulo precioso, y lo vistió con vestiduras de gloria; y le honró con ornamentos de mucha majestad. Le puso la túnica talar sobre la túnica interior, y le dio el efod o espaldar, y puso alrededor de la orla de la vestidura talar muchísimas campanillas de oro, para que sonasen cuando se moviese, y se oyese su sonido al entrar en el templo, a fin de excitar la atención en los hijos de su pueblo. Le puso el racional, o pectoral santo, tejido de oro, y de jacinto, y de púrpura, obra de un varón sabio, dotado de verdadera prudencia; labor artificiosa, hecha de hilo de púrpura, torcido, con piedras preciosas engastadas en oro, esculpidas por industrioso lapidario, tantas en número cuantas eran las tribus de Israel, y para memoria de éstas. Sobre su mitra colocó una diadema o lámina de oro, donde estaba esculpido el sello de santidad, ornamento de gloria, obra primorosa, que con su belleza se llevaba tras sí los ojos. No se han visto antes de este adorno sacerdotal cosas tan preciosas, desde que el mundo es mundo. Jamás las vistió o usó hombre alguno de otra gente, sino solamente los hijos de éste y sus nietos perpetuamente. Sus sacrificios eran diariamente consumidos con el fuego. Moisés le llenó o consagró las manos, y le ungió con el óleo sagrado. A él fue concedido, y a su descendencia por un pacto o promesa eterna, y duradera como los cielos, ejercer las funciones del sacerdocio y cantar las alabanzas de Dios, y en su nombre bendecir solemnemente a su pueblo. El Señor lo escogió entre todos los vivientes para que le ofreciese los sacrificios, y el incienso, y olor suave; a fin de que haciendo con eso memoria de su pueblo, se le mostrase propicio. [Torres Amat]

Comentario patrístico · Comentario al Eclesiástico, caps. 44, 45 — Cornelio a Lápide

V. 16. HENOC AGRADÓ A DIOS, Y FUE TRASLADADO AL PARAÍSO, PARA DAR A LAS GENTES PENITENCIA. — Después de las alabanzas comunes a todos, comienza ya los elogios de cada uno. Empieza por Henoc, omitiendo a Adán, Abel, Set y Enós, porque Henoc fue más ilustre que todos ellos y que los demás antecesores, y por eso digno de conducir, como caudillo, este coro de héroes; y sobre todo porque Henoc no vivió santamente sólo para sí, como Abel y Set, sino que resplandeció con su santidad ante todo el orbe, y mucho más resplandecerá al fin del mundo, para el cual Dios lo reserva y destina. Pues Henoc «anduvo con Dios», esto es, como vierten los Setenta, y tras ellos el Siracida, «agradó a Dios», a saber, como el siervo carísimo agrada a su señor, o el hijo agrada a su padre. Véase lo dicho en Génesis V, 22.

El «al paraíso» ya no se halla en el griego, pero el Nuestro lo leyó en otro tiempo en el griego, según juzgan Sixto de Siena, Delrío y otros; o al menos lo sobrentendió en el «fue trasladado», como quiere Jansenio. Porque el sentir común de la Iglesia y de los fieles en todos los tiempos fue que Henoc fue trasladado al paraíso: así, cuando se decía que Henoc había sido trasladado, al punto todos entendían que había sido trasladado al paraíso. Es, pues, de fe que Henoc fue trasladado al paraíso, pues así lo afirma expresamente aquí la Sagrada Escritura, a saber, la Vulgata latina, a la cual el Santo Concilio de Trento (sesión IV) sancionó que debe recibirse como Escritura auténtica y verdadera en todo, y anteponerse a los códices griegos y hebreos.

Pregúntase, pues, cuál sea el paraíso al que fue trasladado Henoc. Algunos entienden por paraíso el limbo de los padres o seno de Abrahán; otros, el cielo, como san Ambrosio y san Jerónimo. Pero digo que este paraíso está en la tierra, y que parece ser aquel paraíso terrenal en que fue puesto Adán al principio; porque Elías y Henoc no están en el cielo, ya que aún no han muerto, y mucho menos son bienaventurados; ni tampoco en el infierno, que es cárcel y gehena, no paraíso; luego están en la tierra, y en el paraíso terrenal, pues ningún lugar hay más digno de su rapto y feliz vida. Esto lo enseñan muchísimos Padres y Doctores, y en primer lugar san Ireneo (lib. V Contra las herejías, cap. v), que afirma haberlo recibido de la tradición de los presbíteros de Asia, quienes a su vez lo recibieron de los Apóstoles.

PARA DAR A LAS GENTES PENITENCIA. — Así ha de leerse con los códices romanos y griegos, esto es, «penitencia», no «sabiduría», como leen Rabano y otros; aunque el sentido viene a ser el mismo, pues la verdadera sabiduría del pecador es la penitencia. El sentido es: Fue trasladado Henoc para que, volviendo, dé a las gentes ejemplos, avisos y estímulos de penitencia, con que ellas, movidas, hagan penitencia de los pecados que al fin del mundo, por el Anticristo, sus precursores y secuaces, abundarán por todo el orbe y desbordarán como un diluvio. Nótese el «a las gentes», pues Henoc fue Gentil, esto es, anterior a Abrahán y Moisés, a quienes se dio la circuncisión y el judaísmo: él, pues, como Gentil, predicará la penitencia a los gentiles; así como Elías, cuasi Judío, la predicará a los Judíos; por eso se vestirán de sacos, esto es, de cilicios, como pregoneros de la penitencia (Apoc. cap. xi, 3).

De este lugar del Siracida es cierto que Henoc, lo mismo que Elías, ha de volver al fin del mundo, para que a los hombres arrastrados por el Anticristo a la infidelidad y a todos los vicios, los reduzcan a la fe y a la virtud. Éste es el sentido y consenso de la Iglesia y de todos los ortodoxos. Lo mismo predijo san Juan (Apoc. xi, 3), donde también describe su vida y su muerte.

Los códices griegos modernos disienten aquí, como muchas veces en otros lugares, de la Vulgata latina; pues tienen: «Henoc fue trasladado como ejemplo de penitencia a las generaciones». Jansenio, siguiendo esta lección, niega que de este lugar se pruebe eficazmente que Henoc ha de venir al fin del mundo a combatir contra el Anticristo. Pero muy otro es el sentir de los demás intérpretes y de los fieles. Por lo cual nuestro Intérprete parece haber leído «para que dé penitencia», y esa lección siguieron por doquier los antiguos y los modernos, que de este lugar unánime y constantemente enseñan que Henoc ha de venir con Elías contra el Anticristo; pues no hay otro lugar en la Escritura que lo signifique con claridad, sino éste. Por tanto, la Vulgata latina ha de preferirse aquí a los griegos modernos, por decreto del Concilio de Trento (sesión IV); y no se han de acomodar los textos latinos a los griegos, sino los griegos a los latinos. Que el «fue trasladado» lo arguye: pues para ser en su siglo ejemplo vivo de penitencia, no debiera haber sido trasladado, sino permanecer superviviente en vida; y por haber sido trasladado, es señal de que se reserva para los siglos futuros. De donde Tertuliano (lib. Del Alma, cap. L), hablando de Henoc y Elías: «Se reservan para morir, para extinguir con su sangre al Anticristo».

De aquí es probable que este rapto de Henoc fuese en plena luz y público, visible a todos, más aún, espléndido y augusto: por ejemplo, por medio de ángeles que se le aparecieron en un carro de fuego, o en una nube, o en cuerpo glorioso; tanto porque lo merece su eximia santidad y su trato con Dios y con los ángeles, cuanto porque su compañero Elías fue arrebatado en un carro de fuego (IV Reyes, II), y Henoc no fue inferior a Elías; antes bien, Elías fue hijo de Henoc, pues desciende de él por Noé por recta serie de generaciones. Por lo cual san Ambrosio (in Ps. CXVIII) enseña que Henoc fue figura de Cristo: «Henoc —dice—, ¿no es acaso manifiesto indicio de la piedad y divinidad del Señor, por cuanto el Señor no sintió la muerte y volvió al cielo, siendo así que el autor de su linaje fue arrebatado al cielo?».

V. 17. NOÉ FUE HALLADO PERFECTO, JUSTO, Y EN EL TIEMPO DE LA IRA FUE HECHO RECONCILIACIÓN. — Desde Henoc, cuasi primer pregonero de la penitencia en un mundo cubierto de vicios, pasa al segundo, esto es, a Noé, que fue tataranieto de Henoc; de suerte que, así como Henoc fue el séptimo desde Adán, Noé fue el décimo, y en él acaba la primera década de generaciones y el primer siglo del mundo. El «justo» puede juntarse con «perfecto» (así vierte la Tigurina: «Noé fue hallado perfectamente justo»); o, separando con coma el «justo» del «perfecto», como hacen los romanos, Rabano y otros, el «justo» explica el «perfecto»: Noé fue perfecto porque fue justo por excelencia, esto es, justísimo y santísimo, fénix y sol de justicia de su edad; pues anduvo con Dios, «y», es decir, por eso, «en el tiempo de la ira», cuando airado Dios quería perder a todo el género humano, «fue hecho reconciliación», porque aplacó a Dios para que salvase al género humano por él y por sus hijos en el arca. Fue, pues, semillero de la naturaleza humana y del nuevo siglo; por lo cual, como dice Nacianceno: «Noé fue el padre del segundo mundo».

En lugar de «reconciliación», en griego está ἀντάλλαγμα, esto es, conmutación, permuta, redención y precio de redención. Fue, pues, la piedad y santidad de Noé el precio con que él, ante la justicia de Dios, cuasi redimió tanto a su familia, para que no se anegase en el común diluvio, como, por consiguiente, la esperanza y propagación del género humano. Por eso «le fue dejado el resto de la tierra», esto es, la simiente que quedó en la tierra, con que se conservó la descendencia de los hombres. De donde Noé fue figura de Cristo redentor, que con su sangre, cuasi como precio, compró y redimió de la ruina al género humano. Véase lo dicho en I Pedro III, 20 y 21. Mira aquí cuán grande fue la santidad de Noé, y cuánto puede ante Dios un solo hombre eminentemente santo; pues Noé con su santidad resistió a Dios, que quería perder a todo el género humano, y le ató cuasi las manos para que se perdonase a sí y al género humano.

V. 18. POR ESO FUE DEJADO EL RESTO DE LA TIERRA, CUANDO SE HIZO EL DILUVIO. — «Resto» se toma aquí sustantivamente, pues es lo mismo que «reliquias»: por la santidad de Noé, con que reconcilió a Dios airado con la tierra y con el género humano, dejó Dios algún resto, esto es, algunas reliquias de hombres para habitar y cultivar la tierra y para propagar el género humano, a saber, Noé con sus hijos. Pues, como dice san Pedro (I epíst., cap. III, 20), en el arca «ocho almas se salvaron». Tropológicamente, Rabano y Lirano: Noé significa a los rectores que, entre los oleajes del siglo, gobiernan el arca, esto es, la Iglesia, y predican el bautismo de penitencia, aplacando a Dios con oraciones y sacrificios en favor del género humano. Así también san Agustín (in Ps. CXXXII): «Noé significa a los rectores de la Iglesia, porque él gobernó el arca en el diluvio».

V. 19. LOS TESTAMENTOS DEL SIGLO FUERON PUESTOS EN SU MANO, PARA QUE NO PUDIESE SER DESTRUIDA TODA CARNE POR EL DILUVIO. — Llama «testamentos» a los pactos «del siglo», esto es, con el siglo o mundo, a saber, los concertados por Dios con Noé y con los demás hombres, descendientes suyos, sobre no traer más un diluvio al orbe con que de nuevo se anegue toda carne de hombres y animales; o llama pactos «del siglo» a los pactos eternos y perpetuos, aludiendo a aquello: «me acordaré de la alianza sempiterna que se pactó entre Dios y toda alma viviente» (Génesis ix, 16), donde da el arco iris por señal y confirmación de esta alianza perpetua. Entiéndese del diluvio de agua; pues por el diluvio de fuego perecerá y se quemará todo el orbe en el día del juicio, como enseña san Pedro (epíst. II, cap. III). Pactó, pues, Dios con Noé, como con otro Adán, cabeza de todo el género humano, alianza eterna y jamás violable, de que los hombres nunca serían de nuevo exterminados por diluvio.

V. 20. ABRAHÁN, GRANDE PADRE DE MULTITUD DE GENTES, Y NO SE HALLÓ SEMEJANTE A ÉL EN GLORIA. — La Tigurina: «Grande fue Abrahán, padre de muchas gentes, y no hubo gloria semejante a la suya»; el Siríaco: «Abrahán, padre de asambleas de pueblos, y no se halló mancha en su gloria». Éste es el tercer Patriarca y restaurador del orbe en la fe y culto de Dios, a saber, «Abrahán», que fue «grande» por elección, santidad y honor. Alude a la etimología de Abram y Abrahán; pues al principio se llama Abram, cuasi «padre excelso», y luego, llamado por Dios, se llamó Abrahán, cuasi «padre de gran multitud de gentes», que de él habían de nacer y propagarse, parte según la carne (como fueron los Judíos), parte según la fe y el espíritu (cuales son los fieles y cristianos, que imitan la fe de Abrahán). Véase lo dicho en Génesis cap. XVII, vers. 5.

Comentario al Eclesiástico, caps. 44, 45, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)

Evangelio (Luc. 11, 33-36)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Nemo lucérnam accéndit, et in abscóndito ponit, neque sub módio: sed supra candelábrum, ut, qui ingrediúntur, lumen vídeant. Lucérna córporis tui est óculus tuus. Si óculus tuus fúerit simplex, totum corpus tuum lúcidum erit: si autem nequam fúerit, étiam corpus tuum tenebrósum erit. Vide ergo, ne lumen, quod in te est, ténebræ sint. Si ergo corpus tuum totum lúcidum fúerit, non habens áliquam partem tenebrárum, erit lúcidum totum, et sicut lucérna fulgóris illuminábit te.

Nadie enciende una candela para ponerla en un lugar escondido, ni debajo de un celemín; sino sobre un candelero, para que los que entran vean la luz. Antorcha de tu cuerpo son tus ojos. Si tu ojo estuviere puro, todo tu cuerpo será alumbrado; mas si estuviere dañado, también tu cuerpo estará lleno de tinieblas. Cuida, pues, de que la luz que hay en ti, no sea tinieblas; porque si tu cuerpo estuviere todo iluminado, sin tener parte alguna oscura, todo lo demás será luminoso, y como antorcha luciente te alumbrará. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Lucas 11, 33-36 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

San Cirilo, in Cat. graec. Patr. Decían los judíos que el Señor hacía milagros, no para que se creyese en El, sino para obtener los aplausos de los espectadores y para tener muchos seguidores. Rechaza, pues, esta calumnia presentando el ejemplo de la antorcha, cuando dice: "Ninguno enciende una antorcha para ponerla en un lugar escondido, ni debajo de un celemín; sino sobre un candelero", etc.

Beda. El Señor habla aquí de sí mismo, manifestando que aunque antes había dicho que no se daría señal alguna a aquella raza sino la de Jonás, no por esto quiere ocultar la claridad de su luz a los fieles. El mismo encendió la antorcha que llenó con la llama de su divinidad la naturaleza humana. No la quiso ocultar a los creyentes, ni ponerla debajo del celemín -esto es, dentro de la medida de la ley o dentro de los términos o fronteras de la sola nación judaica-, sino que la colocó sobre el candelero -esto es, sobre la Iglesia-. De esta manera ha hecho resplandecer en nuestras inteligencias la fe de su encarnación, para que los que quieran entrar con fe en la Iglesia puedan ver claramente la luz de la verdad. Por último, mandó que no sólo fuesen puras nuestras acciones, sino que purificáramos y castigáramos los pensamientos y las intenciones mismas del corazón; por ello dice: "La antorcha de tu cuerpo es tu ojo".

San Ambrosio. O la antorcha es la fe, según lo escrito ( Sal 118,105): "La antorcha que guía mis pasos, Señor, es tu palabra"; porque la palabra de Dios es nuestra fe. Pero la antorcha no puede lucir si no recibe la luz de otra parte; por tanto, las facultades de nuestra alma y de nuestra inteligencia son iluminadas para que podamos encontrar la moneda que se perdió. Así que ninguno debe reducir su fe a la ley; porque la ley tiene su medida y la gracia no tiene ninguna; la ley oscurece, la gracia ilustra.

Teófil. O de otro modo: Los judíos, por la malicia que encerraban en su corazón, censuraban al Señor viendo sus milagros. Por ello el Señor dice que recibiendo la luz de Dios (esto es, la inteligencia), cegados por la envidia no conocían los milagros ni los beneficios. Todos hemos recibido del Señor la inteligencia para ponerla sobre el candelero, a fin de que los que entran vean la luz. El sabio ha entrado ya ciertamente, pero el que aprende está todavía en el camino. Como diciendo a los fariseos: Conviene que vosotros uséis de vuestra inteligencia para conocer los milagros y que expliquéis a los demás que lo que veis son obras del Hijo de Dios, y no de Beelzebub. Y en este sentido añade: "La antorcha de tu cuerpo es tu ojo".

Orígenes, in Cat. graec. Patr. Toda el alma es ilustrada por la inteligencia. Por eso llama ojo, con mucha propiedad, a nuestra inteligencia; y llama metafóricamente cuerpo a nuestra alma, que es incorpórea.

Teófil. Así como por la luz de los ojos brilla todo el cuerpo y se halla sumido en tinieblas en el caso contrario, así también sucede con el entendimiento respecto del alma por lo cual dice: "Si tu ojo estuviera puro, todo tu cuerpo será alumbrado; mas si estuviere dañado también tu cuerpo estará lleno de tinieblas".

Orígenes, ut sup. Porque el entendimiento desde su principio, consiste en sólo el estudio de la sencillez, no teniendo ninguna doblez, ni engaño, ni división en sí.

Crisóstomo, hom. 21, in Matth. Por tanto, si corrompemos nuestro entendimiento, que es el que puede contener nuestras pasiones, herimos toda nuestra alma y padecemos terrible oscuridad por la corrupción de nuestro entendimiento obcecado. Por esto añade: "Cuida, pues, que la luz que hay en ti no se convierta en tinieblas". Aunque tienen su principio dentro de nosotros mismos, llama sensibles a estas tinieblas que llevamos a cada paso con nosotros cuando se extingue la luz de los ojos de nuestra alma; y añade acerca del poder de esta luz lo que sigue: "Porque si tu cuerpo estuviere todo iluminado", etc.

Orígenes, ut sup. Esto es, si tu cuerpo sensible se hace resplandeciente, una vez iluminado por la antorcha, de tal modo que no quede en ti miembro ninguno oscurecido, con mucha más razón, cuando no pecas, resplandecerá todo tu cuerpo espiritual, de modo que su resplandor podrá compararse a una antorcha brillante; y la luz del cuerpo, antes oscuro, se dirigirá a donde quiera el entendimiento.

San Gregorio Nacianceno, epist. 22. O de otro modo; la antorcha o el ojo de la Iglesia es su prelado. Es necesario, pues, que así como el cuerpo se guía bien por el ojo perfectamente sano y es mal guiado cuando lo tiene enfermo, así también hace naufragio o se salva la Iglesia según el pontífice que la gobierna.

San Gregorio moralium 28, 13 vel 6, super Iob 38,5. Con el nombre de cuerpo se entiende toda acción que sigue su intención como un ojo vigilante. Por esto dice: "La antorcha de tu cuerpo es tu ojo"; porque por el resplandor de la buena intención se ilustran los méritos de la acción. "Si tu ojo fuere sencillo, todo tu cuerpo será alumbrado". Porque si miramos rectamente y con pensamiento sencillo, haremos una buena obra aun cuando parezca que no lo es tanto. "Mas si fuere malo, también tu cuerpo estará lleno de tinieblas". Porque cuando se hace alguna cosa buena con mala intención, aun cuando se vea que brilla delante de los hombres, se oscurecerá sin embargo ante el tribunal de la conciencia. Por lo que añade con mucha oportunidad: "Cuida, pues, que la luz que hay en ti no se convierta en tinieblas". Porque si lo que creemos que hemos hecho bien lo oscurecemos con la mala intención, mucho peor será lo que sabemos que es malo en el momento de hacerlo.

Beda. Cuando añade, pues: "Porque si tu cuerpo", etc. Llama cuerpo al conjunto de todas nuestras acciones. Porque si haces una obra buena con buena intención no teniendo en tu conciencia ningún pensamiento tenebroso, aun cuando alguno de tus prójimos sufra daño por tu buena acción, tú, sin embargo, en virtud de la rectitud de tu corazón, recibirás gracia aquí, y gloria de luz en la otra vida. Lo que da a conocer cuando añade: "Y te alumbrará como una antorcha luciente". Todo esto se dijo en contra de la hipocresía de los fariseos que pedían capciosamente una señal.

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena