sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

martes, 27 de octubre de 2026

Vigilia de los Santos Simón y Judas, Apóstoles

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (Eccli. 31, 8-11)

Léctio libri Sapiéntiæ Beátus vir, qui invéntus est sine mácula, et qui post aurum non ábiit, nec sperávit in pecúnia et thesáuris. Quis est hic, et laudábimus eum? fecit enim mirabília in vita sua. Qui probátus est in illo, et perféctus est, erit illi glória ætérna: qui potuit tránsgredi, et non est transgréssus: fácere mala, et non fecit: ídeo stabilíta sunt bona illíus in Dómino, et eleemósynas illíus enarrábit omnis ecclésia sanctórum.

Bienaventurado el rico que es hallado sin culpa, y que no anda tras el oro, ni pone su esperanza en el dinero y en los tesoros. ¿Quién es éste y lo elogiaremos?; porque él ha hecho cosas admirables en su vida. El fue probado por medio del oro, y hallado perfecto, por lo que reportará gloria eterna. El podía pecar y no pecó, hacer mal y no lo hizo; por eso sus bienes están asegurados en el Señor; y celebrará sus limosnas toda la congregación de los santos. [Torres Amat]

Comentario patrístico · Comentario al Eclesiástico, cap. 31 — Cornelio a Lápide

«Bienaventurado el rico que fue hallado sin mancha.» Es decir: bienaventurado el rico, no el que ansía las riquezas, ni el que abunda en ellas, ni el que en ellas pone su esperanza y de ellas se jacta y ensoberbece, sino el que vive en las riquezas «sin mancha» e irreprensiblemente, y no va tras el oro, ni en él, sino en Dios espera y descansa. Este, digo, es feliz y bienaventurado: primero, porque íntegro e inculpable, pues la buena conciencia, la integridad y la justicia son la bienaventuranza de esta vida; segundo, porque es bien grande y raro, y don de Dios, que el rico no aplique su corazón a las riquezas, sino que las conserve intactas, libres y por encima de sí, dominándolas como señor y no sirviéndolas como esclavo; tercero, porque tal rico, aunque sea rico en hacienda, es con todo pobre de espíritu, y la pobreza de espíritu es la primera perfección y bienaventuranza evangélica, según aquello de Cristo: «Bienaventurados los pobres de espíritu —esto es, de mente y afecto—, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt. V). San Isidoro (lib. X de las Etimologías): «beatus se dice como bene auctus, bien acrecentado, por tener lo que quiere y no padecer nada que no quiera».

Nótese: fue herejía de los pelagianos que el rico no puede guardar los preceptos de Dios ni salvarse, y que, para salvarse, se le exige abdicar de las riquezas y hacerse pobre (así lo refiere San Agustín; y el artículo sexto de Pelagio, condenado en el concilio de Diospolis; y el libelo De Divitiis falsamente atribuido al papa Sixto III, que es de algún pelagiano, según advirtieron los doctores de París y de Lovaina). Lo contrario enseña aquí el Siracida: que el rico puede, en las riquezas, ser bienaventurado y salvarse, si tiene tres condiciones. La primera, si vive «sin mancha», esto es, sin pecado grave y mortífero, como hicieron Abraham, Isaac, Jacob y Job. La segunda, «que no fue tras el oro»: que no siguió al oro, sino a Dios y a su reino, según aquello de Cristo: «Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo esto se os dará por añadidura» (Mt. VI, 33). Y advierte Palacio: si el oro te viene por derecho —por don, por herencia, por arte justa—, tú no vas tras él; pero si lo buscas por medios injustos, violando lo sagrado o quebrantando las leyes de la Iglesia, entonces vas tras el oro, porque lo antepones como guía de tu vida y lo sigues, con todo tu amor, como un esclavo tras su ídolo. La tercera: «ni esperó en el dinero y en los tesoros», que se sigue de la segunda.

Pues quien, abundando en riquezas, no les aplica el corazón, sino que vuelve a Dios los ojos de la mente apartándolos de ellas, ese no espera en ellas; espera, en cambio, quien, casi olvidado de Dios, pone en el oro el corazón y, por consiguiente, la esperanza. También, por metalepsis, puede exponerse: «ni se ensoberbeció ni se jactó en el dinero y en los tesoros»; pues, como dice San Agustín, «el gusano de las riquezas es la soberbia»: así como en la manzana nace el gusano, así en el oro nace la soberbia. Por eso Cristo intima a los ricos el «ay» de la condenación eterna (Lc. VI, 24; XVI, 25) y dice: «Más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entrar en el reino de los cielos» (Mt. XIX, 24). San Bernardo: «Bienaventurado el que no fue tras aquellas cosas que, poseídas, cargan; amadas, ensucian; perdidas, atormentan.» Nota Orígenes que se dice «no fue tras el oro», y no tras las ovejas, ganados o campos: la opulencia antigua, sencilla e inocente, consistía en ovejas, bueyes y campos, como los de Job, Abraham y Lot; la inocencia engendró la agricultura, y la avaricia los tesoros de oro y plata. Místicamente, bienaventurado el rico, esto es, el varón santo, rico para con Dios (San Ambrosio), que no espera en lo suyo, sino en los méritos de Cristo.

Rara vez, en efecto, carece el rico de la mancha de injusticia, soberbia o gula; más raro se halla quien se contente con el oro que le viene; rarísimo, quien no espere en él y aparte de él la mente. Por eso, como de cosa rara, admirable y singular, dice: «¿Quién es este, y le alabaremos?» (el griego tiene ΜΑΚΑΡΙΟΥΜΕΝ, esto es: le llamaremos bienaventurado, le proclamaremos dichoso). Es como decir: tales son pocos y raros, pero grandes, excelentes y admirables. «Porque hizo maravillas en su vida.»

El primer prodigio y casi milagro es que, contra el común sentir y modo de los hombres, no ame desordenadamente las riquezas, sino que, buscándolas, acrecentándolas y conservándolas, guarde intacta e íntegra la conciencia sin mancha; pues las riquezas son incentivo de ambición, soberbia, gula e ira. San Bernardo: «¿Cómo no habría de peligrar la castidad entre las delicias, la humildad entre las riquezas, la piedad en los negocios, la verdad en el mucho hablar, la caridad en este siglo malo?» El segundo milagro es que no fue tras el oro, sino el oro tras él: como la sombra sigue al cuerpo, así el honor sigue al que huye de él y desprecia las riquezas. Séneca: «Nadie es digno de Dios sino quien desprecia las riquezas; estas inflan los ánimos, engendran soberbia y arrogancia, atraen la envidia»; y Epicuro solía decir: «Si vives según la naturaleza, nunca serás pobre; si según la opinión, nunca serás rico; poco desea la naturaleza, y la opinión, lo inmenso.» El tercer milagro es que no espere en su dinero, como hace el mundo, sino en el Dios vivo y verdadero, y que, por causa y amor de Dios, use el oro para su gloria, alimentando a los pobres, a los religiosos, a los ministros de Dios y a los lugares sagrados.

«El que fue probado en él —el oro— y hallado perfecto, tendrá gloria eterna.» Orígenes (lib. I sobre Job) aplica esto a Job, que tuvo riquezas castas, limpias e incontaminadas, y las sembró alegremente por las almas de los desdichados y por las bocas de los hambrientos. «Perfecto», porque la tentación y la prueba hacen perfecto al que es constante en ella; así se llama perfecto al que, por la prueba del oro, es hallado perfecto. Con mayor vigor leen muchos códices estos versos por interrogación (con el griego τίς, «quién»): «¿Quién fue probado en él y hallado íntegro? Sea ejemplo de gloria. ¿Quién pudo pecar y no pecó? ¿Quién hacer el mal y no lo hizo?»

«El que pudo prevaricar y no prevaricó, hacer el mal y no lo hizo.» Raro es el rico cuya virtud, probada por el oro, se halla íntegra y perfecta; por eso, quienquiera que sea, es digno de gloria eterna ante Dios y ante los hombres. Raro el que, teniendo por las riquezas los incentivos de todo pecado, y pudiendo impunemente traspasar todas las leyes, ninguna traspasó. Por eso las riquezas se llaman en griego δυνάμεις, esto es, fuerzas y potencias, y en latín «facultades», porque dan facultad, poder y fuerzas tanto para las virtudes como para los vicios, según al rico le pluguiere usar de ellas; pues, como vulgarmente se dice, «imán del corazón humano es el oro». El cuarto prodigio y casi milagro es que el rico, probado por el oro, fue hallado perfecto: fue probado y tentado Abraham, para ver si amaba más al hijo que a Dios; probado y tentado Job por las calamidades, para ver si por ellas maldeciría a Dios; así el rico es colmado de riquezas para ser probado, a ver si es cautivado por la confianza y el amor de ellas. Maravilla es que el joven ande entre vírgenes hermosas y no se ablande por su hermosura; maravilla morar entre relucientes riquezas y no ser cautivado por su fulgor.

Nótese: las riquezas son tentación y prueba, como también lo es la mujer hermosa; quien desea enriquecerse, desea exponerse al peligro: ¡ojalá no perezca en él! El rico es perfecto si vive sin culpa, pues ¿cómo el imperfecto no pecaría en tanta licencia de pecar? Las riquezas son poder, fuerza y facultad para pecar, pero también para hacer el bien; y es nuestra miseria que abusemos de ellas más bien para el mal. Elegantemente, Hugo (tomándolo de Rabano y de San Bernardo): «Verdadero género de martirio es la pobreza voluntaria. ¿Qué hay más admirable, o qué martirio más grave, que tener hambre entre los manjares, tener frío entre los vestidos, verse oprimido por la pobreza en medio de las riquezas que el mundo muestra, que el maligno ofrece y que nuestro apetito desea? Maravilla es tocar el fuego y no quemarse, recoger espinas y no herirse, cargar piedras y no lastimarse; y las riquezas son fuego, espinas y piedras.» Y con verdad dice el Filósofo: «Lo que el fuego es al oro, eso es el oro al hombre»; pues como el fuego prueba la pureza del oro, así el oro prueba la pureza del corazón.

«Tendrá gloria eterna»: porque a ella miró, y por ella despreció las riquezas y la gloria temporales. ¿Y cuán grande es esta recompensa? ¿Quién no la ambicionará, y por ella no despreciará todo lo terreno y caduco? La eternidad es, según Ricardo de San Víctor, «duración sin principio ni fin, carente de toda mutabilidad»; y, según Boecio, «el ahora que permanece, sin moverse, se hace a sí mismo la eternidad», de suerte que la eternidad es «la posesión total, simultánea y perfecta de una vida interminable».

«Por eso sus bienes están afianzados en el Señor, y todo el pueblo de los santos pregonará sus limosnas.» Es decir: por eso alcanzará de Dios gloria estable y eterna, y de los hombres —sobre todo de los fieles y santos— alabanza perenne; pues opone la Iglesia, esto es, la asamblea de los santos, a la turba de los impíos, que alaban no a los justos, sobrios y temerosos de Dios, sino a los injustos, rapaces, glotones y pródigos, para gozar de sus riquezas. Aquello de «en el Señor» equivale a «por el Señor», «junto al Señor», en la mente, memoria, remuneración y decreto del Señor; mas con más nervio dice «en el Señor» que «de parte del Señor»: en los tesoros mismos del Señor, en sus mismas arcas y aun en las entrañas mismas de Dios, se guardan segura, estable y fielmente estos bienes del rico limosnero. El griego dice concisamente: «Serán afianzados sus bienes, y la Iglesia pregonará sus limosnas.» «Limosna» la llaman los hebreos חסד (chesed), esto es, piedad, obra pía con que las riquezas y los trabajos se emplean en los pobres, los religiosos, los templos y las demás cosas piadosas.

«Afianzados» (o, según el griego, «serán afianzados») puede tomarse de tres modos. Primero, de la estabilidad, esto es, eternidad de la gloria que Dios le tiene preparada en el cielo, de modo que sus obras buenas se conservan firmes ante Dios para ser remuneradas con gloria estable, más aún, eterna. Segundo, de la estabilidad de los bienes temporales: que Dios se los hace firmes y estables al rico por su santidad y su limosna, así como, al contrario, se los quita a los injustos e impíos, según aquello: «De lo mal adquirido no goza el tercer heredero.» De donde aprende moralmente el rico que la limosna y la justicia le afianzan sus riquezas, y que la tenacidad y la injusticia se las menguan, debilitan y arrebatan; bien lo saben los mercaderes sabios, que aseguran sus mercancías, naves y ganancias mediante limosnas y obras pías (así lo enseña San Pablo, II Cor. IX). Tercero, Palacio lo entiende de cualesquiera bienes, temporales y espirituales: como Abraham, tentado en su hijo, no lo perdió, sino que lo recibió más firme, así el rico probado en las riquezas, y hallado sin culpa en ellas, no las pierde, sino que las afianza.

En esta segunda parte nos enseña el Autor muchas cosas: primero, que es propio oficio del rico santo hacer limosnas, de suerte que sea maravilla que el rico haga fluir de sí de continuo las riquezas, y que Dios las haga estables, devolviéndolas a su cauce como las aguas del Jordán; segundo, que la limosna del rico piadoso no llega a uno o a otro, sino a toda la Iglesia, que alaba los beneficios recibidos; tercero, que la limosna ha de darse sobre todo a los santos; cuarto, que es oficio del que recibe el beneficio alabarlo y pregonarlo. Ejemplo ilustre es San Gregorio Nacianceno, que celebra las largas limosnas de su padre y de su madre Nona; y San Ambrosio (lib. II de los Oficios), que mandó fundir aun los vasos sagrados de la Iglesia y repartirlos entre los necesitados. ¿Y qué es esta «Iglesia» sino los templos que edifican y adornan, los monasterios y hospitales que fundan, los religiosos que sustentan, las viudas y huérfanos que amparan, los enfermos que visitan, los desnudos que visten y los hambrientos que sacian? Pues su casa y su hacienda son como el seno de Abraham en la tierra, donde todos los pobres hallan su descanso.

Comentario al Eclesiástico, cap. 31, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)