martes, 13 de octubre de 2026 ✠ San Eduardo, Rey y Confesor

lunes, 12 de octubre de 2026

Verde · simple

Curación del niño endemoniado
Curación del niño endemoniado, Pedro Atanasio Bocanegra · Commons · Public domain

Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Entre todas las gracias que derrama en nuestros corazones nuestro Dios, ninguna merece más gratitud y aprecio que la gracia inefable de la vocación a una religión revelada, igualmente verdadera que sublime. Así como la fe es la primera virtud en el orden, así también lo es en la necesidad y utilidad que de ella resultan, como cimiento del espiritual edificio, sin el cual es imposible sentar una sola piedra para la construcción de Jerusalén. Por eso el apóstol san Juan decía hablando con Dios: Toda la felicidad del hombre y su bienaventuranza consiste en que le reconozcan por el Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo.

Los delirios en que han dado los hombres cuando se dejaron guiar de las producciones de sus entendimientos, el bajo concepto que formaron de sí mismos, sin acertar a levantarse de la tierra, las trastornadas y rateras ideas que han sujetado a la grande palabra Dios, son una prueba evidente de la poquedad de nuestra naturaleza, aun cuando queramos ensalzar nuestro ser, y de la incontestable necesidad que teníamos de una gracia que nos abriese las puertas de la razón, que nos introdujese en la religión de la luz, y que nos diese principios para poder pensar con dignidad, arreglados a las sublimes ideas que grabó en nuestra mente el Ser incomprensible. Orfeo, Homero, Hesíodo, Crisipo, Platón y otros semejantes, a quienes no acaban de alabar los que se precian de puros filósofos, nos dan en esta materia el mayor desengaño. Si, además de esto, queremos fijar un poco la atención en los hombres primitivos que habitaron el Egipto, en los persas, en los caldeos, y posteriormente en los griegos, encontraremos no solamente con las semillas de infinitas deidades, sino con el patriarca de los Espinosas, de los Lucilios y de otros, que con los más torpes errores hemos visto morir con mejor fortuna.

El conocimiento de un Dios puede ser obra de la verdadera filosofía; pero el de una religión sobrenatural y verdadera no puede producirse sino por la milagrosa infusión de la gracia. Sus conocimientos debían nacer de principios divinos, que no podía contener en sí la esfera de la naturaleza; y todas las ciencias de los hombres manifestaron con la mayor claridad la necesidad de la revelación, y que solo Dios podía ser el autor y el origen. Es inútil detenerse en las tristes memorias que causa la ceguedad prolongada del mundo. Se sabe muy bien que tanto en la ley natural como en la escrita hubo religión verdadera; pero también se sabe que, sin embargo de esto, dominaron por la mayor parte las aciagas consecuencias que produjo la desobediencia de un hombre.

Pero nuestro buen Dios se movió a misericordia, de tal manera que envió a su Hijo unigénito para que rescatase al mundo de la servidumbre del pecado, y formase un pueblo limpio, aceptable, seguidor de buenas obras, según la expresión de un santo apóstol, y en donde dominen para siempre la luz, la verdad y la gracia. Habían llovido las nubes al Justo, tantas veces prometido a los antiguos patriarcas, y de una tierra virginal había salido el Salvador, el Príncipe de la paz, el Padre del siglo futuro. Del costado del nuevo Adán, dormido en el árbol de la cruz, había sido formada la virginal esposa, esto es, la Iglesia con todos sus sacramentos. Muchos esforzados caudillos, discípulos del Señor, que en su escuela habían estudiado sus altos designios sobre la salud de los hombres, estaban ya preparados para la grande obra de la predicación del Evangelio y conversión de todo el mundo. Testigos de la divinidad de su Maestro en la resurrección gloriosa después de tantos milagros que la acreditaban; llenos de aquel espíritu consolador que les enseñó todas las lenguas y el arte de dominar en las almas por el ministerio de la palabra; convenidos en el concilio de Jerusalén sobre los artículos que habían de formar el fondo de su predicación, nada faltaba más que la dispersión de los apóstoles. Y he aquí la época feliz adonde se debe reducir el principio de la ventura de España.

Estaba esta hermosa porción del mundo sumergida en la idolatría; el haber enriquecido la naturaleza su suelo con tantas preciosidades había llamado la atención y la codicia de las más remotas gentes; todas habían traído, juntamente con su ambición y con sus armas, sus respectivas supersticiones. Sin tener necesidad de subir a los tiempos fabulosos, saben todos que con los fenicios y los romanos vinieron a España cuantos ídolos pudo inventar una loca fantasía en todos los países que sujetaron sus armas victoriosas; aquella ridícula multitud de deidades de que se burlaba Juvenal era adorada de nuestros antepasados, a no ser que el furor de la guerra y su natural indócil les hubiese hecho sacudir el yugo de la religión como el del imperio romano; pero de cualquiera manera, o no tenían religión, o su Dios era, además de sus pasiones, las mudas obras de las manos de los hombres.

En esta situación, he aquí que el Altísimo le dirige una benéfica mirada desde lo alto del trono de su gloria. Los apóstoles, fortalecidos con el Espíritu Santo, animados con el heroico ejemplo del protomártir Esteban, e instruidos plenamente por la Reina de los mártires, emprenden la predicación del Evangelio. Santiago, uno de los discípulos más amados del Señor, se prepara para venir al Occidente, cumpliéndose en esto, como siente santo Tomás de Villanueva, la pretensión hecha por su madre en la solicitud de las dos sillas para sus hijos.

María Santísima, que después de la pasión de su Hijo y de su gloriosa Ascensión a los cielos no podía tener otros pensamientos que la retardasen unirse para siempre con su Esposo que la propagación de la fe y predicación del Evangelio, veía la dispersión de los apóstoles como el último plazo para el logro de las eternas dichas. Exhalábase su dulcísimo corazón en mil tiernos suspiros, repitiendo aquellas amorosas palabras de la Esposa: Dime, oh amado de mi corazón, en dónde sesteas, adónde vas a descansar al mediodía, que no quiero ya más estar en este destierro sin ver las hermosísimas luces de tus ojos, y recrearme para siempre con la divina hermosura de tu semblante. Toda absorta en la contemplación de su Hijo, estaban de acuerdo su alma y sus sentidos para no tener otro objeto que a Dios. Los ardores de su voluntad se echaban de ver en aquel rostro con visos de divino, como decía san Dionisio Areopagita. Privada solamente de la vista sensible de su Hijo, todos sus deseos, sus anhelos, sus votos, sus ansias se dirigían al cielo, con cuya consideración se mantenía.

Cuando he aquí que el apóstol Santiago, destinado por el Espíritu Santo a la predicación de los españoles, se presenta a la Reina de los ángeles; dobla las rodillas ante quien mucho antes habían hecho semejantes demostraciones los más encumbrados serafines; besa sus manos virginales bañándolas de lágrimas, y le pide su bendición y su licencia para venir a la predicación de España. Ve, hijo, le dice la amorosísima Madre, cumple el mandamiento de tu Maestro, y por él te ruego que en aquella ciudad en que mayor número conviertas a la fe, edifiques una iglesia en mi memoria, como yo misma te lo daré a entender.

Estas palabras excitarán vivamente los escrúpulos de la erudición mundana, clavando la mordaz censura sus inexorables dientes en un hecho cuya autenticidad pretende sujetar a las más delicadas discusiones. Pero, para que la piedad descanse sobre un fundamento de bastante autoridad y solidez, es justo insertar aquí el monumento que califica esta tradición, reducido a un códice membranáceo que conserva en su archivo la santa iglesia de Zaragoza. En él, pues, se dice así:

«Después de la pasión y resurrección de nuestro Salvador Jesucristo, y de su ascensión a los cielos, quedó la piadosísima Virgen encargada al cuidado del apóstol y virgen san Juan Evangelista. Con la predicación y milagros de los apóstoles crecía en Judea el número de los discípulos, y enfurecíanse los pérfidos corazones de algunos judíos en tanto grado, que movieron una persecución grande contra la Iglesia de Jesucristo. Apedrearon a san Esteban, y quitaron la vida a otros muchos; por lo cual les dijeron los apóstoles: A vosotros debía predicarse primeramente la palabra de Dios; pero, por cuanto la habéis rebatido y os habéis hecho indignos de la vida eterna, he aquí que nos vamos a las gentes. De esta manera, esparcidos por el universo, según el mandamiento de Jesucristo, predicaron el Evangelio a todo hombre, cada apóstol en la porción que le había tocado. Al tiempo de salir de Judea, cada uno obtenía la licencia y bendición de la bendita y gloriosa Virgen.

»Entre tanto, por revelación del Espíritu Santo, el bienaventurado Santiago el Mayor, hermano de Juan, e hijo del Zebedeo, recibió un mandamiento de Cristo para ir a predicar el Evangelio a las provincias de España. Al punto el santo apóstol, yendo a la Virgen, y habiéndole besado las manos, le pedía con lágrimas en los ojos que le diese su licencia y su bendición. Respondióle la Virgen: Ve, hijo, cumple el mandamiento de tu Maestro, y por él te ruego que en aquella ciudad de España en que mayor número de hombres conviertas a la fe, edifiques una iglesia a mi memoria, según yo te lo manifestaré. El bienaventurado Santiago, saliendo de Jerusalén, vino a España predicando; y pasando por Asturias, llegó a la ciudad de Oviedo, en donde convirtió uno a la fe. De esta manera, entrando por Galicia, predicó en la ciudad de Padrón; de allí, volviendo a Castilla, llamada España la mayor, vino últimamente a España la menor, que se llama Aragón, en aquella región que se dice Celtiberia, en donde está situada la ciudad de Zaragoza, a las riberas del río Ebro.

»En esta ciudad, habiendo predicado Santiago muchos días, convirtió a Jesucristo ocho varones, con los cuales trataba de día del reino de Dios, y por la noche salía a la ribera del río para tomar algún descanso en las eras. En este sitio dormían un rato, y después se entregaban a la oración, evitando de esta manera ser perturbados por los hombres, y molestados por los gentiles. Pasados algunos días, estaba Santiago con los dichos fieles, a eso de media noche, fatigados con la contemplación y la oración. Dormidos los ocho discípulos, el bienaventurado Santiago oyó a la hora de media noche unas voces de ángeles que cantaban: Ave, Maria, gratia plena, como si comenzasen el oficio de maitines de la Virgen con un dulce invitatorio; y poniéndose inmediatamente de rodillas, vio a la Virgen, Madre de Cristo, entre dos coros de miles de ángeles, sentada sobre un pilar de mármol. El coro de la celestial milicia angélica acabó los maitines de la Virgen con el verso Benedicamus Domino.

»Acabado esto, María Santísima con rostro halagüeño llamó a sí al santo apóstol, y con mucha dulzura le dijo: He aquí, Santiago, hijo, el lugar señalado y destinado para mi honor, en el cual por tu industria se ha de construir una iglesia en mi memoria: mira bien este pilar en que estoy sentada, el cual mi Hijo y Maestro tuyo le trajo de lo alto por manos de ángeles, alrededor del cual colocarás el altar de la capilla. En este lugar obrará la virtud del Altísimo portentos y maravillas por mi intercesión con aquellos que en sus necesidades imploren mi patrocinio; y este pilar permanecerá en este sitio hasta el fin del mundo, y nunca faltarán en esta ciudad verdaderos cristianos. Entonces el apóstol Santiago, regocijado con una alegría extraordinaria, dio infinitas gracias a Jesucristo y a su santísima Madre; e inmediatamente aquel ejército de ángeles, tomando a la Señora de los cielos, la tornó a la ciudad de Jerusalén, y la colocó en su aposento; porque este es aquel ejército de miles de ángeles que envió Dios a la Virgen en la hora en que concibió a Cristo para su custodia, para que la acompañasen de continuo, y conservasen a su Hijo ileso.

»Alegre el bienaventurado Santiago con una visión y consolación tan maravillosas, comenzó inmediatamente a edificar una iglesia en aquel sitio, ayudándole para ello los ocho que había convertido. La referida basílica es de casi ocho pasos de latitud y diez y seis de longitud, y a la cabecera de la parte del Ebro tiene el referido pilar con un altar; y para servicio de esta iglesia ordenó el bienaventurado Santiago de presbítero a uno de los sobredichos, el que le pareció más idóneo. Habiendo consagrado después la referida iglesia, y dejando en paz a los cristianos, se volvió a Judea predicando la palabra de Dios. A esta iglesia le dio el título de Santa María del Pilar, y es la primera iglesia del mundo dedicada al honor de la Virgen por las manos de los apóstoles, etc.»

Estas son puntualmente las palabras del referido códice que conserva la santa catedral de Zaragoza, y el monumento más sólido y fidedigno que tiene la nación española para prueba de esta piadosa tradición. Dios nuestro Señor ha acreditado con la experiencia la verdad de sus palabras, pues nunca han faltado allí verdaderos adoradores, por turbados y borrascosos que hayan sido los tiempos. La protección de María se ha dejado ver en todos los siglos con repetidos milagros y portentos, tanto, que ella ha empeñado a la piedad de los españoles para tributarle cultos con devoción y magnificencia. De aquí nació el innumerable concurso de gentes que de todas partes venían en tiempos antiguos, y vienen aún el día de hoy, a venerar esta santa imagen, recompensando la Reina de los ángeles esta piedad fervorosa con la continua dispensación de gracias que alcanza de su Hijo.

El vicario de Jesucristo, que vela incesantemente sobre el rebaño que le fue encomendado, no pudo menos de advertir lo augusto de este santuario, lo remoto de su fundación y el fervoroso culto con que los fieles le frecuentaban. Deseoso, pues, de que una obra tan piadosa no padeciese decadencia en las edades futuras, y asimismo de que todas las iglesias de España tuviesen el consuelo de celebrar tanta dicha con himnos y cánticos, determinó su festividad particular; y Clemente XII señaló para este efecto el día 12 de octubre, dando a todos los pueblos sujetos al rey católico el consuelo de celebrar la ventura de haber tenido a la Madre de Dios en su región cuando todavía vivía en carne mortal.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.