William Miller, el que fijó el fin del mundo para 1844, fue masón durante más de veinte años. De su movimiento salen los adventistas del séptimo día y, por una rama lateral, los Testigos de Jehová
Los adventistas del séptimo día suman hoy más de veinte millones de fieles; los Testigos de Jehová, más de ocho. Las dos sectas llaman a la puerta de las casas católicas, y las dos se presentan como un regreso a la Biblia sola, limpia de «tradiciones humanas». Las dos salen del mismo tronco. Y en la raíz de ese tronco hay un masón.
El fundador
William Miller (1782-1849), granjero de Vermont, es el hombre que calculó, sumando las profecías de Daniel, que Cristo volvería entre 1843 y 1844. Antes de predicar fue masón. Se inició en la logia Morning Star n.º 27 de Poultney, y los registros de la Gran Logia de Vermont lo sitúan en la comunicación anual de 1809 y, en 1810, como primer vigilante de su logia: uno de los tres cargos que la gobiernan. Fue masón más de veinte años.
Dimitió en septiembre de 1831, en plena oleada antimasónica tras el caso Morgan, cuando la desaparición de un masón que amenazaba con publicar los rituales vació las logias de Nueva Inglaterra. Menos de un mes después empezó a predicar. No lo dice un panfleto católico: lo recoge la biografía que publica una Gran Logia masónica, la de la Columbia Británica y el Yukón.

El chasco y las ramas
Cristo no vino el 22 de octubre de 1844, y los mileritas llamaron a aquel día «el gran chasco». Del naufragio salieron dos ramas.
La primera es la de Ellen White, que reinterpretó la fecha y fundó los adventistas del séptimo día: el sábado judío como señal, la negación del infierno eterno y del alma inmortal, y el papado como la bestia del Apocalipsis.
La segunda pasa por los grupos adventistas de la década de 1870 —Nelson Barbour, George Storrs, Jonas Wendell—, en los que se formó un joven de Pittsburgh, Charles Taze Russell. Russell tomó de ellos el cálculo de fechas, la negación del infierno y de la inmortalidad del alma, y fundó los Estudiantes de la Biblia, de los que salieron los Testigos de Jehová.
Lo que se puede decir de Russell, y lo que no
Que Russell fuera masón no está probado. La Gran Logia de Pensilvania lo niega, y su famoso «soy un masón libre» de 1913 lo dijo en sentido figurado, en un discurso en el que afirmaba no haberlo sido nunca. Quien lo repita como hecho regala al adversario el modo de desacreditar todo lo demás.
Lo que sí consta es el aire de familia. Russell imprimió durante años en la cabecera de La Atalaya el emblema de la cruz y la corona, el mismo que usaban los Caballeros Templarios del Rito de York, aunque no fueran los únicos. Buscó en la Gran Pirámide de Egipto la confirmación de sus cálculos, como tantos masones de su tiempo. Y la Sociedad Watch Tower levantó una pirámide junto a su tumba.
Pero no hace falta que Russell fuera masón. El tronco del que sale tenía la raíz en una logia.
La misma lógica
No es un caso aislado. Joseph Smith se hizo maestro masón en marzo de 1842 y siete semanas después, en la misma sala de la logia, inventó la «investidura» del templo mormón con signos y juramentos masónicos; lo reconoce la propia Iglesia mormona. Los fundadores de la Golden Dawn eran masones de la Gran Logia Unida de Inglaterra; el de la Sociedad Teosófica, también.
León XIII lo describió en 1884, en Humanum genus: hay sectas «diferentes en nombre, ritos, forma y origen» que, unidas por cierta comunión de propósitos, «concuerdan de hecho con la secta masónica, especie de centro de donde todas salen y a donde vuelven».
El milerismo no repite la doctrina de la logia: la logia no predica el fin del mundo. Pero comparte con ella lo esencial, que es la sustitución de la Iglesia por el juicio privado. Miller leía la Escritura sin más autoridad que su propia aritmética; Russell, sin más autoridad que la suya. Y lo que resultó, en las dos ramas, fue la negación del alma inmortal y del infierno, la Iglesia de Roma convertida en la bestia y, en los Testigos, la negación de la Trinidad.
La próxima vez que llamen a la puerta con La Atalaya o con El conflicto de los siglos, conviene saber de dónde viene el árbol. Y recordar lo que el Concilio de Trento enseñó contra todo el que lee la Escritura por su cuenta: que nadie, «apoyado en su prudencia», se atreva a interpretarla contra el sentido que sostuvo y sostiene la santa Madre Iglesia, a quien corresponde juzgar de su verdadero sentido.
Fuentes:
- Gran Logia de la Columbia Británica y el Yukón, biografía de William Miller — registros de la Gran Logia de Vermont (1809, 1810) y dimisión de 1831
- Imágenes: William Miller, litografía de John H. Bufford (década de 1840), y el «cartel de 1843»; ambas de dominio público, vía Wikimedia Commons
- Wikipedia, William Miller)
- Gran Logia de Pensilvania sobre Russell, vía watchtowerdocuments.org
- Wikipedia, Cross and Crown
- Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, Church History Topics, «Masonry»
- León XIII, Humanum genus (1884), n. 9
- Concilio de Trento, ses. IV (8-IV-1546), decreto sobre la edición y el uso de los libros sagrados (Dz 786)
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