sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

miércoles, 9 de septiembre de 2026

San Gorgonio, Mártir

Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.

Fué san Gorgonio uno de aquellos varones ilustres á quienes el Señor quiso escoger, no entre la gente humilde y desconocida, sino en el mismo palacio de los Césares, para que resplandeciese con mayor gloria el triunfo de la fe donde reinaban la idolatría y la soberbia del mundo. Floreció en Nicomedia, corte del imperio de Oriente, á principios del siglo cuarto, en los días aciagos de la última y más cruel de las persecuciones, la que movió el emperador Diocleciano contra la Iglesia de Jesucristo. No nos han conservado las historias ni la patria de su nacimiento ni la nobleza de su linaje; pero bien manifiestó él después, con la sangre, que era de la más alta nobleza que hay en el cielo, cual es la de los mártires del Salvador.

Ocupaba Gorgonio, según refieren Eusebio y Lactancio, escritores de aquel mismo tiempo, un puesto elevadísimo en la casa del emperador, y con frecuencia se le habían confiado los negocios de mayor importancia. ¿Quién no juzgaría dichoso, á los ojos del siglo, al que gozaba de tanta privanza y estimación cerca del dueño del mundo? Mas él, que tenía puestos los ojos en otro Rey y en otra corte, hacía poco caudal de aquellos honores que pasan como sombra, y estimaba en más el ser siervo de Cristo que el ser ministro del César. Que nada valen los favores de la tierra donde falta el temor de Dios, ni hay dignidad más envidiable que la de confesar el nombre del Salvador.

No se contentaba el santo con guardar oculta en su pecho la fe que profesaba, sino que, encendido en aquel celo que es propio de los verdaderos cristianos, procuraba ganar almas para el cielo. Juntamente con Doroteo, otro oficial de palacio de igual constancia, atrajo á la religión verdadera á muchos de los criados y servidores de la casa imperial; de suerte que, en medio de aquel palacio consagrado á los ídolos, se iba formando calladamente un rebaño escogido del divino Pastor. Así dispone la Providencia sus obras, sirviéndose de los grandes para levantar á los pequeños, y sembrando la semilla del Evangelio aun en el corazón del enemigo.

Estalló al fin la tormenta que de tiempo atrás se venía fraguando. Al publicarse los edictos contra los cristianos, fueron Gorgonio y sus compañeros de los primeros en ser acusados, porque su alta condición los hacía más señalados. Refiérese que el arresto y muerte de Pedro, cubiculario de palacio y guardián de las cosas sagradas de la Iglesia, encendió más el ánimo de los dos oficiales; y que, viendo padecer al hermano por Cristo, no pudieron ya callar, sino que abiertamente y á la faz de la corte se confesaron cristianos. Aquí se vió la fortaleza de estos varones: la misma estimación que les había granjeado el favor del príncipe se trocó en furor contra ellos en el punto mismo en que anduvieron el nombre santo de Jesús por encima del nombre del emperador.

¡Espectáculo digno del cielo y de los ángeles! Los que ayer eran el ornamento del palacio, hoy son arrastrados como reos por confesar á su Dios; y ellos, lejos de arrepentirse, tienen por corona lo que el mundo tiene por afrenta. Bien mostraron entender aquella máxima de la vida interior, que enseña á despreciar el servicio del rey de la tierra por alistarse en las banderas del Rey del cielo. Porque ¿qué aprovecha al hombre ganar la privanza de los príncipes de este siglo, si con eso pierde la amistad del que ha de juzgar á los vivos y á los muertos?

Cuéntase, según la tradición piadosa que recogieron los hagiógrafos, que fueron sometidos á tormentos atrocísimos: colgados en alto y desgarradas sus carnes á azotes, echáronles vinagre y sal sobre las llagas abiertas, y aun se dice que los tendieron sobre parrillas encendidas, dándoles por último la muerte, y estrangulándolos. Adviértase que estos pormenores de los suplicios nos vienen de relatos más tardíos que amplificaron la sobria memoria de los antiguos; mas cualquiera que fuese la manera de su tránsito, cierto es y averiguado que Gorgonio consumó gloriosamente su martirio en Nicomedia, hácia el año de trescientos tres, dando la vida por aquella fe que había predicado con la palabra y con el ejemplo. ¡Preciosa muerte la de los que mueren en el Señor!

No paró en esto el furor del común enemigo, que por medio de los perseguidores quiso aun robar á la Iglesia el consuelo de venerar á sus héroes: mandóse arrojar los cuerpos al mar, para que no quedase de ellos memoria ni reliquia. Pero nada pueden los esfuerzos de los hombres cuando el Señor quiere glorificar á sus siervos; que los fieles recobraron aquellos sagrados despojos, y el cuerpo de san Gorgonio, llevado con el tiempo á Roma, fué allí honrado con singular devoción. Andando los siglos, en el año setecientos sesenta y cinco, san Crodegango, obispo de Metz, trasladó las reliquias desde Roma á la abadía de Gorze, en la Lorena, que vino á ser célebre santuario de su culto, extendiéndose después su veneración por las iglesias de Francia, de Bretaña, de Inglaterra y de Alemania.

Débese advertir, en obsequio de la verdad, que la crítica de los tiempos modernos ha puesto en duda si las reliquias veneradas en Roma fueron en efecto las del mártir de Nicomedia ó las de otro Gorgonio romano del mismo nombre, después identificado con aquél; y por esta contienda de las iglesias sobre sus sagrados huesos ha merecido el santo el renombre de «el disputado». Créese asimismo, aunque como especie de las que corren en la tradición y no como cosa averiguada, que en aquella traslación obró Dios maravillas por intercesión de sus santos. Séanos lícito dejar estas cuestiones á los doctos, y quedarnos con lo que importa á la piedad, que es la firmeza invencible del mártir y su valimiento delante de Dios.

Honra la santa Iglesia la memoria de san Gorgonio el día nueve de septiembre, y en su Misa pone en nuestros labios aquellas palabras del salmo: «El justo se alegrará en el Señor, y esperará en Él, y serán alabados todos los rectos de corazón.» Pidámosle, pues, con las palabras de la Iglesia, que este santo mártir nos alegre con su intercesión y nos alcance del Señor participar del gozo de su santa festividad; y aprendamos de él á no anteponer jamás los favores del mundo á la fidelidad debida á Jesucristo, para que, imitando en la tierra su constancia, merezcamos acompañarle en el cielo. Amén.

Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).