jueves, 3 de septiembre de 2026
San Pío X, Papa y Confesor
Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.
Fué san Pío X, en el siglo José Melchor Sarto, humilde de cuna pero grande sobre toda ponderación en la virtud, gloria de la aldea de Riese en la marca de Treviso, y uno de aquellos varones que la divina Providencia suscita para restaurar todas las cosas en Cristo cuando más recio arrecia la tempestad contra la barca de san Pedro. Nació el 2 de junio del año 1835, del pobre y honrado matrimonio que formaban Juan Bautista Sarto, cartero del concejo, y Margarita Sanson, costurera; y fué el segundo de diez hijos, criados todos en la estrechez del pan cotidiano, pero en la holgura, mucho mayor, del santo temor de Dios.
Bien presto dió el niño muestras de aquella virtud que había de hacerle esclarecido. Criáronle sus padres en la piedad y en el trabajo; y refiérese que, para recorrer á pie los muchos kilómetros que le separaban de la escuela de Castelfranco, se descalzaba y llevaba los zapatos amarrados sobre el hombro, por no gastar el único calzado que la pobreza de la casa le consentía. ¿Quién no ve ya en aquel niño descalzo, guardoso del zapato ajeno de todo regalo, al que un día ceñiría la tiara y la haría, según reza su epitafio, de tres coronas: pobreza, humildad y caridad? Las primeras letras del latín se las enseñó don Tito Fusaroni, arcipreste de su pueblo; y, ganada por su aplicación una beca de la diócesis, entró en el seminario de Padua, donde con universal aplauso adelantó en las ciencias clásicas, filosóficas y teológicas, y más aún en las máximas de la vida interior. Ordenado sacerdote el año de 1858, entregóse todo entero al servicio de las almas.
Nueve años ejerció de coadjutor en Tombolo, y por la ancianidad del párroco vino á tomar sobre sí casi todo el peso de aquella grey: abrió escuela nocturna para los adultos, ahondó en la doctrina del angélico santo Tomás y predicaba incansable por los pueblos vecinos. Arcipreste de Salzano desde 1867, restauró de su bolsillo la iglesia y amplió el hospital; mas donde brilló su celo con resplandor heroico fué en la peste del cólera de 1873, en que, sin miedo al contagio, asistía á los enfermos, dando la vida por las almas que el común enemigo quería arrebatar. Nada pueden los peligros del cuerpo contra un corazón que sólo teme perder á Dios.
Subió después, y siempre resistiéndose á los honores, por todos los grados de la milicia eclesiástica: canónigo, rector del seminario y vicario general de Treviso; obispo de Mantua el año de 1884, donde enseñó por su persona la teología y repartía á los seminaristas pobres ejemplares de la Suma de santo Tomás; y por fin cardenal y patriarca de Venecia en 1893. Aun revestido de la púrpura conservó la pobreza y la sencillez de la aldea, sin olvidar jamás de qué barro le había sacado la mano del Señor.
Muerto León XIII, juntáronse los cardenales en cónclave el año de 1903; y quiso la divina Providencia, que se ríe de los cálculos de los príncipes de la tierra, que el patriarca de Venecia fuese el elegido. Consta que, viendo caer sobre sí los votos, procuró disuadir al Sacro Colegio con lágrimas en los ojos, alegando no ser digno de tan alta carga; mas hubo de inclinar la cerviz al peso de la cruz, y fué coronado el 9 de agosto con el nombre de Pío X. Su primer acto de gobierno fué desagraviar la libertad de la Iglesia: abolió para siempre aquel pretendido derecho de veto con que las cortes seculares osaban entrometerse en la elección del Vicario de Cristo, fulminando excomunión contra quien tal intentase. Tomó por lema de su pontificado aquellas palabras del Apóstol: «Instaurar todas las cosas en Cristo»; y, según piadosa tradición, preguntado un día por cuál sería su política, señaló el crucifijo y respondió: «¡Esta es mi política!».
Y por Cristo, en efecto, trabajó sin descanso los once años de su reinado. Como el común enemigo había introducido en las venas mismas de la Iglesia aquella peste que llaman modernismo, síntesis de todas las herejías y camino solapado hacia el ateísmo, salió el santo Pontífice al paso con brazo de gigante: condenó los errores en el decreto Lamentabili y los refutó en la memorable encíclica Pascendi del año de 1907, imponiendo después á los clérigos el juramento antimodernista, para que ni el más pequeño resquicio quedase abierto al error. ¿Quién dirá el bien que hizo á la fe aquel labrador del Véneto, armado de santo Tomás contra la cizaña que de noche sembraba el enemigo?
Mas no fué menor su celo por el pan de los fuertes que por la pureza de la doctrina, y con razón le llama la piedad de los fieles «el Papa de la Eucaristía». Movió por sus decretos á que los cristianos comulgasen frecuente y aun diariamente, y con el decreto Quam singulari abrió el banquete del Salvador á los niños en cuanto llegan al uso de la razón, deshaciendo el rigorismo que se lo difería y devolviendo á aquellas almas inocentes el abrazo de su Dios. Restauró asímismo el canto gregoriano en el culto divino, reformó el Breviario, promovió la enseñanza del catecismo, del cual dió á la Iglesia aquel compendio que lleva su nombre, y mandó recoger en un cuerpo los sagrados cánones. En todo procuró que Cristo reinase.
Quiso Dios coronar su vida con el sacrificio. Estalló en el verano de 1914 la gran guerra que había de ensangrentar á Europa, y el corazón del santo Padre se quebrantó de dolor á la vista de tantos hijos que iban á matarse unos á otros. No quiso bendecir las armas de nadie, sino levantar á todos la voz de la paz; y créese que dijo daría de buena gana su vida por librar á sus hijos de aquel horrible azote. Poco le duró el ofrecimiento: consumido por la pena, entregó su alma al Señor el 20 de agosto de aquel mismo año, á los setenta y nueve de su edad. En su testamento había pedido funerales pobres, como pobre había nacido y vivido; y refiérese que solía repetir: «Nací pobre, he vivido pobre y quiero morir pobre».
No permitió el Señor que quedase oculta la santidad de su siervo. Exhumado su cuerpo el año de 1944, halláronle en notable estado de conservación, con admiración de cuantos le veneraban, y hoy reposa bajo un altar de la basílica vaticana. Le beatificó Pío XII el 3 de junio de 1951 y le inscribió en el catálogo de los santos el 29 de mayo de 1954, siendo el primer Papa canonizado después de san Pío V. Celebra la Iglesia su fiesta, en el calendario tradicional, el día 3 de septiembre.
Tal fué la vida de este gran Pontífice, que del zaguán de una casa pobre subió á la cátedra de san Pedro sin dejar por eso de ser pobre. Aprendan de él los grandes á no ensoberbecerse y los pequeños á no desconfiar, pues nada hay tan bajo que la mano de Dios no pueda levantarlo. Nos alcance, con su valimiento, aquel amor á la santísima Eucaristía y aquella firmeza en la fe que fueron el alma de su vida, para que también nosotros veamos restauradas en Cristo todas las cosas. Amén.
Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).